Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.
~Cuento de Hadas~
Por: Devil-In-My-Shoes
Capítulo XI
Parecía confundida por la repentina pasión que había surgido entre las dos. Por unos instantes, todo su mundo se redujo a la suave insistencia de la boca de la cazadora, los latidos de su corazón y la tibieza de su aliento, arremolinado con el suyo. Cuando sus labios se separaron, Asami fue incapaz de ver a Korra a los ojos. Estaba avergonzada. Y aunque la cazadora también la había besado, no podía dejar de pensar en que había actuado de la misma manera irrespetuosa que Wu, hace tan sólo unas horas. Compararse con ese sujeto era angustioso. Pero es que la necesitaba tanto… En ese momento, no hubo lugar para el pensamiento. Fue sólo puro e incontrolable deseo.
—Perdóname, no debí…
—Estás lastimada —intervino Korra, que acunó la mejilla herida de la joven en su mano—. ¿Qué sucedió?
Asami se retrajo, nerviosa. Sólo había venido porque ansiaba estar con Korra, pero ahora que la tenía frente a sus ojos, no tenía ni la menor idea de cómo actuar o de cómo explicarle por lo que había pasado. No sentía que fuera apropiado agobiarla con sus problemas, mucho menos tratándose de cosas tan personales. Y aquí estaba, irrumpiendo en su privacidad, como una intrusa en medio la noche.
—Tengo mala suerte, supongo.
Le pareció que la expresión de la cazadora se tornó cansada y entristecida.
—¿No confías en mí? —le dijo, decepcionada.
—¿A qué te refieres?
—Tienes miedo de hablar conmigo —repuso ella—. Siempre que te veo, percibo tu tristeza. Aún cuando sonríes. Sé que te han sucedido cosas malas, pero nunca quieres decirme lo que son en realidad. ¿Es porque no confías en mí?
—No creo que necesites cargar con mis problemas, eso es todo.
—Pero quiero ayudarte —insistió ella—. Por favor, déjame.
—Korra yo… Yo sólo vine hasta aquí porque quería verte —confesó—. No podía quedarme en la mansión. Es horrible, tuve que escapar. Y sabía que contigo…
—Estarías a salvo —sonrió Korra—. Y lo estarás, lo prometo. Escucha, no voy a obligarte a hablar, pero quiero que sepas que estoy dispuesta a escucharte. Tal vez no pueda ayudarte, pero al menos podrás desahogarte conmigo. Tú me importas, Asami.
Ella asintió con pesar.
—Lo sé.
La tienda de Korra era un sitio estrecho, pero confortable. El techo era lo bastante alto como para estar de pie en el interior, y un candil que colgaba del poste central le brindaba una iluminación cálida. El suelo estaba cubierto por una lona, excepto por un espacio en el que la tierra había sido cavada para formar un agujero en el que reposaba una fogata extinta. La cama era una especie de futón acomodado en un costado. Las sábanas de piel estaban hechas un nudo y unas cuántas túnicas sucias yacían amontonadas sobre el colchón.
—Primero lo primero —anunció Korra, mientras se inclinaba para encender la lumbre—. Necesitas dormir.
—¿Eh? —se sorprendió Asami.
—¿O qué pensabas? Debes pasar la noche en algún lugar.
—Es cierto, no lo había considerado —se sonrojó—. Fui muy impulsiva.
Korra se carcajeó.
—Entonces siéntete como en casa —dijo—. Espero que no te moleste que seamos tres aquí.
Antes de que Asami pudiera preguntar, Korra silbó. De entre las lonas que formaban la entrada de la tienda, surgió un alargado hocico blanco con una húmeda nariz negra. Olfateó el interior de la tienda y al captar el aroma de Asami, asomó la cara. Era blanca como la nieve y tenía las orejas caídas; los ojos negros y brillantes se detuvieron frente a la muchacha. Dio un ladrido y saltó dentro. Sus grandes patas se doblaron con la intención de abalanzarse juguetonamente encima de Asami, pero antes de que la joven pudiera cubrirse, Korra habló.
—Naga. No.
El enorme perro blanco se detuvo y se dejó caer sobre sus cuartos traseros, jadeando ruidosamente. La peluda cola se agitaba de un lado hacia el otro, como un abanico. Al lado de aquella bestia, Korra sonreía de oreja a oreja, con las manos sobre la cintura. Al parecer, muy orgullosa de tener a aquel enorme animal respirándole en el cuello. Asami abrió la boca, pero ninguna palabra salió de ella. Estaba perpleja.
—Descuida, no te hará daño —le aseguró—. Sólo es un peligro para los zorros y las liebres. Es muy juguetona, por eso no la dejé saludarte. Créeme, te habría tumbado, y pienso que en estos momentos eso es lo último que necesitas.
Korra se acercó a ella y le examinó el brazo. Luego revisó el golpe en la mejilla y la cortada en el labio inferior. Asami la siguió con la mirada. La vio quitar la ropa sucia que estaba sobre la cama, la depositó en una esquina, y después abrió un pequeño baúl del que sacó una vestimenta larga y holgada.
—Las noches de verano son muy calurosas y, a menudo, me gusta dormir desnuda —dijo y rió ante el sonrojo de Asami—. Pero en noches frías como ésta, uso pijama. Imagino que ésta te quedará bien. Yo dormiré así, también suelo hacerlo durante los viajes de caza.
—No me importa dormir con esta ropa.
—Todo tu cuerpo se nota adolorido —objetó Korra—. Esa ropa sólo te estorbará más. Vamos, tranquila. No soy una extraña. O acaso, ¿te estoy poniendo incómoda?
—No, no —se disculpó Asami—. Estoy demasiado tímida últimamente, no sé…
—Nos besamos hace unos minutos; puedes relajarte.
—Eso… ¡Eso fue!
—Sorpresivo, pero me gustó —la tranquilizó Korra—. Ya no trates de explicarlo, ¿sí?
Apenada, permitió que la cazadora la ayudara a desvestirse. Lo hizo despacio y con incomparable delicadeza, por miedo a causarle más dolor del necesario. Asami sabía que sin su ayuda, habría sido tortuoso, así que cedió y disfrutó en silencio del suave roce de las yemas de sus dedos. Las manos de Korra eran fuertes, activas, y cálidas al tacto. Cuando tuvo que sacarle el brazo lastimado de la túnica, se disculpó de antemano y lo hizo lo más rápido posible. El dolor provocó que le brotaran lágrimas de los ojos, pero Asami sonrió, agradecida. Pudo ser peor.
—No puedo entender por qué alguien como tú debería soportar esto —suspiró Korra—. Nosotros los cazadores sufrimos por gusto, pero tú, no lo mereces. No es justo.
—Lo es —admitió Asami—. Yo misma me provoqué esto.
—¿Qué?
Para distraerse, Asami comenzó a contarle cómo había salvado a Wu de ahogarse en la corriente del río Diente de Oso. Korra escuchó atenta, mientras terminaba de desnudarla. Se apartó y buscó la pijama, sin mirarla directamente. Cuando terminó el relato, la cazadora le pasó la prenda de espaldas y susurró:
—No eres una cazadora y sin embargo, tienes el coraje de una.
Asami apartó la prenda que le ofrecía, sintiéndose nuevamente valiente, e hizo que Korra volteara a verla. Los ojos de la cazadora recorrieron la blanca piel de su cuerpo y finalmente se posaron en los suyos. Se tambaleó en la delgada línea entre la ternura y la sensualidad cuando bromeó:
—Por eso dicen que quien con lobos anda, a aullar aprende.
—Quiero besarte otra vez, Asami.
En un segundo se percató de que los brazos de la cazadora la rodeaban por la cintura, atrayéndola hacia ella. La abrazó por la espalda y plantó un dulce beso en la base de su cuello. Entonces sintió que se elevaba, para luego ser tendida sobre las suaves sábanas de la cama. Y vio a Korra amoldándose sobre ella, aferrándose a su cuerpo, al tiempo que se desvestía.
—Es una noche fría —le recordó Asami.
—Pero nos mantendré calientes —replicó Korra, sonriente.
La acariciaba, y descendía por su cuello y por sus hombros. Asami no podía evitarlo; disfrutaba de que la cazadora la tocara, ansiaba sentirla en todas partes, en cada rincón de su cuerpo. Y podía jurar que la temperatura de sus manos había subido. Korra era cálida; su piel la cobijaba, y su respiración era templada y dócil. Entrecruzó sus piernas con las de ella y la acurrucó en su pecho. Hubo un beso lento, torpe, y una sonrisa tímida compartida en las tinieblas.
—Tú me gustas mucho —suspiró Korra, mientras le tocaba el cabello.
—A mí también me gustas —admitió—. Pero…
—¿Pero?
—¿Es correcto?
—¿Qué cosa?
—Tú y yo.
Korra inclinó la cabeza y se apoyó en un codo para mirarla desde arriba.
—Y si no lo fuera, ¿qué? ¿Cambiaría algo? ¿No estarías aquí ahora?
—Pero estoy aquí —se dijo, incrédula—. Comparto la cama, desnuda, con otra mujer. Eska tenía razón, me gusta ir contracorriente. Y Korra, tú… Es decir, ¿puedo estar aquí?
—Francamente, no me importa si está permitido o no. Pasar la noche con una ciudadana común que se escabulló al campamento de la Partida de Caza Real… No sería la primera regla que rompo —esbozó una sonrisa descarada—. Si hay problemas, entonces valdrán la pena.
Un fuerte rubor tiñó las mejillas de Asami.
—No, no valdrá la pena… Estoy muy adolorida para…
—No me refería a eso —la detuvo Korra—. Sólo quiero que descanses, y que estemos juntas. ¿Puedes sentirlo? El calor de nuestros cuerpos, unidos así, es muy agradable. Dentro de poco vas a quedarte dormida —rió—, tienes los ojos soñolientos.
—Fue un día terrible —confesó.
—Alguien te golpeó, ¿no es verdad? —intuyó, rozando la cortada de su labio con el pulgar, como si quisiera borrar la herida.
—Sí.
—¿Quién?
Su voz vibró con un tono triste, melancólico.
—Mi madrastra.
Korra examinó su rostro, su mirada. Algo en la expresión serena de Asami denotaba muestras fugases de duda, preocupación… incluso miedo. Korra decidió acercarse aún más a ella y la abrazó, ofreciéndole consuelo.
—No es de mi incumbencia —le dijo con suavidad—. Pero sé que los golpes que recorren tu cuerpo tienen mucho que ver con esa mujer. Su pulgar delineó de arriba a abajo una profunda marca en el hombro de la joven—. Incluso te ha dejado cicatrices…
Asami desvió la mirada, insegura de qué decir al respecto. Korra lo notó y le besó el entrecejo, asegurándole:
—Tranquila. Sabes que no tienes que hablar de eso si no quieres hacerlo.
—Es que sí quiero —sollozó—. Quiero que sepas por qué me ves triste a menudo; e incluso a veces, me siento irritable y perdida. Tienes razón, quiero desahogarme. Me he guardado tantas cosas, algunas son inexplicables, difíciles de creer hasta para mí…
—Dime lo que quieras, Asami. Lo que te ayude a sentirte mejor.
Y empezó a hablar sobre su angustiosa vida, desde la muerte de sus padres hasta el beso del pretendiente de su hermanastra, y la paliza que le siguió. Le contó sobre el cobertizo en el que Lady Malina solía encerrarla cuando era niña; los gritos, los golpes, los azotes. Le explicó la deuda de su padre, la razón por la que debía trabajar para su madrastra y por qué la soportaba. Únicamente se guardó lo poco que sabía del pasado de su madre y su extraña relación con los fey. No estaba segura de que Korra pudiese entender eso.
—Ignoro por qué suceden las cosas horribles que pasan —continuó ella, llorando—. No sé por qué es cruel la gente; echo de menos a mi padre y a mi madre también; y detesto la idea de que mi hermanastra tenga que casarse a la fuerza, y que tú tengas que marcharte a luchar en una guerra que ni siquiera es nuestra. ¡Y ya no soporto el espantoso dolor de mi brazo! ¿Por qué, maldición, por qué le salvé la vida a un idiota?
Se desplomó en los brazos de Korra y se quedaron así, abrazadas, mientras Asami lloraba tanto de alivio, por estar estrechando contra sí a la persona que amaba, como de miedo por lo que había revivido. Korra la meció en su regazo y la abrazó más fuerte y susurró su nombre una y otra vez, mezclado con las frases más bellas y más dulces; las que sabía que necesitaba escuchar. Y así la sostuvo y la consoló hasta que por fin, las lágrimas cesaron de manar.
—El que a menudo te sientas embargada por la desdicha, no te hace menos merecedora de felicidad. ¿Sabes? Empecé a amarte de verdad cuando te cortaste la mano con ese cuchillo de cocina.
Asami la miró.
—¿En serio?
Korra no pudo evitar reírse.
—Estabas tan asustada de verme ahí, y yo no sabía qué hacer para que te tranquilizaras —dijo—. Recuerdo que lloraste y me pediste que me retirara, porque no sabías cómo actuar delante de mí —suspiró—. Tu tristeza es una de las cosas que te hacen más hermosa para mí, ¿no te das cuenta? Es un sentimiento que entiendo, un sentimiento que consigue que mi propia tristeza sea menos aterradora.
—Tú… ¿también te sientes triste? —preguntó, sorprendida, pues le era casi imposible imaginar a esa alegre y enérgica cazadora de otra forma.
—A veces hay demasiada tristeza, y es como si me aplastara —susurró ella—. Ahora mismo me deprime el hecho de mi partida: tendré que abandonarte con esa cruel madrastra tuya, e iré a pasar penurias a un campo de batalla lejano. Yo sabía del tipo de responsabilidades que implicaban unirse a la Partida Real, pero… No importa cuánto te entrenen, nunca podrán prepararte para algo así.
—¿Qué pasará con Naga?
Al escuchar su nombre, la perra alzó instintivamente la cabeza, pero al no recibir ninguna orden de su dueña, volvió a esconderla entre sus patas delanteras, echada como estaba, junto a la pequeña hoguera.
—Esperaba poder dejarla contigo —admitió Korra—. Iba a preguntártelo mañana, cuando nos viéramos. Pero ya que estás aquí…
—Tal vez, pueda quedarse en los establos de la mansión —dijo—. Le daré de comer y le pediré a Kai, el mozo, que la saque a dar un paseo de vez en cuando. Y cada que tenga un tiempo libre, me quedaré con ella, así no se sentirá sola.
—Eres mi ángel de la guarda, Asami.
—Pues, es lo menos que puedo hacer después de todo lo que tú has hecho por mí, Korra.
—Ven aquí, niña lista, y dime cómo rayos supiste dónde encontrarme.
—Te vi esta mañana, con el resto de los cazadores —explicó—. Sólo seguí la dirección desde la que habían venido, y encontré tu tienda porque Pólvora estaba atado en frente.
—Serías una buena rastreadora —rió—. Mañana te llevaré de caza, ya verás. Por ahora, sólo quiero que duermas.
Asami apoyó su mejilla en el pecho de la morena y le rodeó el cuello, volviéndola a abrazar. Se sentía abrigada en sus brazos, y tranquila, y segura, y valiente. Entonces fue como si pudiera volver a reír y lo hizo. Rió por lo bien que se sentía, tanto más ligera y agradecida y feliz. Lo bien que se sentía estar así, con Korra; haberse desnudado de esa manera con ella, quedando tan vulnerable que había dejado su alma a la vista. Y sabía que estaba en buenas manos, porque Korra jamás se atrevería a juzgarla. Ni la repudiaría, ni la abandonaría…
No esa noche, suspendidas en el remanso de un presente dulce y apacible, pese a lo incierto del futuro que las asediaba. Así, las dos permanecieron en silencio, acurrucadas frente al fuego, con el crepitar de las llamas y el murmullo de los grillos en lo profundo del bosque.
Envueltas de luz y rodeadas de oscuridad.
Era muy de madrugada cuando Asami abrió los ojos, y se estremeció al sentir a la morena apartarse de ella. Aún hacía frío. Faltaban más de tres horas para la salida del sol, pero ya Korra estaba recogiendo sus cosas, intentando no hacer ruido. Asami se incorporó despacio. Korra se inclinó para calzarse las botas, cogió su túnica y apartó las lonas de la entrada. La claridad y las sombras se le desplazaron sobre el cuerpo. Qué hermosa era. La admiró, y Korra le lanzó una sonrisa mientras se vestía.
—¿Adónde vas?
—Tengo que ver a mi mentora —dijo—. No tardo.
Corrió entre hileras de tiendas grises, hacia el pabellón de su capitana. Sin embargo, no fue necesario que se desplazara hasta el otro extremo del campamento. El sol ascendía por el este, intensificando así la rosada fermentación de la luz, hasta que el campamento de la Partida Real, el lívido río Diente de Oso y la totalidad de los bosques comenzaron a cobrar vida, surgiendo de entre la escasa penumbra. Llegó al claro donde pastaban algunos de los caballos y divisó una figura humana a la distancia.
Allí encontró a Lin, la poderosa capitana al mando de la división de cazadores a la que pertenecía Korra. Con la flameante salida del sol a sus espaldas, Lin dedicaba toda su atención a la labor de afilar su espada; un pesado sable de extraordinaria longitud. Sentada en un pequeño banco de madera, la capitana no se molestó en dirigirle una mirada a su subordinada. Tan sólo se limitó a hacer un leve gesto con la cabeza al tiempo que decía:
—Korra, no esperaba verte tan temprano por aquí. Creí que estarías holgazaneando o durmiendo hasta tarde. Después de todo, hoy tenemos el día libre.
Rozó la hoja de metal con el afilador y su espada soltó una nota diáfana que vibró en los oídos de la joven. Ella tragó en seco.
—Hay algo que necesito decirte —apretó los labios—. Anoche encontré a... una amiga mía. Estaba lastimada y perdida, así que dejé que se quedara conmigo.
Lin pausó un segundo y luego reasumió el afilado de su arma.
—Querrás decir que preferiste no dar el aviso, para así poder acostarte con ella —gruñó.
—¡No me acosté con ella! Bueno, técnicamente sí… ¡Pero no hicimos nada de eso! ¿No oíste que está herida? Apenas puede caminar, y procuré ahorrarle más molestias de las necesarias. Quiero encargarme personalmente de ella, pero necesito que antes la vea uno de nuestros sanadores. ¿Me das el permiso?
—No.
—¡Pero!
Lin clavó la hoja de su espada en la tierra y los débiles rayos del sol naciente alumbraron las rojizas cicatrices de su mejilla.
—Absolutamente no. Si autorizo a una mujer para que pueda quedarse en tu tienda, entonces el resto de los cazadores querrán el mismo trato para poder estar con sus parejas. Y no vamos a convertir este campamento en un "nidito de amor". Estamos para servir al Rey, no a nosotros mismos. Además, mañana a primera hora debemos partir, y no pienso soportar los lloriqueos de quienes no quieran separarse.
Korra dio una patada al aire y se cruzó de brazos.
—¿Qué sugieres?
—Llévala a la enfermería, que la atiendan y que después la envíen de regreso con su tribu.
—No es una cazadora.
Su mentora dio un respingo.
—¿Cómo?
—No es una cazadora —repitió Korra—. Ella es… Es sólo una criada, de la ciudadela.
—¿No estarás hablando de la misma muchacha que llevaste al jardín privado del Rey o sí? Cuando me suplicaste que te diera la llave, pensé que se trataba de ayudar a una aprendiz de jinete. Y no que la usarías para cortejar a una sirvienta.
—Y eso hice. Asami es mi aprendiz —se indignó—. No la cortejaba, ella en serio quería aprender. Y tiene talento, ¡deberías verla! Es maravillosa.
—¿Puedes asegurarme que no ocurre nada entre ustedes dos? —al ver que Korra no respondía, alzó la voz—. ¿Y bien?
—¿Qué te importa?
Lin se puso de pie y la encaró, desafiante.
—Me importa, porque los civiles no piensan igual que nosotros —aseveró—. Ellos no ven a sus mujeres como iguales, consideran que deben ser gobernadas por un hombre, y están muy ligados a sus tradiciones. Ante sus ojos, nosotras las cazadoras somos escoria. Y ni siquiera tengo que decirte lo que piensan sobre las uniones del mismo sexo. Entre cazadores no es un problema, es parte de nuestra cultura. Pero si te metes con una civil, atentas contra la ley.
—Qué estupidez, la Cazadora Real puede hacerlo —refunfuñó Korra.
—La Cazadora Real es la consentida del Rey —replicó Lin, gravemente—. Sus privilegios van más allá de las leyes porque es la más fiel servidora del reino, y por ende, la gente lo acepta. Tú no tienes ningún mérito. Eres una simple cazadora. Respeta tu posición, ¿oíste?
—¿Qué sería lo peor que podría pasarnos? —insistió, tercamente.
Los ojos de su mentora se tornaron fríos y severos.
—Tú podrías perder tu puesto como miembro de la Partida Real.
—¿Qué hay de ella?
—¿Ella? —Lin exhaló una risa irónica—. Tendrá suerte si su gente se conforma con exiliarla del reino. Aunque lo más probable es que la cuelguen. Depende del linaje que tenga. No matarían a una mujer de sangre noble —sacudió la cabeza—. Korra… Sólo intento cuidar de ti.
Consternada, la joven cazadora apretó los puños y asintió en señal de sumisión.
—Sólo te pido un día —suplicó—. Por favor. Mañana partiremos y quizá ya nunca más pueda volver a verla. No sé lo que vaya a ocurrirme en el campo de batalla; si muero o si consigo olvidarla, ya no habrá problema. Lo único que quiero es estar con ella, aunque sea sólo por hoy, esta noche, y será todo. Te lo juro, Lin.
Entonces, su mentora fue consciente de las lágrimas que se derramaban por las mejillas de Korra y que caían sobre el musgo, donde permanecían sin ser absorbidas, como perlas esparcidas en una manta de terciopelo esmeralda. Exhaló un profundo suspiro, conmovida o resignada, no era sencillo saberlo. Pero sujetó los hombros de su subordinada y asintió levemente.
—Dile a los demás que ella es tu aprendiz —musitó—. Creerán que es una cazadora novata y no harán preguntas si las ven juntas. Pero que sea la última vez, ¿has entendido? No vale la pena arriesgar tu posición o su vida por un encaprichamiento adolescente. Ahora ve y busca un sanador: tienes mi permiso.
Korra se secó los ojos con el brazo y le dirigió una sonrisa, pero Lin alzó un dedo y la hizo frenar en seco.
—Ni se te ocurra agradecerme por esto —bufó—. No sé por qué demonios soy tan permisiva contigo.
Sacó el sable de la tierra y cargó el filo de la hoja en su hombro. Dio media vuelta y se retiró. Aún así, Korra suspiró un débil "gracias" y salió en busca del sanador. Para cuando regresó a su tienda, encontró a Asami acariciando a Naga detrás de las orejas, arropada con una de las pieles que habían sobre la cama. Korra entró y se aseguró de cerrar bien las lonas de la entrada.
—Uno de nuestros sanadores te verá enseguida —anunció—. Ven, te ayudaré a vestirte.
—¿Qué te dijo tu mentora?
—Que si alguien pregunta, eres una cazadora novata, y además, mi aprendiz.
Algo en la forma en que la cazadora tensaba la mandíbula delató su inquietud, y Asami no tardó en hacérselo saber.
—¿Pasó algo malo?
Korra la miró seriamente.
—Te lo explicaré más tarde —forzó una sonrisa y le dio un beso en la mejilla—. Vamos.
Korra la guió a través del campamento, rodeando las innumerables tiendas y esquivando a las personas. Asami contemplaba aquel nuevo paisaje con los ojos bien abiertos. Tanto los hombres como las mujeres compartían la labor de cargar carretas con armas y víveres, movilizándose de aquí a allá. Los soldados del palacio habían comenzado a llegar desde que despuntaron los primeros rayos de luz, como un flujo constante e interminable de corceles y brillantes armaduras. Los estandartes de la armada y de la Partida de Caza Real ondeaban al viento, clavados entorno al pabellón más grande del campamento. Y supuso que ahí se encontraba la Cazadora Real.
Las tiendas de los sanadores estaban dispuestas cerca del campo de entrenamiento militar, y con razón. El alborotado ruido de la lucha les llegó desde la lejanía: el sonoro entrechocar de los aceros, el contundente zumbido de las flechas al clavarse en dianas acolchadas, los crujidos y los chasquidos de las varas de madera y los gritos de los hombres en el simulacro de batalla. Era un ruido confuso, pero cada grupo tenía su propio ritmo.
La mayor parte del campo de entrenamiento estaba ocupada por un compacto grupo de soldados de a pie que luchaban con escudos y hachas, casi tan grandes como ellos mismos, y hacían la instrucción en formación de grupo. Junto a ellos, había docenas de cazadores y cazadoras por igual, que practicaban individualmente; armados con espadas, mazos, lanzas, mayales, escudos de todas las formas y tamaños e, incluso, Asami distinguió a alguien con un tridente.
—¿Tan ansiosos están todos por combatir? —preguntó ella, sin salir de su asombro.
—Es una forma de apaciguar su miedo —replicó Korra, a secas.
—¿Y tú no necesitas practicar?
—No, yo estoy bien así. Tú y yo vamos a conseguir el alimento para el banquete de esta noche.
—¿Habrá una celebración?
—Cuando el Rey y los Príncipes lleguen a nuestro campamento después del ocaso, se oficiará un banquete en su honor. Es otra manera de mantener en alto el espíritu de los combatientes. Ya sabes, buena comida, buen vino, música, baile… y después…
—Guerra —concluyó Asami.
Korra miró hacia el frente.
—Sí.
Se aproximaron a un pabellón de tela verde. El ambiente ahí era agradable, fresco y húmedo. Había innumerables tipos de plantas y de hierbas colgadas de los postes y del techo, además de una serie de misteriosos objetos que se amontonaban en el suelo y oscurecían los rincones. Pero lo que más llamó la atención de Asami, fue el gato sentado en la entrada de la tienda, lamiéndose una pata.
El felino la miró, y Asami vio el brillo de unos rasgados ojos rojos.
¿Arquímedes? —preguntó, incrédula.
Por supuesto. —El felino agitó su gruesa melena, soltó un lánguido bostezo y mostró los largos colmillos. Se estiró y se adentró en el pabellón—. ¿Vienes?
En el centro del pabellón, sentada en un lujoso sillón de piel, estaba Kya, la bruja y adivina, que ostentaba una sonrisa resplandeciente.
—¿Qué haces aquí? —exclamó Asami.
Kya entrelazó las manos sobre el regazo.
—Bueno, ¿qué tal si te sientas en el suelo, y te lo cuento? Te ofrecería una silla, si no fuera porque estoy sentada en la única que hay.
Entre tanto se acomodaba entre dos frascos de burbujeantes pociones verdes de olor acre, a Asami le bullían las preguntas en la mente. Hizo el ademán de inclinarse hacia el piso, pero entonces Korra entró corriendo con un banco.
—Aquí estarás mejor —le dijo la cazadora.
—Gracias.
—Ah, pero qué cazadora tan atenta —suspiró Kya y la aludida se sonrojó.
—Sabía que Asami se sentiría más cómoda con una sanadora conocida, por eso te pedí que revisaras la lesión de su brazo.
—Y la revisaré.
Asami se mostró confundida.
—¿Cómo es que estás aquí y no en la Ciudadela Real?
—Porque me gusta estar allí donde suceda algo importante —contestó Kya, alzando altiva la cabeza—. Además, si me hubiera quedado en la ciudadela, Arquímedes se hubiera ido sin mí, y me lo paso bien con él.
—¿Quiere decir que ayudarás a los cazadores durante la batalla? —se ilusionó ella.
—Durante no, sino después. No olvides que mi oficio es el de curar, y sí, siempre y cuando el Rey me pague lo prometido, ahí estaré para impedir que caigan muertos como moscas.
Kya se recostó pensativa en su silla y se llevó un dedo a la barbilla. Sin previo aviso, Arquímedes saltó de su escondite y cayó en el regazo de Kya, donde se acurrucó y se quedó mirando a Korra con altanería.
—Cazadora —ordenó entonces—. ¿Nos dejarías a solas?
—Eh… Claro. —Korra hizo una reverencia y se retiró.
Kya acarició al gato y esbozó una sonrisa atrevida.
—Es hermosa —dijo, y Asami dio un respingo—. ¿Es como lo predije? ¿Estás enamorada de ella?
—No sé que tiene eso que ver con mi brazo —la desestimó.
—¡Pero claro que tiene que ver! —rió—. Y cuando termine contigo, vas a agradecérmelo. Ahora veamos, ¿un esguince? Sí, puedo curarlo. ¿Duele?
—Es abrumador —asintió—. Sólo moverme es una tortura.
—Entonces no te muevas —bromeó y Asami frunció el ceño.
—¿No estás de humor para bromas? En fin.
Se puso de pie y Arquímedes saltó a su lado. Kya comenzó a hurgar entre los trastes que tenía desparramados por todo el lugar; sacó unas hierbas de un cajón y una poción de una mochila, luego trituró las hierbas y las mezcló con un poco de la poción, hasta formar una mezcla espesa. Se acercó a Asami, que la contemplaba con un aspecto cada vez más pálido, y le sacó la túnica con cuidado.
Arquímedes se frotó contra la pierna de la joven y ronroneó:
No te sorprendas si duele. Sólo será momentáneo.
Dicho esto, Kya tiró de su brazo y lo masajeó con la mezcla, rotando los músculos de un lado hacia el otro sin ningún reparo. Para Asami fue imposible no retorcerse ante el sonido de sus huesos dislocándose y acoplándose, músculos tensándose y estirándose de forma involuntaria, y tuvo que luchar para refrenar las lágrimas. Empero, así como el dolor alcanzó su agudeza máxima, no tardó en desplomarse hasta que pasó a ser una simple molestia y luego, nada.
—Está hecho —anunció Kya, complacida.
Maravillada, Asami se llevó la mano opuesta a su brazo, e hizo movimientos circulares con el hombro. Estaba perfectamente bien, igual que antes. Pudo colocarse la túnica con facilidad, y con eso bastó para que apretara a Kya en un fuerte abrazo.
—¡Gracias, gracias!
La bruja le dio unas palmaditas en la espalda.
—Bueno, ya, está bien. Ha sido una consulta muy provechosa, pero ahora me temo que debes irte, niña. Mi pócima de raíz de mandrágora y lengua de tritón está a punto de hervir y reclama mi atención. Piensa en mí cuando uses ese brazo, y por favor, ya no hagas tonterías.
Asami se despidió y abandonó el pabellón de sanación. Arquímedes la guió de vuelta al campo de entrenamiento, y luego se despidió con un coletazo, para seguir merodeando a su aire.
Se reunió con la cazadora y muy pronto partieron en su pequeño viaje de cacería.
x~x~x~x~x
Korra se arrodilló sobre un lecho de junco pisoteado y escrutó las huellas con ojo experto. Éstas le indicaban que los ciervos habían pasado por esa pradera hacía apenas media hora, y que pronto se echarían a dormir. Su objetivo, una hembra pequeña con una pronunciada cojera en la pata izquierda, aún seguía con la manada, y ella se sorprendió de que el animal hubiera llegado tan lejos sin que lo atrapara un lobo o un oso.
Se volteó hacia Asami y le hizo señas para que la siguiera.
—¿Ves la rama partida de ahí? —dijo en voz baja.
—Sí.
—Se fue por ese sendero —explicó—. Debemos avanzar con cuidado.
Los ciervos las habían obligado a internarse en lo profundo del bosque. Llevaban toda la tarde cazando y en ésas pocas horas, Korra había logrado cobrar un buen botín de presas. Pólvora y Orco, el caballo que Asami había hurtado de los establos de la mansión, aguardaban cerca de una de las laderas de la montaña, con dos ciervos adultos y cinco liebres atados a sus sillas. Naga, como sabueso que era, viajaba mucho más adelante, siguiendo el rastro con su olfato, presta a dar un aullido en cuanto se encontrara cerca de su presa.
Korra se puso de pie en silenciosa calma y echó a andar por el bosque hacia una cañada donde estaba segura que descansaban los ciervos. Los árboles impedían ver el cielo y proyectaban sombras difusas sobre el terreno, pero la cazadora miraba las huellas sólo de vez en cuando, porque conocía el camino.
Una vez en la cañada, tensó el arco con un movimiento diestro, sacó tres flechas y colocó una de ellas, sosteniendo las otras con la mano izquierda. La luz del poniente iluminaba unos veinte bultos inmóviles donde la cierva descansaba, echada sobre la hierba. La hembra que ella quería estaba al final de todo el rebaño y tenía la pata izquierda extendida con torpeza. Korra se acercó a rastras, despacio, con el arco preparado.
Asami se limitó a observar, como lo había hecho antes. Ver a Korra cazar la embelesaba. Su puntería y su forma a la hora de tensar el arco eran perfectos. Sencillamente no podía quitarle los ojos de encima.
El codo derecho de la cazadora viajó hacia atrás y su mano se acopló en la línea de su mandíbula, exactamente debajo del oído. Sus ropas ajustadas se ciñeron en los sitios justos y los ojos de la joven aprendiz hallaron un nuevo centro de atención: la esbelta figura de la cazadora. Los músculos de sus brazos se tensaron, marcándose en detalle bajo su piel.
Korra lucía una férrea mirada de concentración, fija en su objetivo, a varios metros de distancia.
La cuerda del arco tocó la punta de su nariz y rozó con delicadeza sus labios. Los dedos que la enganchaban dieron un último estirón y el arco quedó completamente extendido. Fue en un segundo que Korra soltó la cuerda y su mano derecha se lanzó hacia atrás, con un movimiento grácil, mientras que la izquierda balanceó el peso del arco recién disparado. Se escuchó un sonido sordo, y tanto Asami como la cazadora, contemplaron la cañada para ver la saeta clavada en la garganta de la cierva.
Un tiro limpio, preciso, mortal.
Korra se volteó y sonrió, emocionada.
—¿Viste eso, Asami? —exclamó, saltando en el lugar—. ¡Soy la mejor!
—La modestia no es tu fuerte, ¿o sí? —rió ella.
La cazadora se frotó la nariz con el dedo, sonriente, y se encogió de hombros. Reclamó su premio y cargó el cadáver de la cierva sobre sus hombros, en compañía de Asami y Naga. Ató el animal a la silla de Pólvora y montó en su grupa. Asami la imitó, y juntas cabalgaron de regreso al campamento. A medida que se acercaban, podían vislumbrar destellos de luces que danzaban entre los arbustos. Se escuchaba el sonido de una alegre melodía en la distancia, sumado a un coro de risas y canciones.
Asami pensó en el círculo de hadas al que había entrado cuando era niña, mas cuando avistó la fina colección de estandartes de tela que se desplegaban a lo largo del campamento, prefirió dejarlo en el olvido. Las monturas de la caballería del rey estaban agrupadas entorno al bosque del que ellas salían. Nunca había contemplado una vista tan imponente. Había dos ejércitos reunidos esa noche: la Partida de Caza y la Milicia Real.
Todo el campamento rebullía de actividad a medida que los cazadores preparaban el festín. Asami jamás imaginó que los vería tan excitados. Decoraban el bosque con banderolas y antorchas, y desde muy temprano habían descorchado el vino y la hidromiel. Por doquier, había mesas dispuestas con fabulosas viandas, y cuando Korra y Asami se presentaron con los platillos principales, la emoción de la gente se incrementó aún más. Entregaron las presas, que muy pronto serían asadas, y ambas optaron por apartarse de la celebración.
—Es como si no supieran de la batalla que les espera —comentó de pronto Asami, divertida.
—Están locos —convino Korra—. Maravillosa, gloriosamente locos, pero locos en cualquier caso.
—Y tú, ¿eres inmune?
La cazadora aceptó alegremente un par de jarras de hidromiel de una mujer pelirroja que deambulaba por todo el sitio repartiendo el licor. Asami la reconoció, era la portaestandarte de la Cazadora Real, y antes de que pudieran agradecerle por las bebidas, se alejó danzando al son de la música. Korra bebió un trago y suspiró.
—A mí me posee otro tipo de locura.
Asami arqueó una ceja, bebió y probó el fuerte sabor de la fermentación quemándole la garganta, y sintió que se ahogaba. Korra le dio palmaditas en la espalda mientras tosía, gozando con aquella escena.
—¿Paladar virgen?
—No se les da licor a las criadas —repuso, azorada—. ¿Qué clase de locura es la que te embarga?
La cazadora terminó de beber aquel líquido dorado y dejó la jarra a un lado. Se pasó una mano por el cabello y luego, como un espíritu del bosque, se deslizó entre los árboles.
—Camino entre la luz y la oscuridad —respondió, y Asami no tuvo más remedio que ir tras ella.
Pudo seguirle la pista por su delicado aroma a cuero y a pino, por el leve tacto de sus pies en el suelo y por los disturbios que su estela provocaba en el aire. La encontró sentada a solas en el borde del claro, semejante a una criatura salvaje, mientras contemplaba los giros de las constelaciones en lo alto del cielo.
—¿Korra?
—¿Nunca te has sentido tentada a hacer algo que sabes que está mal?
—Sí, he tenido mis momentos de debilidad.
Se acercó a ella, y juntas pasearon por los densos bosques, a los que el eco llevaba fragmentos de música y voces de la fiesta. Asami tenía una aguda conciencia de la presencia de la cazadora. Notó que sus ojos azules resplandecían distinto bajo la luz plateada de la luna, que menguaba en el cielo esa noche. Tenían el fulgor de las estrellas.
Y se preguntó cómo brillaría su piel morena al reflejar aquella tenue luz argéntea. ¿Irradiaría el mismo resplandor hipnótico del amanecer? No. No sería el mismo brillo. Sería diferente. Despediría una hermosura serena, pura, dulce y deseable.
Se detuvieron en la orilla de un estrecho arroyo, tan claro que resultaba invisible bajo la tenue luz. Lo único que traicionaba su presencia era el profundo gorgoteo del agua al derramarse sobre las piedras. Alrededor de ellas, los gruesos pinos formaban una cueva con sus ramas, escondiendo a Korra y a Asami del mundo, y amortiguando el aire, frío y tranquilo. Ese pequeño rincón parecía no tener época, como si fuera ajeno al mundo y estuviera protegido por la magia, contra el aliento marchito del tiempo.
En aquel lugar secreto, Asami se sintió de pronto cercana a Korra, y toda su pasión por ella se abalanzó en su mente.
—¿Está mal que te desee de esta manera?
Korra le sonrió. Fue una sonrisa pícara, radiante, que le transmitió calor a todo el cuerpo. Y entonces los labios de la cazadora le rozaron el cuello y se lo llenaron de besos. Asami jadeó. Su boca encontró la de ella, y todo adquirió y perdió sentido a la vez. Saboreó las fuertes bocanadas de miel que despedía su aliento, a causa del licor, y ya no le pareció tan intenso. Tal vez, por el dulzor de sus besos.
Enterró la nariz en el cabello de la morena. El aroma de su pelo era terroso y sutil, como el resto de su cuerpo. La sal de su piel era abundante, al punto de hacerse agridulce cuando se combinaba con el sabor de la hidromiel. Y la extasiaba. Era un placer tan suyo. De sabor y de olfato, que la embriagaban. Y de tacto, que la arrebataba. El tacto de Korra… el roce caliente de sus dedos, tocándola como nunca nadie lo había hecho.
Asami sintió que se desplomaban juntas en la hierba. Se ayudaron a desnudarse. E hipnotizada por las caricias que le hacía en la garganta, Asami trató de deslizarse entre los labios de la morena. La cazadora le dio paso enseguida. Sus lenguas se tocaron, se deslizaron más allá de la otra, se rodearon…
No tenía control sobre esto, ni sobre Korra. Y no le quedó más remedio que dejarse llevar por la sobrecarga sensorial que la poseyó cuando sintió a la cazadora tanteándola por dentro. Era incapaz de ahogar sus gemidos. Ni siquiera pensaba en Korra adentrándose en ella, sólo se moría por fundirse en aquella penetrante intensidad. Suspiró y se arqueó, moviéndose contra la mano de la cazadora, meciendo las caderas al tiempo que la acercaba y la instaba a profundizar.
Encontraron un ritmo ideal. Y mientras la morena la hacía suya, Asami se deleitó pasando una mano a lo largo de su espalda desnuda, sintiendo los músculos que se contraían a su compás, cada hueso de su columna… Sí. Comprobó entonces que esa tersa piel sudorosa reflejaba destellos celestiales. Estaba cuajada de estrellas, estrellas que describían constelaciones desconocidas. Centelleaba un universo infinito en el que ansiaba perderse.
—Te amo, Asami…
—No pares…
—No podría aunque quisiera.
—Te amo, te amo…
—Asami…
Lo último que supo fue que Korra la tomó de la pierna y la colocó sobre su hombro. Se inclinó, cerró los ojos, y puso la boca en su centro; saboreando, tanteando... Asami se tensó inmediatamente, sin embargo, el brazo de la cazadora se encargó de mantener sus caderas abajo. Era delirante. Tanto que le costó trabajo ahogar los cortos jadeos que se le escapaban de los labios. Apretó el cabello castaño de su amante entre sus manos, cada vez con más fuerza, adentrándola más en ella. Estaba a punto de…
Asami inclinó la cabeza hacia el firmamento. Korra se había robado las estrellas, pero nada le impidió acabar en el gran vacío del cosmos.
»Continuará…
Editado 01/02/18
