De sueños y sus (aparentes) incoherencias.

En sus sueños, Emil podía ver siempre la misma figura.

Los escenarios variaban constantemente: A veces eran paisajes conocidos, en otras ocasiones lugares que nunca había visto. Pero los paisajes poco importaban. Lo realmente importante, era la silueta que siempre aparecía, acompañándole.

Cuando despertaba, no podía recordar rostro, estatura o género de la persona, pero en su corazón comprendía que esta era sólo una.

Comenzó a verle a los quince años, y desde entonces se transformó en algo recurrente durante las noches donde podía descansar.

Al principio, le pareció extraño. ¿Quién era el ser humano misterioso? Buscaba entre la multitud casi desesperadamente a alguien que se pareciese, aún si ni él era capaz de recordar detalles del aspecto físico.

Los años siguieron pasando, y se fue acostumbrando.

Cuando ya estaba comenzando a rendirse, un elemento nuevo se añadió a los ahora comunes sueños: Una canción. Música que provocaba recordar la era donde los caballeros abundaban y la muerte llegaba a tempranas edades.

Una época pintoresca y cargada de tristeza a la vez.

De hecho, a Emil Nekola no le gustaba la época medieval. Cuando tenía que investigar al respecto debido a trabajos escolares, lo sufría. Ni siquiera podía disfrutar de "El señor de los anillos" sinceramente, y había intentado ver la saga muchas veces.

No lograba pasar más allá de los dos primeros minutos del primer filme antes de optar por comenzar a ver cualquier otra cosa, preferentemente de ciencia ficción.

Aunque todo aquello que no tuviera relación alguna con el medievo sería siempre bienvenido.


No comprendía por qué había terminado ahí.

En ese específico asiento dentro de ese específico teatro ese específico día en esa específica puesta en escena.

Nunca había sido muy afín al teatro. Conocía los clásicos, pero nunca se había interesado en obras desconocidas u historias originales.

Pero tampoco podía decir "no" si sus amigos se mostraban ansiosos por ir,

Tramposamente, nadie le había informado la premisa. Sólo le habían dicho "¡Vayamos juntos al teatro! Se estrenará una pieza que luce interesante, y ya tenemos los boletos".

Él sólo pudo decir "vale" y mostrar una gran sonrisa. Después de todo, quería mucho a su grupo de amigos, y cualquier oportunidad de pasar momentos agradables no debería ser desperdiciada.

Pero cuando las luces se apagaron y trompetas comenzaron a sonar, un breve "me vengaré" cruzó su mente, antes de reír con suavidad, acomodarse en su asiento, y soltar un suspiro.

Lo que ocurrió a continuación le dejó completamente desconcertado.

El telón se abrió, y en el escenario surgió una figura tan gallarda que de no estar consciente sobre la fecha de ese día, Emil hubiera podido jurar que estaba ante la presencia de un auténtico caballero.

Eso no fue lo más impactante, sin embargo: Conforme el actor se desenvolvía en su papel, Emil comenzó a ver imágenes de sueños pasados sobrepuestas en la realidad de ese momento.

Cuando se dio cuenta, aquel hombre desconocido actuaba una escena que tenía su muerte como protagonista, y sufrimiento nunca experimentado se apoderó de toda la existencia del rubio. Lágrimas comenzaron a derramarse por sus mejillas, y todo aquel que llegó a posar su mirada sobre él pensaba que simplemente había sido conmovido por la actuación que tenía lugar en ese pequeño teatro.

Sintió el impulso de lanzarse fuera de la zona de espectadores y arrojarse sobre el cuerpo moreno que había quedado desplomado sobre el suelo del foro.


Al terminar la función, se separó del grupo de asistentes que buscaban salir por las puertas designadas, y se escabulló tras bambalinas, donde esperaba encontrar los camerinos de quienes habían actuado ese día.

Sólo encontró unos cuantas habitaciones ligeramente destartaladas donde los involucrados en la función reían, se abrazaban y cambiaban sus atuendos como si el resto del mundo hubiese dejado de existir.

Por ello, la presencia del intruso inmediatamente les alertó, y estuvieron a punto de pedirle que se retirase, sino hubiese sido porque una figura morena les detuvo diciendo "es para mí".

Cuando todos dejaron de prestar atención al más alto, Emil clavó su mirada en la ajena, y sonrió ampliamente.

El contrario negó la cabeza, apoyó las manos en sus caderas, suspiró y sonrió. – Te tardaste, idiota.

– Perdóname, Mickey.