En cierto sentido, es bueno saber que hay dioses griegos ahí fuera, porque tienes alguien a quien echarle la culpa cuando las cosas van mal. Por ejemplo, si eres un mortal y estás huyendo de un autobús atacado por arpías monstruosas y fulminado por un rayo —y si encima está lloviendo—, es normal que lo atribuyas a tu mala suerte; pero si eres un mestizo, sabes que alguna criatura divina está intentando fastidiarte el día. Así que allí estábamos, Annabeth, Grover, Percy y yo, caminando entre los bosques que hay en la orilla de Nueva Jersey. El resplandor de Nueva York teñía de amarillo el cielo a nuestras espaldas, y el hedor del Hudson nos anegaba la pituitaria.

Grover temblaba y balaba, con miedo en sus enormes ojos de cabra.

—Tres Benévolas —dijo con inquietud—. Y las tres de golpe.

Yo misma estaba bastante impresionada. La explosión del autobús aún resonaba en mis oídos. Pero Annabeth seguía tirando de nosotros.

—¡Vamos! Cuanto más lejos lleguemos, mejor.

—Nuestro dinero estaba allí dentro —le recordó Percy—. Y la comida y la ropa. Todo.

—Bueno, a lo mejor si no hubierais decidido participar en la pelea…

—¿Qué querías que hiciéramos? ¿Dejar que os mataran?

—No tienes que protegerme, Percy. Me las habría apañado.

—En rebanadas como el pan de sándwich —intervino Grover—, pero se las habría apañado.

—Cierra el hocico, niño cabra —le espetó Annabeth.

—¿Cuál es tu problema? —inquirí, enfadada—. Si no fuera por Percy y por mí tendrías un billete sólo de ida al inframundo, Chase. Podrías darnos las gracias por lo menos.

La sabionda se volvió hacia mí enseñando los dientes como un rottweiler.

—Mi problema es que no necesitaba vuestra ayuda, Jackson. Sé manejármelas sola.

Resoplé.

—Claro, por eso te temblaban las piernas cuando las Furias iban hacia ti, ¿no?

Percy decidió intervenir cuando Annabeth llevó una de sus manos hacia su cuchillo de bronce.

—Eh, eh, haya paz —dijo, interponiéndose entre nosotras—. Lo que menos necesitamos ahora es pelearnos entre nosotros.

Chasqueé la lengua con fastidio y me adelanté (murmurando cosas sobre rubias insufribles y orgullosas) hacia Grover, que estaba balando lastimeramente.

—Latitas… —se lamentó—. He perdido mi bolsa llena de estupendas latitas para mascar.

Me sentí mal. Yo peleando con Annabeth "Sabelotodo" Chase mientras mi amigo se sentía desgraciado. Palmeé su hombro, intentando animarle.

—Buscaremos otras, Grov.

Atravesamos chapoteando terreno fangoso, a través de horribles árboles enroscados que olían a colada mohosa. Percy y Annabeth mantenían una conversación detrás de nosotros. Parecían tan… íntimos. Viéndolos así debía admitir que no hacían mala pareja.

Me reí en silencio. ¿Percy y Annabeth juntos? De ninguna manera.

Mis pensamientos quedaron opacados por un sonido agudo, como el de una lechuza al ser torturada.

—¡Eh, mi flauta sigue funcionando! —exclamó Grover—. ¡Si me acordara de alguna canción busca sendas, podríamos salir del bosque!

Tocó unas notas, pero la melodía no se apartó demasiado de Hilary Duff. En ese momento Percy se estampó contra un árbol y le salió un buen chichón. Como la hermana considerada que era, procuré no reírme… demasiado.

Tras oír a Percy maldecir al aire durante aproximadamente un kilómetro más, empecé a ver luz delante: los colores de un cartel de neón. Olí comida. Comida frita, grasienta y exquisita. Reparé en que no había comido nada poco saludable desde mi llegada a la Colina Mestiza, donde vivíamos a base de uvas, pan, queso y barbacoas de carne extrafina preparadas por ninfas. La verdad, estaba necesitando una hamburguesa doble con queso.

Seguimos andando hasta que vi una carretera de dos carriles entre los árboles. Al otro lado había una gasolinera cerrada, una vieja valla publicitaria que anunciaba una peli de los noventa, y un local abierto, que era la fuente de la luz de neón y el buen aroma. No era el restaurante de comida rápida que había esperado, sino una de esas raras tiendas de carretera donde venden flamencos decorativos para el jardín, indios de madera, ositos de cemento y cosas así. El edificio principal, largo y bajo, estaba rodeado de hileras e hileras de pequeñas estatuas. El letrero de neón encima de la puerta me resultó ilegible, porque si hay algo peor para mi dislexia que el inglés corriente, es el inglés corriente en cursiva roja de neón. Leí algo como: «moperio de mongos de rajdín elatida MEE».

—¿Qué demonios pone ahí? —quiso saber Percy, frunciendo el ceño mientras intentaba leer el dichoso cartel.

—No lo sé —contestó Annabeth. Leía tanto que costaba recordar que también era disléxica.

Grover nos lo tradujo:

—Emporio de gnomos de jardín de la tía Eme.

A cada lado de la entrada, como se anunciaba, había dos gnomos de jardín, unos feos y pequeñajos barbudos de cemento que sonreían y saludaban, como si estuvieran posando para una foto. Era un poco macabro, sinceramente.

Percy cruzó la carretera siguiendo el rastro aromático de las hamburguesas. Sabía que, hambriento o no, él habría ido. Perseus Jackson era un tragón en toda regla. A veces bromeaba con que tenía un agujero negro por estómago.

—Ve con cuidado —le advirtió Grover.

—Dentro las luces están encendidas —apuntó Annabeth—. A lo mejor está abierto.

—Un bar —comentó mi hermano con nostalgia.

—Sí —suspiré—, un bar.

—¿Os habéis vuelto locos? —dijo Grover—. Este sitio es rarísimo.

No le hicimos caso. El aparcamiento de delante era un bosque de estatuas: animales de cemento, niños de cemento, hasta un sátiro de cemento tocando la flauta.

—¡Beee-eee! —baló Grover—. ¡Se parece a mi tío Ferdinand!

Nos detuvimos ante la puerta.

—No llaméis. Huelo monstruos. —Grover temblaba tanto como un chihuahua. Sacudí mi cabeza. Debía parar con las comparaciones caninas.

—Tienes la nariz entumecida por las Furias —le dijo Annabeth—. Yo sólo huelo hamburguesas. ¿No tienes hambre?

—¡Carne! —exclamó con desdén—. ¡Yo soy vegetariano!

—Comes enchiladas de queso y latas de aluminio —le recordó Percy.

—Eso son verduras.

—No, no lo son —refuté.

Él me ignoró. Otro grosero…

—Venga, vámonos. Estas estatuas me están mirando.

Entonces la puerta se abrió con un chirrido y ante nosotros apareció una mujer árabe; por lo menos eso supuse, porque llevaba una túnica larga y negra que le tapaba todo menos las manos. Los ojos le brillaban tras un velo de gasa negra, pero eso era cuanto podía discernirse. Sus manos color café parecían ancianas, pero eran elegantes y estaban cuidadas, así que supuse que era una anciana que en el pasado había sido una bella dama. Su acento sonaba ligeramente a Oriente Medio.

—Niños, es muy tarde para estar solos fuera —dijo—. ¿Dónde están vuestros padres?

—Están… esto… —empezó Annabeth.

—Somos huérfanos —dije.

—¿Huérfanos? —repitió la mujer—. ¡Pero eso no puede ser!

—Nos separamos de la caravana —contestó Percy—. Nuestra caravana del circo. El director de pista nos dijo que nos encontraríamos en la gasolinera si nos perdíamos, pero puede que se haya olvidado, o a lo mejor se refería a otra gasolinera. En cualquier caso, nos hemos perdido. ¿Eso qué huelo es comida?

Improvisar excusas no era lo suyo, eso está claro.

—Oh, queridos niños —respondió la mujer—. Tenéis que entrar, pobrecillos. Soy la tía Eme. Pasad directamente al fondo del almacén, por favor. Hay una zona de comida.

Le dimos las gracias y entramos.

—¿La caravana del circo? —le susurró Annabeth a Percy.

—¿No hay que tener siempre una estrategia pensada?

—En tu cabeza no hay más que algas.

—Al menos la suya tiene algo dentro —escupí—, no como la de cierta rubia que la tiene tan hueca como una botella vacía. —Grover hizo caminar a Annabeth antes de que tuviera tiempo para registrar del todo mis palabras e intentara matarme.

El almacén estaba lleno de más estatuas: personas en todas las posturas posibles, luciendo todo tipo de indumentaria y distintas expresiones. Pensé que se necesitaría un buen trozo de jardín para poner aquellas estatuas, pues eran todas de tamaño natural. Pero, sobre todo, pensé en comida. Vale, llámame estúpida por entrar en la tienda de una señora rara sólo porque tenía hambre, pero es que a veces hago cosas impulsivas. Además, tú no has olido las hamburguesas de la tía Eme. El aroma era como el gas de la risa en la silla del dentista: provocaba que todo lo demás desapareciera. Apenas reparé en los sollozos nerviosos de Grover, o en el modo en que los ojos de las estatuas parecían seguirme, o en el hecho de que la tía Eme hubiese cerrado la puerta con llave detrás de nosotros. Lo único que me importaba era la zona de comida. Y, efectivamente, estaba al fondo del almacén, un mostrador de comida rápida con un grill, una máquina de bebidas, un horno para bollos y un dispensador de nachos con queso. Y unas cuantas mesas de picnic.

—Por favor, sentaos —dijo la tía Eme.

—Alucinante —comenté.

—Hum… —musitó Grover—. No tenemos dinero, señora.

Antes de que yo pudiera darle un codazo en las costillas, tía Eme contestó:

—No, niños. No hace falta dinero. Es un caso especial, ¿verdad? Es mi regalo para unos huérfanos tan agradables.

—Gracias, señora —contestó Annabeth.

Me pareció que la tía Eme se ponía tensa, como si Annabeth hubiera hecho algo mal (no me hubiera extrañado), pero enseguida pareció relajada de nuevo y supuse que habría sido mi imaginación.

—De nada, Annabeth —respondió—. Tienes unos preciosos ojos grises, niña.

Sólo más tarde me pregunté cómo habría sabido el nombre de Annabeth, porque no nos habíamos presentado. Nuestra anfitriona se puso a cocinar detrás del mostrador. Antes de que nos diéramos cuenta, había traído bandejas de plástico con hamburguesas, batidos de vainilla y patatas fritas. Percy ya se había comido la mitad de la suya para cuando yo di dos mordiscos. Annabeth sorbió su batido. Grover pellizcaba patatas y miraba el papel encerado de la bandeja como si le apeteciera comérselo, pero seguía demasiado nervioso.

—¿Qué es ese ruido sibilante? —preguntó.

Yo no oí nada. Percy y Annabeth tampoco.

—¿Sibilante? —repitió la tía Eme—. Puede que sea el aceite de la freidora. Tienes buen oído, Grover.

—Tomo vitaminas… para el oído.

—Eso está muy bien —respondió ella—. Pero, por favor, relájate.

La tía Eme no comió nada. No se había descubierto la cabeza ni para cocinar, y ahora estaba sentada con los dedos entrelazados, observándonos comer. Es un poco inquietante tener a alguien mirándote cuando no puedes verle la cara, pero no dije nada por no sonar maleducada.

—Así que vende gnomos —dijo Percy, queriendo sonar interesado.

—Pues sí —contestó la tía Eme—. Y animales. Y personas. Cualquier cosa para el jardín. Los hago por encargo. Las estatuas son muy populares, ya sabéis.

—¿Tiene mucho trabajo? —le pregunté.

—No mucho, no. Desde que construyeron la autopista, casi ningún coche pasa por aquí. Valoro cada cliente que consigo.

Sentí una vibración en el cuello, como si alguien estuviera mirándome. Me volví, pero sólo era la estatua de una chica con una cesta de Pascua. Su detallismo era increíble, mucho más preciso que el que se ve en la mayoría de las estatuas. Pero algo raro le pasaba en la cara. Parecía sorprendida, incluso aterrorizada.

—Ya —dijo la tía Eme con tristeza—. Como ves, algunas de mis creaciones no salen muy bien. Están dañadas y no se venden. La cara es lo más difícil de conseguir. Siempre la cara.

Percy le preguntó:

—¿Hace usted las estatuas?

—Oh, desde luego. Antes tenía dos hermanas que me ayudaban en el negocio, pero me abandonaron, y ahora la tía Eme está sola. Sólo tengo mis estatuas. Por eso las hago. Me hacen compañía.

La tristeza de su voz parecía tan profunda y real que la compadecí. Debía de ser duro para ella estar sola en un lugar tan remoto como este, sin nadie con quien hablar.

Annabeth había dejado de comer. Se inclinó hacia delante e inquirió:

—¿Dos hermanas?

—Es una historia terrible. Desde luego, no es para niños. Verás, Annabeth, hace mucho tiempo, cuando yo era joven, una mala mujer tuvo celos de mí. Yo tenía un novio, ya sabéis, y esa mala mujer estaba decidida a separarnos. Provocó un terrible accidente. Mis hermanas se quedaron conmigo. Compartieron mi mala suerte tanto tiempo como pudieron, pero al final nos dejaron. Sólo yo he sobrevivido, pero a qué precio, niños. A qué precio.

¿Qué clase de desalmada querría hacerle daño a una anciana tan buena? Su desdicha me hacía sentir tremendamente triste.

—Lo lamento, señora Eme —le dije. Intenté sonreír, pero la acción me resultó vaga. Sentía mis párpados cada vez más pesados, mi cuerpo adormecerse…

—Gracias, Lily. —¿Cuándo le había dicho mi nombre?—. Tan joven y tan amable... ¡Cómo desearía tener una hija como tú! Tus padres deben de estar muy orgullosos.

Quizá fue la somnolencia, pero la forma en que nombró a mis padres me resultó extraña, casi… ávida.

—¿Percy? ¿Lily? —Annabeth nos estaba sacudiendo—. Tal vez deberíamos marcharnos. Ya sabéis… el jefe de pista estará esperándonos.

Fruncí el ceño y la miré.

—¿A qué te refieres? —Por algún motivo, parecía tensa.

En ese momento Grover se estaba comiendo el papel encerado de la bandeja de plástico, pero si a tía Eme le pareció raro, no dijo nada.

—Qué ojos grises más bonitos —volvió a decirle a Annabeth—. Vaya que sí, hace mucho que no veo unos ojos grises como los tuyos.

Se acercó como para acariciarle la mejilla, pero Annabeth se puso en pie bruscamente.

—Tenemos que marcharnos, de verdad.

—¡Sí! —Grover se tragó el papel encerado y también se puso en pie—. ¡El jefe de pista nos espera! ¡Vamos!

¿Por qué parecían tan desesperados? Ni que aquella anciana desvalida nos fuera a hacer daño.

—Por favor, queridos niños —suplicó—. Tengo muy pocas ocasiones de estar en tan buena compañía. Antes de marcharos, ¿no posaríais para mí?

—¿Posar? —preguntó Annabeth, cautelosa.

—Para una fotografía. Después la utilizaré para un grupo escultórico. Los niños son muy populares. A todo el mundo le gustan los niños.

Annabeth cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Mire, señora, no creo que podamos. Vamos, chicos.

—¡Claro que podemos! —saltó Percy. Miró molesto a Annabeth. No podía culparle. Aquella mujer nos acababa de alimentar gratis—. Es sólo una foto, Annabeth. ¿Qué daño va a hacernos?

—Claro, Annabeth —ronroneó la mujer—, ningún daño.

A Annabeth no le gustaba la idea, pero al final cedió. La tía Eme nos condujo de nuevo al jardín de las estatuas, por la puerta de delante. Una vez allí, nos llevó hasta un banco junto al sátiro de piedra.

—Ahora voy a colocaros correctamente —dijo—. Percy entre las dos señoritas, y Grover al lado de Annabeth.

—No hay demasiada luz para una foto —comenté, mirando a mi alrededor distraídamente.

—Descuida, hay de sobra —repuso la tía Eme—. De sobra para que nos veamos unos a otros, ¿verdad?

—¿Dónde tiene la cámara? —preguntó Grover.

La mujer dio un paso atrás, como para admirar la composición.

—La cara es lo más difícil. ¿Podéis sonreír todos, por favor? ¿Una ancha sonrisa?

Grover miró al sátiro de cemento junto a él y murmuró:

—Se parece mucho al tío Ferdinand.

—Grover —le riñó tía Eme—, mira a este lado, cariño.

Seguía sin cámara.

—Percy, Lily… —dijo Annabeth.

Algún instinto me indicó que escuchara a Annabeth, pero estaba luchando contra la somnolencia surgida de la comida y la voz de la anciana.

—Sólo será un momento —añadió tía Eme—. Es que no os veo muy bien con este maldito velo…

—Chicos, escuchadme, algo no va bien.

—¿Que no va bien? —repitió la tía Eme mientras levantaba los brazos para quitarse el velo—. Te equivocas, querida. Esta noche tengo una compañía exquisita. ¿Qué podría ir mal?

—¡Es el tío Ferdinand! —balbució Grover.

—¡No la mires! —gritó Annabeth, y al punto se encasquetó la gorra de los Yankees y desapareció.

Sus manos invisibles nos empujaron a Grover, a Percy y a mí fuera del banco. Y, por supuesto, tuve que aterrizar sobre mi mano. Siseé de dolor en cuanto sentí el hueso torcerse, seguido de una sensación de ardor que me subió hasta el cuello.

Estaba en el suelo, mirando las sandalias de la tía Eme. Por instinto me escabullí en una dirección y Grover en la otra, con Annabeth siguiéndome los talones.

—Déjame ver —me ordenó en cuanto nos refugiamos detrás de la estatua de un hombre casi tan gordo como Gabe. Tomó mi mano hinchada entre las suyas, y solté un quejido cuando hizo presión en la muñeca—. Es una torcedura leve. Toma. —Rebuscó en su bolsillo hasta sacar un trozo de ambrosía. Me lo dio y mordisqueé con deleite, confundiéndolo por un momento con las galletas de mamá, mientras el alimento de los dioses hacía su trabajo—. La ambrosía te curará, pero no lo suficientemente rápido. No te separes de mí, ¿entendido? Así no puedes pelear.

Tenía razón. Yo no podía manejar una espada con la mano izquierda, sólo con la derecha. Mi fracaso en los entrenamientos de Luke para guerreros ambidiestros lo demostraba.

—¿Qué demonios está pasando? —exigí saber—. ¿Qué demonios es esa vieja?

Annabeth profirió algo parecido a un gruñido.

—Dioses, tú también tienes algas en vez un cerebro.

—¡Eh!

—¡Es Medusa, idiota! —Eso bastó para que me callara—. ¿No te das cuenta? Todas estas estatuas son las víctimas que ella ha petrificado.

Ay, madre… Cualquier rastro de somnolencia desapareció de mi ser.

—¿O sea que el «novio» del que hablaba… —Hice una mueca de asco— es mi padre?

Ella me miró como si estuviera flipando.

—¿Eso es lo único que sacas en claro de todo esto? —chilló en voz baja.

Abrí la boca justo cuando se oyó algo espeluznantemente áspero. Seguí la dirección del sonido con la mirada y lancé un grito ahogado.

—¡Percy!

Mi hermano no había conseguido moverse. Seguía tendido en el suelo, boca abajo, seguramente aturdido por la comida infernal de Medusa. Mientras, la vieja loca se acercaba lentamente a él. Sólo alcancé a divisar unas manos verrugosas y pequeñas serpientes saliendo de su cabeza.

—No muevas los ojos de Percy —me indicó Annabeth—. Nunca la mires directamente a ella.

Asentí. Y Percy, como si estuviera aplicando la psicología inversa, empezó a levantar la cabeza poco a poco.

—¡No! —grité—. ¡No la mires!

Al menos me hizo caso.

—¡Huye! —baló Grover, y lo oí correr por la grava, mientras gritaba «Maya!», a fin de que sus zapatillas echaran a volar.

Sin embargo, Percy no lo hizo.

—¿Por qué no se mueve? —pregunté al aire, histérica.

—Está en trance —respondió Annabeth—. ¿No ves sus movimientos? Son vagos, mayormente inútiles. Medusa lo ha adormilado con su comida.

—Qué pena destrozar una cara tan hermosa y joven —oí susurrar a la mentada—. Quédate conmigo, Percy. Sólo tienes que mirar arriba.

Pero Percy apeló a su lado razonable y miró hacia un lado, aunque eso sólo disminuía el peligro. Aquel monstruo podría arrancarle la cabeza a zarpazo limpio antes de que atinara a pestañear.

—Esto me lo hizo la de los ojos grises, Percy —dijo Medusa, y no sonaba en absoluto como un monstruo. Su voz invitaba a mirar, a simpatizar con una pobre abuelita—. La madre de Annabeth, la maldita Atenea, transformó a una mujer hermosa en esto.

Miré a Annabeth y susurré:

—¿Tu madre estaba celosa de Medusa, entonces? —Ella me dio un capón en la cabeza—. ¡Ay!

—¡No la escuches! —exclamó, sin prestarme atención—. ¡Corre, Percy!

—¡Silencio! —gruñó Medusa, y volvió a modular la voz hasta alcanzar un cálido ronroneo—. Ya ves por qué tengo que destruir a la chica, Percy. Es la hija de mi enemiga. Desmenuzaré su estatua. Pero tú, querido Percy, y tu hermana no tenéis por qué sufrir.

Sólo porque éramos los hijos de su ex amante. Ugh, la idea me seguía dando grima.

—No —murmuró Percy.

—¿De verdad quieres ayudar a los dioses? —le preguntó Medusa—. ¿Entiendes qué te espera en esta búsqueda insensata, Percy? ¿Qué te sucederá si llegas al inframundo? No seas un peón de los Olímpicos, querido. Lily y tú estaréis mejor como estatuas. Sufriréis menos daño. Mucho menos.

Como para sentir algún daño siendo un trozo de piedra.

Un zumbido, como el de un colibrí con obesidad, se oyó de repente.

—¡Percy! —Grover gritó—: ¡Agáchate!

Percy se dio la vuelta. Annabeth y yo vimos como el sátiro se lanzaba en picado desde el aire con sus zapatos alados, con una rama de árbol del tamaño de un bate de béisbol. Tenía los ojos apretados y movía la cabeza de lado a lado. Navegaba guiándose por el oído y el olfato.

—¡Agáchate! —volvió a gritar—. ¡Voy a atizarle!

Afortunadamente, Percy hizo caso y se arrojó hacia un lado. Grover alzó el bate y (¡Zaca!) le dio a Medusa en el estómago. Ella rugió de dolor.

—¡Sátiro miserable! —masculló—. ¡Te añadiré a mi colección!

—¡Ésa por el tío Ferdinand! —le respondió Grover.

—¡Dale una de mi parte, Grov! —grité.

—¡Lily! —me reprendió Annabeth.

Percy aprovechó la situación y se ocultó entre las estatuas mientras Grover se volvía para hacer otra pasadita.

¡Tracazás!

¡Toma, en toda la cara! ¡Eso tuvo que doler!

—¡Argh! —aulló Medusa, y su melena de serpientes silbaba y escupía.

En ese momento Annabeth se puso su gorra invisible y desapareció. Luego sentí una presión en mi mano buena y como algo me jalaba hacia delante.

—¡Vamos! —la oí susurrarme.

Tiró de mí, haciendo un camino hacia Percy de tal forma que yo quedara oculta de la vista de Medusa.

—¡Percy! —le llamamos a la vez.

Dio un respingo tan grande que casi tiro un gnomo de jardín con un pie.

—¡Por Dios! ¡No puedes fallar! —Annabeth se quitó la gorra de los Yankees y se volvió visible—. Tienes que cortarle la cabeza.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca? Larguémonos de aquí.

—Medusa es una amenaza. Es mala. La mataría yo misma, pero… —Tragó saliva, como si le costase admitirlo— pero tú vas mejor armado. Además, nunca conseguiría acercarme. Me rebanaría por culpa de mi madre. Y Lily tampoco puede. Se ha torcido la muñeca con la caída. —Levanté mi mano para que la viera. Sus ojos se detuvieron con aprehensión en la leve hinchazón—. Le he dado un poco de ambrosía, pero no conseguirá sanarse a tiempo. Tú… tú tienes una oportunidad.

—¿Qué? Yo no puedo…

—Mira, ¿quieres que siga convirtiendo a más gente inocente en estatuas? —Señaló una pareja de amantes abrazados, convertidos en piedra por el monstruo. Annabeth agarró una bola verde de un pedestal cercano—. Un escudo pulido iría mejor. —Estudió la esfera con aire crítico—. La convexidad causará cierta distorsión. El tamaño del reflejo disminuirá en una proporción…

—¿Quieres hablar claro?

—¡Eso hago! —le entregó la bola—. Bueno, ten, mira al monstruo a través del cristal, nunca directamente.

—¡Eh! —gritó Grover desde algún lugar por encima de nosotros—. ¡Creo que está inconsciente!

—¡Groar!

—Puede que no —se corrigió Grover.

Se abalanzó para hacer otro barrido con su improvisado bate.

—Date prisa —le dijo Annabeth—. Grover tiene buen olfato, pero al final acabará cayéndose.

—Cuánta confianza pones en él —dije, rodando los ojos.

—Ya sabes lo que quiero decir.

Percy sacó su boli y lo destapó. La hoja de bronce de Anaklusmos salió disparada. Respiró hondo y marchó, siguiendo el ruido sibilante y los escupitajos del pelo de Medusa, enfocando su vista completamente en la bola de cristal.

—Saca tu espada —me indicó Annabeth—. Aunque no puedas pelear es mejor que la tengas a estar desarmada. —Ella misma tenía a punto su cuchillo por si las moscas.

—Muy lógico. —Asentí.

Deslicé el anillo de mi dedo con cuidado para no dañarme más la mano e hice presión en la perla verde. Luego, empuñando una espada, miré lo que se cocía junto con Annabeth a través de otra esfera que había cogido.

Grover intentó atizarla otra vez con el bate, pero esta vez volaba demasiado bajo. Medusa agarró la rama y lo apartó de su trayectoria. Grover tropezó en el aire y se estrelló contra un oso de piedra con un doloroso quejido. Medusa iba a abalanzarse sobre él cuando grité:

—¡Eh! ¡Aquí!

Avanzó hacia ella, cosa que no era tan fácil, teniendo en cuenta que sostenía una espada en una mano y una bola de cristal en la otra. Si la bruja cargaba, no le sería fácil defenderse. Sin embargo, dejó que se acercara: seis metros, cinco, tres… Me mordía las uñas con frenesí de los nervios.

Entonces vi el reflejo de su cara. No podía ser tan fea. Aquel cristal verde debía de distorsionar la imagen, afeándola incluso más.

—No le harías daño a una viejecita, Percy —susurró—. Sé que no lo harías.

Vaciló, fascinada por el rostro que veía reflejado en el cristal: los ojos, que parecían arder a través del vidrio verde, me debilitaban los brazos. Desde el oso de cemento, Grover gimió:

—¡No la escuches, Percy!

Medusa estalló en carcajadas.

—Demasiado tarde. —Se le abalanzó con las garras por delante.

—¡NO! —chillé. Me lancé hacia delante sin importarme acabar petrificada, pero Annabeth me agarró del brazo y tiró de mí hacia atrás, deteniéndome.

¡Zasss!

El sonido de una espada rebanando detuvo mis intentos de soltarme, seguido de un siseo asqueroso y un silbido como de viento en una caverna: el sonido del monstruo desintegrándose. Luego, se escuchó el esperado choque contra el suelo.

—Lo ha hecho… —susurró Annabeth, un poco sorprendida. Sin más, se puso su bendita gorra y desapareció.

—Puaj, qué asco —oí a Grover—. ¡Megapuaj!

—Ya te digo —dije con aprehensión, oliendo el vapor que salía de aquel bicho. Me acerqué a ellos a tientas con los ojos entrecerrados, preparada para cerrarlos si los de Medusa quedaban a la vista. Con la punta de mi espada toqué la cabeza, oyendo un sonido asquerosamente viscoso—. Supermegapuaj.

Annabeth se materializó a nuestro lado con la mirada vuelta hacia el cielo. Sostenía el velo negro de Medusa.

—No te muevas —dijo.

Con mucho cuidado, sin mirar abajo ni un instante, se arrodilló, envolvió la cabeza del monstruo en el paño negro y la recogió. Aún chorreaba un líquido verdoso.

—¿Estás bien? —le pregunté a Percy con voz temblorosa.

—Sí —mintió. Parecía a punto de vomitar—. ¿Porqué… por qué no se ha desintegrado la cabeza?

—En cuanto la cercenas se convierte en trofeo de guerra —le explicó Annabeth—, como vuestros cuernos de minotauro. Pero no la desenvuelvas. Aún puede petrificar.

Grover se quejó mientras bajaba de la estatua del oso. Tenía un buen moratón en la frente. La gorra rasta verde le colgaba de uno de sus cuernecitos de cabra y los pies falsos se le habían salido de las pezuñas. Las zapatillas mágicas volaban sin rumbo alrededor de su cabeza.

—Pareces el Barón Rojo —dijo Percy—. Buen trabajo.

Sonrió tímidamente.

—No me ha molado nada. Bueno, darle con la rama en la cabeza sí ha molado, pero estrellarme contra ese oso no.

Cazó las zapatillas al vuelo y nosotros volvimos a tapar las espadas. Luego regresamos al almacén. Encontramos unas bolsas de plástico detrás del mostrador y envolvimos varias veces la cabeza de Medusa. La colocamos encima de la mesa en que habíamos cenado y nos sentamos alrededor, demasiado cansados para hablar.

Al final Percy dijo:

—¿Así que tenemos que darle las gracias a Atenea por este monstruo?

Annabeth le lanzó la misma mirada que me había dado a mí cuando pregunté si su madre había estado celosa de Medusa.

—A vuestro padre, de hecho. ¿No te acuerdas? Medusa era la novia de Poseidón. Decidieron verse en el templo de mi madre. Por eso Atenea la convirtió en monstruo. Ella y sus dos hermanas, que la habían ayudado a meterse en el templo, se convirtieron en las tres gorgonas. Por eso Medusa quería hacerme picadillo, pero también pretendía conservaros a Lily y a ti como bonitas estatuas. Aún le gusta tu padre. Probablemente le recordabais a él.

La cara de Percy era una olla exprés.

—Vaya, pues hay una evidente diferencia de géneros en mi caso, ¿no crees? —ironicé.

—Quieres decir entonces que ha sido culpa nuestra que nos encontráramos con Medusa —dijo mi hermano.

—La mayoría de la culpa la tienes tú. —Annabeth se irguió e imitó su voz en falsete, haciéndome reír—: «Tan sólo es una foto, Annabeth. ¿Qué daño puede hacernos?».

—Vale, vale. Eres imposible.

—Y tú insufrible.

—Y tú…

—¡Eh! —les interrumpió Grover—. Me estáis dando migraña.

Me volví hacia él con ceño, confundida.

—¿Los sátiros tenéis migraña?

—No, de eso se trata. ¿Qué vamos a hacer con la cabeza?

Percy miró el bulto. De un agujero en el plástico salía una pequeña serpiente. En la bolsa estaba escrito: «cuidamos su negocio». Se puso en pie de repente.

—Ahora vuelvo.

—Percy —le llamó Annabeth—. ¿Qué estás…? —Pero él ya se había marchado. Ella pisoteó el suelo, frustrada—. ¡Ugh! ¡Este chico me saca de mis casillas!

Resoplé, cruzándome de brazos.

—Pues imagínate a mí, que llevo lidiando con él desde que nací.

—Te compadezco.

—Ya. —Cambié mi peso de un pie a otro, indecisa—. Um, eh… Oye, Chase, yo…, bueno, que… Gracias por haberme ayudado antes.

Tanto ella como Grover me miraron con impresión, pero yo tenía mis ojos en el techo, evitando contacto visual. Era muy incómodo agradecerle a la chica con la que no había hecho nada más que pelearme desde que la conocí, pero era lo justo. Ella me había salvado el cuello, y yo no iba a ser desagradecida.

Los segundos se convirtieron en horas antes de que Annabeth finalmente habló:

—De nada. Supongo que… Supongo que te la… debía por lo de las Furias —dijo, prácticamente escupiendo las palabras. A ella tampoco se le daba bien dar las gracias—. Ahora ya estamos en paz.

Mi amigo sátiro alternaba su mirada entre las dos, sin dar crédito a sus oídos.

—Sí, claro. —Me aclaré la garganta, enderezando mis hombros—. Aún así me sigues pareciendo una sabelotodo grosera, no te confundas.

Ella bufó.

—Tranquila, sirenita, que para mí sigues siendo la misma bocazas insolente de siempre.

—Bien.

—Bien.

—¡Vale!

—¡Vale!

—¡Perfecto!

—¡Fantástico!

Grover dejó caer la cabeza y soltó un suspiro.

—Y todo vuelve a la normalidad —murmuró por lo bajini—. Era demasiado bonito para ser cierto.

Un par de minutos después (en los cuales Annabeth y yo nos pasamos evitando mirarnos la una a la otra), Percy regresó cargando una caja de cartón.

—¿Para qué quieres eso? —inquirí.

No me contestó. En su lugar, metió dentro la cabeza de Medusa y rellenó el formulario de envío.

Los Dioses

Monte Olimpo

Planta 600

Edificio Empire State

Nueva York, NY

Con mis mejores deseos,

Percy Jackson

—Eso no va a gustarles —le avisó Grover.

Me froté la barbilla.

—No, no lo creo —dije. Una sonrisa pícara empezaba a formarse en mi cara—. ¡Dame eso!

Le quité el bolígrafo y escribí:

y Lily Jackson.

Reímos y chocamos los cinco.

—¡Os van a considerar unos impertinentes! —insistió Grover.

Haciendo oídos sordos, Percy metió unos cuantos dracmas de oro en la bolsita. En cuanto la cerró, se oyó un sonido de caja registradora. El paquete flotó por encima de la mesa y desapareció con un suave «pop».

—Es que somos unos impertinentes —respondió tan campante.

Miró a Annabeth, esperando un ataque, pero ella suspiró con resignación.

—Vamos —murmuró—. Necesitamos un nuevo plan.


¡Perdón! Siento haber tardado tanto en subir el capítulo. He sufrido un pequeño bloqueo creativo y no podía escribir (nunca volveré a criticar a un escritor por tardar en publicar una novela). De ahora en adelante intentaré actualizar más rápido. Tengo intención de continuar con la saga.

¡Muchas gracias por los comentarios! Me alegra mucho saber que la historia está teniendo éxito.