Capítulo 11

Desde que me confesó su pasado, me propuse ayudarla. Ella es valiente, sé que lo es. Así que me di a la tarea de quitarle el miedo que sentía a las escaleras y subir a la que fue algún día su habitación.

El día que se lo dije, ella negó repetidamente con la cabeza y rogó que no lo hiciera. Sus nervios la traicionaron y terminó llorando sobre mi pecho. Tianna me había mirada con tanto odio, que al parecer su desconfianza hacia a mí, volvió a nacer. Lily, fue otro cantar, ella dijo que era lo mejor. Que ésta casa era de Allison y era algo tonto que le tuviera tanto miedo a su propio hogar. Ella fue mi aliada, al día siguiente de la propuesta, cuando llegué a casa de Allison, la mujer me pidió que lo propusiera de nuevo.

—Sé que mi niña terminara accediendo a lo que le digas. Confía en ti, creo que más que en ninguna otra persona. Habla con ella, se merece volver a arriba —le sonreí a la mujer.

—Le prometo que lograre hacerlo. Allison es valiente y lograra subir de nuevo.

Ella asintió y volvió a la cocina.

Cuando entré a la sala. Allison me pidió que nos sentáramos.

—Disculpa mi actitud, Edward. Fui totalmente infantil, pero el miedo no es fácil de vencer —dijo ella, sosteniendo mis manos.

—Es fácil de vencer, cuando le demuestras que no es más fuerte que tú —ella suspiró por mis palabras.

—Déjame pensarlo —pidió.

—Todo el tiempo que necesites, Allison —coloqué mi mano sobre su mejilla. Ella ladeó su cabeza, apoyando su rostro en la palma de mi mano— Piensa que yo estaré a tu lado todo el tiempo, yo te voy a proteger y cuidar siempre, peleare contra quien sea por ti.

Su corazón latió velozmente, y sentí como dejaba un ligero beso en la parte interna de mi muñeca, donde aún el guante lograba cubrir. Si estuviera vivo, mi corazón se hubiese salido de mi pecho al latir tan rápido, como el de ella. Rocé con mis dedos su cuello, y ella cerró los ojos al sentir como mi dedo se posaba justamente donde se sentía palpitar. Era la piel más bonita que había visto en toda mi existencia, era el cuello más hermoso que había contemplado y que ahora tenía la fortuna de acariciar.

Seguí el camino de su clavícula y la escuché suspirar. Cerré los ojos ante su pensamiento. Ella deseaba que la besara, que tomara su rostro entre mis manos y la besara. Yo igual lo deseaba, ella no tenía idea de la gran necesidad de besarla que sentía en ese momento. Pero no podía hacerlo, tenía miedo de que notara la frialdad de mi piel, temía dañarla, temía no controlar mis fuerzas y terminar lastimándola con mis manos o mi boca. Temía que mis colmillos la rozaran o que su sabor me descontrolara. Temía terminar mordiéndola.

Así que hice algo mejor para mí. La tomé de los hombros y la jalé a mi pecho. Ella suspiró un tanto tranquila, un tanto desilusionada. Y luego se reprochó al pensar que podría gustarme.

No seas tonta, Allison. Jamás se fijaría en la chica ciega…

Apreté mi abrazo alrededor de ella. Quería quitarle esa tonta idea. Gustarme, ella no solamente me gustaba. Ella me tenía loco, yo estaba completamente enamorado. Yo la amaba.

Una semana después de ese día, llegué a su casa. Lily había abierto la puerta y al verme, me tomó del brazo y empezó a hablar en voz baja.

—Dígale que arriba están las cosas de su madre, ella se sentirá motivada y aceptara. Dígale que, en una de las habitaciones, está el piano de ella —me aconsejó la mujer, con sus ojos café en mi dirección y sonriendo suavemente, provocando que las pequeñas arrugas alrededor su boca se revelaran. Ella sólo quería ver a Allison ser feliz de nuevo— Confío en usted, joven, para hacer que mi niña sea feliz de nuevo.

—Hare todo lo posible —le prometí a la mujer.

Ella asintió y se fue a la cocina. Allison estaba en la sala y sobre sus piernas sostenía un cuaderno. Al acercarme, me di cuenta de que era Braille y Allison repasaba sus dedos sobre lo que había escrito.

—Hola, Edward —ella me saludó con una bonita sonrisa, sin dejar de mover los dedos.

—Hola, Allison.

—Estoy practicando, recuerdas que te conté de aquel curso que quería tomar, pues ayer en la noche hablé con mi profesor y hoy en la mañana me trajo esto —me contó con entusiasmo.

—Me alegro mucho por ti, Allison —le dije en verdad feliz.

—Gracias. ¿Quieres que te cuente lo que dice? —me preguntó, agrandando más su sonrisa.

—Me encantaría escucharte —aseguré.

—Es como una pequeña novela. Vamos al inicio mejor, creo que es algo justo después de todo lo que me has leído. Es momento que lo haga por ti —ella cerró el libro y lo volvió abrir en la primera página.

—Sabes que a mí me gusta leerte —le dije, con sinceridad. Me senté a su lado y ella asintió.

—Y te lo agradezco, pero quiero devolverte el momento —aseguró ella. Yo sonreí, ella no sabía que el leerle me lo pagaba justamente en el momento de estar simplemente respirando a mi lado— Empecemos.

La siguiente hora me la pasé escuchando una historia a la que en realidad no le puse toda mi atención. Todo de mí se concentraba en Allison moviendo los labios y los dedos, escuchando su voz diciendo todas esas palabras que iba sintiendo en la yema de sus dedos. Reía cuando ella lo hacía, más por ella que por la historia en sí.

Cuando ella cerró el libro, se giró a mí dirección y me preguntó si me había gustado.

—Por supuesto —le dije. Ella se sonrojó y sonrió agradablemente— Gracias por hacerlo.

—Te lo debía —respondió.

—Allison —la llamé. Creía que era el momento de volver a intentarlo— Tú me dijiste que tu madre tocaba el piano —ella asintió, sospechando una treta de mi parte— ¿Nunca has pensado en tocar tú también? —cuestioné, cambiando ligeramente la táctica.

La idea de Lily, es que Allison simplemente subiera por el objeto más preciado de su madre, pero sabía que, si eso incluía una actividad para ella, accedería a subir más seguido.

Allison se lo pensó. Tenía la ligera sospecha de que eso también era algo que deseaba hacer cuando veía.

—Cuando mamá murió, papá quitó el piano de aquí e hizo que lo llevaran a una de las habitaciones de arriba, no quería verlo ni escucharlo más —confesó ella, tristemente— Siempre tuve las ganas de aprender piano como mi madre, pero ante la orden de mi padre lo olvidé.

—¿Te gustaría aprender? —pregunté.

—Me gustaría, pero sería sin que mi padre lo supiera, y pues eso es difícil, pues le tendría que pagar a un profesor y el que hace cargo de mis gastos es mi padre, así que…

—Yo podría enseñarte —interrumpí. Ella elevó una ceja confundida— Nunca te lo dije: soy bueno tocando piano.

—¿De verdad? —preguntó con asombro.

—Lo soy. Yo podría enseñarte sin que tu padre se enterara —propuse.

—¿Lo harías? —sonó desconfiada, no en mi propuesta, sino en no tener la suficiente capacidad para hacerlo. Pero yo estaba seguro que Allison podría lograr cualquier cosa que se propusiera.

—Claro que sí —afirmé.

—Está bien —suspiró al final— Pero el piano está arriba —dijo nerviosa.

—Y tendremos que subir, pues si bajamos el piano tu padre podría llegar en cualquier momento y no habría manera de ocultar que estas aprendiendo —razoné, antes de que se negara a hacerlo.

—De... de acuerdo —aceptó, apenas musitando, con algo de miedo. De repente su ceja se elevó con enfado y sus brazos se cruzaron— Lo hiciste a propósito. Realmente no quieres enseñarme, sólo es para que suba —reclamó. Ya se había dado cuenta de la trampa.

—Quiero que subas y pierdas el miedo a tu propio hogar, Allison, quiero ayudarte. Y mi propuesta de enseñarte es completamente sincera, me gustaría que aprendieras algo que hizo tu mamá con tanto gusto y al parecer tú también deseas. Vamos, acepta, por favor —le pedí. Ella descruzó los brazos y yo aproveché para tomar sus manos.

—Está bien, Cullen —dijo entre dientes, pero sabía que no estaba molesta conmigo realmente. Ella entendía perfectamente que sólo quería ayudarla— Subiremos.

—Gracias. ¿Cuándo empezaremos? —le pregunté.

—Ahora mismo —dijo con fuerza, levantándose del sofá.

La decisión brillaba en sus ojos negros, como si una llama de fuego los cubriera. Era cautivante su mirada en este momento. Era como ver los ojos de Rosalie cuando estaba sedienta, en la rubia era diabólicamente atrayente, la sed que la consumía se reflejaba en sus ojos negros carbón y tenía ese extraño brillo al ver una presa apetecible. Y la mirada Allison era igual, sus ojos negros me demostraban lo ansiosa que se encontraba, y en ellos podía ver perfectamente el deseo de aprender algo nuevo y la fuerza que estaba ejerciendo contra su miedo. Y ahora es que entiendo porque los ojos de Allison son completamente negros, en ellos siempre se demuestra el deseo que tiene por ver el mundo, la sed de aprender más y más. Ella siente la misma sed que nosotros, pero por distintas cosas.

Tomé su mano y caminamos al pie de la escalera. Ella estaba tensa, podía notarlo en el rostro frío e inmutable, en su mano apretando la mía firmemente. Todo de ella gritaba nervios y algo de miedo.

—Tú puedes, Allison —susurré, cerca de su oído— Piensa que yo estoy aquí, nada malo puede pasarte a mi lado.

Ella suspiró y avanzó el primer escalón.

Ella los contaba, cada uno de ellos los iba contando, procurando no olvidar ni siquiera el pequeño ruido de la madera al crujir. Todo se grababa e su mente, y para cuando llegamos arriba, ella respiró profundamente, dando un ligero paso hacia atrás, sintiendo en sus talones el borde del escalón. La aferré a mi mano y colocando un brazo alrededor de su cintura, impedí que cayera. Ella suspiró con tranquilidad, aferrando una mano sobre mi hombro, alejando el miedo que sentía por caer.

—Ya estamos arriba —le dije en voz baja.

Ella asintió y dio un paso adelante, acercándose un poco más a mi cuerpo.

—Lo sé —musitó apenas— Creo que no es tan malo.

Me dio una ligera sonrisa y entonces retrocedí un paso, sin quitar mi mano de la suya.

—¿Sabes dónde está el piano? —pregunté. Sabía en donde estaba, pero era necesario preguntar.

—Tercera habitación a la derecha —dijo sin titubear— Tiene casi cuatro años que no subo, pero jamás podría olvidarlo. Pero primero, me gustaría ir a mi habitación.

—Como gustes. ¿Cuál es?

—Creo poder llegar.

Ella empezó a caminar, contando los ocho pasos a la derecha y cinco a la izquierda. Abrió una puerta blanca, y quedó expuesta la habitación con paredes lilas que ya había visto antes.

—Es lila, ¿cierto? —me preguntó, algo dudosa.

—Sí, todo lila —contesté.

—Mi madre amaba ese color, y yo decidí que siempre sería de ese tono las paredes de mi cuarto.

Ella entró y caminó recorriendo las paredes con los dedos. Realmente dudaba de caminar libremente en una habitación que sólo pisó unas cuatro veces estando ciega antes empezar a dormir abajo. Quería guiarla, pero sabía que quería hacerlo sola. La vi chocar con su escritorio, y sonrió al tocar las tapas de libros, luego sus labios hicieron una ligera mueca de tristeza, al tomar en sus manos la cámara.

—A mi padre le gusta o gustaba la fotografía, ya no estoy tan segura de ello, así que cuando cumplí los doce años, me regaló esta cámara para que yo igual empezara a tomarle el gusto. Realmente lo hice y mis profesores dijeron que era buena en ello. Mi padre sonrió orgullosamente cuando le mostré mis primeras fotos y las mandó a enmarca, algunas las puso en su oficina, otras en su habitación y otras aquí —señaló con un dedo la pared donde, aún con duda, creía que estaban, y no se había equivocado, mientras recordaba la sonrisa de su padre aquella tarde que ella le platicó sobre eso. La escuché suspirar y dejó la cámara nuevamente donde estaba— Pero bueno, el mundo de la fotografía tan sólo fue mío dos años.

—Son realmente hermosas —elogié.

Miré toda la habitación, ya lo había hecho aquella noche, pero era muy diferente verlo de día. En el buró al lado de su cama, había una foto de ella, antes de su accidente, pues miraba directamente a la cámara, no había cambiado mucho desde entonces, aunque sus rasgos infantiles, habían dado paso a líneas más finas y pómulos más suaves. La tomé y saqué la foto del marco, guardándolo en el cajón, mientras guardaba su foto en mi gabardina. Tal vez en algún momento me haga falta, cuando ya no pueda permanecer a su lado.

—Gracias —la escuché y caminé hacia donde estaba. Ella me sonrió radiantemente— Vamos, es hora de que veas el piano de mi madre.

Extendió su mano y sin dudarlo la tomé para sacarla de esa habitación. Ella caminó lentamente, pensando si estaba en lo correcto con los pasos, pero no se equivocó, me llevó a la habitación correcta.

Cuando abrí la puerta, ella se quedó de pie en el umbral, recordando las veces que había visto el abandonado piano de su madre, en medio de esa habitación que día con día se llenaba más y más de polvo. Eso le daba tristeza, al pensar que el amado instrumento era abandonado de aquella manera.

—Déjame quitar la sábana y limpiarlo un poco —le dije.

—De… de acuerdo —tartamudeó un poco, los sentimientos la abrumaban.

Entré a la habitación y quité la sábana, sacudiéndola a un lado. El polvo que se levantó la hizo toser, pero al instante se calmó. Busqué algo que con limpiar la superficie y encontré sobre una mesita de madera, lo que parecía ser una funda de almohada. La sacudí un poco, y empecé a limpiar la oscura madera, así como también el banquillo. Cuando vi que quedó más o menos limpio, caminé hacia Allison y tomando su mano, la llevé al banco. Ella acarició la tapa del piano y lentamente lo levantó. Recordaba a su madre haciendo eso todo el tiempo, y las lágrimas lucharon por salir, pero ella las reprimió y embozó una linda sonrisa.

—Es hermoso el piano, ¿verdad? —me preguntó.

Me senté a su lado, y toqué algunas teclas.

—Lo es, es muy hermoso —acepté.

—Es sencillamente hermoso como ella, pero te sorprende con la música que produce —alegó ella, pensando que cada cosa representaba a su dueño.

—Pero ahora es tuyo —le dije.

—Pero jamás seré tan hermosa como mi madre —musitó, presionando algunas teclas al azar.

—Tan equivocada, pequeña Allison —ella se giró, confundida, jamás la llamaba pequeña, pero es que para mí lo era— Eres hermosa, mucho más de lo que puedas imaginar.

Ella se sonrojó y su corazón latió furiosamente.


Hola. ¿Cómo están?

Espero que este capítulo les haya gustado.

En verdad me gustaría conocer su opinión, pueden escribir si les gusto o no.

Nos leemos el próximo viernes.

By. Cascabelita