Hoy
Estos cacharros son más grandes que él, pero también muy prácticos. Mientras Piolín sorbe su limonada, sobre la mesa de la terraza de una cafetería, juega a una aplicación de bolitas bastante divertida. Hace un día hermoso, realmente bonito. Uno de esos que no se pueden pasar encerrado en una jaula. Por eso las calles están llenas de gente. Aunque todos andan enganchados a esos cacharritos, es un día tan bueno que levantan sus cuellos doblados hacia el cielo con una sonrisa.
Algo sobresalta a Piolín, algo que trapa la mesa, pero comprueba aliviado que se trata ni más ni menos que de su viejo amigo Speedy.
– ¡Speedy! ¡Hola! ¡Tú por aquí! ¡Qué sorpresa!
– Las vacaciones duraron poco; nos pilló una inundación–los dos Looneys se estrechan las manos y se dan un abrazo–. ¿Cómo va todo, compadre?
– Muy bien. ¿Has oído la noticia?
– Claro que sí, ni que viviera debajo de una piedra.
– Es excitante, ¿verdad? Oh, ¿quieres algo?
– Bueno, sí, eso que estás bebiendo tiene buena pinta.
– Sírvete: yo no puedo beberme todo esto solo.
– Entonces, con permiso...
Piolín le ofrece su pajita y Speedy bebe un largo sorbo.
– Qué rico está. Aunque yo no me haría ilusiones. No es que me queje, pero...
– ¡Oh!
– ¡Mira, mira! ¡Que sí, que son ellos!
–¡Qué monos!
Tres mujeres se acercan a ellos, aunque no así los cinco niños que las acompañan; ellos prácticamente se abalanzan sobre los dos pequeños con los ojos como platos.
– Perdonad–dice una de las mujeres, con el móvil en la mano–. ¿Os importa que os hagamos una foto?
– ¡Claro!–responde Piolín.
Antes, lo recuerdan como si fuera ayer, la gente invertía mucho tiempo en tener listas sus fotografíasm pero las señoras, en cuanto hacen la foto, ya la tienen en las pantallas de sus móviles.
Una de las niñas, de no más de tres años, está a punto de agarrarlos con sus manitas manchadas de mocos y restos de témperas de colores.
– ¡No, Marie, no! Perdonad, chicos, es que os ve todos los días y os adora.
– ¡Yo también los veo siempre! ¡Y al diablo de Tasmania! ¡Roaaaarrrrraaaaaaarrrrrrgh!
– Recuerdo pasarme las tardes, a la hora de la merienda, frente a la tele, viéndoos burlar al lindo gatito. Gracias por esos momentos.
– Oh, érais mis favoritos. Sobre todo tú, Speedy
– Sois más pequeñitos de lo que imaginaba.
– ¡Pajarito!
Piolín y Speedy intercambian una mirada. Las señoras están atrayendo a muchos curiosos, que se asoman para verlos y echar alguna foto furtiva. Las sonrisas que muestran los dos diminutos Looneys no son simplemente un alarde de buena educación.
FIN
