Memoria perdida VIII. Segmento IV.
Sophie, quien se había despertado antes que yo ésa jornada, estaba desayunando. La diestra rodeaba el envase de frutas secas al tiempo que la izquierda tomaba uno de los cubiertos de plástico y lo llevaba a la boca. Me sorprendí a mí mismo pensando cuánto perduraría aquellos víveres, empero, pronto extirpé el pensamiento de mi mente. La pequeña rubia me pinchaba el brazo, en tentativa por llamar mi atención, y no tuve más que deslizar la mirada hacia ella. Los ojos, verdes como los de mamá, centelleaban en un gesto severo mientras el tenedor de plástico apuntaba hacia la sopa que tenía en frente.
Sí, mi hermana de cuatro años me estaba sermoneando.
El sol matutino penetraba los ventanales del hangar ocho, también conocido como el salón comedor, y los murmullos envolvían el ambiente con carcajadas, chillidos agudos de los cubiertos e incluso algunas bromas pesadas de los adolescentes más grandes. Todos parecían ignorar la horda de infectados que resguardaba el ala de enfermería. Su más grande preocupación era, según había escuchado, una organización que seleccionaba a los niños sobresalientes y los llevaban a una sede en Norteamérica. Un refugio especial... o algo así.
Tomé el cubierto y lo hundí en la sopa bajo la atenta mirada de Sophie. ¿Cómo era posible que, a sus cuatro años de edad, sea así de observadora? Aún cuando las frases resultaban simples, Sophie podía darse a entender con un léxico restringido y ademanes corporales que acompasaban fielmente a sus deseos. Nunca la había considerado una niña ordinaria —suponía que ningún hermano mayor hacía eso—, pero su capacidad de aprendizaje, en verdad, me sorprendía.
Tragué la sopa con ademán calmo. Las enseñanzas en el jardín de infantes debían ser buenas si Sophie era capaz de distinguir algunas palabras demasiado complejas para su edad. ¿O, como alegaba la abuela, ella había aprendido el lenguaje basándose en lo que escuchaba de su ámbito? Las Llamaradas solares nos habían forzado a escapar de la residencia de Milton Keynes, empero, la base significaba una nueva oportunidad de estudios adecuados para la niña. Observé el reloj: ocho y media de la mañana. La escuela iniciaría pronto.
Los murmullos, gradualmente, se habían apagado cuando crucé el pórtico de la escuela. El edificio era inmenso y correspondía a un abandonado taller de reparación para los aviones de las RAF. Consecuente a esto, se agrupaban varios grupos y los temarios oscilaban entre dos a tres cursos ajustados en uno solo. Algunos, por ende, estábamos más adelantados que el restante cuerpo estudiantil. Pero otros, como Sophie, eran preparados desde pequeños para este salto en su formación. Quizás, después de todo, ella era la afortunada.
Me detuve frente a mi pupitre, aguardando a que el profesor diera la orden de tomar asiento, mientras observaba la secuencia de dibujos sobre el encerado. Era una excéntrica sucesión de símbolos, cuyo origen o significado desconocía, trazados cuidadosamente con tiza blanca. Entorné la vista, buscándole algún sentido. Hallé, a los pocos segundos, la data que, algunos de ellos, se repetían. ¿Era un ejercicio de concentración? Pero, entonces, ¿a qué se debían aquellas líneas que conectaban unas con otras?
El Teniente Frederick Lestrade dio la orden y no demoré en coger asiento. El hombre, aún cuando resultaba más accesible que sus compañeros de base, era estricto con las normas. Observé cómo se paseaba por los pupitres, explicando, según él, cuál era el propósito de ese acertijo. Un juego de perspicacia. Las figuras se repetían, como había advertido, pero existía una lógica entre ellas. El trabajo en el primer bloque, era hallarla con solo cinco posibles movimientos.
Analicé las piezas por separado. Los dibujos, ciertamente, eran símiles. En algunos de los segmentos se reproducían, según había entendido, algunas señales de la OTAN en tiempos de guerra. Con toda seguridad, correspondían al siglo XX. Letras, símbolos, iconos extraños... ¿en verdad comprendían los militares esas señas? Sin embargo...
Curiosamente, esos símbolos se repetían solo en conjuntos de tres. Los primeros segmentos acarreaban cuatro figuras. Los siguientes, otras cuatro de las cuales se repartían una con el dibujo anterior y dos de ellas con la última fase que era conformada por un cuarto bosquejo el cual era impar. ¿Tan sencillo había resultado?
Levanté la mano, pasé al frente y cogí el rotulador para unir las piezas de la pizarra según había comprendido. El silencio era espeluznante: sentía cómo una quimérica corriente de aire frío acariciaba mi nuca. Incluso, la mirada del Teniente Lestrade había quedado sometida a los bosquejos. Aguardé a por el regaño: no, el acertijo no era tan simple. Aún cuando acarreaba seis segmentos. Exhalé un suspiro, preparándome para volver, cuando escuché una carcajada y levanté la cabeza.
Frederick Lestrade había perdido el control.
Su cuerpo se había echado hacia adelante, acompasado por una carcajada espontánea, mientras observaba los dibujos sin dar crédito a sus ojos. Los demás niños, tan sorprendidos como yo, nos miraban sin comprender qué ocurría. Enarqué una ceja, confieso, algo enojado. Si ese tipo iba a burlarse de...
—Esto es inaudito. Niño, ¿cuál es tu nombre?
—Demian. Demian Wright, señor —respondí, al instante. Si algo había aprendido en ese refugio / centro militar era el respeto que todo miembro del Ejército se merecía.
—Demian ... has resuelto el ejercicio en menos de lo que esperaba. ¡Y solo tienes seis años...!
«Siete», corregí de manera mental aún cuando no me atreví a contradecirlo en voz alta.
—Te felicito, hijo. Puedes sentarte.
Llegado el tiempo de recreo todavía no entendía qué había ocurrido. El sol centelleaba sobre nuestras cabezas al tiempo que buscaba a Sophie entre los críos de las salas de infantes. La temperatura había incrementado notoriamente en estas horas, sin embargo, mi mente aún estaba con esos dibujos. ¿Por qué el Teniente Lestrade había reaccionado de esa manera cuando resolví el acertijo? ¿Por qué me había felicitado? ¿Y por qué todos hablaban que mi nombre aparecería como posible candidato a esa organización norteamericana?
Según sabía, era un rumor.
Un rumor... que cobraba más fuerza cada día que pasaba.
