Nappa

Los preparativos para la gran ceremonia estaban casi terminados. Un evento de la talla de una boda real no era como para escatimar en gastos. Las cocinas de palacio estaban a rebosar, pues habían mandado traer diversos tipos de manjares de diferentes planetas, la seguridad iba a reforzarse diez veces más de lo normal, de hecho yo era uno de los encargados de coordinar a todos los guerreros que iban a formar parte de la guardia, así como de organizar el torneo que se iba a celebrar posteriormente a la ceremonia.

Todo había pasado demasiado rápido, el rey se recuperó tras pasar unas pocas semanas más en la clínica, y le comunicó a la reina Shargot su decisión de separarse de ella para siempre. No sé exactamente qué había ocurrido entre ellos en aquella habitación, pero la mujer había decidido por voluntad propia retirarse a una gran propiedad que se encontraba afincada en una zona relativamente lejos de la Corte. Se llevó consigo a parte de sus sirvientes y de su séquito, y el rey le prometió un sustento más que generoso de por vida, así como el poder participar en las misiones que se precisasen para no echar a perder su potencial como guerrera.

Ella pareció aceptar de buen grado. Por lo que escuché, casi parecía aliviada de poder abandonar el estilo de vida que había llevado hasta ahora, y en ningún momento se opuso a las decisiones del rey. Llevaban mucho tiempo sin convivir como matrimonio, y tras la aparición de Bergine en sus vidas, yo creo que ella ya se esperaba que ocurriese una cosa así tarde o temprano.

- Veremos lo que tarda en cansarse su Majestad de su nuevo juguete… aunque es sorprendente hasta donde ha conseguido llegar esa muchacha, ha sabido jugar bien sus cartas... – dijo ella con una sonrisa serena

Yo no pude evitar pensar en que tenia razón… es cierto que la niña iba a convertirse en su esposa pero… ¿sería la definitiva, la mujer que le daría el ansiado hijo varón y heredero al trono?.

Varias hembras habían sido las amantes del rey, desde que el matrimonio con Shargot había empezado a funcionar mal, y ella había aprendido a resignarse y a mirar hacia otro lado. Aquello no significaba que le doliese menos, pero Bergine… en el caso de que eso ocurriese… ¿cómo reaccionaría?

- "Con ese carácter tan fuerte que tiene dudo mucho que sea de las que se callan las cosas" – pensé – "no sabe donde se está metiendo, para ser la reina de los Saiyans hace falta algo más que ser una mujer hermosa, en el fondo me da lástima…"

La coronación de Bergine como reina iba a celebrarse nada más contrajesen matrimonio. El palacio estaba adornado con los estandartes de la familia real, en color rojo y dorado, el uniforme de los guerreros que flanqueaban el pasillo por el que iban a pasar los futuros esposos, era completamente nuevo, con unas armaduras azul marino de las que colgaban unas capas blancas. Había que admitir que todo era impresionante. Durante semanas se respiraba un ambiente de nerviosismo en la Corte, de novedad, de expectación. El pueblo ya conocía a su futura reina, pero había diversos tipos de opiniones al respecto… eso sí… mejor era no hacer ningún comentario negativo en voz alta, porque las paredes tienen oídos aquí.

Yo era el primero que me reservaba lo que pensaba de la situación, aunque el rey más o menos ya lo sabía. Raina, la hermana de Bergine se había presentado en palacio para hablar conmigo. Las noticias también habían llegado hasta el pueblo donde vivía con su madre, y estaban causando mucho revuelo. ¿Qué la hija menor de la señora Ginger iba a ser la futura esposa del rey Vegeta? ¿aquella niña bonita y arrogante que se daba unos aires de grandeza como si fuese superior a todos los demás? ¡imposible!.

- Estoy muy angustiada Nappa… cuando mi madre se enteró casi se desmaya de la impresión. Tuvo una recaída por su enfermedad del corazón – me dijo angustiada

- ¿Pero… ya está bien? – le señalé una silla para que se sentase. Nos encontrábamos en la habitación donde me reunía normalmente con el Consejo, pero en esos momentos estábamos solo nosotros dos.

- Sí, gracias a Dios se está recuperando, y evidentemente no puede acudir a la ceremonia. Le sabe mal por su Majestad que ha sido muy amable con nosotras, pero sería como traicionar nuestros principios si viniésemos. Daría a entender que estamos de acuerdo con lo que Bergine está haciendo.

- Te entiendo… y lo siento mucho Raina, pero yo tampoco he podido hacer nada para impedir esta boda. Sólo espero que al menos tu hermana sepa llevar un buen y próspero matrimonio.

- Lo dudo mucho… Bergine es egoísta, solo piensa en sí misma y en su bienestar. Nos ha enviado hace unas semanas a través de un mensajero, más dinero y medicinas, pero no los hemos aceptado, se cree que así puede limpiar su conciencia, pero para nosotras es dinero mal habido.

- Lamento mucho oir eso, pero te comprendo. De todas formas si necesitais cualquier cosa, no dudes en hacérmelo saber.

- Muchas gracias – dijo con una sonrisa triste – y por favor… aunque yo no esté de acuerdo con nada de lo que está haciendo Bergine, cuida de ella te lo suplico, no es más que una niña deslumbrada por una vida que nunca tuvo.

- Te lo prometo Raina, puedes contar con ello, y le deseo a tu madre una pronta recuperación.

Bardock

Estaba situado en una de las últimas filas de la sala del trono, cuyas enormes puertas estaban abiertas de par en par, para que pudiese entrar toda la gente posible para presenciar la ceremonia. Me subí a unos escalones que había que me permitirían ver el espectáculo un poco mejor, sin tanta gente alrededor agobiándome.

En un principio no tenía pensado venir. No era muy propenso a este tipo de eventos, pero la señora Ginger había insistido tanto que no pude negarme. La mujer quería saber como se encontraba su hija, y a mí me daba mucha lástima no hacerle ese favor.

- Papá… - noté que me tiraban de la mano – ¡no puedo ver bien!¡aúpame!

- Raditz… no puedo subirte a mis hombros, ya pesas mucho hijo

- ¡Pero es que me lo voy a perder! – gruñó arrugando la nariz – y tampoco sé volar

- Si estuviésemos aquí dentro todos volando sería un poco raro ¿no te parece?

- ¡Jajaja sí! ¡tienes razón! – dijo con una sonrisa inocente

- Hay un palco en la parte de arriba, ¿lo ves? ¡ahí! – señalé con el dedo – además también hay otros niños como tú, anda, ¡sube! Y cuando termine la ceremonia voy a buscarte para ir a ver el torneo.

-¡De acuerdo! ¡genial!

No pude evitar sonreir. En cuanto se enteró que iba a venir a ver la boda del rey Vegeta, me estuvo molestando durante tres días seguidos para que le dejase acompañarme. Tengo que admitir que le estaba haciendo de rabiar, pues ya sabía desde siempre la admiración que sentía por su Majestad. Si le llego a dejar en casa no me lo perdonaría en la vida.

De repente, escuché un ruido de tambores y toda la gente pareció enmudecer. El rey Vegeta entró seguido de su séquito por uno de los laterales de la sala, y permaneció de pie justo debajo de los escalones que ascendían hasta el trono con forma de "V" pintada con unas llamaradas rojas.

Estaba magnífico. Llevaba un uniforme de combate negro de cuello alto, manga larga, y una armadura sin hombreras completamente blanca. Una capa dorada llegaba hasta el suelo, y llevaba de hombro a hombro un magnífico collar del que colgaba el símbolo de la familia real, diferente al que llevaba normalmente. Parecía un Dios, tan altivo y orgulloso, custodiado por cuatro guerreros, dos a cada lado, que se mantenían a unos metros de él. Escuché un suspiro de alguna que otra mujer y se me escapó una sonrisa. Muchas matarían ahora mismo por estar en el lugar de Bergine en estos momentos.

El rey se encontraba muy serio con la mirada al frente, hasta que cesaron los tambores y esbozó una leve sonrisa.

Bergine apareció en el fondo del pasillo, acompañada a su vez de cuatro damas. Recorrió la sala lentamente, con la cabeza alta y una mirada decidida.

Estaba hermosísima, radiante. Mentiría si alguien dijese lo contrario. Llevaba un vestido blanco y dorado, con escote cuadrado, de manga larga, con un cinturón ancho de la misma tela que el vestido, que caía por delante desde la cintura hasta los pies. El cabello lo llevaba semirrecogido por unas trenzas adornadas con perlas, y le caía precioso y ondulante sobre la espalda. A la altura de los omoplatos una capa blanca salía del vestido y llegaba hasta el suelo de manera que la iba arrastrando un poco.

Las gentes la miraban embobados, como hechizados. Pocas mujeres igualaban la belleza y la presencia de esa muchacha. Hacía mucho tiempo que no la veía, y parecía que había cambiado desde la última vez, no tanto por su aspecto, sino por la forma que tenía de moverse, de caminar. Se veía más madura, y sobre todo, muy segura de sí misma.

Llegó hasta donde se encontraba el rey, y se detuvo esbozando una sonrisa tímida. No sabría decir si estaba nerviosa, pero desde luego, la mirada de su Majestad hacia ella lo decía todo. La veía con tanta intensidad, que hasta dolía. Nunca había visto una mirada como aquella. Puro fuego, pura pasión. No había duda de que estaba loco por ella. Si alguien se atrevía a faltarle al respeto, o a tratarla mal, no querría estar en la piel del pobre desgraciado, porque lo iba a pagar muy caro.

Alcé la vista al palco para ver si veía a Raditz. Allí estaba en primera fila, junto con otros niños y niñas de edades similares, agarrado a la barandilla con los nudillos blancos como si le fuese la vida en ello y con la boca medio abierta.

Tendría que preguntarle a Bergine si podía concertar alguna visita para que mi muchacho conociese al rey en persona. Con ese acto me iba a convertir sin ninguna duda en el padre del año.

Turles

Admito que siempre fui un poco dado al drama. Si no… ¿qué gracia tenía la vida? Estaba sobrecogido. Era todo tan magnífico que daban ganas de llorar. El rey estaba muy apuesto, y Bergine… ¡qué decir de ella! ¡cualquier mujer palidecería a su lado! ¡estaba más bella que nunca! ¡que afortunados eran algunos…! Pero yo no me podía quejar. Gracias a mi amistad con ella, me iban a nombrar parte de su guardia personal, sería algo así como su mano derecha, su confidente. Que ya me consideraba como tal antes de que fuese reina, pero ahora lo sería mediante un acto oficial.

La sala estaba llena hasta rebosar, más toda la gente que estaba esperando fuera para después asistir al torneo. Era el acontecimiento del año. A mí me encantaban las fiestas, intentaba no perderme ningún evento, pero este, le daba mil vueltas a todos los demás sin lugar a dudas.

Ofició la ceremonia uno de los Saiyans más anciano del planeta, que tenía una barba corta de color gris, y llevaba una túnica verde oscura y dorada.

Dirigió unas pocas palabras a todos los asistentes, y luego hizo recitar un juramento a los esposos sobre el honor de nuestra raza, y les deseó una buena y próspera descendencia. Eso es lo que esperábamos todos, porque si no… tenía miedo de lo que pudiese ocurrir con Bergine, y más aún después del fracaso del primer matrimonio del rey, el cual fue declarado inválido al no haber tenido ningún hijo vivo.

Todos lanzamos vítores de júbilo cuando la muchacha se sentó en el trono, y el rey le puso en el cuello un medallón con el escudo de la familia real, como símbolo de que ahora ella también pertenecía a la misma.

La muchacha se puso en pie, y con la mano derecha cerrada en un puño sobre el corazón, acató el juramento de posesión del trono. Hizo la promesa de ser una buena reina, generosa con su pueblo, fiel defensora de nuestras costumbres y de nuestra raza. También juró ser una ejemplar súbdita leal a su rey, así como una prometedora guerrera.

Yo aplaudí hasta que me dolieron las palmas de las manos. ¡Qué orgulloso estaba de ella! ¡al final había logrado lo que se había propuesto conseguir, y yo estaría a su lado para ayudarle en lo que hiciese falta!. Aunque esto no había hecho más que empezar, todavía le quedaba un largo y complicado camino por recorrer.

Nappa

El torneo se celebró al aire libre, en una zona cercana al palacio, donde había un tatami cuadrado de color oscuro y flanqueado por dos hileras de palcos de madera a cada lado.

El rey su nueva esposa, estaban sentados en el centro, un poco más elevados, debajo de unos toldos para evitar el calor. Yo me situé a la derecha de Vegeta, y Turles permaneció de pie al lado de Bergine, con una gran sonrisa en su rostro moreno. No era para menos, ahora había entrado a formar parte de la guardia personal de la reina, y su vida iba a ser completamente distinta.

- "Un muchacho dando consejos a una muchacha… veremos que es lo que ocurre"

Las reglas del torneo eran simples, perdía el que se cayese fuera del tatami, el que se quedase inconsciente, o el que se rindiese. El público estaba ansioso. Las gradas se habían llenado de gente y los que no habían tenido tanta suerte para poder sentarse, permanecían de pie expectantes al comienzo del espectáculo.

Dos guerreros subieron a tatami cada uno por un lado. Uno de ellos era de estatura media, con el pelo corto y nariz aguileña. Llevaba un pantalón largo ajustado en los tobillos, camiseta azul de manga corta y botas marrones.

El otro parecía muy joven, casi un adolescente Tenía una mirada de desdén y una sonrisa burlona. Ambos se dirigieron hacia los reyes hincando la rodilla derecha en el suelo en señal de respeto y sumisión. Vegeta se puso en pie y el público gritó a rabiar. Con voz firme dio una señal para que comenzase el combate. Se sentó al lado de Bergine y le dijo algo al oído que la hizo reír. A ella le brillaban los ojos de la emoción. La verdad que estaba desempeñando muy bien su papel, cualquiera diría que llevaba apenas unas horas siendo reina.

Los dos guerreros se saludaron mutuamente con una inclinación de cabeza. Se miraron fijamente durante unos segundos como intentando evaluarse. El más joven voló hacia el otro, lanzando un puñetazo que esquivó con facilidad. Se veía que era un Saiyan curtido en muchas batallas. Rechazaba todos los golpes sin tener que moverse apenas, y el muchacho se desesperaba por momentos. Nadie quería quedar mal delante del rey Vegeta, y menos en un combate, pero su juventud e impulsividad le hacían fracasar en el intento.

Se paró en seco y cerró los ojos durante unos segundos, respirando profundamente para relajarse. Acumuló energía y abrió la boca, lanzando un enorme rayo que sorprendió a su rival, sacándolo fuera del tatami.

La gente enloqueció ante el inesperado desenlace. Había sido impresionante, esa era una de mis técnicas de lucha, y lo importante era jugar con el factor sorpresa. Pocos adversarios se imaginaban un ataque así. El público aplaudió y vitoreó a los dos guerreros, que se saludaron tras el combate con un apretón de manos.

Aquel muchacho estaba exultante. Se acercó al palco de los reyes e hizo una reverencia. La reina Begine se puso en pie para sorpresa de todos, y soltando una de las cintas de su pelo, le hizo una señal al chico para que se acercase. Él obedeció con gesto sorprendido y la mujer le ató la cinta en la muñeca de la mano derecha. El joven Saiyan le dio las gracias y besó el obsequio mirándola a los ojos con una profunda admiración. Ella sonrió felicitándole por el combate y volvió a sentarse tras los aplausos de la gente.

Lo de dar una prenda a los combatientes, era una tradición que se estaba perdiendo, pero a partir de ahora estaba seguro que Bergine iba a conseguir ponerlo de moda.

Sonreí por lo bajo al ver la cara del muchacho. Otra pobre víctima de los encantos de la muchacha. Dentro de pocos días la Corte iba a llenarse de jovencitos deseando estar cerca de ella para contemplarla.

Los combates continuaron sin incidencias destacables. Dos guerreros se rindieron y un tercero quedó inconsciente tras un golpe en la nuca, pero se recuperó al poco rato. Después se enfrentó una mujer Saiyan contra un hombre incluso más alto que yo, al que venció con suma facilidad. Un grupo de adolescentes silbaron cuando ella pasó por su lado y esta les lanzó un beso con una sonrisa de descaro. Ellos aplaudieron a rabiar y se burlaron del pobre gigante amigo suyo que había sido derrotado, el cual no levantaba cabeza.

El último combate lo ganó un hombre de unos treinta años, de pelo largo y alborotado, que tenía una cicatriz en la barbilla. El rey se levantó, y cogiendo de la mano a su reina, le ayudó a ponerse de pie. Ella se mostró sorprendida cuando se inclinó poniendo una rodilla en el suelo, y le comunicó que él también iba a luchar en el torneo.

El público le vitoreó y empezaron a golpear el suelo con los pies al unísono. Iban a presenciar un combate del mismísimo rey en persona, ya que no todos eran tan afortunados de poder formar parte de su escuadrón cuando iba a conquistar planetas.

Él se quitó la armadura de combate blanca con hombreras rojas que se había puesto después de la ceremonia, ya que las reglas del torneo no permitían luchar con ningún tipo de protección.

Llevaba debajo una camiseta ajustada de color negro y sin mangas, y unos pantalones largos del mismo color junto con botas y guantes blancos. Bergine le dio otra de sus cintas de color rojo y se la amarró en el brazo. Él descendió por las escaleras del palco y subió al tatami. El otro guerrero tragó saliva. Iba a enfrentarse al rey Vegeta… solo esperaba que la derrota no fuera demasiado humillante. Su Majestad se volvió de repente hacia las gradas, y levantó tres dedos.

¿Qué es lo que ocurría? ¿Qué quería decir con eso? La gente empezó a murmurar y a mirarse unos a otros. Yo esbocé una sonrisa. El rey quería enfrentarse él solo a tres guerreros al mismo tiempo, y estaba dirigiéndose al público para ver quienes querían ser los otros dos afortunados.

Escuché una carcajada y oi a Bergine preguntarle Turles si se animaba a luchar.

- Mmmmm… no muchas gracias mi Señora, sinceramente en estos momentos no me apetece recibir una paliza de su recién estrenado marido. Me gustaría durar algún tiempo más en este nuevo cargo que se me ha impuesto.

Yo puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. Muy bien… pues no me dejaban elección. Descendí del palco y bajé lentamente por las escaleras de madera. La gente aplaudió y escuché vitorear mi nombre junto con gritos de ánimo. Cuando me subí al tatami me quité las protecciones de las manos y la armadura y los lancé fuera, cayendo al suelo con un ruido sordo.

No llevaba camiseta por lo que me quedé solo con los pantalones cortos y estiré los músculos de los brazos chocando los dos puños entre sí.

El rey soltó un silbido.

- Te veo en muy buena forma Nappa – dijo sonriendo halagándome – observo que los entrenamientos dan muy buenos resultados

- Y todavía no ha visto nada Majestad – fanfarroneé – voy a luchar con todas mis fuerzas.

No era por presumir, pero pocos guerreros me superaban en fuerza, y mi altura y corpulencia eran capaces de intimidar hasta el más valiente.

- ¡Jajaja! ¡esa es la actitud! ¡ALGUIEN MÁS SE ATREVE A ENFRENTARSE A MÍ! – gritó dirigiendose al público - ¿nadie?

La gente se miraba nerviosa, se veía que algunos guerreros tenían ganas de combatir contra él, pero claro… era el rey… ¿y si después había represalias si le ocurría cualquier cosa por culpa de alguno de ellos?.

- Yo me ofrezco voluntario su Majestad

Se escuchó una voz masculina entre el público. Un hombre con un peinado como el de Turles, y con una cicatriz en forma de equis en la mejilla izquierda se acercó hasta el tatami. Por su atuendo parecía un guerrero de clase baja, pero tenía una mirada firme y decidida. No estaba muy seguro… pero creo que le había visto alguna vez con Bergine, y cuando alcé la vista, efectivamente comprobé que así era. La muchacha se había puesto en pie y tenía una mirada de preocupación en el rostro. ¿Serían solamente amigos… o quizás habrían sido algo más…?

El rey hizo un ademán para que subiese al tatami.

- Eres muy valiente por atreverte a enfrentarte a mí. ¿Cómo te llamas soldado?

- Mi nombre es Bardock su Majestad, y es todo un honor poder combatir contra alguien de su talla – dijo haciendo una reverencia

- Me honras muchacho, y te prohíbo que te contengas. Quiero que te olvides que aquí yo soy el rey, quiero ver todo tu potencial como guerrero.

- Por supuesto señor, así lo haré.

Los cuatro nos pusimos en posición de combate. El público miraba expentante, en silencio, como si el solo hecho de respirar fuese a desconcentrar a los luchadores.

Nadie lo vio venir. El rey se lanzó como un rayo sobre el otro guerrero que había ganado el combate anterior, que ni tiempo le dio a darse cuenta de lo que ocurría. Cayó inconsciente contra el suelo del tatami, y otros dos hombres que organizaban el torneo lo sacaron de allí. La gente exclamó un "ooooh" de sorpresa. Un solo puñetazo en el estómago había bastado para dejarle fuera de combate.

Entonces ví que Bardock desaparecía y volvía a aparecer a las espaldas del rey. Intentó darle una patada pero este la esquivó con facilidad, sujetándole la pierna y empujándole contra el suelo. El hombre emitió un jadeo de dolor al impactar contra el tatami.

Yo volé hacia Vegeta y lancé un puñetazo que paró con la mano, mientras Bardock hacia lo propio desde el suelo. Parecía imposible darle un solo golpe. Apenas hacía dos meses que había estado a punto de morir, y ahora estaba allí como si nada. En ese momento lo vi todo claro. Los Saiyans después de sufrir graves heridas, al recuperarnos nos volvíamos mucho más fuertes. El rey ya era un hombre muy poderoso, pero al haber sobrevivido a la misión en el planeta Karis había aumentado considerablemente su potencial.

Su punto débil en estos momentos sería la herida del muslo. Pero me parecía demasiado rastrero aprovecharme de eso para ganar. Un puñetazo en el rostro me hizo apretar los dientes de dolor. Bardock comenzó a acumular energía, y lanzó una onda de ki contra el rey, que consiguió desviar hacia arriba con el brazo.

- ¿Eso es todo lo que sabeis hacer? – se burló para hacernos reaccionar

- ¡Vamos papá! – oí un grito infantil entre el público

Miré de reojo y vi a un niño de unos ocho o diez años con el pelo muy largo y alborotado que se encontraba en primera fila, encaramado a una valla de madera que separaba a los espectadores del tatami. Parecía tan entusiasmado con el combate que tenía miedo que en una de estas saliese él a luchar.

Observé que el rey también le estaba mirando, y pude percibir una sombra de nostalgia en su rostro. Seguro que estaba pensando en la suerte que tenía Bardock por tener un hijo… un varón que le sucediese y que además llevaba su sangre.

- Eres muy afortunado soldado – le dijo poniéndose en guardia desde el otro extremo del tatami – demuestra a tu muchacho todo lo que sabes hacer

Dio un grito y se lanzó contra él envuelto en un aura dorada. Le dio un puñetazo que logró esquivar por poco dando una voltereta hacia atrás apoyando las manos en el suelo. Yo aproveché para lanzar una bola de energía que le cegó por unos instantes. Bardock hizo un barrido en el suelo que logró hacerle tambalearse y lanzó el puño hacia su rostro dejándole un rasguño en la mejilla. El rey apretó los dientes y se agachó encajando un golpe muy rápido en el estómago de Bardock que lo dejó sin respiración sacándole fuera del área de combate. Yo corrí hacia él y tras intercambiar varios golpes en menos de dos minutos ya estaba mirando hacia el cielo desde el polvoriento suelo de alrededor del tatami.

Nos había eliminado a los dos. El rey había ganado. La gente estalló en vítores y mientras me incorporaba vi que Bergine se ponía de pie aplaudiendo con una enorme sonrisa en el rostro. Vegeta alzó los brazos con los puños cerrados en señal de victoria.

Nos felicitó a ambos por el combate y nosotros inclinamos la cabeza en señal de gratitud. Vi entonces que el rey se dirigía hacia el hijo de Bardock, que por unos segundos pensé que se iba a desmayar. Cuando le dio la cinta roja que llevaba alrededor del brazo el niño se quedó sin respiración mientras las personas de alrededor sonreían y aplaudían.

- ¿¡Es para mí?! ¡¿es para mí?! – gritaba emocionado mientras le decía a su padre que se la colocase. La cinta le daba tres vueltas en su pequeño brazo de niño.

Hasta a mí se me contagió la sonrisa. Ver la mirada de admiración que aquel muchacho sentía por el rey no tenía precio. Le oí decir a su padre que había sido el mejor día de toda su vida y el soldado sonrió levemente poniéndole una mano sobre la cabeza. En contadas ocasiones se veían gestos de cariño en público en nuestro planeta… éramos una raza guerrera y habíamos nacido para luchar y conquistar. Pero el orgullo de la sangre, el linaje, era algo por lo que merecía la pena vivir…

Bergine

Casi no pude probar bocado. La cena se sirvió pocas horas después del torneo donde el rey se había proclamado vencedor. Le miré de reojo y vi que hablaba de algo con Nappa, que estaba sentado a su izquierda. Turles también estaba en nuestra mesa, en una de las esquinas y me sonrió poniendo los ojos en blanco. Estaba justo al lado de uno de los miembros más veteranos del consejo, y no sé qué le estaría diciendo, pero debía aburrirle mortalmente por la cara que estaba poniendo. Yo intenté reprimir una carcajada. No era decoroso que la reina se riera de esas cosas, y más ahora que yo era el blanco de todas las miradas tras mi enlace con Su Majestad.

El rey estaba muy atractivo. Tras el combate se había cambiado otra vez de ropa y ahora llevaba una especie de chaleco negro con las solapas hacia arriba cerrado por unos pequeños enganches dorados, pantalón también negro y unas botas marrones casi hasta la rodilla. No pude evitar sonrojarme levemente al mirar fugazmente sus brazos. Esos brazos que esta noche me iban a quitar la ropa mientras me abrazaban contra su cuerpo.

Estaba muy nerviosa. Solo el hecho de pensar en lo que iba a pasar entre nosotros dentro de poco me hacía estremecer. ¿Y si no estaba a la altura de alguien como él? Toda la seguridad y la confianza que siempre conseguí demostraba ante todos parecía estar desvaneciéndose poco a poco.

De pronto me sentí muy pequeña, allí sentada entre hombres tan importantes y veteranos que yo a su lado no era más que una niña.

Un roce en el antebrazo me hizo salir de mi ensimismamiento. Vegeta me sonrió y pareció leerme el pensamiento al susurrarme al oído que estuviese tranquila, y que lo estaba haciendo muy bien. Casi me echo a llorar. Tanta tensión acumulada durante el día me estaba empezando a pasar factura.

Por si fuera poco Paragus se había acercado a nosotros para felicitarnos por el enlace y nos dio sus buenos deseos. Menos mal que no estaba sentado en nuestra mesa, no creía que fuese capaz de soportarlo. El muy desgraciado me había lanzado una mirada tan intensa que sentí ganas de ponerme a gritar.

Le podría haber contado todo al rey, lo que había intentado hacerme meses atrás en los jardines del palacio. Pero… ¿me creería? Después de todo yo era casi una recién aparecida, mientras que Paragus ya llevaba años a su servicio. Además no sabía hasta que punto él intentaría negarlo todo, y lo que es peor… ese hombre sabía de mi ambición, de mis ansias de llegar hasta donde estaba ahora, y no me convenía que se lo dijese al rey. Para su Majestad yo era una mujer entregada y enamorada, que haría cualquier cosa por él. Era mejor no sembrar ninguna duda en su cabeza.

Pero… ¿y qué es lo que sentía yo? Sí que es cierto que le tenía cariño, admiración, y gratitud… sobre todo gratitud porque gracias a él iba a disfrutar de una vida que muchas otras matarían por tener.

Deseo… eso por supuesto. El rey era el hombre más fascinante que había conocido hasta ahora. Tenía ese porte, esa clase, que le hacían verse aún más atractivo si cabe. Seguía poniéndome nerviosa el solo hecho de estar cerca de él, aunque muchas veces intentase disimularlo. El pensar que la persona con mayor poder de este planeta se había fijado en mí… me excitaba, no lo podía evitar. Me hacía sentir la mujer más importante, la más deseada.

Por eso debía de cuidarme bien a la hora de cometer algún fallo que pudiese suponer mi ruina.

Ni mi madre ni mi hermana habían acudido al evento. Era lógico. Para ellas yo me había vendido como una vulgar prostituta. Solo esperaba que el tiempo lo curase todo, y por fin pudieran aceptar lo que había hecho. ¿Acaso no se daban cuenta que en mi posición, yo podría ayudarlas de por vida? Ninguna de las dos tendría que trabajar jamás. Se acabarían las penurias y las miserias, y quizás mi madre podría vivir varios años más encontrándose mejor de salud. Pero era muy orgullosa. Estaba segura de que preferiría morir antes de aceptar mi ayuda. Dejaría que pasasen unos días antes de presentarme en casa.

Rey Vegeta

La cena estaba llegando su fin. El baile dio comienzo, pero yo tenía ganas de retirarme ya de una vez. Todos los presentes parecían estar disfrutando de la noche, pero a mí solo me obsesionaba una cosa…

Observé que Bergine apenas había hablado durante todo este tiempo y que había comido muy poco. Me imaginaba que le abrumaba toda la situación, el haberse convertido en reina casi de la noche a la mañana iba a ser algo difícil de asimilar tan pronto.

O quizás estaba nerviosa por lo que iba a ocurrir después… casi me daba lástima el imaginar que pensamientos le estarían bullendo en esa cabecita suya. Incluso le había sugerido que por qué no se unía a la fiesta para bailar y despejarse un poco, pero había negado enérgicamente con la cabeza y esbozado una sonrisa nerviosa. ¿Quién entendía a las mujeres?.

La verdad es que estaba preciosa. Llevaba puesto un sencillo vestido blanco de manga larga y el cabello con unas pequeñas flores azules adornando la trenza que le caía por la espalda. Era la viva estampa de la inocencia y la pureza. Noté el aguijón del deseo expandirse por mi cuerpo.

Le dije a Nappa que anunciase que había decidido retirarme, pero que la fiesta podía continuar sin ningún problema. Me puse en pie y miré a mi nueva esposa.

- Os espero en nuestros aposentos… mi reina – dije con una sonrisa haciendo una reverencia – no tardéis en venir por favor.

Ella me miró con una cara de desamparo que casi me parte el alma. Estaba tan adorable que en esos momentos fui verdaderamente consciente de su edad. No era más que una chiquilla asustada por el cambio tan enorme que iba a dar su vida a partir de ahora. Sentí una punzada de lástima y la vez de excitación. Yo me iba a encargar que esa fuese la noche más memorable de su vida. No podía evitarlo, pero el verla tan intimidada me hacía sentir poderoso, el hecho de ser yo el que tuviese el control de la situación. Llevaba tanto tiempo esperando este ansiado momento, que parecía que este día nunca llegaría… por fin Bergine iba a ser mía… solamente mía.


Zira3000: Parecerá una tonteria, pero al escribir una historia sobre un planeta que nada tiene que ver con la Tierra, no puedo hacer alusión a cosas o seres que allí no existen o que no son como en nuestro planeta. Los animales, las plantas... hasta el decir "se pudo colorado como un tomate", en el planeta Vegeta no tendía sentido.

Pero bueno, en la obra de Akira Toriyama también hay incoherencias. Algo tan simple como que Goku o Vegeta siendo extraterrestres, pueda reproducirse con humanas teniendo un código genético diferente, y que aún así, sean compatibles.

Como veis hay bastantes referencias a las justas de caballería, como lo de "dar la prenda" al guerrero que combate. Por lo poco que se ve en la serie, manga y demás... el planeta Vegeta parece que ha evolucionado mucho en poco tiempo. El rey Vegeta conquistó Plant vistiendo pieles, y a los pocos años ya tenían esa tecnología propia del imperior de Freezer. No os extrañeis si en algún momento hago referencia a algo más "tecnológico" o por el contrario a algo más antiguo

Espero que os haya gustado, y no os olvideis de comentar!

Saludos!