ATENCIÓN:

-Los personajes no me pertenecen. Son creaciones de Himaruya.

-Historia basada en el fangame de HetaONI creado por Tomoyoshi y publicado en NicoNico Douga

-Agradezco a especialmente a Gemini Artemis por facilitarme las traducciones al idioma ingles los scripts de HetaONI y RomaHeta y ha Ankokutenjo por traducir todos los videos en el idioma español.


CAPÍTULO XI

Aliados

[Canadá]

-Extraño. Realmente extraño -repetía mentalmente.

Él era una persona amante del aire libre y la naturaleza. Acampar y pescar era uno de sus hobbies favoritos y se internaba en los bosques de su casa con gran regularidad para practicarlos. En cambio, ese bosque no tenia ningún parecido con los que frecuentaba y no hablaba de su aspecto, sino que en este se respiraba un aire denso y angustiante. Y sabia porque este le resultaba tan extraño. Extraño era su silencio, su falta de vida.

Un escalofrió le recorrió la espalda ¿Donde estaban los pájaros? ¿Por qué no cantaban? ¿Que había ocurrido con ellos y los otros animales? ¿Por qué ese silencio tan anormal?

La frondosidad de la zona y la falta de luz solar convertían el terreno en un lugar difícil para andar. Se enredaban, con mucha frecuencia, sus pies con alguna que otra rama y habían pozos ocultos entre las hojas que amenazaban con hacerle perder el equilibrio. Para él, eso no era un problema ya que estaba más que acostumbrado a esos terrenos, pero parecía que los otros países tenían varias dificultades para seguir su marcha hacia la mansión.

Decidió quedarse cerca de Francia, quien era el que estaba más lejos del grupo a causa de que no dejaba de tropezarse con cualquier obstáculo que se presentara en su camino. Cada tanto entraba en cólera ya que el bosque no dejaba de ensuciar su impecable traje militar o por que las trabas no lo dejaban caminar con su acostumbrada elegancia. Desde el inicio había caído incontables veces, así que su decisión de quedarse cerca del francés era para auxiliarlo cada vez que sucediera eso.

Inglaterra era quien iba a la cabeza del grupo. Se movía con gran naturalidad por la zona. No era insólito, ya que sabía que este le gustaban los lugares lejanos de la civilización. Cuando era pequeño, le había preguntado el por qué de esos gustos a lo cual el inglés respondió que se sentía a gusto en ellos porque eran donde solían convivir los seres sobrenaturales. Después de esa charla, él comenzó a visitar todo lugar donde predominara la naturaleza para ver a esos entes al igual que Inglaterra, pero nunca los encontró y al pasar los años comenzó a dudar de la existencia de estos hasta el punto que dejar de creer en ellos totalmente. Sin embargo, tenía que admitir que, gracias a esa búsqueda, cambio para mejor su percepción de la medio ambiente y empezó a apreciar la belleza y la paz que se encontraba en este.

El franco, que hasta ese momento llevaba tiempo récor en no tropezar, cayó de bruces al suelo barroso donde caminaban. Todos rieron y se burlaron de este mientras que Francia hacia un berrinche al ver su chaqueta toda embarrada. Solo un país no rio. Que ese país no aprovechara ese momento para ridiculizar al francés, con quien tenía una fuerte rivalidad, era el menos pensado. Ese era Inglaterra. Mas bien, ni parecía haberse percatado de lo que había sucedido como si estuviera totalmente absorto en sus pensamientos. No dejaba de fruncir el ceño y miraba constantemente a sus lados como si buscara algo. Parecía inquieto o alterado por alguna razón ¿Podría ser que este hubiera percibido, al igual que él, que ese bosque no era normal? ¿O estaría viendo algo que él y los demás no podían ver?

Luego de varios minutos, visualizó un gran portón de hierro. Después de este el bosque perdía completamente su espesura hasta convertirse en una extensa llanura sin vegetación arbórea. No muy lejos se encontraba esa mansión de la que tanto hablo su hermano en la Conferencia Mundial. Esta era increíblemente grande, pero de aterradora no tenía nada. La casa y sus alrededores estaban cuidados, pero ¿quién se encargaba de mantener ese lugar tan pulcro?

-Realmente existía, aru.

-¡Qué casa de mal gusto! No tiene una pizca de elegancia.

-No tiene ventanas -informó el canadiense a los demás países.

-¡Un fantasma! ¿No… no han oído una voz?

-Es solo Canadá, cerebro de hamburguesas.

-¡Aiya! ¡Tengo hambre! Entremos y salgamos antes que anochezca. No me quiero perder la cena, aru.

-La puerta está abierta -exclamó el ruso mientras abría la entrada de la mansión.

Todos los países entraron rápidamente, pero el permaneció en su lugar. Algo le decía que no debía entrar. La falta de ventanas o de otras puertas lo desconcertaba. El lugar le parecía un fuerte más que una casa.

-¿Por qué habría una fortaleza en el bosque? ¿Para qué existía? ¿Para que nadie entrara o para que nadie saliera? -se preguntaba mentalmente sin encontrar respuestas.

Dio media vuelta dándole la espalda a la mansión. Ya había visto suficiente y parte de él se negaba a entrar. En su cerebro solo resonaba una palabra: ¡Trampa!

-Kolkolkol ¿Dónde vas, Canadá? -curioseo Rusia con una sonrisa que era imposible de descifrar en su rostro.

Su compañero no espero que le respondiera, sino que lo agarró de los hombros y, literalmente, lo arrastró hacia el hall de la mansión ignorando completamente sus protestas.

La puerta se cerró tras de sí.

Había caído en la trampa.

[Inglaterra]

La sensación de malestar no dejaba de ir en aumento.

-¿Dónde diablos estaban todos? -se preguntaba sin cesar.

-Para ser una casa embrujada, está más limpia de lo que pensé ¿no les parece? –señalo el francés.

Él junto a Francia y China se encontraban en el descanso de la escalera del segundo piso. Habían decidido en separarse en dos grupos. América, Canadá y Rusia permanecían en el primer piso mientras que ello revisarían la planta alta de la mansión.

-¿Sucede algo, Angleterre? Luces un poco alterado desde hace mucho tiempo.

-No me sucede nada -mintió.

Francia le dedicó una mirada cargada de picardía. Al parecer, no se había tragado su mentira.

-¿Es qué tienes miedo? -lo interrogó riéndose.

-¡Por supuesto que no, idiota del vino! Es que...

Pero sus palabras no lograban salir. Había tanto que explicar, pero ¿cómo hacerlo? No sabía cómo describirlo, pero aun así se animo a seguir.

-Este lugar… me da una sensación... desagradable

-Mon Dieu! Yo se que la decoración es horrible, pero no es para tanto.

-¡No, imbécil! ¡No me refiero a eso!

-Entonces, ¿a qué te refieres? -le preguntó China.

-Falta algo. No hay nada ni nadie en absoluto… está vacía.

-¡Aiya! Pero si América, Rusia y… ¿cómo se llamaba el otro?

-Canadá.

-Sí, sí. Y Canadá están abajo, aru.

Suspiró ¿Por qué resultaba tan difícil explicarlo? En todo caso, ¿le creerían?

-¡No me refiero a nosotros, idiotas! Me refiero que no hay nadie más que nosotros, quiero decir… ¿Cómo decirlo? Como si todo se hubiera consumido…

Dicho esto, el franco comenzó a reírse a carcajadas algo que lo irrito hasta el punto de querer golpearlo.

-¡Ya entiendo, ya entiendo! -exclamó limpiándose las lagrimas. -Te refieres que no puedes ver a tus amigos imaginarios como de costumbre, ¿cierto? No te preocupes, esa es una muy buena señal. Significa que estas recuperando la cordura.

-O, tal vez, a dejado el opio. Ya te dije que esa cosa te iba a quemar las neuronas -se burlo el chino uniéndose a las risotadas del franco.

-¡Son unos idiotas! ¡No entienden nada!

-Lo único no entiendo es el hecho de que no te hayamos metido en un manicomio hace mucho años, Angleterre, porque es evidente que sufres muchos problemas mentales.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Se abalanzó sobre el cuello del francés y comenzó a ahorcarlo y a golpearlo. Aun así, este no dejaba de reírse de él.

-¡Maldito bastardo! ¿Quieres otra Guerra de los Cien Años?

-¡Aiya! ¿Puede existir un día que no se peleen? Compórtense una vez en sus vidas –los regaño el chino tratando se interponerse para separarlos, pero lo único que logro fue salir golpeado –Yo iré a ver que hay en la planta alta ¿Qué harán ustedes?

-Yo iré contigo -decidió el inglés. -Por nada en el mundo me quedaría con este idiota.

-El sentimiento es mutuo, Angleterre.

-Treinta minutos deben ser suficientes para revisar la planta alta. Nos encontraremos de nuevo en este lugar. Ni se te ocurra hacernos esperar, idiot.

-Pueden confiar en mí. Au revoir ~

Al despedirse, Francia se alejó y ellos subieron las escaleras.

Por alguna razón, el inglés cada vez se sentía más incomodo. Nunca en su vida había estado tan solo. En cada rincón de la tierra había visto seres sobrenaturales, pero hasta ahora no se había encontrado con ninguno. ¿No se suponía que la casa estaba embrujada? Al principio pensó que, al ser un lugar abandonado, tal vez muchos seres habían aprovechado ir allí, lejos de los humanos, pero no era así. ¿Qué era lo que verdaderamente pasaba en esa mansión?

Ya finalizado los escalones, se dirigieron hacia una de las habitaciones de la mansión. Esta resulto ser una biblioteca de grandes dimensiones que detonaba por su blancura. Observo maravillado los miles y miles de libros y la conservación de estos. El orden reinaba en aquel lugar a excepción de un libro que, al parecer, había caído de uno de los estantes. Decidió levantarlo para devolverlo a su sitio. Su cubierta rezaba: "Le Comte de Monte-Cristo".

-Japón se sentiría muy a gusto en este lugar.

-Me gustaría estar con él en vez que contigo, aru –suspiró melancólicamente.

-Opinó lo mismo -dijo en tono petulante. -Por casualidad ¿te respondió el mensaje de texto que le enviaste?

-No. Tal vez, Alemania lo convenció de no venir, pero… la señal es muy mala y mi hermanito tenía ganas de venir, aru. Espero que venga.

Al no encontrar nada, dejaron atrás a la biblioteca y se dirigieron hacia la habitación contigua. Esta resulto ser una Sala de Música con una decoración muy similar a la anterior con la sola diferencia que sus paredes estaban cubiertas de espejos arqueados colocados uno al lado del otro. Apenas dio un paso en ella, un escalofrió aterrador se hizo presente de todo su cuerpo. Decidió quedarse en el pasillo y dejar que China investigara por su cuenta.

-Parece que aquí tampoco hay nada, aru -sentencio.

Subieron las escaleras hacia el cuarto y último piso y se toparon con dos puertas. La primera era una alcoba matrimonial con un toque antiguo y elegante.

-¿Qué es esta escritura tan rara, aru? –pregunto el oriental señalando una placa de bronce.

Se acercó curioso a ver de qué se trataba y se encontró con una palanca bastante extraña.

-Creo que son las indicaciones para la palanca. Déjame ver. Para arriba Cielo, al medio Tierra y abajo…Infierno. Sera mejor que ninguno la toque.

Abandonaron la recamara y se dirigieron hacia el siguiente cuarto: el ático.

-Bien, acá se termino el recorrido. Fue muy aterrador, ¿no? -ironizo su compañero.

Sin previo aviso, el silencio de la mansión fue reemplazados por el inconfundible sonido de disparos. Solo una palabra se le vino a la mente: América. Sin la menor vacilación, inicio una carrera hacia el origen de los tiros, pero China lo retuvo.

-¡Aiya! ¡Espera un poco, aru!

-¡Suéltame, maldito idiota! –bramó con el corazón acelerado, pero lo único que logró fue que China reaccionara mal y, con un movimiento rápido, lo tiró al piso y lo inmovilizó con una llave de brazo.

-Me parece que el único idiota acá, eres tú, fumador de opio.

-¡Déjame de decir así! ¡Ya deje ese vicio! -chilló tratando de liberarse.

-Piensa un poco, aru. En este lugar no hay absolutamente nada. ¿No habíamos dejado a América con Rusia? Seguro que cayó en una provocación de él. Nosotros sabemos que para ellos jugar es igual a pelear.

-Tienes algo de razón. Ellos se emocionan demasiado cuando pelean...

Su compañero lo soltó y el inglés se reincorporo avergonzado limpiándose el polvo de sus ropas

-¿Iba a salir corriendo en busca de América? ¡Qué estupidez! Sería mejor que se maten entre ellos y nos hagan un favor a todos -pensó y una risa sarcástica salió de él.

Aunque no pudo dejar de seguir preocupado. Algo era diferente, algo sucedía en esa casa. Su sexto sentido estaba zumbando.

[China]

Su estomago no dejaba de rugir quejándose del hambre que lo atenazaba y su aburrimiento no ayudaba a deshacer esa molesta sensación.

Él junto a Inglaterra ya había bajado al segundo piso y se encontraban sentados en los escalones de las escaleras esperando a Francia.

Su celular dio dos vibrados. Sabía lo que significaba esa señal, era un mensaje de texto. Ansioso lo buscó y miró la pantallita esperanzado de que no fuera una estúpida promoción o algo parecido. Una sonrisa se dibujo en su rostro al ver que su destinatario era Japón, pero, al leerlo, su sonrisa fue remplazada por un ceño fruncido.

-¿Te respondió? -lo interrogó el británico que estaba a su lado.

-Sí, pero es extraño. Dice: "Estamos en la mansión".

-Entonces, deben estar en la entrada, ¿no?

-Pero el mensaje fue enviado hace más o menos tres horas, solo es que en ese entonces no tenia señal al parecer.

-Eso es imposible. Hace tres horas apenas había terminado la Conferencia Mundial.

-¿Crees que soy un idiota? ¡Por eso te digo que es extraño, aru!

-Mira -le dijo Inglaterra señalando la hora de la pantallita de su celular. -Está mal. No has cambiado el huso horario, idiota.

-¡Aiya! ¡Pero si yo recuerdo que lo cambie!

-¡Ya deja de gritar! Ya tengo suficientes molestias entre el retraso de Francia y los ruidos que hace tu maldito estomago ¿Adónde estará ese idiota? Ya han pasado casi media hora y le dije que no se atrasara.

-Tengo hambre, aru

-Stop it! Lo has mencionado tantas veces que empieza a darme ganas de comer a mí también. En cuanto a ese idiota del vino, tal vez se cansó de esperar y fue abajo.

-Podría ser... -tuvo que admitir. -Suele aburrirse muy fácilmente, aru. Revisare las habitaciones por las dudas que siga por acá. Tú espera aquí. No quiero separarme aunque se traté de ti.

-Haz lo que quieras, pero no te alejes mucho.

No pudo dejar de pensar que algo malo le sucedía al británico. Su piel era tan blanca como el papel y se veía perturbado y alerta.

-Luces muy pálido ¿Tan mal te hace no ver esas "criaturas mágicas"? -preguntó, no para burlarse como lo hacía siempre, sino porque verdaderamente le preocupaba el estado de su compañero.

-Sí... creo. Nunca pensé que envidiaría tanto a la personas que no pueden "ver" -susurró tan bajo que apenas lo escuchó.

No sabía que simbolizaban esas palabras, pero no quiso indagar su significado tampoco porque estaba casi seguro que nunca las entendería. Simplemente, se fue sin decir nada.

Fue hacia el ala oeste donde entró a un dormitorio. Allí encontró todo hecho un desastre. Había una televisión rota en el piso y avioncitos de papel en cantidades. También parecía que alguien había dormido allí hacia poco.

-El que hizo esto debía estar muy aburrido -pensó el chino examinando uno de los varios aviones.

Al no encontrar ni rastro del franco, abandono la alcoba, pero, apenas salió de ella, un olor le llamo la atención. Era el inconfundible aroma a humo.

-¿Lo encontraste? -le pregunto el inglés que se acercaba hacia donde estaba él.

-Te dije que te quedaras... Ya no importa, aru -suspiró. -¿Lo sientes?

-¿Qué cosa? -inquirió su compañero.

No se tomo las molestias de responderle, sino que, rápidamente, comenzó a buscar el origen del hedor de leña quemada. Su rastro lo llevo a una sala de estar donde había una gran chimenea. El fuego ya casi se había consumido por completo. Perplejo, miró que en uno de los costados de esa habitación había una colchoneta y varias sabanas. Toco estas, estaban calentitas como si alguien hacia poco los hubiera abandonado.

-¡Hey, China! -lo llamó Inglaterra, quien estaba en cuclillas observando de cerca la chimenea.

Le hizo señas para que se acercara hacia donde estaba este y él obedeció.

-Hay algo raro quemándose -explicó.

De hecho, su compañero tenía razón. Un objeto de color blanco se encontraba al fondo de esta. De los varios accesorios para chimenea, escogió la pala y, con paciencia y esfuerzo, logró sacarlo.

Sintió una punzada de frustración al ser consciente que en sus manos se encontraba la manga de un traje militar blanco con detalles en dorado. No hacía falta que lo inspeccionara, supo a quien pertenecía al instante y este era su hermano, Japón. Lo que lo desconcertaba era el qué hacia eso allí y, peor aún, el por qué estaba cubierto de sangre.