Disclaimer: Lastimosamente ni Gintama ni sus personajes me pertenecen.

Advertencias: Por si acaso, este capítulo y el siguiente son recuerdos, lo que sucedió antes de que Kagura llegara a Edo. De antemano, perdonen los errores que puedan encontrar.


Serendipia

"Siempre creemos que quedará más tiempo, pero al final se acaba".

X

Capítulo 11: Reminiscencia I

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Kagura secaba su cuerpo con cuidado, prestando especial atención a las heridas en su pecho y abdomen. Había sido un día de entrenamiento duro, sin embargo, de menor duración a lo usual.

El suceso del día era que recibían una visita especial de Japón. Por tanto, la servidumbre se había dedicado a preparar banquetes dignos y ostentosos. El palacio Yato era bien conocido en la región, era poseedor de muchos recursos y una extensa área en las montañas de Sichuán. El clan estaba bien caracterizado por ser sus miembros provenientes de un fuerte ancestro en común, incluso la servidumbre; los más fantasiosos, solían alegar que ni siquiera eran humanos, más lejos de considerarlos dioses, temían que fuesen malvados espíritus. Eran independientes del gobierno del emperador, no había ley sobre ellos más que la propia, la ley del más fuerte.

No obstante, esto no era lo primero que cualquiera pensaba del clan tan pronto como era mencionado. Si no en los fuertes guerreros que formaban para convertirse en mercenarios de guerra. Era bien sabido que el clan Yato nunca perdía una pelea. Eran reconocidos por ser salvajes en batalla, y lejos de parecer humanos, su sed de sangre guiaba sus instintos a una fuerza bestial y a una resistencia más que monstruosa.

No había ejército que sobreviviera a una contienda con los Yato para contar sobre las aberraciones en la lucha. Su fama era tal, que hasta los países aledaños acudían a su ayuda, sin embargo nunca se entrometían con asuntos fuera de China.

El líder de ese clan era conocido como Housen, un fuerte guerrero que sólo podía compararse con Umibouzu, el padre de Kagura. Pese a que él no era el rey, sus hijos eran considerados los herederos de Housen por su brutal fuerza en batalla y al este no haber tenido hijos, nadie más que ellos podía ser el siguiente en la línea, y Kagura desde niña había sido criada como una princesa.

A Umibouzu le disgustaba, no porque creyese que sus hijos no merecieran reconocimiento, sino por la fuerte rivalidad que mantenía con el rey. Una rivalidad que con el pasar de los años no mermó al contrario, se intensificó al Housen demostrar interés en las guerras ajenas y el dinero. Cuando Kamui y Kagura aún eran niños, su padre salió del castillo y sólo regresaba a verlos una vez cada tiempo.

Ambos niños crecieron bajo la tutela de Housen, y el mayor heredó sus ideales, al menos, la mayoría. Kagura sin embargo, tenía una visión diferente de la vida. Visión que jamás compartió por ser antinatural para un yato.

Eso, hasta que un día, un enclenque muchacho proveniente de Japón se convirtió en su asistente personal desde que él tenía once años y ella nueve. Sería cuestión de tiempo para que su relación se afianzara, ella le contara sus preocupaciones y pensamientos más profundos sin miramientos, y aunque crecieron como hermanos, al alcanzar la adolescencia, su afecto desencadenaría en algo más, o eso pensaron.

Kagura debía reconocerlo, había quedado prendada por la actitud protectora y determinada del japonés, pese a que ella no necesitaba ni un poco su auxilio. También admitiría que pensó que era buena idea estar con él. Cada día se aburría encerrada en los muros del palacio anhelando con desesperación salir y conocer el mundo, ella siempre quiso algo distinto, algo nuevo. Algo que ni siquiera el sin fin de príncipes y guerreros que se presentaban cada día frente a Housen esperando hacerla su esposa le darían.

Por eso atribuyó al desliz que cometió con Shimura Shinpachi a su enfermedad de aburrimiento. Creyó ingenuamente que al ser él una persona a la que apreciaba, e incluso amaba, sería buena idea. No obstante había resultado en lo contrario, porque se había dado cuenta de que su amor era fraternal, y aquel descubrimiento sólo le trajo problemas con los miembros del clan.

Ninguno apoyó el supuesto amorío entre la princesa y el extranjero, pese a que al joven lo consideraban una buena persona, débil pero servicial y confiable. Y el asunto empeoró un par de días atrás cuando de un extraño infarto, el rey Housen falleció dejando a Kamui como el nuevo líder.

Kamui sin duda, era mucho más retorcido que Housen. El mayor tuvo que quedar fuera de batalla para que las visitas de hombres extranjeros con los que hacía negocios fueran más frecuentes. Negocios de los cuales Kagura era ignorante, hasta la noche de su escape.

Luego de vestir un fino quipao salió a dar una vuelta por los alrededores del castillo, no le importaba en lo más mínimo la visita de Japón, así que tomó la noche para descansar.

Eso, hasta que observó una figura desconocida oculta tras los arbustos. Un hombre de cabello corto y negro, con los ojos particularmente foráneos. Kagura le preguntó si él venía con los invitados de su hermano, a lo que el aludido respondió que si luego de pensarlo unos segundos. No obstante Kagura no se tragó sus palabras, si se estaba escondiendo era porque algo allí era clandestino.

—Sé que no vienes con el tal Takasugi —le dijo en japonés como amenaza—. No es que me importe este maldito clan, así que has lo que quieras, a cambio cuando te vayas, me sacarás contigo de la misma forma que entraste.

Kagura vio allí su oportunidad de escapar, pues nunca en sus diecinueve años de vida había encontrado una manera de escapar del palacio fuertemente custodiado. Sin embargo aquel hombre de facciones finas y ojos azulados había logrado entrar sin ser descubierto hasta ese momento, sólo por ella.

—Estás loca —había bufado en su idioma natal, sorprendido por ver a la mujer china entender su lengua—. Ve a tu habitación niña, estas son cosas de adultos.

Contrario a lo que el hombre pensaba, Kagura no insistió ni pretendió amenazarlo. Cuando escuchó a un hombre hablar en chino con un curioso acento japonés, Hijikata supo que debía escapar antes de ser visto.

Shinpachi llevó a Kagura a su habitación, no obstante ella tenía su mente concentrada en el extranjero intruso, debía conseguir convencerlo de sacarla de allí, más no pretendía usar su fuerza, detestaba usarla.

Luego de que Shinpachi se marchara pidiéndole que durmiera, la desobediente princesa salió de su habitación para buscar de nuevo al intruso. Sin embargo se encontró con algo mucho peor.

Su hermano comía y bebía a sus anchas dentro de una habitación privada junto con un extraño con un parche sobre su ojo izquierdo. Invadida de curiosidad se apoyó en la pared, para escuchar lo que los hombres comentaban allí sin ser descubierta.

—Ya nos deshicimos de Housen, ¿Cuál es tu problema ahora Kamui?

Kagura cubrió su boca al advertir una exclamación, si la muerte del rey fue...

—Lo sé, pero tendrás que esperar —farfulló el de cabello naranja—. Los Yato no nos involucramos en peleas fuera de nuestro país, será más difícil de lo que crees formar el ejército para ayudarte en Edo.

El pelinegro soltó una fuerte carcajada, y sacudió el kiseru que fumaba.

—No me hagas reír Kamui, si ustedes los Yato persiguen el olor a sangre como buitres —dijo—. Tenemos un trato, más te vale cumplirlo.

Kagura pasó saliva, pues pese a que era más bien indiferente con las negociaciones de los líderes, siempre consideró extraña la presencia de un pequeño ejército nipón en su castillo. Presencia la cual el rey de la noche aborrecía y evitaba atender a toda costa, lleno de recelo y desconfianza. Ahora que estaba muerto, los japoneses tenían camino libre para hacer lo que fuera que venían planeando.

—Lo cumpliré Takasugi —espetó su hermano mayor atiborrándose de comida—. Pero necesito tiempo, mi padre será también un problema cuando regrese al saber que Housen murió, las cosas deben ser hechas con discreción por más que esté ansiando unirme a tu pelea.

Al ver la amplia y vacía sonrisa dibujarse en el rostro de su hermano, la princesa supo que debía irse de ahí. Se apresuró a su habitación procurando no levantar ninguna sospecha, hasta que a unos metros de su puerta encontró a un par de hombres y una mujer foráneos charlando.

—Eh mira a esa belleza —señaló el más viejo, el joven se mantuvo indiferente con un instrumento de cuerdas en su espalda, y la mujer hizo una mueca de desagrado—. ¿Eres una empleada del castillo? ¿Podrías darme una atención?

—Qué asco —bufó la rubia, y echó a andar lejos de aquel pasillo. El hombre también la siguió en silencio y Kagura sintió un malestar invadir sus entrañas.

—¿A quién crees que le estás hablando?

El hombre entonces alzó las comisuras de sus labios, comprendiendo la identidad de la mujer. No había otra que se rumorease fuese tan bella como arrogante.

—Lo siento mucho, princesa —se excusó—. He quedado fascinado con su belleza, disculpe mis modales.

Kagura sintió repulsión pura, deseando propinarle un fuerte golpe al hombre que le dejara inconsciente. Más Kamui había sido claro: No podía siquiera hablarle a sus invitados, y hacía un par de minutos entendió el por qué.

Tampoco era que le interesara dedicarle más tiempo al desconocido y repugnante sujeto, ni le convenía estar fuera de su habitación.

No obstante, cuando se dio la vuelta e ignoró al hombre que amagó en agarrarla del brazo, un fuerte estruendo la hizo cubrirse sus oídos.

Trozos de pared empezaron a caer y luego un cuerpo, un cuerpo que pudo reconocer antes en la oscuridad. Era el tipo que se había colado en el palacio.

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N/A: Perdón por no subirlo ayer. xD Espero que las dudas en su cabeza comiencen a resolverse, de verdad. xD Ya vamos llegando al nudo, y este es el primer fic que subo a esta plataforma que pasa los diez capítulos, así que ¡celebremos el capítulo 11! (?) Mentiras no, pero si espero que el capítulo les haya gustado, muchas gracias por sus comentarios, ¡que tengan una linda semana!

—Abril 3 de 2018—