La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.
Capítulo 11
Aguas hirvientes
El mensajero enviado a la región de los zora llegó por fin al día siguiente del regreso de Link a Kakariko, pero no traía buenas noticias precisamente. Los zora, al igual que había ocurrido con los goron, tenían sus propios problemas entre manos y no podían unirse a ellos. En cambio, pedían a la princesa Zelda que fuera hasta allí, necesitaban su ayuda.
— No creo que sea muy prudente que vayas, Zelda —dijo Impa cruzándose de brazos—. Últimamente no hacen más que surgir monstruos por todas partes, es un viaje peligroso.
— No pretendo ir sola, Impa —replicó Zelda—. Ven conmigo si te preocupa tanto.
Impa negó con un movimiento de cabeza.
— Yo no puedo irme de aquí, Zelda, no en un momento tan crítico como éste. Ahora que contamos con la ayuda de los goron, tengo mucho trabajo organizándolo todo. Y aún deben llegar los efectivos que vienen del noreste.
— Que venga Link, entonces —dijo la princesa con una sonrisa—. Ha demostrado con creces que está a la altura de tal tarea.
Impa frunció el ceño y miró al joven que estaba de pie, junto a la princesa. Sabía bien que podía dejar en sus manos la protección de la princesa, pero, teniendo en cuenta los sentimientos de la joven por él, no estaba muy segura de querer que emprendieran un viaje los dos solos. En realidad aquellos pensamientos eran infundados, ellos dos habían estado viviendo solos durante un mes y Zelda le había jurado y perjurado que no había pasado nada entre ellos, e Impa sabía que decía la verdad.
— De acuerdo —dijo con un suspiro—, pero alguien más os acompañará, por si acaso.
— Está bien… —respondió Zelda con evidente descontento en su voz.
— Habrá que buscar a alguien que esté dispuesto a acompañaros.
— Yo iré con ellos —dijo Fenn, quien también estaba en la sala, al igual que varios hombres más—. Siempre he querido visitar la región de los zora.
— ¿Tú? —preguntó incrédula Impa, mirándolo de arriba abajo—. Preferiría a alguien más fuerte para esta misión.
— Charl también puede venir —respondió el joven—. Él es más fuerte y diestro con la espada que yo.
Charl lo miró sorprendido y no muy contento precisamente.
— ¿Qué te hace pensar que voy a acompañaros? —preguntó—. No pienso ir con él —dijo señalando a Link—. Suficiente tengo con verle la cara aquí todos los días.
No había duda que había cierto resquemor entre ambos jóvenes. Impa no sabía por qué, pero no había que ser muy observador para percibir las miradas de desagrado que se echaban el uno al otro.
— ¡Venga, vamos! —exclamó Fenn—. Dicen que las mujeres de la raza zora son todas unas bellezas, sé muy bien que siempre has querido ver a una.
Charl gruñó y giró la cabeza, cruzándose de brazos.
— Está decidido, iremos con ellos —anunció con una gran sonrisa Fenn.
El ambiente era tenso y había un silencio incómodo entre ellos. Nadie decía nada. Los cuatro iban montados en sus respectivas monturas, sin hablar. Incluso Zelda cabalgaba en silencio a su lado, aunque percibía como lo miraba de vez en cuando de reojo. Link no estaba de muy buen humor precisamente y era evidente que ella intentaba hablar con él, pero siempre se detenía en el último momento.
El origen de su mal humor cabalgaba a varios metros por detrás de ellos. Podía notar la mirada fija de Charl clavarse en su nuca. Aunque nunca se había llevado bien con él, Link había tolerado siempre su presencia, pero desde el su último encontronazo en la tasca, semanas atrás, prefería mantenerse lo más lejos posible de él. No entendía por qué Fenn había insistido en que Charl también viajara con ellos, siendo consciente de la enemistad que se profesaban.
Decidiendo dejar de banda aquellos pensamientos e intentando relajarse un poco, se concentró en lo que tenía delante. Hierba y más hierba se extendía ante sus ojos, mirara a donde mirara el suelo estaba cubierto de verde, signo inequívoco de que aún se encontraban en la llanura de Hyrule. Hacía pocas horas que habían partido de Kakariko, por lo que aún les quedaba largo camino por recorrer. Muy a lo lejos ya podía comenzar discernir el sinuoso cauce del Río Zora. Una vez allí, debían ir río arriba para poder llegar hasta la región de los zora.
Mientras seguían avanzando vislumbró algo que se movía a varios metros por delante de ellos. Alzó la mano, indicando a los demás que se detuvieran. Él y Zelda se detuvieron al momento, pero Fenn y Charl esperaron para hacerlo una vez los habían alcanzado.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Fenn.
Link le indicó que guardara silencio mientras buscaba con la mirada lo que podía haberse movido. No podían arriesgarse a que un grupo de monstruos les tendiera una emboscada.
— ¡Ahí no hay nada! —exclamó Charl—. No nos hagas perder el tiempo.
Link lo ignoró. Siguió buscando. Volvió a ver otro movimiento. Algo se movía entre la hierba, estaba de espaldas a ellos y parecía llevar un arco en su mano. Agudizó la vista, era un bulblin. Cogió su arco, el cual estaba enganchado a la silla de Epona, y disparó con él.
En cuanto la flecha dio en el blanco, oyeron un chillido agudo de dolor y vieron como el bulblin caía al suelo.
— ¡Buen tiro! —felicitó Fenn tras un silbido de admiración.
Avanzaron con cautela, vigilando que no hubiera más monstruos como aquel. Cuando llegaron a la altura donde el bulblin había caído, lo vieron tumbado bocabajo con la flecha clavada en su espalda, perforándole el pulmón.
— No me extraña que tengas tan buena reputación como cazador —le dijo Fenn con admiración—. Aun desde tan lejos, lo has abatido de un solo tiro.
Cuando llegaron a orillas del Río Zora, decidieron tomar un pequeño descanso para comer y darles agua a los caballos.
— ¿Cuánto crees que nos queda? —preguntó Zelda mientras comían.
— Por lo que Impa dijo, aún nos debe de quedar casi un día de camino —respondió Link, pensativo.
— Entonces no llegaremos antes del anochecer.
— Me temo que no.
Dejaron la llanura atrás y se adentraron en la estrecha hondonada por la que transcurría el Río Zora. No era un camino difícil de recorrer, era llano y lo suficientemente ancho para que pudieran pasar con los caballos de dos en dos. Se toparon con algunos monstruos por el camino, tecktites azules y octorocs en su mayoría, pero no supusieron ningún reto para ellos.
Cerca del anochecer, se toparon con un pequeño obstáculo. El puente que debían atravesar para poder cruzar el río había desaparecido, los tablones que un día lo había formado habían acabado en el lecho del río.
— ¿Y ahora qué? —preguntó Charl, molesto.
Link permaneció pensativo, sopesando las opciones.
— Creo que un poco más abajo he visto un lugar por el cual podemos vadearlo —sugirió Fenn.
Miró a Zelda, buscando su aprobación, y ésta afirmó.
— De acuerdo —dijo Link.
Volvieron por el mismo camino hasta llegar al lugar que había indicado Fenn. Efectivamente, en aquella parte, el río apenas tenía unos palmos de profundidad, como mucho les llegaría el agua por las rodillas, y la orilla era llana, perfecta para que los caballos pudieran pasar. Link bajó de su yegua. Se quitó las botas y se remangó los pantalones por encima de las rodillas.
— ¿Qué haces? —preguntó Fenn.
— Es muy probable que el lecho del río sea resbaladizo —respondió—. Es más seguro desmontar y guiar a los caballos lentamente con las riendas.
Zelda y Fenn, viendo la lógica de su argumento, lo imitaron. Charl lo hizo poco después, a regañadientes.
Link fue el primero en cruzar, tirando con cuidado de las riendas de Epona. Una vez llegó al otro lado, Zelda comenzó también a cruzarlo.
— El agua está bastante caliente —dijo felizmente en cuanto sus pies tocaron el agua—, no como la de un lago que cierta persona considera que está a la temperatura perfecta —añadió en tono burlón.
Link la miró con una ceja alzada.
— Siento mucho que las aguas de mi lago no sean lo suficientemente agradables para su Alteza —respondió poniendo una mano en el pecho y haciendo una exagerada reverencia.
Al verlo, Zelda soltó una carcajada.
Prosiguieron su camino río arriba. Poco antes del anochecer, llegaron a un claro en el cual decidieron detenerse y pasar la noche. Montaron las tiendas y procedieron a preparar una pequeña hoguera.
— Vamos a estar los tres un poco apretujados en la tienda —se quejó Fenn mientras soltaba las ramas que había recogido.
Impa les había proporcionado dos tiendas, una para Zelda y otra para ellos tres.
— Y pensar que tengo que compartir tienda con ese —gruñó Charl mirando fijamente a Link.
— ¡Ya basta, Charl! —le regañó Fenn.
Link, aunque tampoco le hacía ninguna gracia tener que compartir tienda con él, prefirió permanecer en silencio y continuar con su labor de apilar la leña para la hoguera.
— Link puede dormir conmigo —sugirió Zelda, la cual estaba sentada junto a él, observándole trabajar—. Así podréis estar más anchos.
Charl y Fenn la miraron fijamente, pasmados por la sugerencia de la princesa.
— Hemos estado semanas compartiendo habitación, no creo que haya tanta diferencia con compartir una tienda —aclaró—. ¿A ti te parece bien, Link?
Link la miró y afirmó. Ciertamente, tras más de un mes de compartir habitación, e incluso compartir la misma cama una vez, aquello no era nada de lo que escandalizarse. Volvió a bajar la mirada y prosiguió con su trabajo. Mientras acababa de apilar correctamente la leña, oyó a Charl mascullar algo y marcharse a toda prisa. Decidió ignorarlo.
— No he pensado en traer nada para encender el fuego —dijo Fenn—. ¿Lo has traído tú?
Mientras sonreía, alzó su palma y creó una pequeña llama anaranjada sobre ella, sorprendiendo a su compañero. Con un gesto de la mano, lanzó la llama contra la hoguera y ésta comenzó a arder casi de forma inmediata.
— ¿Magia? Que práctico.
Cenaron en silencio alrededor de la hoguera, incómodos por el ambiente tenso que se respiraba. El primero en levantarse fue Charl, el cual se marchó en cuanto hubo acabado de comer, y se metió en su tienda. Los demás permanecieron junto al fuego, refugiándose del frío. El otoño ya había empezado, por lo que por las noches comenzaban a refrescar.
— ¿Crees que deberíamos turnarnos para hacer guardia? —preguntó Fenn.
— No parece que haya ningún monstruo por los alrededores —respondió Link pensativo—, pero no creo que esté de más ser precavidos.
— Me parece bien. ¿Quién se encarga del primer turno?
— Yo haré el primero, luego tú y por último Charl.
Fenn sonrió.
— Una estrategia sensata por tu parte —dijo sin dejar de sonreír.
Link lo miró, confuso.
— De esa manera tú y él no tendréis que veros durante los cambios.
— ¿Y yo? —preguntó Zelda—. ¿Cuándo es mi turno?
— Tú te quedarás durmiendo tranquilamente en tu tienda —respondió Link.
— Pero…
— Si Impa se llegara a enterar de que te he dejado sola en medio de la noche, haciendo guardia, me mataría —le interrumpió.
Zelda chasqueó la lengua, frustrada, y apartó la mirada de él. Link rió.
Varias horas habían pasado desde que todos se hubieron ido a dormir. Link permanecía sentado frente al fuego, enrollado en una manta. Estaba siendo una noche tranquila, ningún monstruo ni animal había intentado acercarse a ellos, no corría ni una brizna de aire y el cielo estaba completamente despejado. Alzó la vista al cielo y permaneció contemplando las estrellas durante un buen rato.
¡Cómo había echado de menos aquella tranquilidad! Desde que él y Zelda habían llegado a Kakariko, no había tenido prácticamente ni un solo momento de paz. Aunque Kakariko no era precisamente un pueblo grande, no acababa de acostumbrarse al bullicio que allí se respiraba cada día. En el bosque, si te detenías a escuchar, solo se oía el mecer de las ramas de los árboles con el viento y el canto de los pájaros; en Kakariko en cambio, solo se oía a las personas, sus conversaciones, sus gritos, los ruidos que hacían al trabajar,… Hasta que no había pasado varios días seguidos en el pueblo, Link no se había dado cuenta de cuan poco le gustaba estar allí. Tenía ganas de que todo acabara y poder volver al bosque. Pero, ¿y Zelda? ¿Volverían a verse cuando ese momento llegara?
Un ruido lo sacó de sus pensamientos. Fenn salió de su tienda y se unió a él junto a la hoguera. Tras un gran bostezo se sentó frente a él.
— ¡Que frío que hace! —comentó enrollándose en su propia manta.
— Un poco —respondió Link.
— ¡¿Un poco?! —exclamó Fenn en voz baja.
Link rió y se levantó.
— Buenas noches —dijo Link mientras se encaminaba a su tienda.
— Un momento, Link.
— ¿Qué ocurre? —preguntó girándose.
Fenn tardó unos segundos en responder.
— ¿Aún sigues afirmando que no hay nada entre vosotros? —preguntó mirando en dirección a la tienda en la que Zelda dormía.
Link lo miró con el ceño fruncido, un poco cansado del tema.
— No puedes negarlo después de que ella dijera claramente que podíais dormir juntos. Eso podría interpretarse de forma mucho menos inocente de lo que te imaginas.
La mirada molesta de Link cambió a una llena de enfado.
— Eh, no te enfades —se apresuró a decir Fenn para tranquilizarlo—. Es solo una opinión.
— Te puedo asegurar, Fenn, que entre ella y yo no ha habido, no hay nada, y tampoco lo habrá esta noche —sentenció.
— ¿Y en un futuro?
Link se giró de nuevo y entró en la tienda. Sabía que debía haber respondido con una negativa a aquella pregunta, pero no lo había hecho. ¿Por qué no lo había hecho? Eso mismo se preguntaba a sí mismo.
Tras un largo suspiro, se despojó del gorro, de la túnica, la camisa, los guantes y las botas, se soltó el pelo y se metió bajo las mantas. Observó a Zelda, quien dormía acurrucada a poca distancia de él. Alargó la mano hacia ella y le acarició suavemente la mejilla con el dorso. Estaba helada y notaba como tiritaba ligeramente. Suspiró de nuevo. Se acercó a ella, la rodeó con un brazo y la atrajo hasta él, intentando darle calor. Por mucho que negara que no había nada entre ellos, Link no podía evitar querer abrazarla y protegerla del frío, como tampoco sentirse bien al tenerla entre sus brazos.
Cuando despertó a la mañana siguiente, aún seguía abrazando a Zelda con fuerza. Al bajar la vista para mirarla, ésta tenía la cara escondida por su pelo, pero pudo ver la punta de su oreja roja. Soltó una pequeña risa.
— A mí no me hace gracia —la oyó murmurar—. Es la segunda vez que me despierto contigo abrazándome.
Link decidió molestarla un poco, la apretó más contra él mientras intentaba contener la risa al ver su oreja aún más roja.
— ¡Link! —exclamó Zelda, aunque su voz fue amortiguada por el pecho de él.
— Relájate un poco, se está muy bien así. Eres blandita, estás calentita y hueles muy bien —dijo inspirando.
Zelda lo empujó, obligándolo a soltarla. Link por fin pudo verle la cara, parecía un tomate maduro. No pudo contener más la risa, pero pudo taparse la boca a tiempo para que ésta no fuese demasiado fuerte y pudiese escucharse desde fuera. Mientras intentaba controlarse, notó un ligero golpe en la cabeza, Zelda le había dado un manotazo. Al mirarla de nuevo, estaba sentada con los brazos cruzados y el ceño fruncido, visiblemente molesta.
— Lo siento —se disculpó calmándose por fin, incorporándose—. Es que la cara que has puesto no tenía precio…
Pero la expresión de Zelda no cambió ni un ápice.
— Oh, vamos, ¿qué querías que hiciera? Anoche hacía frío.
— Si durmieras con algo más que un pantalón no pasarías frío —replicó ella girándole la cara.
— No era yo el que tenía frío —respondió Link con una sonrisa burlona.
Zelda lo miró de nuevo y abrió la boca para decir algo, pero él no la dejó.
— Cuando entré en la tienda estabas temblando de frío —explicó—. ¿Hubieses preferido que te dejara coger un resfriado o algo mucho peor?
Bajó la mirada, avergonzada, y negó con la cabeza.
— Gracias —murmuró Zelda.
Link sonrió y se levantó. Cogió su camisa y se acercó a la entrada de la tienda.
— Te dejo sola para que puedas cambiarte —informó antes de salir.
Fuera de la tienda solo vio a Charl, el cual estaba sentado de espaldas a él, frente a los restos de la hoguera. De Fenn no había ni rastro, probablemente aún seguía durmiendo. Le dio los buenos días a Charl, el cual optó por ignorarlo, y se encaminó hasta la orilla del río.
Inspiró profundamente. Le encantaba el olor de la mañana, era fresco y estaba impregnado del aroma de la hierba húmeda. Se agachó junto al río e introdujo sus manos en el agua para lavarse la cara. Había esperado que, después de una fría noche, el agua estuviese igualmente fría, pero estaba sorprendentemente caliente.
Llegaron a la región de los zora poco antes del mediodía. Ante ellos, el agua caía de forma majestuosa desde decenas de metros por encima de sus cabezas, formando una magnífica cascada en cuyo pie se extendía una laguna de gran profundidad. Hacía calor en aquel lugar y podía verse como grandes cantidades de vapor se alzaban desde la laguna.
Link miró a su alrededor, buscando. Se suponía que ya habían llegado a la región de los zora, pero no había ninguno de ellos a la vista. Siguieron avanzando por el camino que bordeaba la orilla hasta llegar a una cueva junto a la cascada. Allí les recibió una criatura humanoide con escamas plateadas por piel y aletas tanto en los brazos como en la cabeza. Para los tres hombres del grupo, era la primera vez que veían un ser así, pero por el aspecto no había duda de que era un zora.
Bajaron de los caballos y se acercaron a él.
— Soy Zelda, princesa de Hyrule —informó adelantándose—. Estoy aquí respondiendo a la petición de la reina Larel de los zora.
— Bienvenidos seáis vos y vuestro séquito, Alteza —respondió el zora con una gran reverencia—. Nuestra reina os está esperando.
El zora los guió escaleras arriba. Era una larga escalera que zigzagueaba por dentro de la pared de roca por la que caía la cascada hasta llegar a lo más alto de ésta. Una vez arriba, salieron de nuevo al exterior, donde vieron una enorme cueva de la cual salía el agua que alimentaba la cascada. Junto a ellos, otro zora los esperaba, en concreto una mujer zora. Ésta se giró en cuanto los oyó acercarse y les sonrió.
— Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos, princesa Zelda —dijo la mujer zora—. Es una alegría ver que pudisteis escapar sana y salva de la Ciudadela. Cuando me enteré de lo ocurrido, pensé que todo Hyrule estaba acabado.
— Muchas gracias, Majestad — respondió Zelda con una grácil reverencia—, me honra vuestra preocupación.
— Dejemos de formalismos por el momento —dijo la reina mirando a los tres jóvenes—. ¿No vais a presentarme a tus acompañantes?
— Por supuesto —se apresuró a decir Zelda—. Estos son Fenn, Charl y Link, miembros de nuestro ejército.
La reina Larel los observó atentamente uno por uno, deteniéndose en todos y cada uno de sus rasgos.
— Me gustan vuestros ojos, joven —le dijo a Link cogiéndole de la barbilla y alzándola—. Son profundos, puros y cristalinos como nuestras aguas.
— Majestad —la llamó Zelda—, ¿cuál es el problema que tenéis que requiera mi presencia aquí?
La reina de los zora se giró hacia ella y les indicó que la siguieran. Entraron en la cueva y, tras seguir un largo pasillo, llegaron a una amplia caverna. En el extremo contrario, vieron otra cascada mucho más pequeña que la que había en el exterior la cual también caía a una pequeña laguna. Toda la caverna estaba invadida por el vapor y hacía tanto calor y bochorno que era difícil respirar.
— Hace unas semanas, llegó una bruja pidiéndonos que le entregáramos un objeto que los zora llevamos custodiando desde hace cientos de años —explicó la reina—. Como no quisimos entregárselo, lanzó un hechizo a esta laguna, donde reposa dicho objeto, para que nadie más pueda cogerlo.
— ¿Qué tipo de hechizo? —preguntó Zelda.
— Nosotros no conocemos exactamente su naturaleza, pero, desde entonces, el agua está tan caliente que nosotros los zora no podemos ni acercarnos.
— ¡Ni los zora ni nadie! —exclamó Fenn.
Había intentado meter la mano en el agua para comprobar la temperatura, pero la había tenido que apartar inmediatamente para evitar quemarse.
Link se acercó al borde de la laguna. Observó que, después de un palmo, el fondo se hundía de forma abrupta, formando una pared vertical. En la parte más profunda podía verse el agua burbujear alrededor de algo brillante y rojizo. Zelda se unió a él, observando también.
— Tengo entendido que poseéis el don de la magia, princesa. Pensé que tal vez podríais hacer algo para anular el hechizo de la bruja.
— Me temo que yo no puedo hacer nada, Majestad —respondió Zelda apenada—. Por desgracia, yo no domino el tipo de magia que podría contrarrestar la de esa bruja… —hizo una pausa y permaneció pensativa unos segundos—, pero tal vez…
Zelda miró a Link, quien ya estaba agachado con las manos extendidas hacia agua. Se concentró en su poder mágico. Una capa de hielo comenzó a cubrir la superficie del agua extendiéndose por gran parte de la laguna, pero no pudo hacer que llegara hasta el fondo, por lo que pronto comenzó a derretirse. Chasqueó la lengua y se levantó. Decidió probar de otra manera.
— Tenéis un compañero interesante, Alteza —comentó la reina Larel sin alzar mucho la voz, intentando no desconcentrarlo—. ¿Los otros dos también dominan la magia?
Ambas se giraron en dirección a Fenn y Charl. El primero negó con la cabeza y el segundo apartó la mirada, gruñendo irritado.
Mientras tanto, Link empuñó su arco y se concentró de nuevo. No estaba muy seguro de que aquello funcionara, su objetivo estaba a demasiada profundidad, pero al menos tenía que intentarlo. Disparó. La flecha penetró en la laguna, congelando el agua a medida que se adentraba, pero se quedó a mitad de camino y el agua volvió a descongelarse.
— No sé cómo has hecho eso, pero ha sido increíble —lo alabó Fenn—. Lástima que no haya llegado hasta lo más profundo.
— Aún me queda un último recurso.
Sin perder ni un instante, Link comenzó a desvestirse. Su intención era quitarse la ropa por completo, pero en el último momento, recordando que no estaba solo y sus antiguas riñas con Zelda sobre aquel tema, decidió dejarse los pantalones.
— ¡¿No pretenderás meterte?! —exclamó Zelda.
— Es la única manera de llegar al fondo —respondió él.
— ¡Estás loco! Vas a cocerte vivo.
— No te preocupes, sé lo que hago —dijo Link con una sonrisa.
Antes de que alguien pudiera detenerle, se introdujo en el agua. Gracias a su magia de viento, el agua no lo tocó, pero aun así podía notar el intenso calor en su piel. Buceó hasta el fondo, donde encontró el origen del problema. Una esfera del tamaño de una olla, irradiaba gran cantidad de calor y un resplandor anaranjado. Era como una roca incandescente. El calor que irradiaba aquella roca era insoportable, calentaba como el mismo sol, si no se daba prisa, acabaría achicharrado. Acercó sus manos y se concentró en su magia. Una fina capa de hielo comenzó a cubrir la roca, pero ésta conseguía deshacerlo en cuestión de segundos. Link se concentró aún más, usando todo el poder que disponía.
Lentamente, la esfera incandescente comenzó a convertirse en una bola de hielo. Una vez estuvo completamente helada, extendió su magia de hielo para bajar la temperatura de la laguna. Dejó que el agua lo tocara, calmando la ardiente sensación que cubría toda su piel. Emergió a la superficie, pero permaneció unos segundos más en el agua. Tras haberse calmado lo suficiente, salió.
— ¿Estás bien? —preguntó Zelda acercándose a él, preocupada.
Le tocó el brazo y la cara, comprobando su temperatura.
— Estás ardiendo.
— Estoy bien —respondió intentando tranquilizarla.
La reina zora se acercó a él. Primero lo miró a los ojos y luego a la gema que colgaba de su cuello. La cogió y la observó durante unos segundos. Sin decir nada, se introdujo en la laguna. Apenas tardó unos segundos en salir. Una vez fuera, sin dar ningún tipo de explicación, le mostró a Link una gema azul de características similares a la suya. Sin pensarlo, la cogió y la sostuvo entre sus dedos. Días atrás, Dargon también le había dado una gema como aquella, por lo que agradeció a la reina el obsequio y lo guardó.
Los demás los miraron confusos, no entendiendo ni lo más mínimo la situación.
— Dejadme que os guíe personalmente a vuestros aposentos —dijo la reina antes de que ninguno pudiera preguntar—. Allí podréis descansar esta noche y reponeros para vuestro viaje de vuelta. Por su puesto también os proveeremos de todos los manjares que gustéis.
En poco tiempo, la región de los zora había vuelto a recuperar su ritmo habitual. Los zora que se habían refugiado en otros estanques y arroyos cercanos, habían vuelto y nadaban de nuevo plácidamente en el río zora.
Aceptando la invitación de la reina Larel, habían pasado el resto del día en la región de los zora, descansando y disfrutando de las actividades que el lugar ofrecía. Zelda se había visto separada de sus compañeros por su Majestad la reina Larel, quien quería discutir con ella los últimos acontecimientos ocurridos en Hyrule y también tener una charla amigable con ella. Mientras Larel le había mostrado el dominio, había podido atisbar a Fenn y Charl explorando el lugar y observando atentamente a las mujeres zora, y a Link pescando con un pequeño grupo de jóvenes zora en un estanque cercano. Había querido hablar con él, preguntarle por qué la reina zora le había dado aquella piedra y por qué era tan parecida a la que él ya tenía, pero no había tenido oportunidad de hacerlo. Había intentado preguntar a Larel, pero ésta había ignorado su pregunta y cambiado de tema. Ni siquiera durante la cena había podido acercarse a él, éste estaba enfrascado en una conversación con un zora y ella había sido atrapada de nuevo por la reina y también por su hija, la princesa Larte. Había pensado que, justo después de cenar, podría intentar hablar con él, pero, para cuando se había visto libre de ambas mujeres, él ya se había marchado.
Se dio la vuelta, poniéndose boca arriba en la enorme cama en la que intentaba dormir. No podía conciliar el sueño, su mente seguía dándole vueltas al asunto de las gemas. Finalmente, retiró las sábanas que la cubrían y se levantó de la cama. Tras ponerse sus botas, salió de la habitación. Aún iba en camisón, pero supuso que a los pocos zora que aún estuvieran despiertos no les importaría, jamás había visto a uno de ellos usar las más mínima prenda de ropa.
Las habitaciones que les habían asignado se encontraban dentro de la caverna, en uno de los niveles superiores. Caminó por un pasillo, cuyo lado izquierdo no tenía pared, solo unas delgadas columnas de piedra que dejaban ver la cascada y la laguna que había varios metros más abajo. Toda la caverna estaba tenuemente iluminada por unas antorchas que ardían gracias a unas misteriosas llamas azuladas y el fondo de la laguna también desprendía un ligero resplandor azulado. Al final del pasillo se topó con unas escaleras, una de subida, que conducía a la sala del trono, y otra de bajada. Decidió bajar.
Bajó hasta el nivel más bajo y se acercó hasta el borde de la laguna. Un zora nadaba tranquilamente en el fondo, mientras otro estaba sentado en el borde con los pies metidos en el agua, mirando hacia la parte más alta de la cascada. Zelda alzó también la mirada, a tiempo para ver a un zora saltar desde allí y zambullirse en las profundas aguas. Había sido magnífico, la elegancia de los zora a la hora de moverse por el agua la maravillaba.
Otros zora siguieron al primero y Zelda los observó también. Después de que tres saltaran, vio a alguien más acercándose al borde de la cascada.
— ¡¿Link?! —exclamó con voz ahogada.
¿Qué hacía él ahí arriba? Vio como un zora le daba unas indicaciones antes de colocarse en posición. ¿Pretendía saltar también? Saltó de cabeza y estiró los brazos hacia delante, de forma que fueran lo primero en tocar el agua. Zelda aguantó la respiración. Él no era un zora, no tenía la misma pericia en el agua que ellos, era muy peligroso para él saltar de desde aquella altura. Pero Link emergió ileso y con una gran sonrisa en su rostro. Los otros zora aplaudieron, había sido un salto magnífico.
Link pareció verla, pues en seguida comenzó a nadar entre las aguas revueltas por la cascada hacia ella. Se detuvo junto al borde, cruzando los brazos sobre él, y Zelda se agachó.
— ¿Te apetece probarlo? —preguntó con una sonrisa mirando a lo alto de la cascada—. Es muy divertido y excitante.
— No salto desde ahí arriba ni loca —respondió rotundamente Zelda—. A demás, no sé nadar, por si lo has olvidado.
Link soltó una pequeña carcajada. Zelda se quedó embobada observando aquel rostro sonriente, su atractivo aumentaba de forma considerable cuando reía.
— ¿No deberías estar durmiendo? —preguntó Link, sacándola de sus pensamientos.
— Lo mismo podría preguntarte yo.
— No podía dormir. ¿Y tú?
— Lo mismo.
Permanecieron en silencio. Zelda observó a los zora que aún nadaban en la laguna y luego miró a Link otra vez, quién aún no se había movido de donde estaba.
— ¿No piensas salir del agua? —preguntó extrañada.
Él permaneció un momento pensativo, dudando.
— Creo que será mejor para ti que no lo haga —respondió finalmente.
— No llevas nada, ¿verdad?
— No —se limitó a responder con una sonrisa.
Zelda apartó la mirada, avergonzada, y escuchó la risa de Link.
— ¿Y tu ropa? —preguntó.
— Está por ahí.
Link señaló a un punto a varios metros a la izquierda de Zelda, donde, efectivamente, estaba apilada la ropa de él.
— Link, ¿no has pensado que podrías incomodar a los zora? —preguntó ella en tono de reproche mientras se cruzaba de brazos.
— Lo dudo mucho —aseguró Link—, al fin y al cabo ha sido idea de ellos. A demás, yo no veo que ellos lleven mucha ropa precisamente.
Zelda guardó silencio, habiéndose quedado sin argumentos.
Link apoyó las manos en el borde.
— Voy a salir —advirtió—. Te lo digo por si quieres darte la vuelta.
Zelda se sonrojó y se apresuró a girarse, completamente avergonzada. Oyó el salpicar del agua y el ruido de los pies mojados de Link tocar el suelo de roca. Luego lo oyó alejarse. Inconscientemente, Zelda se giró ligeramente, lo suficiente para verlo, pero, al darse cuenta de lo que hacía, después de que toda la sangre de su cuerpo subiera hasta su rostro, volvió a darse la vuelta rápidamente. Al cabo de poco tiempo volvió a oír de nuevo sus pasos, acercándose.
— Ya está —le oyó decir a su espalda—, ya estoy presentable.
Tiempo atrás, cuando había vivido en el castillo, hubiese asegurado que el aspecto de Link en aquel momento no era para nada presentable, completamente mojado y solo con los pantalones puestos, pero, después verlo así tantísimas veces, ya estaba acostumbrada, incluso casi podría afirmar que era una visión bastante agradable para ella, aunque eso jamás se atrevería a decirlo en voz alta.
Por suerte para la princesa, su vista se dirigió hacia la pequeña gema verde que colgaba del cuello de él. Gracias a eso, recordó el origen de su insomnio. Se acercó a él y, tal y como hizo días atrás, sostuvo la piedra entre sus dedos y la observó atentamente.
— Dime una cosa, Link, dijiste que esto es un tesoro familiar, ¿lo recuerdas?
Link hizo un sonido de asentimiento.
— Pero hoy la reina Larel te ha dado una muy parecida. ¿Por qué? —preguntó mirándolo—. Ni ella ha dado explicaciones ni tú las has pedido. Tiene que haber alguna relación entre ambas.
Link esbozó una sonrisa. Rebuscó entre las pequeñas alforjas de su cinturón y sacó algo. Al abrir la palma, Zelda pudo ver dos gemas en ella, una roja y otra azul, ambas del mismo tamaño y forma que la que llevaba colgada.
— Es cierto que ésta es un tesoro familiar —aseguró señalando la piedra verde—. Hace tiempo que sospechaba que existían un par de piedras más como ésta, pero no estaba completamente seguro de ello hasta que Dargon me dio ésta —explicó mostrándole la roja—. Ahora que tengo las tres, estoy bastante convencido de saber lo que son.
— ¿Y qué son?
— ¿Recuerdas las ruinas a las que te llevé una vez? ¿En las que hay un tesoro guardado?
Zelda afirmó.
— Creo que estas gemas son las llaves para encontrarlo.
Zelda lo miró con asombro. Recordaba muy bien aquel día, aquellas ruinas en mitad del bosque, la desesperación por conseguir aquel tesoro para poder ayudar a su pueblo. Aquel día, Link le había dicho que el objeto allí guardado no podía conseguirlo cualquiera, pero ahí estaba él, con las llaves para hacerlo en sus manos.
— Que tenga las llaves no significa que pueda hacerme con el tesoro —se apresuró a aclarar, como si hubiese adivinado sus pensamientos—. Al parecer, el objeto en cuestión elige a aquel que sea digno de sostenerlo.
La princesa bajó la cabeza, decepcionada.
— Aun así —lo oyó proseguir—, mi intención es ir a comprobar si lo que mi tío me contó es cierto, si el tesoro es lo que él afirmaba que era.
— Y no piensas decirme qué es lo que te dijo que era, ¿verdad?
— Lo siento.
Zelda infló las mejillas, haciendo un puchero. Ella quería saber qué era aquel objeto misterioso, pero Link nunca le había dado siquiera una pista.
— No puedo decirte lo que es —insistió—, pero puedo llevarte conmigo cuando vaya a comprobarlo.
Zelda sonrió y le hizo prometer a Link que, pasara lo que pasase, le dejaría acompañarle a las ruinas para verlo.
Comentarios: No me gusta nada el título de este capítulo, pero no se me ocurría ninguno mejor. Acepto sugerencias ^^U
Muchas gracias a todos por vuestros reviews y/o por seguir esta u otra de mis historias. También doy las gracias a Alfax por su trabajo como beta reader.
Por último, si alguna vez veis algún error, falta ortográfica o algo por el estilo, no dudéis en hacérmelo saber. También, por supuesto, acepto críticas constructivas.
¡Hasta la próxima!
