El día que tu corazón me encuentre

por MissKaro


Once


Por algún motivo, Kotoko no dejó de darle vueltas al modo en que Irie-san había respondido a su proposición; ¿significaba que le parecía bien o la rechazaba de tajo?

En realidad, no sobresalían realmente, solo era como si se convenciera a sí mismo en voz alta; lo que pasaba era que ella tenía en mente que le dio una información importante sobre su pasado, de que habían estudiado en la misma preparatoria. ¿La recordaría de cuando le dio su carta y él la rechazó negándose siquiera a recibirla?

Obviamente, la respuesta debía ser no; ¿qué preocupado iba a estar él por una persona que no fue importante ni que conocía en ese entonces? A ella le dolió, y lo detestó un tiempo, protestándose por querer a alguien como él, mejorando para demostrar algo, teniendo sentimientos contradictorios en ciertos momentos.

Eso era historia pasada, ya ni le guardaba la animadversión de su último año de escuela, ni tenía ese interés romántico por él. Solo los últimos tiempos, con su arribo a la presidencia, habían removido el pasado. Sus palabras, eran otra cosa más. La normalidad volvería pronto.

Entonces se le ocurrió otra cosa. Él debería saber que estudiaron en el mismo lugar, por causa de sus padres, así que no tenía por qué afligirse. Ya era tiempo de tranquilizarse y realmente dejarlo por la paz.

Irie-san era el chico que admiró durante su adolescencia.

Era el hijo de oji-san y oba-san.

También era su jefe.

Eso era todo.

Se concentraría en ella misma, resuelta a que Irie-san revoloteara por su mente como una mariposa colorida, atrayendo toda su atención.

Bueno, también se enfocaría en el plan de emparejar a Konomi junto a Yuuki-kun, que le había comentado a Noriko-san, quien se entusiasmó demasiado por la idea, como si se tratara de un asunto de vida o muerte, haciendo millones de alternativas para conseguir su objetivo.

Como una estratega de guerra, sería de temer. Era demasiado metódica y entregada a sus ideales, y no parecía dejar cabos sueltos; aunque era un poco dramática. Le daba pánico el modo en que debería de trabajar su cabeza, y las acciones que pretendía llevar a cabo.

Probablemente, con su sugerencia, había creado un monstruo.

Sin embargo, conseguiría una historia de amor para Yuuki y Konomi.

—¡Sí! —gritó, extendiendo los brazos.

Se congeló asustada al impactar contra algo firme.

—Que no sea Irie-san, que no sea Irie-san, por favor —murmuró para sí, girándose.

—Yo pienso lo mismo, Aihara, pero no tenemos tanta suerte —expuso su jefe. Sí, era él, tenía mala suerte.

Se sonrojó.

—Ten cuidado, Aihara. —Ella vio que iba acompañado de Isshiki-san, burlón, y se sintió desfallecer de la vergüenza. Sería diferente que fuese solo.

—Lo siento. —Se inclinó, del modo que ya le era habitual con él.

—Recuerda dónde te encuentras, Aihara.

Asintió, y siguió caminando al ascensor, para subir a su planta. Al menos, ellos no cogieron el mismo que ella.

[…]

Otra semana se fue, y Kotoko agradeció llegar a viernes sin incidentes, aplicándose un poco de brillo en los labios, en los aseos, preparándose para la salida que tendría con sus compañeros a un karaoke bar, en una de esas reuniones que se hacían para avivar el compañerismo del grupo.

No le apetecía mucho pasar ese viernes fuera, tras una agotadora semana, pero había personas nuevas en la oficina, y se merecían hacerlos sentir integrados, especialmente porque varios eran recién salidos de la universidad; sabía lo difícil que podía resultar ser nuevo en un sitio.

Era increíble que los cambios hechos por Irie-san lograran incrementar el número de empleados, pero no podía esperar menos del mejor de su generación, y el más destacado alumno que había pasado por Tokio, según la opinión de muchos. Le hacía sentir orgullosa por trabajar con el jefe que tenía.

Suspiró, aligerando sus músculos. Tampoco tenía muchas ganas de ello porque esa semana había comenzado la búsqueda de un sitio propio para vivir tras las nupcias de su padre.

Ambos habían dicho que no era necesario, pero ella se había negado, porque sería agradable darles espacio a los recién casados —y su habitación serviría como estudio para que Saori-san trabajara desde casa—; además, le parecía que era algo que debía hacer.

Sabía lo que era estar sola, así había sido por mucho tiempo, aunque no por completo; lo único que haría sería independizarse y tomar las riendas de su supervivencia. Quería saber cómo sobrevivir sin matarse en el intento.

Viviría a base de arroz quemado y cereal, seguramente.

Negó con la cabeza y salió de los aseos, reuniéndose con Matsumoto y los que irían todavía, con quienes se acompañó en el transcurso que llevaba al bar.

Al llegar, con el lugar repleto de empleados, ella y los otros se hicieron lugar, comenzando a charlar y pedir sus bebidas.

A ella, le tentó lo frío de la bebida, y la sensación que decían acompañaba al alcohol para el cansancio que tenía. Nunca había tomado, pero no pensaba que le haría mal, no con el estómago con unos rollos que ingirió una hora atrás.

Una compañera pidió un cóctel suave por ella, que argumentó como ligero y su favorito, y se encogió al ver una bebida clara, la cual probó y le supo a manzana. Le pareció bien.

—Hasta que te sueltas un poco, Aihara —le dijo Matsumoto, con una bebida transparente en la mano, con una aceituna, haciéndole señal para brindar.

Se encogió de hombros. —Solo esta vez. —Y juntó sus copas.

El ambiente comenzó a animarse y presenció las ridículas presentaciones de sus compañeros, así como las sorprendentes de unos otros. Le provocó mucha diversión ver el modo en que muchos se soltaron aquella noche, y no recordó otra en la que lo hicieran, o no las había disfrutado realmente.

Le pareció agradable pasar un buen rato, aunque evitó perfectamente acercarse al escenario. No cantaba, ni le gustaba ser el centro de atención, por lo que se mantuvo del otro lado, conversando con mucha gente, y viendo muchas veces su bebida, que le daba la impresión de no acabarse.

Llegó un punto en el que las cosas le empezaron a dar vueltas y decidió sentarse en una esquina, dejando la copa a un lado, para no derramarla. Hacía rato que había dejado a Matsumoto de lado, y decidió enviarle un mensaje para decirle que iba a retirarse, con la intención de llamar a un taxi.

No obstante, las letras en su móvil no tuvieron mucha nitidez, y guardó el móvil de nuevo, para tranquilizarse unos momentos e intentarlo después.

La invadió una sensación de intenso calor y deseó salir de ese sitio tan concurrido, caminando hacia la puerta de entrada, abriéndose camino entre los que se cruzaban con ella.

El viento de la noche le azotó la cara y tuvo que sostenerse de la pared del edificio para no marearse, con las luces de neón de los letreros golpeando su visión. Sus piernas las sentía temblorosas, pero le quedaba el presentimiento de que, si volvía a sentarse, no podría levantarse.

Así que dio largas bocanadas de aire para calmar el movimiento que su alrededor daba.

Una mano la cogió del codo. —Te llevaré a casa, Aihara.

—¿Irie-san? —preguntó, dejándose manejar, con los ojos cerrados.

—Sí, es increíble que te emborracharas con unas pocas copas de Apple Pie* prácticamente virgen.

¿Virgen? Lo era. Asintió. El mover la cabeza fue una mala idea, y apoyó la cabeza en el brazo de Irie-san, hasta que se halló con un olor sumamente agradable, y apoyó la nariz para aspirarlo.

—O quizá te confundieron la bebida con una más fuerte.

Con mucho sueño, miró el perfil de Irie-san, que era un piloto de carreras.

—Y dar la impresión de ser amiga muy cercana de Tanaka, entre todos.

Era muy guapo, pensó. En especial cuando sonreía. Aunque no cuando fruncía el ceño como si estuviera molesto.

¿Dónde vivía? ¿A partir de ahí no sabía dónde era? Oh, era su chófer. Pero ella no podía hablar, que adivinara dónde era. Sería más divertido, era un genio y podía saber cosas como ésa. ¿O no? Bueno, su identificación, ahí debía estar su dirección, sí que era listo. ¿Su padre? ¿Qué tenía que ver él? Era viernes, día de trabajo pesado en el restaurante.

Se rió, sintiendo cosquillas en el cuerpo, mientras el suelo se movía y escuchaba que muchas campanillas sonaban a su alrededor, y que algo cálido y suave pasaba por su cara, a lo que se pegó con más fuerzas. Luego, experimentó un calor en los labios.

De pronto no sintió nada más y suspiró, con la tristeza de haber perdido algo muy preciado.

[…]

La próxima vez que abrió los ojos, Kotoko sentía el cuerpo pesado y la luz le daba ramalazos a su cabeza.

No tenía conciencia de cómo regresó a su casa, pero claramente estaba en su cama. Lo último que recordaba era estar platicando con uno de los mosqueteros, que la empujaba hacia el escenario diciendo frases sobre demostrar lo estupenda que era frente a todos los empleados, y nada más que eso.

¿Había cantado? Eso sería de lo más vergonzoso, porque no se acordaba en lo absoluto qué había transcurrido la noche anterior.

Si eso había sido bebida suave, no quería conocer la fuerte. Era definitivo, no bebería de nuevo; con una vez era suficiente, menos perdiendo los sentidos de ese modo.

Carraspeó y salió al baño para lavarse la cara y después comer algo para tomar una pastilla, sintiéndose indispuesta como nunca antes.

Se detuvo. —¿Y si hiciste más que cantar?

Corrió a su bolso y extrajo su teléfono, marcando a alguien rápidamente.

—Dime que no hice nada vergonzoso —pidió a Matsumoto una vez que ésta atendió.

—Me gustaría seguir durmiendo, Aihara. Pensé que sería importante.

—Por favor —suplicó, preocupada—. Dime que no canté o no pasó ninguna tontería por mi causa.

—Cálmate, Aihara. Irie te detuvo a tiempo. Pero que no te quepa duda que no aguantas la bebida. —Entonces Matsumoto colgó, dejándola con la duda.

Y no volvió a coger una llamada en todo el día, ni el siguiente, dejándola de los nervios hasta el lunes.


*Cóctel a base de ron, brandy y vermut, engañosamente con sabor a manzana.


NA: Soltaré mi palomita de la paz a ver quién la atrapa.

Es tan conveniente que Kotoko sea de las que se emborracha y olvida... y no lo digo yo.

Sin más, prometo que el próximo les gustará :3 (manténgame viva hasta entonces).

Besos hasta el otro lado de la pantalla, Karo.


Ross Malfoy: Las uñas crecen más rápido, pienso. No te preocupes, más adelante podrán saber qué le dijo Irie, je,je. Pues qué curioso, ¿la habría seguido o él también pensó en salir a tomar aire? Es encantador que les guste, y espero que el ritmo de actualización continúe sin contratiempos. Gracias por tus palabras :)