Epílogo: un nuevo comienzo.

Lo siguiente que supe es que estaba vivo. Débil y tembloroso, pero vivo. Esperé a que mis ojos se acostumbraran a la fuerte luz del sol. Ser albino tenía sus desventajas y esa era una de ellas. Pude ver como los soldados corrían. Creían que estaba muerto. Já, claro. Como si matar a esta vieja águila fuera fácil. ¿Dónde estaba Eliza? Parecía que se había ido. Maldita sea. Bueno, ya tendría tiempo de ordenar mis ideas después, por lo pronto tenía que salir de allí. Me levanté con todo el cuidado posible. Estaba tan embarrado y sangriento que nadie me reconoció y me tomaron por un soldado más. Mejor, así me dejarían en paz.

Anduve y anduve hasta alejarme algo del campo de batalla. El camino fue difícil para mí. A veces tropezaba y caía al suelo, otras veces era empujado por los soldados que corrían de un lado para otro. Me sentía patético, joder. Divisé a lo lejos una vieja iglesia en ruinas. Ese parecía el sitio indicado para esperar hasta que se fueran todos. Entré lentamente. Algunas bóvedas estaban derrumbadas y entre las piedras crecían flores. Me dejé caer en el suelo. Ah, se estaba tan fresquito allí. Era maravilloso.

Una vez allí, pude pensar con cierta claridad. Era un cobarde. No había podido atacar a Eliza cuando había tenido la oportunidad. Pero ya sabía de sobra la respuesta al por qué. Y eso era una razón aun mayor para sentirme tan cobarde. Ni siquiera me había despedido de ella, que sensación tan horrible. Incluso me despreciaba. En teoría eso me daba igual, pero con ella no. Si me refería a Eliza, todo era distinto. Era muy especial.

En ese momento oí un leve graznido. Al lado de mi mano encontré un pequeño polluelo recién nacido. Tal vez se había caído del nido, seguro que habría unos cuantos en los techos de la iglesia. Me fijé más y descubrí que era una cría de águila.

- Eh, pequeña, eres igualita a Gilbird cuando la encontré –con la poca fuerza que me quedaba la acaricié con la punta de mis dedos. Ella emitió un sonidito amistoso.

Era irónico. Esa pequeña cría era como una metáfora de mí mismo. Débiles y abandonados entre ruinas. Probablemente ambos moriríamos sin que nadie nos encontrara. Sonreí y me solidaricé con la pequeña. Al menos tendríamos mutua compañía en nuestros últimos momentos.

Y, de pronto, sucedió el milagro. La avecilla estiró sus minúsculas alas y emprendió el vuelo. ¿Tal vez fuera una alucinación? No estaba seguro, pero entonces una idea brilló en mi cabeza. El águila me había enviado una señal. Era hora de poner en marcha el plan que tenía en mente desde hacía tanto tiempo. Sí, era justo el momento propicio para ello. Había llegado la hora de abandonar las espadas. Westo se ocuparía de todo, confiaba en la capacidad de mi hermanito.

- ¡Eh, Antonio, le he encontrado! ¡Está aquí! – la voz de Francis resonó entre las ruinas.

- ¡Ah! Hermano Gil, ¿qué haces aquí? Pensábamos que estabas muerto, gracias al cielo que estás bien… -Antonio dio un suspiro.

Mis compañeros me habían encontrado. Gracias a Dios. No estaba solo.

- Si, está vivo, pero como perdamos más tiempo sucederá una tragedia –Francis se acercó a mí- Antonio, ayúdame a llevarle, no puedo yo solo.

Sentí como me alzaban y llevaban hacia el exterior. Mientras me recreaba en un recuerdo de Eliza desnuda, perdí el conocimiento.

-XXX-

La guerra terminó para nosotros con resultado favorable. Fuimos recibidos en Viena entre vítores y salvas. Habíamos vencido al trío más temible de Europa y mi honor se había reestablecido. Dimos las gracias a Arthur, que nos replicó diciendo que con haber ganado a Francia estaba más que satisfecho. A los dos días partió rumbo a su país.

Un mes después, Rod y yo nos casamos. Fue una hermosa ceremonia en la capital, recorrimos las calles en una carroza mientras el pueblo nos aclamaba y bendecía y el convite duró hasta altas horas de la noche. Nuestro matrimonio nunca llegó a consumarse. Incluso dormíamos en habitaciones separadas. Ese era el último castigo de Rod y yo lo llevé a cabo con dignidad y resignación. Él nunca dejó de ser amable y cortés conmigo, pero el último beso suyo que recibí fue el del día de la boda, ante el altar. Me concentré en ser como él siempre quiso que fuera: una esposa atenta, que siempre le animaba ante sus reuniones e iba a los grandes bailes.

Aquello no era vida para mí, aunque me esforcé por no mostrarlo. Era como si estuviera muerta y la Eliza que caminaba por palacio fuera un vestigio de la que solía ser. Fue entonces cuando recibí un regalo del cielo. Rod y su antiguo alumno, el señor Fernández Carriedo, conquistaron Italia y se la dividieron. A nosotros nos tocó la zona norte y Rod tomó como aprendiz a su representante, el pequeño Feliciano. Los años que estuvo con nosotros fueron los más felices de mi vida. Le quise, cuidé y enseñé como una madre y aquello me devolvió la alegría y la ilusión. Es más, cuando estábamos los tres juntos, incluso sentía que éramos como una familia de ensueño. Esto duró hasta que Feliciano creció y, tras unas pocas batallas, volvió a Italia para unificarla junto con su gemelo sureño, Lovino. Ese fue el momento en el que decidí que nuestra unión no tenía razón de ser. Aquella tarde fui hacia el salón donde Rod tocaba el piano.

- Rod… -le dije, con voz serena y una sonrisa- Quiero irme de aquí.

Él, sin dejar de tocar, asintió.

- Pensaba que no me lo ibas a decir nunca. Siento todo mal o dolor que te haya podido causar. Te devuelvo todos tus territorios. Espero que crees una Hungría brillante –y, con estas palabras, nuestra unión se acabó y el Imperio austro-húngaro se rompió y pude volver a mi país natal. Mi relación actual con Rod sigue siendo cordial, al igual que nuestra correspondencia.

En cuanto a Gil, a los pocos días tras la guerra descubrí que estaba vivo. Fue una noticia que conmocionó al mundo. Al parecer, estaba débil, pero seguía dando órdenes desde su cama. O, más bien, su última orden. Unificó finalmente a todos sus territorios bajo una nueva bandera y un nuevo país: Alemania. Al frente puso a su hermano, Ludwig. Hasta la fecha él sigue vivo, pero no ha vuelto a aparecer en público. Las malas lenguas dicen que él sigue gobernando y que su hermano no es más que un simple títere. Yo se que es mentira. La única política que Gil entendía era la de la espada, jamás se pondría a leer papeles ni ocuparse de asuntos burocráticos.

"…En definitiva, Gil, esta es otra de las muchas cartas que te he escrito y que nunca he tenido el valor de enviarte. Me pregunto si piensas en mí, si te interesas por lo que ocurre en mi país, si te acuerdas de toda nuestra historia. Yo, desde la experiencia que me ha dado el paso del tiempo, he descubierto que mi corazón está en paz en lo que a ti se refiere. Es más, incluso me siento mal por haberte dicho que te odiaba en la batalla. Ahora no puedo negarme: te sigo amando con todas mis fuerzas.

Ahora estoy ocupada. En breve tengo una importante reunión. Supongo que volveré a escribirte pronto y, como siempre, no se la daré al cartero. Esto es casi como un mudo diario, pero al menos le da cierta tranquilidad a mi espíritu.

Tuya para siempre, en cuerpo y alma:

Elizabeth Héderváry."

- XXX-

TESTAMENTO DE GILBERT BEILSCHMIDT.

REPRESENTANTE DE LA ANTIGUA Y NOBLE NACIÓN DE PRUSIA.

Dejo en herencia todas mis pertenencias y posesiones a mi hermano pequeño, Ludwig.

Se que él hará un buen uno de todas ellas y sabrá cuales son útiles y cuales no, cosa que yo no supe hacer. Espero y deseo que sea amado por nuestro pueblo. Que Dios le ayude para que guíe a nuestra nación de una forma correcta hacia un brillante futuro.

Asimismo, le dejo un encargo. Deseo que le entregue una carta que encontrará junto a este testamento a la señorita Elizabeth Héderváry después de mi muerte. Nadie debe leerla salvo ella, es mi última voluntad.

Enfrento la muerte como enfrenté la vida: sin mirar atrás, resistiendo hasta el final.

Con el orgullo de un águila.

-XXX-

Ludwig suspiró y miró al cielo. Amenazaba lluvia. Iban a cerrar la sala donde su hermano estaba de cuerpo presente en breve, así que decidió que estaría con él un rato más, antes de que lo incineraran, como era su deseo. Aquello era muy propio de él. Su hermano se lo había dicho miles de veces, cuando ambos bebían largos tragos de cerveza. "Cuando muera, quemadme y lanzadme al aire, así sabré de verdad lo que es volar" y se reía a carcajadas. A Ludwig se le escapó la sonrisa. Su hermano, a pesar de ser el mayor, le había dado muchos quebraderos de cabeza por su nula capacidad de concentrarse y organizar las cosas, pero era un buen tío e iba a echarle mucho de menos.

Cogió una silla y se sentó al lado del ataúd. Desde allí veía el perfil de Gil, vestido con su uniforme de gala y envuelto por la bandera prusiana, la cual ya no ondeaba en ningún lugar del país. Su cara expresaba una paz casi angelical.

- Ese rostro no es propio de ti, bruder (hermano) –murmuró- ¿Qué estarás viendo ahora? Apuesto lo que sea a que tu paraíso es un campo de batalla donde pelear sin fin, lo que a ti te gustaba. Sin embargo, tu cara indica otra cosa. Estás en un lugar más pacífico. Y, probablemente, en compañía…

Con cuidado, sacó la carta que llevaba en el bolsillo. En ella, su hermano había escrito simplemente "Para Eliza". La verdad es que tenía bastante curiosidad por saber lo que decía, pero, como buen hermano, debía respetar la última voluntad de Gil y no abrirla. En breve tendría que enviarla por correo urgente.

En esas estaba cuando escuchó jaleo en la puerta. Salió a comprobar lo que pasaba. Los guardias hablaban con una mujer que llevaba un pañuelo en la cabeza y unas gafas oscuras.

- Se lo ruego, por favor –la muchacha insistía de forma testaruda- He venido desde muy lejos, déjenme verlo.

- Ya se lo hemos dicho, señorita –decía el guardia con voz cansina- Ha pasado la hora de visita, no puede entrar.

Ludwig, en ese momento, sintió una corazonada, un presentimiento. Él, como buen amante de la razón, no prestaba atención a ese tipo de cosas, pero esa vez fue tan fuerte que no pudo evitarlo. Se asomó a la puerta.

- Déjenla pasar, por favor. Será solo un momento, ¿verdad?

- Pero señor, ella…

- Sí, solo unos minutos. Me iré y será como si nunca hubiera estado aquí, lo prometo –la chica se adelantó a su respuesta. El guardia refunfuñó y la dejó pasar.

- Perdónales –le dijo Ludwig mientras caminaban- En Alemania somos bastante estrictos con los horarios.

- No te preocupes –la muchacha se echó a reír. Tenía una sonrisa muy bonita- Mi intención era venir antes de que cerraran, pero olvidé preguntar la hora. Además, estoy acostumbrada, en Austria también son bastante estrictos.

Ludwig estuvo a punto de preguntarle si era austriaca, pero no le dio tiempo a hablar. La chica se despojó del pañuelo y las gafas, dejando a la vista una larga melena castaña y unos preciosos ojos verdes. Con tranquilidad se acercó al ataúd y miró a Gil. En su cara se mezclaban la emoción y la tristeza. Delicadamente, acarició su mejilla, su nariz, su pelo, sus manos, sus labios. Tenía la sonrisa más triste que Ludwig había visto nunca.

- Siento haberte hecho esperar, Gil. Me alegro de verte –murmuró la chica.

- Ejem, disculpe, señorita –Ludwig sentía que profanaba la íntima escena, pero tenía que descubrir si su corazonada había acertado- ¿No será usted por casualidad Elizabeth Héderváry?

La muchacha se volvió, sorprendida.

- Así es. ¿Nos conocemos?

- Oh, no, nada de eso –negó apresuradamente con la cabeza- Antes de nada, permítame presentarme. Soy Ludwig, el hermano menor de Gilbert.

A la chica se le iluminó el rostro.

- ¡Oh, tú eres Westo! –se apartó del ataúd y le dio la mano a Ludwig efusivamente- ¡Gil me habló mucho de ti! Tenías toda su confianza y siempre te alababa mucho. ¡Y tenía razón! Alemania se ha convertido en un gran país bajo tu mando.

- Oh, esto, gracias, bueno…-tanta expresión de sentimientos abrumó a Ludwig, que apenas mostraba sus emociones- Pues me alegro de conocerla. Tengo algo para usted –le tendió la carta- Mi hermano dispuso en su testamento que se la diera. No ha sido abierta, se lo prometo.

La mujer tomó la carta entre sus manos y acarició el papel. Parecía que tenía miedo de abrirla. Ambos permanecieron un rato en silencio.

- Señorita –rompió Ludwig el hielo- ¿qué relación tenía usted con mi hermano?

Ella suspiró.

- Fuimos muy cercanos una vez. Pero ha llovido tanto desde entonces… Y, de todas formas ¿importa eso realmente?

- No, no me malinterprete.

- Tranquilo –ella hizo un gesto- Ludwig… ¿cómo murió Gil?

- Bueno… murió en su cama, donde se pasó desde la batalla en la que usted y él se enfrentaron. Sus heridas se curaron rápido, pero… él estaba diferente. Casi como si hubiera perdido la voluntad de mantenerse en pie. A pesar de eso, seguía tan enérgico como siempre y estuvo muy ilusionado con lo de unificar nuestro país. En cuanto vio que todo estaba estable… de repente, le vinieron unas fuertes fiebres –no podía evitar que le temblara un poco la voz- Fue todo muy rápido. Justo como si hubiera pensado "ya está todo listo, puedo irme de aquí, sabrán arreglárselas sin mí". Yo estuve a su lado en los últimos momentos. Mientras agonizaba, sonrió y… susurró una palabra. Un nombre –miró a Eliza- Su nombre, señorita.

La expresión de la muchacha era terrible. Parecía a punto de derrumbarse y echarse a llorar. También tenía arqueadas las cejas en una muestra de incredulidad.

- Tal vez…-dijo Ludwig, mostrando una expresión relajada-… si usted abre el sobre, encontrará la respuesta a sus preguntas –la señorita parecía de fiar.

Ella no dijo nada. Tras una leve vacilación, rasgó el sobre con lentitud y sacó la carta que había en su interior. La leyó para si misma pausadamente. Ludwig pudo ver los sentimientos plasmados en su cara mientras leía. Felicidad. Arrepentimiento. Nostalgia. Emoción. Melancolía.

Cuando terminó, unas lágrimas recorrían su rostro. Lágrimas de alivio y alegría, como su sonrisa.

- ¿Ha encontrado lo que buscaba? –le preguntó Ludwig con amabilidad.

- Si, así es…-susurró ella- Muchas gracias, Ludwig…

Los dos permanecieron de pie en la sala, sonriéndole al cuerpo de Gil. Incluso parecía que el mismo cadáver sonreía con ellos.

-XXX-

Mi amada princesa Eliza:

Ahora que estoy en los últimos momentos de mi vida, he decidido poner en orden mis ideas y pensamientos. Se que esto te va a hacer gracia, pero entró un sacerdote diciendo que iba a 'preparar mi alma para la subida a los cielos' y no te puedes imaginar el escándalo que monté hasta que se fue. No necesito nada de eso, solo quiero estar solo en mis últimos momentos. O, como mucho, con Westo. Se que lo entiendes, me conoces mejor que nadie. Y, de todas formas, lo único que me espera tras caminar hacia la luz será el infierno. Creo que me lo merezco, pero ya es tarde para arrepentirse, o para fingir que de verdad lo siento. Llevo mis pecados con dignidad y la cabeza bien alta.

Todos, excepto uno. Y eso se trata de ti.

Se que no volveré a verte antes de morir. Tras mi comportamiento, yo habría hecho lo mismo. Y eso me duele de una forma inimaginable, más aun que los dolores provocados por mi fuerte fiebre. En parte es culpa mía, mantengo mi enfermedad en absoluto secreto. Llámalo una manera bastante burda de penitencia.

Pero no es eso de lo que quería hablarte. Quería pedirte perdón y ofrecerte explicaciones. Si no lo hago, se que mi alma nunca descansará en paz. Desde el día en que te vi en aquel baile has sido una constante en mis sueños. Haberte podido besar, disfrutar de tu cuerpo y tu amabilidad ha sido para mí como un regalo del cielo. Y, sin embargo, tenía miedo. Si, yo, el águila negra de Prusia, el terror de mis enemigos, que nunca ha perdido una batalla. Tenía miedo porque no eras una más de mis conquistas. Tenía miedo porque me di cuenta de que me había enamorado de ti. No tenía ni idea de cómo se suponía que debía comportarme. Ni siquiera sabía si estaría a la altura. Lo único que soñaba era llevarte a Prusia conmigo, pero… ¿qué pasaría luego? ¿Y si no sabía tratarte como te merecías? ¿Y si te cansabas de mí? ¿Y si nuestro amor desaparecía? ¿Y si tu austriaco te quería más que yo? La mezcla del miedo y el amor, sensación hasta ahora desconocida para mí, fue algo letal. Por eso hice lo que hice.

La cara con la que me miraste cuando, en aquel oscuro pasillo, te solté esa sarta de hirientes mentiras, la llevo grabada a fuego en el corazón. Lo que te escribí en la carta era cierto, pero el pánico que sentía me superó y fui el culpable de todo lo que ocurrió después. Fui demasiado estúpido al no haber sido capaz de enfrentarme a mis sentimientos.

Te quiero, Eliza. Siempre, desde el momento en que bailamos el vals. Incluso cuando peleamos en la batalla. Incluso cuando me dijiste que me odiabas (y eso fue otra espina que quedó clavada en mi alma). No espero que aceptes todo esto, pero al menos era justo que lo supieras. Todos los días fantaseaba (aún fantaseo) con cómo hubieran ido las cosas si hubiera cumplido mi promesa y te hubiese llevado aquí conmigo. Me gusta pensar que habríamos sido los amantes más felices sobre la faz de la tierra.

Y fue, por todo esto, por lo que no pude atacarte. Creo que en aquel momento acepté mis sentimientos por completo y me di cuenta del mal que había causado. Ese día no solo perdí tu amor, sino mi nación (aunque esto último fue por decisión mía). Las nuevas generaciones no me conocerán. Soy solo una vieja gloria, un tímido vestigio del Gil de antes. Moriré olvidado. Pero, por primera vez, eso no me da miedo. Es esperanzador, como la nueva nación alemana que he creado.

Sí, se que moriré, y que no te veré mientras viva. Pero mi alma permanecerá. Y, si tienes compasión por este idiota, viaja un día a Alemania, a Brandemburgo, Berlín o
Königsberg. Pasea por los rincones más ocultos de sus ciudades, por sus bosques y sus valles, camina descalza por sus ríos y habla con sus gentes. En todos esos antiguos vestigios prusianos, yo estaré allí. Si de verdad lo deseas, puede que seas capaz de verme. Tal vez, incluso podamos hablar. Seguro que tendremos muchas cosas que contarnos y unos cuantos besos pendientes.

Le daré esta carta a Westo para que te la entregue o envíe. Se que lo hará, en su naturaleza está el ser formal. Espero que le ofrezcas tu apoyo, es mucho más virtuoso de lo que yo jamás he podido ser y será un brillante líder y mejor aliado.

Ahora debo despedirme. No me queda mucho tiempo y debo disponer de mis últimas voluntades.

Tuyo para siempre, incluso tras la muerte, en cuerpo y alma.

Gilbert Beilschmidt".

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*aparece con un cartel que pone "Fin"* (?)

Bueno, como lo prometido es deuda, aquí os traigo el epílogo del fic, el final de la historia. Ha sido uno de los capítulos más interesantes y emocionantes de escribir por la mezcla de estilos que hay en él.

Desde el principio estaba convencida de que la primera parte del epílogo sería para Gil, que la narraría desde su perspectiva. Me ha gustado mucho contar las cosas desde su punto de vista, es un personaje muy interesante owo.

Después, en el breve resumen del final de Eliza, he cometido bastantes errores históricos xDD es decir, Italia y Alemania se unificaron casi a la vez, pero aquí doy a entender que Alemania se unificó primero. Y el fin del Imperio austrohúngaro fue antes que la unificación italiana. Lo que hice fue tomarme ciertas licencias para que la historia tuviera sentido, pero ya dejo aquí indicado que la cronología de esa parte del fic es errónea uwu.

Luego tenemos la parte de Ludwig y Eliza. Al principio iba a estar narrada por Eliza, como siempre, pero me pareció que sería más interesante si estaba contada en 3ª persona, para que nos sintiéramos como meros espectadores (aún así es una 3ª persona que tira más hacia Ludwig que hacia Eliza).

Y, por último, la carta de Gil. Ha sido la parte que más trabajo me ha costado escribir, tanto del capítulo como del fic en general. Tenía que dejar cerrados todos los interrogantes de la historia, revelarnos la verdad y ser emotiva a la vez, espero haberlo conseguido uwu. Dejo en el aire si Gil murió de verdad o no. Aunque los trato como humanos no podemos olvidar que son países, así que puede que su cuerpo muera, pero que su espíritu siga en esos lugares que antiguamente eran parte de Prusia. Dejo a vuestra imaginación si Eliza podrá volver a verlo o no :3

Y, en definitiva, eso ha sido todo. Tras casi tres años he completado este fic. Cuando lo empecé no tenía ni idea de que iba a gustar tanto y me siento muy feliz de que os haya gustado y de que me lo hayáis hecho saber por medio de reviews, mps, favoritos y suscripciones. Ha sido gracias a todo eso que, tras el parón que sufrió, continuara hasta el final. Me siento bastante orgullosa de haberlo completado y, cuando echo la vista atrás, veo que yo misma he ido cambiando mientras lo escribía. Además, gracias a este fic he podido conocer a ente maravillosa, lo cual es más que genial (L).

No se si volveré a escribir un fic así de largo, pero podéis tener por seguro que, al menos, seguiré escribiendo one-shots (he escrito durante este mes uno de Homestuck y otro de Juego de Tronos que podéis encontrar en mi perfil, y tengo unos cuantos más pensados). Y, por supuesto, os podéis comunicar conmigo a través de mps o de los links que he dejado en mi perfil :3

Bien, llegó la hora de despedir este fic PruHun. Espero que el final no os haya decepcionado y que dejéis muchísimas reviews, ya sabéis que las contesto todas. Muchas gracias a todos una vez más, nos leeremos muy pronto ^w^