Dado a que es el capítulo final de la temporada… y a que no lo he hecho con anterioridad, quería aprovechar para dar las gracias a todos los que han leído Axel aquí en Fanfiction.

Sé que mi historia no es un fic exactamente, sino que nació gracias a Dexter, pero me alegra de que al menos unos pocos se hayan aventurado a leerla y me hayan dejado sus comentarios. Os lo agradezco de veras.

Espero que este capítulo final sea de vuestro agrado y pueda leer vuestra opinión. No duden en preguntar o decir cualquier cosa.

Hasta la vista.~

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AXEL

CAPITULO X

FINAL~

Yo debería cambiar el mundo.

Yo debería imponerme a todos.

Yo debería hacer de Sherwood un lugar más seguro… para que Yumi no vuelva a sufrir abusos, para que Marian disfrute sus vacaciones, para que Sarah siga adelante y para que mi padre no se hunda en su trabajo.

Yo debería tomar las riendas del destino…

Sonó la alarma que indicaba el final de las clases. Tiempo de descanso, visitas a la cafetería o bares de los alrededores, magreos entre parejas, besos y risitas, charlas frikis… o nada, como era en mi caso. No había matones a los que pegar ni empollones a los que defender. No había chicas en apuros. Gisbourne respiraba tranquilo hoy gracias a mí. Bien. El que no respiraba tranquilo era yo, me sentía como si tuviera una molesta astilla clavada a mala leche en mi estómago. Dicha astilla había conseguido que no le dirigiera la palabra a Yumi en ninguna clase, había conseguido enfadarme de verdad. ¿Por qué? Porque me quedaba un día para acabar con Astro. Tenía que esperar un largo y eterno día para hacer aquello que mejor se me da…, para cumplir mi último plan con la mafia más poderosa de todas. O sea que, por lo tanto, esa astilla no iba a desaparecer hasta pasado este día y unas cuantas horas del siguiente. Estaba claro que no iba a poder dormir esta noche.

Mientras salía de la universidad me pregunté qué podría hacer para pasar la noche. Podría estar con Marian, pero eso complicaría las cosas… Nuestra relación estaba en un punto que me costaba comprender. Ya me había quedado claro que a ella le seguía gustando…, pero también me había quedado claro que me atraía de alguna manera. Quizá fuera mi lado humano incapaz de hacer frente a tamaña belleza, quizá, porque otra cosa no se me ocurría. El caso era que, si pasaba la noche con Marian, acabaríamos acostándonos y volvería al punto inicial. No sabría qué hacer con ella, no quería que se enamorara de mí. Estaba casi seguro de que, de momento, únicamente se había encaprichado. La única chica que se había enamorado de mí hasta ahora no acabó del todo bien, la última vez que la vi lloraba en silencio por nuestra… ruptura. Y luego estaba Yumi, que no me buscaba pero yo a ella sí. En realidad lamentaba no haberme comunicado con ella en clase.

Entré en mi coche, aparcado como siempre al aire libre con el resto, y me senté a pasar el rato. Dejé la puerta abierta para seguir disfrutando del frío invernal que golpeaba tan fuerte hoy. Todos iban bien abrigados. Las chicas más populares, o sea, el grupo de amigas de Sarah, maldecían y re-maldecían esta época del año debido a que no podían lucir sus mejores modelitos. Lo que la gente llama moda nunca fue algo que comprendiera demasiado bien, me parecía una soberana estupidez. La indumentaria de las personas suele reflejar lo que son, pero los pequeños detalles gozan de gran importancia y son mucho más reveladores. Vi a Yumi y a su grupo de "futuros médicos" al lado de la furgoneta de uno de ellos, esperando allí, hablando mientras almorzaban. Qué mejor ejemplo que mi hobby para probar mi teoría sobre los pequeños detalles…

Lleva el pantalón ligeramente manchado por la rodilla derecha, lo que me indica que se ha vuelto a tropezar no hace mucho, es posible que al bajarse del coche que la ha traído hasta aquí. No se pone nada de maquillaje, no le preocupa que le vean guapa o fea, es lo que es y no lo oculta. Joyería: un único collar que guarda con gran afecto siempre cerca del corazón. Un regalo de alguien a quien perdió, algún abuelo quizá. También cabe destacar lo evidente, suele adoptar una posición defensiva creando un escudo protector cada vez que se cruza de brazos con los libros o cuadernos. El motivo es que le es imposible superar su trauma, no confía ni en los chicos de su grupo que tan cordialmente le sonríen y se le insinúan. ¿Confiará en mí?

En cualquier caso con ella seguía resultando algo difícil.

Alguien se interpuso ante el precioso panorama, miré sin ánimo, eran tres de las amigas de Sarah. Nunca lograba recordar sus nombres… Estoy seguro de que rimaban y todo. ¿Sissy, Missy y Trisy? Eran de esa clase de amigas sin personalidad que tan bien le venían a Sarah. Si ella quería hablar de moda, ellas sacaban diversos temas para que tuviera donde elegir. Si quería saber qué parejas nuevas se han formado en la universidad, ellas se encargaban de averiguarlo. Desde que las conocí por culpa de querer experimentar cosas nuevas con la mujer equivocada, me dieron bastante grima. La voz de Sarah era tan bonita como el canto de una sirena en comparación con la de sus amigas. Puesto que no decían nada y estaban ahí mirándome con una expresión que intentaba mostrar molestia, me recosté en el asiento ignorándolas. Tamaña comodidad no duró nada.

- ¡Eh, Axel, que estamos aquí! –Seguí ignorándolas.

- ¡Será cretino!

- Venga, Axel, tenemos que hablar, ¡es importante! –dijo la primera. Me incorporé en el asiento del siempre impecable Volvo, qué remedio. No me quité las gafas de sol que llevaba.

- Sí, he dejado a Sarah. No, no sé dónde está. ¿Hemos acabado?

Dos de ellas levantaron las cejas y exageraron una expresión de desprecio a la vez que ladeaban la cabeza quejándose sin palabras. Estaba claro que bien podría haber venido la única que seguía únicamente con una expresión seria, pero era bien sabido que las de su estirpe no se mueven solas…

- No, no hemos acabado. Tenemos que hablar, va en serio. –Bueno, no pude evitar creérmelo, mas no acababa de despertar mi curiosidad. No imaginaba qué podría querer de mí.

- Habla.

- ¿Aquí? ¿No podemos ir a la cafetería como hace todo el mundo?

- Pues no… -Ella suspiró irritada.

- Vale –se resignó –, es sobre Sarah, estamos muy preocupadas…

- ¿Y? –Mi paciencia era más bien escasa. Odiaba las conversaciones innecesarias y ésta tenía toda la pinta de serlo.

- No nos coge el teléfono ni hemos sabido nada de ella desde que la dejaste… Sus padres están de viaje o sea que tampoco pudimos hablar con ellos.

- Id a su casa –sugerí.

- Llamamos a su timbre y nada. ¿Y si… y si ha hecho alguna locura?

Hasta donde yo sé, no es del tipo de personas que se suicidarían por algo así. ¿A cuántos tipos habrá dejado a lo largo de toda su vida? Seguro que superan el centenar, no es de las que pierde el tiempo… No tendría sentido que sólo porque yo la dejara se quitara la vida. No, eso carece de sentido… ¿verdad? ¿No es así? … ¡Joder, Sarah, siempre tan idiota!

No podía saber con exactitud cuánto conocía a la rubia más popular de Gisbourne. Realmente no podía saberlo… Quería creer que no era tan estúpida para hacer lo que sus amigas sugerían, pero me era imposible saberlo. Mucho me temía que no podía quedarme con la duda. Sarah es un conjunto de emociones y sentimientos demasiado extraños y alocados, ¿sería capaz de quitarse la vida en una depresión? No se puede obtener nada bueno cuando te acercas más de lo aconsejable a alguien como yo. Por supuesto ella nunca estuvo cerca en verdad, pero creía estarlo.

Pensé con claridad durante unos segundos. No pude evitar aspirar con molestia, debía ir a verla.

- Iré a su casa.

- Bien –dijo con una sonrisa satisfecha –, seguro que tú puedes ayudarla. ¡Gracias! –Dolor de cabeza. No tardaría en tener dolor de cabeza si oyera esa voz más de un minuto seguido.

- Menos mal, por lo menos intentarás remediar lo que has hecho –se quejó otra de esas cosas. Qué asco…

No tenía inconveniente en perderme el resto de las clases, si había ido a la universidad era porque ya tenía mi plan perfectamente pensado. Sólo debía ultimar unos detalles en casa…, por eso el tiempo se me antojaba molesto, porque esta vez tenía demasiado. La más civilizada volvió a darme las gracias y se fue con el resto del rebaño dirección a la cafetería. Confiaba en que la tarea que se me presentaba no me llevara demasiado tiempo. En cierto aspecto sentía curiosidad por saber qué hacía Sarah para no dejarse ver, pero también en cierto aspecto me seguía dando tanto igual como de costumbre. Observé a Yumi y apreté los dientes molesto… Qué demonios, pensé, dije que no la dejaría escapar. Salí del coche y me acerqué un poco hacia su grupo, lo suficiente para que se percatara de mi presencia. Hice un gesto con la mano para que se acercara, le dijo algo a su gente y vino sin vacilar. Hoy no llevaba gorro, su melena cobriza se mecía hacia atrás por el viento y me dejaba ver sin problemas su perfecto rostro. Tan delicado, tan suave, tan blanco… Labios rosados, finos, como si los hubieran creado con suma delicadeza. Nariz pequeña pero respingona, igual de suave, igual de perfecta. Y ni hablar de los ojos, me seguían fascinando como siempre. Buen ángulo, buen tamaño, buen color; tristes y extremadamente expresivos. La vi acercarse a cámara lenta en mi mente, parecía la típica escena de una película, solo que ella no daba el perfil para hacer el papel de la chica que se acerca a cámara lenta…, ella estaba a otro nivel. Me quité las gafas para verla con claridad.

- Hey, hola –me saludó regalándome una sonrisa leve.

- Hola. –Yo no pude regalarle nada, ni siquiera mantenerle la mirada. La mantuve en su tabique, casi en el entrecejo, así no se notaba demasiado que no la miraba a los ojos. – ¿Estas… bien?

- A pesar del clima, diría que sí. Por cierto, ¿cómo te fue el examen?

- Fácil. Imagino que para ti también.

- En cierta medida… -dijo con una sonrisa modesta.

Ya me sentía satisfecho, o algo similar. La pequeña conversación que quería con ella ya había ocurrido, ahora debía decirle lo que tenía que decirle y seguir con lo mío. Estaba seguro de que habría más ocasiones para continuar conociendo a mi hobby. Estaba seguro de ello.

- Ahm, Yumi, tengo que marcharme a hacer unas cosas… -Ella asintió, me percaté de que fruncía un poco los labios. –Nos veremos mañana, ¿de acuerdo?

- ¡Claro! –respondió casi al instante, como si se hubiera activado. –Ya…, ya sabes por dónde estaré. No sé, quizá mañana… te apetezca pasar el descanso con nosotros. –No llegó a preguntarlo pero sonó como una pregunta, una clara insinuación. Miré al grupo que estaba al lado de la furgoneta. Cuando lo hice, todos los presentes apartaron la mirada disimuladamente, estaban fijándose en nosotros al parecer. Me seguían sin dar buena espina, no me veía pasando el rato con ellos aunque fuera por Yumi. No me veía pasando el rato con nadie a quien no fuera a matar.

- Sigue siendo demasiada gente… -dije en un involuntario susurro. Ella lo oyó, por supuesto, su mueca le delató.

- Está bien, no pasa nada. Pero hablaremos un rato, ¿no?

- Dalo por hecho.

Volvió a asentir y a regalarme una última sonrisa, más tímida esta vez. Entonces se dio la vuelta y me impidió continuar apreciando la belleza que tenía como rostro, mejor que cualquier cuadro del museo Locksley. No pude evitar seguirla con la mirada hasta que se detuvo junto a sus amigos. Quería asegurarme de que no se volvía a caer… Una vez ella estaba a salvo, volví a entrar en mi coche y me puse en marcha. Gazette hizo de banda sonora en el trayecto esta vez.

Pasé de largo mi casa siguiendo dos calles más, todo recto. Sarah vivía en la casa número 130, más grande y bonita que la mía, de hecho. Sus padres eran ricos, o sea que lo raro es que vivieran en ese barrio y no al lado de la mansión del difunto Maroni. Si guardara algún recuerdo de la infancia quizá supiera si conocía a Sarah desde antes del instituto. De repente ese pensamiento me llamó la atención, Edward y yo nunca hablábamos de nada relacionado con el pasado, al menos con el mío. Apenas había fotos mías de cuando era un maldito crío, la mayoría creo que estaban guardadas en la despensa junto a trastos viejos del jefe, pero no…, nunca hablábamos del pasado. Entonces nevó. Paré el coche frente a la casa de los Williams y nevó. Copos pequeños caían incesantemente pero despacio, como si no quisieran molestar, como si sólo desearan llegar. Quité la música, no se oía nada ahora. Algo perturbaba mis pensamientos, algo que se me había pasado por alto y que la nieve me estaba recordando. Nieve significa navidad…, pensé, y ocurrió dentro de dos días. Dos días faltaban para su aniversario y yo ni me acordaba, pero porque no quería acordarme, odiaba la navidad. Mi madre, Hikari, murió un 24 de diciembre. Sabía lo que significaba eso, Edward querría arrastrarme al cementerio para ir a visitarla. Casi me dolía la frente de lo que fruncía el ceño. Expulsé esos pensamientos de mi cabeza, tenía un asunto que atender.

Abrí la puerta de la verja y entré por el cuidado camino del jardín que exhibían con orgullo. Llamé al timbre un par de veces mientras pensaba cómo saludarle o qué decirle. Me pareció curiosa la situación, yo, precisamente yo, visitando a lo que digamos que era una ex-novia. Era la primera vez que iba voluntariamente a su casa. Lo de colarse por la ventana de atrás pertenecía a otra historia en la que el protagonista no era yo. He entrado por muchas ventanas pero los motivos eran muy distintos.

Volví a llamar al timbre y probé a dar un par de golpes a la puerta también. Nada, la chica no quería verse con nadie. Me asomé por la ventana que había a la izquierda, daba a la cocina mas las persianas estaban echadas. Busqué luz en las ventanas de arriba y también estaban cubiertas, me llamó la atención eso. Saqué mi móvil y traté de contactar con ella por ese medio… en vano, lo tenía apagado. Último intento: su padre. No los tenía en mi agenda, pero me sabía de memoria el número del Sr. Williams. Era un empresario de renombre y recordaba el número de su tarjeta personal que vi en una ocasión en la habitación de su hija. Y nada, también lo tenía apagado. La cosa me empezaba a parecer extraña, mi intuición me incitaba a quedarme y husmear un poco más, sobrepasar el límite. Acerqué el oído a la puerta en un clásico intento de oír algo. Silencio absoluto. Miré mi coche –ahora cubierto de nieve– tentado de irme y dejar aquel asunto.

Me parece que sí voy a subir por su ventana…

Me aseguré de que seguía sin haber nadie por la calle, aunque la neblina sería la mayor encargada de ocultarme en cualquiera de los casos. Moviéndome con sigilo por instinto, rodeé la bonita casa hasta llegar al jardín trasero, cuya única diferencia con el de la entrada era la gran fuente que lo ocupaba, muy bonita también… Saqué los guantes que guardaba en los bolsillos del abrigo y me dispuse a trepar. Aunque su casa era más grande, la estructura seguía siendo similar y tenía prácticamente los mismos salientes a los que engancharme. Di un último impulso para llegar a la ventana de su habitación, cerrada y con las cortinas rojas puestas, y me senté en la cornisa. Cabía esperarse que no la iba a poder abrir por las buenas, o sea que la forcé lo más discretamente que pude. El pequeño cerrojo se partió sin armar escándalo y entré sin problemas. Me temía lo peor…, la habitación rosa de Sarah estaba demasiado desordenada. Por mi experiencia podía asegurar que no había sido obra de una sola persona. ¿Alguna discusión? ¿Quizá un nuevo novio? Algo me decía que el motivo fue agresivo. El espejo roto era lo más inquietante. En su escritorio no pude evitar fijarme en el libro que había encima del teclado del ordenador, su diario. Busqué su último escrito desinteresándome de lo demás. A menos de mitad del cuaderno sólo ponía que Axel la había dejado, al lado tenía dibujado un corazón negro partido en dos. Qué tétrica.

Giré el pomo de la puerta con sumo cuidado y salí al pasillo. Me asomé por la barandilla de las escaleras para ver el salón desde arriba. El vestíbulo era lo máximo que me alcanzaba la vista, pero seguía sin oír nada y seguía estando todo oscuro. Todas las persianas bajadas, ninguna luz encendida. Dejé de respirar. Agudicé el oído. Aquello no era normal, la casa no debería estar así. Algo había ocurrido, algo que todavía no sabía pero que estaba dispuesto a averiguar. Mi instinto me empujaba a continuar, por lo que avancé por el pasillo para inspeccionar más habitaciones. Abrí la puerta que llevaba a un pequeño armario, no había nada fuera de lo común. Repetí el proceso, sin hacer ruido, y verifiqué que la habitación de invitados no contenía anomalías. Todavía sin respirar abrí la siguiente puerta… Respiré.

- Los padres de Sarah…

Yacían en su habitación tumbados en la cama. Estaban desnudos y aprecié que estaban… cosidos. Cosidos el uno al otro simulando un abrazo. Era el trabajo de un artista, no había sangre y esa habitación estaba impoluta. Me acerqué más…

Al menos han muerto unidos. Un último abrazo. Un último beso. Este modus operandi me suena.

No quise tocarlos, no hacía falta. Sus bocas estaban unidas, daban bastante grima con tanta sutura en sus cuerpos. Ojos, orejas, manos, pies, bocas, estómagos. El asesino se había tomado su tiempo. Un día, intuí. Sus cuerpos debían seguir calientes, me pregunté si murieron antes o después. No podía saberlo si no los examinaba mejor… y no iba a hacerlo. Sarah se había convertido en mi absoluta prioridad. Noté algo, un extraño escalofrío incapaz de ser descrito. Ese cosa que supuestamente tenía en el lado izquierdo del pecho dio un único latido más potente que el resto. Ignoré el por qué, pero el escalofrío se mantuvo un poco más. Requiescat in Pace, se solía decir…

Empezaba a ponerme furioso. Un asesino había irrumpido hace poco más de un día y se había tomado tranquilamente su tiempo para divertirse a su macabra manera. Deseaba con todas mis ganas que ese engendro estuviera en el piso de abajo. Inspeccioné el baño antes de bajar. Había sangre y el cristal estaba roto, una cabeza había sido la causante de ello. La sangre, no en abundancia, se escabullía por debajo de la puerta y llegaba hasta las escaleras que llevaban al piso de abajo. La forma del fluido rojo me dio a entender que la víctima fue primero golpeada contra el espejo y luego arrastrada a, con total seguridad, el salón. Los padres de Sarah no tenían sangre…

¡Sarah!

Salí a toda prisa y salté por la barandilla. El parqué se tambaleó, miré a los lados buscando ansioso al asesino…, entonces vi al fin una luz encendida. Cruzando el salón y la cocina, el rastro de sangre llevaba al amplio cuarto de baño principal. La puerta estaba cerrada, la luz se filtraba por abajo y el silencio seguía siendo el protagonista. Un silencio que me sorprendió no haber cesado. Mis impulsos me obligaron a correr hacia la última puerta y abrirla de golpe.

La preciosa chica que conocía hacía dos años se presentaba ante mí como nunca antes la había visto ni quería ver. Vestía un único camisón empapado de sangre, yacía sobre una silla de madera –procedente del salón– con las manos maniatadas a su espalda y amordazada. Tenía algunas magulladuras y cortes en sus bonitas piernas, me enfureció todavía más distinguir la herida de su frente, la del espejo. Inconsciente, como era de esperar. La rodeé de inmediato para desatarla, pero, de nuevo, para mi sorpresa las muñecas estaban cosidas. El asesino ya había comenzado con ella también. A juzgar por la inflamación de sus muñecas no había sido hace mucho.

- Sarah… Aguanta un poco.

Su pulso era débil, aún tenía tiempo de sacarla de allí y llevarla al hospital. La hemorragia de la frente me parecía un problema, tendría que curársela o no llegaría muy lejos.

Oí pasos en el exterior. Desaparecí…

Hijo de puta…, sabía que era él.

Oculto, reconocí el rostro del asesino serial. Dimitri Kravinski, conocido por su maestría a la hora de montar los escenarios de sus crímenes más atroces. La policía de su país no pudo dar con él hace siete años y mucho menos la de aquí hace tres. No era un asesino en serie activo, pues sus atrocidades ocurrían cada muchos meses, no seguía un orden. Había dejado su huella en más de cinco países y al parecer decidió volver a Sherwood, ese rincón del mundo donde tanta escoria decide juntarse. Precisamente el bastardo tenía que escoger a Sarah y a su familia…, precisamente.

Observé con repugnancia las propias heridas mal cosidas que lucía orgulloso en sus brazos y en la rapada cabeza. Tenía la cara de un auténtico loco, no comprendí cómo pudo haber pasado desapercibido por la calle. Traía un pack de cervezas para que su fiesta fuera más placentera todavía. Avanzaba con lentitud, moviendo la cabeza sin propósito, como un maldito espasmo que no podía controlar. Abrió una lata y dejó caer el resto, bebió con ansia. Su hedor llegaba hasta mí… Le oí musitar algo para sí, no logré entenderlo hasta que fue alzando la voz. "Vamos a crear", repetía una y otra vez. Me percaté de que tenía una aguja en su otra mano…, con Sarah no iba a ser tan considerado como con sus padres. Ya le había cosido las muñecas sin ningún tipo de cuidado. Precisamente con ella tenía que cambiar el estilo…, precisamente con ella. Arrojó la lata de cerveza vacía al suelo y fue a por la chica. Se plantó frente a ella como si se creyera un artista y la examinó murmurando cosas que no entendía. Con las manos parecía tomar algún tipo de medidas… Me dio mucho asco.

Aproveché que estaba de espaldas para coger con cuidado un cuchillo de la cocina, pues me ocultaba allí detrás de la barra. Era la hora de hacer lo que mejor sabía hacer, y lo iba a disfrutar de manera personal.

Me acerqué empuñando el cuchillo con fuerza tratando de no hacer ruido, pero el suelo estaba lleno de porquerías y pisé una bolsa. Dimitri Kravinski se dio la vuelta alarmado, mirándome con sus ojos de loco. A él no le iba a apartar la mirada, quería que viera lo que soy.

- Sorpresa.

Aquel engendro me debió insultar en ruso, probablemente, luego se acercó a mí aguja en mano. Su cara me daba asco, pero no iba a conseguir nada abriendo tanto los ojos.

- ¿Vas a coserme a mí también? Vamos…

Se lanzó a por mí. Su mano fue directa a mi cuello, le agarré de los dedos antes de que me alcanzara y se los rompí de un único tirón, luego hice un rápido movimiento, sin soltarle, para colocarme a un lado. Hundí la hoja del cuchillo de cocina en sus costillas, noté cómo entraba entre los huesos hasta perforar el pulmón. Su grito de agonía fue reconfortante. Extraje el cuchillo y se lo clavé en la sien. Miré su nuevo rostro, mucho mejor que el que tenía en vida, y dejé caer el cadáver. Adiós a Dimitri el costurero.

Miré a Sarah, la pobre Sarah. Todo había ocurrido demasiado deprisa. Incluso a mí me costaba creer que alguien como ella había perdido a sus padres para siempre. Lo único reconfortante era la muerte del asesino serial. ¿Un mal menor a cambio de un bien común? No para mí. No existe el mal menor, sólo el mal y el bien mayor. No llegué a tiempo de salvar a los Williams, pero al menos llegué y asesiné al asesino. Me pregunté cómo le afectaría a la chica más popular, que tan superficial me parecía, el trauma de tamaña atrocidad. Nunca imaginé que le fuera a pasar nada similar. Tampoco me sorprendía, esto es Sherwood.

Sin perder más tiempo fui a atender a la superviviente. Con el cuchillo corté el hilo cosido en sus muñecas y luego lo extraje con cuidado. Necesitaba limpiarle la sangre de la frente, por lo que cogí la primera toalla que vi y limpié todo lo que pude. Busqué en el armario del baño algún tipo de desinfectante, necesitaba algo rápido, como dije. Una vez encontrado, le limpié mucho mejor la herida y logré quedarme algo más tranquilo. La próxima idea sonaba desagradable, pero tenía que coserle la brecha. Tan rápido como pude, comencé a tratarla. En otras circunstancias podría haberla dejado como nueva… No era el caso. Mientras cosía le dio un espasmo, se quejó, estaba empezando a despertar. Ahora sí me urgía prisa, debía desparecer por completo, no podía ser yo el que la llevara al hospital. Comprobé que sus ojos seguían cerrados, algo me decía que estaba consciente pero en shock, no se enteraba de nada. El odio que sentí casi hizo que perdiera el control de mis acciones, pero pude mantenerlo y terminar de coser. El resultado me pareció una chapuza en comparación a lo que podría haberle hecho, mas tuve que contentarme con eso.

La escena del crimen me inquietaba, había demasiadas cosas por medio, no era mi estilo, yo no dejaba evidencias. El maldito Dimitri estaba actuando diferente con Sarah…, el por qué ya era historia, pero no me beneficiaba que alguien pudiera saber que yo estuve allí. No me quedaba más remedio que dejar todo aquel desorden. Fui rápido al salón y usé el teléfono para llamar al hospital marcando cada tecla con la punta del cuchillo. No tardaron en contestar y, forzando un tono grave de voz, les dije únicamente la dirección y que era cuestión de vida o muerte. Colgué. No podía hacer más. Me hubiera gustado pero no podía hacer más. Miré a la bella Sarah, parecía otra persona ahora. Verla allí como una de las tantas víctimas que he visto a lo largo de mi trabajo continuaba pareciéndome extraño. No podía ser el destino, ¿verdad? Debía irme…

No, esperé. La volví a mirar, por un momento me pareció encontrarme con sus ojos verdes clavados en los míos. Aún había algo que podía hacer, no debía perder la calma, la alternativa era mejor que marcharme sin más…

¡Von voyage!

Arrojé el cuerpo al río Klan y dejé que la corriente lo llevara junto con quién sabe cuantos cuerpos más. La policía lo encontraría, en efecto, pero eso ya me daba igual. Huellas mías no encontrarían, yo nunca estuve en la casa de mi ex-novia. En cuanto al cuchillo…, bueno, lo mandé con su víctima a pesar de que me gustaba su simple diseño. Miré a los lados cerciorándome de que seguía estando solo, aunque era poco probable que en esa parte del bosque encontrara algo más que yonkis. Había tardado más de veinte minutos en salir a las afueras y cinco en limpiar la sangre del ruso del maletero. Muy, muy imprudente todo aquello. ¿Necesario? En efecto, como toda vida que merece ser salvada. Sarah se había convertido en otra víctima y no dejaba de pensar en ello. El qué iba a ser de ella a partir de entonces era un misterio para alguien como yo. Ignoraba por completo las emociones que sentiría cuando se enterara de lo de sus padres, Ben Williams y su esposa Nicole. Buena gente… Ignoraba cómo reaccionaría, qué sentiría, cuando despertara en el hospital, cuando los médicos le dijeran que se calmara y que debe descansar. Y cuando tuviera conciencia plena, ignoré qué le diría a la policía y qué sentiría su simple corazón al pronunciar cada palabra que describiera al asesino. Además estaría el constante recuerdo de la pérdida de sus padres… ¿Qué se siente cuando te ocurre algo así? Yo perdí a Hikari demasiado pronto y no fue hasta unos años después que reaccioné. Claro que mi reacción fue muy distinta a la de cualquier persona. El aniversario de su muerte estaba próximo, la nieve me lo recordó, Edward no tardaría en deprimirse.

Nunca había considerado mi casa "hogar dulce hogar", pero lo cierto es que me tranquilizó llegar a terreno seguro al fin. Mi inesperada misión secundaría me llevó más tiempo de lo que en un principio esperaba. Agradecí a mi bestia interior que hubiera mantenido tan bien la compostura. Cada vez éramos más precisos, estábamos más unidos. A menudo éramos uno, pero no es fácil ser humano. Yo soy un monstruo muy especial, no es fácil ser yo.

Estaba en casa. El jefe trabajando como era menester y Marian debía estar por ahí con alguna de sus amigas. Llevo en la ciudad toda mi vida y mi prima de Francia conocía a más gente que yo. ¿Curioso? No. Ella era todo humanidad. Vivía, a lo sumo, la vida que quería y estaba, a lo sumo, contenta con ella. Lo único curioso era mi intervención. Al aparecer yo desestabilicé su medianamente equilibrada balance de sentimientos y la sumergí contra su voluntad en un mar de dudas e inseguridad. Me conoció en mal momento, no dejaba de lamentar eso. Empezaba a tener claro que ella me atraía, que había logrado de alguna manera acercarse a mí en muy poco tiempo. No podía salir nada bueno de eso, yo debería estar solo de por vida. La utilicé y luego me deshice de ella. Sigue sintiendo algo por mí y casi la besé en la tienda de ropa. Entonces me pregunté a quién debía culpar…, si a ella o a mí.

Después de comer algo subí a mi habitación a terminar el trabajo. No sabía cuándo podía llegar Marian, o sea que el tiempo apremiaba. Esta clase de problemas pronto dejarán de ser una preocupación, pensé satisfecho, dejaré de vivir aquí en muy poco tiempo. Mi inminente traslado me era de muy buen agrado, ansiaba tener mi propio piso o apartamento. Mi guarida… Claro que si el que me había conseguido Edward no cumplía los requisitos necesarios para ser el hogar de un asesino de asesinos, tendría que buscarme otro por mi propia cuenta tal y como estaba planeado en un principio. Mi padre era consciente de mi forma solitaria de ser, de que no me juntaba con nadie, por lo que confiaba en que la casa que me iba a facilitar no estuviera rodeada de universitarios.

Era hora de pensar en el plan de mañana…

Todo está dispuesto. Robert Statam me dijo que la reunión era a las 21:00… Un poco pronto para mi gusto, pero toca adaptarse. He hecho los deberes y sé cómo entrar por la mismísima puerta principal. A esas horas cuatro hombres de mantenimiento se encargan piso por piso de mantener todo en orden. Llegan los cuatro en el mismo furgón, por lo que estoy más que convencido de que tendrán un traje para mí… En cuanto a la identificación, eso está hecho. En una página de Internet conseguí una idéntica a la que llevan esos peleles y únicamente añadí mi foto gracias a un programa de edición. Da el pego, sí. Tengo que imprimirla y plastificarla. Luego la pongo sobre el traje robado y listo. Los de seguridad no tendrán inconveniente en dejarme pasar. En cualquier caso, si ese plan falla, me queda la segunda y también útil opción. He estudiado los planos del edificio y tiene un conducto de ventilación en la parte lateral del edificio que me serviría para entrar. Raptando por los conductos no llegaría muy lejos, pero al menos me permitiría acceder dentro, que ya es algo. Una vez allí sería cuestión de moverme con cuidado evitando las cámaras de seguridad hasta llegar al último piso. Lo malo de este plan es que no sé cuánta vigilancia habrá merodeando por ahí y tengo más posibilidades de ser descubierto…, y eso no es una opción. Una variante del plan B sería escalar el edificio desde fuera… Hum, sólo de pensarlo ya me canso. Llegaría exhausto a la reunión. Tengo la capacidad física de sobra para conseguir trepar toda la maldita torre, pero… necesito llegar de una pieza para el golpe maestro, o sea que deposito toda mi confianza en el plan A. Infalible, discreto y letal. Statam también mencionó cuando leyó la citación que no se permitía llevar armas a la reunión… Los mafiosos no son mafiosos si no van armados, por lo que es más que probable que todos vayan armados pero dejen sus armas en algún recipiente o contenedor. He estado en pocas reuniones de mafiosos, pero por lo general suelen dejar sus armas en la entrada. Astro alega que en esa terapia de grupo que van a hacer van a debatir sobretodo el futuro de Sherwood. Quieren controlarla, ¿eh? Dirigirla… ¡Idiotas! Sólo habrá un único orden en esta ciudad, sólo uno, ¡el mío, el que yo voy a crear! ¿Acaso no es evidente, maldita sea? ¿Acaso no se dan cuenta de que el mundo está cambiando gracias a mí? Y no he hecho más que empezar… Todo está dispuesto.

La emoción flotaba en el ambiente. Terminé mi tarjeta de identificación y la escondí entre uno de mis cuadernos en el cajón del estante. Antes de apagar el ordenador quise echar un vistazo a los archivos de mi padre, quería saber si tenían algo nuevo en relación a Astro. Husmeé por sus infinitas carpetas pero no encontré nada relevante. Nombres y más nombres de sospechosos y miembros pillados y vigilados de la mafia. Realmente no tenían nada. Edward se pasaba todo el día fuera de casa persiguiendo un rumor mientras que yo sabía que el auténtico líder de Astro era un tal Jacob Krum y que lo iba a ver en menos de 48 horas. Cuando desplacé el ratón a la esquina superior derecha para cerrar las ventanas, me percaté de algo que no había visto antes. Sí tenían algo nuevo en la U.I.S.S. Entré en los archivos y busqué las novedades. No me lo podía creer… ¡al fin! En los archivos nuevos mencionaban las múltiples desapariciones de conocidos criminales y las muertes de otros muchos. Estaban empezando a considerar la opción de que todos los asesinatos estuvieran conectados, que ALGUIEN se estaba encargando de cazarlos. Un archivo creado por el propio Edward mencionaba que tanto Robert Statam, como Luca Maroni, Frank J. Hopper y el desaparecido Perry Twice, habían sido los últimos miembros de Astro en morir o desaparecer. Su argumento era sólido, además afirmaba que casualmente el caso del museo de Locksley resultó tener también relación con Astro aunque no lograran conseguir nada útil de la directora. El jefe de policía ya había dado órdenes a su escuadrón especial para tratar de encontrar alguna mínima pista de este presunto nuevo asesino serial. Lo que no sabía el bueno de mi padre era que ese asesino serial no era nuevo, llevaba un par de años ya en activo, solo que no fue hasta hace poco que Astro entró en el juego. Pero en realidad su trabajo era de elogiar, en Sherwood muere y desaparece gente a diario, encontrar una conexión entre las víctimas ya era un paso agigantado. Alguien tan protector como él nunca imaginaría que ese hijo suyo que se enfrentaba a los matones del instituto es también el que se enfrenta a los matones de más categoría. ¿Me apoyaría si supiera la verdad? Estaba claro que no, mi forma de cambiar las cosas supera el entendimiento incluso de una persona tan buena como él.

Desde el mismo día en que maté a ese vagabundo que trataba de violar a aquella pobre mujer en el callejón, me hice responsable de cada uno de mis actos, de cada una de las vidas que fui segando. No existe ningún sentimiento de culpa en mí. No hay arrepentimiento… ni piedad. Ese mismo día me realicé las preguntas más obvias de todas: ¿Existe alguien que se arriesgue a hacer lo correcto, alguien decidido a combatir de verdad la injusticia? ¿Alguien que piense como yo?

Por supuesto que no. Yo sí puedo, soy el único que puede. Hikari activó el monstruo. El vagabundo le dio el último empujón para salir. Yo hice el resto. Yo lo hice…

Quise abrir el último informe del archivo que había en la carpeta pero me pidió una contraseña. Eso no me lo esperaba. Escribí no muy convencido el nombre de mi madre para ser si también servía en vano. Probé escribiendo el nombre de la otra persona a quien más quería Edward: yo. Nada, tampoco sirvió. No importaba, ya tendría tiempo para averiguar qué sabía la U.I.S.S. No podía permitirme que siguieran la pista adecuada, pero ese hecho era prácticamente imposible. Aprendí muy bien a ser invisible. No siempre fui el más silencioso…, pero siempre una sombra en la oscuridad, por ese motivo nunca me había preocupado demasiado por que mi propio padre pudiera seguirme el rastro.

Abrí el largo cajón secreto que ocultaba en el abatible de mi cama y saqué una mochila negra de allí. Coloqué lo que guardaba dentro encima del escritorio examinando cada una de mis bellezas. Mi pequeño repertorio de cuchillos. No eran tantos para considerarlos una colección, pues únicamente tenía cinco, pero me parecían auténticas joyas. El cuchillo táctico era de mis preferidos, pequeño, ligero y tan letal como el machete que también tenía. Acaricié la antigua cuchilla de afeitar que tan gustosamente degolló a Perry Twice en aquella fábrica abandonada. Una reliquia de plata que poca sangre había saboreado. Otro que me gustaba bastante era el cuchillo de combate USN Seal Mark III. Tiene un tamaño adecuado y era de los que más utilizaba. Lo adquirí junto a toda una colección de cuchillos para no llamar la atención, aunque sólo conservé dos más de la misma colección, ambos militares. Les hice los ajustes necesarios para adaptarlos a mí y así completaron el repertorio. También examiné con orgullo el brazalete que había creado hace un tiempo con el propósito de ocultar el cuchillo táctico sin llamar en absoluto la atención. El brazalete tiene un pequeño mecanismo que se activa girando una parte del mismo brazal, lo que hace que empuje el cuchillo y me facilite acceder a su mango con la mano libre. Discreto y muy efectivo.

Desde la ventana vi pasar el coche de Edward. Recogí rápido todo el material dejándolo tan ordenado como estaba y volví a depositarlo en el cajón oculto del abatible. Cerré la cama y apagué el ordenador. Eché otro vistazo por la ventana y vi que el jefe venía con Marian. Seguramente la habría ido a buscar en cuanto salió de la comisaría. Ella estaba radiante, parecía contenta de contar con la compañía de Edward. ¿De qué habrían hablado? Él, en cambio, ponía buena cara pero algo ocultaba. Algo que no me iba a gustar. Bajé sin prisa las escaleras para recibirles, concretamente a él, pues esperaba que me dijera la dirección de mi nueva casa y me diera las llaves.

- Ah, hola, hijo, no sabía que ya estabas en casa –dijo sin poca sorpresa en realidad.

- Hola, Axel –continuó Marian. No reconocí el sentimiento que puso en las palabras, pero su mirada la distinguí como… pasiva, tal vez. La sonrisa no se la quitaba nadie, desde luego.

- Hola. –Terminé de bajar las escaleras y me quedé de brazos cruzados apoyado en la pared. Marian me dedicó otra sonrisa, esta vez muy leve, y subió arriba mientras le sonaba el móvil. Era el momento, pero primero cortesía. -¿Qué tal el trabajo, Edward?

- Bueno –suspiró–, siempre complicado, hijo. Me parece que ni en navidad podré descansar un poco.

- ¿Necesitas ayuda? –La pregunta no expresaba deseo de ayudarle de verdad, la realicé porque sabía que iba a decir que no. Yo tenía demasiadas cosas que hacer como para ayudarle ahora. Quizá otro día.

- No, no te preocupes. ¡Ah! –Se acercó a mí decidido y me entregó un ligero fajo de billetes. –Aquí tienes tu paga por el buen trabajo en el museo de Locksley, Axel. Casi se me olvida.

- Hum, gracias. Recuerda que no tienes por qué pagarme nada –dije serio.

- Pero quiero hacerlo. Te has ganado cada dólar que te he dado, bien lo sabes tú también.

Se quitó el abrigo y fue directo a por su café. Con todo el café que se metía en el cuerpo estando en la comisaría…, me pregunté por qué lo seguía tomando también casa. ¿Deformación profesional? Yo no me moví del sitio, le miraba y él, de vez en cuando, me miraba de reojo también. Seguro que pensaba en cómo decirme lo que quería decirme y que yo no quería que me dijera. Por si acaso, me adelanté para decirle lo mío primero.

- Respecto a lo de mudarme…

- Todo en orden. ¿Estás impaciente? –Casi confundí su tono como disgustado, pero lo preguntó sin malicia.

- No puedo negarlo, me hace cierta ilusión independizarme. Además… ya va siendo hora, ¿no? –Se me ocurrió que no estaría de más fingir un poco. –No creo que quieras tener a tu vástago en casa toda la vida.

- Veinte años es poco, hijo –respondió algo más activo.

- A mi parecer es mucho. Una… chica, compañera –me corregí –de la universidad llegó hace un año y medio más o menos y desde entonces vive en un apartamento con más estudiantes.

- ¿Y quieres mudarte allí? –preguntó irónico. Comenzó a prepararse una ensalada de espinacas ahora.

- No, en absoluto. Me concentro mejor en solitario… –Me acordé de algo que encajaría muy bien para mantener una futura coartada. –De todas formas, tengo a Sarah para hacerme compañía de vez en cuando –él no sabía que la dejé, tendría que bastar –y a Marian.

- Vale, vale… –se resignó. –Quieres que te de una dirección ya, ¿no es cierto? Joseph me la confirmó hoy mismo.

- Por favor.

- Cerca del puerto, en Hood, apartamento número 5. A lo mejor podrías comprarte un barco y todo.

¿En Hood? Voy a empezar a creerme eso de que tengo suerte… El lugar no está nada mal, alejado del centro. No es un sitio desértico pero bastará. Sólo espero que sea también apropiado por el interior. Y lo del barco no es mala idea, podría ser más que útil para transportar cuerpos y arrojarlos en pedacitos a la mar. Buena aporte, Edward, te debo otra.

- Muchas gracias.

- No me las des, a partir del próximo mes el alquiler te lo pagas tú –añadió curvando los labios.

- Claro, dale las gracias también a Joseph.

Extendió su mano haciéndome entrega de la llave de una parte de mi libertad. La cogí lentamente para que no creyera que tenía tantas ganas de marcharme de allí. Asentí varias veces, asumí que ya tenía mi propia casa. De momento el dinero no era un problema, con lo que gané ayudando a Edward tanto tiempo en sus investigaciones además de lo que he ido ahorrando por mi cuenta, podría mantenerme un tiempo. Tampoco dejaría de ayudar a mi padre cuando fuera necesario, por lo que podía seguir ganando más dinero. En cualquier caso, nada iba a impedirme vivir solo. Así es como debía de ser.

Quise volver a mi cuarto para prepararme e ir a ver mi nuevo hogar, pero Edward me llamó al momento en que pisé el primer escalón. Suspiré y apreté los dientes. Pensé que podía evitar lo que se presentaba inevitable desde que me acordé, pero no iba a ser posible. Cada año era igual. Me preparé para la incómoda conversación que se avecinaba, podría con ello. Él me expondría el mismo argumento, como siempre, yo el mío, como siempre, se molestaría, yo me mantendría en silencio y finalmente se iría. Pasado un día o dos volveríamos a la normalidad. Cuanto antes ocurriera antes acabaría.

Clavé mi mirada en sus ojos, pero la desvié a su tabique nasal raudo, no debía ver lo que soy.

- Hijo… –empezó, a él siempre le costaba empezar, -ya sabes qué día es pasado mañana… Quiero que esta vez me acompañes. Tienes que ir a verla. Marian también vendrá.

Marian tampoco entendería que no puedo ir a verla.

- A donde vais no pienso acompañaros. Nada ha cambiado, Edward, sigo sin poder ir a verla a un maldito cementerio.

- Es por respeto, siempre se ha hecho así, deja de tener miedo, hijo.

- No tengo miedo –le corregí en el acto –, simplemente no veo lógico ir a un cementerio a mirar una lápida y llorar. Lo que ocurrió en mí cuando ella nos dejó sigue presente, no cambiará nada por ir a verla. Cada vez que vas al cementerio te deprimes y lloras durante un día entero… –inconscientemente, estaba empezando a alterarme –, pero el resto de los días sigues inmerso en tu trabajo con total normalidad. Dime, ¿por qué demonios vas a verla si siempre te derrumbas cuando la ves?

- ¡Tú no lo entiendes! –Aspiró cerrando los ojos, no quería alterarse él también. –Voy a verla y lloro porque el amor que siento por ella me llena de dolor cada vez que estas fechas me recuerdan que me la arrebataron. ¿¡Tan difícil es de comprender, hijo!? Siento la necesidad de al menos ir al cementerio una vez al año para que, donde quiera que esté, sepa que no la olvidamos. En Japón a los muertos se les honra mucho más que aquí…, y yo con gusto sigo la tradición que ella me transmitió.

- No…, no, eso no tiene sentido.

- Sí que lo tiene, lo sabes. Ella amaba sus tradiciones y a ambos nos enseñó. Tal vez tú no recuerdes tu infancia, hijo, pero yo sí. Soy yo el que no entiende por qué dejaste de ir a verla… Por favor, Axel, acompáñanos. Te lo ruego, honra a Hikari con tu presencia. Ven con nosotros a rezar por ella.

¿Rezar… por ella? ¿Ir al lugar donde su cuerpo está podrido y enterrado bajo tierra… a rezar? ¿¡Qué esperas conseguir con eso, Edward!? ¡No la vas a traer de vuelta! ¡Solo te hundes recordándola!

No soportaba sus tonterías. No pude soportarlo más.

- Axel, esta vez… acompáñanos –volvió a insistir.

- Noh…

- Por favor, trata de entender.

- ¡¡¡HE DICHO QUE NO VOY A IR!!!

Subí las escaleras controlando a la bestia con fuerza. Marian se encontraba arriba, su rostro me dejó claro que había oído toda la conversación; mezclaba sorpresa con algo similar a la compasión. Odié más todavía que creyera que yo necesitaba compasión. Como no se movió del sitio, la aparté sin mucho cuidado y me encerré en mi habitación.

Eché unas cuantas cadenas más a la bestia que se moría por salir, que luchaba por salir. Apreté tan fuerte como me era posible a tamaña criatura y la contuve lo suficiente para que dejara de golpearme el pecho. Por un momento dudé en si de verdad tenía que retenerla así… La bestia soy yo, ¿por qué motivo no iba a dejarme salir? Daba igual, me contendría por el momento. Mi mudanza comenzaría hoy mismo, no podía quedarme aquí ni un día más. Una vez solo no tendría que usar las cadenas. De todas formas, necesitaba matar el tiempo de alguna manera pues ansiaba que llegara el día siguiente. Como dormir no era una opción, la mudanza sería la actividad adecuada.

Le debía muchas cosas a Edward, pero no era tan diferente al resto del mundo. No conocía a su hijo. Mi estilo de vida requería soledad absoluta. Ya me arrepentía en cierto aspecto ser tan humano y no poder evitar acercarme a Marian y Yumi. Ellas me inspiraban curiosidad, al igual que en su día Sarah fue la elegida para saciar otro aspecto de mi curiosidad. Demasiados de mis pensamientos se contradecían y eso solía molestarme. Con lo fácil que sería simplemente vivir solo y aislado de la gente…, y al final siempre optaba por cometer los mismos errores. Debía hallar con extremada urgencia el equilibrio. Tal vez no era necesario que fuera siempre la bestia, tal vez podía ser humano con ellas.

¿Realidad o sueño?

Humano… Pensé en lo que significaba eso. No lo acabé de entender. Alguien como yo, alguien que se dedica a matar personas, no puede ser muy humano. Los humanos tienen remordimientos, dudas, miedo tal vez. Yo disfrutaba con cada muerte porque sabía que hacía lo correcto… Pero en este mundo la gente no ve más allá. La gente idiota e hipócrita siempre diría que lo que hago está mal aun cuando caminaran seguros por la calle. Seguro que alguna vez encontraría el equilibrio perfecto para mí.

Por lo demás, el resto de la tarde ocurrió muy deprisa.

Cargué en mi coche tantas cosas como pude y fui a mi nuevo apartamento en Hood para echar un vistazo. Del bloque de apartamentos que había en la costa, el mío era el último, el que daba justo al mar. Una vez dentro aprecié que la mayoría de los muebles ya estaban instalados, aunque algunos pedían a gritos ser sustituidos. Y así sería a su debido tiempo. El salón era prácticamente la casa. Amplio sin llegar a ser grande, la cocina estaba justo en frente, a un lado en la misma sala. A la izquierda el televisor y su respectivo sofá. A la derecha había un escritorio y una silla, pronto lo convertiría en mi centro de mando. Antes de la cocina empezaba el pequeño pasillo con su primera puerta: el baño, que no era demasiado grande tampoco. Siguiendo el pasillo había únicamente una puerta más, mi habitación. Amplia, cama de matrimonio y un ventanal que con vistas al mar que seguramente estaba pensando para que fuera lo primero que se viera al despertar. Sin duda había mucho que hacer, pero de un principio el lugar ya me transmitía buenas vibraciones. Además no tendría que pintar ninguna pared, casi todas eran de un color grisáceo o sólo blanco. Mi guarida.

No paré de ir y volver de un viejo hogar al que sería el nuevo. Edward no me dijo nada en ninguna de las veces que me vio. Hubo un momento en que, al volver a por más de mis cosas, ni él ni Marian se encontraban en casa, cosa que agradecí para evitar incomodidades.

Por supuesto, llegada ya la noche, mientras yo seguía limpiando y colocando mis cosas por el apartamento, Edward me llamó para comunicarme apenado lo que le había sucedido a Sarah y a sus padres. Fingí una creíble sorpresa y mentí tan bien como sabía hasta que le dije que iría a verla al hospital mañana. Él se quedó sin palabras al poco tiempo y colgó. No me dio los detalles de lo que se habían encontrado en la escena del crimen, no era el momento para hablar de trabajo. Se podría decir que por mi culpa el trabajo se le acumulaba al jefe de policía.

Al final, con tanto trabajo que me estaba dando ordenar el apartamento a mi manera, pasaron las horas y llegué a quedarme dormido en el viejo sofá que no tardaría en ser desechado. No me había dado cuenta, pero realmente me había mudado de casa en un día y ya no tenía intención de volver… La discusión con mi padre me vino bien, después de todo.

La vida seguía.

Cuando la recepcionista me dijo en qué habitación se encontraba Sarah, subí al ascensor sin perder más tiempo. Faltaban unas horas para la gran noche.

Las clases de la universidad habían seguido su rutina. No hubo ningún conflicto ni golpeé a nadie, quizá había llegado el momento de acostumbrarme a eso, quizá ya había conseguido detener a los matones. Como de costumbre últimamente, Yumi había sido mi principal método de distracción durante y después de las clases. No había ido con ella en el descanso, pero ella había venido conmigo. Cada cosa que descubría de mi hobby generaba otra duda que me incitaba a seguir preguntándole y tratar de averiguar qué piensa una chica como ella. Lo cierto es que fue mucho más entretenido de lo que esperaba en un principio. Yo apenas hablaba, le realizaba alguna que otra pregunta y ella, superando a menudo su timidez racial, me daba largas respuestas. Todavía me resultaba difícil de leer, pero algo me decía que nuestra relación había avanzado unos pasos y que era posible que habláramos todos los días a partir de entonces. No me pareció mala idea contar con su compañía más a menudo. Su grupo de amigos, concretamente la parte masculina, continuaban mirándome con recelo y una pizca de odio o molestia cada vez que hablaba con la chica que les gusta…, y eso que tenía entendido que uno de ellos, el tal Mike, estaba saliendo desde hace un tiempo con la tal Amy. Nada iba a impedirme seguir conociendo a Yumi Shiwatari. Mientras mi lado humano perdurara, así iba a ser.

Todos mis pensamientos tenían como protagonista el gran evento de las 21:00 que estaba esperando, pero me percaté de que también quería ver cómo se encontraba Sarah. Ir a verla al hospital, aun con mi impaciencia, no me supuso ningún problema. Confiaba en que, ya que había ido, me dejaran visitarla sin objeciones. El trauma que debía estar sufriendo la pobre criatura no tenía cabida en mi entender. Y es que así es como golpea el mundo, él no tiene piedad con nadie. Así es la realidad. Pero conmigo es diferente…

Las mentiras, la tristeza, la sombra y el temor, no me debilitarán jamás.

Aunque esté atrapado en esta triste realidad y mi vida esté atada a un silencio total, mis impulsos reprimidos nunca vencerán, porque en mi corazón hay fuerza y poder. Ahí reside parte de la diferencia…

Las manchas inundan por completo las cosas buenas de esta ciudad, pues la realidad no omite nada.

Busqué la habitación 19 mientras caminaba por el ancho pasillo. El poco sonido que había provenía de murmullos entre pacientes, familiares, y algunas enfermeras y doctores. Me crucé con varias personas que también iban a visitar a alguien, todos ellos llevaban flores. Por un momento me cuestioné si yo debía llevarle flores a Sarah… Casi parecía parte del protocolo de la normalidad. Aunque nunca me gustó fingir ser quien no soy, mentía muy bien. Mi antigua coartada había sido partícipe de mis elaboradas y siempre convincentes mentiras y fingimientos. Tal vez aquella también era una ocasión para fingir que le había comprado flores. Teniendo en cuenta el estado en el que la iba a encontrar, suponiendo que estuviera despierta, a alguien como ella le sacaría una sonrisa un matojo de flores. Así que, decidido, con cuidado de no ser visto, cogí un buen ramo de rosas rojas que había en una mesilla llena de flores al lado de una habitación. Alguien debía querer mucho a esa persona, por lo que supuse que no se darían cuenta de que faltan flores.

Finalmente llegué a la habitación. Ningún ramo de flores en la mesilla de fuera. Abrí la puerta y entré sin vacilar. La habitación estaba poco iluminada, las cortinas estaban echadas y Sarah parecía estar durmiendo. Únicamente se oía su respiración y la fuerte lluvia del exterior creando un muy agradable sonido ambiental. Deslicé una de las cortinas para que entrara algo de la escasa luz que ofrecía la nublada tarde y comprobé el rostro de la última víctima de Dimitri.

Estaba increíblemente hermosa sin maquillaje alguno. La venda que rodeaba su frente no importaba en absoluto. Allí, dormida, estaba mejor que nunca. Incluso su media melena rubia sin peinar me parecía fabulosa en ese estado. Miré sus muñecas, ya habían cubierto las leves heridas con algunas tiritas.

Noté la ira crecer en mi interior, por lo que decidí dejar las flores en la cama, a su lado, y marcharme. Sería lo mejor.

Su voz, mucho menos aguda ahora, me llamó.

- No te vayas, por favor… -musitó.

Ignoré si lo que sentí fue agradable o desagradable. Se me daba bien salvar a la gente, pero hablar con ellas no. ¿Qué se le dice a alguien que pierde a su familia? Tan bien no sabía fingir.

Ella me hizo un débil gesto con la mano para que me acercara. Me apoyé en la pared muy cerca de la cama de manera que ambos pudiéramos contemplar nuestros rostros. Nunca le había visto los ojos tan tristes. Más bien, nunca la había visto tan falta de energía; era como volver a conocerla.

- ¿Axel? –Todavía se estaba despertando, apenas abría los ojos. –No te vayas… -repitió.

- No iré a ninguna parte.

Al final abrió los ojos tanto como pudo y se medio incorporó. Me pidió por favor que abriera las cortinas y así lo hice. La habitación quedó lo más iluminada posible. No pude evitar quedarme un rato mirando la ventana, las infinitas gotas de lluvia que iban deslizándose una y otra vez. Era muy probable que volviera a nevar dentro de poco, pero yo prefería la lluvia. Siempre me ha gustado y no hay explicación alguna. Es el mejor clima.

- Me… ¿me has traído flores? –Aun con el tono de voz tan débil y apagado con el que realizó la pregunta, sonó incrédula.

- Hum, sí… ¿Mala idea?

- N-no, son bonitas, siempre me han gustado las rosas…

Afortunado yo.

- ¿Cómo te encuentras, Sarah?

- No sé… Me han dicho que la herida de la frente no es demasiado grave, pero yo me sigo notando destrozada.

- Es comprensible. –No quería recordarle el por qué.

Me miró directamente a los ojos de repente. Durante un tiempo le aguanté la mirada, el suficiente para asegurar que algo había cambiado. Antes me transmitían tristeza, ahora no lograba descifrar el qué, lo cual era frustrante teniendo en cuenta que a Sarah siempre he sabido leerla. Ese cambio tan repentino me desconcertó, desvié la vista a sus carnosos labios, ella no lo notaría.

- Axel… -retomó la conversación. –Esto no es un sueño, ¿verdad? No voy a despertarme y volver a la realidad… ¿verdad? –Suspiré con discreción a la vez que fruncía más el ceño. Estaba entrando en terreno delicado.

¿Realidad o sueño?

- No es un sueño, Sarah.

- O sea que mis padres…

- Sí.

Dile que lo sientes, la gente siempre lo dice en estas situaciones.

- Lo siento, Sarah. De verdad. –No me pareció sonar muy convincente, el tono me quedó demasiado frío.

- Recuerdo al hombre que irrumpió en casa… Entró en mi habitación de repente y me atacó… –Observé cómo sus ojos se sumergían en el doloroso recuerdo y comenzaban a adquirir ese brillo previo a las lágrimas. Mal asunto. –Estaba muy asustada… Te… te llamé pero no apareciste. Corrí hasta el baño pero él me alcanzó antes de que pudiera hacer nada… Lo último que recuerdo es que me golpeaba contra el cristal… El resto es muy confuso. Supongo… que mis padres llegarían después. –No dije nada, no se me ocurría qué decir, sólo me crucé de brazos. Esperaba que no se pusiera a llorar. –Hoy vino la policía a hacerme unas preguntas, ¿sabes? También me dijeron que no habían encontrado al asesino de mis padres…, pero… que creían que podría estar herido.

- ¿Herido?

- Encontraron sangre suya… en el suelo del salón.

- Qué raro. Quizá se automutiló, muchos psicópatas tienden a hacerlo cuando están excitados.

Mala elección de palabras, vi cómo se estremecía, cómo se aferraba a la fina manta blanca que le cubría las piernas.

Recuerda, el contacto físico calma en este tipo de situaciones. La mano será tu mejor elección.

Me senté en el borde de la cama y cogí su suave mano, estaba temblando. Cuando la acaricié me apretó, se refugió en mí. Me hubiera gustado decirle que el responsable de la tragedia estaba muerto, que yo mismo le clavé un cuchillo de cocina en la sien sin piedad. Me hubiera gustado decirle que me tomé la libertad de, no sólo hacer lo que se debe hacer con los asesinos como ese, sino de vengar a sus padres.

- Voy a necesitarte, Axel…, cuando salga de aquí –dijo, y las lágrimas afloraron al fin. –Te… lo… suplico. –Me apretó más fuerte, lloraba con la misma intensidad que la lluvia. Lágrimas incesantes, casi igual de bonitas, pese a la ira que me generaban. Lo que sugería era complicado, muy complicado. Sabía lo que me iba a sugerir mi aguda mente, tuve que adelantarme. No me quedaba otra.

- Sarah… No iré a ninguna parte.

Y se desesperó. Su pequeña fortaleza se quebró sin previo aviso.

- ¡Quiero despertar! ¡Quiero despertar y volver con mis padres! –Gemía, gritaba, hubiera pataleado furiosa y triste de haber podido. Las caricias ya no servían, opté por avanzar más el contacto físico. Un abrazo era mi mejor elección, más el llanto no cesó, ni la lluvia tampoco. -¿¡Por qué ha tenido que ocurrir…!?

- Hay cosas que escapan a nuestro control, me temo…

- Daría lo que fuera por verles con vida de nuevo…, lo que fuera…

- Lo sé, lo sé…

Entrelacé mis dedos con su pelo, apreté su cabeza contra mi hombro y le acaricié la espalda con la otra mano. Ella continuaba desahogándose en sí, mojando todavía más mi chaqueta. Luego también me abrazó, mucho más fuerte que yo, llena de mucho más sentimiento que el mío.

Contemplé la pesada lluvia… Encajaba con la escena. Era igual de trágica.

Sarah alzó su rostro colocándolo a la misma altura que el mío, escasos centímetros nos separaban. Sus manos abarcaron cada lado de mis mejillas, me acariciaba con especial ternura, como si yo fuera su mayor tesoro, como si fuera…

- Eres lo único que tengo ahora… No me dejes ahora, Axel…, no me dejes.

Nunca había visto tantas lágrimas en nadie. ¿Así se manifestaba el auténtico dolor? ¿Era así un ser humano destrozado por dentro? Demasiados sentimientos negativos. El azote de la realidad no es algo que nadie pueda soportar. Nadie, excepto yo.

No podía quedarme frente a ella sin hacer nada. Le acaricié yo también el rostro, pasé mis dedos por sus mejillas para limpiarle las lágrimas. La lluvia trajo consigo a la tormenta, los rayos no tardaron nada en dejarse oír.

- Te quiero tanto… -volvió a musitar.

Recortó casi toda la distancia que nos separaba. Sus labios prácticamente rozaban los míos. Su nariz rozaba la mía.

Juntó nuestras frentes, sólo debía hace un único gesto para que sus labios se pegaran con los míos. Necesitaba ese beso, lo intuía. Ese beso le daría un poco de fuerza, le daría ese chispa de esperanza que necesitaba. Porque la verdad no es suficiente, porque a veces la gente necesita una recompensa por tener fe. A Sarah le había fallado la fe de llevar una vida normal a su estilo, no le quedaba nada y yo podía llegar a entenderlo. Merecía una recompensa… para recuperar la fe.

O sea la besé. Su pasión supera a la mía, es ella quien me besa en realidad, lo necesitaba y yo sentía que debía ayudarla. Soy capturado por ella sin delicadeza… por ser un mentiroso que desconoce lo que es ser humano.

Continuaré obstinado con mi esperanza… Es sólo mi fe la verdad absoluta.

El resto es silencio.

[…]

Esta es la noche… Al fin esta es la noche. No más distracciones, no más sentimientos por hoy. Esta es la noche en la que la sombra de Astro se desvanecerá… Sherwood estará un poco más limpia, un poco más segura.

Esperando en el coche no podía dejar de pensar en Sarah y en lo que había sucedido en el hospital. La bestia se jactaba de tener razón, decía que yo era débil, que siempre caía ante los encantos de las mujeres de mi vida. No le di la razón, pero tampoco supe cómo contestarle. Sarah, Marian, Yumi… Compadecía a esas chicas por haber querido acercarse a mí. ¿Son ellas necesarias?

Aún en el intervalo entre la realidad y lo ideal…, llevo mis pies atados como víctima de un sacrificio que yo mismo exigí para ser como soy. Pero a veces es demasiada la presión y hace que se desborden mis impulsos, porque en el fondo noto que este corazón lo desea con todas sus fuerzas. Mi siempre constante contradicción…

La espera no duró demasiado por suerte. El furgón de los empleados de mantenimiento pasó por mi lado y aparcó en la acera de enfrente, a unos metros de la entrada principal del edificio de Astro, la Cima de Sherwood, la Punta de la Flecha.

Revisé mi tarjeta de identificación.

Sí, da el pego.

Recordé cada paso de mi plan…

Sí, es factible.

Me puse los guantes y el brazal con el cuchillo táctico, debía ir ligero. La cuerda de piano la tenía en el bolsillo, siempre era bueno tenerla a mano, al igual que la ganzúa; no necesitaba nada más. Salí del coche, que permaneció oculto bajo la apremiante noche, y observé cómo salían no cuatro, sino tres hombres de la furgoneta. Se suponía que eran cuatro… Me acerqué agachado para asegurarme de que no iba a salir el cuarto de la parte de atrás del vehículo. Aquel pequeño inconveniente no era problema, quizá hasta fuera más creíble que yo fuera ese cuarto miembro de mantenimiento. Continué agachado hasta que entraron en el edificio, entonces me moví en sigilo hasta las puertas traseras. Utilicé la ganzúa con éxito y entré, no tardé en encontrar varios monos de trabajo en una caja. Me vestí como un trabajador más –electricista–, me puse una gorra para ocultarme un poco y fui a por el siguiente paso. Recordé a tiempo que había que pasar por un detecta metales en la entrada, por lo que me apresuré a desmontar el brazal y meterlo junto con el cuchillo en el cinturón, que pasaba por un escáner aparte puesto que llevaba herramientas metálicas.

El obeso guardia de la entrada me miró con desdén por llegar más tarde que el resto, inclinó la cabeza cuando le enseñé mi acreditación junto a una muy falsa y necesaria sonrisa y dijo las palabras mágicas: Venga, pasa.

Dejé el cinturón en la cinta del escáner y yo pasé por el detector de metales. Luego cogí sin problemas el cinturón y crucé la segunda puerta.

Estaba dentro…, podía sentir la satisfacción en mi interior, celebrando el éxito de los primeros pasos del plan. Me cercioré de que los otros trabajadores no andaban cerca. Vi que había uno al final del pasillo de mi izquierda pero ya estaba entrando en el baño arrastrando el cubo de la fregona. Según mi uniforme, yo era el electricista…, o sea que podría moverme al menos hasta el cuadragésimo piso, y había setenta. Recordaba bastante bien los planos del edificio y también tenía muy presente hasta dónde llegaba la libertad de movimiento del equipo de mantenimiento. El reto de llegar hasta arriba del todo me parecía más fácil ahora.

No perdí más tiempo, manteniendo la cabeza gacha crucé el pasillo de la derecha y continué recto esperando encontrarme con unas escaleras de bajada… Tenía en mente los planos, confiaba en estar moviéndome por el camino correcto. El tiempo, tampoco podía parar de pensar en el tiempo. Me inquietaba llegar tarde, no soportaría llegar y encontrarme a todos menos a Jacob Krum. Estaba totalmente convencido de que él era Astro. Ansiaba mantener una buena conversación con él antes de matarle.

Miré por las ventanas sin detenerme, la plaza D´jack estaba desierta aun cuando no era demasiado tarde. Cabía la posibilidad de que por mi culpa estuviera así. ¿Un mal menor? La gente y su miedo, un tema muy interesante. Viven en una realidad donde el límite de la "verdad" está en la aprobación de la sociedad… que se marchita en una estúpida igualdad.

Divisé las escaleras y bajé por ellas a paso ligero. Aprecié una cámara de vigilancia justo en la esquina de la pared antes de las escaleras. Hice bien en ponerme la gorra. Repasé otra vez los planos de mi mente y confirmé a dónde me dirigía. La sala de generadores estaba justo allí, en el sótano.

Me adentré en la oscura sala, iluminada únicamente por unas pequeñas luces azules, y busqué el generador principal.

Vamos a dejaros un rato a ciegas…

Había muchos pisos que subir y demasiados guardias vigilando el edificio de la mafia más importante de la ciudad. Necesitaba evitar las cámaras temporalmente para poder llegar al penúltimo piso en un instante.

Con la ayuda de las herramientas que llevaba en el cinturón, manipulé la corriente de luz y apagué todo el edificio. Rápidamente volví a manipular algunos cables para que la luz volviera en unos cinco minutos más o menos. Deseé que mis escasos conocimientos como electricista funcionaran para restablecer la luz, porque, de lo contrario, tendría que matar a todos los mafiosos en la oscuridad.

Salí corriendo directo al ascensor más cercano ya que funcionaban con un sistema eléctrico independiente. En la bifurcación del pasillo oí cómo uno de los trabajadores hablaba por el móvil con otro quejándose del corte de luz, concluyó diciendo que bajaría al sótano a arreglar el problema. Eso me restaba tiempo, pero debía tener suficiente en lo que tardaba el hombre en arreglar mi estropicio. El ascensor llegó y pulsé el botón 69. Monté mi brazal de nuevo y me lo coloqué en el antebrazo oculto bajo la ropa. Faltaba poco, faltaba muy poco. La espera en el poco iluminado ascensor, subiendo lentamente piso por piso, se me estaba haciendo más eterna que cuando acechaba a mis víctimas. Sólo un poco más, me aliviaba recordar de manera constante.

De repente, cuando estaba a dos pisos de llegar a mi destino, el ascensor se paró. El manazas de mantenimiento debió de tocar lo que no debía y bloqueó los ascensores. Le insulté y me acordé de su familia cuando ni el botón de abrir las puertas funcionó. Quité la rendija del techo y salí por allí. Sólo las luces de emergencia me iluminaban el camino, no tuve más remedio que subir trepando por los cables. Algo me decía que acabaría trepando, de todas formas…

Al llegar a la cornisa de las puertas del ascensor, las abrí manualmente haciendo acopio de mi considerable fuerza. Para mi desgracia, había un guardia cerca y me oyó, cuando terminé de abrir las puertas lo tenía delante preguntándome qué demonios hacía. Miré a los lados… Estaba solo.

- Me quedé atrapado en el ascensor…

- ¿Quién coño ha jodido la luz?

No respondí, pareció molestarle. Pistola en mano, se acercó a mí repitiendo la pregunta con más agresividad si era posible. Bastó agarrarle del brazo en el que portaba el arma y darle un ligero empujón para arrojarlo por el ascensor. Oí el sonido de su cabeza, porque debía de ser su cabeza, estrellarse contra el ascensor. Tenía que darme más prisa. Me moví rápido pero manteniendo el sigilo cubriendo cada esquina. Los guardias estarían tratando de arreglar también el problema de la luz porque apenas se dejaban ver. Aprovechando la oscuridad pude evitar los grupos que veía y llegué a las escaleras de subida. Había otro guardia justo al final de las escaleras, de espaldas a mí. Me acerqué con extremo cuidado y de un fugaz movimiento le coloqué la cuerda de piano alrededor del cuello. Hice un doble nudo para impedir que pudiera gritar. Apreté con mucha fuerza, tanta que apenas se revolvía el pobre desgraciado. Poco a poco lo acompañé hasta el suelo, fui testigo, aun en la oscuridad, de cómo su piel se enrojecía y de lo mucho que estaba supurando. Veinte segundos, duró veinte segundos. Comprobé su pulso para asegurarme…, a ese no lo volvería a ver.

Ya estaba en el último piso, me hubiera emocionado de no ser porque estaba concentrado. Empezaba a tener calor, estaba ligeramente nervioso. Tendría que soportar esa debilidad.

Continué moviéndome hasta llegar al baño. Allí me deshice del mono de trabajo y saqué el cuchillo del brazalete, pues imaginaba que lo tendría que utilizar pronto para eliminar a los guardias próximos a la sala de la reunión. Miré el reloj, marcaba las 21:46, confiaba en que la reunión durara más de una hora.

La luz volvió. El baño se iluminó cegándome con tanto color blanco por un momento. Oí cómo algunos guardias insultaban a los de mantenimiento a la vez que resultaban satisfechos por la vuelta de la electricidad.

Antes de salir, una vez más, volví a pensar muy detenidamente en los planos del edificio. Sólo había una puerta que llevara a la sala que mencionó Robert Statam, y por las voces sabía que me encontraría con al menos tres guardias armados. Si lograba eliminarlos silenciosamente, tendría que pasar por una puerta que me llevaría a una sala de espera, allí, si mi hipótesis era cierta, debería de haber un contenedor o algo similar donde estuvieran depositadas todas las armas de los mafiosos. Lo difícil entonces era llegar a esa sala, el resto era demasiado fácil.

Di una patada al cristal del servicio. Un ruido inesperado es la mejor manera de llamar la atención. Me escondí en uno de los baños, el guardia no tardó en aparecer, mas no iba solo, su compañero se quedó en la puerta esperando. El imbécil preparó su arma, pude oírlo. Comenzó a patear la puerta de cada baño, y si daba cuatro patadas llegaría a mí. Esperaba asesinarlos silenciosamente pero no me dejaban opción, tendría que hacer algo de ruido. Cuando dio la última patada y se colocó frente a mi puerta para abrirla también, fui yo el que dio la patada haciendo que la puerta se estrellara en su boca y lo derribara en el acto. No le dejé ni un segundo de reacción a su compañero; antes de que pudiera hacer nada mi cuchillo ya estaba volando en dirección a su entrecejo. Le rompí el cuello al que sufría por su boca partida en dos, luego recogí mi cuchillo del otro. Me asomé por la puerta para ver al tercer guardia, que estaba apoyado en la puerta que debía cruzar. Supuse que no se había enterado de nada puesto que mi patada a la puerta no sonó demasiado distinta a las del imbécil. Ocurrió todo muy rápido, todo estaba saliendo bien…, aun cuando había albergado dudas. Recogí las armas de ambos guardias, las iba a necesitar más adelante. Salí del baño y le arrojé el cuchillo al desgraciado que custodiaba la puerta. El silbido de la hoja era algo que siempre me había gustado. Mi puntería era envidiable.

Abrí la puerta dispuesto a volver a arrojar mi cuchillo o disparar a cualquier otro guardia, pero la recepción estaba vacía. Ya podía oír las voces provenientes de la otra habitación, la última habitación… Mi destino estaba justo allí. Un destino parcial que se convertiría en algo mayor una vez acabase con tanta escoria a la vez. Cada vida segada me había llevado hasta allí…, y realmente me quedaba tanto camino por recorrer…

Mi hipótesis estaba equivocada, las armas no estaban en ningún contenedor, sino en varias cestas encima de un escritorio. Cogí únicamente dos pistolas más, unas berettas acerté que eran. Puesto que una vez empezara la acción no iba a poder recargar las armas, me venían muy bien otro par. No tenía la certeza absoluta de cuántos hombres me iba a encontrar ahí dentro, pero a juzgar por las armas de las cestas eran más de treinta.

Comprobé los cargadores, estaban llenos. Aspiré. Espiré. Repetí el proceso varias veces. Tras esa puerta se encontraba una buena cantidad de seres que habían destrozado la vida de millones de personas, que habían hecho de Sherwood un lugar peor. Jacob Krum, el responsable de todo, el maestro titiritero, se encontraba tras esa puerta.

Bueno… ¡que se haga justicia!

Destrocé el picaporte de una patada llena de rabia contenida. La madera estalló en pedazos y el pomo voló por los aires.

Una fracción de segundo para reconocer a Jacob. No fue difícil, al final de la larga mesa rodeada de hombres y mujeres bien vestidos, se encontraba uno que destacaba por su porte y por sus guantes blancos. Era él, estaba convencido.

Sentí el frenesí, sentí cada acelerado latido de ese órgano interno, sentí, sobretodo, la excitación de ser consciente de que sus vidas… estaban a punto de acabar. El festival comenzaba ahora a mi llegada.

Apreté los gatillos apuntando a ambos lados de la sala. Una y otra vez hacía volar casquillos por cada persona. A izquierda y derecha. Una bala, una baja. Cada uno de sus rostros me provoca satisfacción… Veo miedo, horror, odio, sorpresa, incluso resignación. Pocas habían sido las veces que yo empuñaba armas…, pero aquello era increíble. A todos aquellos que se levantaban para salir corriendo les dedicaba un tiro especial para no dejarles tiempo a improvisar. Los que estaban de pie retrocedían, algunos se atrevían a meterse debajo de la mesa, pero de esa manera sólo posponían lo inevitable. Jacob únicamente retrocedió hasta quedarse de espaldas al ventanal…, su rostro se mostraba impasible pero muy, muy disgustado.

Me quedé sin balas. Solté esas armas para sacar las otras dos…, el espectáculo continuaba. Antes de ponerme a disparar contra los mafiosos, oí a mis espaldas varios pasos. Hice uso de unos buenos reflejos al agacharme mientras me daba la vuelta para disparar a un par de guardias. Un mafioso me pasó su delgado brazo alrededor del cuello, deduje que era una mujer por lo poco que pesaba, pues se colgó de mi espalda gritando como una histérica. Raudo, le coloqué el cañón del arma justo en la nariz y apreté el gatillo. Voló hacia atrás, pero no sin antes salpicarme con su sangre.

Sin descanso. Sin piedad. Justicia absoluta. Dije que los mataría..., ¡dije que los mataría a todos!

Disparo tras disparo la habitación se fue convirtiendo en una auténtica masacre. La sangre cubrió paredes y suelo.

Me subí encima de la mesa…, ya quedaban pocos. A izquierda y derecha, una bala para cada uno. Cuando la precisión fallaba, dos balas. Disparo tras disparo… los iba eliminando.

Eliminado… Eliminado…, eliminado… ¡¡¡ELIMINADO!!!

El corazón, por llamarlo de alguna manera, comenzó a latir más despacio poco a poco. Observé el cuadro que había creado… Una pincelada magistral, diría yo. Todos esos hombres y mujeres eran responsables de la degeneración de Sherwood durante muchos años. Mi padre trabajaba incansablemente por culpa de tamaña escoria. Le acababa de devolver muchos favores… y, algún día, estaríamos en paz. Cuando creara mi pequeño rincón de paz, Edward y yo estaríamos en paz.

Astro provocó el caos, y el caos sólo genera más caos. Si la ciudad se hunde en la miseria, si consiguen que la gente se desespere…, no hacen sino cubrirnos de sombras. La desesperación creada por el caos trae más crimines, incita a la gente sin moral ni ética a cometer locuras que perjudican a las buenas personas. ¡Me tendrían que dar las gracias, todo el mundo, por hacer lo que acababa de hacer!

Voy a crear el orden… a partir del caos.

- Jacob… Krum.

Era el único que permanecía con vida.

Un hombre salió de debajo de la mesa y corrió en dirección a la puerta… Sin darme la vuelta, guiándome por el sonido de sus torpes zancadas, le disparé en la espalda.

Jacob era el único que permanecía con vida. A él no quise dispararle, teníamos que hablar de ese lema de Astro que mencionó el mensajero Statam. Arrojé las armas al suelo cuando bajé de la mesa. Jacob moriría cuando le apuñalara el corazón con mi cuchillo táctico.

Examiné su blanquecino rostro… Noté su ira, la cual saboreé con gusto; aun con todo, lograba mantener el porte, el miedo o la frustración ya habían pasado. No existía réquiem que rezar por nadie, incluso él lo sabía.

- Quién eres… -preguntó. Su voz era fuerte, firme. Se peinó con las manos su corto cabello rubio, parecía que estaba recuperando la compostura cada segundo. Eso es sangre fría, pensé.

- Mi nombre no importa ahora. No quiero perder el poco tiempo de vida que te queda hablando de mí… ¿Por qué no hablamos de ti? Eres el líder de Astro… El creador.

- Entonces… ¿qué nos queda por hablar?

- Algunas cosas todavía. –Activé el mecanismo del brazalete y saqué el cuchillo. Jugué con él. –Quiero el por qué de todo. Te escucho.

- Primero dime tú por qué lo has hecho… ¿Puedo saber quién te envía? –Me dio la espalda y permaneció quieto, con los dedos entrelazados, mirando por la ventana la ciudad. Las vistas, sin duda, eran increíbles.

- Me envía la necesidad, Jacob. La escoria como tú nunca vive eternamente.

- ¿No? Lástima, han sido años muy buenos.

- No sientes remordimiento alguno, ¿cierto? Llevas mucho tiempo dirigiendo Astro…, creando caos.

- ¿Cuántos años tienes? ¿Veinte? –Se dio la vuelta, clavó sus ojos azules en los míos. Yo también le miré intensamente, debía ver lo que era. –Tú no puedes entenderlo. Antes de que nacieras yo ya estaba dirigiendo la mitad de la mafia de esta ciudad…, pero te equivocas al pensar que soy un vulgar, un simple. No obstante, caos es una palabra muy adecuada. ¿Me permites explicarme? –preguntó curvando sus finos labios, creando en su rostro una cara que sólo me transmitía maldad.

- Es el único motivo por el que respiras todavía. –Jacob volvió a mirar la ciudad a través del ventanal.

- Desde el momento en que empecé mi propia organización, supe que debía hacer algo nuevo, que actuando en la sombra como las demás mafias no tenía futuro. No tardé en adquirir negocios, en infiltrarme en la policía e incluso en el FBI y la famosa U.I.S.S. Amo Sherwood, todo lo que he hecho ha sido por crear un lugar mejor aquí, en mi hogar. Siempre ha existido el caos, joven, y yo sabía que el orden no lo iba a traer ningún héroe, y mucho menos ninguna justicia. Me adapté al caos. Me di cuenta de que era el único modo… Infundiendo el miedo y el terror en los corazones de los inocentes habitantes de Sherwood, haciéndoles ver que los que consideran malvados tienen el poder de decidir sus destinos, podía crear mi propio estilo de orden. Por supuesto todas las muertes y crímenes que he causado iban a conocer su fin, pero cuando Sherwood respetara y admitiera a Astro. No lo entiendes, ¿verdad? Por eso estás aquí, porque no lo entiendes, porque tú eres de los que se consideran héroes. Apuesto que eres el mismo que mató al bueno de Robert y al resto. Lo que intento decirte, chico, es que me di cuenta de que esta ciudad necesitaba un… rey. Con el tiempo, y con mi legado, iba a hacer lo mismo en todo el mundo. Astro debe llegar a cada rincón de este planeta o nunca habrá orden. Un rey, eso es. Nada de dejar el mundo en manos de presidentes ineptos o de estúpidos burócratas. Un rey al que temer… para vivir en paz.

Estaba convencido, sin ningún margen de error, de que hablaba en serio, de que se había creído cada una de sus palabras. Un rey, dijo… De no ser por mí, lo hubiera conseguido. Sherwood nunca había conocido peor época que la actual, y todo se lo debía al hombre que tenía frente a mí. Jacob Krum luchó desde que tuvo poder para controlar todo cuanto pudo.

Ese loco casi lo consigue.

Ya había oído suficiente. A simple vista me pareció un tipo excepcional, con ideales bien definidos…, pero era otro simple criminal, otro desquiciado. Mi deber era acabar con él. Había llegado la hora de poner fin a todo el caos.

- Una historia muy bonita, creíble incluso. ¿Quieres tener el placer de decir unas últimas palabras?

- Ya que lo mencionas…, sí. –Para mi sorpresa, sonrió más de lo que debía y sacó un arma de su chaqueta. Me maldije por no deducir que él sería el único en ir armado. –No debiste haber tirado tus armas, muchacho… Me parece que esa utopía tuya tendrás que perseguirla en el infierno. Ha sido un placer.

Aquel giro inesperado no estaba para nada planeado. No tenía un plan C para una situación semejante. Estábamos a unos dos metros y medio de distancia y él me apuntaba directamente a la cabeza. El tiempo debió pararse, porque presencié toda mi carrera de asesino paso por paso. Fue entretenido. Ahora bien, yo estaba seguro de que no iba a morir a manos de ese bellaco. Mi historia acababa de comenzar. Sólo tenía una opción para salir de allí con vida…, y seguía siendo matar a Jacob.

No puede ser tan difícil… esquivar una bala.

Concentración. Me iba a disparar en cualquier instante, necesitaba concentración y una alta dosis de reflejos. ¿Durante cuántos años fui el más rápido del instituto? Borré esa pregunta, no procedía en ese momento.

No aparté la vista de sus dedos. Con el pulgar, lentamente, bajó el martillo del arma preparando la bala que quería meterme en el privilegiado cerebro. Me fijé entonces en su dedo índice, era el único que importaba ahora. Un único movimiento… y se acabó.

Podía hacerlo, eso era lo que me repetía una y otra vez en mi fuero interno. Podía y debía.

Desvié la mirada un microsegundo, contemplé cómo curvaba un poco más el labio. Sí, era el momento. Volví al dedo índice, vi a la perfección cómo abarcaba un poco más del gatillo.

¡AHORA!

Un disparo. Una leve inclinación seguida de una fugaz zancada. El sonido de la bala impactando contra la pared. Mi cuchillo cortando la arteria carótida. Mi cuchillo perforando el corazón de Jacob.

- El placer ha sido absolutamente mío.

Una última patada muy representativa, pues en ella iba toda la ira que procesaba hacia Astro y lo que había generado, impactó en su pecho y le hizo atravesar el ventanal. Contemplé con orgullo la caída de Astro.

Mi pequeño rincón de paz, mi pequeño mundo perfecto… El paso que había dado era el principio, pero era un glorioso principio.

No existían palabras para describir lo que sentía después de haber asesinado al mismísimo Jacob Krum. No había adjetivo que valiera… Debía contemplar la ciudad desde el tejado, necesitaba observar en lo alto lo que acababa de salvar en secreto.

Bonita noche.

Extendí los brazos, cerré los ojos, sentí el fuerte viento desde la Punta de la Flecha.

El oscuro cielo se iluminó con un relámpago que avisaba la tormenta que traía consigo. Eso era yo, el relámpago en mitad de la tormenta.

Salté hasta la cornisa y volví a extender mis brazos mientras la lluvia me empapaba, me… purificaba.

Cierro mis ojos y mis sentidos flotan en un mar… en el que imagino cómo una mano pinta esos días ideales.

Yo soy Axel. ¡¡¡YO SOY LA JUSTICIA!!!

Tuve un sueño que nadie más pudo tener en el que eliminaba todo aquello que no necesitaba. Mil pensamientos causaban dolor en mi alma. Aunque siga atrapado en esta triste realidad y mi vida esté atada a un silencio total, mis impulsos reprimidos nunca cesarán, porque en mi corazón hay fuerza y poder.

Este soy yo cambiando el mundo.

Este soy yo imponiéndome a todos.

Este soy yo haciendo de Sherwood un lugar más seguro… para que Yumi no vuelva a sufrir abusos, para que Marian disfrute de sus vacaiones, para que Sarah siga adelante y para que mi padre no se hunda en su trabajo.

¡Este soy yo tomando las riendas del destino!

¿¡Qué coño habéis hecho vosotros!?