onze.
Se vieron en el décimo día de diciembre. Hacía frío y el tragó con dificultad al verla acercarse. Su corto cabello rojizo estaba más largo de lo que recordaba, aunque no podían haber pasado más de cinco – seis semanas desde la última vez que se habían visto. Su sonrisa era tímida, algo incómoda, pero Sora se sentó y ambos trataron de suavizar las cosas.
"Te ves bien," le dijo; él sonrió ante la amable mentira.
"Me gusta tu cabello," le halagó.
Su mano tocó las puntas y se sonrojó. "Oh, sí. Estoy pensando en dejarlo largo, quizás."
"Se ve bien," le aseguró, "Valdría la pena tratar."
Pidió un té de jazmín para él y un té verde y pastel de chocolate para ella. Yamato introdujo el bulbo dentro del agua caliente, aspirando el delicado aroma. Sora probó su pastel y él la observó, contento de hacer sólo eso por el momento.
"Lo lamento," le dijo después de un rato, llamando su atención. "No te estoy evitando, es solo que –,"
Sora presionó sus labios, negando suavemente.
"– Yamato, está bien. Yo entiendo."
"No, no entiendes." Podía ver como el bulbo se abría lentamente, tintando el agua de un suave color dorado. "Lo que dijiste esa noche, cuando me preguntaste si volvería a ti…" tragó con dificultad, "Incluso entonces, debí haber sabido que no podía."
"Tal vez debí ser más paciente," Sora le dijo, pero aunque su voz temblaba, ella no estaba llorando. "Debí haber tratado de entenderte, esforzarme más, yo – yo no sé…"
Yamato extendió su brazo, poniendo su mano sobre la suya.
"No fue tu culpa, Sora." Ella lo miró, su sonrisa más suave de lo que él recordaba. Lo mataba, tener que decirle esto. "Debí haber sido más honesto contigo, pero ni siquiera y lo sabía."
Su labio tembló. "¿De qué hablas, Yamato?
"Cuando pediste mi corazón," comenzó, "Quería dártelo. Traté de hacerlo, pero," su mano apretó la de ella, "No era mío para darlo."
Sora alejó su mano tan rápido que la ausencia de su tacto le lastimó.
"¿Quién?" preguntó, su voz apenas un hilo tan bajo que quemaba escucharlo.
"Mimi," dijo en un suspiro. "Mimi," repitió. Sus manos sostenían el té, la flor – ahora completamente abierta y hermosa, flotaba elegantemente en su taza.
"¿Desde cuándo?"
Elevó su mirada, negando con su cabeza. Sólo un poco, sólo lo suficiente.
"Siempre ha sido ella."
"Y tú, todo este tiempo - ¿por qué, Yamato?"
Sus azules ojos se abrieron con horror y las palabras salieron de golpe en un caliente aliento. "No," murmuró, "Sora, no fue así." Tragó con dificultad, claramente incómodo. "No te haría eso – ella no te haría eso, tampoco."
Sora le observó, mordiendo su labio y limpiando la esquina de sus ojos. Partió otro bocado de su postre, y otro más. "¿Ella lo sabe?"
Su sonrisa, cuando la vio, fue desgarradora. "Ella… no siente lo mismo."
"¿Estás seguro de eso?"
"Está con Takeru," dijo estúpidamente, sintiendo como su garganta se rebelaba ante la declaración.
"Tú estabas conmigo. ¿Eso te detuvo?"
Sus mejillas se sonrojaron con furia, pero Sora lo sorprendió con una pequeña risa.
"Creí que me odiarías," él admitió, tomando un sorbo de su té.
"No podría odiarte, Yamato-kun," le dijo, "Francamente, me siento aliviada. Seguía pensando que todo había sido mi culpa, y ahora sé que no lo es." Su mano buscó la de Yamato, y él agradeció el gesto. "Esto no significa que lo que tuvimos no fue real. Te amaba – aún lo hago."
"Nunca te mentí," frunció el ceño, "Espero que lo sepas."
"Sé que no. Y si alguien debería entender grados de amor pues, debería ser yo, ¿no?"
Soltó su mano, alejándose en su silla para verla mejor. "¿Taichi?" le preguntó, enarcando una ceja.
El rostro de Sora se tornó un profundo color escarlata que chocaba espantosamente con su cabello. "Ha sido muy dulce estas últimas semanas," habló tan bajo que él tuvo que acercarse para escucharla. "No ha pasado nada pero, nos odiarías sí –,"
"No hay nada que podrías hacer para que te odiara, Sora."
Su sonrisa era electrizante.
"Sabes," comenzó, "El té de jazmín es el favorito de Mi-chan, también…"
