Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.


11. Unas Navidades como nunca antes


Bruce llegó al salón tras bajar las escaleras, y se encontró en él a Jason sentado en un sofá, todavía con la mochila a la espalda, hablando animadamente con una mujer mayor… pero no era Pauline, su abuela, sino una mujer muy delgada y, como vio cuando se giró hacia él, de rostro serio. Sin embargo, los ojos y nariz eran iguales a los de Pauline, por lo que ya se hacía una idea de quién era.

—Abuela, este es Bruce, mi compañero de piso y cazador del equipo. Bruce, esta es mi tía abuela Rose, la hermana de mi abuela. Fue una bruja importantísima en el Congreso hasta que se jubiló—hizo las presentaciones Jason.

Rose le tendió una mano huesuda y firme, que Bruce estrechó con educación.

—Jason ha dicho que eres inglés. Habéis tenido una situación política algo complicada últimamente, aunque tengo entendido que está mejorado mejorando—comentó Rose.

Su voz era más grave y clara de lo que cabría esperar, pero había una seguridad abrumadora en sus palabras. No era que "tuviera entendido" algo, sino que lo sabía perfectamente y solo quería escuchar la confirmación de lo que ya sabía. No necesitó más que esos pocos segundos para adivinar que Rose solo podía haber sido una Negro en su época en Salem.

—Así es. El ministro y toda la gente que hay tras él están trabajando mucho para mejorar la situación de los últimos años—asintió Bruce, y Rose mostró su conformidad con una seca cabezada.

En ese momento, el fuego de la chimenea se iluminó con un intenso resplandor verde, justo antes de expulsar uno tras otro a un hombre y una mujer. Casi a la vez, Pauline y Fred entraron en el salón para anunciar que la cena ya estaba lista.

Las presentaciones fueron rápidas, porque todos tenían hambre. Los recién llegados eran los tíos Alfred y Susan, que se mostraron encantados de ver de nuevo a su sobrino y de recibir al primer invitado de las vacaciones. Ya en la cena le explicaron con más calma que Alfred era el mayor de los cuatro hijos de Fred y Pauline: como Alfred tenía los mismos ojos azules que su padre y Susan tenía la piel demasiado morena como para ser parte de la familia, no le habría sido muy difícil adivinarlo. Ambos trabajaban en la sede del Congreso más cercana, y eran los padres del primo Rudy, el mayor de todos los nietos. Por lo que Bruce entendió, Rudy tenía ya treinta años y "no había sentado cabeza", en palabras de una hastiada Susan. Por lo visto, era investigador de quién-sabe-qué y llevaba año y medio perdido en Sudamérica, y nadie sabía si esas Navidades aparecería por la casa o no. Como en ese tiempo se había presentado en la granja ya dos veces sin previo aviso, podían esperar cualquier cosa de él.

La cena estuvo deliciosa, como Bruce se acordó de hacer notar. Pauline, orgullosa, le explicó que no tenían elfo doméstico, sino que ella se encargaba de todo. También se interesaron todos por el resultado del partido de quidditch que habían acabado de jugar aquella mañana, que les relataron entre Jason y Bruce, y después todos opinaron sobre las posibilidades que tenía cada equipo. Le sorprendió que todos supieran tanto sobre quidditch, cuando se suponía que era un deporte minoritario, pero Jason le explicó la razón más tarde, cuando tras pasar la tarde viendo el televisor, se fueron a dormir pronto:

—No te dejes engañar. En realidad el tío Alfred es un fanático del quodpot desde siempre. Pero la tía Susan jugó a quidditch en Salem, y por eso Alfred empezó a interesarse en él cuando quiso empezar a salir con ella…

—Pues ahora parece que ya está bastante interesado.

—Ya, eso es lo que parece. Pero Alfred suele quedarse dormido a los diez minutos de ver empezar un partido de quidditch—rio Jason.


A la mañana siguiente se despertaron pronto, y cuando Jason y Bruce descubrieron el delicioso olor del desayuno recién preparado extendiéndose por toda la planta baja de la casa, decidieron pasarse el resto del día en la cocina, sin alejarse mucho de Pauline, que cocinaba incansablemente. Sin embargo, la mujer no tenía los mismos planes preparados para ellos: a pesar de que les dejó desayunar hasta que estuvieron a punto de explotar, cuando terminaron les entregó una larga lista con tareas por hacer: habitaciones por ventilar, pisos por barrer, sábanas que lavar, ropa que tender…

—¿Todo esto nosotros solos?—repitió Jason, incrédulo, observando la interminable lista—¿Y el abuelo no hace nada?

—Fred se ha ido pronto hoy, tenía que hablar con los trabajadores—replicó Pauline, mientras vigilaba de reojo como se removía el contenido de una olla—. Y de todos modos, hemos estado trabajando él y yo en esto toda la semana anterior. Puedes ayudarnos un poco… Oh, Bruce, no te canses demasiado. Estaré aquí para cualquier cosa que necesites, ¿de acuerdo?

—Ahora eres el nuevo nieto mimado de mi abuela—le susurró Jason al oído cuando los dos salían de la cocina, dispuestos a ponerse manos a la obra para terminar cuanto antes.

—¿En serio?—dijo Bruce, alzando una ceja con ironía—Entonces déjame aprovecharlo. No recuerdo qué es ser mimado por una abuela.

—¿Y eso? ¿Demasiados primos con los que compartir mimos?—bromeó Jason.

Bruce rio.

—Al contrario. Soy el único nieto que han tenido mis abuelos por ambas partes… o eso creo.

—¿Entonces?—preguntó Jason con curiosidad.

—Mis abuelos por parte de padre murieron cuando yo era muy pequeño. Por parte de madre, dejé de verlos en cuanto ella nos abandonó—resumió Bruce, encogiéndose de hombros.

Jason se quedó congelado en medio de la escalera que ambos estaban subiendo, y Bruce vio como una sombra de culpabilidad le oscurecía el rostro. Había olvidado que no le había contado que su madre les había abandonado, sino que solo había dicho que sus padres ya no estaban juntos. Con una familia tan idílica como la de Jason, habría sido más inteligente decir eso con algo más de tacto.

—Vaya, Bruce… Lo siento… No tenía ni idea…

—No tienes que disculparte—le cortó Bruce, restándole importancia antes de que la situación se volviera incómoda—. Fue hace mucho tiempo. Y ahora tenemos trabajo que hacer: ese tercer piso no se va a ventilar solo.


Trabajaron duro toda la mañana, realizando una a una (y con bastante calma también, todo hay que decirlo) todas las tareas de la lista de Pauline. A pesar de que la mujer estaba ocupada con otros trabajos, encontraba tiempo cada media hora para pasarse a ver que realmente estuvieran trabajando, les supervisaba durante un rato y daba órdenes y añadía más cosas a la interminable lista, para desesperación de los jóvenes. Tras la comida, se escabulleron de Pauline y salieron al exterior de la granja por primera vez desde que habían llegado. Cuando Rose les preguntó a dónde iban con ojo crítico, Jason se apresuró a responder que iba a enseñarle los alrededores a Bruce.

Y los alrededores consistían en, básicamente, cientos de hectáreas de campos de cultivo y grandes espacios verdes donde pastaban vacas y ovejas. Repartidos aquí y allá entre todas las plantas y animales, se veían enormes tractores y demás máquinas, manipuladas por pequeños enjambres de personas trabajando arduamente.

—¿Y cómo llegó tu familia a vivir aquí?—preguntó Bruce con curiosidad.

El cielo estaba despejado, pero un viento frío cortaba la piel, y habían encontrado refugio entre unos pocos árboles que marcaban la división entre tres campos de cultivo diferentes.

—La familia de mi abuelo llevaba años viviendo aquí. Sus antepasados construyeron la casa, o al menos la primera versión de ella. Ha sido remodelada varias veces.

—Me parece raro que llegaran hasta aquí. Tan apartado de cualquier sede mágica, entre tantos muggles…—murmuró Bruce, y entonces Jason soltó una carcajada que le sorprendió.

—Es que ellos no sabían lo lejos que estaban de cualquier sede del Congreso, Bruce. Mi abuelo es muggle, y toda su familia también lo era—explicó Jason, sonriente—. Siempre nos han contado que el abuelo Fred descubrió que existía la magia una semana antes de casarse con la abuela. Y que fue porque a Rose le parecía desesperante que él no supiera nada.

—¿Tu abuelo es muggle?—repitió Bruce, atónito.

¿Cómo no se había dado cuenta? ¡Pero si sabía de quidditch y todo! Era verdad que no le había visto haciendo magia, pero por sus comentarios, nunca habría imaginado que no era mago.

—Sí—Jason se rio una vez más—. Todos los campos que ves son suyos, y toda la gente trabaja para él.

—¿Y qué pasará…? ¿Quién va a heredar todo esto? ¿Quién se hará cargo?

—No lo sabemos, es un misterio—respondió encogiéndose de hombros—. Aunque todos suponemos que será el tío Benjamin, que es squib y vive en la ciudad más cercana.


Sin embargo, la escapada no duró mucho más, pues poco más tarde Rose les encontró, al parecer, enviada por Pauline para que volvieran a la casa. Refunfuñando y sin que la tía abuela les hiciera caso, los dos jóvenes regresaron a la vivienda, donde su siguiente tarea fue tender todas las sábanas que habían acabado de lavarse.

Y de ese mismo modo transcurrieron también el miércoles y el jueves. El miércoles acabaron de hacer habitables los dos pisos superiores, mientras que el jueves lo dedicaron a limpiar el garaje, colocar las mesas auxiliares en el comedor y ordenar la buhardilla, que estaba hecha un completo caos.

—¿Por qué hay que limpiar esto?—preguntó Bruce, cuando movió uno de los colchones viejos que estaban tirados en una esquina y una nube de polvo se levantó flotando—Hemos limpiado doce habitaciones. Más las diez que ya estaban listas cuando llegamos. ¿Tanta gente va a haber?

—No se van a llenar, pero la buhardilla siempre se limpia—explicó Jason, abriendo la ventana para que entrara aire limpio en la estancia llena de polvo—. Verás, con tanta gente en la casa, es difícil encontrar un lugar tranquilo. Cuando éramos niños, mis primos y yo solíamos jugar aquí para no molestar a los adultos en el salón o haciendo ruido en las habitaciones. Ya más mayores… bueno, en sexto año traje a la que era mi novia aquí por Navidades y pasamos bastante tiempo aquí arriba a solas.

—¿Eso lo sabe tu abuela?—inquirió Bruce con una sonrisa ladeada.

—Por Merlín, claro que no—rio Jason—. Ella creía que solo buscábamos un lugar tranquilo para hacer los deberes.

El jueves por la noche llegaron media docena de lechuzas con la confirmación de todos los familiares que vendrían, el día y la hora en la que lo harían y el número de acompañantes. Algunos de ellos llegarían el día siguiente por la tarde, por lo que Pauline empezó a ponerse nerviosa a la hora de revisar la distribución de las camas en cada habitación, hasta el punto que Rose se exasperó tanto que se encerró en su cuarto dando un sonoro portazo.

—Estaré trabajando en mi libro. Cuando quieras escuchar una reflexión inteligente e impersonal me avisas—espetó la anciana antes de abandonar el comedor en el que estaban reunidos.

Bruce, en silencio, no dijo nada ante la extraña escena. Jason no parecía muy sorprendido, y siguió hablando en voz baja con su tío Alfred. Fred se limitó a suspirar con cansancio e intentó tranquilizar a su mujer, y entretanto Susan, que acababa de volver del baño y se había perdido todo el espectáculo, simplemente respiró profundamente al no encontrar a Rose en la sala y se sentó al lado de Bruce.

—No te preocupes por esto, Pauline y Rose se enfadan al menos dos veces por semana—le explicó Susan con una sonrisa tranquilizadora—. Y siempre se reconcilian en pocas horas.

Y en efecto, pocas horas después Rose salió de su habitación y se presentó en el salón, donde estaban todos reunidos viendo la televisión y turnándose para jugar al ajedrez. Y aunque las primeras frases que intercambiaron las hermanas fueron tensas, a los pocos minutos ambas se habían sentado juntas y revisaban la distribución de las habitaciones: quedaban siete de las veintidós vacías (sin contar la de Rudy, que seguía siendo un misterio), lo que podía significar que un piso podría quedar completamente vacío, pero estuvieron de acuerdo en que ya que lo habían adecentado, lo mejor era dejar habitaciones vacías en los tres pisos superiores y ocuparlos todos. Lo que dicho sea de paso, agilizaría las colas que se formaban habitualmente para acceder al baño de cada piso.


—¿Así que tus abuelas suelen pelearse normalmente?

Era ya tarde, y Bruce y Jason eran los únicos que seguían en el salón. Los demás se habían ido a dormir, pero ellos querían ver el final de la película que echaban en la televisión. Pero los últimos anuncios se estaban alargando mucho y si no hablaban, corrían el riesgo de quedarse dormidos en los mullidos sofás.

—Sí, casi siempre—respondió Jason, reprimiendo un bostezo—. Se quieren mucho, pero son totalmente diferentes y chocan todo el tiempo. Rose fue una Negro y Pauline una Amarillo, y son dos Divisiones que suelen ser bastante opuestas. Pero como has visto, el enfado no les dura demasiado. Es más, ya hemos llegado a creer que lo hacen por rutina, para no aburrirse. Si no discuten un rato, vivir aquí sería mortalmente aburrido.

—Debe ser raro.

—Qué va. Te acabas acostumbrando. Después de ver estas escenas en casa durante años, ya no me extraña que Brian monte un escándalo de los grandes de vez en cuando.

—¿Un escándalo de los grandes?

Y en ese momento, Jason pareció caer en la cuenta de que había dicho algo que no debería haber mencionado, pues se irguió en el sofá y en sus ojos apareció un brillo de alarma.

—No he dicho nada—mintió pésimamente Jason.

Bruce bufó y él también se irguió en su sitio, y miró de frente a su amigo.

—Jason, sé que Brian hizo algo o le pasó algo que fue grave. No tengo ni idea de qué fue ni la gravedad del asunto. No he querido preguntar porque no tiene nada que ver conmigo, pero he oído mencionarlo unas cuantas veces. Smith en cuanto llegué, Johnny el Despartido, las revistas y el periódico… No sé qué sentido tiene seguir ocultándome algo que todos sabéis, la verdad.

Jason le observó fijamente durante unos instantes, y después suspiró. Bajó el volumen del televisor y se inclinó un poco hacia adelante en el sofá antes de empezar a hablar, en un tono apenas un poco más alto que un susurro:

—Brian, Gina y yo llegamos el mismo verano, hace tres temporadas, a los Minotaurs, con apenas unos pocos días de diferencia. Brian y yo empezamos a compartir piso, y congeniamos bien enseguida: cada uno tenía lo que le faltaba al otro, y eso nos equilibraba. Yo me llevé bien con Gina: era una chica tremendamente orgullosa y de carácter arisco, pero a la hora de bromear siempre estaba preparada. La relación entre Gina y Brian… bueno, era complicada. Se llevaban muy bien a veces, pero otras parecían a punto de matarse. Y había muchísima tensión sexual entre ellos: era algo extremadamente obvio, pero ninguno hizo nada durante mucho tiempo. Brian estaba de acuerdo en que la tensión estaba allí, pero decía que no quería echar a perder la delicada situación de equilibrio del equipo por un polvo, ni aunque fuera con Gina. Nunca hablé con Gina sobre el tema, pero… estaba claro que ella estaba enamorada de Brian, y sabía que él no le correspondía del mismo modo. Cuando salíamos con el equipo, los dos solían irse y acostarse con el primer desconocido que pasara. Cualquier cosa para evitar quedarse a solas. Y así hasta que, cerca del final de la temporada, tras un partidazo increíble, pasó. No sé cómo, porque esa noche bebí bastante, pero a la mañana siguiente me desperté en el piso oyendo los gritos de los dos en la habitación de Brian. Se habían acostado, y en ese momento discutían. Gina decía que Brian debería haber notado que había algo entre ellos, algo que tenía que ser más que sexo; Brian se defendía gritando que Gina debería haber sabido que él no quería nada más que precisamente eso, mucho menos con alguien como ella. Gina se fue llorando poco después, y Brian estuvo sin bromear durante una semana. Los entrenamientos y los partidos que quedaron fueron desastrosos: todo el equipo se resintió de lo que había pasado. La noche posterior al último partido fuimos a celebrar todos a Johnny el Despartido el final de la temporada, porque realmente fue una suerte que terminara. Y esa noche estalló todo. Brian se fue pronto con una chica cualquiera; era la primera vez que lo hacía frente a Gina desde que ellos dos se acostaran, y a ella no le sentó nada bien. Cuando un tipo un poco mayor empezó a molestarla, ella aguantó sin hacer nada hasta que se hartó y comenzó a chillarle a Johnny que su bar era una mierda, que él era un estúpido y sus clientes unos inútiles babosos. Ella y Johnny empezaron a discutir a gritos por todo el local… y entonces entró Brian, acompañado por una chica que no era la misma con la que se había ido de allí. No sé qué pasó con la otra, siempre he supuesto que huyó de Brian en algún momento antes de llegar al piso. Cuando Gina vio entrar a Brian con la chica, su magia se descontroló y derribó sola todas las mesas del bar. Y la chica que había venido con Brian, y que él habría convencido para acompañarla apenas un rato antes, empezó a gritar asustadísima. Era una muggle. Y Brian la había metido de lleno en el corazón de la zona mágica de Nueva York. Todos en el bar se dieron cuenta y se desató el caos. La chica se había vuelto loca, nadie sabía qué hacer y los nervios por la ruptura del Estatuto del Secreto se incrementaban por segundos. Nadie quería verse implicado, pero todo era un desastre… Al final llegaron los aurores a poner orden, y con ellos venían medimagos, periodistas, desmemorizadores… Se montó un lío enorme del que se enteró todo Estados Unidos y del que se habló durante semanas. Brian se pasó casi todo el verano encerrado en el Congreso, yendo a un juicio tras otro hasta que decidieron que solo tendría que pagar una cuantiosa multa, porque los efectos de la bebida influyeron demasiado en sus acciones. Gina también pasó unas cuantas semanas en los juzgados, y los demás tuvimos que ser testigos varias veces. Brian se libró de una buena, probablemente por ser un jugador de quidditch y también porque su madre es una bruja muy influyente en su sede del Congreso. Pero puso en peligro el Estatuto del Secreto y eso es algo que no se olvida.

Jason acabó de hablar, y durante unos largos segundos su voz pareció resonar por todo el salón. La luz que proporcionaban las llamas en la chimenea ya casi se había extinguido, y solo los reflejos del televisor mudo iluminaban su rostro serio. Bruce, por su parte, estaba sobrecogido. No se había imaginado que la historia que había tras los disimulados reproches hacia la poca confianza que daba Brian llegara hasta ese extremo. El Estatuto del Secreto era tan extremadamente serio, y él lo había puesto en peligro de la manera más tonta… Aunque solo hubiera sido con una simple chica y con ambos borrachos, era una irresponsabilidad enorme. Costaba creer que hubiera ocurrido eso y que se hubieran conformado con ponerle una simple multa.

—Y supongo que desde eso, él y Gina…—empezó a preguntar.

—… toda la temporada pasada fue como está siendo esta—asintió Jason con voz grave—. Brian es muy incisivo, a veces incluso cruel. Gina demuestra que le odia con todo su corazón… y puede que incluso aún esté enamorada de él.

Bruce asintió, titubeante. Era difícil imaginar a la fría Gina con sentimientos. Pero si había sucedido lo que Jason le acababa de explicar, era posible que aún sintiera algo, aunque debiera haberlo olvidado… él más que nadie entendía lo que era seguir queriendo a alguien a quién no tenía ningún sentido seguir queriendo.

—Es tu turno de contar tu historia, Bruce.

—¿Mi historia?—Bruce se puso en guardia, y la voz le salió más cortante de lo que en realidad pretendía.

—Sí, tu historia. Eres joven, libre y sin ataduras, y no has estado con ninguna chica desde que te conocemos. Sabes mi historia, y ahora también sabes la de Brian. No tengo ni idea de cuál es la tuya… Pero sé que existe, y no tiene sentido que sigas ocultándola—acabó imitándole Jason.

Fue el turno de Bruce de mirar fijamente a su amigo antes de hablar. Las llamas crepitando, a punto de convertir lo poco que quedaba de madera en ceniza, fueron lo único que se escuchó durante el tiempo anterior a que la voz de Bruce llenara el salón.

Iba a pronunciar su nombre en voz alta por primera vez desde hacía cuatro meses, e iba a doler.

—Hubo una chica. Eve. Ella era una Gryffindor, la Casa de los héroes. Yo era un Slytherin, la Casa de los malvados. Eso es algo que te enseñan incluso antes de llegar al colegio, y que te marca para siempre. Nos conocimos en primero. Yo evitaba todo lo posible a mis compañeros de Casa, a los que no soportaba. Ignoraba a los de otras Casas, que no me parecían dignos de que me preocupara por ellos. Pero... la vi llorar, y por alguna razón que aún desconozco, no pude ignorarla como a los demás. Fui creciendo y me hice frío, arrogante, egocéntrico. Pero cuando la veía, cuando estaba con ella, cuando hablaba con ella, algo me hacía ser diferente. Con el tiempo nos hicimos amigos. En algún punto me di cuenta de que me había enamorado. Un día me besó y comenzamos a salir en secreto. A los pocos días, el director de Hogwarts moría y todo lo que conocíamos empezó a desmoronarse. El año siguiente, los mortífagos se apoderaron del colegio, y ella se unió a la resistencia contra ellos. Yo fingí unirme a los mortífagos para poder evitar que la capturaran a ella y a sus amigos. Cuando tuvo lugar la batalla en el castillo, ella me mintió: dijo que abandonaría la lucha conmigo, pero no lo hizo. Yo estaba demasiado asustado. No quería meterme en la batalla y arriesgarme a morir. Pero era mayor el miedo a perderla a ella, de modo que volví a buscarla. Milagrosamente sobrevivimos a la lucha, y los dos años siguientes fueron maravillosos. Ella me quería, yo la quería más que a nada. Era todo perfecto. Hasta que llegó el verano, y todos los equipos de quidditch de Reino Unido e Irlanda me rechazaron. Nadie quería a un Slytherin, a uno de los malvados, en sus filas. Y la única opción que se me presentó fue irme de allí. La quería, la sigo queriendo, la querré por siempre: aún sigo soñando con ella cada noche. Pero yo no puedo vivir sin el quidditch. Y ella no pudo con eso. Tampoco puedo vivir sin ella, pero tuve que elegir. El quidditch o ella. Cada uno es la mitad de mi vida: yo puedo soportar mi media vida solo dedicado al quidditch; pero no podía hacer que ella cargara con alguien que por mucho que la quiera, solo puede vivir media vida. Y allí se acabó todo. Lo dejamos, vine a Estados Unidos y cada uno sigue adelante con lo suyo. Pero mi maldito problema es que no puedo olvidarla.

—¿Has probado a estar con otras chicas?

—Lo intenté. Pero siempre aparece ella. Y he intentado de todo: pensar en ella hasta agotar todos mis pensamientos, cansarme tanto hasta el punto de no poder ni pensar, sustituirla por otra. Pero nada funciona. Empiezo a entender que puede que no se vaya nunca de mi mente. Y la echo tanto de menos, que soy tan estúpido que así me parece bien, porque al menos puedo tenerla en algún lado. Elegí la media vida del quidditch porque así ella tendría la opción de ser completamente feliz con otro; pero aún y así, soy egoísta y quiero agarrarme a lo único que me queda de la media vida a la que renuncié.

La mirada de Jason era grave, pero cuando Bruce acabó de hablar, asintió, al parecer, comprendiéndole.

—Es duro—susurró Jason. Y no era una pregunta.

—Es mi elección—respondió Bruce.

Se puso en pie, notando una opresión en el pecho. La noche de confidencias había sido suficiente para él. Solo había dicho el nombre una vez, pero le quemaba su recuerdo.

—Bruce, agradezco que me lo hayas contado. Y lo siento.

Asintió con una seca cabezada, e intentó quitarle importancia:

—Estoy aprendiendo a sobrellevarlo.

Jason esbozó una débil sonrisa y también se levantó, apagando definitivamente el televisor. Se acercó a él y le puso una mano en el hombro.

—Vamos a dormir—murmuró—. Mañana tenemos que mover camas todo el día y por la noche empezarán a llegar todos. Va a ser un día movido, ya verás.


Pauline decidió la mañana del viernes que sería buena idea colgar carteles en las puertas de cada habitación con los nombres de los ocupantes, para evitar confusiones. Eso significó que antes de asegurarse que hubiera el número de camas correctas en cada cuarto (y tener que ocuparse de moverlas en caso de que no fuera así) Bruce y Jason pasaron todo el tiempo que pudieron en la mesa del salón escribiendo nombres en carteles e intentando acompañarlos con dibujos artísticos, empresa en la que fallaron estrepitosamente. Pauline les riñó en varias ocasiones, presionándoles para que acabaran pronto y ordenaran las habitaciones cuanto antes, y los dos jóvenes tuvieron que dar por finalizados sus trabajos artísticos sin ningún éxito notable. Como mínimo, pudieron echarse unas risas al haber decorado el cartel del primo Elliot y sus dos amigos, de dieciséis años, con dibujos que pretendían ser hadas y unicornios.

Por suerte, descubrieron que no había mucho que hacer. Solo tenían que sacar una cama de una de las habitaciones del tercer piso y guardarla en otra, y meter una tercera cama en una habitación del cuarto piso. Tras eso, y con una lluvia insistente en el exterior, por fin acabaron con sus tareas y pudieron dedicarse exclusivamente a descansar.

Jason le mostró los álbumes de fotografías, tanto mágicas como muggles, que poblaban las estanterías de toda la casa. A través de ellas, le fue presentando y contando anécdotas de todos sus familiares, aunque al poco tiempo ya no recordaba qué primo había hecho estallar su pastel de cumpleaños o cuál era la tía que en una ocasión había desvanecido el baño entero.

Y horas más tarde, cuando hubo dejado de llover y el cielo se empezaba a oscurecer con la llegada de la noche, comenzó el desfile de familiares.

Los primeros en llegar, incluso antes de la cena, fueron el tío Benjamin, el squib y segundo de los hijos de Pauline y Fred tras Alfred, acompañado de su mujer, Cecile, que era muggle. El matrimonio vivía en la ciudad más cercana, a menos de una hora en coche, y habían ido directamente a la granja al salir de sus respectivos trabajos.

A la hora de cenar, fueron Alfred y Susan quienes llegaron del trabajo a través de la chimenea, y saludaron entusiastamente a los familiares.

Cuando llevaban apenas unos minutos cenando, fue la prima Alison la que llegó sola a través de la chimenea: la chica, de veintitrés años y cabello corto y castaño, era la mayor de los cuatro hijos de los tíos Lucy y Roger, quienes llegarían a la mañana siguiente. Poco después de Alison, fue su hermana Cleo, que con veinte años era la segunda de la familia, la que fue expulsada de las llamas, seguida por dos chicos altos, uno rubio y el otro pelirrojo. Jack y Sam, que era como se llamaban los dos, eran al parecer los dos mejores amigos de la chica, y casi parte de la familia, pues Pauline les saludó como si de dos nietos más se tratara.

Al acabar la cena, fueron los padres de Jason los que llegaron: Joseph, un hombre alto y prácticamente idéntico a su hijo, exceptuando los ojos azules, era el tercero de los hijos de Fred y Pauline. Ingrid, su mujer, era una mujer de cabello castaño y rizado cuya mirada cálida sin duda había heredado Jason. A pesar de que dijeron que ya habían cenado, Pauline insistió en que comieran algo que había sobrado, aunque solo fuera un trozo del pastel de manzana que había hecho esa mañana, y no pudieron negarse.

Lo que quedaba de día lo pasaron en pequeños grupos repartidos por el salón: los adultos charlaban en los sofás, Alison y Cleo se ponían al día sobre cotilleos en una esquina, y los amigos de la última, fingiendo estar indignados por la poca atención que su amiga les prestaba, se unieron a Bruce y Jason.

—Somos los amigos de Cleo. Y a pesar de que nos abandone para cotillear con su hermana, la queremos—se presentó Sam, el pelirrojo, mientras el otro fingía llorar con tristeza—. Nos conocimos el primer día de clases en Salem, los tres fuimos Rojos. Tú no pareces mucho más joven, pero no me suenas de nada. ¿En qué División estuviste?

—En realidad, en ninguna. Yo he estudiado en Reino Unido.

—¡Oh, vaya! ¡Hogwarts!—Alison y Cleo se habían acercado a los chicos, y la primera había hablado con una nota de emoción en la voz—¿No me equivoco, verdad? ¡Jason, tu amigo es el inglés que ha debutado este año en la Liga!

—Para ser una Azul, dices cosas muy obvias, Al—bromeó Jason, con lo que se ganó un golpe en el brazo por parte de su prima y un bufido indignado de la chica.

—¿Hogwarts? ¿El colegio de Inglaterra?—preguntó Cleo con curiosidad, sentándose entre Sam y Jack y susurrándoles algo al oído que les hizo sonreír.

Bruce asintió, y los ojos de los cuatro semidesconocidos se iluminaron con interés. Y la avalancha de preguntas comenzó.

Las conversaciones se alargaron durante horas. En algún momento también hablaron con los adultos, que escucharon con curiosidad lo que Bruce les respondía a sus dudas sobre las diferencias entre Estados Unidos e Inglaterra. Y cuando todos empezaron a estar cansados y Rose anunció que ella se iba a dormir, el ruido de un coche aparcando frente a la entrada interrumpió la escena. Fred abrió la puerta incluso antes de que alguien llamara, y la persona que apareció en el umbral hizo que casi todos soltaran exclamaciones de alegría.

Mark, de cabello corto rubio y ojos oscuros, era con veintiún años el menor de los hijos de los tíos Benjamin y Cecile. Era muggle, y estudiaba Economía en la universidad en la capital del Estado, por lo que había estado conduciendo durante varias horas para llegar a la granja. Fue recibido con besos y abrazos por parte de toda la familia, e incluso Sam y Jack le saludaron con efusividad.

De modo que la hora de irse a la cama se retrasó, y todo el mundo empezó a preguntar por las novedades al recién llegado. Todos estaban interesados en cómo iban sus clases, cómo se las arreglaba con su trabajo a tiempo parcial, y su madre tenía un particular interés en saber si había encontrado ya alguna novia.

El joven aguantó todo el interrogatorio con paciencia, una cansada sonrisa de vez en cuando y un suspiro exasperado al contestarla a Cecile que aún no tenía una novia que presentar.

—Pareces cansado, Mark. ¿Por qué no vas a dormir y mañana ya nos acabas de contar todo?—intervino el abuelo Fred, cortando abruptamente una pregunta de su mujer.

Bruce vio la fugaz mirada de entendimiento entre el anciano y el joven, antes de que este asintiera y se despidiera deseando unas buenas noches a todos.

—Vamos arriba, Bruce. Mark duerme con nosotros—le dijo Jason, de modo que no tardó en imitarle, desear las buenas noches a la gente a su alrededor y subir las escaleras hasta llegar a la habitación que compartían.

En el cuarto, Mark estaba deshaciendo la maleta, o al menos, sacaba unos cuantos jerséis de un bolsillo lateral en el que era imposible que cupiera tanta ropa.

—Mi compañero de habitación en la universidad no entiende que me quepa toda la ropa de vacaciones en una maleta tan pequeña—dijo Mark con una sonrisa cuando los dos entraron en la habitación—. Claro, que no sabe que tengo media familia poblada por magos y brujas, y mucho menos que existen hechizos que pueden expandir bolsillos.

Jason rio a carcajadas, y Bruce se sentó en su cama.

—No he tenido tiempo de presentártelo, pero este es Bruce. Es un novato en el equipo. Viene de Inglaterra, y son las primeras Navidades que pasa en América.

—¿En Inglaterra también jugáis a quidditch?—le preguntó Mark, mirándole con curiosidad.

—De hecho, fue allí donde se inventó—puntualizó Bruce.

—Interesante. Igual que el fútbol, ¿eh?

Bruce tenía una vaga noción de lo que era el fútbol, de modo que asintió evitando mostrarse dubitativo. A Mark pareció bastarle con su respuesta, así que se giró hacia su primo y preguntó:

—¿Y este año qué? ¿Ganaréis la Liga o aún no?

—Está complicado—admitió Jason con una sonrisa franca—. Ahora estamos segundos, pero empatados con los Finches, y jugamos contra ellos después de las vacaciones. Aunque si mantenemos el nivel, creo que podremos conservar la posición e ir al TIAQ el año que viene.

—¿Al Internacional? ¿De verdad?

—Pero está difícil. Con los Finches eliminados del TIAQ hace poco, tendrán más tiempo para centrarse en la Liga. A los All-Stars les ganamos, pero fuimos los únicos, y como también están eliminados del TIAQ, están intratables en Liga. Veremos qué podemos hacer. ¿Qué hay de tus clases?

—Exceptuando una asignatura, que el profesor es un inútil, las demás están yendo bien. Está siendo un buen curso.

—¿Y las chicas?

—¿Ya empiezas como mi madre?—bromeó Mark, y ambos primos rieron.

No tardaron mucho más en irse a dormir.


Y el sábado fueron llegando el resto de familiares como con un cuentagotas. Los primeros, pronto por la mañana, fueron Amelie, la hermana de Jason, junto con su novio, un tipo no muy alto que se llamaba Peter y que por lo visto, eran las segundas Navidades que pasaba en la granja. Peter era un año mayor que Amelie, lo que significaba que era del curso de Cleo y sus amigos; por lo que cuando los dos chicos se despertaron y se encontraron al joven desayunando en el comedor, inundaron la casa de saludos entusiastas y gritos de lo más variados.

Los siguientes en llegar, ya más avanzada la mañana, fueron los que terminaron por romper toda la paz y tranquilidad que había reinado en la granja los primeros días en los que Bruce estuvo allí. Fueron saliendo de la chimenea, uno a uno, la tía Lucy (la menor de los cuatro hijos de Fred y Pauline), su marido Roger, los primos Elliot y Grace, de dieciséis y catorce años respectivamente (y hermanos de Alison y Cleo), las dos amigas de Grace, Ariana y Judy, y los dos amigos y la amiga de Elliot: Howard, Kevin y Nadia.

Los siete jóvenes revolucionaron por completo el ambiente calmado. Rápidamente todo se llenó de ruidos, gritos, risas, pasos y conversaciones, hasta el punto que cuando llegó Irina, la hermana mayor de Jason, acompañada de una joven que le presentaron como Sophie (y que resultó ser no su amiga, sino su novia, para ser exactos), tuvo que pasar más de una hora hasta que todo el mundo se enterara de la llegada de las chicas, a pesar de que el coche estaba aparcado en la entrada. Y la última en llegar, o al menos la última que se esperaba (porque del primo Rudy seguía sin saberse nada) fue poco después de la comida: Madeleine tenía veintitrés años y solo era unas pocas semanas menor que su prima Alison. Era la hermana mayor de Mark, y como él, también era una muggle. Era estudiante de ingeniería en California, y había tenido que cruzar más de medio país para llegar a la casa de sus abuelos. Fue recibida entre grandes muestras de afecto de toda la familia, en especial de Alison, quien la abrazó en cuanto la chica puso un pie en el salón y no la soltó en todo el rato que duraron los saludos.

—Son casi como mellizas—le explicó Jason—. Crecieron juntas aquí todos los veranos durante muchos años, y se hicieron incluso más íntimas cuando se hicieron mayores, aunque Alison fuera a Salem y Maddie se quedara en la ciudad.

Con treinta personas viviendo en la granja, por muy grande que esta fuera, pronto la casa se volvió caótica y desordenada. Pero como Bruce notó, era un caos delicioso. La única que parecía preocuparse por algo era Pauline, pero todos los demás pasaban el tiempo hablando unos con otros con despreocupación, riendo, turnándose para jugar al ajedrez o a los dardos (juego que desempolvaron de la buhardilla, y como Bruce descubrió, se le daba excepcionalmente bien) y dando paseos por los alrededores del lugar cuando no hacía demasiado frío. Era una familia gigantesca, y aunque había algunos roces inevitables de vez en cuando, la mayor parte del tiempo transcurría entre una agradable y cálida atmósfera de buen humor.

Bruce pasaba casi todo el tiempo pegado a Jason, y ambos solían estar con Mark, Amelie y su novio. También eran muy participativos en cualquier juego que se organizara, al igual que Cleo y sus dos amigos. Sam y Jack, a pesar de ser unos Rojos y por lo tanto, demasiado impulsivos para el gusto de Bruce, eran bastante entretenidos y Bruce solía reunirse con ellos cuando Jason huía de él para ir a pasar el rato con Alison y Maddie, que aunque no se lo hubiera dicho, eran las primas con las que menos edad se llevaba, y con las que más compartía. Una de las amigas de Grace, la menor de la familia, le hacía ojitos constantemente, y para escapar de eso normalmente se refugiaba con Elliot y sus amigos, quienes cogieron confianza rápidamente con él. Dos de ellos, Kevin y Nadia, jugaban en los equipos de quidditch de sus Divisiones de Salem (Blanco y Púrpura, para ser concretos), y se interesaron mucho en todo lo que pudiera contarles de la experiencia que estaba teniendo ese año. También la tía Susan hablaba de quidditch con él de vez en cuando, y el tío Roger, que trabajaba en el Departamento de Cooperación Internacional, solía interesarse por lo que le pudiera contar sobre la situación en Inglaterra. La tía abuela Rose solía aparecer con gesto serio en medio de aquellas conversaciones, en las que decía unas pocas frases lapidarias antes de marcharse con dignidad. Tras esas apariciones, Bruce y Roger se quedaban en silencio por unos instantes y después se aguantaban la risa, al menos hasta que la anciana estaba lo suficientemente lejos como para que no lo notara.

De ese modo, a veces tranquilo, otras alocado, fueron pasando los días con una familiaridad que Bruce creía imposible que existiera. El día de Navidad, despertaron encontrándose una montaña de regalos al lado del árbol del salón que era casi tan alta como el propio árbol. A los pocos minutos, el salón se había convertido en un campo de batalla lleno de regalos por todos lados y envoltorios desperdigados por el suelo y encima de los muebles. La comida del día fue magnífica, además de divertida: le explicaron que en la familia era tradición ponerse para la comida de Navidad alguna prenda de ropa que les hubieran regalado esa mañana, fuera cual fuera. De modo que las treinta personas reunidas a la enorme mesa iban engalanadas con bufandas suaves, mullidos gorros, relucientes jerséis, corbatas anudadas sin camisa alguna, calcetines por encima de los pantalones e incluso un elegante vestido de fiesta bajo la bata.

Y para acabar de redondear la fiesta, el misterioso primo Rudy finalmente apareció minutos antes de la hora de la cena. Los gritos de alegría y sorpresa (e incluso los regaños de su madre) podrían haberse oído en quilómetros a la redonda, si hubiera habido alguien para escucharlos.


Unas cuantas noches más tarde, Bruce daba vueltas en su cama, sin poder dormir. El reloj de la habitación marcaba más de las dos de la madrugada, y tanto Jason como Mark dormían a pierna suelta, afortunadamente sin roncar. Pero él no podía imitarlos.

¿Por qué el regalo de su padre por Navidad habían sido quince galeones? ¿Qué sentido tenía darle dinero, si sabía que ganaba más que eso? Para un regalo como ese, habría sido mejor no recibir nada. Al menos así habría sabido que la relación se había esfumado completamente y no tendría que preocuparse más de momentos incómodos como aquellos, o de tener que mandarle insulsas tarjetas de felicitación por sus cumpleaños con sentimientos que en realidad no tenía.

Y lo absurdo de la situación le estaba volviendo loco. No podía dormir, y necesitaba hacer algo.

Se puso en pie, buscó a oscuras sus zapatillas y se colocó la bata encima del pijama antes de dejar la habitación. Había recordado lo que Jason le había dicho días atrás: la buhardilla siempre era un buen lugar para encontrar la tranquilidad, pese a cualquier tipo de desorden que pudiera reinar en el resto de la casa. Y a esas horas de la noche, ese debía ser un lugar sumamente tranquilo.

Murmuró un Lumos que encendió la punta de su varita y empezó a subir escalones procurando hacer el menor ruido posible. Pasó el tercer piso y llegó al cuarto, y cuando cruzó el pasillo para acceder a las otras escaleras que llevaban a la buhardilla, una figura que le salió al paso desde las sombras le sobresaltó. Por suerte, sabía controlar suficientemente bien sus nervios como para que la impresión apenas se le notara.

—Tranquilo, amigo de Jason—la voz de Cleo, la única que le llamaba de ese modo, se oyó como poco más que un susurro—. Solo soy yo. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Necesitaba un lugar para estar solo—respondió en el mismo tono de voz—. ¿Qué estás haciendo tú aquí?

La varita iluminó tenuemente la sonrisa ladeada de la joven.

—Estoy vigilando… y espiando—reconoció; la sonrisa era culpable—. ¿Sabes quién está allí arriba?

—¿Sam y Ariana?—aventuró Bruce, y la joven dibujó una mueca de disgusto.

—¡Por favor, no!—protestó Cleo—¡Por Merlín, se llevan seis años y Ariana es una cría presuntuosa! No, mucho mejor… Son Nadia y Kevin.

—¿Nadia y Kevin?—repitió Bruce con curiosidad. De acuerdo, un cotilleo era algo a lo que no era fácil renunciar—Creía que ella era novia o algo así de Elliot.

Cleo bufó con disgusto.

—Por Merlín, claro que no. Elliot y ella son mejores amigos, compañeros de División y van a todos lados juntos. Pero Nadia está coladísima por Kevin, y el chico no se queda atrás. He oído unos pasos saliendo de la habitación de esos tres hará como unos veinte minutos, y al poco rato Nadia ha salido de la habitación y la he oído subiendo las escaleras. Después me he asomado y los he visto sentados muy juntos frente a la ventana. No podía dejarte ir y estropear eso.

Bruce cabeceó, asintiendo. No estaría bien romper el momento. Él también tenía dieciséis años cuando se enfrentó a su primer amor.

—¿Y por qué necesitabas tú estar solo?

La pregunta de Cleo le pilló desprevenido. Había olvidado que le había dicho eso, e intentó pensar en algo para desviarse del tema. Pero los penetrantes ojos verdes de Cleo le miraban con fijeza incluso a través de la penumbra, y a pesar de que la conocía poco, supo que no podría escapar.

—Problemas familiares—resumió.

Cleo ladeó la cabeza, sin dejar de observarle.

—Has pasado las Navidades aquí, rodeado de desconocidos, en lugar de con tu familia. ¿Es por esos problemas familiares?—preguntó la chica sin rodeos.

—No tengo una familia propiamente dicha, si eso te responde. Ese es el problema.

La joven asintió con la cabeza, pero no se disculpó por haberse entrometido. Y ese descaro hizo que a pesar de la situación, le cayera mejor.

—No eres como creía que eran todos los Rojos—comentó.

—No todos somos como Gina—replicó rápidamente Cleo, con una sonrisa irónica.

—¿Conoces a Gina?

—Todo el mundo conocía a Gina en Salem. Era de esas chicas que llamaban la atención hicieran lo que hicieran. Y sí, Gina representa los valores de los Rojos, pero retorcidos y exagerados. No todos somos tan egoístas e impulsivos como ella. Algunos sabemos contenernos por el bien de los demás.

La última frase había sonado extraña. Muy extraña, para ser sinceros. Levantó la mirada y se encontró con que los ojos verdes de Cleo estaban recubiertos de una fina película húmeda. ¿A qué venía eso?

—¿Contenerse por el bien de los demás?—repitió con voz suave, intentando comprender.

Cleo parpadeó rápidamente y se frotó los ojos con una mano. Las posibles lágrimas habían desaparecido.

—El amor es extraño, ¿no crees?—murmuró Cleo, pero no le dio tiempo a responder—Puedes querer con todo tu corazón a algunas personas, y normalmente, que fueran unos sentimientos correspondidos te haría la persona más feliz del universo… Pero en ciertas ocasiones, saber que eres correspondido puede hacer más daño que cualquier arma.

La chica acabó con su breve discurso, dejando a Bruce todavía más confundido. Intuía que había una historia dolorosa tras esas palabras, claro, pero no era capaz de descifrarla. Y Cleo parecía haber acabado con sus explicaciones.

Pasaron unos instantes en un incómodo silencio, en los que a Bruce le costó darse cuenta de que Cleo debía estar esperando que dijera algo. Finalmente dijo:

—A veces, lo mejor que puedes hacer es dejar ir aquello que más te importa.

—¿Has tenido que hacerlo alguna vez?

Bruce no respondió. Aquello ya era demasiado personal, y tampoco conocía tanto a Cleo. Sin embargo, la joven pareció tomárselo como un "" y asintió con la cabeza. Acto seguido, empezó a alejarse de él en dirección a su habitación.

—Buenas noches, Bruce. No subas a la buhardilla; no me gustaría saber que has interrumpido algo.


Despertó a la mañana siguiente cansado, y todavía extrañado por la conversación de la noche anterior con Cleo. Sin embargo, cuando se la encontró desayunando en la cocina la chica no hizo nada fuera de lo normal. Bromeó con Jason, robándole unas cuantas galletas de su plato, y después fue a sentarse entre Sam y Jack, como era habitual.

Había estado pensando en las palabras de Cleo, dándole vueltas al significado encerrado de sus frases, y aunque había llegado a un punto en el que se había hartado y se había prometido dejarlo correr, todavía le picaba la curiosidad. Y en ese momento, desayunando con la mitad de los primos, se dio cuenta de que había algo extraño en la relación entre Cleo y sus dos amigos. El brillo de sus miradas, la forma en que reían, el contacto que había…

¿Podía ser que la chica estuviera enamorada de Jack o Sam? ¿O alguno de los chicos de ella? ¿O uno enamorado de ella y ella del otro? ¿O los dos estaban colados por ella y ella por ninguno, o por uno de ellos? ¿O incluso tal vez, se gustaban los dos chicos?

Era un misterio que no podía resolver, y era frustrante. Cortó con más fuerza de la necesaria una salchicha de su plato, que quedó partida en dos mitades exactamente iguales. Y eso le dio una idea.

Cleo había hablado todo el tiempo en plural. Tener sentimientos por algunas personas… ¿Podría ser acaso que estuviera enamorada de los dos al mismo tiempo?

Se quedó mirando demasiado fijamente al trío de amigos. Podría ser. Y algo, puede que la intuición, le sugería que ambos chicos estaban enamorados de ella.

Sin duda, el amor era extraño. Y no era él el único que sufría por su culpa.


Rudy fue el gran animador de los últimos días de las vacaciones: el mayor de los primos siempre tenía alguna anécdota interesante que contar sobre sus investigaciones, y tenía un don de palabra que hacía que todos, tanto adultos como jóvenes, le escucharan con atención.

La noche de fin de año diluvió, pero a nadie le importó: en lugar de llevar sus mejores galas, todos cenaron en pijama. Charlaron durante horas alrededor de la mesa, y después continuaron las conversaciones en los sofás del salón. El televisor encendido les iba recordando el tiempo que faltaba para la medianoche, y cuando por fin la hora señalada llegó, todos corearon la cuenta atrás. Y al gritar el cero, todos brindaron y comenzaron a besarse y abrazarse.

—¡Por un 2001 mejor que el 2000!—exclamó Rudy, y todos vitorearon sus palabras.

Y entre toda aquella marea de gente, que en realidad eran poco más que conocidos, Bruce sonrió y se sintió absurdamente feliz.

Por primera vez, sabía lo que era sentirse en familia.


—¿No se te hace extraño volver a Nueva York tras pasar tantos días en casa?—preguntó Bruce.

Jason, sentado a su lado en la sala de espera de la Oficina de la Red Flu de Jefferson City, sonrió con nostalgia, a pesar de que hacía poco más de diez minutos que se habían despedido de toda la familia.

—Sí, y ya les estoy echando de menos—confesó el mayor—. Pero así son las cosas. Lo bueno no dura para siempre… Y hay que volver a la realidad. En una semana jugamos contra los Finches y será duro.

Bruce asintió. Él también echaba ya de menos el ambiente de la granja, y todavía notaba el calor del abrazo que le había dado Pauline al despedirle como a un nieto más.

Pero lo bueno era que volvía el quidditch. Entre los dos partidos siguientes, contra rivales difíciles, y el parón de una semana, todavía tardaría bastante en volver a jugar, pero al menos volvían los entrenamientos. Y la posibilidad de montarse en una escoba otra vez.

Y sin duda, la sensación de volar era lo que más echaba de menos.

—Señores Lane y Vaisey, su turno.


¡Hola a todos!

Sobre este capítulo, hay algo que quiero comentar, y es que es posible que tal cantidad de nombres y gente en la familia de Jason haya sido algo confuso. Y en parte, esa era mi intención, la de hacer sentir al lector que no sabe muy bien exactamente quién es el interlocutor... Porque Bruce está exactamente en el mismo lugar. Así como se le dan las relaciones personales, por mucho que lo intentó no acabó de aprenderse quién era hermano de quién, o quién era el padre de tal... Pero en el fondo, eso no le impidió sentirse bien. Por otra parte, Bruce ha descubierto las razones de la mala relación entre Brian y Gina, y el porqué nadie confía demasiado en el buen juicio de Brian (algo que desde el principio de la historia he intentado que fuera un misterio, pero no sé si lo he conseguido...). Oh, y en ese encuentro de madrugada entre Bruce y Cleo, en la primera versión del capítulo ella le confesaba su secreto. Solo que cuando lo releí, me pareció demasiado irreal que le revelara eso a un total desconocido, así que preferí dejarlo con unas cuantas frases crípticas, y dejar que Bruce se comiera la cabeza pensando en ello. En fin, que puede parecer un capítulo más de transición, pero me gustó darle a Bruce una familia (aunque solo sea temporal) con la que ser feliz. Y que aunque el muy torpe tenga aún problemas para olvidar a Eve (y eso es, por cierto, porque me gusta que sea un personaje imperfecto. No me gusta pensar que es un excelente jugador de quidditch y que además tiene una gran fortaleza sentimental, porque no es así), pueda ver que hay más tipos de amor a su alrededor, todos ellos diferentes: los Lane, Gina y Brian, Nadia y Kevin, Cleo y quién sabe...

Bueno, creo que esta nota me está quedando un poco larga, pero quiero agradecer una vez más a todos los que siguen leyendo esto. Y darle millones de gracias a Muselina Black, que deja los reviews más geniales del mundo (y que entiendo perfectamente que haya algunas partes que parezcan un poco pesadas o confusas. Sé que Vaisey es el protagonista de la historia, pero tengo tan desarrollados los otros personajes que a veces se me olvida, y me preocupa que parezca que la historia no avance).

En fin, esto es todo por hoy. Espero que os haya gustado y ¡hasta la próxima!