El sonido de las cigarras era cálido, como un abrazo de la naturaleza en aquella noche de verano. También era lo único que podía escuchar en la solitaria estación de tren en la que nos encontrábamos.

—Bueno —dijo Sora rompiendo el silencio, ¿bueno? ¿Solía iba a decir eso?

—Sora, ¿Has visto dónde estamos? —le dije, un poco enfadado.

—Estamos en… una estación de tren —me respondió. No sabía si estaba haciéndose el tonto o no sabía qué es lo que me molestaba.

—Sí. Estamos en una estación de tren, pero el problema es que estamos en una estación de tren vacía y en medio de la nada —le dije. Me crucé de brazos y arrugué la frente, no quería hablar con él.

—Venga… No te enfades —me dijo, entonces poco a poco se acercó a mí y paseó suavemente su mano por mi brazo—, piensa que si hubiese gente aquí no podría hacer esto —se puso delante de mí y me dio un largo beso, sin dejar de acariciarme.

Me quedé en silencio, apreciando lo que acababa de pasar. Si en algún momento había estado nervioso o preocupado, ya no lo estaba.

—Lo siento —le dije—, es que no parece haber ninguna ciudad cerca de aquí y no sé dónde vamos a pasar la noche. Sora se puso a mirar en los tablones de la estación, me sentí un poco ignorado, pero sabía que estaba intentando buscar alguna información sobre dónde estábamos.

Mientras Sora estaba buscando en las paredes de la estación, yo me senté en un pequeño banco que encontré. El ambiente no era del todo desagradable, aquella estación parecía segura, y al estar en medio de los campos no tenía la impresión de que nadie fuera a atacarnos. Olía mucho a jazmín, y quizá también a lavanda; de todas formas era un poco difícil distinguir todos esos olores, pues estábamos rodeados de plantas y flores.

—Al parecer estamos en una estación llamada Arco de Luna, hay un pequeño pueblo pero está un poco lejos, durante el día hay un servicio gratuito de autobús que lo conecta con esta estación —me dijo—, eso pone aquí.

—Entonces tendremos que pasar la noche aquí… —le dije. Vino a mi lado y se acurrucó a mi lado en el banco.

—No me importa dónde esté si estoy a tu lado —me cogió la mano suavemente, me miró y me dedico una sonrisa. Pero no era de esas de las que siempre tiene pintadas en la cara; no era una sonrisa graciosa o una sonrisa traviesa, era una sonrisa única y exclusiva para mí. —¿Por qué te sonrojas?

—¿Cómo puedes verlo si estamos casi a oscuras? —le dije, nervioso. Era cierto que aquello me había hecho sonrojar.

—¿No te has fijado? No estamos solos hoy…

—¿Qué dices? —pregunté, exaltado. Mis ojos se abrieron como platos.

Sora levantó su brazo y apuntó al cielo, y lo comprendí.

—¿No la ves? Hoy tenemos a la luna llena como compañera, quien nos abriga con su manto de cálida luz. Y es extraño que me parezca tan templada, porque no es una luz de tonos calientes como la del sol. Al contrario, esta luz trae consigo filtros azules; pero aun así le da calor a mi corazón —me contó, sin soltarme la mano.

—Quizá este sitio se llama Arco de Luna porque tiene algo que ver con ella, ¿no crees? —pregunté. Mi pregunta le hizo fruncir los labios y mover los ojos hacia un lado. Se levantó y fue directo hacia otro tablón. Decidí ir con él.

—Creo que por aquí había un anuncio de las atracciones turísticas más importantes de la localidad —explicó—, eso es lo que busco.

—"¡Pasen y vean la majestuosa calabaza más grande del país!" —leí en voz alta. Pude escuchar la ligera risa de Sora.

—"¡No dejen de admirar la bola de queso más grande de toda la provincia!" —Leyó él— Me pregunto dónde estará la bola de queso más grande de todo el país.

—Sora, ¡mira aquí! —Exclamé— "En la cima de la colina de los girasoles se alza imponente el arco de la luna, un monumento medieval dedicado a la contemplación de la luna llena. Monumento que da nombre a la estación".

—¿Pone cómo se llega? —Preguntó Sora. Su tono había cambiado, noté la chispa de aventura que le caracteriza. ¿Acaso quería ir? ¿Ahora?

—Dice que la senda está bien indicada y que es alrededor de una hora de camino. La entrada está detrás de la estación.

Aún no había terminado de leer y pude sentir como Sora me cogía de la mano y me arrastraba otra vez, corriendo, hacia nuestro nuevo destino.

—¿Será por aquí? —pregunté, inseguro.

—Creo que sí, además, fíjate en eso —señaló un cartel que estaba clavado a un poste.

Efectivamente mostraba que por ahí se llegaba al arco. Las indicaciones marcaban una senda entre un campo de girasoles. Al ser flores de verano, estaban en su máximo esplendor, eran casi tan altos como yo. No obstante, para poder apreciar toda su belleza había que contemplarlos durante el día, ya que los girasoles se movían constantemente durante el transcurso de las horas.

Caminamos en silencio durante un rato, cogidos de las manos. Pero no me sentía incómodo, no tenía la necesidad de estar hablando, no con él. Las cigarras eran las que nos regalaban la música aquella noche.

—¿Tienes miedo? —pregunté.

—Claro que no, ¿de qué voy a tener miedo? —sonrió.

—Pues… no lo sé. Pero yo a veces sí que tengo miedo de cosas —bajé la mirada al suelo. Sora se paró en seco y me abrazó.

—No tienes nada que temer, estoy yo aquí contigo. Y soy inmensamente feliz.

—Yo también soy muy feliz contigo —le dije. Seguí abrazándole, no quería separarme jamás de sus brazos. —Pero… a veces tengo miedo de perderte.

—No tienes por qué preocuparte por eso. ¡Nunca te voy a dejar en paz! —exclamó riéndose.

Le miré directamente a los ojos, por suerte la luz de la luna llena podía iluminar su rostro, y aunque en aquella despejada noche el cielo estaba a rebosar de estrellas; ninguna era tan hermosa como sus ojos.

—Te amo —susurré. En cuestión de segundos nuestras miradas se fundieron en una, al igual que nuestros labios, que se unieron para no separarse nunca más.

—Y yo a ti —me dijo—, además… ¡Me encanta cuando te sonrojas! ¡Eres adorable, Roxas!

—No seas tonto…

Seguimos andando, intercalando el silencio con la charla trivial, hasta que nos encontramos con el final del campo de girasoles. Marcado por un pequeño riachuelo.

—Mira, ¡Roxas! Las estrellas se mueven —señaló al rio.

—¿Cómo van a moverse las estrellas? ¿Y cómo quieres que estén tan abajo? —le respondí.

—¡No! ¡No son estrellas! ¡Son luciérnagas! Y son preciosas… —fue corriendo hacia las luciérnagas, a la orilla del riachuelo— pero no tan preciosas como tú.

Me quedé en silencio porque no tenía palabras que pudieran expresar lo que él me hacía sentir. Me pareció que en mi interior vivían millones de luciérnagas y que cada una era un faro que irradiaba luz de esperanza, porque al lado de Sora podría superar cualquier adversidad.

Sora me extendió la mano, y se la cogí sin dudarlo ni un segundo.

—¡Vamos al arco! —exclamó, emocionado. Su energía me hizo esbozar una gran sonrisa.

Al alejarnos del riachuelo no tardamos en encontrar las escaleras que llevaban al arco. Seguimos andando cogidos de la mano. Al llegar al pie la colina levanté la mirada y lo vi claramente.

—Sora… —susurré, estaba impresionado por la vista.

La luna llena encajaba perfectamente con el hueco del arco. Aquel monumento estaba perfectamente integrado con la armonía de la luna y de aquel campo. Era casi como si no fuese artificial, como si fuera parte de la naturaleza; como las flores o los árboles que lo rodeaban.

Subimos juntos, en silencio. Las cigarras seguían orquestando la velada, las flores del alrededor nos deleitaban con sus diversos aromas. Escalón a escalón dejaba atrás el mundo terrenal y entraba a otro nuevo en el que solo existíamos Sora y yo.

Cuando llegamos al final de las escaleras lo único que nos esperaba bajo el arco era un pequeño círculo de piedra, no había mucho más. La parte de detrás del arco era la ligera pendiente de la colina, no era peligrosa, pero las escaleras eran más cómodas.

—Aquí hay algo grabado —dijo Sora, mirando uno de los lados del arco.

—Yo no veo nada —le dije—, no lo encuentro.

—Creo que… —Sora dudaba— está borrado. Antes ponía algo aquí pero desapareció con el paso del tiempo.

—Bueno, es un monumento muy antiguo —respondí.

Sora me cogió de las manos, y me miró atentamente.

—Aquí bajo este arco habrán pasado muchas personas durante toda la historia, incluso habrá habido épicas historias que con el tiempo se desvanecieron; pero es imposible que jamás haya habido un amor tan grande como el que yo siento por ti. Y sé que nunca perderá fuerza ni desaparecerá.

Me quedé callado mientras le escuchaba. La suave brisa de verano le mecía el pelo, podía notar la pasión en sus ojos. Incluso sentía como sus manos sudaban un poco, pero me daba igual. Su piel era perfecta, bueno, tenía sus pequeñas manchitas o cortes pero… ¡Ese no es el punto! Lo que contaba es que era perfecta para mí. Todo él era el significado de la perfección. Y allí estaba, iluminado por la grandeza de la luna llena.

—Roxas… Algún día… ¿Algún día te casarás conmigo? —Sora estaba un poco nervioso, me preguntaba si acaso lo dudaba de verdad.

—Claro que sí—, le respondí. Me di cuenta de que estaba siendo demasiado escueto con mis respuestas. Sora era muy abierto y podía expresar lo que sentía a la perfección, pero a mí me costaba un poco encontrar las palabras para demostrar mis sentimientos. —Podría pasar contigo toda la eternidad y aun así me faltaría tiempo para disfrutar de toda tu perfección.

Me besó después de decir aquello; no sé si era por la luna, por mi respuesta o por aquella atmosfera que habíamos creado, pero aquel fue nuestro mejor beso hasta el momento.

Salimos de debajo del arco y nos tumbamos en la colina contraria a las escaleras. La pendiente era perfecta para acostarse en una posición cómoda. Como estábamos en medio del campo millones de estrellas habían salido a saludarnos. Y nosotros sonreíamos en agradecimiento, a las estrellas por estar allí y al destino por juntarnos.

—¿Qué haremos mañana? —pregunté. Me dolía romper el silencio pero necesitaba saber qué iba a pasar.

—Creo que iremos a la estación y cogeremos otro tren hacia ciudad Coral, ¿No?

—Ellos saben en qué estación nos bajamos… —respondí.

—Es cierto pero... Esta vez estamos juntos, no podrán hacer nada contra nosotros. Ellos serán dos, pero nosotros también. Además, no te preocupes por eso ahora, quizá nos perdieron la pista —me abrazó. —No quiero pensar en eso ahora. Solo quiero abrazarte.

—Estoy cansado… —no pude evitar dejar escapar un bostezo— tengo mucho sueño.

—Hoy fue un día demasiado ajetreado. Pero eso es bueno, así no te costará dormirte en esta colina —respondió sonriendo.

Apoyé mi cabeza en su pecho y me dejé llevar por su calidez. Cualquier sentimiento negativo no tenía ningún lugar en nuestros pensamientos aquella noche.