Novena historia: la batalla
En este punto de nuestra historia, nos es preciso retroceder un poco para entender cómo los príncipes de las Islas del Sur descubrieron a nuestros viajeros. Existe un dicho entre los humanos que reza: "Dos cabezas piensan mejor que una" y en este punto debemos darles la razón. Verás: Tiempo atrás, el Príncipe Hans había visitado Arendelle y sido testigo de los increíbles poderes de Elsa. Cabalgaba pensativo de regreso a la ciudad, cuando recordó estos hechos y dedujo que nadie más era capaz de crear tal ventisca. Inmediatamente paró a su bestia y avisó al Príncipe Anders que debían dar la vuelta. Su hermano, por su parte, ya conocía la salida de la Cueva de las Maravillas y mandó a las tropas para allá.
Llegaron, aseguraron a los caballos y se mantuvieron ocultos hasta que amaneció. Observaron a Kristoff salir y su primer impulso fue tomarlo prisionero, pero Anders los detuvo: "Esperen a la Reina de las Nieves, no podemos perdonar la vida de una mágica". Luego un poderoso estruendo anunció la salida de Elsa con Anna en brazos. Entonces el príncipe indicó a sus tropas:
—Tráiganme al joven y después iremos por la reina. En cuanto nos entreguen el espejo, quiero que los maten a los tres.
Ahora que los tenía atrapados a punta de pistola, Anders se acercó a Elsa y la miró con curiosidad: Difícilmente creyó que aquella joven, quien se le antojó de apariencia más bien ordinaria, fuera la Reina de las Nieves de la que tanto hablaban su hermano y su padre. Por su parte, el Príncipe Hans no dejó la oportunidad de restregar su triunfo ante sus viejos conocidos:
—¿En realidad creíste que lograrías engañarnos?. —Se mofó. — ¿Granizo en medio del desierto? ¡No inventes! Sólo una mágica como tú haría algo parecido.
—Así que usted es la Reina Elsa— Saludó Anders cortésmente. — Es un honor conocerla, Majestad, he escuchado maravillas sobre usted y sus prodigios.
—Entonces sabes lo que puedo hacer.— Cortó Elsa, desafiante.
Perfectamente. — Interrumpió el Príncipe Anders sin perder la compostura. — Es por eso que si veo un solo copo de nieve me aseguraré que recoja a su familia en pedazos.
Observó a los soldados encañonar a su hermana y suspiró roja del coraje. Ella podía defenderse si quería, pero temió no ser tan hábil con su magia para evitar que les disparasen a Anna y a Kristoff. Apretó los dientes y prefirió quedarse callada. Anna también se encontró muda de la impresión, apenas procesando qué sucedía, escuchó un leve chasquido y luego a Kristoff respirar nervioso. El Príncipe Hans había tirado del martillo del revólver y cargado el arma. Kristoff, al darse cuenta que Anna lo observaba, le dirigió una sonrisa y comentó de la manera más tranquila que pudo :
—No te preocupes, Anna, todo saldrá bien ¿Oye, Hans, qué tu madre nunca te dijo que no jugaras con esas cosas?— Comentó en gesto de burla. Pero el príncipe le gritó que se callara y le pegó en la nuca con la empuñadura. Aún así, Anna trató de razonar con él:
—Ya es muy tarde, Hans; el espejo ya no sirve, ya rompimos el hechizo.
—Está mintiendo. — La acusó el Príncipe Ahmed.
— ¿En serio? —Contestó Príncipe Anders. —Porque vi que tu novio portaba unos cristales en perfecto estado.
— ¡Oh, sí! —Exclamó el Príncipe Hans. — No sé que hicieron para salir de la cueva, pero los pedazos que traes aún son útiles.
Hans decía la verdad. Cuando Kristoff salió con los pedazos en su saquito, sin querer había evitado que fueran alcanzados por las lágrimas de Anna, de modo que se encontraban tan malditos e infectos como al principio.
—¿Les digo un secretito?—Continuó.— Ese espejo no inventa nada ni le metió ningún sentimiento a nadie. No te engañes, Elsa; si tu gente te sacó de Arendelle es porque ya te temían y odiaban desde el principio: nosotros… sólo les dimos el empujón que necesitaban.
—Ahora, si son tan gentiles de entregar los pedazos, les doy mi palabra que se podrán ir en paz. — Indicó Anders, aunque sus intenciones eran completamente distintas.
Hans tomó del hombro a Kristoff y lo obligó a caminar dándole pequeños golpecitos con su revólver:
—El saco, ahora. —Le ordenó. Kristoff gruñó para sus adentros y caminó penosamente hacia Sven y Maximus. Observó el saquito colgado en el asiento del corcel, luego volteó hacia Anna, quien se apretaba los dedos nerviosamente y le esbozó otra sonrisa:
— Hey, Todo estará bien. —Dijo sereno.
— ¡No la veas a ella, regresa a tu asunto! — Lo amonestó el príncipe. Hans observó a la princesa y se burló enérgicamente: — ¿Con éste apestoso me reemplazaste? ¡En verdad que has bajado tu categoría!
—Es mucho mejor que tú en todo. — Contestó Anna.
Hans bufó sin creer que Kristoff pudiera superarlo en cualquier cosa y musitó entre dientes:
—Ya veremos…
Extendió su mano libre hacia Kristoff. De mala gana, el joven acarició el costado de Maximus, desató el saco de la silla y se lo entregó a Hans.
Acto seguido, se oyó el estallar de disparos y las aves en los árboles huyeron asustadas. Kristoff entonces adivinó que acababa de ocurrir algo espantoso. Pero al estampido de la primera descarga le sucedió una segunda que lo sobresaltó aún más. Escuchó una nueva explosión, pero ésta más lejana, al oeste. Los sudislandeses habían disparado sus armas, pero Elsa y Anna estaban intactas y pronto se percataron que los disparos se hicieron a otra dirección.
Al oeste, sobre un cerro que marcaba el límite del oasis, una viva llamarada se elevó como un ancho remolino de fuego y se acercó con rapidez.
—¡Nos atacan! — Vociferó un soldado.
Una unidad de caballería de treinta hombres descendían del cerro a galope tendido. Al frente, un hombre con el rostro cubierto alzaba el puño, blandiendo las flamas como una gran bandera anaranjada. Pero lo que más impresionó a los sudislandeses fue que no sólo él, sino otros cinco jinetes cabalgaban incendiados de pies a cabeza.
— ¡Son agrabinos! — Contestó otro. — ¡Son mágicos!
— ¡Miren esas llamas! ¡Fíjense, no les hacen daño! —Comentó un tercero.
— ¡Tárek! —Exclamó Anna con alegría.
"¡De tu lado, pase lo que pase! ¿Lo olvidas?" Alcanzó a escuchar. Y cuando los sudislandeses se dieron cuenta, ya tenían al enemigo encima atacándolos ferozmente. Sembraron el temor y la confusión, sobre todo cuando las llamas se elevaron por los flancos y encima de sus cabezas, de manera que los hizo encarecer de terror. Apuntaron nerviosamente sus fusiles hacia ellos y unos pocos lanzaron disparos que no les hicieron mella.
El príncipe Anders vio a los agrabinos, volteó al Príncipe Ahmed y pensó que éste le había tendido una trampa:
— ¡Traidor! — Gritó furioso, desenvainó apresuradamente su sable y lo derribó de un puñetazo. Corrió a su caballo y lo arreó apresuradamente para unirse a sus hombres. El contingente agrabino continuó hacia el este, alejándose por un instante de la tropa sudislandesa.
— ¡Den la vuelta para combatir a esos bárbaros! ¡A formación y mátenlos en nombre de nuestro rey! —Vociferó el Príncipe Anders. Y aunque todavía no se recuperaban de la sorpresa inicial; en cuestión de segundos formaron una línea y abrieron fuego contra los atacantes; pues no debemos olvidar que entre los hombres del Príncipe Anders consistía la élite militar de las Islas del Sur, por lo cual estaban magníficamente bien entrenados.
A continuación hubo gemidos y resoplos de caballos junto con agrabinos caídos. Tárek dio una señal y los demás jinetes volvieron a la carga. Anna observó que habían derribado a tres de los que estaban prendidos en fuego y los que seguían se sacudían torpemente sobre sus monturas, fuera de control. No eran más que muñecos, un señuelo para asustar a los sudislandeses.
Los demás se lanzaron al combate, pero esta vez encontraron más resistencia: espadas, animales, bayonetas y hombres chocaron con la misma fuerza de olas en un mar embravecido hasta levantar una densa polvareda. La violencia no hacía pensar a Darfur en el menor temor: como si no pensara en la posibilidad de resultar herido o muerto, arrolló a un enemigo con su equino mientras levantaba a otro con la mano y lo lanzaba en el aire.
Ninguno puede experimentar emociones más raras ni más fuertes que aquel que se encuentra por primera vez arrastrado dentro de una batalla. Y como ni Elsa ni Anna habían estado antes en una, todo les pareció extremadamente confuso. Durante todo este tiempo, la reina se había quedado pasmada, confundida: observaba a los hombres atacarse unos a otros en todos los sentidos, ora avanzando, ora retrocediendo, como si estuviese dentro de un sueño. "¿Qué está pasando? ¿De dónde vienen estas personas?" se preguntó.
Kristoff observaba la pelea a pocos metros y su primer impulso fue ir a ayudar, pero Hans volvió a presionar la pistola contra él: "¡No te muevas!" prorrumpió y el joven no tuvo otra opción que quedarse quieto. Escucharon el zumbido agudo de balas cerca de sus oídos y el príncipe se agachó más por impulso que por miedo. Kristoff aprovechó este breve instante de distracción, se abalanzó sobre él y lo tumbó al suelo. Ambos poseían una gran fuerza física, así que se encarnizaron en una fiera lucha donde Kristoff logró arrebatarle el arma y arrojarla lo más lejos que pudo. Así pasarían un buen rato revolcándose en la tierra sin saber exactamente quien sometía a quién.
El Príncipe Anders, con la espada destellando por el Sol, resistía al lado de sus hombres.
— ¡Compañía, aprieten las filas! ¡Fuego! — Ordenó.
Los soldados describieron un círculo y se mantuvieron firmes ante el enemigo. A la orden, se escucharon descargas de fusilería que formaban pequeñas nubes de humo. Los agrabinos hicieron un círculo exterior que rodeó a los invasores y continuaron a galope firme, de forma que no fueran alcanzados por las balas.
— ¡No aflojen el galope! ¡Los tenemos cercados! —Exclamó Darfur.
El Príncipe Anders saltó en su caballo y saliendo del círculo arremetió contra los agrabinos. Al modo de un consumado jinete, dio tales sablazos que a enemigo que se le acercara, lo aniquilaba. Con tal vigor peleó que hizo romper el cerco de agrabinos y motivó a los invasores a avanzar. Tárek, le lanzó dos llamaradas, pero ambas fallaron y el Príncipe Anders salió sin un rasguño. Los sudislandeses, confundidos y vacilantes, reaccionaron y salieron al encuentro con el enemigo, primero un soldado, luego otro, y después el batallón entero al grito de: "¡Hurra!"
Un jinete pasó al galope por un lado de la reina, la miró severamente y la hizo volver a la realidad:
— ¡Elsa, no te quedes ahí parada! ¡Ayúdame! — Se trataba de Tárek, quien apenas terminó de pronunciar estas palabras, partió nuevamente hacia las líneas enemigas.
Las llamas se alzaban, los hombres aullaban, metales chocaban, fusiles crepitaban, muñecas eran cortadas, los caballos pateaban sin jinetes y desaparecían entre el humo y el polvo. El combate se volvió un caos. La reina sacudió la cabeza en un intento por acomodar sus ideas. Anna se acercó a Elsa:
—Quiero ayudar. —Expresó. Pero Elsa se negó rotundamente. Una bala silbó por su cabeza y se perdió en la lejanía, lo cual fue suficiente para que, a pesar de sus protestas, levantara una capa de hielo entre su hermana y la batalla.
—No quiero perderte. — Protestó. Acto seguido tendió los brazos y sopló un viento helado como el de la noche anterior. Pero tan pronto comenzaron a golpear los granizos, Tárek le gritó desde donde estaba:
— ¡Alto, para! Nos estás pegando también a nosotros. — De modo que la Reina de las Nieves se detuvo de inmediato.
Titubeó nos instantes, enfocó entre la polvareda a un soldado sudislandés y cuando se sintió preparada, alzó un brazo y lo aprisionó en una capa de hielo. Hizo lo mismo con otro, luego otro y otro. Pero Elsa no tenía experiencia en combate y en cuanto se sintió arrebatada por la emoción, descuidó a quién apuntaba y golpeó a un par de agrabinos también.
—¡¿De qué lado estás?! — Volvió a reclamar Tárek y aunque ella quería seguir peleando, pensó que lo mejor era mantenerse al margen.
Anna no estaba dispuesta a quedarse parada sin hacer nada, de modo que se alejó corriendo de la pared de hielo y descubrió a Hans y Kristoff peleando en el piso. Distinguió perfectamente la expresión extraviada y rabiosa de los dos hombres: con los ojos desorbitados, perplejos; se arrastraban, forcejeaban e intercambiaban golpes furiosos: "¡Anna, la bolsa, el espejo!" Exclamó su novio señalando hacia el saquitoo a unos metros de él. Agarró al príncipe por el uniforme con una mano y con la otra le oprimió el cuello. Hans, con el rostro rojo manchado de tierra y una gota de sangre escurriéndole del labio, le dio la vuelta, le asestó un puñetazo a Kristoff debajo del ojo y otro en la nariz; dejándolo lo suficientemente aletargado para gatear libremente hacia los cristales.
Anna pegó carrera resuelta a ganarle a Hans. Pero en cuanto se encontraba a punto de tomar el bolso, sintió un fuerte empujón y luego su frente contra el piso. El Príncipe Hans la aventó a un lado, tomó el saquito, corrió hacia un caballo y con la bolsa en la mano lo apeó agitadamente, huyendo y gritando como alma que lleva el diablo:
— ¡Vámonos, ya tenemos lo que buscábamos!
Para los sudislandeses escuchar a su príncipe les causó un extraño alivio. Andaban todos revueltos luchando y lo que un par de minutos atrás habían sido tropas perfectamente alineadas se habían intricado en un auténtico desastre. Se oían los disparos de fusilería estallar y tanto agrabinos como sudislandeses intentaban hacerse pedazos. El fuego de Tárek, impulsado por el viento, se propagó con rapidez y destruía las filas enemigas, pero aguantaban. El joven estaba hecho una furia y lanzó una colosal llamarada que obligó a Anders y su séquito a retroceder. Tan pronto el príncipe heredero escuchó a su hermano, hizo dar la vuelta a su caballo y clamó:
—¡Retírense, retírense!—Acto seguido, los hombres de Anders, entre los que figuraban los mejores soldados de su país, tiraron sus fusiles y decidieron huir. Quien pudo encontrar un animal, lo montó y se unió a la huida. Uno de ellos trató de tomar a Maximus de transporte, pero el corcel recibió su atrevimiento con una patada en la cabeza.
El Príncipe Anders se colocó junto a Hans y lo felicitó enérgicamente:
— ¡Excelente, hermanito! ¡Padre estará orgulloso! Has servido a tu reino con valentía y honor.
Se lanzaron encarrerados y se alejaron velozmente hacia la colina del oeste.
No obstante, en lugar de perseguirlos, Tárek se detuvo al lado de Elsa, bajó de un salto y corrió hacia donde yacía tirado el príncipe Ahmed:
—Quédate ahí o me obligarás a hacer algo que no quiero hacer. — Le ordenó al príncipe con firmeza. — Hombres, déjenlos huir, no los alcanzaremos.
Pero la Reina de las Nieves no estaba dispuesta a dejar escapar a Hans tan fácilmente. Además, después de su torpe actuación en batalla, quería demostrarle a Tárek que era perfectamente capaz de usar sus poderes sin fallar: "¿Quieres apostar?" Exclamó ella con una determinación que lo hizo voltear sorprendido.
Dio un pisotón en el piso y una capa de hielo, plana y recta como un río de vidrio transparente, se extendió velozmente hasta alcanzar el caballo de Hans. El equino pisó la superficie resbalosa, terminando por perder el equilibrio y dar un sonoro azote contra el piso. El príncipe cayó dos metros al costado y ahí permaneció. Sacudió la cabeza repetidas veces entre lastimosas quejas y alaridos, sosteniéndose con fuerza el tórax: más tarde se enterarían que se había roto una costilla.
El Príncipe Anders se detuvo un instante y vio a su hermano en el suelo: buscaba entre los soldados a quien le ayudara a levantarse, pero aquellos estaban tan preocupados en salvar su propia vida que sus ruegos fueron en vano. Hans miró a Anders mientras se esforzaba por incorporarse y el príncipe heredero lo observó con la frente alzada:
—¡Anders, súbeme! — Suplicó. En lugar de eso, su hermano se dirigió a donde había caído la bolsa con los pedazos aún infectos, desenvainó su sable y lo usó para alcanzar el preciado objeto. Tárek alzó el puño y arrojó una centella de fuego que cayó en medio de los dos. El caballo de Anders piafó asustado, orillando al príncipe a dar la vuelta para después apartarse a todo galope.
— ¡Lo siento, Hans! —Murmuró él. — Sabes que hay que mancharse las manos para mantenerse en la cima. — Y se alejó pese a los ardientes reclamos de su hermano.
El bandido lanzó otras dos centellas de fuego hacia el príncipe, pero ya se había alejado demasiado y ninguna dio en el blanco. Llamó a Darfur y señaló al oeste.
—Síguelos y asegúrate de que salgan del país.
El hombre asintió y salió disparado en persecución de los sudislandeses hasta que se que se perdieron de vista.
Acto seguido, el joven tomó al Príncipe Ahmed por los cabellos de la nuca y lo levantó mientras en la otra mano sostenía una llama de forma amenazante. Lo arrastró hasta el manantial y lo aventó al agua hasta sumergirlo por completo. Lo forzó a hundir su cabeza y apenas lo levantaba para respirar, de modo que el príncipe dio de patadas, brazadas y terribles alaridos a tal grado que las hermanas pensaron que lo quería asesinar: era un espectáculo realmente grotesco. La reina se apresuró a detener a Tárek, pero éste la rechazó:
—Déjame. Sé lo que hago — Contestó cortante. Sin embargo, había algo en su voz que, más que en el tono arrogante al que estaba acostumbrada, la reina creyó escuchar una súplica. En contraste, el joven hundió la cabeza de Ahmed con más violencia hasta que el príncipe chilló entre sollozos y respiraciones convulsionadas:
— ¡Alí, Alí, todo está bien! ¡Alí! ¿Por qué me haces esto? ¡Alí, para, por favor!
Lo que sucedió a continuación sorprendió a Anna y a Elsa más que cualquier otra cosa que hubiesen visto en todo el viaje. De repente encontraron que Tárek y el Príncipe Ahmed habían dejado de forcejear, en lugar de eso, estaban apretujados en un abrazo de oso y con una expresión de inmensa alegría. El rostro de Ahmed había perdido todo semblante frío y severo, sus mejillas se tornaron rojas y, aunque lloraba enérgicamente, sonrió de oreja a oreja mientras estrechaba al bandido.
— ¡Sangre de mi sangre! ¿Pero qué he hecho? —Gimió el Príncipe.— ¡Alí, estás vivo! ¿Podrás perdonarme? Y nuestro padre ¡Nuestro pobre padre! ¿Me perdonará por todo el mal que he hecho?
—No hay nada qué perdonarte, no eras dueño de ti mismo. Y papá ya me perdonó a mí, estoy seguro que hará lo mismo contigo. —Respondió el joven.
Cuando Kristoff se recuperó del golpe y volvió en sí, descubrió a Anna y Elsa igual de confundidas que él: Dos personas aparentemente desconocidas y que hace unos minutos parecían querer matarse entre sí; ahora se abrazaban, tocaban sus caras y reían juntos. Esto fue lo que sucedió cuando Tárek hundió a Ahmed en el agua, lo hizo llorar hasta haber limpiado los cristales que tenía incrustados los ojos, así como cuando se nos mete una basurita y debemos dejar que lagrimee para que salga.
—¿Qué está pasando aquí? —Preguntó Kristoff señalando a Ahmed. — Oye tú, ¿No se supone que eras de los malos?
Elsa se acercó a Tárek con recelo, pues en ningún lado cabe que un bandido y un príncipe se traten con tanta confianza. Supo entonces que era imposible que se tratara de un simple y vulgar ladrón, por lo que la verdadera persona aún era un misterio.
— ¿Quién eres tú?— Le cuestionó.
—Su Alteza Real el Príncipe Alí Tercero de Agrabah —Reveló el Príncipe Ahmed.
—Sabes que odio que me digas así. — Le reprendió Tárek.
—¡¿Qué pasa aquí?! —Irrumpió Anna, un tanto indignada.— Y estoy hablando en serio, así que más te vale decirnos la verdad.
De inmediato, el joven se puso rojo y comenzó a hablar a toda velocidad:
— De acuerdo, déjenme explicarles… mi nombre no es Tárek, es Alí; pero no crean que les mentí para aprovecharme de ustedes o alguna tontería por el estilo. Hubiera preferido mil veces decirles quién era desde el principio, pero creo que en el lugar y las compañías con las que me encontraron no me hubieran creído y temía que no me ayudaran para que mi padre…
—¿Tu padre? ¿El Sultán es tu padre? —Inquirió Elsa.
Alí hizo una pausa nerviosa, como quien trata de justificar un acto reprobable:
— ¿Recuerdan cuando nos contaron que Ahmed trató de ahorcar a su hermano? Bueno, no lo logró. Pude escapar, pero en el intento terminé incendiando mi ciudad y me dio vergüenza volver. Desde entonces tuve que robar para sobrevivir, pero luego los encontré a ustedes y todo cambió. Cuando supe que Anna buscaba el mismo espejo que hechizó a Ahmed, me di cuenta que podría regresar y reconciliarme con mi padre y mi hermano.
Cuando terminó su relato, Elsa fue quien quedó más afectada de los tres. "¿No era un criminal que huía de su castigo? ¿Todo este tiempo había buscado el perdón de su padre?",Pensó. Poco le importó que fuera un príncipe o que les hubiera ocultado su nombre: Desde el momento que lo conoció, lo creyó un ladrón oportunista que sólo buscaba salvar su pellejo; en su lugar, encontró a un hombre que había perdido a su familia, cruzado medio mundo para recuperarla y además la había ayudado a vencer a los sudislandeses, aún cuando nada lo obligaba.
No podía creer que hubiese tenido en tan mal estima a alguien capaz de hacer tal cosa: "No puede ser verdad, debe de estar bromeando; esta debe ser otra más de sus mentiras" se dijo en un intento de calmarse; pero las ideas en su cabeza dieron tantas vueltas y tan rápido que simplemente no quiso pensar más en el asunto.
—Ya habrá tiempo de hablar más. —Interrumpió el Príncipe Ahmed, recargándose afectuosamente sobre los hombros de Alí. — Si me permiten Sus Majestades, aún debemos atender a los heridos y todavía queda ver qué hacemos con él. — y lanzó un gesto al Príncipe Hans, quien yacía en el suelo, jadeante e inmóvil.
Cuando Hans observó que los cinco se acercaban a paso firme, se turbó su corazón y su respiración se tornó más agitada, presa de una gran inquietud: "¿Por qué se acercan?" Pensó. "¿Han venido a matarme? ¿Me matarán? ¿Pero por qué?" Recordó su hogar, a sus hermanos, a la reina y al rey y aquella suposición le pareció inverosímil: "¡No, no quiero morir! ¡Amo la vida, ésta tierra, el aire...!" Pero Hans era demasiado orgulloso para mostrarse asustado, aún si sus enemigos lo tenían acorralado. Por lo que reunió fuerzas para levantarse, lanzó un gesto a los príncipes de Agrabah, a quienes consideraba los únicos de su categoría y habló de forma desdeñosa:
— ¿Vienen a matarme? Venga, denme un arma y resolvamos esto como hombres. Pero si son tan cobardes, mátenme ahora que estoy herido y...
— ¡Infeliz! —Exclamó Alí, pero Ahmed lo interrumpió
—Príncipe Hans, si hubiese lanzado ese desafío en otra situación, habríamos aceptado. Pero ya que me hechizó para manipularme y atentar contra mi familia, además de atemorizar a nuestro pueblo en tiempos de paz y hacer lo mismo en el reino de Sus Altezas, la Reina Elsa y la Princesa Anna; ha demostrado ser únicamente un mentiroso y un traidor; indigno ysin honor alguno. ¡Llévenselo!
Hombres fuertes tomaron bruscamente a Hans y se lo llevaron preso echando gritos, maldiciones y pestes. Alí tomó afectuosamente el cuello de Ahmed y se paró frente a Elsa, Anna y Kristoff, los miró profundamente y de sus labios salió el "gracias", más sincero que alguno hubiese escuchado.
—Por cierto, casi se me olvida. — Dijo él.— Mi padre dice se pueden quedar el tiempo que quieran. No hay muchas damas en la corte, mucho menos unas tan valientes como ustedes y cree que faltaría a su honor si no recibe a las hijas del Rey Adgar. Él... no es como yo, es un gran tipo, y muy sabio, no deben pensar que...
—¡Oh, cállate!— Exclamó Anna. —¡Claro que iremos!
