Gracias por sus comentarios, la verdad es que nunca he soportado porque snow y david siempre están felices, incluso en los fics que he leído jajaja, así que me empeñado por cambiar eso :D , todavía falta por saber más de lo que David es capaz de hacer :P .
Este capítulo es corto porque es parte del borrador que tenía y no quería dejarles con la duda jajaja , el sábado o domingo actualizare ya completo.
Regina sabía exactamente qué era lo que había ocurrido, aunque saberlo no hacía más que atormentarla.
Durante todo el día se había sentido extasiada de felicidad, sin poder creer que su esposa se amoldara tan bien tanto a la rancia nobleza como al pueblo llano. La había visto relajada, feliz, encantada con todo lo que constituía una novedad para ella. La había visto reír como nunca antes, y por Dios que su risa casi la había vuelto loca.
Cuando habían llegado a la casa, empapadas y hechas un absoluto desastre, no había podido menos que echarse a reír. Y de nuevo la risa de ella le había cautivado.
¡Dios, qué hermosa estaba! Tenía las mejillas encendidas, el rostro y el cabello mojados por la lluvia, la blusa pegada a su cuerpo, sus pechos perfectamente marcados… Quería besarle. Y, para su alegría, ella también lo deseaba. Todos y cada uno de sus gestos se lo decían; sus ojos entrecerrados, sus labios entreabiertos, la descarada postura incitadora… Y ella había sucumbido, pensando que esa noche por fin iba a ser suya, enloquecida y entusiasmada como una niña con unos vestidos nuevos.
Y la había besado. No había sido un beso salvaje, no era lo que pretendía. Había querido que el beso fuera todo lo erótico posible, con el fin de que su esposa bajara la guardia y se dejara seducir por ella.
Pero entonces había entendido todo. Había comprendido que la desvergonzada actitud de Emma ante el beso poco o nada tenía que ver con el deseo, sino que el culpable de que se hubiera mostrado tan desinhibida era el vino.
Y se había apartado. Furiosa, enojada, completamente fuera de sí.
¡Maldito fuera su orgullo !
Porque, maldita sea, no había querido tomarla estando bajo los efectos del alcohol. Si lo hubiera hecho no dudaba que al día siguiente Emma se habría arrepentido de su propia actitud, y ella no habría soportado su mirada avergonzada y llena de ocultos reproches hacia ella por haberse aprovechado de la situación.
¿Cuánto más iba a tener que esperar? O, lo más importante, ¿cuánto más iba a poder resistir?
Tomó la taza de Café que había sobre el escritorio, bebió un largo trago y después la miró como si pudiera hallar en el fondo las respuestas a sus preguntas.
Unos suaves golpes en la puerta la sacaron de sus atormentados pensamientos y aguardó a que la puerta se abriera. Puso especial empeño en no mostrar ningún tipo de emoción ni cuando Emma hizo su entrada ni cuando se detuvo frente a ella. Llevaba un vestido de seda color blanco, excepto por un lazo de color rojo que ceñía su alto talle. Se había recogido el cabello a la altura de la nuca, y unos rizos quedaban sueltos como al descuido. Tenía las manos entrelazadas en su regazo y la mirada baja. Le dedicó una tímida sonrisa antes de darle los buenos días.
—Buenos días, Emma —le contestó ella—. ¿Qué tal te encuentras esta mañana? —preguntó, todo lo formalmente que pudo.
—Creo que anoche pasó sobre mi cabeza toda una manada de caballos. ¡Dios, siento que va a explotar!
Regina echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que reverberó en toda la biblioteca. Emma hizo un mohín y le asesinó con la mirada. Al verla, Regina carraspeó y trató de contenerse.
—Eso se llama resaca. Y suele ocurrir cuando se bebe vino en exceso.
—En ese caso te rogaría que la próxima vez me hagas desistir de tomarlo —repuso ella, con una mueca de disgusto.
—Aconsejo que te tomes una taza de Café caliente. A mí me ha funcionado. Emma miró la taza con restos de Café que había sobre el escritorio.
Emma dejó escapar el aire que había retenido, y su rostro mostró una expresión desilusionada.
Regina sonrió a medias y se dedicó a contemplarla. Se preguntó si alguna vez se acostumbraría a tanta belleza, si alguna vez podría mirarla a los ojos y no quedarse perdida en ellos. La vio bajar los ojos a la tupida alfombra y morderse el labio inferior con evidente nerviosismo.
—¿Puedo ayudarte en algo, Emma?
Emma asintió con vigor. Al hacerlo sintió que le martilleaban la cabeza, e hizo una nueva mueca de dolor.
—Me gustaría hablar contigo, si tienes un segundo.
—Tengo todos los segundos, minutos, horas y años que precises.
Emma le sonrió tímidamente y fue a sentarse en el sofá. Aguardó a que su esposa se sentara en una butaca frente a ella y se movió inquieta. Trató de buscar la mejor forma de plantear su problema.
Regina se alarmó un poco al observar cómo su esposa arrugaba la frente y se movía intranquila en el sillón.
—Regina… ¿por qué te enojaste conmigo anoche?
Ella alzó las cejas, atónita por la pregunta que le planteaba su esposa.
—Emma, anoche no estaba enojada contigo.
—Entonces, ¿por qué interrumpiste el beso? ¿Acaso no te gustó?
Regina la miró con incredulidad, los ojos y la boca abiertos. Echó la cabeza hacia atrás, miró el techo con desconsuelo y se apretó el puente de la nariz a la vez que soltaba un largo suspiro de cansancio.
—Cómo explicarte esto, Emma…
Guardó silencio y la miró.
—Verás, Emma, si no hubiera parado entonces, no creo que hubiera podido hacerlo más adelante. Toda persona tiene un límite, y por Dios que nunca hubiera pensado que el mío quedara tan lejos.
—Tal vez… anoche… yo quería que tú… —titubeó ella, presa de la timidez.
Regina comenzó a negar con la cabeza.
—Tal vez, pero los motivos eran los equivocados. Emma, anoche estabas ebria.
—¿Y eso tiene algo que ver con lo que sentí? —quiso saber ella.
—En gran parte. He visto a buenos hombres convertidos en demonios, y a brutos desalmados llorar como niñas por culpa del alcohol. Puede hacer que una dama de noble cuna se convierta en una vulgar mujerzuela, y que una prostituta se crea una gran señora. Muchos son los ojos ebrios que ven belleza allí donde no hay más que escombros. Nos hace sentir más fuertes, más sociables. Es capaz de desinhibir a la más fría de las mujeres. ¿Puede ser que saque nuestros deseos ocultos? Tal vez. O tal vez lo único que haga es ponernos en el mayor de los ridículos, porque ¿quién querría ser en condiciones normales el hazmerreír de la gente?
Emma la escuchó con suma atención, porque lo que estaba diciendo tenía mucho sentido para ella. Muchas veces había visto a su padre en patético estado de embriaguez, sabiendo que él no era consciente del ridículo al que se estaba exponiendo. Pero algo le hacía dudar de que su comportamiento nocturno tuviera su origen en el alcohol. Porque el día anterior, y el anterior, y el anterior, y el anterior, había deseado que ella la besara de la forma en que lo había hecho la noche previa.
Claro que, ahora que lo pensaba fríamente, nunca hubiera creído que ella misma pudiera comportarse de esa manera, que hubiera sido ella quien había tomado la iniciativa y quien se había restregado de esa forma tan provocativa contra Regina —¡Oh, Dios! ¿Había hecho eso realmente?—, quien había marcado de forma tan apasionada el ritmo del beso.
—Tal vez tengas razón.
—O tal vez no —repuso ella—. Emma, voy a hacerte unas preguntas, y quiero que seas absolutamente sincera conmigo. ¿De acuerdo? —Ante el tímido asentimiento de ella, Regina preguntó—: ¿Te gusta que te bese?
Emma enrojeció hasta las orejas y ocultó la barbilla en el pecho.
—Mucho.
Regina sonrió con afectación. Su voz fue apenas un susurro cuando volvió a preguntar:
—¿Quieres hacer el amor conmigo?
Emma pensó que era imposible ruborizarse más de lo que ya estaba, pero estaba muy equivocada. Su rostro se puso casi escarlata de la vergüenza.
—No… estoy segura, Regina. Tengo muchas dudas al respecto, y lo que me ha contado mi madre no es muy bueno.
Regina soltó un bufido de disgusto, porque estaba completamente segura de que Mary Margaret había desfigurado la verdad. Claro que, pensándolo bien, la vida amorosa de Mary Margaret debía ser un infierno al lado de un hombre como David.
—Emma —comenzó a hablar con suavidad—, lo que ocurre a la hora de hacer el amor no es… desagradable, a pesar de lo que creas. Si las parejas tienen una buena comunicación y saben cómo tratarse mutuamente, estos llegarán a gozar demasiado.
—Imposible —musitó ella, con incredulidad.
—Doy fe —sostuvo ella, afirmando con la cabeza.
Emma miró hacia un lado, confusa, pero luego alzó la frente y le miró con resolución.
—No lo creo. Mi madre dice que dolerá, y que habrá sangre, y… y no veo de qué manera algo tan salvaje pueda llegar a gustarme.
—Ay, Emma —Regina suspiró con cansancio y después la miró con ternura—. Claro que te gustará, aunque no puedo convencerte con palabras. Sé que la idea te aterra… No, no lo niegues —intervino rápidamente cuando Emma comenzó a mover la cabeza—.
Lo he visto reflejado en tus ojos. Pero tenemos que encontrar una solución a este problema, porque me está volviendo loca. ¿Por qué crees que me encierro todos los días en la biblioteca? ¿Por qué crees que acepto todas y cada una de las invitaciones que nos llegan para salir por las noches? No soporto tenerte cerca y no tocarte, Emma. Al principio pensé que sería más fácil, pero en cuanto te tuve entre mis brazos la primera vez supe que iba a ser un infierno para mí.
—No había pensado en ello, Regina. No pensé en ningún momento que esta situación te afectara tanto —se disculpó.
—Pues me afecta, y mucho, si he de ser sincera. Pero está muy lejos de mí presionarte. Como dije en su día, quiero que lo desees tanto como yo, pero se me está agotando la paciencia.
Emma alzó la cabeza para mirarle. Regina la vio asustada, atrapada. Se odió por hacerla pasar por eso.
—Esta misma noche volveremos a Los White's. Allí me espera un gran trabajo si quiero que la finca recobre su productividad, por lo que no me quedarán más que un par de horas al día para estar contigo. No te obligaré a hacer nada que no quieras, Emma, pero a cambio de mi tregua me gustaría que me dispensaras alguna que otra merced.
—¿Me... merced? —preguntó Emma, pues no sabía lo que le estaba pidiendo esta mujer.
—Voy a seducirte, Emma.
Regina sonrió con malicia y aguardó a que su esposa comprendiera a dónde quería llegar. Al ver que fruncía el ceño, Regina se dispuso a explicarle.
—El deseo no llega solo. Hay que alimentarlo, aunque sea poco a poco.
Prometo no exigirte nada, pero quiero mostrarte paso a paso lo mucho que se puede disfrutar de la intimidad.
—Oh —exclamó Emma al comprender—. Quieres decir que… me besarás y… me tocarás.
—Exactamente —confirmó ella con una sonrisa maliciosa. Tenía un brillo pícaro en sus ojos negros, un brillo que prometía placeres ocultos y juegos de seducción. A Emma no le pareció tan mala idea, pues eso era menos inquietante que el acto final.
Ambas se pusieron de pie a la vez, dando por terminada la conversación.
Emma fue hacia su esposa para darle un tímido beso en los labios. Después le dedicó una sonrisa y se encaminó hacia la puerta.
—Disfruta de tu día de tregua, Emma —dijo Regina cuando ella hubo salido de la biblioteca—. Porque mañana empezará la guerra.
Cuánto tiempo le tomará a Emma caer en los juegos de seducción de Regina?
