Un espejismo
más frío que el hielo
es el porvenir
El enorme espejo que cubría toda una pared de la hermosa habitación reflejó la imagen de una vaporosa novia.
Akane hizo un mohín al comprobar que todos sus 'malos augurios', como había llamado su hermana Kasumi a sus comentarios respecto al atuendo, se cumplían de principio a fin. No que le importara, dado que sabía perfectamente que en ella ningún vestido elaborado lucía bien y lo cierto era que no tenía interés en conseguir la admiración de los demás; sin embargo, tratándose de su boda por lo menos habría deseado parecer ella misma y no una muñeca de pastel de confitura barata.
Genuinamente disgustada, contempló el traje de bodas estilo occidental, bastante esponjado ¡Rayos! ¡Lo odiaba! Pero no había conseguido que su hermana Kasumi y la modista lo modificaran. Como era habitual, sus protestas no habían sido escuchadas y ahora tendría que salir con eso a dar la cara.
En fin, tendría que servirle; aunque, si era sincera, debía reconocer que la idea de deshacerse de esa pesada corona de pedrería, que adornaba lo alto de su cabeza provocándole jaqueca, no parecía tan mala.
Siguiendo un impulso, buscó apresuradamente entre sus efectos personales y encontró lo que buscaba: una tiara que su madre ocupaba durante las recepciones formales; no era de diamantes, sino de circones combinados con esmeraldas, y su padre se la había obsequiado esa mañana.
Tratando de no despeinarse retiró el diáfano velo y lo desprendió de la corona con sumo cuidado, separando los broches y pasadores para utilizarlos de nuevo. Luego prendió el velo en la tiara, colocándolo después en su cabeza. El efecto no fue favorecedor: las esmeraldas y ella no se llevaban. Pudo notar que las gemas conferían una tonalidad extraña a su blanquísima piel; pero eso no importaba: se negaba en rotundo a pasar otro par de horas incómoda;ya bastante había tenido con el Siromuku para aguantar más.
Se encogió de hombros al reconocer, para sí misma, que por lo menos se había roto esa insípida homogeneidad que parecía sacada de una mala película de terror. Después, tras suspirar audiblemente se sentó, aguardando por el llamado de su hermana.
Mientras tanto en otro de los aposentos privados, el consejero Saotome no la estaba pasando mejor:
─¡Intenta calmarte Ranma! ─aconsejó Ryoga Hibiki mientras veía a su amigo caminar como león enjaulado de un lado a otro de la habitación─. ¡Ya no puedes hacer nada!
─¡Maldito viejo! ─gruñó Ranma dando un puñetazo sobre el tocador.
─Escucha Ranma, si todos te ven así les darás un motivo más para burlarse de ti ─anotó Hibiki con lógica─. Lo mejor que puedes hacer es seguir la corriente. No les demuestres cuán afectado estás. Trata de actuar con naturalidad.
Ryoga tenía razón, estaba alterado. Siempre se había enorgullecido de todo: sus posesiones, su posición social, incluso sus amantes y le agradaba llevar ventaja de los demás; pero ¿cómo podría enorgullecerse de su esposa si ella era...así? ¡Para nada espectacular!
Cierto que era bonita; pero él esperaba mucho más de la mujer que había elegido para compartir su vida. Esperaba sentirse envidiado, no compadecido.
─Como si fuera tan fácil ─dijo entredientes, todavía sin conseguir apaciguar la furia y mirando con actitud retadora a Hibiki, quien se limitó a encongerse de hombros mientras permanecía sentado, con las piernas cruzadas, sobre un zabuton ubicado frente a una mesa baja.
─¿Sabes, Ranma? Pienso que al menos tienes una ventaja en todo esto ─aseveró Ryoga, con voz grave y semblante pensativo.
─¿A qué te refieres? ─inquirió Ranma, genuinamente intrigado y permaneciendo repentinamente inmóvil en su sitio.
─Bueno ─Hibiki hizo una pausa prolongada, como considerando ampliamente las palabras que iba a decir─. No me agrada pensar así; pero, ciertamente, ella es muy joven y, por lo tanto, es material moldeable ─afirmó, evidentemente incómodo; sin atreverse a mirar a su amigo.
Ranma pensó en lo que Akane le dijera minutos antes, allá en la limousine: "creo que me llevas diez años"
─No esperaba que la otra hermana fuera diferente ─repuso Ranma con sequedad, descartando en el acto la velada sugerencia de que la hermana que le había tocado podía ser mejor que la otra. No obstante reconoció que Hibiki tenía razón y que no podía permitir que ninguno de esos tarados se percatara de cuán disgustado estaba en realidad.
─Es hora ─indicó el ministro religioso con un ligero toque en la puerta de la habitación, que se encontraba semi-abierta.
─Te espero allá ─dijo Ryoga saliendo a toda prisa para ocupar el lugar que le correspondía.
Ranma, con la calma que le caracterizaba, dio una revisión final a su apariencia y salió al pasillo, dispuesto a enfrentar con donaire lo que todavía faltaba del día.
─¡Cielos! ¡Pensé que ya estabas en el salón! ─la voz que le sorprendió y le hizo avanzar más lento era la de Akane, su esposa, quien venía caminando detrás de él en dirección al salón.
─"Tropezando" ─pensó para sí, con humor agrio al sentir que la joven chocaba contra su espalda al dar un ligero traspié.
─Lo siento... ─dijo ella en un susurro─. En verdad lo siento; ocurre que estas zapatillas son muy incómodas ─no supo si fue la voz baja, el frágil peso de la mujer descansando en su espalda o el momento; pero Ranma tuvo la extraña sensación de haber vivido eso con anterioridad.
Definitivamente algún Kami estaba enfadado con él, pensó el consejero Saotome con cinismo innegable al comprender que ninguna mujer de clase hablaria de dificultades con el calzado a su esposo.
─No importa ─contestó automáticamente, armándose de paciencia y aminorando el paso para que ella pudiera caminar con tranquilidad─. ¿Porqué no elegiste otras? ─preguntó; más por llenar el silencio que por verdadero interés en la respuesta.
─En realidad todo lo escogió la modista ─repuso ella con voz queda, y él frunció los labios mientras se descubría incapaz de contestar algo adecuado.
Avanzaron varios pasos hasta que, de improviso, ella dijo algo que ni en sus más terribles pesadillas Ranma habría soñado escuchar:
─No tienes que prometer amarme si no lo deseas ─indicó sin emoción, provocando que él se detuviera de inmediato y girase para mirarla con toda la sorpresa y la ira que sentía reflejadas en la dura expresión de su rostro. No supo qué decir ¿Qué debía responder a algo tan inapropiado? No lo sabía, así que se limitó a girar de nuevo para seguir avanzando rumbo al salón, esta ocasión con mayor prisa que antes.
─Quiero decir... ─a todas luces apenada, ella comenzó a correr tras él, intentando explicarse─; por supuesto que debes decir las palabras; pero no te sientas obligado a cumplirlas y...¡Auch! ─exclamó de pronto, y fue el tono de alarma en su grito, más que la caballerosidad lo que impulsó a Ranma a frenar su caminata para volver a mirarla.
El desastre había ocurrido ya: las cremosas piernas de la novia eran perfectamente visibles dada la posición nada elegante en la que había caído. Estaba intentando ponerse de pie en el momento en que él la alcanzó. Al parecer había tropezado y el fino tacón de su zapatilla se encontraba atrapado entre la unión de dos tablas.
¿Cómo diablos había aparecido ese desnivel en un edificio que era pulcramente conservado por la Oficina Imperial?
Ranma no quiso pensar en una respuesta lógica y, en cambio, se inclinó para liberar el pequeño pie de su flamante novia con delicadeza. Después, se incorporó y la ayudó a hacer lo mismo. Ella no dijo una sola palabra y se limitó a arreglar la esponjosa falda con movimientos precisos y fuertes, intentando disimular el rubor que le cubría el rostro.
Muy a su pesar y aunque repitiéndose mentalmente que era su derecho estar enfadado, Ranma sintió que se relajaba y que en su rostro se dibujaba un mohín de genuina diversión ¿Cómo alguien tan menuda era así de torpe?
Debieron pasar algunos minutos hasta que todo estuvo solucionado a la entera satisfacción de la dama cuando, por fin, el consejero Saotome escuchó un resentido:
─Gracias ─dijo Akane, en el tono altivo en el que una princesa se dirigiría a un sirviente; aunque por dentro estaba temblando de mortificación y vergüenza, dado que todo estaba ocurriendo de la peor manera que esperaba.
Su acompañante no respondió nada y le ofreció el brazo para terminar de recorrer el camino hasta el salón donde tendría lugar la recepcion; sin embargo, ella rehusó su ayuda y tomó la delantera, con tan mala suerte que un desajuste en la zapatilla la hizo tropezar de nuevo y hubiera caído de no ser por el fuerte brazo que la sujetó a tiempo.
Formaban un extraño cuadro. La imagen inmortal de una lucha de voluntades combinada con una peculiar magia; pero ninguno de los dos lo sabía y no había nadie en el pasillo para atestiguarlo. Sin embargo, el encanto duró sólo un breve instante, y después desapareció, desvaneciéndose en la nada.
En medio de un pesado silencio y ahogándose con las palabras rabiosas que pugnaban por aflorar de sus labios, Ranma Saotome acortó la distancia para tomar en brazos a su orgullosa esposa, resolviendo que, si confiaba en que ella llegara por su propio pie al salón, seguramente la boda se realizaría en el hospital.
Akane, por su parte, sintió cómo el corazón se le detenía por un momento cuando Ranma Saotome se aproximó a ella para levantarla del suelo ¿Qué estaba haciendo ese tipo?
Intentó protestar, pero la tensión visible de su esposo se lo impidió ¿Estaría él enfadado por sus comentarios? No había sido esa su intención; sino que más bien buscaba liberarlo un poco de la tensión que sin duda constituía llevar a cabo un matrimonio no deseado. Él no estaba obligado a amarla. Su ofrecimiento había sido muy en serio; aunque el sólo haberlo pronunciado, le pesaba en el corazón como una loza de granito.
