Jean
Apenas despertó, Jean sintió aquel insoportable dolor en su cuello y en toda su espalda. Había dormido recostado junto a un árbol, y ahora no podía moverse. Maldijo por lo bajo y se separó del tronco lentamente, estirando sus piernas e intentando levantarse. Cuando lo logró, se bajó un poco la cremallera de la campera, cuyas solapas le tapaban la mitad de la cara.
La mañana era fría, pero soleada, y la nieve que durante la noche había sido una fina capa sobre la tierra, ahora se había derretido hasta el punto de volverse transparente y desaparecer entre las hojas caídas. Jean se quitó los guantes y los guardó en el bolsillo de su campera. Se acuclilló junto a un trozo de nieve que aún era bastante grande y lo tomó con ambas manos, notando que este se derretía al instante. Bebió esa agua con desesperación, notando cuán seca tenía la garganta. Ahora debía encontrar algo para desayunar, porque su cena había consistido en unas bayas que afortunadamente para él no habían resultado venenosas.
"O tal vez lo fueron…y estoy en el infierno" pensó. Ahora su estómago volvía a rugirle y él no sabía cazar ni tampoco tenía con qué. No había sido tan idiota como para ignorar a sus mentores y correr directamente a buscar un arma. Pero también había que ser muy idiota para morirse de hambre en un bosque, ¿verdad? Sea como fuere, aquel era el primer bosque que pisaba en su vida. El Distrito 5 era mayoritariamente urbano, y no una ciudad moderna y magnífica como el Capitolio, sino unas cuantas casas que se agrupaban alrededor de la zona de las plantas de energía, donde la gran mayoría de los adultos trabajaba.
Jean había formado una alianza con los tributos del Distrito 7, expertos en bosques, pero Mina había muerto en el baño de sangre y no había vuelto a ver a Marco desde la noche anterior, cuando se habían reunido los tres.
Se resignó a buscar bayas nuevamente y, si era posible, algunas raíces; Marco le había mostrado algunas que podían ser comestibles.
Al cabo de unos cuantos minutos había encontrado un par de raíces y un puñado de bayas un tanto secas y pequeñas. Cuando terminó de comer, seguía teniendo hambre, y concluyó que debía encontrar a Marco pronto si no quería morir.
Había dedicado gran parte del día anterior a descender hacia una zona más boscosa con menos hielo, temiendo en todo momento perderse y no encontrar en ningún momento a sus compañeros, que tal vez incluso estuviesen muertos. Cuando en la noche vio que Marco estaba vivo, sus esperanzas se reanudaron, pero no tenía forma de buscarlo. La noche anterior a los juegos los tres habían trazado una estrategia para no perderse, ¿pero cómo demonios hubiesen podido seguirla en el baño de sangre?
No pasó mucho tiempo hasta que decidió dejar de bajar y empezar a bordear la montaña. Tal vez Marco estuviese haciendo lo mismo y lograrían encontrarse. Y, con un poco de suerte, encontraría un río también. Porque tenía que haber un río, ¿verdad?
Los espectadores no iban a tardar mucho tiempo en darse cuenta que el chico arrogante y seguro de sí mismo que habían visto en las entrevistas y en su propio puntaje no existía, y que pronto desaparecería ante sus ojos. Aunque intentara mentirse a sí mismo, Jean nunca había confiado en sus habilidades de ganar los juegos. No tenía habilidades. No sabía luchar y lo poco que sabía de técnicas de supervivencia lo había aprendido en el entrenamiento, cosa que era mejor que nada. Aun así, había obtenido un nueve de puntaje, una excelente calificación digna de un profesional. No había hecho nada demasiado fuera de lo común, nada más que demostrar lo que mejor se había aprendido en esos tres días. Había aprendido lo básico de la pelea con espada, un arma poco utilizada por los tributos, dada su mayor complejidad. Sólo la usaban con frecuencia los profesionales que habían entrenado con ella por años y podían cogerla en la Cornucopia. Los demás solían conformarse con cuchillos, hondas o cerbatanas; armas que definitivamente no podían partir un cráneo y que solían quedar para los más "incapaces" de hacerlo, ya fuera por sus escasas habilidades físicas o su mayor nivel de humanidad.
Jean había aprendido a usar la espada bastante bien, sabiendo que no iba a haber forma de hacerse con una. Pero se había lucido un poco frente a otros tributos. De todas formas no era tan idiota y había aprendido también unos movimientos de combate cuerpo a cuerpo con cuchillo, pero tampoco tenía un cuchillo. Ni siquiera tenía agua. Se rió por lo bajo y se obligó a seguir caminando.
Las franjas de bosque aparecían y desaparecían, siendo de vez en cuando un bosque frondoso y en otro momento un páramo helado con unos cuantos arbolitos que no daban ningún tipo de resguardo. Pero nunca dejaba de haber árboles, porque que un tributo muriera de hambre no era divertido a pesar de que el nombre de los juegos así lo indicaba.
Al cabo de unas dos horas, aún no había encontrado nada, su estómago rugía y comenzaba a debilitarse. Se había sentado ya dos veces a descansar, cada vez más cansado, incapaz de seguir sin comida de verdad en su estómago. Lo cierto era que nunca había estado acostumbrado a pasar hambre. Desde luego no comía como la gente del Capitolio, pero jamás le había faltado alimento. Durante los juegos del año anterior, un compañero de escuela de Jean había bromeado con qué la única y verdadera habilidad de los tributos del Distrito 12 era saber sobrevivir con el estómago vacío, por estar acostumbrados a ellos. Él se había reído, pero en verdad era cierto. Era tal vez una habilidad muy útil para la arena. No ayudó a los tributos del 12 del año anterior, de los cuales uno murió en el primer día y la otra a los tres días, incapaz de defenderse, a manos del chico del 4, de 15 años. Pero no fue él el ganador sino su compañera, que se llevó la victoria luego de una intensa y destructiva pelea con su antiguo aliado, el chico del Distrito 1. Pero los tributos del Distrito 12 de este año eran completamente distintos a los del anterior. No eran idiotas arrogantes, pero cualquiera que fuera un poco prudente se cuidaría de ellos. La chica parecía la más fiera, casi profesional pero sin la arrogancia ruidosa e insoportable de muchos. Aunque, para ser sinceros, sólo los tributos del 2 poseían esa arrogancia. No había que ser muy idiota para darse cuenta de que aquellos eran y serían unos juegos inusuales.
Se preguntó entonces donde estaría su compañera, Historia. Era una chica adorable, pero no habían establecido ninguna alianza. No habían hablado mucho a decir verdad, sólo intercambiando unas pocas palabras de cortesía. Jean sabía que estaba viva, pero ¿Qué estaría haciendo? ¿Se habría aliado con alguien? ¿Tendría el Distrito 5 más esperanzas en ella que en él en aquel momento?
Sin darse cuenta había empezado a pisar cada vez más fuerte, porque sus botas se quedaban en la nieve y su cansancio le obligaba a reafirmar sus pisadas. De repente, un intenso dolor le cruzó toda la pierna derecha y soltó un gemido ahogado. Aquello lo había tomado desprevenido. Su rodilla se dobló inútilmente y cayó sobre esta en la nieve. Fue entonces cuando vio la piedra que lo había hecho caer. Oculta bajo la nieve, su pisada había dado directamente con esta.
—Maldición…—Se mordió la mejilla con fuerza e intentó estirar la pierna para masajear la zona herida y poder volver a ponerse en pie. No le dolía tanto como para poder haber tenido una lesión más grave, como un hueso roto.
Dejó que su cuerpo se hundiera en la nieve y estiró su brazo para pasar su mano por su pierna, frotándola frenéticamente. Giró su talón unas cuantas veces, maldiciendo un poco al notar que era precisamente esa zona donde le dolía, ¿Cómo iba a hacer para seguir caminando?
—¿Has oído eso, Reiner? Creo que he oído algo…
Era una voz de chica, que no se hubiese oído si no fuera un tanto estridente. Había dicho "Reiner". Reiner era el chico rubio del Distrito 2.
Sacudió la pierna con violencia y apoyó ambas manos desnudas sobre la nieve, sintiendo como se volvían piedra al instante. No había tiempo para volver a ponerse los guantes, tenía que ponerse en pie.
Oyó los pasos que se acercaban.
—…enterrado en la nieve.—Logró oír decir al chico.
—¿Está vivo? —Preguntó la chica.
—Vivo o moribundo. No oí ningún cañonazo ni he visto un aerodeslizador.
Las voces estaban más cerca.
Con todo el esfuerzo del que fue capaz, se puso de pie tambaleándose un poco. No había tiempo; era correr o morir. Echó a correr, intentando ignorar el dolor lacerante que atravesaba su cuerpo entero con cada pisada, pero en vano, porque los pasos se habían hecho cada vez más rápidos e iban detrás de él. Ya lo habían visto.
—Oye, ¡detente! ¡No vamos a hacerte daño! —Gritó la chica.
Jean miró por encima de su hombro para notar que era Hitch, la chica del Distrito 4. Su compañero había muerto, pero ella estaba viva y aliada con los profesionales.
Oyó al chico reír y a continuación el inconfundible sonido de una hoja desnudándose de su vaina. Una hoja larga, una maldita espada.
—¡Ven aquí! ¡No te engañes a ti mismo, no puedes correr!
Los pasos se volvían cada vez más frenéticos, pero Jean no dejó de correr, a veces arrastrando la pierna herida y otras corriendo normalmente e ignorando el dolor. Escuchó un silbido a su derecha y lo esquivó por instinto, justo para ver como un pequeño cuchillo que pudo haberle dado en la nuca rozaba su mejilla e iba a parar en la nieve.
"Estoy acabado" pensó, sintiendo como la angustia crecía en forma de un horrendo nudo en su garganta. Sólo le quedaba ser más rápido que aquellos dos.
No fueron los tributos ni sus armas, sino su pierna herida y su propio cansancio los que de repente lo hicieron caer de bruces sobre la nieve. Para ese punto, su respiración estaba agitada y su vista borrosa por el miedo y el pánico que sentía. Todo parecía lejano. Rodó sobre sí mismo justo cuando sintió que alguien lo tomaba con fuerza de la chaqueta y lo dejaba de espaldas sobre la nieve.
Abrió los ojos de par en par para ver mejor, pero su mirada seguía borrosa. Supo qué estaba sucediendo en cuánto sintió la fría hoja en su garganta. Reiner estaba prácticamente encima de él, bloqueándole cualquier posibilidad de movimiento y presionando su peligrosa espada contra su garganta. Sentía que iba a ser degollado en cualquier momento.
—Distrito 5.—Frunció el ceño, mirándolo atentamente.—Sacaste sólo un punto menos que yo. Seguro no te dedicaste a correr, porque hasta para eso apestas.—Presionó la hoja más fuerte contra su garganta y Jean sintió que le faltaba el aire.
—Reiner, hazlo ya.—Se quejó la chica.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, Jean hizo una pequeña mueca para juntar algo de saliva y escupió en la cara de Reiner. Este soltó una maldición, y le obligó a aflojar un poco la espada. Luego Jean sintió que la aflojaba más y más, hasta retirarla. El chico jadeó violentamente y cayó a un lado, junto a Jean. Aprovechó para incorporarse y lograr ver algo, ya que sólo podía oír a Reiner quejarse y maldecir a su lado, sin moverse demasiado. Se frotó los ojos una y otra vez y logró ver a una figura que salía detrás de un árbol a su encuentro.
—¡Jean! ¡Corre, no tenemos mucho tiempo! —
"¿Marco?" pensó, aún un tanto abatido por el dolor y el esfuerzo de la carrera.
—¡CORRE! —Volvió a advertirle el chico.
Y en ese momento no le quedaron más dudas de que era Marco y no otro chico que se unía a los otros dos. Juntó fuerzas de algún lado y empujó a Reiner con fuerza para ponerse pie, pero no salió corriendo.
Marco llegó a su lado y le dirigió una rápida mirada. Llevaba una honda tensada, y acababa de poner otra roca bastante grande como proyectil, esta vez apuntando a la chica, que sacudía a un Reiner que parecía estar en el mismo estado que Jean hace unos segundos.
—Está distraída, ¡vamos! —Marco soltó el proyectil, lo cogió con fuerza de la campera y tiró de él mientras corría, arrastrándolo.
—Mi pierna…—Jadeó Jean, intentando avisarle que no fuera tan bruto.
—¡Mierda, Jean, no hay tiempo para eso! —Marco ni siquiera se volteó a verlo y siguió tirando de él. Jean hacía lo posible por seguirle el ritmo, cojeando y lloriqueando por el dolor.—¡Cuesta abajo! ¡Más rápido! —Bramó su compañero, mientras empezaban a descender a toda velocidad.
No oyeron ningún cañonazo, cosa que decepcionó un poco a Jean, pero tampoco querían voltear a ver si los otros dos se habían recuperado y los seguían. Su corazón le latía salvajemente y sentía que iba salírsele del pecho.
Cuesta abajo se iba más rápido, sí, pero también era más peligroso. Marco, que no era tampoco el más ágil corriendo, tropezó con alguna rama caída enterrada bajo la nieve y empezó a rodar cuesta abajo, sin soltar a Jean, que también rodaba chocándose con él de vez en cuando. Se detuvieron cuando apareció un gran tronco caído en su camino, ya en una zona más boscosa. Marco se golpeó la cabeza contra el tronco y luego Jean cayó sobre él, con todo el impulso de la cuesta empinada.
Jean se permitió cerrar los ojos, sin dejar de respirar agitadamente y tampoco sin moverse, a pesar de estar aplastando a su compañero.
—¿Los perdimos? —Jadeó con la garganta seca.
—Eso espero.—Marco forcejeó contra Jean para incorporarse, frotándose un poco la frente. Miró a su alrededor, todavía apretando con fuerza su arma en el puño derecho. Jean se dio cuenta que no veía nada cuando relajó su expresión.
—Los perdimos entonces.
—Creo que sí. Eso estuvo cerca.
—Marco…me salvaste la vida.—Jean se incorporó también, estirando la pierna con cuidado.
—Por supuesto. Eres mi aliado, Jean. Anda, busquemos un lugar más oculto para que pueda ver tu pierna, ¿te cortó Reiner?
Por alguna razón, Jean se sentía increíblemente seguro con aquel chico casi desconocido de otro distrito. Aquel chico que acababa de salvarlo de una muerte segura y dolorosa.
—No…—Se pasó una mano por su cuello, notando un hilito de sangre en sus dedos.—No. Fue tan estúpido…Pisé mal una roca, me torcí el tobillo y cuando no pude correr más, ellos me alcanzaron. Casi…casi me abren la garganta.—Apretó su mano contra esta, sintiendo que aún su corazón latía con fuerza.
—No te preocupes. Encontraremos un lugar para usar de escondite…y algo para vendar esa pierna. También algo de comida.—Marco, que unos momentos antes parecía completamente otro chico, le dedicó una cálida sonrisa.
Jean le devolvió la sonrisa, aún entre jadeos.
—Marco…gracias.— "Bien podrías haberme dejado morir" pensó "un aliado menos del que preocuparte por tener que matar luego". Pero en el fondo sabía que Marco no era así, o no aparentaba serlo.
El chico del Distrito 7 se había puesto ya de pie y le tendió una mano al del 5. Este la aceptó, apoyando el peso de su maltrecho cuerpo para ponerse en pie. Marco se aferró la honda al cinto y rodeó la cintura de Jean con un brazo, prestándole su hombro para que no tuviera que recargar tanto peso en la pierna herida.
—¿Estás seguro de que no es un hueso roto?
—No.—Confesó Jean.—Pero pude correr unos cuantos metros así…si estuviera roto no hubiese podido, ¿verdad?
—Depende de qué hueso sea y cómo se haya roto.
—¿Cómo lo sabes?
—Mi tía era sanadora. Sabía este tipo de cosas y me enseñó todo lo que sé, que es poco. Me ocuparé de esa pierna.—Le prometió.
—Maldita sea que soy una carga. Lo siento.
—No lo eres.—Marco volvió a sonreírle, como si quisiera asegurarle que todo estaría bien.
Y lo consiguió por el momento.
Nuevo capítulo. Disculpen de nuevo por tardar tanto, pero no me acostumbro a escribir tanto durante la época de clases, supongo y espero poder hacerlo pronto. Como sea, espero que lo disfruten y que sepan que nunca fue mi intención matar a Jean tan pronto, no lo pensé ni por un momento.
