Chicas, ¿cómo están? Disculpen la demora, acá está finalmente el capítulo.
Las invito a pasarse por el grupo de facebook (link en el perfil) para que disfruten de las sorpresas que estamos preparando, junto con mis betas, para festejar el primer año y los 500 miembros.
Muchas gracias a todas por su apoyo y comentarios.
Sensaciones
.Capítulo beteado por Flor Carrizo, beta de Élite Fanfiction: www. facebook groups / elite. fanfiction /
Sin principio ni final (Abel Pintos)
Te vuelves parte de mi ser en mis palabras.
Estás aquí tocando el centro de mi alma,
como un eclipse sin final de sol y luna.
Como lo eterno del amor en una alianza.
Podría hacer que el mar se junte con el cielo,
para lograr la inmensidad que hay en su vuelo.
Que me regala tu mirada y tu desvelo
bajo la luna cuando danzas en mis sueños.
Te voy a amar y me amarás
Te amo sin principio ni final.
Y es nuestro gran amor
Mi ángel de la eternidad
Te voy a amar y me amarás
Te amo y es mi única verdad
Y es nuestro gran amor
Lo que nunca morirá
La noche brilla con tu luz en la distancia
Tu imagen reina y es su brillo el que me alcanza
Me elevo en cada movimiento de tu sombra
Que baila cada vez que mi canción te nombra
Quizá esta vida se termine dando cuenta
Que es ella sólo un momento de esta historia
Porque este amor no tiene tiempos ni fronteras
Porque este amor va más allá de mi existencia
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Los días fueron pasando lentamente y, para todos, el estado de la mujer se iba volviendo lentamente en una realidad.
Bella estaba sorprendida, le encantaba saber que esperaba un bebé, un hijo fruto de ese amor tan grande que sentía por Emmett y por Edward, pero la idea de que todo entre ellos cambiase al saber cuál de los dos era el verdadero padre del bebé la aterraba.
Este era un embarazo muy diferente al de Kate, ella ahora estaba tranquila y se sentía sumamente contenida por los hombres maravillosos con quienes compartía su vida, pero también la agobiaban con los cuidados excesivos. Prácticamente no la dejaban hacer nada sola, insistían en que comiera más… Amaba sentirse querida y cuidada, pero a la vez sentía un vacío muy grande a su alrededor, principalmente, causado por no compartir el mágico momento con su primogénita.
Recordó cada una de las veces que su princesita le pidió un hermanito y lo feliz que sería de colaborar en mimar a su bebé.
Unas lágrimas se escurrieron de sus ojos.
—Hey, nena, ¿qué sucede? —preguntó Emmett.
—Nada, cielo, ya sabes… hormonas —respondió, moviendo su mano en un gesto despreocupado.
—¿Estás bien, cariño? ¿Te duele algo? —interrogó Edward.
—No, es sólo que pensaba en Kate.
Emmett la abrazó.
—¿En qué pensabas, Bells?
—En que ella estaría muy contenta de saber que tendrá un hermanito, aunque en realidad no sé cómo reaccionaría al saber que este bebé tendrá dos papás y ella no tiene ninguno.
—Bella, ¿qué pasó con el padre de Kate? —consultó Edward.
—Félix… fue mi novio durante casi seis meses; al principio de la relación todo iba más que bien, pero luego él comenzó a actuar raro. Diferentes cosas me llamaron la atención, a veces aparecía con los ojos muy rojos e irritados, otras estaba de muy mal humor y empecé a asustarme con ese comportamiento. Un día, mientras acomodaba la ropa en el departamento que tenía, en el bolsillo de su pantalón encontré drogas. Él, cuándo me vio con su dosis en la mano, primero me ofreció y cuando me negué se puso violento. —Pude ver como ambos se tensaban—. No llegó a golpearme ni nada, pero desde entonces me alejé, al mes siguiente me enteré que estaba embarazada.
—¿Él sabe de la existencia de Kate?
—Sí, Emmett, meses después me lo crucé por la calle, mi vientre era sumamente notorio y no se lo pude ocultar. Gracias a Dios no intentó acercarse nunca a ella.
—¿Ella preguntó por él?
—Sí, Edward. Me ha preguntado si tiene un papá, si está en el cielo como los padres de sus abuelos. Pero tal como me dijo la psicóloga, respondí sólo a lo que me preguntaba.
—Bueno, cielo, no debes preocuparte por nada, en este tiempo juntos he aprendido a amar a Kate, no dudaría ni un segundo en ser un padre para ella —explicó Emmett.
—Ella también tendrá dos papás —anunció Edward.
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El médico de la isla, aprovechaba cada minuto que tenía de su tiempo para idear todas las posibles soluciones a los problemas que se le podrían presentar en los siguientes meses.
Amaba a Bella, como nunca había amado a otra mujer, y necesitaba saber que podría mantenerla a salvo. Un embarazo en el año 2014 no era para nada problemático, a menos que te encontraras en una isla desierta y sin prácticamente elementos de uso hospitalario, eso aumentaba altamente las posibilidades de complicaciones. Los llevaba a estar en las mismas condiciones que a principios de la humanidad y la tasa de mortalidad materno-infantil en ese entonces era alarmante.
¿Qué harían si algo le sucedía a Bella o al bebé? ¿Podría él hacer algo para evitar algún tipo de inconveniente? La respuesta era no, no había nada que él pusiese hacer para evitar algún contratiempo. Sólo quedaba rezar para que todo se desencadenara de manera correcta y tanto su mujer como su hijo estuviesen sanos y salvos.
Mientras miraba el mar, recordó la última conversación con sus padres. Ellos estarían orgullosos de saber que serían abuelos, en sus más de treinta años, no habían faltado oportunidades en las que sus padres demostraran cuánto amaban a los niños y, particularmente, después de terminar su carrera insistieron en que sentara cabeza y propagara su apellido.
Pero… ¿qué pasaría ahora? ¿Ese bebé era genéticamente un Cullen o un McCarthy? Sabía que sus padres lo amarían igual, había pasado con Emmett toda su infancia, Esme y Carlisle consideraban al grandote un hijo más. Para ellos, sin importar quién hubiese aportado sus espermatozoides, sería su primer nieto.
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El soldado no podía encontrarse más feliz, había soñado miles de veces con formar una familia, pero había entregado su vida al ejército y nunca encontró tiempo, entre sus descansos, para iniciar una relación. También debía admitir que no se cruzó a la mujer indicada, ella apareció en el bar de un crucero encandilando por completo su mundo. Lo enamoró poco a poco y ahora le daba la más grande alegría de su vida: lo convertiría en padre.
Ansiaba poder ver crecer a su hijo en el vientre de Bella, quería poder sentir sus movimientos, ver las reacciones que le produciría escuchar su voz.
Amaba a esa mujer y nunca encontraría la manera de agradecerle todo lo que hacía por él, sólo esperaba que junto a su mejor amigo la hicieran infinitamente feliz.
Se imaginó la reacción de su hermana ante la feliz noticia, ya la veía corriendo de un lado para otro comprando cosas para consentir a su bebé.
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Diciembre llegó trayéndoles un agridulce sabor. Las fiestas se acercaban y ellos extrañaban a sus familias, pero a la vez se tenían y estaban ansiando esa nueva vida que se gestaba en su mujer.
Por idea de Bella, habían decidido que la navidad sería un día especial para recordar a toda su familia. Edward, quien era el más creyente de los tres, pensaba que ese día tenían que celebrar la nueva vida que se hacía presente.
Por la mañana cazaron una iguana y Bella la guisó con trozos de coco y yaca, dándole un sabor diferente. Emmett asó unos peces y Edward se ocupó de arreglar el refugio, con hojas de palmera simularon un pino de navidad y esa tarde, entre los tres, lo llenaron de conchas marinas, que era lo más parecido a los adornos del árbol que encontrarían.
A la noche, comieron tranquilos, conversaron de lo que hacían normalmente en familia y, cuando el reloj de Emmett marcaba las doce, en un cálido beso y llenos de amor, se saludaron y dedicaron el resto de la noche a demostrarse ese amor.
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Por la mañana, las suaves caricias de Edward despertaron a Bella. Ella observaba atenta cómo uno de los hombres más importantes de su vida acariciaba con devoción su vientre que estaba apenas un poquito abultado. Ella deslizó sus dedos en los cabellos cobrizos de él, a lo que respondió con una preciosa sonrisa torcida.
—¡Buenos días, cariño! ¿Te desperté?
—Buenos días, amor, no, tú no me has despertado, ha sido el bebé que reclama comida —trató de explicar.
—Ya te traeré el desayuno a la cama, tú quédate ahí, se te ve muy cómoda. —Contempló a su mujer que descansaba la cabeza en el brazo de Emmett, que dormía profundamente.
Ella le devolvió una sonrisa. Cuando él desapareció de su vista, se giró para acurrucarse más con Emmett. Vislumbró como los rayos del sol hacían más claros los rubios cabellos de Emmett, cómo aún estando relajado se le marcaban todos los músculos de su cuerpo.
Tenía dos hombres fantásticos y estaba tan feliz con ellos. Sonrió y acarició suavemente su vientre.
—Amo despertar al lado de mi hermosa mujer embarazada —dijo Emmett mientras, con cuidado de no aplastarla, se posicionaba sobre ella y la besaba apasionadamente.
—Y yo amo despertar así —susurró ella en su oído antes de morderle el lóbulo.
—¡Feliz navidad, mi amor! —dijo él antes de recorrer su rostro, su pecho, hasta llegar a su vientre y cubrirlo de besos.
—¡Feliz navidad, mi vida!
Antes de que Edward llegara con el desayuno, ellos empezaron a saborearse uno a otro, cuando Edward entró en el refugio y los vio en esa situación sin dudarlo se unió a ellos, logrando hacer llegar a Bella a un orgasmo maravilloso y agotador.
Edward tenía a Bella apoyada en su vientre, mientras que Emmett acariciaba la barriga de la mujer.
—Hola, bebito, ¿cómo estás? ¿Sabes que eres un bebé muy afortunado porque tienes una mamá y dos papás que te aman con locura?
Bella y Edward escucharon con atención la conversación que mantenía el soldado con su pequeño hijo. Ed notó como la joven intentaba contener la emoción ante esta situación, la abrazó fuerte y le susurró en su oído:
—¿Sabes? El bebé no es el único afortunado, todos somos muy afortunados de tenernos y amarnos de la manera en que lo hacemos.
—Los amo —dijo ella mientras acariciaba sus cabezas—, gracias por este milagro fruto de nuestro amor.
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Para año nuevo, repitieron casi lo mismo que para navidad, sólo que esta vez arrojarían al mar tres ramos que hicieron con hojas y flores que recogieron. Edward comentó que en Brasil tenían esa tradición y que acostumbraban pedir un deseo junto con esa ofrenda.
Los tres lo tenían muy claro, el deseo estaba relacionado con el bebé que crecía día a día en el vientre de Bella.
Edward pidió que llegara sano, que se mantuviera así junto a su madre y que los rescataran pronto. Emmett deseó poder conservar esa felicidad durante el resto de sus vidas. Mientras que Bella sólo anheló tener a sus hijos con ella, sanos y felices.
Tomados de las manos, se sumergieron hasta que el agua les llegó a la cintura y, finalmente, dejaron ir las ofrendas al mar.
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Para San Valentín, todos estaban encantados con la hermosa pancita de la castaña. Edward estaba casi seguro que ella estaba cursando el quinto mes de gestación, aunque le parecía raro no sentir aún las pataditas del bebé.
Dadas las condiciones en las que se encontraban, tuvieron muchos más cuidados en lo que refiere a Bella, la obligaban a descansar más, a comer por dos y no la dejaban sola ni para hacer sus necesidades. Amaba los cuidados que recibía, pero ellos estaban siendo un poco exagerados.
Por la tarde, los muchachos, se dedicaban a hablarle a su bebé, esperando que este se moviera, pero aún nada pasaba.
Una noche, luego de hacer el amor, ambos posaron las manos en el vientre de ella y el milagro ocurrió, al fin habían podido sentir a su hijo.
Los dos estaban emocionados, aún permanecían con una mano a cada lado de ella y empezaron a hablarle de nuevo.
—Vamos, bebé, muévete de nuevo, papá quiere sentirte —dijo Emmett.
—Sí, amor, vamos, muévete un poquito más para nosotros —completó Edward.
—¿Lo sintieron? —preguntó ella asombrada por el movimiento.
—Sí —dijeron al mismo tiempo.
