Ambos se mantuvieron en esa postura por varios minutos que parecían alargarse en la eternidad, aquellos preciosos momentos donde las palabras no eran necesarias. Sakura se recargó en el pecho del señor Yao, sin preocuparse por lo que pasaría a continuación, sólo dejándose sumir en la tranquilidad que éste le traía y que sólo había experimentado una vez en la playa de Kamakura.
Yao pasaba tranquilo la página del periódico mientras tomaba una taza de té negro. Soltó un suspiro, después de la temeraria acción que había tomado, Sakura se había excusado a su habitación y lo había estado evitando durante el resto del día, y todo el asunto le estaba poniendo los pelos de punta.
Se puso de pie para salir a caminar un rato y llevar su taza al fregadero, pues no tenía ningún uso para hojas de té usadas. Quizás todo eso le quitaría a Sakura de la cabeza.
La japonesa se abrazaba de su almohada mientras trataba con vehemencia de calmar los acelerados latidos de su corazón, se sentía confundida por la noche anterior, no sólo por la acción del señor Yao, sino por los sentimientos que la misma le enfundó. Hundió su rostro un poco más en el pequeño objeto apeluchado mientras sentía que su rostro ardía en llamas, estaba bastante segura que su rostro asemejaba el de un tomate. Y eso era bastante vergonzoso.
Soltó un suspiro pensativo, su rostro tenía una expresión afligida. No había podido conciliar demasiado bien el sueño, y si alguien viniera a verla pensarían que había cachado una fiebre o algo así. Se puso de pie y se encaminó hasta la cocina, un vaso de agua no le vendría mal a su febril, confundida, y, sobretodo, enamorada cabeza. ¿Qué tendrá el señor Yao para hacerle sentir tanto con algo tan pequeño?
