Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
BAJO LOS FOCOS
CAPÍTULO 11
No pudo evitar sentirse algo recelosa cuando Edward entró en el salón del piso de sus padres.
Él le dedicó la mirada más tierna y dulce que le habían dedicado jamás y ella obligó a sus piernas a moverse para acercarse a él, ante la atenta mirada de su familia.
La rodeó con sus bazos por la cintura y la estrechó contra él para darle un beso incendiario que hizo sonreír a su suegra y carraspear a su suegro.
—Ejem, ejem —repitió Charlie en voz más alta obligándole a separar su boca de la de su mujer con una sonrisa divertida.
—Lo siento, Charlie —se disculpó sin alejar su mirada del rostro de su mujer —Pero después de tres semanas lejos de tu hija, estoy seguro que imaginas cómo me siento —aseguró.
—Lo imagino —reconoció su suegro —pero ya me conoces, Edward. Sigo siendo tan anticuado como lo he sido los últimos seis años.
Edward se rió divertido y con un brazo rodeando la cintura de su mujer, saludó a la familia, antes de que Bella lo dirigiese a su habitación donde el hijo de ambos dormía en su pequeña cuna.
Después de pasar unos minutos volcados sobre la cuna del pequeño que dormía ajeno a todo, mientras Bella le explicaba los últimos avances del niño, Edward se volteó hacia ella y la rodeó con sus brazos estrechándola fuertemente contra él.
—Dios, nena, no te imaginas cuánto te he echado de menos. A ti y a Benedict. Esa casa se me hace enorme sin vosotros allí…
—También te echamos de menos —reconoció ella pegándose a su cuerpo.
Edward se separó solo unos centímetros antes de volcar su boca sobre la de ella para besarla con desespero.
Hambriento y necesitado la levantó para llevarla hasta la enorme cama y tumbarla sobre ella.
Besándole vorazmente, levantó su grueso jersey y se lo quitó por la cabeza lanzándolo a un lado.
Aun sintiéndose famélica de su contacto, Bella no pudo evitar un respingo cuando Edward acabó de desnudarla dejándola cubierta únicamente por su ropa interior.
—Shh… —le calmó él al notar su repentina rigidez —tranquila, cariño… solo necesito sentir tu piel contra la mía —dijo mientras se quitaba su camisa desnudando su torso.
—¿No quieres hacerme el amor? —indagó ella confundida y sorprendida.
—¿Quiero que tu padre venga a buscarme con un arma? —sonrió él divertido —No voy a hacerte el amor con toda tu familia allí esperándonos —dijo quitándole importancia a la situación pero sabiendo que, de no ser por no estar seguro de hasta dónde podría llegar Bella, tardaría solo unos segundos en hundirse profundamente en el cuerpo de su esposa.
Pero algo le decía que Bella no estaba aún preparada para recibirlo, y nada había más lejos de sus deseos que incomodar de cualquier forma a su mujer.
De alguna forma supo que serían tres días muy largos si no era posible hacerle el amor a Bella, pero después de haber vivido las últimas nefastas experiencias que habían compartido en los últimos meses, no estaba dispuesto a hacer nada que resquebrajara la deliciosa armonía que habían recuperado, aunque eso le implicara tener que desahogar su necesidad a solas en la ducha.
Bella sonrió sintiéndose más calmada y se pegó a él regodeándose de estar en sus brazos nuevamente.
—¿Cómo has estado estos días? —preguntó su marido mirándola con devoción mientras recorría sus brazos, su cuello y su torso con los dedos.
—Bien, muy bien —dijo sonriendo —Renée nos ha mimado mucho. Especialmente a Benedict. Y yo he estado trabajando mucho en estas semanas, y realmente me encanta haberlo hecho. —explicó con satisfacción.
—También tendrás mucho trabajo cuando vuelvas a casa. Solo que aquí lo has concentrado en unas pocas semanas.
—Sí, lo sé —aceptó —Es solo que, no sé… aquí es todo un poco más relajado… —reconoció sonrojándose —No sé… casi no me he encontrado periodistas agazapados, y… no sé, la gente no parece quedárseme mirando cuando camino por la calle. —confesó.
Edward sonrió divertido a la vez que intentaba esconder su resquemor.
—Eso es porque no te reconocen bajo tu abrigo gigante y tu súper gorro de lana —dijo burlón haciéndola sonreír.
—Tal vez sea eso.
Edward la observó con todo el amor que sentía por ella reflejado en su rostro.
—Podríamos trasladarnos a Nueva York —dijo por fin, decidido a hacer lo que fuera necesario para que su mujer pudiera sentirse más cómoda y relajada.
¿Qué no daría él para que la mujer a la que amaba fuera feliz?
Bella le observó sorprendida y extrañada.
—¿Trasladarnos a Nueva York? —inquirió.
—Sí. Si te sientes más cómoda aquí que en Los Ángeles, tal vez deberíamos venir a vivir aquí —explicó él con naturalidad.
—Nuestro hogar está en Los Ángeles…
—No, nena —disintió él —, nuestro hogar está donde estemos Benedict, tú y yo. Y ese hogar puede estar en la ciudad que deseemos.
—¿Lo dices en serio? —preguntó ella sorprendida —¿De verdad quieres que nos mudemos a Nueva York?
—Quiero que seas feliz, Bella —declaró con seriedad —Y si salir de Los Ángeles te hace estar más tranquila, más relajada, más feliz, entonces ha llegado el momento de mudarnos.
Bella le observó reflexiva durante unos momentos.
—Mmm, no sé, Edward. Puede resultar tentador, pero hemos vivido allí por años y nunca ha sido un problema. ¿No crees que tal vez el problema sea yo y no la ciudad? —indagó ella con los ojos anegándosele.
No era la primera vez que lo pensaba y le molestaba sentirse tan impotente.
En las últimas semanas ella misma se había dado cuenta de lo relajada y tranquila que se había sentido desde que había llegado a su ciudad natal. No sabía exactamente la razón, si se debía a que Nueva York era su ciudad y la conocía como la palma de su mano y se sentía parte de ella, no sabía si podía deberse a que no había allí tantos periodistas como en Los Ángeles, o quizás a que allí, el público en general no estaba siempre tan pendiente de encontrarse algún famoso en la calle, por lo que era improbable que alguien la reconociera como la esposa de Edward Cullen.
Pero por alguna razón, en esas semanas ella se había sentido más distendida y más relajada cada vez que había tenido que salir a la calle, de lo que se había sentido en la ciudad de su marido desde hacía ya bastante tiempo.
Aunque, para ser fiel a la verdad, tenía que reconocer que su nerviosismo se había incrementado esa misma tarde cuando había visto a su marido entrar por la puerta de la casa de sus padres, y ese leve resquemor la había incomodado.
¿Cómo era posible que se sintiese nerviosa o alterada por la presencia del hombre al que amaba por sobre todas las cosas?
¿Dónde había ido a parar su confianza en sí misma y su seguridad en lo que se refería a su matrimonio y su marido?
¿Qué era lo que había sucedido con ella para que tuviese ese infundado temor a quedarse a solas con él?
Sabía cuál era la causa para sus recelos. Sabía exactamente por qué sentía esa aprensión, y esa causa era la situación a la que se habían enfrentado la noche del estreno de la última película de su esposo.
—Qué tonterías dices. ¿Cómo podrías ser tú el problema? Te sientes agobiada. Esa ciudad te agobia —explicó él —Eso no significa que tengas un problema, sino simplemente tienes otras cosas más importantes en las que pensar y el constante acoso de Los Ángeles es más de lo que quieres soportar. Me parece completamente natural que no quieras aceptar ese acoso.
—Nunca me había molestado hasta ahora…
—Supongo que tal vez nunca habían sido tan agresivos o molestos hasta ahora. Imagino también que ahora mismo tú y yo tenemos algo mucho más importante que defender y cuidar, y lo más importante es crear un mundo seguro y estable para Benedict.
—No sé, Edward —dijo dudosa —Me parece ridículo que tengamos que dejar nuestra casa solo porque yo me he convertido en esta especie de blandengue insegura y timorata.
—Bella, no hables así de ti —la amonestó.
—Es la verdad —rebatió ella con terquedad —No sé en qué momento me convertí en esta estúpida majadera que soy.
—No hables así de ti —repitió Edward con seriedad —No hables así de la mujer que amo.
Bella sonrió enternecida a la vez que entristecida por haberse convertido en una persona que no creía estar a la altura del hombre que era su marido.
—No quiero ser así. —dijo quejosa —No quiero ser esta persona que soy ahora. Quiero volver a ser la perra que siempre he sido —reconoció y sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a derramar —, pero por alguna razón que soy incapaz de entender, no me siento así y no sé cómo volver a hacerlo. —se quejó.
—No has dejado de ser esa mujer, Bella. No has dejado de ser la mujer de la que me enamoré y de quien continúo enamorado hasta los huesos. Solamente estás pasando por una época rara, qué sé yo, una mala época…
—¿Y sabes cómo me hace sentir saber que estoy pasando una mala época justo en el momento que debería ser más feliz que nunca? —gruñó molesta sentándose en la cama para volver a vestirse —Pensar que ahora mismo debería sentirme completamente dichosa y plena, con mi marido y mi hijo y, en su lugar, solo me siento temerosa, insegura, desdichada, solo me hace pensar que soy una madre horrible —gruñó.
—¿Una madre horrible? —indagó él sentándose a su lado —Eres una madre estupenda y maravillosa.
—No lo soy —rugió ella dejando por fina salir su llanto nervioso —No debería sentirme desdichada siendo la madre de un niño tan precioso —sollozó.
Edward se levantó tras ella y se le acercó para rodearla con sus brazos estrechándola contra su cuerpo.
—Solo estás viviendo un mal momento, nena. Pero tú lo sabes y lo bueno de saberlo es que ha llegado el momento de buscarle solución.
—¿Crees que no le he buscado solución? —rezongó —Es en lo único que pienso cada día. Que no quiero seguir así y necesito descubrir cómo hacerlo.
Edward suspiró buscando las palabras correctas para poder ayudar a su mujer a entrar en razón.
—Bella, tal vez haya llegado el momento de buscar ayuda —sugirió y ella levantó su rostro que escondía en el pecho de su marido para mirarle.
—¿Qué tipo de ayuda? —inquirió nerviosa.
—No lo sé, cariño. Veamos un profesional, alguien que pueda guiarnos porque ahora mismo, creo que ni tú ni yo sabemos qué es lo que debemos hacer para solucionar todo este embrollo.
—¿Qué clase de profesional?
—Ya sabes, un psicólogo, un terapeuta…
—¿Quieres que vaya a terapia? —preguntó ella recelosa.
—Quiero que ambos lo hagamos. —recalcó él.
—¿Crees que necesitamos terapia de pareja?
—Yo solo sé que no te dejaré pasar sola por esto si es lo que tú necesitas para estar bien. Somos una pareja, Bella. Y como pareja ambos haremos todo para que el otro esté bien y en este momento yo estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para que tú te sientas bien. Y yo solo estaré bien cuando tú lo estés —aseguró y aunque algo desconfiada, ella intentó entender y aceptar sus palabras.
Hundió su rostro una vez más en el pecho de su marido y se deleitó con su perfume sedante mientras pensaba en las palabras de su marido.
Así les encontró Benedict cuando se despertó en su cuna y comenzó a gimotear, para deleite de su padre que llevaba casi tres semanas echándole de menos.
Gracias a todos por los reviews, alertas y favoritos y siempre por leer.
Les espero en el grupo de Facebook Las Sex Tensas de Kiki.
En mi perfil tienen el link del tráiler que hizo Maia Alcyone para el fic.
Adelanto del próximo capítulo:
—Espera un momento, Edward —le detuvo Bella yendo tras él —No te lo tomes así…
Se volvió a verla sintiéndose furibundo.
—¿Cómo diablos quieres que me lo tome? Me estás diciendo que no puedo salir a cenar con mi mujer porque hay un grupo de personas que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas que dedicarse a fisgonear en la vida de los demás e inventar estúpidas historias.
—No he dicho eso…
—Has dicho que no quieres tener una salida a solas conmigo para evitar que cualquier estúpido periodista se vea tentado a cotillear sobre nosotros.
Bella suspiró sintiéndose exhausta
—Si tan importante es para ti, entonces salgamos.
Besitos y nos seguimos leyendo!
