Punto de No Retorno.

9. Ninguno De Los Dos Pudo Decir Con Certeza Que Se Volvieron A Encontrar.

Gritos, sangre y miedo. Eso fue toda su vida. El terror de morir la había terminado consumiendo en sus últimos momentos. Y, sin embargo... Aún vivía.

El canto de las aves la despertó a la mañana, junto al lejano murmullo de aquellos vehículos extraños que comenzaban a andar por su propia cuenta. Algo con combustión interna... nada que le interesase lo suficiente como para prestarle atención. Abrió los ojos y observó el entorno en el que se encontraba. Las imágenes de la noche anterior aún eran borrosas, incluso le parecía difícil ubicar aquella habitación. Su pobre casa no tenía una habitación así, con esos lujos aparentes. Palpó su cuerpo con sus propias manos y encontró dolor cerca del abdomen. Revisó cuidadosamente y encontró vendajes con una pequeña mancha roja que surgía de allí.

No se necesitaba ser un genio para saber que fue herida. La pregunta era... ¿Quién fue su rescatista? ¿Dónde estaban sus cosas? Lentamente comenzó a incorporarse en la cama y a observar su entorno. Los techos altos, las paredes recargadas de adornos exagerados, pero poco mantenidos, viejos y desgastados. La madera blanda, oscura, casi podrida del suelo. Ahora que miraba mejor parecía una vieja casa que había sido adquirida recientemente, pero.. no había ni un rastro de suciedad o polvo por ninguna parte.

Oyó el timbre sonar y, poco después, la puerta abrirse. Sus sentidos se agudizaron conforme intentaba prestar atención a lo que sucedía. Escuchó las voces ahogadas, las palabras que no podía entender con claridad. Movida por la curiosidad, comenzó a ponerse de pie y avanzar dando pequeños, cortos pasos, tanteando antes de apoyar firmemente por el miedo de hacer crujir la madera. Si eran enemigos, debía de correr. Así, avanzó por la amplia habitación y sólo se detuvo frente al espejo de un tocador.

Se miró en él y le dieron ganas de reírse de sí misma. Su cabello corto, castaño estaba despeinado y desprolijo. Quizás era hora de cortarse un poco, sólo para emparejarlo, pues no quería perder el largo. Su piel, blanca, tierna, ahora parecía desinflada, pegada a sus huesos y pálida. Se oscurecía alrededor de sus ojos, formando ojeras de sueño y estrés. También, tenía un moretón en la frente, seguramente, producto de la última caída.

Pero sus ojos. Sus ojos seguían siendo de ese bonito color miel y seguían brillando con entusiasmo. Y claro ¿Cómo no hacerlo? Si ella seguía viva,eso era motivo suficiente para estar entusiasmado. Podría no estar comiendo bien, incluso, podía estar durmiendo mal, pero... esta viva. Y eso era suficiente motivo de alegría para ella. Se acomodó un poco el pelo con las manos mientras se sonreía a sí misma, adquiriendo su rostro un matiz más alegre, más vivo. Incluso, más saludable. Sus manos entonces, descansaron sobre la madera vieja del tocador y se acercó más al espejo, sólo para observarse.

Uno de sus dedos tocó el filo de un cuchillo y ella bajó su vista hacia él, sorprendida. Vio entonces, un plato vacío de vidrio, con un tenedor y una servilleta encima. El cuchillo estaba a un lado, como si la persona que usó ese plato tuvo que dejarlo a las apuradas así. Ella inmediatamente lo entendió.

Alguien no sólo la trajo allí y curó su herida, sino que también la estaba cuidando o quizás vigilando pero, sin dudas, esperando que despertase. Desconfiada por la propia naturaleza de la situación, tomó el cuchillo y se aferró fuertemente al mango. Quizás lo necesitaría.

En cuanto a sus ropas, sólo poseía aquellos vaqueros oscuros y las medias blancas con las que había salido de la guarida con la intención de cumplir su misión. Su remera negra había sido reemplazada por una blanca. Se preguntó cuánta sangre debió de haber perdido para que le cambiaran la ropa. Jugando con el cuchillo en sus manos, dio dos pasos pasos.

Escuchó el ruido de platos romperse y ella levantó la guardia, volviéndose todo su cuerpo los músculos rígidos, dispuestos a dar pelea. El ruido venía de abajo.

Con la garganta seca, se acercó a la puerta cerrada y espió a través del hueco de la cerradura. No vio nada, salvo el pasillo y otra puerta. Lentamente, bajó el picaporte y, con cautela, comenzó a abrir la puerta. Había silencio nuevamente y en el pasillo no había nadie.

Se deslizó de manera felina, cuidadosa. El pasillo no era largo y sólo había otra puerta a demás de la que había visto a través de la cerradura, y las escaleras a su derecha. Se asomó por allí y vio la puerta de salida. Sí, le hubiese gustado tomarla, pero... pero tenía que volver por todas sus cosas primero y no sabía donde estaba su preciado bolso, ni su capa, botas o el dispositivo de maniobras tridimensional.

Su instinto le decía, entonces, que había peligro allá abajo. Las voces se volvían a escuchar, a lo lejos y de manera muy baja. No podía entender las palabras que decían.

Lentamente, bajó peldaño por peldaño, asegurándose de no pisar ninguna tabla que delatase su presencia. Luego, se deslizó por el lobby, viendo las tres puertas que tenía a los costados. La de su izquierda parecía llevar a una sala de estar. La de su izquierda, mostraba a las claras, una biblioteca. La de enfrente, un pasillo. Haciendo uso de los bordes de las paredes y los umbrales de cara abertura, avanzó rápida y silenciosa.

A la derecha, había más puertas cerradas, ningún ruido provenía de allí. A la izquierda, estaba la entrada a la cocina. A través de ella, pudo ver a dos hombres grandes y anchos como un guardarropas bloquearle la vista. No hablaban, pero estaban entretenidos en algo. A los pies de ellos, vio tres platos rotos. Avanzó más y se ayudó con un espejo que estaba colgado de la pared y frente a ella para ver más la situación.

Oyó quejidos mudos y el ruido que hace la ropa cuando se corta. Tragó silenciosamente, dándose una idea de que podía estar sucediendo. Quizás en un acto de valentía podría hacerse cargo de aquellos dos gorilas ¿verdad?

Sí.

Ella no lo pensó dos veces.

Porque Petra sabía que ella misma era fuerte y capaz. Quizás no era la mejor de todos, pero su apariencia de chica dulce y su bondadoso caracter a menudo hacía que los enemigos a los que se enfrentaba ella, la creyeran débil y desvalida.

Y... Oh, que error tan grande que cometían en esos momentos.

Silenciosamente, tomó un jarrón decorativo lo alzó sobre su cabeza y lo golpeó duramente contra la cabeza de uno de ellos. Ese hombre tambaleó varias veces antes de caer completamente al piso y, para cuando lo hizo, Petra ya había atajado un puño mal tirado del otro hombre hacia ella y había respondido eficazmente con una patada en la entrepierna, un rodillazo en el estómago y, para compensar las cosas, se aseguró de clavar aquél cuchillo que tenía en uno de los hombros del segundo hombre, para luego extraerlo limpiamente y dejarlo lejos de éste. No fuese a ser que se lo quitara y lo usara para atacarla.

Su instructor, Keith Shadis le había enseñado aquella regla en la primera clase de combate que tuvo: nunca confiarse.

Cuando los titanes de dos metros cayeron, inconscientes o presa del dolor, ella vio la figura de un hombre con un corte en la cabeza, una mirada que espantaba a cualquiera y un corte superficial en la parte superior de la pierna izquierda, reciente. El hombre no estaba amordazado, hecho que le dio a entender a ella que ese hombre de rasgos faciales impotentes, pero, en alguna manera, esbeltos la miraba con sus ojos claros fijos sobre ella.

Petra parpadeó. Nunca en su vida había visto a aquél hombre de cabello corto y que sólo era unos pocos centímetros más alto que ella (lo notaba por el largo de sus piernas, no parecía alguien de un metro setenta u ochenta, como estaba acostumbrada a ver y tratar). Le sonrió amablemente, de manera cálida, bajando completamente su guardia frente a él.

Allí, algo le decía que ese hombre de apariencia ruda y peligrosa, de aura oscura y fría, de ceño fruncido y voz grave, indiferente, no era sólo eso.

Algo le dijo que ese hombre herido que la miraba sin ninguna pizca de interés, que podía confiar en él. Que podía quererlo y confiar en su palabra y sus acciones, por más que intrigantes y silenciosas fuesen.

– ¿Sería mucho pedir que me desataras? –preguntó, interrumpiendo la linea de pensamiento que ella estaba teniendo.

– ¿Eh? ¡Ah! ¡Lo siento! – se disculpó avanzando hacia él, quien, se las arregló para ponerse de pie y darle la espalda, mostrándole las muñecas atadas a su espalda con una soga.

Ella usó el cuchillo que tenía, manchado de sangre para cortar las ataduras. Durante el minuto y medio que tardó, ni ella ni él pronunciaron alguna palabra. Tan solo, se mantuvieron en silencio. Ella hacía aquella tarea mecánica, pensando con detalle esa extraña sensación de confianza y conocimiento que estaba sintiendo respecto a ése hombre.

En cuanto las sogas cayeron, en un breve segundo ella notó como el cuerpo de él se tensaba. En un ágil y rápido movimiento, alargó la mano para tomar una botella, girando sobre su eje al mismo tiempo.

En el segundo siguiente, estuvo frente a ella, con su mano izquierda tomándola bruscamente de un hombro y moviéndola con él mientras continuaba girando. En el segundo que le siguió, ella estaba donde antes había estado él, y él, donde estaba ella. En el suelo, a espaldas de ambos, el segundo gorila yacía con la cabeza rota y la yugular cortada, en un charco de vino tinto.

El olor a alcohol y uvas no tardó en sentirse.

Petra se quedó en silencio analizando lo que acababa de suceder, ella ni siquiera sentía miedo o sintió miedo cuando lo vio actuar con esa velocidad y con esa calma, con esa precisión tan justa, tan limpia. Tan perfecta.

El hombre dejó el resto de la botella sobre la mesa. Su mano sangraba, Petra notó eso, pero aún no se movió. ¿Por qué no reaccionó? ¿No lo golpeó? ¿Por qué ni siquiera intentó defenderse cuando lo vio moverse? Esta bien, el ataque no era para ella, pero eso no lo supo hasta que vio al tipo.

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Demonios ¿Por qué?

– Para ser tan habilidosa, tienes unos reflejos bastante lentos, mocosa –comentó el hombre observando su mano, su pierna y luego, la cocina–. Qué desastre.

Petra tragó y respiró hondo. Dándose vuelta lentamente.

– ¿Por qué? –se preguntó a sí misma, en voz alta, buscando el sonido de su propia voz. El hombre la ignoró.

– ¿Cómo sabías que yo no era el enemigo? –preguntó con curiosidad, caminando hasta una de las alacenas a buscar un botiquín que aparentemente tenía allí.

– ¿Ah?... Sólo lo supe –respondió mientras lo observaba–. ¿Y tú? ¿Por qué me ayudaste? ¿Y por qué me salvaste recién?

El hombre, en respuesta la miró y luego tiró la cabeza hacia atrás, dejando que el cabello se moviese a su gusto.

...

"Porque... no podía permitirme perderte de nuevo y no hacer nada al respecto, Petra" susurró un recuerdo olvidado desde lo más profundo de su alma, un susurro que no llegó a oír. Y que si lo hubiese oído, no lo hubiese comprendido.

...

–Ayúdame a vendarme ¿Quieres? –ordenó a cambio, con tono demandante. La muchacha enarcó ambas cejas, pero accedió, acercándose a él.

El silencio que se formó entonce fue ameno y, quizás, nostálgico para sus almas.

–¿Sabes por qué no vino Irvin? –una pregunta ansiada de formularse.

–Oh... así que tú eres Levi –una observación que no pareció tener la sorpresa que debería tener–. Así que, al final, pude llegar allí.

–Sí. Aunque te desmayaste. Ahora, apreciaría que me respondieras.

–El equipo que estaba conduciendo Mike se estaban acercando a una emboscada y no podían dar marcha atrás. El Comandante salió con refuerzos para allá. Espero que estén bien.

–El equipo de Mike es uno de los mejores, y si Irvin salió como refuerzo... Estarán todos sanos y salvos ahora.

–Eso espero. Yo no me imaginé que me persiguiesen como lo hicieron.

–Debiste ser muy ruidosa.

–¡No lo fui! El Comandante me eligió a mí porque soy una de las mejores –en respuesta a su réplica, el hombre chasqueó la lengua nuevamente.

–Eres sangre nueva, no puedes ser una de las mejores.

–Pregúntale al Comandante cuando lo vuelvas a ver –resolvió decir, mientras terminaba de vendarle la mano y comenzaba a limpiar la sangre que Levi tenía en la frente

–Hn... lo haré. ¿Has traído los documentos?

–Por supuesto. Están en el bolso.

–No lo vi –admitió cuando ella le ponía un apósito autoadhesivo en el corte.

–No lo iba a poner así no más. Esta en un bolsillo escondido. Sólo tienes que romper la tela que esta en el interior –explicó mientras comenzaba a guardar, prolijamente cada cosa en el botiquín. La herida de la pierna cerraría sola, era demasiado superficial como para necesitar una atención urgente y su sangrado se había detenido para ese momento.

– Eres una rebelde ¿Y eliges una tela con dibujos de osos y conejos?

–Bueno, para la próxima me pongo un cartel que diga que me opongo al régimen y trabajo para el "infame" Comandante Irvin ¿Lo prefiere así, Capitán?

–Aún pareces infantil.

– Y usted un amargado.

Hubo silencio luego del "click" del botiquín al cerrarse. Ella se lo extendió y ambos se miraron unos breves segundos.

Entonces, Levi sonrió y Petra comenzó a reír. Por alguna razón que ninguno de los dos entendía, el otro, le caía bien.

La puerta principal se abrió y se volvió a cerrar. Unas voces masculinas pronto se hicieron escuchar.

–Levi, trajimos la comida –comentó una voz.

–También trajimos comida para la bella durmiente ¿Ya despertó? –habló una segunda

–Espero, me gustaría dormir en mi habitación para variar –opinó una tercera voz

–¿Qué tiene de malo que duermas en el piso de la mía?– interrogó la segunda.

–Haces demasiado ruido cuando duermes.

–Excusas, tú solo lo dices porque quieres jugar con el espejo que tienes. Eres una chica después de todo.

–Deja mi pelo fuera de esto.

–O si no ¿qué?

Petra prestó atención a aquél dialogo entre la primera y tercera voz. Levi dejó escapar un ameno suspiro y cerró los ojos por unos segundos. La muchacha, entonces, dejó escapar una risa dulce.

–Los infantiles de allá, son mis hombres –comentó volviendose a ella–. Oh, hay que cambiar las vendas de tu herida.

Bajó la vista a su abdomen y vio como aquella remera que tenía comenzaba a mancharse lentamente de un rojo intenso.

–Ugh, no me di cuenta. Lo siento.

–No hay problema. Te ayudaré –se ofreció.

–Jefe~ Oh, ¿Qué diablos...? –en ese instante, la segunda voz, un hombre de los que Petra estaba acostumbrada a ver en el refugio apareció a pocos pasos de la puerta, observando con asombro los cuerpos de los hombres –. ¡Mi botella de vino! ¡Ahora no podré hacer la carne!

–Erd, deja de llorar por la botella y lleva los cuerpos abajo. Uno de ellos puede que aún este vivo –comentó sin ganas Levi, mirándolo.

–Eh... Más vale que después me diga lo que sucedió. Tendré que reportarle esto al Comandante.

–Sólo haz lo que te digo.


Bien. Este ha sido el final.

¿Qué les pareció? Personalmente, más que un final, es un bonito comienzo .3.

Uhm... aunque no tuve oportunidad de mencionarlo, esto último ocurre 3 siglos después de cómo sea que termine el manga e_e

Antes de seguir, quiero darles un gran agradecimiento, un gran abrazo y beso en la mejilla. A todos los que han leído y comentado, así como a aquellos que no. En serio, todos ustedes son magnificas personas. Gracias. Al día de hoy tengo 3212 views de ustedes. ¡Son muchos! ¡No puedo creer que tanta gente leyera mi fic!¡Me pone muy contenta!

Espero que todos hayan disfrutado con este final. El Shoujo realmente, no es mi estilo predilecto de escritura, pero con Shingeki no Kyojin... pues, bueno, es inevitable.

Adoro esta pareja, realmente lo hago. No me gusta caer en clichés tipicos del romance y por eso he puesto mi mayor esfuerzo en que esto no resultara... tan típico xD

Seguiré escribiendo a cosas sobre ellos, como dije, tengo muchas cosas en mente.

Ehm... bueno, por última vez,contestaré reviews anónimos de este fanfic n.n

"maddie": Sip, yo creo que ellos son importantes para él y sufrió tanto su muerte como la de Petra ;-; Pero, si lees esto, espero que entiendas por qué tuve que respetar el canon y matarla T-T