La putada de las reviews es que si son bonitas te hacen sentir súper culpable si intentas droppear el fic. Tenía la sensación de ser una persona horrible si no continuaba esto, así que nada, from lost to the river. También he retomado Supernatural desde la sexta temporada, estoy oficialmente en la mierda, lmao. Ah, y en cero coma empiezo las clases de nuevo... me voy a tirar del tejado del Bart's, lo juro.
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I'm going crazy baby
What do I have to do?
You know I love you baby
Maybe you love me too
Everybody knows that I live for you
Everybody knows that I adore you
Everybody knows that it's true, except you
Except you, except you, except you
How come everybody knows, except you?
Oh everybody knows that I love you
And everybody knows that I need you
Everybody knows that I do, except you!
Everybody Knows (Except you) (The Divine Comedy)
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Capítulo 11:
Hacía ya dos meses que John Watson había sido ascendido, y nada más y nada menos que al puesto de Sherlock Holmes. Huelga decir que nadie le echaba mucho de menos. Mike se había ido, decidiendo reorientarse a docente de medicina, Sebastian había desaparecido y ya nadie se acordaba siquiera de él, Mary había partido de voluntariado a sitios en dificultad, donde a su parecer podía ayudar mucho más que en un hospital londinense y Molly pasó de ayudar a los vivos a cuidar de los muertos, trabajando en la morgue. Total, que quedaban únicamente Sara y él. John se disculpó con la muchacha por haberse comportado como un capullo en el pasado, enterrando el hacha de guerra, y todo había vuelto a la normalidad entre ambos.
Hacía, también, dos meses que John Watson convivía con Sherlock. Al principio había sido (y seguía siendo, de hecho) complicado: Holmes era, de lejos, la persona más excéntrica, rocambolesca, extraña, complicada, bizarra que el médico había encontrado y encontraría jamás. A veces era como un huracán de energía, revolucionándolo todo a su paso, y al minuto siguiente podía pasarse dos días sin hablar (varias veces se planteó alimentarle con una sonda, preocupado ante su falta de respuesta). John Watson consiguió lo que nadie nunca hasta aquel momento había hecho: aceptar a Sherlock Holmes. Comprenderle, preocuparse, ver más allá de la superficie. Descubrió a una criatura fantástica, extraordinaria, fascinante que existía sólo para él, de uso exclusivo, porque nadie más se había molestado en mirar qué había detrás de toda aquella arrogancia y fanfarronería. Aceptó los cambios de humor repentinos, aquel ego desquiciante, la falta de privacidad. Se acostumbró al violín suave por las noches, al violín mientras se duchaba, mientras comía, mientras leía el periódico, al violín enfurecido y al violín triste. Se acostumbró a los miembros en la nevera, a la calavera que reposaba en la chimenea, a las persecuciones noche y día, a los casos. Aprendió a enamorarse de aquel estilo de vida y se preguntó cómo había vivido el resto de su existencia sin aquel elemento perturbador en su día a día.
Entró en su casa y colgó su abrigo, tal y como había hecho por primera vez hace dos meses, cuando notó que algo fallaba. Algo no iba bien, no iba como siempre. Cerró la puerta con cuidado, maldiciéndose por bajar la guardia y dejarse la pistola en la mesilla. Se armó con lo primero que pilló a mano, un… ¿en serio, John? ¿Un PARAGUAS?, andando todo lo sutilmente que pudo. El suelo crujía bajo sus pies. Había una figura sentada en su sillón, de espaldas. Alzó el paraguas en el aire, conteniendo la respiración…
-Me alegro de conocerle por fin, Doctor Watson. He oído hablar mucho de usted. ¿Podría devolverme mi paraguas, por favor? –el hombre se levantó, volviéndose hacia él y tendiendo la mano.
John parpadeó, confuso, bajando su improvisada arma. Observó al intruso. Llevaba un traje de tres piezas, oscuro, hecho a medida y sin una sola arruga que seguramente costaba más que todo su salario anual. Tenía sus entradas, así que John supuso que le sacaba varios años, y una cara de ¿desagrado absoluto? ¿aburrimiento mortal? ¿indiferencia total? Una mezcla de las tres. Parecía que tenía un palo metido por el culo, siendo honestos. Receloso le devolvió el paraguas, sin fiarse.
-¿Se puede saber qué hace en mi casa? Esto es allanamiento de morada, ¿sabe?
El desconocido arqueó una ceja, mirándole.
-No lo entiendo.
-¿El qué, el término de allanam…
-Es usted alguien completamente común, normal, ordinario, aburrido. Es incomprensible –jugueteó con el mango de su paraguas, con la mirada fija en el doctor pero atravesándole, abstraído en su propia línea de pensamientos-. ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué tanta molestia en ocultármelo?
John se mordió los carrillos, respirando profundamente para no perder la calma. ¿Por qué se le colaban todos los lunáticos en casa?
-¿Podría, por favor, seguir con sus elucubraciones en-la-calle y no aquí?
-No, no, verá; pocas cosas se escapan a mi comprensión, doctor Watson. Pero es usted un misterio –se inclinó levemente, hasta quedar ambos a la misma altura y poder mirarle directamente a los ojos, diseccionándolo por completo, leyéndole como un libro abierto. John sintió un escalofrío, porque la sensación le era familiar. La vivía todos los días, cuando Holmes le observaba en silencio-. ¿Por qué está Sherlock Holmes tan obsesionado con usted? –preguntó al aire, con una lentitud exasperante, como si saborease cada sílaba interrogante. John boqueó, descolocado, y el desconocido esbozó una amplia sonrisa nada tranquilizadora, separándose- Siempre se agradece un nuevo misterio; dele las gracias a su compañero de mi parte. Seguiremos en contacto, doctor –y con una elegancia innata salió de la estancia, como si nunca hubiese estado ahí. John parpadeó, sin terminar de procesar lo que acababa de ocurrir.
-Necesito un té ya –se dijo a sí mismo en voz alta, pasándose ambas manos por la cara antes de dirigirse a la cocina.
¿Por qué está Sherlock Holmes tan obsesionado con usted? Pero ah, esa preguntaba estaba tan mal. Todas las palabras ahí estaban mal. La pregunta no era esa, en absoluto. La pregunta era: ¿Por qué estás tú tan obsesionado con Sherlock Holmes, John? Creía haberlo superado, haber pasado página. Sherlock estaba obsesionado pero no con él, en absoluto; Sherlock estaba obsesionado con los casos, con los asesinos, con los psicópatas que rondaban por Londres, con encontrarle un propósito a su "aburrida" existencia, no con él. Después de meses, John se había convencido de que todo lo que hubiese sucedido en el hospital había sido fruto de su imaginación. Todas sus guardias nocturnas de antaño parecían ahora un recuerdo borroso, como si su memoria las hubiese cubierto con un tupido velo y muchas capas de polvo. Aquel beso se había convertido en un tema tabú en su cabeza, un acontecimiento del que se avergonzaba, surgido de su sórdida imaginación, un deseo recóndito nunca materializado que había preferido enterrar bien profundamente dentro de sí mismo.
Como si hubiese sido invocado gracias a la fuerza del pensamiento Sherlock abrió la puerta de su apartamento, llevando consigo a una rata en una jaula.
-Se llama Scully, John. Va a vivir con nosotros una semana… -dijo, dejando la jaula en la encimera de la cocina. Arrugó la nariz- ¿Las ratas comen helado? Es todo lo que tenemos en el frigorífico. Tienes que comprar leche –ahora frunció las cejas; algo andaba mal. A esas alturas John ya le habría dicho que era insalubre tener a una rata en casa, o que fuese él mismo a por la condenada leche, o se habría quejado por alguna otra cosa insignificante. Pero ahí seguía, sentado en el sofá con una taza de té ya frío entre sus manos. Sherlock le observó de cerca, bastante más de lo socialmente aceptable, extrañado-. ¿John?
El apelado parpadeó, saliendo de su coma.
-¿Hm? ¿Eh? ¿Decías algo?
El detective torció un poco la cabeza hacia la derecha, como los gatos, y casi se podían ver los engranajes funcionando en su cerebro en el proceso de comprender lo que estaba sucediendo.
-¿Estás… bien?
-Sí, claro, perfectamente –John se llevó la taza a los labios y bufó al darse cuenta de que se le había enfriado el té. Sherlock se encogió de hombros, volviendo a la cocina; él ya había avisado de lo de la rata, John no había dicho nada y quien calla otorga, así que Scully se quedaba. Si no le escuchan no se hace responsable. John se mordió el labio, aún pensando, cuando algo se abrió camino entre su maraña de sentimientos:
-¿Sherlock?
-¿Qué?
Se dio la vuelta en el respaldo para poder mirarle y así observar su reacción a su próxima pregunta:
-¿Alguna vez tuviste algo con Irene Adler?
El detective se quedó quieto unos instantes, como en stand-by, dejando lo que tenía entre manos. Después continuó con su tarea y, sin dignarse a mirarle siquiera, contestó con un escueto "no".
-¿Seguro?
Ahora sí le miró, dándose la vuelta hacia él, como si quisiese dejar las cosas claras y finiquitar con el tema:
-No tengo ningún interés en ninguna relación sentimental. Son distracciones banales completamente innecesarias y fútiles, carentes de sentido alguno, así que no, John, mi relación con la doctora Adler era únicamente profesional. Me considero casado a mi trabajo.
Ahora a John le picaba la curiosidad.
-Pero alguna vez habrás tenido novia.
-No.
-O… ¿novio?
-No.
-¿Nada?
-No.
Lo más seguro era que estuviese mintiendo, por supuesto. John había tardado poco en aprender que cuando tocabas un tema que no era de su agrado, el detective se cerraba en banda y era completamente imposible sacarle nada si él no quería. No tengo interés en ninguna relación sentimental. En su interior había empezado a crecer una pequeña flor, débil, como una chispa de esperanza, y aquella afirmación categórica la había matado por completo, pisoteándola sin piedad, arrancándola de cuajo, quemando sus raíces. Era obvio desde el principio, John había sido un imbécil, cómo iba Sherlock a sentir absolutamente nada. Y menos por él. Se sintió enfermo de repente, débil, cansado, enfadado consigo mismo, muy en el fondo. Suspiró, levantándose y dejando su taza aún medio llena en la mesa.
-Ha venido alguien, por cierto. Algún conocido tuyo.
Sherlock le miró, interrogante, esperando más datos.
-Era un imbécil. Dijo que… -John se calló. No se lo iba a decir, ni hablar, se lo iba a guardar para él. Ni siquiera sabía por qué, pero estaba determinado a ello. Sherlock le miraba con los ojos entrecerrados, cuando abrió levemente la boca en una "o" y en su rostro se formó una ola de furia.
-Mycroft –escupió, como si simplemente la mención le ensuciase la boca-. Ese asqueroso y gordo patán. Ya tardaba en meter las narices en mis asuntos. No puede evitar husmear, es como un cerdo en busca de una trufa –John enarcó las cejas ante tanta hostilidad. Realmente debía odiarle-. ¿Qué te dijo?
-Nada.
-¡Necesito saberlo, John, es importante!
-Pues dedúcelo, como haces siempre, pero a mí déjame en paz. Ya he tenido suficiente por hoy, me estáis volviendo loco –exclamó, presa de un arrebato. Estaba harto, harto y hecho un completo lío. Sherlock le miró, intentando comprender la fuente de su enfado, pero se le escapaba. Salvo meter a una rata en casa no había hecho nada, y John ni siquiera se había percatado de ello, así que, ¿qué fallaba? Sólo quedaba una incógnita en la ecuación, y ese era Mycroft, porque John había dicho "estáis" así que obviamente se refería a ambos. ¿Qué le había dicho, qué había sucedido? La rata le mordió el dedo y Sherlock la soltó, volviendo a la realidad. El bicho dio vueltas en la jaula, histérico, intentando salir, molesto porque mientras pensaba el detective se había dedicado a apretarla como si fuese un pequeño peluche blandito antiestrés. Cuando levantó la mirada John ya se había ido de un portazo a su habitación, dejando un montón de preguntas sin responder a su paso.
Una vez más, John Watson era un misterio a resolver.
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El médico llevaba unos diez minutos mirándose al espejo, tocándose el pelo, remetiéndose la camisa por los pantalones -¿dejarla dentro, dando un aire formal? ¿Tal vez llevarla por fuera, un estilo más casual, juvenil?-, cambiándose de zapatos, e incluso de calzoncillos. Se levantó los pulgares a sí mismo en el espejo, dándose el aprobado con una sonrisa (después los bajó, algo avergonzado, dándose cuenta de que era un poco patético). Carraspeó, pasándose la mano por el pelo una última vez y agarrando su abrigo.
-¡Sherlock, me voy! Tienes un sándwich de atún en la nevera –"que sé que no lo vas a tocar, pero por intentarlo…", murmuró para sí mismo, poniendo la mano en el pomo de la puerta. Normalmente Sherlock ni le contestaba. Muchas veces ni siquiera se daba cuenta de que se iba hasta pasadas varias horas. Esta vez, para sorpresa de John, fue distinta: el detective salió de su coma inducido, pegando un bote en el sofá y deteniéndose delante de él.
-¿De atún? -repitió, con una mueca de asco.
-Sí, Sherlock, de atún. Pórtate bien y no quemes la casa -John siguió andando, bajando el primero de los escalones, pero para su sorpresa el moreno siguió sus pasos, arrastrando la sábana tras de sí.
-No puedes irte.
-Sí que puedo, lo estoy haciendo ahora mismo.
-Me ha llamado Grantaire. Ha habido un homicidio. Cuádruple.
-Y yo tengo una cita, que lamentablemente no es cuádruple, pero me sirve. Buenas noches -bajó otro escalón.
-Joooooohnnnn -Sherlock dejó escapar un lamento quejumbroso, arrastrando las sílabas, y el apelado puso los ojos en blanco, suspirando y pidiéndole paciencia a quien quiera que hubiese ahí arriba-. No puedes iiiiirte.
Otro suspiro, largo, profundo, intenso, exasperado.
-Vamos a ver, Sherlock, y ahora qué narices te pasa.
El detective se quedó pensando un rato, buscando un argumento de peso.
-Estoy enfermo. Tu deber como médico es cuidarme y dedicarme toda tu atención, no salir de citas con la intención de saciar una necesidad carnal completamente superficial y vacía -reclamó, bajando un escalón, quedando así a la misma altura. Le miró fijamente a los ojos, con enfado, frunciendo el ceño como un niño pequeño. John le puso una mano en la frente.
-Estás perfectamente. Deja ya de dramatizar. Seguramente no venga a dormir, nos vemos mañana –y así, sin añadir nada más, continuó bajando los escalones tranquilamente, poniéndose el abrigo y saliendo del edificio.
Una vez fuera cogió aire, aliviado. Lo había conseguido. Había estado a punto, a punto de caer y quedarse ahí, pero lo había conseguido. Llevaba tres meses (o incluso más, la simple idea le deprimía) sin tener una sola cita, tres meses de secano, de duchas largas, de levantarse todas las mañanas viéndole la cara a Sherlock Holmes, y que le tragase la tierra si no necesitaba un cambio. Benditas páginas de citas online, honestamente. Sonrió, con grandes expectativas puestas en su futuro próximo. Y menos mal que antes de salir había cogido el paraguas, porque el cielo no auguraba buen tiempo.
Lo que John debería haber aprendido hace tiempo era que llevarle la contraria al detective siempre traía consecuencias.
Sherlock, por su parte, hacía de todo menos sonreír. Tenía un berrinche. Porque John había pasado de su cara, tal cual, ¡para irse con una mujer! ¿Qué clase de mujer merecía más atención de ÉL? Ninguna, obviamente, pero por lo visto John no opinaba lo mismo. Bufó, entrando en el piso de un portazo y mirando cómo se alejaba por la ventana. Aquello no iba a quedar así. Sherlock Holmes siempre, siempre se salía con la suya, y más aún cuando se trataba de una ridícula cita. Sonó un trueno; se avecinaba tormenta, y John se había llevado el paraguas. Sonrió.
-Si digo que estoy enfermo, es que estoy enfermo, sentenció, hablando para nadie.
