Azul para Siempre
Por Fabiola
Lady Fabiola Grandchester
Capítulo XII
Candy tenía al bebé de Annie en sus brazos. Había aprendido a contentarlo en los dos días que el pequeño tenía ya bajo su cuidado y lo alimentaba sentada en una silla de su recámara. El pequeño se quedaba lentamente dormido mientras la joven estaba ensimismada en sus pensamientos.
Patty, con voz llorosa, la había llamado desde el hospital por la mañana para decirle que Annie estaba cada vez más delicada; el médico decía que una infección estaba complicando todo y que lo único que quedaba por hacer era esperar a que la joven madre despertara.
Observó al pequeño bebe. Sus piernas, sus bracitos, sus manitas. A Candy se le figuraba como una persona grande en miniatura. Lo veía tan perfecto, como si estuviera dibujado, cada facción de su rostro, cada rasgo de su cuerpo.
El pequeño bostezó y Candy retiró el biberón para dejarlo dormir.
La conmovía la delicada ropita que lo cubría, el delgado y escaso cabello en la cabeza infantil. Sus ojitos rodeados de diminutas pestañas. Sus manos tan frágiles. Sus deditos. Tomó una de las manos del bebé y observó enternecida las minúsculas uñas en esos dedos perfectos.
Abrazando al pequeño tesoro entre sus brazos pensó en el milagro de lo que es una nueva vida.
- Es como un lienzo en blanco. Los que lo rodeamos podemos pintar en él y de él un hermoso paisaje o un triste claroscuro. Nada sabe aun, nada teme aun, depende de todo y para todo del amor de otros. Y si nadie le da ese amor crecerá solo, resentido, dolido… como yo.
Rozó su carita con el dorso de su mano y sin darse cuenta y contra su voluntad, derramó una lágrima solitaria.
Observando al pequeño con los ojos cerrados abandonado a un plácido sueño en sus brazos, lo sintió tan frágil, tan expuesto, tan vulnerable. Como ella misma se había sentido muchas veces en su vida.
Ahora tímidas lágrimas escapaban por sus ojos recorriendo sus mejillas y mojando la sábana blanca con la que envolvía a la indefensa criatura.
- Es un angelito – pensaba - un regalo de Dios, un ser humano nuevecito que el Creador pone hoy en las manos de dos personas para que hagan de él lo mejor que puedan. Lo críen, lo alimenten, lo eduquen, pero sobre todo para que lo amen.
Sintió que el alma estaba intentando desbordársele por los ojos y, contrario a lo que hubiera hecho antes, no hizo el menor esfuerzo por controlarse empezando a llorar amargamente.
Lloró por el pequeño de Annie, por el futuro que le esperaba si su mamá moría. Lloró por Archie y el sufrimiento que pasaría el joven si perdiera a la mujer que amaba. Lloró por el dolor que la invadiría a ella misma si perdiera a su amiga.
Vio a este niño inocente, indefenso, dependiente de todos y se vio a si misma. Pensó en cómo quizás él perdería a su madre y no pudo evitar pensar que tal vez su propia madre no era que la había abandonado como ella siempre pensó, sino que podía ser que así también había muerto cuando ella nació, por una infección o por una complicación cualquiera.
Recordó a Archie y cómo no pudo cargar al bebe y pensó que tal vez su padre había sentido la misma impotencia por ella. O tal vez él jamás supo de su existencia. No lo sabía. Muchas posibilidades cruzaban por su mente y siguió llorando amargamente repasando cada una de ellas.
Lloró por la vida y contra la vida. Por la muerte y contra la muerte.
Pero sobre todo lloró por ella. Por su infancia, por su soledad, por su dolor.
Sollozó fuertemente como nunca antes.
Abrazó al pequeño como si intentara abrazarse a si misma y recordó las palabras de Terry en aquel mensaje en su contestadora:
"Una Candy chiquita para abrazarla y darle muchos besos…"
Esas palabras se adentraron en su corazón invadiéndola por completo con una sensación de pérdida que le hacía difícil hasta respirar, pues la hicieron recordarse así: de niña.
El dolor que la invadía recordando su vida como huérfana la tenía paralizada. En los últimos días había dado la vuelta a ese sentimiento que amenazaba con salir hoy como nunca antes, pero ahora hacerlo, dominarlo, callarlo, era imposible.
Se rindió ante si misma y se dejó llevar. Pensó que dolería mucho hurgar en el pasado, en su infancia, en su vida, pero por lo visto desahogarse era lo que su fatigado corazón necesitaba.
Sollozando como una pequeña niña recostó al bebé en la cama y acomodándose junto a él, boca abajo sin dejar de llorar, empezó a hablarle al cielo. Por que había sido huérfana? Por qué la habían destinado a esa vida? Por qué habían decidido que precisamente ella debería pasar por todas esas cosas?
Recostada boca abajo tristes lágrimas se escapaban de sus ojos.
Lloró por su infancia tan triste, tan solitaria. Por nunca haber tenido un juguete propio. Por haber asistido a la escuela con zapatos y ropa usada siendo la burla de sus compañeros. Por las veces que sus consecutivas y numerosas familias adoptivas la maltrataron. Por las veces que le gritaron recogida… adoptada… huérfana… bastarda.
Por todas las veces que la golpearon. Por estar acostumbrada desde pequeña a cubrir con su ropa los moretones, a mentir sobre la procedencia de ellos.
Por haber aprendido desde su tierna infancia, desde siempre, que la vida tenía que ganársela ella misma. Porque desde pequeña ella limpiaba, sacudía, hacia las labores; obligada tal vez y en el fondo también porque quizás así, si era buena, quizás alguien la viera, alguien la quisiera.
Dormía muy poco, siempre tenía pesadillas, nunca tuvo un cuarto propio, nunca tuvo algo que pudiera llamar suyo. Nunca. Ni cosas materiales, ni amor, ni familia, nada. Ella estaba sola. Siempre estuvo sola. Y estaba convencida que en el futuro siempre estaría sola.
Lágrimas abundantes mojaban su rostro, sus manos y la cama donde estaba, sus sollozos llenaban el cuarto. Pedazos de su interior salían de ella en cada lamento. Recordar era muy doloroso.
Lloraba por tanto y por tantos al mismo tiempo. Incluso por aquellos que no conoció. Sus padres, dónde estaban, quiénes eran, la habían querido, por qué la abandonaron?
Siguió llorando largo rato sin descanso, el dolor la comía por dentro. Dolor de no tener nada. Amargo llanto por sentirse no merecedora de nada.
Jamás había sabido lo que era una caricia, una sonrisa, la protección de alguien que la quisiera. Alguien, cualquiera, padres, familiares. Ella no había tenido a nadie.
Fue abandonada al nacer y vivió los seis primeros meses de su vida en una incubadora, enferma de desnutrición y numerosas infecciones, luchando por su vida. Desde ese momento ya luchaba contra el mundo y lo siguió haciendo después continuamente.
Muchas veces la despreciaron, la maltrataron; las familias adoptivas fueron todo menos familia para ella; continuaba regresando a la casa hogar todas las veces y luego llegaba una familia más. Un rayo de luz la iluminaba entonces, esta vez será diferente, se decía, pero no, nunca era diferente. Ella era tan pequeña, tan delicada, en el fondo de su corazón ella era tan dulce, tenía tanta ternura, tanto cariño que dar; pero cuando a una delicada flor se le pisa ya no revive otra vez.
Por eso no confiaba en nadie, por eso no creía en nada. Se había enseñado a vivir sola, a defenderse sola, a no creer, a no soñar, a no amar. No valía la pena. La vida le había mostrado que las creencias son falsas, que los sueños no se cumplen y que el amor… que el amor no existe.
Cómo podría existir el amor y al mismo tiempo ella haber sido destinada a una vida así, sin el menor rastro de ese sentimiento? Cómo?
Cómo podría creer siquiera remotamente que alguien podría quererla si nunca nadie le mostró lo que era ese sentimiento? Si su familia no la quiso? Si nadie la quiso jamás?
Entonces encontró una certeza en su corazón que la hirió profundamente. Ella no lo sabía. No lo sabía y lo estaba descubriendo apenas.
A ella nunca nadie la quiso, pero había algo peor; lo peor era que ella jamás se había querido a sí misma.
Cómo podría entonces creer que alguien la amaba? Si ella misma no sentía nada por ella? Si ella misma se creía carente de todo valor? Si siempre estaba temiendo que la abandonaran? Si siempre hacía todo para que la abandonaran más rápido? Si siempre ahuyentaba todo porque sabía que terminaría de cualquier manera?
Un rostro inundó sus pensamientos.
- De todas formas te vas a ir! – gritó en su interior –. Para que seguir juntos y comprometernos a una vida, si de todas formas te vas a ir! Me vas a dejar! Sola! Un día descubrirás lo peor de mí, las fallas de mi carácter, te vas a asustar y saldrás corriendo! Mejor vete de una vez! Antes que de verdad te quiera! Antes que duela más! Antes que ya no pueda vivir sin ti!
Recordarlo la estremeció. Era como si una bruma poco a poco se disipara y al fin pudiera ver lo que había pasado, lo que había hecho que él se fuera; pero sobre todo la neblina se alejaba y la dejaba notar lentamente lo que en realidad sentía por él.
Sin embargo, reconoció que este momento no se trataba de él, esto no era sobre Terry, esto era sobre ella. Estaba convencida de que lo había perdido, primero porque lo alejó y luego porque ya había alguien más. Pero esto no era sobre él, no era sobre si él volvería o no, no era sobre lo que sentía por él. Esto era sobre lo que sentía por sí misma. Debía superar sus miedos y aprender a valorarse por ella misma, por su futuro, por su propia vida. Pero sobre todo porque lo merecía. Debía aprender a valorarse y quererse porque lo merecía.
Siempre se había convencido a sí misma que lo mejor es olvidar y dejar todo atrás; pero por lo visto, en su caso, aunque no hablara de ellos esos resentimientos estaban dentro y la estaban matando lentamente impidiéndole seguir adelante.
Entre gruesas lágrimas empezó a hablar con Él, como si hablara con una persona.
- Yo sé que ya lo sabes – dijo al cielo – pero yo quiero contarte todo lo que me ha pasado.
Le detalló todas y cada una de las situaciones de su infancia y de su adolescencia en medio del abandono del que había sido objeto.
Entendió que si no aceptaba y sacaba todo de una vez la perseguiría para siempre como un fantasma. Solo aceptándolo podría por fin dejarlo atrás.
Estuvo así por largo rato, ella sintió que fue eterno, hablando… recordando… perdonando… olvidando. Pasó mucho tiempo. Pasaron largas horas.
Poco a poco fue recobrando la calma. Cuando las lágrimas dejaron de salir se giró para ver al techo. No sabía por qué pero se sentía repentinamente tranquila, serena, como si se hubiera secado de todo por dentro.
Mirando hacia arriba en su habitación sobre su cama era como si pudiera hablar directamente con Él y una paz palpable, real y verdadera estaba poco a poco inundándola, llenándola de nuevas conclusiones y renovadas esperanzas. Se sintió por primera vez optimista.
Comprendió por fin que precisamente ese afán de no aceptar ni sufrir su dolor y su vida era lo que le impedía dejar todo atrás, volviéndola incapaz de ser verdaderamente feliz. Se había encerrado en sí misma para no sufrir, pero al mismo tiempo no se permitía disfrutar la dicha de amar.
Hoy quería hacerlo, quería ser capaz de ser feliz. De entregarse. De confiar. De amar.
Debía ser honesta consigo misma y con los demás. No había nada de qué avergonzarse, no había sido su culpa nada de lo que había pasado. Simplemente así había sucedido, sin razones ni motivos, sencillamente sucedió.
Entendió que tan pronto aceptara todo esto empezaría a dejar todo atrás deshaciéndose de las ataduras del pasado, y sería capaz de aceptarse a sí misma, sintiéndose al fin merecedora de la aceptación de los demás. Y de su amor.
Ella tenía muchas cosas que ofrecer y mucho amor que dar, antes no lo sabía.
Al final de sus cavilaciones, antes de quedarse tranquila y profundamente dormida se sintió comprendida, aceptada y amada por primera vez en su vida. Con fuerza, con intensidad y sin condiciones… por ella misma. Amada por ella misma.
Ambos, niño y tía durmieron apaciblemente durante varias horas hasta que el celular que vibraba despertó a esta última. Contestó aun adormilada para recibir la llamada. Era Stear y tenía las mejores noticias que Candy podía recibir.
Annie había despertado, estaba todavía delicada pero fuera de peligro. Y hoy pedía ansiosa la única cosa que le daría felicidad completa: abrazar a su hijo.
Continuará...
