…
La primera cosa que notó Antonio ésa mañana fue que el mundo a su alrededor había cambiado, que las viejas modas habían sido suplidas por otras mucho más sencillas y que la situación de los reinos y lo imperios había cambiado bruscamente, poniendo en riesgo a todos quienes estuvieran directa o indirectamente involucrados, incluyéndolo a sí mismo y a sus colonias, cuyo ánimo cada día se veía más afectado y rebelde.
La segunda cosa que notó, fue que su hija era verdaderamente hermosa.
Ya desde hacía un tiempo sus celos de siempre habían aumentado de manera visible, más o menos desde la visita inesperada de Rusia a la casa bañada por el sol donde vivía junto a María, pero recientemente le molestaba sobremanera que al pasar por las calles, por los palacios y por las iglesias, los hombres comunes se volvieran para mirarla embelesados y con emoción que rayaba con lo grosero, y era tal su odio a esos detalles que se había hecho por costumbre dirigir miradas asesinas a cada hombre y jovenzuelo que osara contemplar por más de cinco segundos a su Nueva España. Porque sí, eso es lo que era ella, su Nueva España, suya y de nadie más.
Aquélla mañana, al bajar a desayunar, se topó de frente con María porque literalmente habían chocado.
-¡Ah! Lo siento mucho, padre. –se disculpó rápidamente. Antonio, sin embargo, la miró de pies a cabeza.
-Mi niña, por fin estás usando los vestidos que te compro.
-Ah… bueno, son más cómodos. –replicó sonriendo, tomando el largo de su falda y haciéndola moverse a su alrededor, como si estuviera bailando sin mover los pies. El español sonrió del mismo modo, admirando el encanto de ése vestido sencillo, ajustado bajo el pecho y de tonalidades violetas y púrpuras, de hechura sencilla pero elegante, haciendo juego con el delicado adorno de plata bruñida que llevaba María en la nuca sujetando su larga y oscura trenza. Decididamente, era bonito, muy bonito… y era bonito porque la novohispana estaba usándolo.
-Te ves hermosa, mi princesa. –susurró emocionado, tomándola de las manos y besando su frente como solía hacer. Un rubor inocente apareció en las mejillas de su adorada criatura, y echó a andar con ella al comedor para desayunar juntos, como todos los días.
Solo que, ese día no iba a ser tan común.
El resto de las horas transcurrieron inexorables como hacían siempre, Antonio se la pasaba encerrado en su despacho, escribiendo y leyendo cartas que venían desde Europa con aire aburrido. Ya veía un escudo imperial de Alemania y gruñía, leyendo cómo las tropas enloquecidas de Francia ponían en riesgo la integridad de las monarquías del viejo continente, ya le redactaba unas breves notas a su rey, esperando que se encontrara bien aunque lo notaba nervioso por culpa de un tal Napoleón, del que no tenía idea, ya escribía a los superiores de sus otras colonias una correspondencia aburrida sobre cómo debían cuidar a sus pequeños; La Plata, Perú, Granada, Chile… todos ellos crecían también a un ritmo desmesurado, pero su estancia casi permanente en Nueva España se lo hizo notar de manera bastante brusca, pues ya un día los visitaba y aún eran chiquillos gritones que se colgaban de sus tobillos, y al otro eran muchachos robustos y de humores imposibles.
-Es por eso que quiero tanto a mi linda Nueva España… -suspiró para sí mismo. –Ella siempre es la misma, tan tierna, tan alegre, tan…
Interrumpió su soliloquio al hallar una carta cuyo escudo no reconoció. Lo miró de arriba abajo sin entender de qué se trataba, y finalmente notó algo extraño: la carta estaba dirigida no a él como de costumbre, sino a su hija. Desconcertado, rompió el sobre y lo leyó, sintiendo con cada línea que su corazón latía más violentamente. La carta no era de otro sino de Arthur, el capitán del barco pirata que apenas cien años atrás tuviera la inteligente idea de secuestrar y casi desvirgar a su hija. La carta era bastante breve, pero explícita.
-My Lady New Spain… Me dirijo a usted deseando que se encuentre bien de salud y que tenga una buena memoria de mi persona, dado que nuestro encuentro fue bastante accidentado, por no decir que desagradable para su padre. La razón de esta misiva no es sólo saludarla e informarle oficialmente que me he retirado ya de los negocios de piratería, sino también para expresar mi deseo de tener relaciones comerciales más abiertas con usted, donde podamos intercambiar nuestros objetos con libertad y, de ser posible, sin la intervención de España que resulta poco beneficioso para ambos. Un beso en vuestra encantadora mano, se despide esperando una pronta respuesta, su fiel admirador… Gran Bretaña…
Toda su cara se había puesto de un horrible color rojo que lo hacía parecer un tomate con ojos. Con toda la saña, rompió la carta en pedacitos, mascullando en voz baja insultos y maldiciones; ¿cómo se atrevía aquél hombre engreído y bárbaro presentarse ahora como un caballero delante de su colonia y pedirle que se relacionara con él sin la autorización de la corona española?
-Ese bastardo… infeliz… asesino… ladrón… rata… pervertido… asqueroso… indeseable… -escupió mientras tomaba los pedazos de la carta y los echaba a una jofaina. –Cuando lo vea, lo voy a empalar con mi alabarda… lo voy a colgar de la nariz… lo voy a atar a una bala de cañón y a lanzarlo al mar, lo voy a rostizar, lo voy a…
-¿Padre?
-¿Eh?
María estaba frente a él, evidentemente confundida y asustada porque durante todo el discurso, Antonio se había dedicado a prender fósforo tras fósforo, intentando quemar la carta, todo con un aire tan aterrador que la novohispana no se atrevió a hablar sino hasta ese instante.
-Yo… sólo quería decirte que… -musitó, tendiéndole un sobre pequeño y cuadrado con el escudo español. -… que tu superior acaba de mandar otra carta.
-Ah… sí. –poco a poco, Antonio regresó a la normalidad y tomó el sobre con dedos temblorosos. –Gracias, mi princesa.
-Bueno… iré a tomar un baño, ¿sí? Es que hace calor…
-Entiendo, entiendo. –repuso. –Adelante, nos veremos más tarde para cenar.
María, todavía desorientada, salió del despacho, y Antonio tomó el sobre y lo leyó, sintiendo un escalofrío recorrerle el cuerpo. Si bien el escudo indicaba que la misiva provenía de su rey, la letra llena de florituras indicaba desde el principio que el autor era otra persona, mucho más desagradable:
-Antoine, mon cheri… ¡Qué gusto me da escribirte! No nos hemos hablado mucho desde la última vez, cuando casi me apuñalas París por sacarme de la hermosa casa de tu aún más hermosa hija, a la que por cierto le mando un caluroso saludo y un tierno beso, pero no se lo des a mi nombre, si vous plait, de eso quiero encargarme yo. Y eso será pronto, mon ami, porque mi general Bonaparte acaba de capturar a tu superior y lo ha encerrado; oui, Antoine, tu casa es nuestra, y antes de que te des cuenta, quizá nos apoderemos también de la vivienda de Nouvelle Espagne, pero no temas, tu hija no sufrirá daño alguno, procuraré que esté bien cuidada y querida y protegida… en mi cama, claro. Me despido ahora, cheri, esperando que tengas buena salud y que todo marche bien… para mí, por supuesto, hon hon… Au Revoir!
El español estaba tan escandalizado con todo lo que acababa de leer que no pudo evitar gritar con todas sus fuerzas:
-¡HIJO DE TU…!
-¡Oh Dios bendito! –exclamaron horrorizadas las sirvientas de la casa. En su vida habían oído una blasfemia más fea.
Después de aquél desahogo, Antonio arrojó la carta lo más lejos posible de él y se mesó los cabellos nerviosamente; su rey estaba capturado, el general de Francis acababa de sentarse en el trono español, y si su amenaza se cumplía todas sus colonias quedarían subordinadas a él, especialmente Nueva España, y como esa rana pervertida le pusiera un solo dedo encima a su hija, lo iba a descuartizar.
-Nadie toca a mi Nueva España, nadie… -gruñó, jadeando como un animal agotado. –Nadie… si alguien osa hacerlo…
Sí, si alguien se le ocurría siquiera hacerlo… no podía soportar imaginar a su hija más querida y su joya más preciada en brazos de Francis, o Arthur o de quien fuera; pensar que alguien osara tocarla, abrazar su cintura, acariciar sus hombros, besar sus labios lo llenaba de una demencia asesina. Nadie excepto él era digno siquiera de estar cerca de la joven morena, nadie más que él podía abrazarla, llenarla de caricias, besarla… besar esos bonitos labios sonrosados que cada día que pasaban le parecían más tentadores que una fruta fresca reventada delante del hombre más hambriento del mundo.
-¿Qué demonios? –masculló apenas ese pensamiento cruzó por su mente. Sacudió la cabeza, tratando de eliminarlo de su memoria y convenciéndose que sólo había sido un error, que la desesperación de su situación le había hecho pensar algo equivocado; después de todo él no pensaba de ésa manera de María, ¿cómo él, que la había criado como si fuera su hija, podría dedicarle un pensamiento así a ella? No, eso no pasaría, ni en un millón de años volvería a pensar así de los pequeños, redondos y deseables labios de la joven novohispana, aquéllos labios que tan ansiosamente deseaba…
-¡Aaaagh, coño! –escupió otra vez. Necesitaba relajarse, era todo, quizá con un baño… Sí, decidió hacer eso y salió caminando lo más calmado que podía en dirección al cuarto donde estaba la gran tina. Imaginó que cuando el agua fría lo tocara se sentiría mejor, con sus cinco sentidos bien puestos a punto, sin preocupaciones, sin ideas extrañas… sonrió aliviado con esa nueva forma de pensar.
Abrió la puerta, todavía con esa sonrisita que pretendía ser de alivio pero que denotaba auténtico nerviosismo, y entonces escuchó un largo y agudo grito:
-¡Ah! ¡Papá…!
-¿Qué? ¡Ah, no! –tan rápido como abrió la puerta, la cerró también. Había olvidado que María estaba en el cuarto de baño, y en el momento en que se le ocurrió entrar la vio apenas cubriéndose a toda prisa con una toalla, de pie delante de la tina usaba y con una expresión de sorpresa e inocente susto. El español se pasó repetidas veces la mano por la cara, tratando de calmarse pero ahora era imposible, con lo que acababa de ver entre la blanca tela; un redondo trozo de cadera, una pierna casi desnuda y la otra descubierta hasta la altura del muslo, y el pecho apenas protegido, dejando ver más de la mitad de estos.
Pero no era la primera vez que la veía así… pasó tantos años todavía cuidando de ella… aunque claro, la última vez que la vio sin ropa tenía más o menos una apariencia de niña de diez años y después de eso ya sólo adivinaba el desarrollo físico por lo que dejaban notar las ropas. Y sin embargo, se sentía tan nervioso, tan desconcertado y tan embelesado que el pánico lo inundó.
-Esto no está bien. –musitó, pasándose las manos por los cabellos sin importarle los fuertes tirones que estaba dándose. Con mucha prisa, se alejó del pasillo, tratando de borrar la imagen de la novohispana de su mente.
Llegó la noche, y el silencio en la casa era terrible, expectante, como si fuera el silencio previo a una tempestad. Todos dormían plácidamente en sus recámaras, a excepción de un hombre, que se revolvía angustiado entre sueños, gimoteando y rezando en voz baja como un condenado que va directo al cadalso. Antonio arañó angustiado las sábanas, temblando de tal modo que parecía víctima de una violenta fiebre; fiebre, sí, pero no una fiebre que se cura con medicamento, una fiebre que no se cura con nada.
-Dios… -susurró. –Perdóname…
Una voz mucho más dulce y cálida murmuró de pronto en su oído:
-¿Papá?
Reconoció esa voz, y el tacto tibio sobre su hombro cuando una mano más pequeña se posó sobre éste. Temeroso aún, abrió los ojos y se topó con el rostro de María, quien sonreía tiernamente, haciendo un velo sobre la mitad de su cara con su cabello.
-M… Mi niña… -musitó él en respuesta, listo para incorporarse. Pero para su sorpresa, la mano de la menor lo retuvo, empujándolo despacio de regreso al lecho.
-¿Te sientes mal, papá? –preguntó, parpadeando con un aire de inocencia que lo hizo sentir el doble de culpable.
-Un… un poco, María, pero no te preocupes por mí. Ve… ve a dormir, yo estaré bien mañana…
-Hmm… yo creo que no. –la otra mano de ella se posó en su frente. –Tienes calentura.
-Sí… bastante. –contestó un poco en doble sentido. –Será mejor que regreses a tu habitación, mi niña.
-Ah… pero no puedo dejarte así. Espera… -María sonrió otra vez, pero no era su sonrisa de siempre, tan dulce y amable, sino una muy extraña, algo siniestra, maliciosa y, también en cierto modo, casi lasciva. La joven se apartó del español y se detuvo a pocos pasos, llevando sus manos hacia el bajo de su blanco camisón y subiéndolo lentamente. Antonio no se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que vio de nuevo descubiertas las piernas de la novohispana, y replicó a media voz, muy alterado:
-Mi… mi niña… ¿qué haces?
-¿No lo ves? –preguntó, ahora hasta su voz sonaba provocativa. –Te estoy ayudando.
-Ayudándome… -el hombre sintió la boca seca, estaba espantado pero no podía apartar la vista de enfrente. La delicada tela se deslizó sin problema alguno hasta que finalmente la joven se la quitó y la lanzó al suelo, todo con un gesto tan falsamente ingenuo que aumentaba su macabra aura. Antonio se creyó morir cuando se dio cuenta que tenía delante justamente lo que quería y no quería ver: a la colonia completamente desnuda, descubierta y tan tranquila como si fuera lo más natural. No sin cierto escalofrío recorrió con la vista a la novohispana de pies a cabeza, deteniéndose en la forma suave de sus caderas redondas, en lo curioso de su cuerpo que aún tenía, en cierto modo, forma infantil, y claro, también en sus suaves y preciosos senos, que las gruesas trenzas de su cabello no alcanzaban a cubrir.
Y para su mayor desconcierto, María se subió a la cama, avanzando a gatas hasta quedar a su misma altura. Antonio reaccionó apenas, incorporándose sólo para descubrir que aquello había ayudado a que la joven se sentara sobre su regazo, rodeándole el cuello con ambos brazos.
-M… María… ¿qué estás…? –susurró incrédulo antes de que ella se inclinara sobre él y depositara besos tiernos sobre su frente, sus mejillas y su cuello. Al llegar a éste lugar pudo sentir cómo los besos se volvían más profundos, más ansiosos, y la novohispana lo mordía ligeramente para luego lamer las marcas que le dejaba. –Ay ay, mi niña… -gimió muy a su pesar. Los labios de la joven no se detuvieron y descendieron despacio por su pecho, al que le dio el mismo trato que a su garganta, y pudo sentir que jadeaba contra su piel; aquello bastó para que lo más temido sucediera, y aunque él prefirió fingir que no lo sentía y que todo era sólo un juego de su imaginación, escuchó a María hablarle con un murmullo emocionado:
-Antonio… Antonio… -hubo una breve risita traviesa. -¿Estás contento, verdad?
-Ah… Por favor… -contestó, intentando bajarla de sí. –María, por favor, vete de una vez, esto no es…
-¿No lo es? –y entonces, la joven comenzó a mover sus caderas lentamente, en círculos, contra él. Un segundo gemido, mucho más fuerte que el primero, se le escapó de los labios.
-Ahh… Ahh… María… -jadeó excitado. Sin resistirse más, rodeó el cuerpo de la jovencita con sus brazos y la atrajo hacia sí, besando con mucho deseo sus hombros y su cuello, disfrutando de su cercanía, escuchándola ahora a ella suplicándole, enardecida:
-¡Ah, me gusta mucho! ¡Me encanta! ¡Por favor… por favor, hazme tuya! ¡Jódeme, por favor, no aguanto más…!
-Sí… -musitó débilmente. –Sí, mi niña…
Tomándola de la cintura, le dio media vuelta y la lanzó boca arriba a la cama, acostándose sobre ella y besando con gran emoción y placer sus tan deseados labios. La novohispana tenía bastante más energía de la que imaginaba, y no dejaba de gemir, de moverse, de arañarle con fuerza los hombros mientras susurraba enloquecida a su oído palabras que jamás habría creído escuchar de ella, rogándole desesperada que la hiciera suya de una buena vez… y él estaba dispuesto a hacer tal cosa.
De pronto, sintió vértigo y abrió los ojos, mirando desconcertado a su alrededor. Estaba solo en su recámara, y el único sonido provenía del viento afuera que aullaba y golpeaba su ventana; ahí no estaba nadie, excepto él, y las imágenes que acababan de ocurrir sólo habían sido un sueño.
Rápidamente se puso de pie, temblando y con la boca seca. ¿Qué demonios le estaba pasando, porqué su mente estaba plagada de esas imágenes y deseos tan despreciables, tan antinaturales y odiosos, porqué justamente él tenía que sufrirlos de ésa manera y contra su propia hija? Ella, la criatura que rescató del lodo, la que vistió, alimentó y educó, la que vigiló desesperanzado en su lecho de moribunda, a la que rescató con dificultad de manos de un repulsivo criminal, justamente ella, no podía ni debía ser objeto de su deseo. Era inmoral, pecaminoso, horrendo… imposible.
Salió de su recámara, dirigiéndose con paso torpe pero firme por el pasillo hasta que topó con la puerta de la habitación de María. Se quedó quieto delante de ésta, cavilando en una especie de fiebre que lo consumía por dentro; ¿debía entrar? ¿Debía alejarse? Y, si entraba, ¿qué debía hacer?
Mientras lo cavilaba, escuchó de pronto un murmullo adentro. María estaba hablando con voz igualmente dulce, como en el horrendo sueño del que acababa de despertar.
-¿Debes irte ya? Todavía es de noche.
Ella lo sabía, sabía que él estaba afuera y… ¿y porqué le hablaba como sui estuviera marchándose, si en lugar de retroceder se había acercado más?
-Pero amanecerá pronto y no puedo seguir aquí… -replicó entonces una voz desconocida. Era una voz suave, baja, cariñosa y… era definitivamente la voz de un hombre.
No, no era posible, pensó angustiado el español, seguro aún soñaba, porque ¿qué hacía un hombre extraño en la recámara de su hija?
-Bueno… -respondió dócilmente María. –Pero volverás pronto, ¿no?
-Ah… no lo sé, my darling… Ya te he explicado lo que sucede y no estoy seguro de poder… verte de nuevo así, tan libremente.
-Entiendo… Ven…
Hubo un breve silencio, roto apenas por lo que parecía ser un susurro igual al de la tela cuando se mueve, y luego de eso, la voz de hombre jadeó extasiada:
-Ah, my love… no hagas esto o seguramente no podré salir de aquí.
-Eso es lo que quiero, que no te vayas. Eres la única persona con la que me siento… libre…
-My lady, este es el único consejo bueno que podré darte jamás, nunca dependas de nadie para ser libre, tu libertad debes buscarla por tu cuenta… Yes?
-Hmm… está bien. –hubo otro silencio, roto por un suspiro que, para gran temor de Antonio, era de la propia novohispana. –Dime que vas a volver de nuevo antes de que termine el año, y prométeme que haremos el amor otra vez.
¿Qué demonios acababa de escuchar el español? Sí, eso debía ser un sueño, no era posible que fuera real… Pero ésa voz, la voz del hombre, ahora la reconocía perfecto; era la voz del maldito de Inglaterra, era a él a quien María estaba hablándole tan cariñosamente.
-Of course, my lady, volveré si es que puedo, y volveremos a hacer el amor mientras nos dure la noche. –replicó Arthur dulcemente, antes de que hubiera un nuevo silencio. Incapaz de soportar la tensión, Antonio colocó una mano sobre la chapa de la puerta, la accionó despacio y abrió apenas una rendija lo suficientemente grande para ver el interior de la habitación, iluminada por los rayos de la luna que caían desde la ventana. Como debía ser, ahí estaba María, preciosa como en su sueño, envuelta entre las blancas sábanas de su lecho… y junto a ella, abrazándola y besándola con fiereza, estaba Arthur, aunque ahora no llevaba sus mismas ropas de pirata sino unas, mucho más elegantes aunque desarregladas; estaban tan enzarzados en su caricia que no notaron la mirada de fuego y odio que se les dirigía desde el exterior.
-Ah… Arthur… -gimió la novohispana, separándose de él. –Lamento tanto que tengamos que vernos así…
-Me too. Pero no podemos hacer nada, si tu padre se entera…
-¡Si se entera nos va a matar con sus propias manos! Dirá que soy una vergüenza y… ¡Oh! –se cubrió el rostro con las manos, perdida en su angustia.
-Si él te pone una sola mano encima… -gruñó el inglés amenazadoramente. A lo lejos, se escucharon las campanadas que anunciaban el amanecer y el comienzo de la vida en la colonia. Con un beso breve, los dos amantes se despidieron, y Arthur salió a toda prisa por la ventana luego de dirigirle una mirada encendida a María. Ésta, sonriendo con calma, se quedó contemplando la ventana.
Ahora sí, Antonio se convencía de que aquello no había sido un sueño; sintió cómo la sangre le hervía en las venas por los celos, por el odio, por la desilusión. Una ira asesina brotó del fondo de su ser y no vio delante de sí más que un horrible color escarlata que lo cegaba, y casi sin darse cuenta de lo que hacía abrió de un empujón la puerta. María se sobresaltó y gritó asustada, antes de dirigirle una sonrisita inocente.
-¡Ah! Papá, me asustaste… no podía dormir y…
-Claro que no podías dormir. –repuso él rabioso, acercándose a ella. –Ven acá y acuéstate.
-Ya… -apenas se había acurrucado en el lecho cuando el español la empujó bruscamente, dejándola boca arriba y sujetándola de las piernas; recordó ese gesto, el mismo que le hiciera en el barco cuando iban de regreso luego de su "rescate" de los piratas, y la joven palideció. -¡Papá! ¿Qué estás haciendo?
-¡Silencio! –ordenó fuera de sí mientras deslizaba una mano por entre los muslos de su colonia. María chilló escandalizada y se retorció.
-¡Suéltame! ¡Déjame!
Antonio apartó su mano, mirando ya a ésta, ya a María que seguía sin entender el porqué de la repentina entrada de su padre a la recámara. No había sangre en su mano, pero sí había otra cosa que no necesitó ni siquiera ver de cerca porque sabía de qué se trataba, y su ira aumentó más.
-Dime qué estabas haciendo, María, y quiero la verdad.
-¿Qué? Estaba mirando… no podía dormir y…
-¡Cállate! Contéstame con la verdad, ¿qué diablos estabas haciendo, eh? ¡Contéstame, con un demonio!
María abrió y cerró la boca varias veces, atemorizada. Al notar esto, Antonio le tomó de un brazo, levantándola de la cama y llevándosela fuera, haciendo caso omiso de las protestas desesperadas de la joven. La condujo por las escaleras hasta una puertecita sencilla, pintada de negro, que la novohispana reconoció de inmediato y que la hizo palidecer de temor, retorciéndose y forcejeando para soltarse de Antonio, pero él la arrastró sin compasión alguna hasta el interior, donde la joven soltó un gemido de miedo. En aquél cuarto, se apilaban las cosas que más horror le daban: los objetos de la Inquisición.
-¡Padre! –gritó mientras él seguía conduciéndola más adentro, hasta llegar frente a una pared de la que colgaban unos gastados grilletes. -¡Padre, por favor! ¿Qué demonios estás haciendo? ¡Ah!
-¡Silencio, dije! –siseó en su oído, empujándola hasta hacerla caer de rodillas delante de la pared. Ahí, la encadenó sin hacer caso de las preguntas asustadas de ella y se apartó unos cuantos pasos para descolgar de la misma pared un largo látigo de cuero negro. –Sé lo que estabas haciendo, María, lo escuché todo… Con que quieres ser libre, ¿verdad? ¿Para qué, para irte con ése miserable de Arthur? ¡Contéstame!
Ni siquiera le dio tiempo a protestar porque, con un limpio movimiento, le estrelló el látigo en la espalda con fuerza suficiente para cortar la delicada tela del camisón. María lanzó un grito de dolor y continuó suplicando, pero de nada le servía porque los golpes continuaron.
-¡AH! ¡Papá, por favor… AY… basta, no… AY…! ¡Te lo ruego… AAAHHH… basta, basta…! ¡Aaaah… detente…! ¡Basta… AY… me duele… AY, AY…!
Con cada golpe que le propinaba, Antonio también gritaba insultos, cada vez más terribles.
-¡Malagradecida… infeliz… ramera… traicionera… perra…!
-¡Piedad, por favor… AHHH!
-¡Eres porquería! ¡Debí dejar que te ahogaran cuando eras una mocosa! ¡Víbora mentirosa… ruin…!
-Ah…
La joven emitió un débil quejido, y quedó colgando de los grilletes desmayada. Antonio detuvo los azotes y la contempló, primero con frialdad, pero a cada segundo su cara dibujaba una expresión cada vez más horrorizada; todo el bonito camisón había quedado hecho trizas y la espalda de María estaba cubierta de sangre, y mucha de ésta goteaba dejando un charquito a su alrededor, terminando de manchar lo que quedaba de ropa. Antonio dirigió sus ojos al látigo que aún sostenía, manchado también de sangre, y lo soltó como quien suelta de repente una serpiente venenosa.
-¡María! –exclamó, abalanzándose sobre ella y desencadenándola. La tomó en brazos con cuidado y vio su carita desencajada, pálida y surcada por rastros de lágrimas; cubrió de besos sus mejillas, musitando: -Mi niña… mi princesa… lo siento tanto… perdóname, mi amor… por favor… por favor… lo lamento…
Levantó con dificultad a la joven, cuidando de no lastimarla más y la condujo a toda prisa hasta su recámara, donde la acostó boca arriba y ordenó a una sirvienta que le curara los golpes. Luego, temblando, regresó a su propia habitación donde se encerró, mirando sus manos rojas de la sangre de la novohispana, y con éstas se cubrió los ojos, dejándose caer en el piso y sollozando.
La tercera cosa que él supo, era que jamás, jamás, él y María volverían a ser iguales.
Notitas históricas, en 1774, Gran Bretaña envió espías con la intención de ofrecerle a Nueva España la oportunidad de liberarse de la Corona española con un pacto en el que le otorgarían armas y ejército bajo la única condición de ser sus principales socios comerciales. Como dicho pacto nunca se realizó, en 1806 se reanudó un plan similar, que sólo se concretó en la venta de armas británicas para los insurgentes. Por otro lado, durante este mismo tiempo, el rey Fernando VII fue capturado por Napoleón y encerrado, haciendo que el hermano de Bonaparte, José, ocupara el trono de España, desestabilizando de manera definitiva a su reino y su control sobre las colonias de América. Y sí… aquí viene la Independencia.
Ahora sí, los comentarios:
Shald120: Gracias por leer n.n espero que te siga gustando.
Flannya: Y solo por eso, eres la orgullosa ganadora de… ¡un faaaaanfic! Cuenta por inboz de qué lo quieres n.n
Wind und Serebro: Pues como viste, no precisamente, pero sí se la fregó :/
NymeriaDirewolf: Bueno, Lud sí estaba tomando notas, acuérdate que para todo es muy pragmático. XD Francia, cockblockeado desde tiempos inmemoriales, ahora featuring Arthur (?)
The Animanga Girl: No aprende que "Nouvelle Espagne" es campo vedado… y creo que no lo entendió nunca. Ludwig n_n tan lelo él.
Yue-Black-in-the-Ai: D: ¡Quiero saber! ¿Drama? Podría ser… España, quizá… o incluso Francia… ¿le atiné?
Teffy. Uzumaki: ¡Yay! Así es, aunque por esta vez sólo hemos visto, por fin, el lado maligno de Toñito. Me ha costado, lo quiero mucho
Bueno, damas y caballeros, ahí lo tienen, el próximo capítulo podría (o no) ser el último, porque a partir de éste el último acontecimiento se precipitará así que esperen el final de (otra) telenovela favorita. ¡Adiosito! Comenten mucho, muchísimo. ¡AH! Y les tengo una pregunta: después de que termine este fanfic, ¿de qué desean que trate el próximo? He aquí las opciones:
USMex
GerMex
NetMex (Netherlands, Holanda pues'n)
