Disclaimer: Ninguno de los personajes aquí mencionados me pertenecen, todos son propiedad del estudio Seven Arcs.
"The real folk blues / I only want to know true sadness"
Persecución
Capítulo 10.
I. Día 51. 12.00 h en el huso horario de la Administración.
La teletransportación era uno de esos misterios que no se había tomado la molestia de estudiar a consciencia. Era algo que pasaba, un poco incómodo, un poco desconcertante, pero no era algo que tuviera que coordinar o entender en profundidad. Era tan sencillo como estar de pie y quieto en la plataforma de teletransportación, sentir ese extraño tirón en la boca del estómago y el mundo removido bajo los pies en menos de una milésima de segundo. Todos los sentidos gritando al unísono que algo andaba mal, que el contacto con la realidad había sido arrancado de cuajo sin aviso, para luego estar otra vez en contacto con lo que te rodeaba, un mundo distinto, olores nuevos, temperaturas que no llegabas nunca a esperar.
Teletransportado lejos de la seguridad de la nave a terreno que podía ser de hostil a mortífero.
Era curioso como los peligros propios podían parecer mucho menores a los ajenos.
Ahora cada pequeña decisión, cada segundo entre una respuesta u otra podía significar el fracaso o el éxito. Aún más importante, podía significar la vida de sus compañeros en el campo de batalla. Teana refrenó el deseo de mordisquear con fuerza uno de sus pulgares, sin dejar de mirar la pantalla central en el puente de mando del destructor desde el que comandaban la primera gran misión de la sección seis. Dado el carácter de su papel en la coordinación del equipo, no tenía un asiento designado, sino que daba vueltas cerca del almirante Harlaown y de los agentes a cargo de la lectura de datos que llegaba a cada segundo. Una enorme marea de datos que procesar a la vez, descartando y seleccionando en el momento, casi guiados por instinto más que por lógica o pensamiento frío. Eran todos gente que conocía, compañeros con los que había cenado, charlado y compartido entrenamientos.
Los conocía.
Solo que ese día parecían irreconocibles.
Se llevó una mano al codo derecho, su pulgar peligrosamente cerca de los dientes en su intento por calmar las ansias que la corroían por dentro.
―Nos acercamos al punto cero, almirante ―informó Amy, desde la consola principal en el puente.― Toma de posición en siete minutos.
―Informen a los equipos en las bodegas dos y tres, quiero a los escuadrones en la bahía de teletransportación.
―A la orden. ―Una respuesta correcta para una orden innecesaria. Todos estaban en sus puestos, quizás no listos, pero sí preparados para embarcarse en su misión. Teana caminó hasta estar junto al almirante, observando las mismas pantallas con la esperanza de no perder absolutamente nada. Por ahora no había tanto por ver, solo la cuenta atrás lenta y tortuosa. Los datos de los planetas a los que los escuadrones serían transportados también se exhibían, pero la información era algo que ya había visto y memorizado. No había cambios.
Lo cual era bueno, suponía.
Esperaba.
Chrono la observó por el rabillo del ojo, incapaz de hacer un comentario para infundirle algo de valor. Ya había pasado el momento para eso, ahora solo tocaba actuar.
Cuatro minutos más.
La mirada del almirante se dirigió a la pequeña pantalla que tenía delante, en su consola personal. Mostraba la bahía de teletransporte y los equipos en posición. Su mirada se centró en su hermana por un segundo, su rostro apenas insinuado una mueca de preocupación.
Solo actuar.
Los escuadrones no se movían, tampoco parecían hablar entre ellos a juzgar por lo que podía ver desde la pantalla. La única que parecía relajada era la comandante Yagami, que estiraba los brazos por sobre su cabeza para luego tocarse la punta de los pies con los dedos. Chrono no pude evitar sonreír, incluso en esa situación Hayate seguía siendo Hayate. Deseaba tener esa misma entereza, o esa facilidad para aparentarla, ante ese tipo de situaciones. Su puño derecho se cerró con fuerza, las uñas marcando su palma, sus dedos apretados como su mandíbula.
Ya casi.
«Ya casi.»
―Almirante, entrando en velocidad crucero. Toma de contacto en treinta segundos.
―Gracias. ―Se inclinó sobre la pantalla de la consola, la información también replicándose por ahí. Su mano derecha seguía siendo un puño, incapaz de abrirse, agarrotado en esa posición que dejaba su tensión escapar, usó la izquierda para abrir la comunicación directa con los escuadrones que esperaban su turno para ser desplegados.― Escuadrón blanco, estamos a treinta y cinco segundos de su teletransportación, escuadrón rojo a cuarenta y escuadrón amarillo a cuarenta y cinco.
―Recibido. ―Hayate se cuadró, siguiendo la cuenta en su mente. Zafira y Signum estaban a su lado estoicos, como siempre, como cada vez que les tocaba ejercer su papel de caballeros.
No le fallarían, ninguno de los dos, de eso estaba segura.
Reinforce descansaba en su hombro, lista para entrar en combate también. El pequeño dispositivo estaba ansioso, podía sentirlo en las pequeñas acciones que se permitía hacer.
Pronto se unirían en resonancia y ella podría aliviar su nerviosismo.
Por otro lado, Agito descansaba sobre el gorro característico de Vita, aparentando aburrimiento. Le había costado trabajo convencerla de unirse al escuadrón cuando le confirmó que sería Vita y no Signum quien sincronizaría con ella, pero confiaba en la fuerza que podía ofrecerle a su caballero del martillo para llevar a cabo la misión con éxito. No podían descuidar ni un solo flanco.
Su mirada se desvió a sus dos amigas, las dos magas aéreas que serían separadas ese día por escuadrón. Nanoha aparentaba una calma mucho mayor a la de Fate, para su sorpresa. Ambas engalanadas con sus barrier jackets y sus dispositivos en mano. Sobre las tres pesaban los limitadores de magia. Chrono el último eslabón que podía levantarles esas cadenas en caso de ser necesario. La comandante volvió otra vez a mirar al frente. Confiaba en el almirante para eso, confiaba en que en caso de ser necesario su magia al unísono con Reinforce y sin ningún tipo de limitante sería suficiente para sacarlos de una situación complicada.
También sabía que no quería llegar a eso.
Atrapó el suspiro que quería abandonarla, en lugar de eso se cruzó de brazos, su bastón en mano. Tras ella sus caballeros apenas se movieron, seguro que Signum estaba levantando una ceja ante su actitud al parecer desinteresada. No podía evitarlo, ¿cuál era el sentido de preocuparse antes de que algo siquiera sucediera?
Después de todo, la suerte favorecía a quien estaba preparado.
―En posición ―informó la voz, algo metálica, por los altoparlantes de la bahía. La cuenta atrás se había acabado.
Hayate sintió el tirón en la boca del estómago y el mundo girando a su alrededor, sin un punto de apoyo, sin eje más de lo que su mente podía intentar darle a esa experiencia.
La suerte le propondría un trato en base a sus habilidades.
Y ella planeaba aceptar solo el que fuera a su conveniencia.
II. Día 51. 12.15 h en el huso horario de la Administración.
Escuadrón Amarillo
―Toma de contacto exitosa, los tres escuadrones fueron trasladados acorde a lo programado ―dijo Amy, siguiendo la información que entraba desde los escuadrones en el terreno y los alrededores de la nave, cambiando de manera sistemática el canal a usar para no sobrecargar los servidores internos que manejaba el destructor. Una décima de segundo de retraso podía significar el fracaso o el éxito.
Y a cientos de miles de kilómetros, con el viento azotándole el rostro mientras caía luego de la teletransportación, Fate y su equipo habían entrado a esa zona en que actuarían por experiencia y la lógica pasaría a ser parte del instinto. Caer, sin embargo, no era el verbo adecuado para describirlos. Habían sido disparados desde algún punto de la atmosfera, pesada y asfixiante de ese planeta, hacia el suelo, un campo gravitacional ligeramente más fuerte que el de la tierra tiraba de ellos con la inflexible pesadez de una verdad injusta. La enforcer se había girado en el aire con gracia, con oficio, el cuerpo recto como una flecha y Bardiche a su lado pegado a su cuerpo para no ofrecer resistencia contra el viento. Tras de ella podía escuchar el pesado aletear de Friedrich que la seguía con Caro y Erio. Habían sido enviados a una zona montañosa, cumbres cubiertas de hielo se elevaban hacia el cielo, podía ver cómo se acercaba a ellas con rapidez, paredes de roca congelada de cientos de metros que caían rectas hacia el suelo. A juzgar por las muescas en el rostro y las faldas de las montañas casi podía afirmar que el viento azotaba desde un solo punto cardinal desde hacía siglos. Entre ellas, la espina dorsal de un dragón durmiente, se alzaba su objetivo, una selva enmarañada, verde y perfumada con olores extraños, poblada de criaturas desconocidas.
El verde de su vegetación no osaba aventurarse a las montañas, por supuesto, pero en su centro era denso y oscuro, podía adivinar cómo la luz de los soles que se turnaban en ese cielo no llegaría hasta la superficie desconocida. A pesar de las protecciones que su barrier jacket contaba, el viento helado empezaba a entumecerle los dedos y el rostro, pero ya casi no faltaba nada. Solo unos cientos de metros más y se habrían dejado atrás las cumbres montañosas cubiertas de hielo para aminorar la marcha y sobrevolar la selva a una distancia considerada segura.
―Líder Testarossa. ―Caro se niveló a su lado, su voz apenas alcanzándola a través del viento que rugía en sus oídos.― Tenemos una lectura positiva.
Fate miró el suelo, calculando sin siquiera darse cuenta la distancia y su velocidad. Otra pirueta ágil y su velocidad se fue perdiendo, pronto estaba flotando con naturalidad a unos cuantos cientos de metros de la superficie. Las montañas ahora la miraban desde las alturas, una imponente muralla que parecía imposible de cruzar. A lo lejos le pareció distinguir sombras blancas que se movían por las paredes de las montañas. Su vista solo se detuvo un segundo en ese paisaje antes de regresar y concentrarse en su escuadrón. Los chicos y el dragón estaban a su lado, un aletear constante y suave los mantenía en posición.
―¿Hacia dónde? ―inquirió, acercándose un poco para leer la pantalla del dispositivo que la chica tenía en las manos.
―A unos cincuenta kilómetros hacia… ―levantó la vista, buscando el punto de referencia que el mapa le indicaba.― Hacia allá, tenemos que adentrarnos al corazón de la selva ―dijo, mientras apuntaba con la mano derecha, su dispositivo relució con el brillo rosado que le caracterizaba ante el movimiento. Tanto Fate como Erio siguieron el gesto. Habían estudiado ese planeta, segregado en cientos de pequeños continentes, este estaba caracterizado por montañas que se alzaban por kilómetros y una selva espesa antes de encontrarse de lleno con el mar. La temperatura cerca de la superficie era elevada, pero no representaba un riesgo para la vida y la atmósfera tenía más oxígeno que el de la tierra, por lo que la hacía más propensa a explosiones o a incendios. Una gota de sudor le corrió por el rostro a la mujer, la humedad y la temperatura pesando sobre sus hombros.
No había nada que pensar, solo podían actuar.
―Vamos ―ordenó, mientras abría el canal de comunicación con el destructor base. Era hora de su primer reporte.
III. Día 51. Escuadrón Rojo.
Lo primero que sintió fue frío, mucho frío. Parpadeó un par de veces, casi incapaz de mantener los ojos abiertos por la fuerza del viento mientras su cuerpo era atraído por la gravedad. Estaba oscuro, no como una habitación sin luz, sino como un mundo sin luna. Se giró sobre sí misma, el atardecer terminaba de morir en uno de los costados del horizonte y, entre más cerca de la tierra, más oscura se volvía la noche que terminaba de cerrarse sobre el escuadrón. Un poco de hielo, que se había creado sobre los nudillos de sus guanteletes, se partió en cientos de esquirlas cuando abrió y cerró las manos.
El escuadrón caía tras ella como previsto. No tenía sentido gastar energía en el descenso cuando la gravedad lo hacía por ti.
Vita se dejaba caer con su gran martillo tras ella, aún no se había unido a Agito, el pequeño dispositivo seguía escondido en el gorro de la caballero, a su lado Nanoha parecía disfrutar del viento que los cortaba a todos por igual, ganando velocidad y momento por cada segundo que pasaban.
Un par de metros atrás, con algo menos de gracia, pero con fuerza en cada gesto, estaba el joven mago aéreo que se había unido para terminar de completar el escuadrón, Arthur. Era uno de los estudiantes que más había sobresalido en los entrenamientos de la sección bajo las órdenes de la comandante Takamachi, lo suficiente como para que fuese elegido para la misión. Subaru terminó la pequeña inspección del equipo y volvió su atención al desierto de dunas moldeadas por el viento al que se acercaban.
Era un solo continente, lo suficientemente grande como para ocupar el sesenta por ciento del planeta o más, todo el interior era un enorme desierto que albergaba especies de vida pequeñas y en su mayoría subterráneas. La vida no era fácil en un lugar así, pero de alguna manera se las arreglaban.
Así se las tendrían que arreglar ellos también.
Nanoha, tras ella, se fijaba en los mismos detalles con precisión, guardando cada uno de ellos en su memoria. No había protección, por lo que estarían a descubierto. Se giró oteando el horizonte mientras descendían y la temperatura subía poco a poco, no lograba ver más que algún que otro peñasco casi derruido que se alzaba entre la arena. Sabía que era un planeta con poca actividad volcánica y sísmica, nada que hubiera levantado montañas y que hubiera cambiado el paisaje con accidentes naturales. Por supuesto que ya lo sabían, pero siempre era descorazonador comprobarlo en carne propia.
―Master, there's a signal 14 kilometers away. (Maestra, hay una señal a 14 kilómetros de distancia).
―¿Puedes identificarla?
―No, it has the same length wave as a device sign, but I can't place it correctly. (No, tiene la misma amplitud de onda que la señal de un dispositivo, pero no puedo identificarla correctamente.)
―Gracias, Raising Heart
Cerró los ojos por un momento, dejando que la caída escondiera la desazón. Ya tenían objetivo. Cuando los abrió había dejado atrás sus miedos y dudas, con una delicadeza inalcanzable para algunos, se acercó a Vita en el aire para decidir el próximo paso de la misión.
IV. Día 51. Escuadrón Blanco.
Hayate caminaba por la superficie verde de la pradera en la que había aterrizado con una calma envidiable dada la situación. Su bastón descansaba sobre su hombro y, sobre el metal que coronaba parte de su dispositivo, Reinforce se equilibraba de pie oteando el horizonte. Había animales de pastoreo, algo similares a las vacas que se podían encontrar en la tierra, sus ojos mansos y sus pupilas aletargadas cuando levantaban la cabeza para masticar con parsimonia el bocado de hierba que se habían llevado a la boca. Signum caminaba a su izquierda, su mano en la empuñadura de su dispositivo, una calma que más bien parecía el silencio antes de la tormenta.
Cerca del lugar habría civiles, eso era seguro, alguien debía de cuidar de los animales de pastoreo. Según su información ninguna de las naciones de ese planeta era demasiado avanzadas, no usaban armas de fuego y aún eran diezmados constantemente por plagas y enfermedades que la ciencia podría haber erradicado en otros planetas de sistemas cercanos. Zafira, a su lado, movió sus orejas largas y puntiagudas en distintas direcciones antes de señalar a su izquierda con la cabeza.
―¿Tenemos visitas? ―Hayate se giró para ver hacia esa dirección, era una hondonada natural, con arbustos y árboles frondosos que servirían de sombra a los animales de pastoreo y sus cuidadores.
―Sí.
―Seguramente es un niño que cuida de los animales, no hay necesidad de actuar, Signum ―dijo la comandante, sin girarse a ver a su caballera había desenvainado su espada unos centímetros, lista para soltar un golpe ante la orden.
―Sí, Master. ―La mujer volvió a envainar Laevatein con un suave movimiento de muñeca.
―Reinforce, ¿la señal?
―Hacia el sur. ―El dispositivo señaló con una mano pequeña, lejos de la planicie y hacia las montañas que se dibujaban a lo lejos.― Puede que estén intentando camuflarla bajo las montañas-
―Veremos… vamos, es hora de movilizarnos. ―Levantó vuelo con facilidad, sus caballeros tras ella. Miró con disimulo su báculo, tres minutos desde la teletransportación, tenía que reportarse dentro de dos. Volaron bajo y a una velocidad prudente, lo suficiente como para mantenerse ocultos de detectores que no hicieran contacto visual. El mundo bajo ellos era suave, manso, casi de una belleza palpable, rebaños de animales que pastaban con calma apenas se movilizaban al verlos. Su naturaleza, indómita a pesar de la intervención humana, no podía alcanzarlos en el cielo. Volaban en formación y en silencio.
Una sombra atenazando su costado, un mal presentimiento que crecía a cada paso. A cada centímetro, a cada segundo.
Por qué ese lugar, por qué a un mundo tan tranquilo.
Nada terminaba de tener sentido.
Las praderas verdes, controladas, algunas inclusive delimitadas por cercas primitivas quedaron tras de ellos, se desvanecían para dar paso a un bosque bajo, de árboles verdes que no crecían hacia el cielo, sino hacia los costados. Una maraña enraizada que no dejaba de acrecentarse a medida que se alejaban de las ciudades y asentamientos humanos. Era claro que los pobladores de ese planeta mantenían los bosques en orden para usarlos a su beneficio, como harían las personas en la tierra, pero entre más lejos de su alcance, la vegetación exuberante ofrecía un buen escondite a quien quisiera «perder» algo.
«Es solo que es demasiado fácil para un agente de la TSAB, es como si no hubieran planeado que vendríamos»
Una ráfaga de viento frío los obligó a estabilizar el vuelo, usando un poco más de energía mágica solo para mantener curso.
«O como si supiesen que vendríamos y se hubieran reído al saberlo» su dispositivo, en sintonía con su magia, se removió inquieto. Sentía quizás la misma incertidumbre.
O sentía sus dudas a través de ella.
―Master, el almirante espera el reporte dentro de treinta segundos.
―¿La señal?
―Más fuerte, pero aún estamos a por lo menos diez a quince minutos de alcanzarla.
―Disfrutemos del paseo mientras podamos, entonces.
V. Día 51. 12.37 h en el huso horario de la Administración. Puente de mando.
―Almirante, el equipo rojo ha abierto fuego ―informó Teana, sin dejar de observar la pantalla ante ella que desplegaba toda la información en tiempo real. Podía ver las descargas de energía de cada dispositivo, la magia utilizada para levantar escudos y barreras.
Los signos vitales de cada combatiente, todo en su pantalla, vibrando y gritando, dándole una imagen clara, más clara inclusive que la que tendrían los magos en el campo de batalla. Más claridad de la que tendrían sus amigos, peleando por cada centímetro en ese planeta a miles de kilómetros.
A cuatrocientos dieciséis segundos de teletransportación.
―¿Tenemos imagen?
―No, solo datos, las cámaras de los dispositivos han sido desactivadas o inhabilitadas.
―Ponlos en la pantalla grande. ―El hombre se levantó de la silla de mando, no había durado más de diez segundos en ella, caminando por el puente para estar más cerca de la pantalla. La información se replicaba ahí desde el monitor que revisaba Teana. Se llevó una mano al mentón, cubriéndose parte de la boca y el gesto de amargura que le nacía al leer cada línea.
Estaban utilizando cantidades altas de magia, muy altas.
Tenía que ser un enfrentamiento.
―Almirante.
―Lo veo, Shario, Graf Eisen cargó tres cartuchos belkas en una ronda. ―Se giró para ver a los técnicos especializados en dispositivos, dirigidos a la cabeza por Mariel.― Necesitamos visuales en el campo de batalla, quiero una imagen pronto o la razón exacta por la que no están funcionando.
―Sí, almirante.
Teana apretó un poco más los dientes, una muela rechinó contra otra al hacerlo, no logró sacarla de su estado de concentración. El dispositivo de Subaru se había inyectado una ronda de cartuchos y estaba haciendo uso de cada gota de energía mágica que podía conseguir de ellos. Por el rabillo del ojo, en un movimiento practicado, observó la información de los otros dos equipos, que se mostraba sin alteraciones a medida que seguían desplazándose en busca de la señal que los había llevado a esos planetas.
«Si tenemos una batalla a tres frentes será el peor escenario que pudimos preparar.»
Otro pico de energía, esta vez de Arthur, un escudo. Su dispositivo, Bord Bleu, había levantado una barrera lo suficientemente poderosa como para absorber un impacto directo. La joven abrió una ventana en su segundo monitor, buscando el perfil del mago aéreo. Un mago de clase A, experto en ataques aéreos y destacado por su rapidez.
Miró el rango de magia, luego el valor que ya desaparecía en la larga lista que la pantalla principal seguía listando.
No soportaría mucho más ese ritmo de gasto de magia antes de caer rendido, ser herido o ser eliminado.
Levantó la vista para compartir sus preocupaciones, pero fue otra la voz que resonó en la sala.
―Tenemos acceso a imagen en un dispositivo ―informó Mariel, mientras la pantalla principal reducía el tamaño de la ventana que mostraba datos y sobreponía en el centro el video que el dispositivo de Subaru estaba captando en el momento.
Por norma general, las imágenes eran de vital importancia para el puente de mando en una misión, le daban estructura y sentido a los datos que podían llegar a ser solo líneas frías que se sucedían una tras otra, datos que silenciaban la parte más emocional de una batalla, la menos lógica.
Quizás la más determinante.
Este no era el caso.
El planeta había entrado en su noche, la falta de luz solo dejaba sombras difíciles de analizar y categorizar, si no fuera por los estallidos constantes de magia, por supuesto. La luz roja de la magia de Vita resplandecía con fuerza, golpe tras golpe su enorme martillo partía en pedazos chirriantes y metal torcido robots de combate. Toda la imagen estaba bañada por el resplandor azulado de los caminos en el aire que Subaru creaba, moviéndose con agilidad y velocidad entre enemigos, distrayéndolos de objetivos más estáticos, saltando a la primera línea como una distracción a la vez que una fuerza de ataque.
La joven Lanster sintió que se le oprimía el corazón en el pecho.
Solo habían logrado identificar a dos combatientes, aún faltaba el resto del escuadrón. Bajó la vista a su monitor, donde los datos no habían interrumpido su camino. Tenían que estar ahí, estaban recibiendo información tanto de Raising Heart como de Bord Bleu, el escuadrón completo debía estar luchando contra los droides. Volvió a levantar la vista, intentando identificar el tipo de enemigo que eran con exactitud.
Los reconocía, o al menos se le hacían conocidos.
Se parecían a los androides con los que había tenido que luchar años antes, cuando la sección seis se había formado por primera vez.
―Almirante, son versiones mejoradas de los androides del doctor Scaglietti ―afirmó, sin dudar de su corazonada.
Chrono se giró con brusquedad, observando a la chica y dejando que la afirmación lo calara por un momento antes de volver la vista a la pantalla.
Las similitudes estaban ahí, para quien quisiera verlas. el video, sin sonido, no enmascaraba el silencio que se apoderaba del puente de mando.
―Establece contacto con la líder del escuadrón rojo ―
―Sí, almirante.
―Master, incoming call ―el brillo característico de Raising Heart apenas se vislumbraba entre los estallidos de colores. Vibrantes luces que iban precedidas por explosiones, una sobrecarga auditiva que un cerebro poco entrenado no podría manejar. La maga aérea, casi sin pensar, guiada solo por los reflejos y la práctica, cientos de horas, de combates de entrenamientos interminables puestos a prueba, saltó hacia atrás en un gesto grácil, medido. Certero.
Esquivó la hoja extendida de una de las máquinas que luchaba por inutilizar.
―¿Es el puente de mando? ―Su voz sonaba más calma de lo que creyó podría sonar. Una de sus rodillas tembló cuando realizó una descarga de magia, perforando la carcasa metálica y friendo todos los sistemas dentro del androide. Giró su tobillo un par de centímetros para asegurarse que esa pierna no se flexionaría.
No se vendría abajo con la presión.
―Yes.
―Ponlos en el canal secundario ―pidió, levantando vuelo para alejarse de la máquina que acababa de inutilizar e intentar comprender la situación del resto del escuadrón. Podía ver a Subaru recorriendo el campo de batalla, sus golpes abrían agujeros en el blindaje de los androides, pesadas capas de metal que luego podían traspasarse con facilidad cuando se enfrentaban a otro de los magos del escuadrón. Vita, en cambio, los aplastaba usando fuerza bruta. El color de su magia había cambiado, su unión con Agito le ayudaba a abrir brechas en el frente enemigo. A lo lejos Arthur levantaba un par de barreras, se había separado unos metros del grupo y pronto sería rodeado, se lanzó hacia él para evitar que su posición se volviera irrecuperable.
―¿Qué está pasando allá abajo, escuadrón rojo? ―La voz de Chrono no la sorprendió, no hizo que su rumbo cambiase, ni que su tiro fuera menos certero para proteger la espalda del mago aéreo al que se acercaba.
―Recibimos una señal, como estaba previsto en los escáneres iniciales, al acércanos recibimos fuego enemigo. ―Bord Blue destruyó a un androide de un golpe, su filo atravesó blindaje y centros neurálgicos por igual. El mago siguió el golpe de su dispositivo, abriéndose paso para reagruparse con la líder de su escuadrón.
―¿Cuántos androides son?
―No lo sé, pero no se guardaron nada. ―Levantó la vista, su mano izquierda reacción por su cuenta y activó una barrera ante ellos que desvió un golpe directo. No lograba contarlos, pero parecía que no dejaban de salir de las profundidades del desierto, abriéndose paso entre las arenas de túneles subterráneos donde se escondían del duro sol que los habría dejado inoperativos en unos cuantos meses. Retrocedió varios metros, acercándose a Vita que mantenía su posición como una muralla viva, una legión en un solo soldado. Los androides no presionaron, sino que se reagruparon en una formación alargada, una especie de bloqueo que les impediría avanzar.
Tendrían que internarse para ir por ellos.
―Están cubriendo a algo o alguien, es fuego de cobertura para mantenernos a raya ―concluyó, lo suficientemente cerca de la caballero Belka como para que se girara hacia ella ante la afirmación, antes de seguir fortaleciendo la posición.
―¿Reconoces la tecnología o las máquinas?
―Sí, se parecen a las de Scaglietti, modificadas, pero es el mismo diseño. ―No agregó que esa tecnología había sido incautada por la Administración y que, en teoría, nadie fuera de la TSAB debería ser capaz de tener acceso a ella. Una sombra oscura crecía a pasos agigantados dentro de ella.
―Están protegiendo nuestro objetivo, sea lo que sea la señal que detectamos es importante, escuadrón rojo, recuperarla es nuestro principal objetivo. ―Chrono se había apoyado en una de las barandas que delimitaban los distintos niveles en el puente de mando. Lo más probable es que ahí se escondieran parte de las Lost Logia que Fate había encontrado en su misión de infiltración, además de información crucial para dar con la organización detrás de toda esa parafernalia. Verossa apenas había conseguido una posible localización para un grupo que se había mantenido en las sombras con un perfil bajo.
Un grupo que parecía interesado solo en amasar poder antes de aplicarlo.
―Escuadrón, vamos a traspasar estas defensas, Vita, ayúdame a abrir un camino, Subaru, Arthur, atrás de nosotras, cuiden nuestros flancos mientras nos abrimos paso ―ordenó, colocándose a la izquierda de Vita, Raising Heart se inyectó tres cartuchos antes de liberar la presión en forma de vapor. Nanoha pudo sentir cómo el bastón se calentaba en sus manos mientras la energía subía. El pelotón estuvo en posición ante sus órdenes, preparados para abrirse paso.― ¡Vamos!
VI. Día 51. Escuadrón Amarillo
Las gotas de transpiración ahora corrían por su rostro y su cuello, no se molestaba en limpiarlas, el calor de la selva haría que cualquier esfuerzo fuera fútil. Volaba tras de Friedrich, el dragón era en sí una fortaleza con alas, se necesitaría un golpe con munición antiaérea para hacerle mella. Por lo que veía bajo ella, en la selva, nada de semejante calibre parecía esconderse en ella. Su mirada paseaba desde las alas blancas que lo hacían volar con sigilo, a la maraña verde que se encontraba unos treinta metros a sus pies.
«Aquí no hay nada…»
La desconexión con los otros equipos la hacía sentirse nerviosa. Le hacía sentir miedo por el resto más que por ella misma.
El dragón giró sobre su izquierda, su cola, un timón que le permitió hacer un bucle suave para desacelerar y quedarse estático en el cielo. Fate, tras él, giró a su derecha, evitando la inmensa mole de la bestia y dejando que el impulso que traía la llevara unos metros por sobre su escuadrón. Había una estructura que desentonaba con las copas de los árboles. Una cúpula blanca destacaba como una cicatriz entre la vegetación, un tajo abierto hacía mucho tiempo que aún no terminaba de sanar.
La enforcer se acercó, bajando con suavidad los metros que la separaban de esa estructura. Era antigua, eso podía notarlo, y desentonaba con el resto. No había crecido enraizada al resto de los árboles, buscando su lugar y serpenteando entre la vegetación para alzarse victoriosa entre el resto.
No.
Había sido creada por manos, guiada por mentes que podían pensar y razonar, erigida en base a algo que se podía transmitir con palabras y que se podía ver en el firmamento, quizás una especie de monumento a la intrincada naturaleza que daba paso a la creación, a las leyes que regían todos los mundos por igual y que todas las especies inteligentes habían descrito en su propio lenguaje de una manera u otra.
La piedra blanca era lisa, tallada y modelada para resistir lluvia y viento. Sobre ella el dragón sobrevolaba ahora en círculos, asegurando el perímetro, Caro y Erio corriendo distintos tipos de rastreo a la vez, asegurándose que solo ellos podían usar magia en esa zona, que solo ellos podían entender lo que había bajo sus pies.
Esa era la señal.
Y también la hora de reportar.
Sin tocar la estructura, que sospechaba era una pirámide, abrió el canal de comunicación con el Claudia. La estática cuando se abrió la comunicación duró una milésima de segundo, al otro lado la voz de su hermano, fría y lógica la esperaba.
―Estamos en posición. Parecen ruinas antiguas, ¿tenemos registros de civilizaciones que hayan vivido en esta zona? ―preguntó, mientras seguía el vuelo del dragón blanco sobre ella.
―No, es posible que algo existiera hace tiempo, pero no tenemos ningún tipo de registro de señales de ese planeta a lo largo de los siglos, tampoco se han avistado asentamientos de seres capaces de comprensión. Si algo vivió ahí, no superó las primeras fases de civilización. ¿Tienes imágenes o información para transmitirnos?
―Enviándola ahora. ―Fate operó el comando para unir la red de información de Bardiche a la del destructor. En el puente de mando, una pequeña pantalla se abrió en el monitor principal y en la consola que utilizaba Teana. No lograba sobreponerse ni acallar los ruidos de la batalla que se daba lugar en el monitor principal, el escuadrón rojo que no dejaba de presionar para abrirse paso. Eso, por supuesto, era algo que la enforcer no podía escuchar desde su lado.
―La señal proviene de esa estructura, debe estar a nivel del suelo. El objetivo es capturar o deshabilitar lo que la produce, sea lo que sea. Esperamos reporte dentro de cinco minutos como establecido o si tienen información antes. ―La comunicación se cortó con un chasquido. La mujer no desconectó la red de información de Bardiche, prefería pasar los datos en tiempo real al puente de mando ahora que tenían sus órdenes.
―Caro, Erio, registremos el perímetro, necesitamos una manera de entrar a este lugar ―sentenció, internándose en la selva un poco más, en busca de algo que los pudiera ayudar a cumplir con su objetivo.
VII. Día 51. Escuadrón Blanco.
―Cinco minutos para la toma de contacto, comandante. ―Reinforce ahora se protegía del viento que los sacudía en un doblez del jacket barrier de Hayate. Aún era muy pronto para llamarlo nevada, pero mientras más se internaban en las montañas, el viento que arreciaba los sacudía con mayor fuerza. Pronto se habrían internado en el corazón de una muerte blanca, fría y rápida.
Las tormentas siempre eran letales cuando no se estaba preparado.
Miró tras ella, Zafira y Signum en posición se esforzaban por no ser sacudidos por el viento.
―¿Qué condiciones meteorológicas nos esperan?
―La tormenta se recrudece a medida que nos acercamos a la falda de la montaña, quizás haya riesgo de avalanchas.
―Por supuesto que sí, cuál sería la diversión si no podemos morir bajo toneladas de nieve, ¿no? ―A pesar del hielo que los golpeaba, una gota de sudor se perdió por su sien, los cuerpos de los tres magos iban dejando un rastro casi imperceptible de vapor a medida que sus cuerpos calientes cortaban el aire frío de las montañas. Una nueva sacudida, esta vez desde su derecha, hizo que se mordiera el labio mientras su cerebro procesaba la información con rapidez.
La situación solo iría a peor, eso era una obviedad, tenía que actuar acorde a ella.
Tras ella escuchó como uno de los dispositivos se inyectaba un cartucho de magia para mantener el curso y la velocidad constantes.
―Reinforce, sincronicémonos, necesitamos crear una protección para el escuadrón.
―Sí, Master.
El proceso de unión era rápido, era exhilarante, era único. Nunca era la misma sensación, no tenía una definición constante, pero siempre podía contar conque una subida en su torrente sanguíneo la haría sentirse más viva que nunca, una especie de droga que parecía elevarla por un plano sobre lo mortal.
Un paso más cerca de lo que algunos podrían llamar una divinidad.
De pronto, una tormenta, la llamada de una muerte violenta. La naturaleza en caos y en explosión. No eran más que la brisa de verano que la elevaría a alturas que nadie más osaría conocer.
Muy atrás, en la tierra, en el fondo de sus memorias, de sus vivencias, una niña postrada incapaz de caminar se reía ante lo irónico de la situación.
Giró en bucle sobre sí misma un par de veces, disfrutando del poder que la recorría hasta la punta de los dedos, dejando escapar algo de la energía que la había dominado, antes de volver a su posición frente al escuadrón y levantar una barrera. La tormenta, una nevada en toda regla que no les permitía volar en línea recta, se detuvo por completo, chocando contra la barrera que la comandante había levantado.
Solo tres minutos más.
Esa barrera no duraría lo suficiente si tenían que establecer combate.
Pero, siendo realistas, ¿quién establecería combate en esas condiciones?
―Master, el escáner parece algo errático con la tormenta, quizás hay algo de interferencia.
―No tenemos visual, Zafira, tendremos que fiarnos de que nos deje lo suficientemente cerca como para poder rastrearlo por nuestra cuenta.
Ambos afirmaron con la cabeza, en formación cerrada. Bajo ellos la montaña se hacía más rocosa y escarpada, la nieve se acumulaba profusamente, suave aún, fresca. Sea lo que fuera que estaban buscando, era probable que estuviera enterrado bajo metros de nieve y hielo.
Volaron a ras de suelo, atentos a cualquier cambio en el paisaje, a algo que desentonara con la fuerza suficiente como para darse cuenta que no era nativo. Poco a poco la pendiente se agudizaba, hasta dejar solo salientes planas en las que un hombre podría descansar si osaba escalarla. La castaña siguió la señal que rastreaban, solo un poco más y la encontrarían, solo un poco más y estarían fuera de esa tormenta.
―¿Escuadrón blanco? ―La voz del almirante le llegó desde lejos, como si por primera vez la distancia entrara en juego como un factor real.
―Claudia, estamos aún a unos segundos de nuestra siguiente comunicación, ¿la situación cambió?
―No, me precipité a abrir el canal, escucharé tu reporte de todas formas ahora. ―La comandante frunció el ceño, eso no era propio de Chrono, no era propio de la TSAB. Estaba claro que algo había cambiado en la misión, alguno de los escuadrones se habría topado con algo gordo.
Y no eran ellos.
―Estamos a metros del objetivo, tenemos problemas de visualización, la búsqueda y captura puede llevar algo más de lo previsto.
―¿Han cambiado las condiciones?
―La señal viene del corazón de una nevada, es improbable que quien fuera que haya escondido esto siga acá. Las condiciones para establecerse por más de unas cuantas noches distan de ser ideales.
―Comprendido, esperamos confirmación objetivo.
Un corte repentino, tal como con el escuadrón amarillo.
Hayate no podía saber que su escuadrón era necesitado en otro frente, pero podía presentirlo.
―Ya estamos aquí, vamos a buscar esa señal y largarnos de acá, cuando quiera ver nieve iremos a Hokkaido. ―Un leve mareo le hizo temblar la punta de los dedos, el primer signo de agotamiento se estaba presentando. Lo conocía y sabía como proseguía. Aún tenían tiempo.
Tanto Zafira como Signum asintieron y se dispersaron, peinando la zona de manera circular, alejándose desde el centro mismo de la señal en un radio cada vez más amplio. Hayate se elevó un par de metros, intentando que su vista lo abarcara todo. Si fortalecía el campo un poco más, solo un poco más, podría detener la violencia de la nieve por completo, eso significaría menos tiempo en activo, pero más probabilidades de encontrar la fuente de la señal.
«¿Master?»
«Es un riesgo, lo sé.»
«Podemos enfrentarlo, siempre hemos podido.»
La castaña sonrió ante la afirmación. Por supuesto que siempre habían podido, seguían vivas después de todo.
Levantó su báculo, la representación material de Reinforce, con ambas manos, la pared azulada de la barrera creciendo y asentándose con una materialidad visible. A su alrededor, la nieve que antes caía mansa pero incesante se detuvo por completo, estática en el tiempo, antes de ser forzada fuera del círculo que protegían. Zafira levantó la vista, siguiendo los movimientos de su líder. Se acercó al centro del círculo, donde habían empezado la búsqueda, sus pisadas marcadas en la nieve que le llegaba con facilidad hasta la cadera.
No encontrarían nada hasta que la nieve se derritiera, si es que se derretía realmente en esas montañas.
Habría que acelerar el proceso.
Volvió a su forma animal, una mezcla de perro y lobo que parecía sacado de una pesadilla. Su pelaje, erizado, formaba volutas de vapor como su piel humana había hecho antes. Signum, que reconoció lo que su compañero hacía de inmediato, se alejó un par de metros, su mano en la empuñadura del dispositivo, solo por necesidad.
Su pelaje se erizó un poco más, sus colmillos quedaron a la vista a medida que su mueca se transformaba con el esfuerzo.
En sí la ecuación era simple, hace falta una cantidad determinada de energía para derretir una cantidad pequeña de nieve. Un esfuerzo proporcional al tamaño del objetivo.
En este caso cientos de kilogramos de nieve fría y asentada en la pared de la montaña.
El vapor que subía por su cuerpo empezó, a la vez, a subir por el suelo y la pared que se alzaba tras ellos.
Signum, sin poder evitarlo, sonrió. Era para lo que vivía un soldado, después de todo.
VIII. Día 51. 13:12 h en el huso horario de la Administración.
―Almirante, sugiero que concentremos nuestros esfuerzos en el frente rojo. ―La voz de Teana se escuchó con claridad en el puente, por sobre el ruido incesante de la batalla. No le tembló cuando lo dijo, haciendo que el hombre en cuestión se detuviera en sus pasos para mirarla.
No podía retractarse ni retroceder.
No cuando sus compañeros no tenían esa posibilidad allá abajo.
El gráfico mostró otro pico de energía de Bord Blue, muy por debajo de los anteriores. Estaban alcanzando una situación crítica.
―No hasta que el resto de los objetivos hayan sido capturados, no podemos despreciar la idea que más equipos se esconden en las señales, agente Lanster. ―Chrono lo dijo con aplomo, con convencimiento en su voz, pero la duda tenía que estar en él también. A pesar de lo impasible que era su rostro, tenía que sentir la misma incertidumbre.
El mismo miedo.
―Pero, almirante…
―No está sujeto a debate, Teana, ¿alguno de los otros escuadrones ha recuperado su objetivo?
―No aún, almirante.
El joven le dio la espalda, cruzándose de brazos. Apremiar al resto de los escuadrones sería distraerlos de su misión principal, sería poner en evidencia la situación. Otro estallido dejó la cámara en blanco por unos segundos.
Pero solo era cuestión de tiempo antes de que la situación se volviera desesperada en el frente rojo.
―Amy, contáctate con la capitana Takamachi, voy a levantar sus limitadores de magia. ―Eso les daría algo de tiempo, liberar a un demonio en medio de un infierno desorganizado. No era una táctica sofisticada, pero era efectiva.
A cientos de miles de kilómetros, Nanoha sostenía parte del peso de Arthur, casi inconsciente, que aún levantaba barreras con su dispositivo seriamente dañado. El campo tras de ellos era un sinfín de máquinas destrozadas, cientos de androides que ya no eran más que chatarra. La capitana levantó la vista, aún había máquinas que derrotar, pero habían dejado de aparecer desde el centro de la tierra como una fuente interminable.
Dejó escapar un jadeo, la visión borrosa de su ojo derecho.
Su barrier jacket había sido cortada y dañada en distintos lugares, la armadura le había provisto de protección ante los golpes y de aplicación de parches médicos cuando una hoja o un disparo habían logrado traspasar sus defensas.
Aún seguía de pie.
Pero estaba agotada.
―¡Subaru, necesito apoyo! ―gritó, aunque la joven estaba tras ella. La chica conectó un golpe macizo, potente, a una de las máquinas, antes de girarse. Un casquillo de cartucho belka cayó al suelo tras eso.
No les quedaban muchos más.
―Este flanco está limpió ―aseveró, antes de lanzarse al costado derecho de Nanoha, dispuesta a destruir a las pocas máquinas que quedaban.
―Cuida de Arthur ―ordenó, depositándolo en el suelo con cuidado. La joven asintió sin girarse a verlos. El joven mago aéreo sangraba profusamente por su costado derecho y era posible que alguna de sus extremidades estuviera comprometida. Hacía tiempo que su barrier jacket, sin energía, había dejado de protegerlo o de contener y curar las hemorragias. ―Tengo que ir junto a Vita.
―Capitana Takamachi. ―La voz de Amy era clara, una haz de claridad en medio del caos.― Tu limitador de energía va a ser removido por la próxima hora.
La mujer asintió, sin emitir palabra.
Una gota de miedo muy fría y muy real le cruzó la espina dorsal.
Eso significaba dos cosas, los refuerzos no estaban en camino y que dependía de ella que la misión llegara a buen puerto.
Dependía de ella no terminar con su escuadrón destrozado. Con Raising Heart pulverizado.
―Vita-chan. ―La caballero temblaba ostensiblemente cuando llegó a su lado. Gran parte del frente había sido destruido por su martillo, los pocos androides que quedaban lucían marcas de la fuerza bruta de Graf Eisen, el dispositivo había utilizado todas sus rondas de cartuchos y varias grietas se podían ver en su frente, donde la mayor parte del impacto era absorbido. Su rostro, bañado en sudor, mantenía una mueca de esfuerzo constante.
―No estamos en condiciones de seguir la misión luego de esta oleada, Nanoha, si este fue el recibimiento no quiero saber cuál es el plato principal. ―Levantó el martillo para protegerse de un ataque, la capitana estuvo ahí antes que el impacto llegara a ser real, destruyendo la máquina con un golpe de energía preciso en donde el blindaje había sido destruido por un golpe anterior.
―Están levantando mis limitadores de energía ―anunció, colocándose a su lado en posición de combate.
La joven la miró con sorpresa, el martillo levantado para protegerse.
Solo tres máquinas más para destruir.
―Entonces…
―Estamos solas.
―Como siempre… ―Vita saltó, asestando un golpe seco en el fuselaje del androide más cercano. ―Maldita sea, espero que te quede suficiente magia para lo que venga…
―Para lo que está aquí. ―La maga levantó una barrera entre ellas y los androides, antes de señalar el horizonte, no más de cien metros de distancia.
―Mierda…
IX. Día 51. Escuadrón Amarillo.
―No hay manera de entrar, líder Testarossa, sea lo que sea, la cerraron hace siglos. ―Erio le hablaba desde la base de la estructura. Habían limpiado un claro alrededor de la pirámide, que ahora hería la vista con el blanco de su piedra y lo pulido de su estructura. Ni siquiera la selva voraz había hecho mella en su fachada. Fate le dio una vuelta más, recorriéndola con la vista desde sus tres costados, antes de maldecir por lo bajo.
Tenía razón.
Pero tenía que abrirla a cualquier costo.
―Erio, vuelve con Caro, vamos a intentar un nuevo acercamiento. ―Se elevó sobre la estructura una decena de metros, Friedrich la siguió, con Caro en su lomo y Erio en una de sus garras.
Abajo, la pirámide, remanente de una cultura ya perdida, brillaba con el sol de la tarde como un insulto que no cesaba nunca de resonar.
―Podríamos desmontarla piedra por piedra, Friedrich tiene la fuerza suficiente como para mover esos bloques.
―No, tomaría demasiado tiempo. No tenemos tampoco los materiales necesarios con nosotros para asegurar cada piedra. ―Erio había subido por el dragón para sentarse tras Caro, su afirmación apenas se perdía por el aletear del animal. Fate asintió, estaba de acuerdo con eso.
Además, había notado otra cosa.
―¿Cuánto tiempo llevamos investigando la pirámide?
―Unos quince minutos al menos, hemos reportado tres veces al puente de mando ―informó Caro, revisando su dispositivo para corroborar esa información.
―Y en ningún momento nos ha atacado un enemigo, ni hemos visto algo más que pájaros en esta selva…
―¿Sugieres que es una pista falsa? ―Erio se removió incómodo, no le gustaba, pero era la conclusión lógica.
―Estoy casi segura, de ser así nos podemos arriesgar un poco para terminar con la misión… ―Volvió a mirar la estructura bajo sus pies. Era roca, dura, sí, pero roca. Y la atmósfera de ese planeta tenía más oxígeno, causaría una explosión más grande.
Quizás…
―¿Enforcer…? ―Erio miró a Caro con preocupación. Empezaba a adivinar los planes de su maestra.
―Thunder Fall. Necesitaré de tu ayuda, Caro, el golpe debe ser certero para abrir esta pirámide. Además, el dispositivo está a nivel del suelo, necesitamos que la energía no toque o dispare lo que haya dentro de esta pirámide.
Caro la observó por un segundo, calculando probabilidades y las precauciones a tomar, su ceño se frunció pero asintió, ordenándole a su dragón retroceder varios metros antes de levantar barreras y construir un camino para la magia que liberaría Fate de un golpe.
―Bardiche, Sonic Form.
―Riot Blade. ―El dispositivo dejó escapar casi un suspiro, una liberación de energía mecánica, antes de inyectarse tres cartuchos de magia belka e iniciar su transformación, desde un hacha alargada de dos manos, a las espadas dobles unidas por una cadena de energía pura. Un incremento enorme en su poder ofensivo.
Una debilidad expuesta para cualquier enemigo que fuera lo suficientemente rápido o afortunado para golpearla.
La mujer rubia cerró los ojos, inhalando profundamente, cerrando todos sus sentidos, fijando su mente solo en una cosa. El camino de magia que Caro había trazado para que su energía lo siguiera.
En la tormenta que llamaría y conduciría, solo un instrumento al servicio de un bien mayor.
Pronto la jungla empezó a silenciarse, presintiendo la venida de algo más allá de su comprensión animal.
Erio sintió como su piel se erizaba, escalofríos recorriéndole el cuerpo, el frío en pleno sol de verano. El primer trueno resonó a la distancia, mientras el cielo se oscurecía con nubes creadas solo por fuerza mágica, por las palabras que Fate no dejaba de recitar incesantemente.
Una descarga así la dejaría fuera de combate por varios minutos, incapaz de recuperar su energía.
Era un riesgo que valía la pena correr.
Con dos poderosos aleteos Friedrich se alejó un poco más, un rugido muy bajo le nacía de la garganta. Las nubes se arremolinaban en torno a la espada de Fate, entorno a la energía que no cesaba de acumularse. Bardiche vació otra ronda de cartuchos, ahora chispas de electricidad recorriendo su hoja amarilla y el cuerpo de la mujer.
―Sir…
―Solo un poco más Bardiche, solo un poco más…
―Understood
Podía sentir la indecisión de su dispositivo, no le era ajena, ella también la sentía en su cuerpo, en sus venas, en la sangre que pujaba y la invitaba a vivir un poco más.
―Saldremos de esta como siempre y volveremos con Nanoha y Vivio… ―aseguró, más para sí misma que para Bardiche.
Un relámpago los cegó a todos por un segundo, seguido de un trueno bestial, el cielo abriéndose en un rugido primitivo que nadie podía ignorar.
La selva había caído en el mas absoluto de los silencios.
―¡Thunder Fall!
La descarga recorrió todo su cuerpo, cada parte de su ser participó en la conducción, la electricidad pasando y dejando huellas, marcas. Una historia que contar antes de abandonarlo y seguir el camino que Caro había preparado. La punta de la pirámide estalló en cientos de pedazos, esquirlas de piedra ahora negra que servían de metralla a todo lo que estuviera cerca.
La ira de un dios dormido, la pesadilla de un mortal herido.
Y, como el trueno al caer, todo terminó cuando recién empezaba.
Fate sintió su cuerpo sacudido por la última descarga, su cráneo retumbando y sus dientes castañeando, antes de empezar a caer al suelo, inconsciente y exhausta.
X. Día 51. Escuadrón Blanco.
Signum levantó vuelo, solo un par de metros, lo suficiente como para que la nieve que se derretía no la arrastrara, agua mezclada con barro y piedras que desencadenaría en un alud.
No tendrían mucho margen de tiempo para actuar.
Zafira no había dejado de emitir energía, sus reservas debían estar menguando con rapidez. Hayate, sobre ellos, se esmeraba en no aparentar el cansancio que le producía levantar esa barrera.
Un gasto constante e inmisericorde de energía. Era más lento que lanzar un ataque a gran escala.
Era más tortuoso.
La caballero apretó un puño, preparada para lanzarse a la primera señal. Todo dependía de ella en el momento en que la fuente de la señal fuera descubierta. Hayate la miró desde su posición, unos metros más arriba, y sonrió con algo de amargura.
Estaba segura que esto era solo una distracción.
Una maldita distracción.
A juzgar por la última toma de contacto, que había manejado Amy, alguno de los otros escuadrones, sino los dos, habrían encontrado algo de verdad o, peor aún, habrían entrado en combate.
Necesitaban salir de ahí lo antes posible.
«Reinforce, ¿puedes encontrar algo en el escáner?»
«Estamos sobre la señal, es todo lo que puedo ver…»
―Signum, busca cerca de Zafira, parece que la señal no se ha movido a pesar de toda la nieve que se ha derretido ―ordenó, una gota de sudor se desprendió de su barbilla al decirlo.
La mujer avanzó hasta su compañero, sin atreverse a tocarlo, podía sentir el calor aún a medio metro de su posición.
―Laevatein, ¿lo detectas?
―Nein.
―Por supuesto que no… un señuelo. ―Completó un giro en torno a Zafira, su compañero había logrado crear un agujero en la nieve, sus patas ahora descansaban sobre la piedra de la montaña. Su pelaje estaba empapado y podía ver como las garras de cada dedo dejaban un surco en la piedra.
Podía ver algo más.
Podía ver una muesca oscura, más oscura que la piedra, distinta al resto. Frente a ellos, todo el tiempo burlándose de ellos.
―¡Lo tengo! ―Exclamó, lanzándose a los pies de Zafira y tirando de la muesca, una descarga le insensibilizó los dedos de la mano izquierda, pero no cejó en su intento, sino que unió la mano derecha y tiró con fuerza, resistiendo la electricidad que le corría por el cuerpo y el calor infernal que Zafira seguía emitiendo. Un par de huesos en su espalda sonaron, el talón de su bota se enterró en la piedra ahora seca y recalentada.
No dejó por un solo segundo de aplicar presión.
Pronto, con un chirrido seco, la piedra cedió y una varilla metálica, de medio metro, salió de la montaña donde había sido enraizada.
―Claudia, necesitamos extracción ya, tenemos el objetivo ―comunicó Hayate, que seguía la acción bajo ella, la barrera consumiendo sin prisa, pero sin falta sus reservas de magia. Zafira, exhausto, había colapsado en los brazos de Signum, quien lo cargaba y se elevaba en el aire.
Bajo ellos la nieve derretida, el lodo y el vapor se acumulaban y se unían, una receta para un desastre. Solo la barrera que Hayate mantenía en posición evitaba una avalancha. La comandante había detenido el viento, la nieve y ahora sostenía toda esa masa amorfa bajo ellos.
Un trabajo minúsculo, casi despreciable para una divinidad. Una tarea casi imposible para cualquier ser humano.
―Entendido, extracción en quince segundos. ―La comunicación no fue ni de Chrono ni de Amy, sino uno de los oficiales a bordo del Claudia.
―Signum, creo que nos perdimos la diversión.
XI. Día 51. 13.49 h en el huso horario de la Administración.
―Nanoha, no los dejes escapar, daña su motor principal para que se vean obligados a aterrizar, necesitamos a la tripulación y su carga. ―Chrono se paseaba por el puente dando instrucciones a viva voz. Tras él Teana terminaba de ultimar los detalles para la extracción de los otros dos escuadrones, si se apuraban podrían enviar a los magos que no vieron acción al frente rojo para que tomaran la segunda parte del ataque, el abordaje de la nave.
La joven Takamachi, al otro lado de la comunicación, jadeaba aún sosteniendo la barrera que separaba a su equipo de los últimos androides de combate. Sin el limitador de energía parte de su fuerza había retornado, sentía como sus rodillas no temblaban, su vista volvía a estar afilada y clara, pero no se había recuperado del todo.
Y su equipo no se había recuperado en nada.
Arthur seguía inconsciente, Subaru lo guardaba, el último enemigo destruido en esa línea. Vita usaba a Graf Eisen, las grietas que se habían abierto en el metal del dispositivo aún no empezaban su proceso de reparación, incapaz de usar la magia de su portador para ello.
―Ve, Nanoha, yo me encargo de estos tres. ―Vita levantó su dispositivo, firme en su terreno a pesar de todo.
―Vita-chan…
―Es mi deber como tropa de choque, se escaparán si no los alcanzas. Nadie más que tú puede lanzar una descarga de energía capaz de atravesar una montaña. ―La caballero se puso en posición, el blanco de su armadura seguía ahí, su conexión con Agito seguía viva.
Eso le daba posibilidades.
Nanoha titubeó por un segundo, un paso incierto, antes de leer la determinación en los ojos azules de su compañera y asentir. Dejó caer la barrera y, con un agarre renovado en Raising Heart, se lanzó tras la nave que había levantado vuelo en medio del ataque con la esperanza de huir.
―Raising Heart, Blaster Mode.
―Blaster mode, stand by. ―A medida que se abría paso en el cielo, danzando entre las descargas de energía de los androides, Raising Heart cambió, estilizando su forma, aún un báculo, pero esta vez dispuesto para la ofensiva, para una descarga precisa y mortal. Uno de los androides la siguió, una hoja larga y afilada con él para buscar oponérsele. Se giró un segundo, para lidiar con él, pero Vita estaba tras él, un golpe certero para desestabilizarlo y cambiar su foco de atención.
Era libre de volar y destruir a su beneplácito.
Aceleró, persiguiendo el rastro de la nave que había visto huir, podía ver sus motores, podía ver su silueta.
Podía ver cómo le ganaba terreno a ese pequeño vehículo aéreo.
Dentro de unos segundos tendría una línea de disparo segura.
Otro cartucho le dio el impulso de energía que le hacía falta, varios metros recorridos, sin escuchar lo último de la batalla que se daba tras ella. Ahora podía escuchar al motor, exigiéndose al máximo. La aeronave debía ir sobrecargada, solo un golpe en el ala, una disrupción al motor y los tendrían.
Aterrizó derrapando unos cuantos metros en las arenas, ya frías, del desierto, Raising Heart en Blaster Mode se sentía caliente en sus manos, casi como si la energía del dispositivo no fuera de ella, sino la propia consciencia de esa máquina tan humana.
Tal como había hecho muchas veces antes, plantó ambos pies al suelo, firme, los cartuchos sucediéndose uno tras otro, la energía concentrándose en un disparo que debía ser perfecto.
Un Divine Buster preciso, poderoso, pero controlado.
El cargador belka cayó al suelo, vacío, y el dispositivo empezó a tomar energía mágica de su controlador. Los limitadores mágicos, ya levantados, dejaban que la energía corriera indómita, libre.
Los tenía en punto de mira.
―Divine…
Los tenía en punto de mira.
Una explosión, una sala metálica, un grito desesperado en la montaña que había hecho explotar en pedazos hacía casi dos meses la asaltaron.
El recuerdo de un trauma al que no se había enfrentado.
Sus manos temblaron un segundo.
―¿Master?
―¡Buster! ―gritó, con fuerza, con rabia, con miedo. Con la vana esperanza de que su tiro fuera certero.
De que su disparo diera en el blanco.
Que esa pequeña desconcentración, ese miedo al pasado, ese flashback de la última vez que había utilizado ese ataque no la hubiera hecho errar en el blanco.
El rayo de energía demoledor, caliente, eléctrico, salió disparado de su dispositivo. Una bestia que no respondía a naturaleza alguna, que no conocía de miedos ni culpas, que no tenía amo. La maga sintió como sus pies se hundían en la arena, su posición retrasada unos pasos por el ataque. Su esperanza puesta en la precisión de su tiro.
Solo tenía que golpear uno de los motores, solo tenía que inutilizarlo.
Cuando la energía se agotó de su dispositivo, cuando una de sus piernas cedió y cayó rodilla al suelo, aún con el báculo cerca a su cuerpo, un agarre firme que la mantenía derecha, el ataque dio en el blanco.
Rozó una de las alas y destruyó parte de la dirección y el fuselaje de la nave, había fallado al motor por unos cuantos centímetros.
Había hecho daño, pero no el suficiente para evitar que la nave tomara altura y escapara del planeta. Para evitar que sus objetivos se escaparan entre sus dedos.
Entre la duda de su capacidad de mando, de su capacidad como maga aérea de rango S+.
El silencio que le siguió a la dispersión de energía, los motores de propulsión demasiado lejos como para emitir sonido, fue peor de lo que esperaba.
El campo de batalla estaba en silencio, el puente de mando también.
La misión había fracasado.
NdA: Cuatro meses de un capítulo al otro... la verdad, no tengo excusas. Espero hayan disfrutado de este. Les dejo además una referencia a una buena canción para amenizar sus tardes "heklAa – Olarabel", me ayudo a sacar este capítulo adelante, junto al café y la cerveza.
¡Hasta la próxima, saludos!
