CAPITULO XI

La hora había llegado. Estaba plenamente consciente de que ése sería el último día que lo vería, pero no lo había asimilado del todo hasta que salí de la oficina del decano —quien, entre risas nerviosas, me aseguró que en cuanto en el sistema se registraran todas mis calificaciones del semestre, mi cambio sería un hecho— y recorrí el mismo camino que en mi primer día en la universidad me llevó a su aula. Recordé, no sin vergüenza, nuestro incómodo encuentro inicial y todo lo que había pasado después de eso; pese a la latente tensión entre nosotros, las últimas semanas de clase parecían haberse esfumado. Cada sesión era más corta que la anterior, como si el Dr. Grey intentara explicar la lección lo más rápido posible para librarse de mí. Aunque ese pensamiento me entristecía, alimentaba mi vanidad el hecho de derrumbar la compostura de un hombre tan imponente. En fin, todo terminaría hoy después de entregarle el ensayo final; no sólo nuestra "relación", sino también mi periodo en Administración. Sorprendida por la extraña sensación que esa idea mi provocaba —si no me conociera, diría que era tristeza— entré al salón.

Una punzada en mi estómago se hizo presente cuando no me recibió su masculina figura, sino la de una preciosa rubia.

-Hola. Soy la asistente del Dr. Grey. Él no pudo venir hoy así que yo recogeré los trabajos y se los entregaré- dijo, señalando una pila de documentos en el escritorio.

-Oh. ¿Él se encuentra bien?- dije casi sin notarlo, mientras sumaba mi texto a los del resto de la clase.

-No creo que sea su asunto. Por cierto, la calificación le será enviada a su correo electrónico el fin de semana. Buenas tardes.

Salí dando un portazo. ¡Qué no era mi asunto! ¿Quién se creía esa mujer para determinar cuáles eran mis asuntos? y, aún más importante, ¿qué había pasado con Christian? Él no era la clase de persona que falta a sus responsabilidades y, si bien me molestaba sobremanera su falta de profesionalismo, me angustiaba todavía más el pensar que le hubiera ocurrido algo malo. Sin pensarlo, como casi todo lo que hago, subí a mi auto y me dirigí a su casa.

Me detuve bruscamente ante las puertas de cristal giratorias. Quizá, reflexioné, realmente no era mi problema. Lo más probable, él se molestará por mi intromisión y, en el peor de los casos, pedirá una orden de alejamiento. Me di la vuelta, pero la sola idea de que estuviera enfermo o enfrentando una situación difícil en soledad, terminó por convencerme de subir a su departamento. Llamé a la puerta con una mano más temblorosa de lo que me gustaría aceptar y nadie respondió. Quizá estuviera de viaje, acompañado de una hermosa mujer y yo aquí, preocupándome. Llamé una segunda vez, sólo para asegurarme y una voz bastante rasposa me gritó:

- ¡Dije que no quería recibir a nadie! ¿Por qué es tan difícil de entender?

-Yo, oh, lo siento. No recibí ese memo, Dr. Grey.

-¿Anastasia?

-Sí. Pero ya me voy, discúlpeme… Felices vacaciones.

Sintiéndome estúpida, giré sobre mis talones y me acerqué al elevador. La puerta tras de mí se abrió precipitadamente.

-Realmente eres tú. Creí que lo había imaginado.

-Quizá es mejor que piense de ese modo. Yo no debería haber venido.

-Y, sin embargo, lo hiciste. Pasa. Por favor.

Crucé el umbral rápidamente y Christian me ofreció un asiento y una bebida. Acepté una soda y lo seguí con la mirada hacia el bar de la sala y comprobé lo que su aliento me había anticipado: había estado bebiendo. Y mucho.

-¿A qué debo el honor de tu visita?

-Yo… tenía algunas dudas con respecto a la evaluación final.

-¿Ah sí?- dijo, disimulando una sonrisa tras el cristal de su vaso.

-Sí. Verá, me preguntaba cuánto tardaría en publicar las calificaciones. Es importante para mí que sea lo más rápido posible para que así…

-Se complete su cambio de carrera- completó.

-Así es.

-Bueno, estoy bastante seguro que mi asistente tenía la indicación de entregar esa información al recibir los ensayos. Me temo que tendré que despedirla, por incompetente.

-¡No, no puede hacer eso!

-¿Por qué no podría? Soy su jefe.

-Porque…. ella sí me lo dijo. Yo, debí olvidarlo.

-Bien, supongo que tiene escrúpulos. Prefirió desenmascarar su mentira a dañar la vida de otra persona. Ahora, haga uso de la buena educación que recibió y responda con la verdad. ¿A qué vino?

Me hablaba de usted de nuevo. Había notado que cada vez le costaba más trabajo hacerlo, como si le temiera a la distancia que ese trato marcaba entre nosotros.

-Francamente, me preocupé por usted cuando no lo vi en el aula. No lo conozco mucho, pero me parece que la irresponsabilidad no va con usted.

Se levantó del sofá y caminó hasta la ventana. Con la mirada perdida en la increíble vista que tenía de la ciudad, me cuestionó.

-¿Por qué te preocuparías por mí?

-Yo —demonios—. Yo lo aprecio. Académicamente.

-Por Dios, Anastasia. Sabes bien que tal cosa como el "aprecio académico" no existe. Admiración, quizá, pero no aprecio. Sé honesta, te lo ruego.

Su voz realmente suplicaba. No podía verlo, pero sabía que sus ojos también. Total, pensé, esta sería la última vez que lo vería. No tenía caso seguir fingiendo.

-De acuerdo. Supongo que durante el curso lo habrá intuido, pero debo decirlo con todas sus letras. Usted me atrae… físicamente.

Motivada por el leve pero perceptible estremecimiento que lo recorrió, decidí que era mi turno de interrogar.

-¿Usted siente lo mismo?

Se dio la vuelta y casi corrió hasta mí. Puso una rodilla en el suelo para que nuestros ojos estuvieran al mismo nivel.

-No deberías sentir… eso. Yo no soy la clase de hombre que piensas.

-No lo dudo, pero yo no dije que estuviera enamorada de usted. Dije que me gustaba físicamente y, para eso, no se necesita conocer mucho del interior de una persona.

-Ya veo. Así que lo único que le inspiro es deseo, ¿cierto?

-Sí- respondí con voz chillona.

-Bueno, en ese caso, el deseo es correspondido.

-Ya.- lo único que se me ocurrió decir fue: ¿Y ahora?

-¿Qué más podría seguir? Todo deseo reclama su satisfacción. La pregunta es si estás dispuesta a encontrarla.

Acobardada, bajé la mirada hacia mi falda. ¿Lo estaba?