Capítulo 10

Los personajes pertenecen a S.M y la historia es una adaptación.

LAS INVITACIONES al baile de gala del Carnaval estaban muy solicitadas en Río. Bella había leído sobre él en las revistas del corazón de Estados Unidos. El glamuroso evento, que se celebraba en un palacio colonial al sur de la ciudad, atraía a personas hermosas, ricas y famosas de todo el mundo. Y esa noche, Bella sería una de ellas: la amante de Edward Cullen. Su supuesta amante, mejor dicho.

La puerta del Rolls-Royce se abrió y Edward y ella se bajaron. Una alfombra roja conducía al palacio, que había pertenecido a la familia real brasileña.

Edward estaba muy elegante con el esmoquin. Bella vio el deseo en su mirada cuando la tomó del brazo. Trató de no tenerla en cuenta y de sonreír a los paparazzi que les tomaban fotos, pero su cuerpo tembló ante la fuerza de aquel deseo.

«Te deseo, Bella, y serás mía».

Unos porteros de librea les abrieron las enormes puertas. Edward y Bella atravesaron el vestíbulo y llegaron al salón, que brillaba como un joyero. Ella miró asombrada las inmensas lámparas de araña que colgaban del techo. Los músicos de la orquesta vestían ropas del siglo XVIII. Los invitados bebían champán y reían a su alrededor.

Edward le preguntó:

–¿Lista?

Bella contuvo el aliento. Se sentía como la princesa de un cuento de hadas, o como Julia Roberts en Pretty Woman, con su vestido rojo y sus guantes largos de color negro.

–Sí.

Cuando Edward la vio vestida así, ahogó un grito.

–Eres, sin lugar a dudas, la mujer más hermosa que he visto en mi vida –le dijo mientras le entregaba dos cajas de terciopelo negro. Al entrar en el salón, ella lo miró y le apretó el brazo. Llevaba una pulsera y unos pendientes de diamantes a juego, que la melena que le caía por los hombros hacía destacar.

Nunca se había sentido tan hermosa ni tan adorada.

Se hizo un silencio cuando Edward, el poderoso magnate brasileño, la condujo a la pista de baile. Bella vaciló ante la mirada de tanta gente. Al verlos, la orquesta cambió de melodía.

En cuestión de segundos, otras parejas se les unieron. A la segunda canción, la pista se llenó, pero Bella no se dio cuenta. Mientras Edward la abrazaba sentía frío y calor a la vez, una mezcla de miedo y alegría y un deseo que la dejaba sin respiración.

Él la guiaba por la pista al ritmo de la música en tanto que ella sentía el calor de su cuerpo bajo el esmoquin. Y pensó en la noche que habían hecho el amor en el despacho y él había poseído su cuerpo virginal haciéndolo suyo. La había llenado de placer aquella noche y ella había concebido un hijo.

Los ojos verdes de él la acariciaban mientras bailaban. La inclinó hacia detrás y, al levantarla, la besó.

Los labios de él se movieron sobre los de ella murmurando palabras de amor verdadero y prometiéndole todo lo que necesitaba, todo lo que siempre había deseado.

Prometiéndole una mentira.

Ella se apartó con lágrimas en los ojos.

–¿Por qué me haces esto?

–¿No lo sabes? –preguntó él en voz baja–. ¿No te lo he dejado claro?

–Teníamos un trato –susurró ella–. Una noche en Río, un millón de dólares.

–Sí, pero ahora no voy a permitir que te marches.

Ella se quedó inmóvil mientras otras parejas giraban a su alrededor.

–No voy a dejar que me seduzcas, Edward –dijo ella con voz temblorosa.

Él la miró sin decir nada. No era necesario.

Ella salió corriendo y lo dejó en la pista de baile. Buscando ciegamente una salida, vio una cristalera abierta que daba a una especie de jardín en sombras. Se apresuró hacia ella, pero alguien se interpuso en su camino tomándola por los hombros.

–Buenas noches, señorita Swan.

–Señor Oliveira.

Iba vestido de esmoquin, lo cual sólo servía para acentuar su gordura, y estaba tomándose un Martini al lado del bar. Detrás de él, Bella vio a Adriana, que llevaba un cortísimo vestido plateado, muy ajustado.

–¿Una discusión de enamorados? –preguntó Oliveira.

Edward apareció detrás de ella y le puso las manos en los hombros.

–Claro que no.

Bella tragó saliva y se apoyó en él tratando de que pareciera que no tenía el corazón partido. Se obligó a sonreír.

–Quería tomar el fresco.

Edward la abrazó por detrás con fuerza y apoyó los muslos en sus nalgas al tiempo que la besaba en la sien.

–Y yo quería bailar.

Oliveira los miró con los ojos entrecerrados.

–Sois unos mentirosos.

Edward negó con la cabeza.

–No...

–Voy a deciros lo que de verdad ocurre –le interrumpió Oliveira–. Te crees que soy tan estúpido que voy a tragarme esto. Pero si firmo los papeles mañana y te vendo la empresa, ¿sabes qué sucederá?

–¿Que ganarás una fortuna?

–Que terminarás con esta farsa y volverás a ser libre para lograr lo que no te pertenece. Edward lanzó un bufido.

–¿Por qué iba a interesarme tu prometida cuando tengo una mujer como ésta?

–Cambias de amante cada día. La señorita Swan es hermosa, pero no te comprometerás con ella durante mucho tiempo. Por mucho que digas, no me convencerás de lo contrario –apuró el Martini–. Le venderé la empresa al francés.

–Perderás dinero.

–Hay cosas más importantes que el dinero.

Bella sintió que el cuerpo de Edward se tensaba.

–St. Raphaël es un buitre. Dividirá la empresa de mi padre, despedirá a los empleados y esparcirá las partes por todo el mundo. Destruirá Açoazul.

–Eso no es problema mío. No voy a darte ningún motivo para que sigas en Río –le ofreció el brazo a Adriana, que los miraba con aire de superioridad, para marcharse.

Habían perdido.

Bella sintió que se ahogaba.

Habían fracasado. Ella había fracasado.

–Te equivocas conmigo, Oliveira –afirmó Edward con desesperación–. Puedo comprometerme; siempre he estado dispuesto a hacerlo, pero esperaba a que apareciera la mujer a quien pudiera amar para siempre.

Adriana y Oliveira se detuvieron y los miraron con asombro.

Como a cámara lenta, Bella se volvió hacia Edward, que había puesto una rodilla en tierra.

Él se sacó una caja de terciopelo negro del bolsillo, la abrió y extrajo de ella un anillo de diamantes.

–Bella –dijo en voz baja–, ¿quieres casarte conmigo?

Bella se quedó atónita.

Miró el anillo y después a Edward, arrodillado ante ella. Volvió a mirar el anillo.

«Esperaba a que apareciera la mujer a quien pudiera amar para siempre».

¿Había cambiado Edward de opinión sobre el amor y el compromiso?

¿Tenía tantas ganas de acostarse con ella que estaba dispuesto a que se casaran?

Él le sonrió y todo lo demás desapareció. Se perdió en sus ojos verdes.

–¿Qué es esto? –preguntó Oliveira–. ¿Otro truco? ¿Ahora es tu supuesta prometida?

Edward siguió mirando a Bella.

–Di que sí y ésta será la fiesta de nuestro compromiso.

Bella soltó el aire que había estado conteniendo.

Y todos sus sueños de boda se derrumbaron. La proposición de matrimonio no tenía nada que ver con el amor, ni siquiera con el sexo, sino con los negocios.

Aquél era el plan B de Edward.

Se le llenaron los ojos de lágrimas, que esperaba que parecieran de alegría. Incapaz de hablar debido al nudo que tenía en la garganta, se limitó a asentir.

Edward se incorporó y la besó. Le puso el anillo con ternura. Le quedaba perfecto.

Bella lo miró. Era precioso, pero carecía de significado.

Oliveira los miró con aire reflexivo.

–Tal vez estuviera equivocado, Cullen.

–¡Decías que nunca te casarías! –Adriana parecía ultrajada.

Sin dejar de mirar a Bella, Edward dijo:

–Los planes cambian.

–Pero la gente no –le espetó ella–. No hasta ese punto. Nunca te casarías con una mujer con un hijo.

Edward se volvió hacia ella.

–Tiene un hijo –le dijo Adriana a Oliveira–. Los vieron en la playa de Ipanema. Edward acaba de traer a Bella esta mañana, después de un año sin verse. ¿Cómo es que ha decidido de pronto que está enamorado de una mujer de la que lleva separado un año? Es un truco, Felipe. Es mentira. No se ha comprometido con ella. No lo haría con nadie.

–Te lo puedo explicar –dijo Edward con los dientes apretados.

La expresión de Oliveira se endureció.

–No, me temo que no. No me gusta esta compleja farsa que has representado. Nuestro trato queda anulado.

Bella vio la frustración en el rostro de Edward, su vulnerabilidad y su desesperación al perder para siempre la empresa de su padre.

–Espere.

Oliveira lanzó una carcajada y la miró divertido.

–¿Qué va a decirme?

–Lo que le ha contado Adriana es verdad –susurró Bella–. Tengo un hijo y no he visto a Edward desde hace más de un año, cuando me fui de Río. Pero hay un motivo por el que me ha ido a buscar y una muy buena razón para que quiera casarse conmigo.

–Estoy deseando saberla.

Bella no miró a Edward. No podía hacerlo si quería decir lo que tenía que decir. Cerró los ojos e inspiró profundamente antes de revelar el secreto que guardaba desde hacía más de un año.

–Edward es el padre de mi hijo.

Buenas Noches Chicas…Gracias por los comentarios, favoritos y alertas a la historia.

Actualizo el sábado! Pasen por mi perfil la dirección de mi blog, allí encontrarán otra adaptación.

Besasos.