CAPÍTULO 11
El miércoles por la mañana Alex fue la primera en despertar para ir a hacer el desayuno a los chicos, ¿Aomine se quedaría en casa o iría a la escuela? Era cierto que Kagami se sentía mucho mejor con la compañía del peliazul pero él no podía andar perdiendo clases, eso afectaría mucho a sus notas y con eso a su futuro. Bueno, ella se despertó pronto por si las moscas; aquel día estaba soleado con algunas nubes cubriendo el cielo, ¿llovería otra vez? Había que reconocer que fuera hacía un frío de muerte y no se podía andar a gusto sin estar bien abrigado.
Ella lamentaba que hubiera pasado todo esto, porque para Alex la madre de Kagami había sido una persona genial pero claro, no podía sentir lo mismo que el pelirrojo porque de primeras ella no era ni su hija, ni su nieta, ni su prima, solo era una amiga o compañera, si así se le podría considerar. Lloró, sí, porque es difícil ver que alguien a quien conoces muere delante de tus propios ojos -y agradeció que Kagami no hubiese estado allí, en el hospital- porque entonces sería mucho peor que ahora. Suspiró poniéndose en marcha con la comida, solo quedaba ver como avanzaba la cosa, si a bien o si a mal, ella y todos esperaban que a bien.
También quería encontrarse con Himuro, ¿qué habría pasado con aquel chico? ¿Kagami sabría algo de él o perdió total contacto con su hermano? Alex esperaba que siguiesen hablando porque ver a esos dos chicos juntos le hacía sentir muy alegre, muy contenta, ella les enseñó todo y vio como aquellos dos se hacían mucho mejores que su propia entrenadora. Había pasado tanto tiempo ya... Ahora esos dos chavales eran mayores, unos adolescentes bien formados de diecisiete años, se podía decir que les vio crecer, tanto física como mentalmente, tanto en deporte como en cualquier otra cosa, y si a Himuro le hubiera pasado lo mismo Alex sin duda iría al igual que está con Kagami; pero con aquel niño de pelo negro perdió contacto desde hace tiempo y con el único que hablaba de vez en cuando por móvil era con Taiga.
El caso es que vio aparecer a Aomine saliendo con un pelo despeinado y medio dormido, la rubia ya había acabado de hacer el desayuno y los platos estaban puestos en la pequeña mesa de delante del sofá. Aomine andaba arrastrando los pies y fue a la nevera a coger leche y ponérsela en un vaso para calentársela y beberla.
-Aomine, tienes aquí el desayuno -dijo ella desde el sofá-. ¿Hoy irás a clase?
-Quiero leche -contestó poniendo el vaso en el microondas-. Y no creo que vaya, no quiero dejar al idiota ese solo.
-No estará solo, ¿estoy yo, no? Podrá aguantar hasta la tarde sin tu compañía.
-No lo entiendes -abrió el microondas cogiendo el vaso ya caliente, anduvo hacia el sofá sentándose a un lado-. Él necesita más mi compañía que la tuya -dijo mientras con las dos manos rodeaba el recipiente y soplaba dentro de la taza.
-Deberías ir, por tu bien -cogió el bol de cereales que se había hecho para ella-. ¿No querrás repetir curso, verdad?
-Hah... -soltó aire-. Por unos días no va a pasar nada, Kagami es más importante que la mierda de instituto.
-Realmente te tiene mucho aprecio por lo que he podido notar -sonrió con pesar la rubia-. Aomine, no le fallarás, ¿no?
-¿Heh? -frunció levemente el ceño-. Ya se lo prometí a él, jamás le dejaré -Alex rió por lo bajo-. Eh, ¿de qué te ríes?
-Nada, nada... Me es raro escuchar esas palabras de ti, han sonado un poco...
-¡Cállate! -gruñó ruborizado mientras le tiraba un cojín en la cabeza a Alex quien comenzó a reír.
Unos minutos después Kagami se despertó en su cama como otra mañana más, seguía mal, sí, pero no tanto como ayer; le dolía mucho el labio inferior y se rozó con los dedos sintiéndolo muy grande e hinchado, no debió de haberse mordido ayer pero es que no lo pudo evitar, la presión era demasiado grande en aquel momento. Tenía aún entre sus brazos aquel peluche del gatito que Alex le dio ayer, lo abrazaba muy fuerte y con mucha tristeza, anhelando a su madre, queriendo escuchar de nuevo su voz dulce, ver aquella sonrisa, aquellos ojos y sentir sus abrazos...
"¿No te da vergüenza? Maldito perro, ella ha muerto y tú no has podido despedirte de ella, ¿te sientes orgulloso por fin? ¿De que ella ya no esté en el mundo? Muy bien, campeón, ya puedes hacer todo lo que quieras porque ya nadie puede impedírtelo, juega a tu básquet, vive como quieras, tú madre está muerta, muerta, MUERTA".
Kagami apretó fuerte los dientes queriendo llorar de nuevo, sus pensamientos no paraban de venir, cada vez peores, cada vez culpándose más y más; se sentía tan vacío, con el corazón tan débil... ¿Qué iba a hacer? No tenía ganas absolutamente de nada, ¿era raro no? Perder todo el interés por las cosas, aquellos placeres que ahora decía "¿Para qué? Ya no me sirve de nada hacerlo". No, no se sentía orgulloso de ser libre por fin, se sentía como una mierda pinchada en un palo, lo peor de lo peor.
Muerta... Está muerta... Y él lo único que pudo hacer fue gritarla... No pudo decirle cuanto la quería ni cuanto la necesitaba algunas veces, ya jamás se lo podría decir... Las lágrimas cayeron nítidas por sus mejillas blancas, frunció el ceño mientras cerraba los ojos y ahogaba un llanto de dolor, de vacío, de soledad... ¿Dónde se encontraba Aomine? Le necesitaba entre sus brazos...
"¿Por qué lloras? Nadie quiere saber si estás bien o si estás mal, para los demás eres un desecho, algo así como un segundo plato, ¿es normal no? Deberías darte asco después de haber gritado y de haber despreciado a tu madre enferma y muerta". Los pensamientos de Kagami tenían voz por sí mismos, y tenían razón, no debería preocupar a nadie con sus problemas, pero se encontraba tan mal... tan destrozado y tan quebrado...
-No quiero vivir así... -murmuró mirando a la nada-. No puedo más...
Por la puerta aparecieron Alex y Aomine. El moreno enseguida vio como Kagami estaba llorando de nuevo y se acercó rápidamente a él, sentándose a su lado.
-No puedes pasarte la vida llorando, Kagami -Aomine tenía el ceño fruncido, con un dedo limpiaba las lágrimas del chico pelirrojo-. Es una cosa que nos puede ocurrir a todos, tanto a mí, como a Alex y como a Tetsu, pero no por eso tienes que pasarte el día así, tienes que superarlo y seguir adelante, ya te lo dijo Alex ayer, ¿no? Tú madre te querrá esté donde esté, porque ella no está enfadada.
-¿Y tú que sabes lo que se siente? -susurró Kagami.
-Kagami, solo te estoy diciendo que...
-¡Tú no sabes nada! -interrumpió el pelirrojo casi gritando-. ¡No es tan fácil! ¿Sabes? Así que no me hables de estupideces, no sabes lo mal que estoy, ¡no sabes nada, nada, nada...! -acabó en un sollozo.
-Taiga, relájate... -dijo Alex preocupada.
-¡No! ¡Estoy mal! ¿No lo veis? ¿¡No veis qué no estoy bien!? -Kagami empezó a temblar-. ¡Dejadme! No quiero saber nada más de vosotros...
Aomine suspiró, no le gustaba nada el hecho de que Kagami actuase así y temía porque algún día pudiera volverse loco y con ello cometer algo no agradable; creyó que mejoraría día a día pero vio que no era así, Kagami seguía realmente mal, muy mal y su estado de ánimo cada vez era más bajo. Estos dos días habían sido bastante desagradables, Aomine no sabía que más podía hacer por Taiga, porque si él no entraba en razón a tiempo sabe Dios que es lo que podría suceder en un futuro no muy lejano.
Ayer se le vio algo mejor, pero fue casi nada, una mínima parte de su alegría. Daiki observó el labio inferior del tigre, rojo, con las marcas de los dientes en ellos, e hinchado, sus lágrimas caían goteando por su mandíbula y sus ojos, como los días anteriores, seguían igual de apagados.
Oh pobre Kagami, pobre tigre, pobre cachorro, ¿qué haría él sin la compañía de Daiki? ¿Qué habría pasado justo el día en el que volvió a su casa después de haberse enterado de que su madre había muerto, y no estuviera Aomine con él? Tal vez alguna tontería o tal vez quedarse llorando hasta las tantas para caer dormido luego, como hizo. El caso es que Aomine no pudo resistirse a darle un abrazo al frágil e indefenso Kagami, le rodeó fuerte, acariciando su fino cuello mientras notaba la respiración entrecortada del tigre cerca de su oreja; no sabía por qué, pero le encantaba proteger a Kagami entre sus firmes brazos, pulidos por tantos años de entrenamiento.
Kagami, aunque no dijo nada, agradeció aquel abrazo, por un momento se había descontrolado y había dicho tonterías a la gente que le estaba ayudando, se sintió mal de pronto por haber hecho eso, ¿y sí en vez de consolarlo le hubieran dejado de lado en aquel instante en qué gritó a Daiki? ¿Qué hubiera pasado si Aomine se hubiera enfadado? Temía que pudiese pasar aquello, por eso correspondió abrazando al moreno más fuerte aún, temblando entre sus brazos. No cabía duda, le quería, joder que si le quería, su corazón lograba llenarse por segundos cada vez que tenía cerca a aquel muchacho de dieciséis años, moreno, alto, guapo, fuerte y amable como ninguno otro; jamás creyó conocer aquel lado tan tierno de Aomine, él, que era una persona orgullosa, arrogante, solitaria, siempre despreocupado, siempre desinteresado... y ahora Aomine Daiki cuidaba de él, le hacía sentir con vida, le llenaba aunque solo fuese por un corto periodo de tiempo.
-Lo siento... -murmuró Kagami.
-Sigues siendo un idiota -gruñó Aomine-. Pero te perdono.
Alex observaba la escena con mirada triste, echaba de menos al Taiga que conocía, fuerte, impetuoso, tenaz, que siempre deseaba jugar a básquet, estar con sus compañeros y ganar. Vio como el único que de verdad podía ayudarlo era Aomine, se notaba a la legua el aprecio que le tenía, las ganas de estar siempre con él, cuanto deseaba no separarse nunca de aquel joven de pelo azul. ¿De veras que esos dos chicos tan solo eran amigos? ¿O había algo más entre ellos? Nunca vio a Daiki preocuparse con tanto esmero por alguien, bueno, era cierto que no le conocía del todo pero por lo que había visto y por lo que le había contado Kagami era una persona más bien preocupada por sí misma, aunque a la gente que le tenía cierto respeto también podía decirse que se preocupaba por ella.
Y nada, aquel día lo pasaron en casa, Aomine al final no fue a ningún sitio y sobre el mediodía pudo oírse como hablaba con su madre desde el pasillo. Kagami comió relativamente poco el día de hoy, solo probó bocado a la hora de la comida y no fue que digamos... mucho, sino menos de medio plato. En aquel día el pelirrojo lloró un par de veces más pero sus lágrimas duraron poco, menos que las otras veces, ¿estaría mejorando ya o solo se estaba guardando los sentimientos para que no se preocupasen de él? Alex curó de nuevo su labio poniéndole un poco de desinfectante, y aunque escocía, Kagami no se quejó ni una vez. Taiga no hablaba mucho ni hacía mucho, se quedó en la cama tumbado la mayor parte del día, menos cuando tuvo que ir al aseo y esas cosas.
Era tan triste verle así, verle tan desanimado, tan callado y frágil; a veces su mirada quedaba perdida en ninguna parte, y su mente estaba invadida por pensamientos que le destruían poco a poco; Aomine ese día también fue a trabajar pero, a la hora de irse, hubo unos cuantos problemas ya que el pelirrojo le retuvo con fuerza -la poca que tenía- para que el moreno no se fuera, simplemente no quería que pasara como ayer, tenía miedo de quedarse solo. Al final dejó que marchara quedándose con Alex, y toda aquella tarde se la pasó mirando a la pared, sin moverse tan siquiera unos cuantos milímetros de su sitio, abrazado a aquel gato de peluche.
No lloró porque sabía que tenía la compañía de Alex y eso hacía que no se sintiera tan solo ni tan vacío, pero echó de menos a Aomine como todas las veces que se iba de su lado; Alex le contaba cosas que había hecho por América -para ver si se despejaba un poco- pero Taiga no pareció escucharla en lo más mínimo, pensaba en otras cosas, cosas malas, cosas que hacía que se hundiera más y más. ¿Él era el culpable de la muerte de su madre? Se llegó a plantear esa cuestión pero no supo responderla, ¿qué pensaría su padre? ¿Le recriminaría cosas en cara? Seguramente, por eso, al pensar en él, se encogió sobre si mismo casi a punto de llorar.
-Taiga, tienes que ducharte, ¿hace cuántos días que no lo haces? -dijo ella cambiando de tema.
-No lo sé... -murmuró sin ganas.
-Pues venga, levántate -dio dos palmadas-. No debes olvidar lo principal que es asearse, vamos -le tendió la mano para que se levantase, este no hizo ningún movimiento-. Taiga, no me hagas enfadar, sé por lo que estás pasando...
-No lo sabes porque a ti no te ha pasado -dio media vuelta poniéndose de espaldas a ella-. No sabes el dolor que siento...
-No, tienes razón, pero me lo puedo imaginar -respondió con voz suave-. ¿Querrás estar presentable para cuando vuelva Aomine, no? ¿O vas a ir como un sucio por ahí?
-Alex... ¿Qué voy a hacer si no me recupero? -preguntó Kagami en voz baja dándose la vuelta-. He perdido absolutamente el interés por todo... Hasta por el básquet.
-Taiga, ¿todo irá bien vale? Te pondrás bien, pero tu también tienes que poner de tu parte -acarició suavemente la cara del tigre-. Si no, no llegaremos a ninguna parte.
-Me cuesta... Me siento culpable -frunció el ceño-. No he podido despedirme de ella, solo la he gritado... Doy asco.
-Taiga, no, no te culpes por ello -suspiró-. ¿Por qué iba a ser tu culpa? Te lo dije ayer, fue la situación quien te hizo decir todo aquello.
-Pero... pero yo... -comenzó a temblar de nuevo pero Alex se sentó al lado suya, abrazándole.
-Tranquilo, Taiga -le besó la frente-. Tranquilo... Dentro de poco viene Aomine, ¿vale? Venga, a ducharte.
Kagami al final cedió y se levantó aunque sin muchas ganas, estaba triste y deprimido, de nuevo aquellos pensamientos culpables con los que no podía combatir. Alex notó que Kagami, en tres días, había adelgazado bastante, se podía notar sobre todo en su barriga que había reducido un poco y por el contorno de su figura, tras la camisa que llevaba podía notar que las costillas comenzaban a marcársele, y eso no era bueno. Con lo que él acostumbraba a comer y de repente, así como si nada, reducir su comida al mínimo afectaría su salud y su cuerpo, Alex debía hacer algo porque sino el pelirrojo acabaría en un hospital por anorexia.
Alex le dio la ropa antes de que entrase al cuarto de baño, ella se quedaría ahí a esperar por si algo ocurría que no fue el caso; al salir Taiga tenía puesto un pijama de manga corta y pantalón largo, tardó más de lo que acostumbraba pero acabó duchado y limpio, Alex cogió la ropa sucia de las manos del tigre y la llevó a la lavadora y mientras Kagami se acostó de nuevo en la cama, cayendo encima como un saco de patatas. Eran las nueve y media y Aomine todavía no aparecía por lo que Kagami no pudo evitar preocuparse.
-Está tardando mucho -dijo Taiga mirando el reloj de su mesita de noche, muy preocupado.
-Seguro que ya está aquí, espera cinco minutos -Alex se mordió el labio inferior saliendo de la habitación, ¿no se suponía que Aomine llegaba a las ocho y media? ¿Entonces por qué demonios se había retrasado una hora?
Pero a los cinco minutos, ni a los diez, ni a los quince apareció y la rubia intentó llamarle al teléfono pero nada, nadie contestaba.
Kagami se estaba desesperando mientras se mordía uno de sus dedos, joder, tenía un nervio encima que no podía aguantarse, Aomine... Aomine... ¿por qué no venía? Eran las diez de la noche, todo fuera estaba oscuro y desolado, ¿y si...? No... No, imposible, no podía haberle pasado nada.
-Voy a ir a buscarlo -dijo Alex entrando a la habitación de Kagami con el abrigo puesto-. Ahora vuelvo.
-Qui-Quiero ir contigo... -dijo él con la respiración rápida a punto de llorar-. ¿¡Aomine estará bien, no!? -salió por la puerta con Alex, también con un abrigo largo cubriéndole el cuerpo y unas zapatillas cualquiera; esta era la primera vez en tres días que salía de casa.
-Taiga, tranquilízate -bajaron por el ascensor, lo que a Alex le preocupaba es que sucedería con Kagami si a Aomine le hubiera pasado algo.
Caminaron a paso rápido hacia la cafetería, todo fuera estaba lleno de luces iluminadas por las farolas y algunos coches que pasaban por la carretera. Hacía frío, y se formaba una neblina blanquecina. Kagami tenía las piernas débiles y tiritaba del frío mirando a todos los lados, a todos los rincones esperando encontrar a Aomine, pero nada, ni una sola pista de él. Sentía que su corazón latía rápido y que cada vez su respiración aumentaba de ritmo y parpadeaba varias veces seguidas intentando retener las lágrimas; la cafetería estaba apagada, cerrada, y parecía que hacía tiempo que se había cerrado. Alex maldijo por lo bajo viendo como Kagami se agobiaba cada vez más.
-Tal vez haya vuelto a casa, Taiga -Alex dijo alguna posibilidad que ni ella misma creía-. Volvamos nosotros también.
Comenzaron a caminar de nuevo esta vez por un camino distinto, Kagami estaba abrazado a sí mismo mirando al suelo con los ojos muy abiertos, si era cierto que a Aomine le había pasado algo no quería saber lo que haría Kagami. Respiró hondo, ella también estaba agobiada, hasta que escucharon unas voces procedentes de un sitio que Alex y Taiga conocían muy bien: las canchas de básquet. Pasaron por al lado y vieron a dos personas jugando ahí dentro y una de esas personas era Aomine Daiki, la otra Kise Ryouta.
Kagami se quedó paralizado observando a aquellas dos personas, como si hubiera visto un fantasma o algo así, se tapó la boca y las lágrimas comenzaron a caer.
En cambio, Alex entró dentro de la pista acercándose a Aomine el cual estaba a punto de tirar el balón a canasta, Kise fue el primero en ver a Alex y se quedó algo aturdido, levantando una ceja. Alex agarró por detrás de la camisa a Daiki, haciendo que se sorprendiera y se girara al instante.
-¡Tú! -señaló la rubia con el dedo índice-. ¿Qué demonios estás haciendo? ¿Por qué no contestas al teléfono? ¿Sabes qué hora es?
Aomine frunció el ceño.
-Estaba echando un uno a uno con Kise, me lo he encontrado de camino -se quitó el sudor de la frente con su antebrazo-. Tampoco debe ser tan tarde, ¿o sí?
-Aominecchi, ¿qué hace ella aquí? -el rubio estaba perdido, no sabía nada de lo que estaba pasando; él llevaba el uniforme de clase.
-Son casi las once -Alex realmente parecía enfadada-. Creíamos que te había pasado algo, ¡imbécil!
Aomine observó por detrás de Alex, fuera de las canchas se encontraba Kagami, no pudo distinguir bien su expresión pero sabía perfectamente que estaba preocupado, y tal vez incluso llorando. ¿Eran las once ya? Mierda... se le habían pasado las horas volando contra Kise. Después del trabajo, sobre las ocho y media, cuando caminaba a casa de Kagami vio a Kise con su balón de básquet tirando unas canastas y decidió acercarse a saludar, en eso que el rubio le propuso jugar un uno a uno rápido que acabaron siendo dos horas.
¿Debería ir y darle un abrazo a Kagami? ¿O quedarse ahí? Estaba Kise... Él pensaría algo raro si le ve abrazando a otro hombre...
-¿Te vas a quedar ahí parado? Coge tus cosas que nos vamos -Alex dio media vuelta comenzando a caminar hacia Kagami, Kise por fin le vio.
-¿Qué hace Kagamicchi allí?
-Nada -respondió Aomine con voz neutral mientras cogía la chaqueta con el móvil y le daba la pelota a Kise-. Adiós.
-Aominecchi~ -Kise también cogió sus cosas, siguiéndole-. Dímelo~ ¿Qué está pasando? Yo también lo quiero saber -pero Aomine no respondió.
Kagami se había secado las lágrimas antes de que el rubio se acoplara con ellos, estaba perdido, no entendía nada de lo que estaba pasando ahí, ¿desde cuándo Kagami y Aomine iban a sitios juntos? ¿Desde cuándo le buscaban?
-Hola Kagamicchi -saludó con la mano-. ¿Por qué habéis venido a por Aominecchi?
-Hola -respondió Kagami sin muchas ganas, Kise lo notó y vio que no era el mismo de siempre, eso hizo preocuparle.
-Lárgate, Kise -mandó Daiki-. Nuestro partido ya ha acabado, no tienes nada que hacer aquí.
-Aominecchi, no seas así de malo conmigo~ -el rubio montaba uno de sus típicos pucheros-. No voy a irme hasta que no me digáis lo que pasa aquí, Kagamicchi no es el mismo, ella no habría venido si algo no pasase y tú nunca has sido, que digamos, muy "amigo" de Kagamicchi, y es raro que vayan a por ti y más a estas horas de la noche.
-Lo siento, Kise -dijo la rubia-. Otra vez será.
Kise frunció ligeramente el ceño, no estaba contento con aquella respuesta pero no insistió más para que le dijesen lo que estaba pasando, ya lo averiguaría, sí, no cabía duda, porque Kagami nunca habría estado tan callado y mucho menos con aquella expresión depresiva en su rostro, si él hubiera sido como siempre no le cabría ninguna duda en que hubiera dicho: "Eh Kise, juguemos un partido rápido", o algo así. Les vio marchar y luego él se fue en silencio hacia su casa.
Entre Aomine, Alex y Kagami se formó un extraño aire cargado de incómodo, nadie habló y nadie hizo ademán para hablar. Kagami avanzaba en silencio con la mirada gacha, se había calmado un poco pero necesitaba un fuerte abrazo del muchacho moreno que no se atrevía a pedir; Alex estaba entre el pelirrojo y el peliazul mirando al frente, seria y con las manos metidas en sus bolsillos; Aomine igual, avanzaba despreocupado respirando aire por la boca. Al llegar a casa Daiki fue el primero en entrar seguido de Alex y Kagami.
-Voy a ducharme -Aomine fue el que rompió el hielo, quitándose su abrigo azul y avanzando por el pasillo hasta entrar al cuarto de baño.
Kagami avanzó unos pasos para luego caer de rodillas en el suelo tapándose la cara y comenzando a llorar lo más en silencio que pudo, de vez en cuando soltaba algún que otro gemido y jadeo. Alex se acercó corriendo a él, ¿qué había pasado ahora? Se puso en frente suya, acariciándole el pelo.
-Ei, Taiga, ¿qué pasa? Aomine está bien.
Kagami no contestó y la rubia no tuvo otro remedio que abrazarle, besándole la cabeza y meciéndolo entre sus brazos.
-¿Es un idiota, no? ¿Es eso lo qué quieres decir? -Taiga asintió levemente apartándose de Alexandra secándose las lágrimas con la mano-. Venga, vamos al cuarto, Taiga.
Al llegar al cuarto, Alex quitó el abrigo de Kagami y sus zapatillas, éste enseguida se tumbó en la cama con un leve temblor en su cuerpo, creyó que iba a perder a Aomine por un momento, creyó que jamás volvería a verlo y eso le hizo pensar en la posibilidad de no querer vivir más, si Aomine se iba de su vida... él quedaría completamente vacío, mucho más de lo que estaba ahora. Alex se fue de la habitación y Taiga se tapó de pies a cabeza cerrando los ojos; joder... joder... se sentía tan débil, tan agobiado, tan angustiado... Su cabeza evocaba imágenes escalofriantes, imágenes en las que aparecía Aomine muerto, en las que se iba de su lado para siempre. Intentó tranquilizarse pero vio que era imposible.
"Por poco lo pierdes... ¿Qué hubieras hecho sin él? ¿Sabes por qué ha pasado esto verdad? ¿Sabes por qué no te ha dado un abrazo al verte verdad? Él no te quiere por basura, ¿quién querría tener a alguien como tú a su lado? Frágil, débil, asqueroso, ¿no te da asco seguir viviendo? ¿No te dan asco tus acciones? Quizá Aomine quería librarse de ti unos instantes, ¿no crees? Le tienes más que agobiado, le tienes harto... ¿Pero qué hubieras hecho si no lo hubierais encontrado? Solo llorar, que es lo único que sabes hacer". Su mente le jugaba malas pasadas y eso hacía que Taiga se sintiera peor aún.
-Lo siento... Lo siento... -murmuraba entre silenciosos llantos, notaba como su corazón se encogía cada vez que pensaba en la idea de que Aomine le abandonase.
¿Se había olvidado de él por completo jugando contra Kise, no? En cualquier caso Kagami sabía que no era lo más importante en la vida de aquel adolescente, de que solo era algo más que estaba obligado a cuidar, porque era así, ¿no? No podía sentirse mejor, todo su mundo iba a peor cada día que pasaba, él ya no era el Kagami Taiga que todos conocían, él ya no sabía quien era. Sintió como una mano apartaba las sábanas de su cabeza, de que esa mano era grande, fuerte y morena, era Aomine mirando desde arriba a Kagami, éste, sin saber por qué, se sintió avergonzado de que el peliazul le viera llorando. Daiki con el ceño fruncido se sentó justo al lado de él, acariciándole la cara con suavidad, rozándole con la punta del dedo índice el labio hinchado, Kagami no hizo ningún gesto de molestia ¿tal vez era que el dolor tampoco le afectaba?
-¿Estás enfadado conmigo, Kagami? -preguntó Aomine mientras le entregaba su preciado peluche.
-¿Tendría que estarlo...? -susurró.
-Sí, hice que sufrieras, ¿no?
-Tienes más vida que quedarte aquí cuidando de mí -se acurrucó haciéndose un ovillo-. Yo... yo no soy más que una molestia para ti.
-¿Estamos otra vez con eso, idiota? -gruñó él-. Si fueras una molestia te habría mandado a la mierda hace tiempo, ni siquiera me hubiera preocupado por ti.
Kagami se incorporó en la cama apoyando su cabeza en la pared y mirando a Aomine, ¿qué haría sin él? Esa pregunta no paraba de darle vueltas por la cabeza, simplemente Aomine era perfecto en todos los sentidos, pero jamás sabría lo que Kagami sentía por él, jamás se lo diría por mucho que le doliera no hacerlo. Tenía miedo de que si llegase a enterarse le dejase para siempre, de que le criticara o de que se riera, porque si lo hacía Kagami no podría soportarlo, no podría soportar las burlas de la persona a la que quería. ¿Pero desde cuándo él era gay? ¿O aquel sentimiento solo era con Aomine? No lo sabía, pero como dicen... El amor es ciego, ¿no? Se enamoró en tan poco tiempo de él... Por su persona y forma de ser, pero jamás lo tendría como novio, porque jamás se lo diría, lo tenía más que claro.
-Abrázame -pidió Kagami. Aomine se sonrojó apretando los labios pero accedió a abrazar a Kagami, joder, como para negarse con esa cara que había puesto y aquella voz suplicante.
Como muchas otras veces le rodeó con sus brazos haciendo que Kagami reposara su cara en el hombro del moreno. A Kagami le encantaba estar en contacto con Aomine de esta forma, porque le quería y al menos tenía una excusa para poder abrazarle siempre, pero no había que quitar los sentimientos de tristeza, de vacío, de angustia... esos seguían allí y a saber cuando se irían.
-Quiero estar bien ya... -dijo en susurro Kagami.
-Yo se que puedes conseguirlo, Kagami -Aomine le apartó besándolo en la frente, Kagami cerró por un instante los ojos derritiéndose ante aquel beso.
Después de eso, como otras noches, Aomine se acostó al lado de Kagami para irse a dormir ya; Alex entró con un vaso de leche para cada chico, Daiki se lo bebió, en cambio Taiga no probó ni un trago, seguía con el estómago cerrado. Kagami estaba tumbado de espaldas a Aomine, ¿y si algún día cometía un acto erróneo que hiciera que Aomine se diese cuenta de que Kagami le quiere? Pues en ese caso tendría que remediarlo de alguna forma; Kise podría ser un buen consejero, ¿no? Él es popular tanto en chicas como en chicos, pero descartó la idea, la sola idea de que alguien se enterase de que es gay le hacía sentir extraño, tampoco deseaba ver la cara de sus compañeros.
Sintió como un brazo se metía entre su brazo y una mano se apoyaba en su barriga, tirándolo hacia atrás; Aomine le acurrucó hacia él y a Taiga el corazón le latió a cien por hora, sentirlo tan cerca... Aomine encontró la mano de Kagami y entrelazó sus dedos con los de su contrario, esto Kagami ya lo había vivido un par de días atrás pero en aquel momento estaba muy, muy mal y no pudo disfrutarlo, ahora, aunque también estaba mal, estaba más consciente de otras cosas; cerró los ojos, cerrando la mano para sentir más los cálidos dedos del moreno y al poco rato se durmió, su respiración se profundizó y cada vez era más pesada.
-Buenas noches, idiota... -susurró Aomine a punto de dormirse también-. Mañana, aunque no quieras, te obligaré a ir al entrenamiento, te sentará mucho mejor y podrás ver a tus compañeros que seguro que están preocupados por ti -cerró los ojos-. Si vuelves a ser como antes espero que me sigas pidiendo que te abrace...
FIN del capítulo. Bueno, tal vez este fin de semana no pueda publicar nada por el simple echo de que no estaré en casa, y el único remedio sea escribir desde el móvil y luego retocarlo en el ordenador, ya veré, es por eso que publico hoy, tengo sueño y me voy a dormir.
Oyasumi nasai ZzZz.
