Capítulo 11
La mariposa cayó, plácidamente, sobre el piano. Para sorpresa de Marinette, una extraña bruma comenzó a rodear el instrumento. Era bulbosa y oscura, parecía extenderse sobre la madera como gelatina e inundó el aire con un extraño perfume agrio. No tardó en absorber el instrumento y hacer lo propio con el dodo, envolviéndolo por completo.
Marinette observó acongojada como el dodo se transformó, adquiriendo una apariencia que solo pudo catalogar como peligrosa. Todas sus alarmas resonaron en su interior con meramente fijar la vista en él. Su plumaje negro desapareció, adquiriendo un color blanco como la nieve. Solo la cresta de su cabeza se tornó fucsia, tan empinada que solo podía ser artificial. El chaleco de cuero se volvió blanco, con llamativas costuras de oro en él.
El piano, brillando completamente dorado, colgaba sobre su pecho gracias a una correa que colgaba sobre su hombro.
—¡Aquí está el maravilloso e irrepetible, el inimitable Dodo Villian para amenizar la tarde! —extendió las alas, las cuales debían ser pequeñas tratándose del tipo de ave que era, pero que a Marinette se le hicieron tan amenazantes como las de un halcón—. Hoy, todos aquellos incultos que no han sabido apreciar la maravilla que solo Dodo Villian puede crear, ¡aprenderán la lección!
La mirada del dodo lucía completamente fuera de sí y Marinette no necesitó más pistas para saber que debía estar en guardia. Su cuerpo entero entró en tensión y maldijo el no contar con algo con lo que defenderse. ¿Por qué no había arrancado una de las ramas de los arbustos al internarse al bosque?
El dodo, de un rápido movimiento, pulsó el teclado del piano, saliendo disparadas dos corcheas y un corchete que volaron como balas contra ella. Marinette, casi de milagro, logró esquivar las dos primeras, que impactaron contra el suelo como flechas en llamas. El corchete le dio de lleno en el estómago, teniendo la misma fuerza que el golpe experto de un boxeador. La dejó sin aire, jadeante, dando volteretas por el impacto.
Marinette escuchó los gritos del dodo, pero le dolía tanto la cabeza y el estómago, se le hacía tan difícil respirar, que apenas pudo captar en la lejanía el sonido de su voz. Solo al ver que se preparaba para un nuevo ataque el instinto de supervivencia persistió y obligó a sus piernas a levantarse del césped.
Marinette corrió a toda velocidad hacia el bosque, buscando un escondite. Retornó sobre sus pasos y, en una idea que ella misma catalogó como loca, fue directa hacia la seta escondida. Si tenía suerte, le daría algo de ventaja.
Saltó sobre la seta, tomando todo el impulso que sus piernas podían darle y ésta, funcionando igual que un resorte, la mandó volando por los aires.
Sábado, 9 de diciembre de 2017
