Capítulo 10.
"Back to the start"
A la hora del almuerzo, Charlie, Trent y yo nos dirigimos a la cafetería para reunirnos con el resto de los chicos. Previamente, preferí no contarles nada sobre mi penoso encuentro con Sebastian Schuester en el baño de hombres. Sabía que no lo tomarían exactamente bien… y menos Charlie.
Sin embargo, no había podido evitar mostrarme nervioso y ausente durante las otras clases, por lo que ambos lo habían notado. Intenté fingir que todo estaba bien, pero entonces Charlie vino con uno de sus interrogatorios, presionándome seriamente – en verdad, presionándome; me sentía como un sospechoso en esos programas policiacos – para que le dijera. Y tuve que soltar la sopa. ¡¿Por qué soy tan débil?!
Charlie se puso como loca, maldiciendo y refunfuñando por los pasillos, amenazando severamente con ir y gritarle sus verdades en la cara a "esa suricata estirada y engreída", como lo había llamado. A decir verdad, me había causado mucha risa su descripción de Sebastian, pero opté por no alegar.
Trent y yo tuvimos que calmarla. El primero también estaba bastante molesto con el susodicho, pero lo manifestaba de una manera mucho más discreta. Se mostraba más bien preocupado por mí, como si supiera lo mucho que podía afectarme aquello. Podía decir que comenzaba a conocerme muy bien, lo cual era agradable.
Después de lograr que se le bajara el coraje, nos dirigimos a la cafetería para almorzar. La verdad no tenía hambre… ni ánimos para encontrarme con aquella mirada que tanto temía…
Efectivamente, al entrar, me encontré con que en la mesa del fondo donde se sentaban los Schuester, la cifra había vuelto a ser de cinco personas. Cinco.
Sentí un vuelco en el estómago, y fui incapaz de elevar la mirada del suelo. Me sentía pésimamente avergonzado y nervioso. Mis mejillas ardían, lo podía sentir.
Trent me miraba con maternal angustia, tomando mi brazo para orientarme a la mesa. En verdad era un buen amigo, y lo apreciaba bastante. Charlie ignoró olímpicamente a la pálida familia, como si su gesto pudiese afectarles siquiera un poco.
Nos sentamos con los chicos.
- Thad, ¿te encuentras bien? Luces pálido. – comentó David, mirándome con el ceño fruncido. Parecía angustiado.
- Estoy bien. – intenté sonreír, fingiendo normalidad. Pero mi voz apenas salía como un hilo. – Solo me siento un poco enfermo. – mentí.
Charlie me miró con reprobación. Yo solo desvié la mirada a mi soda, que era lo único que me había atrevido a tomar. No me sentía capaz de engullir nada más. Sentía un nudo terrible en la boca del estómago.
- ¿Seguro? – insistió Wes, ladeando un poco la cabeza, con suspicacia. Me limité a asentir, dando un sorbo a mi bebida.
Me preguntaba si sería capaz de fingir enfermedad para poder escaparme de la siguiente clase.
"Estás siendo melodramático, Thaddeus.", me reñí internamente. "Ten más coraje y orgullo. No le des el gusto de verte ceder. Él no es nadie para pisotearte. Recuerda la promesa que le hiciste a mamá."
Odiaba admitirlo, pero tenía razón. No podía ser tan cobarde. Y ahora que lo pensaba mejor, era una ridícula idea. En verdad, no quería tener que pasarme una hora sumamente incómoda al lado de Schuester, pero tampoco quería pasarme el día entero en la enfermería cuando estaba perfectamente sano… O algo así.
No pude evitar echar una mirada a la mesa de los Schuester.
Se reían y conversaban. Jamás los había visto tan animados. ¿Sería cosa de la nieve, o que su hermano había vuelto con ellos?
El cabello rubio de Jeff lucía empapado por la nieve, y lo sacudía juguetonamente frente a Nick y Kurt a fin de salpicarlos. Estos dos reían. Eras carcajadas melodiosas, musicales, agradables al oído. Y no podía negar que Nick lucía aún más atractivo mientras sonreía. Tenía una sonrisa radiante y encantadora, al igual que sus hermanos. Parecían demasiado hermosos para ser ciertos. Blaine permanecía un poco más serio, pero sonreía ladeado y contenía la risa a ratos.
Y Sebastian, bueno… ¿qué podía decir de él? Se veía guapísimo como siempre. Sus ojeras no me parecían tan pronunciadas como antes, incluso lucía revitalizado.
Entonces, sus ojos se encontraron con los míos. Brillantes como el oro, penetrantes. Pero no eran tan hostiles como la tan vergonzosa última vez. Podría decir que incluso tenían un matiz de curiosidad. Pero no eran menos fríos.
Al instante desvíe la mirada. No quería tener nada que ver con ese chico de nuevo. Trent se había percatado de esto, pero no dijo nada, solo me miró con calidez y amabilidad.
Finalmente, la hora temida llegó. El timbre sonó, anunciando el final del almuerzo.
Me lamenté internamente, casi estrellando mi cabeza contra la mesa. No quería tener que estar sentado una tortuosa hora junto a Sebastian Schuester… ¡No podía!
Trent y yo caminamos, codo a codo, hasta la puerta del laboratorio de Biología. Le dediqué una mirada suplicante. Él solo mordió su labio, palmeando mi hombro y mirándome con esos brillantes y dulces ojos verdes, como diciendo "No tienes que hacerlo, Thad". Pero sí tenía.
Suspiré y me dirigí a mi asiento, sin mirar a nadie, sin mirarlo a él, sin mirar nada que no fuera mi camino. Pero, cuando llegué a sentarme, el alivio me invadió. La mesa estaba vacía.
Me senté con tranquilidad, agradeciendo mi suerte por primera vez. Quizás se había entretenido en otra cosa, como una guerra de bolas de nieve o algo así, como otros estudiantes hacían afuera.
El profesor Banner repartió a cada mesa un microscopio y una cajita de diapositivas para analizar. Aún faltaban escasos minutos para que empezara la clase, pero yo ya había tomado la primera en la lista y la había colocado con cuidado en el microscopio.
La observé y comencé con las anotaciones en mi libreta. No quería retrasarme mucho, y prefería poder tomarme mi tiempo con cada diapositiva. Me fascinaba la biología, y esto parecía divertido.
Apenas si me percaté de una silenciosa presencia a mi lado.
- Hola. – dijo una voz tranquila y musical.
Casi pego un brinco del susto. Me había tomado completamente desprevenido. Ahogué un grito, aferrando el microscopio, que por poco y saco volando. Me giré para encontrarme con un par de hermosos ojos dorados, que me miraban divertidos. Habría jurado que contenía la risa.
No supe cómo reaccionar, estaba atónito. ¿Por qué me hablaba ahora?
No habían cambiado demasiado las cosas, seguía sentado lo más lejos de mí que le era posible. Una disimulada sonrisa ladeada se dibujaba en sus labios. ¿Era esto una mala broma? ¿Se trataba de burlar de mí?
Sin embargo, su rostro se mostraba amable y franco. Y su pelo lucía algo alborotado y húmedo. Probablemente no estaba tan equivocado al pensar que había estado jugando con la nieve.
- Soy Sebastian Schuester. – continuó, al ver que no respondía. – No tuve la oportunidad de presentarme la semana pasada. Tú debes ser Thad Harwood.
Okay. Ahora sí que estaba confundido. ¿A qué diablos venía todo eso? ¿Estaba jugando con mis emociones? Porque no me parecía nada lindo. ¿Qué no había tenido la oportunidad de presentarse? ¿Estaba jugando? ¡Pero si había salido huyendo!
Esto me aturdía aún más que su desprecio infundado. Hace unos minutos, me había hecho sentir como una escoria allá en los baños… ¡Y ahora venía aquí, con su cara de modelo de revista, a presentarse amablemente! ¿Quién se creía él para jugar con las emociones de las personas? ¡No podía simplemente hacerme sentir así! Era peor que estar sobre una montaña rusa. ¿Cuál era su problema? ¿Qué pasa con su bipolaridad?
Lo que más me sorprendía era que me hubiera llamado justamente Thad, no Thaddeus, como todos hacían. ¿Cómo sabía él que así me gustaba ser llamado? ¿Lo habría escuchado o simplemente lo había intuido?
- ¿C-Cómo lo sabes? – tartamudeé, torpemente.
- Creo que todo el mundo sabe tu nombre. Te esperaban en el pueblo. – sonrió, de manera suave y encantadora. Por un momento, perdí el aliento. Tuve que parpadear para recobrarme.
- No, yo… me refiero… Me llamaste Thad.
- ¿Prefieres Thaddeus? – preguntó, un tanto confundido.
- No, me gusta Thad. – repuse. – Solo que todo el mundo me llama Thaddeus… - me sentía tonto explicándole todo aquello, ahora que lo decía en voz alta.
- Oh. – asintió, volviendo a formular aquella hermosa sonrisa suya. – Bueno… Thad me pareció apropiado; es más corto, y más dulce… te queda.
Me perdí por un segundo, de nuevo. ¡Demonios! Tenía que trabajar en eso si iba a tenerlo todas las clases a mi lado lo que restaba del año.
Mis mejillas se habían coloreado de rojo. ¿Era esto una mala costumbre o tenía algún problema sanguíneo? ¿Cómo era posible que me sonrojara tan seguido?
A penas pude sonreírle tímidamente antes de que el profesor Banner diera las últimas indicaciones de la actividad. No era muy complicada. Teníamos que analizar cada una de las diapositivas, que contenían la punta de la raíz de una cebolla, y clasificar las fases de la mitosis de las células.
- Veo que ya has empezado. – comentó, sonriendo.
¡Maldición! ¿Cómo lograba hacer eso? Cada vez que lo hacía, me robaba el aliento, y mi corazón comenzaba a latir como loco. "¿Qué está pasando contigo, Thad? ¡Reacciona!", me grité mentalmente.
Asentí tontamente, mirándolo como idiota. Era tan hermoso…
"¡Concéntrate Thad!".
- ¿Te importa si miro? – intervino, sacándome de mi estado de ensoñación. Reaccioné milagrosamente, sintiéndome realmente avergonzado.
- Seguro. – alcancé a articular, pasándole el microscopio. – Es profase. – afirmé, con aplomo.
La verdad ya había hecho una actividad similar en Phoenix, y quería lucirme un poquito, puesto que ya sabía lo que debía buscar y observar en cada diapositiva. Solo esperaba no parecer tan presuntuoso.
Nuestras manos apenas se rozaron cuando él lo tomó, lanzándome una corriente eléctrica por la piel. Ni siquiera reparé en lo helada que estaba su mano. Contuve el aliento, mirándolo, casi asustado por su reacción. Pero él apenas si lo notó, o fingió no hacerlo. Tomó el microscopio y echó un vistazo.
- Profase. – asintió, escribiendo en el primer espacio de la hoja de trabajo. "Lo que dije", pensé. Sustituyó rápidamente la primera diapositiva por la segunda y le echó un vistazo. – Anafase.
- ¿Puedo?
Esbozó una sonrisita burlona y empujó el microscopio hacia mí. Miré por la lente y comprobé que había acertado. Parece que no era tan malo tampoco. Pero me pareció divertido seguir un poco su juego.
- Es anafase. – dije, con gesto inocente.
- Lo que dije. – murmuró, mirándome. Entornaba los ojos, con una disimulada sonrisa divertida. Parecía comprender.
- ¿Podrías pasarme la tercera diapositiva? – pedí, ignorándolo.
Extendí la mano, sin mirarlo, mientras retiraba la segunda diapositiva del microscopio. Me la entregó con cuidado, procurando no rozar nuevamente mi piel. Le dirigí la mirada más fugaz posible.
- Interface. – declaré, una vez que miré por el lente.
Le pasé el microscopio antes de que me lo pidiera. Echó un vistazo y luego asintió levemente.
- Interface. – repitió, apuntando en la hoja.
- Lo que dije. – murmuré, sonriendo ligeramente, divertido.
Él sonrió, mientras escribía. Pude haberlo apuntado yo, pero… al ver su caligrafía tan elegante y perfecta, me dio miedo arruinarlo con mis torpes garabatos. Así que dejé que él llenara la hoja. Hacíamos un buen equipo… creo.
Habíamos terminado antes que los demás. Trent seguía discutiendo las faces con Richard, y Adam parecía leer discretamente un libro que ocultaba bajo la mesa. Suspiré. No había mucho más que hacer, y no quería mirar demasiado a Sebastian.
La viva imagen de sus ojos negros y coléricos sobre mí aquella vez aun rondaba por mi cabeza, de modo que temía que se repitiera. Pero, ahora parecía mucho más amable. Y… entonces recordé el hecho de que sus ojos eran maravillosamente dorados. Lo miré de reojo un instante, vacilante.
- ¿Usas lentes de contacto? – pregunté, distraídamente.
Al parecer, mi pregunta lo tomó por sorpresa. Me miró, algo extrañado y perplejo.
- No. – musitó. Hizo una breve pausa, frunciendo el ceño de manera imperceptible. - ¿Por qué lo dices?
- Oh… - suspiré, confundido. – Es que tus ojos… yo… juré que eran distintos.
Se encogió de hombros y desvió la mirada. De hecho, estaba seguro de que sí habían cambiado. El intenso color carbón que tenían ese día era bastante obvio como para pensar que me había equivocado.
O mentía sobre los lentes de contacto, o Forks me estaba volviendo un poco loco. Ambas versiones sonaban muy convincentes.
Noté que volvía a apretar los puños al bajar la vista. ¿Se había molestado por mi pregunta?
Iba a disculparme al respecto, cuando el profesor Banner se acercó a nuestra mesa, quizás para ver por qué no estábamos trabajando. Echó un vistazo a nuestra hoja de trabajo, llena y terminada. Sonrió complacido, mirando con detenimiento las respuestas.
- Muy bien hecho. – apremió. Elevó su mirada al castaño a mi lado. – Sebastian, ¿no crees que deberías dejar que Thaddeus también tenga la oportunidad de mirar por el microscopio?
- Thad. – corrigió él, antes de que yo pudiera decir nada. Lo miré con curiosidad. Luego, sin mirarme, agregó. – De hecho, él identificó tres de las diapositivas.
Entonces, el profesor me miró escéptico.
- ¿Habías hecho antes esta actividad? – preguntó, con una sonrisa curiosa.
- No con cebollas. – admití, tímidamente.
- ¿Estabas en un curso avanzado en Phoenix?
- Sí. – asentí, sintiéndome un poco orgulloso.
- Asombroso. – sonrió el profesor Banner. – Entonces, creo que es bueno que ambos sean pareja de laboratorio.
La palabra pareja me hizo dar un pequeño respingo, que afortunadamente el profesor no notó, ya que se había vuelto a supervisar a las otras mesas de trabajo. Sebastian sonreía, complacido.
Una vez que se fue, comencé a garabatear y hacer dibujitos en mi cuaderno; en realidad, no tenía nada más que hacer, y ponerme a platicar con Sebastian no era una de mis mejores opciones.
- Es una lástima, lo de la nieve, ¿no es así? – intervino, como si se esforzara por entablar una conversación conmigo.
Pero no estaba de acuerdo con su postura, y de inmediato se lo hice saber. Sacudí la cabeza, frunciendo ligeramente el ceño.
- No me parece que lo sea.
Él asintió, sonriendo, con mirada ausente, como si estuviera recordando algo. Algo muy agradable, o muy divertido.
- Es la primera vez que ves nevar. – dijo. No era una pregunta.
Lo miré, con sorpresa. La paranoia estaba volviendo a mí al pensar que pudo ser él quien nos espiaba a Adam y a mí en los jardines, cuando los copos comenzaron a caer. Entonces, traté de tranquilizarme.
- ¿Cómo lo sabes? – intenté sonar normal, pero aún lo miraba con curiosidad.
- Lo deduje por tu expresión. – se encogió de hombros, con una sonrisa ladeada.
- ¿Soy tan transparente? – murmuré, casi con culpabilidad. ¿Era algo malo o bueno?
- No, no realmente. – acotó, mirándome con atención, entornando los ojos como si tratase de traspasarme con la mirada o descifrar mis pensamientos. Parecía fascinado. ¿De mí? ¿Había dicho algo que despertara su interés? – Eres un verdadero enigma. – agregó, casi en un susurro, con sus ojos clavados en los míos.
Sentí que la sangre ascendía violentamente a mis mejillas, pero era incapaz de desviar la mirada. Era como si estuviera bajo un hechizo, lanzado por aquellos misteriosos ojos dorados. Tragué saliva.
- Entonces… ¿te gusta la nieve? – sonrió, trayéndome de vuelta a la realidad, haciendo como si nada de lo anterior hubiera pasado.
- Sí. – balbuceé, recobrando la compostura. Aclaré mi garganta, asintiendo levemente. Me sentía bastante torpe. – Sí, mucho. De hecho, de las pocas cosas que me gustan de aquí. – admití, con sinceridad.
- No te acostumbras a este clima, ¿cierto? – inquirió, mirándome, a lo que yo negué con la cabeza. – Debe ser difícil para ti vivir en Forks.
- No tienes idea. – suspiré, con cierta resignación.
Mi comentario pareció avivar una chispa de curiosidad en sus ojos. Su mirada, su rostro, me turbaba de tal modo que me obligué a no mirarlo más de lo que exigía la buena educación.
- En tal caso, ¿por qué viniste aquí?
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Nadie me había preguntado tal cosa, no directamente ni de manera tan imperiosa como él lo había hecho.
- Es… complicado.
- Creo que podré entender. – insistió.
Me tomé unos segundos para pensar si debía decirle o no. Era un completo extraño… o al menos, no lo conocía lo suficiente como para confiarle aquello. Ni siquiera a Trent se lo había dicho en su totalidad.
Pero, entonces, cometí el estúpido error de mirarlo a los ojos… esos ojos tan brillantes y relucientes, que me observaban impasibles, confundiéndome completamente. ¿Qué era lo que este hombre causaba en mí, y por qué me hacía sentir siempre tan abrumado?
Respondí sin pensar.
- Mi madre se casó de nuevo.
- No me parece tan complicado. – replicó, pero de inmediato se mostró amable e interesado. – ¿Cuándo fue eso?
- Hace dos años, en Septiembre. – mi voz trasmitía una extraña tristeza, hasta yo era capaz de distinguirla.
- Pero él no te agrada. – conjeturó, aún con tono atento.
- No, no… Greg es un buen tipo. – me apresuré a decir. – Demasiado joven, quizás… Pero es amable, y ama a mi madre.
- ¿Por qué no te quedaste con ellos?
No entendía su interés, pero seguía mirándome de manera penetrante, constante, como si mi insignificante vida fuera tan importante e interesante. Y, me resultaba extraño estarle contando todo esto. Jamás lo había expresado con nadie más.
- Greg viaja mucho. – expliqué, con una media sonrisa. – Es tenista profesional.
- ¿Debería sonarme su nombre? – cuestionó, devolviéndome la sonrisa.
- Probablemente no. No es de los mejores. – reí entre dientes, sacudiendo ligeramente la cabeza. Era algo cierto. – Juega en las ligas menores.
- Y tu madre te envió aquí para poder viajar con él. – había sido una afirmación nuevamente. Lo miré, frunciendo ligeramente el ceño. ¿Estaba tratando de adivinar o algo así?
- No, ella no me envió aquí. Jamás lo hubiera hecho. – alegué, intentando no sonar demasiado altanero. No quería que creyera que mi madre era una desobligada. Si supiera cuánto le costó a ella desprenderse de mí y dejarme venir a este… este pueblo… – Fue cosa mía. – aseguré.
Me miró confundido, frunciendo el ceño.
- No lo entiendo.
Suspiré. ¿Por qué seguía explicándole todo esto? Sebastian me miraba con una insistente curiosidad. ¿Qué le parecía tan fascinante? Supongo que era el efecto de vivir en un pueblo tan pequeño y aburrido.
- Al principio, mi madre se quedaba conmigo en Phoenix, pero lo extrañaba mucho. La separación la deprimía bastante, por lo que decidí que… había llegado el momento de venir a vivir con Rick. – concluí, sin muchos ánimos.
- Pero ahora tú eres desdichado. – señaló. – No me parece justo.
Se encogió de hombros, aunque su mirada todavía era intensa. Me limité a reír, sin verdadera alegría.
- La vida no es justa, ¿no te lo han dicho? – bromeé, intentando aligerar el asunto.
- Me parece que lo he oído antes. – admitió secamente, con una sonrisa ladeada sin emoción.
- Bueno… eso es todo. – insistí, desviando la mirada, preguntándome por qué me seguía mirando con tanto interés.
Me evaluó con la mirada.
- Yo apostaría a que sufres más de lo que aparentas. – masculló, arrastrando las palabras. Hice una mueca, bajando la mirada a mis manos, que se removían con nerviosismo sobre mi regazo. Sebastian se inclinó ligeramente hacia un lado, como para contemplar mejor mi expresión, sin aproximarse demasiado. - ¿Me equivoco?
- Creo que no. – admití, con voz queda.
Él asintió, con suficiencia. Parecía contento de haber acertado en algo. No entendía su afición por querer adivinar mis pensamientos, como si fueran la cosa más interesante del mundo. Fruncí el ceño, sin atreverme a mirarlo.
- ¿Te molesto? – preguntó, ladeando la cabeza. Podría incluso decir que se mostraba preocupado por este hecho.
Lo miré sin pensar, y de nuevo me sorprendí a mí mismo diciéndole nada más que la verdad.
- No exactamente. – suspiré. – En realidad, estoy molesto conmigo mismo. Siento que soy un libro abierto, es fácil de ver lo que pienso.
- Te aseguro que no es así. – intervino, con sinceridad. – Me cuesta mucho leerte el pensamiento.
Esta vez fue mi turno de mirarlo con curiosidad, y una ligera sonrisa divertida en mis labios.
- ¿Eres un buen lector de mentes? – bromeé.
- Por lo general, sí. – asintió, mostrando su perfecta y blanca dentadura al sonreír.
Y una vez más, me robó el aliento.
