CAPITULO XI.-

"Jango" seguía corriendo, y aquel minuto parecía un siglo. Pero antes que pudiera oír el sonido del disparo, el caballo dio un brinco en el aire, y cayó desplomado. Hyoga fue despedido por delante, cayendo tendido en el suelo. De momento quedó atontado por el golpe, y luego, vacilante, se puso en pie mirando al caballo derribado. Estaba cojeando y haciendo desesperados intentos para levantarse. Se le acercó sin saber que hacer. Mientras tanto el Fénix saltó a tierra y corrió a él. Le tomo por las muñecas, y la echo a un lado, quedando Hyoga donde cayó al principio, temblándole los miembros de su cuerpo. Estaba vencido y al extinguirse su última esperanza todo su valor lo abandonó. Se entregó por completo al miedo que lo dominaba. Todos sus movimientos se vieron sometidos al miedo. Oyó otro tiro y supuso que había acabado con los sufrimientos de "Jango" y luego, a los pocos segundos, la voz de Ikki sonó a su lado. Se levanto tambaleante separándose de él.

-¿Por que estas aquí, y donde esta Shyru?

Con voz apagada se le contó todo. ¿Que importaba? Si se obstinaba en guardar silencio, él le obligaría a hablar.

El Fénix, no hizo ningún comentario y acercándose más a "Pegaso", (No es que tenga algo contra Seiya, es solo que no se ocurría ningún otro nombre n_nU) lo puso bruscamente en la silla, montando luego tras él, y el caballo tomo en seguida su habitual galope. Hyoga no hizo ninguna clase de resistencia; parecía estar en un estado de completa insensibilidad. No miro el cuerpo de "Jango", no miraba nada, tambaleándose en la silla con los ojos fijos en el horizonte sin ver. Su colapso mental, le afecto físicamente, y necesito un gran esfuerzo de voluntad para sostenerse. Ni siquiera levanto los ojos al aproximarse a los demás; pero oyó la voz de uno de ellos dirigiéndose al Fénix, el cual respondió brevemente, mientras sus hombres se colocaban detrás de él. Otra vez se pusieron en marcha.

Hyoga desde el principio comprendió que hacia una locura. Debía haber supuesto que no obtendría éxito, que nunca llegaría solo a salir de la Isla. Había sido un tonto al pensar que podía salir airoso. La casualidad, que lo puso de nuevo en manos del Fénix, podía con la misma facilidad haberlo conducido a manos de cualquier otro hombre. La suerte ayudo a Ikki de Fénix. El destino lo protegía. Era inútil tratar de luchar contra él. Su cerebro era una confusa mezcla de pensamientos y estaba demasiado cansado para coordinar sus ideas extrañas y diversas que pasaban por su mente. Ni las comprendía ni quería esforzarse en comprenderlas. Notaba un malestar, un peso en el corazón y una terrible depresión, aparte el miedo que le inspiraba el Fénix.

Hyoga se caía de cansancio, incapaz de sostenerse más tiempo y una o dos veces se apoyo pesadamente en el hombre que montaba tras suyo. Su proximidad había dejado de molestarlo; pensaba en ello con cierta extrañeza, hasta sentía alivio al pensar en la fuerza que tenia tan cerca de si. Sus ojos se posaban en las manos de Ikki que aparecían morenas y musculosas entre los pliegues de su ropa. Necesitaba llorar, pero no dejo que ninguna lágrima brotara. Una sensación de terrible soledad le invadía, acompañado de una idea de desolación y un extraño deseo que no comprendía. Hyoga estaba en completo anonadamiento, pero lo arranco de este estado una sacudida que lo hizo dar de espaldas con violencia contra el Fénix, y estaba tan cansado para notar que habían parado. Hyoga sintió que lo bajaban y lo envolvían en una capa y luego no recordó nada más. Despertó con lentitud, librándose gradualmente de aquella persistente somnolencia. Se hallaba aun fatigado, pero el sopor había desaparecido y se sentía bien y tranquilo.

El viento frío de la noche azotaba su rostro, disipando su atontamiento. Se dio cuenta de que había anochecido y que seguían aun galopando. A los pocos momentos, completamente despierto, se encontró atravesado en la silla de montar frente al Fénix que lo sostenía abrazado contra su pecho. Su cabeza descansaba precisamente sobre su corazón y podía sentir su latido bajo su mejilla. Bien envuelto en la capa y sostenido por el brazo vigoroso, se alegro con poder gozar libremente de la sensación de reposo de su cuerpo. Era bastante, por entonces, reposar sin tener los músculos en tensión, sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, y sentir el ímpetu del viento contra su rostro, y el rápido galope de "Pegaso que les conducía a través de la noche.

¡LES CONDUCIA! De improviso se dio cuenta del brazo que rodeaba su cintura y del pecho en que descansaba su cabeza. Su corazón palpitaba con violencia. ¿Que ocurría? ¿Por que no se separaba de la presión de su brazo y del contacto con su cuerpo ardiente y fuerte? ¿Que sucedía?

Repentinamente se hizo la luz en su cerebro y lo supo...supo que le amaba, que le amaba desde largo tiempo, aun cuando creyó odiarlo y aun cuando huyo de él. Ahora sabia porque su rostro le persiguió en toda su huida. Era el amor que le llamaba inconcientemente. Toda la confusión de pensamientos que lo asaltaron cuando empezaron el camino de regreso, las ideas confusas y emociones contrarias, se explicaban, pero al fin se conocía a si mismo y sabia que el amor que Ikki le inspiraba era un amor apasionado y dominador, que casi le asustaba por su inmensidad y por el repentino poder con que le sometía. Por fin el amor llegó, que tan cruelmente se burló de él. Los hombres que lo amaron no tuvieron el poder de impresionarlo. Ninguno consiguió despertar su corazón. Creyó que no podía amar, que estaba excluido de afectos y sentimientos y que nunca sabría lo que significaba el amor, pero ahora sabia y sentía un amor tan ardiente como nunca hubiera podido concebir. Su corazón se había entregado para siempre al hombre de la Isla, tan distinto de los demás hombres; un bárbaro que se apodero de él sin piedad. Era un bruto, pero le amaba, le amaba por su brutalidad y por su soberbia fuerza. Un año antes, unos pocos meses atrás, se habría estremecido de asco a esta sola idea; pensar que pudiera tocarlo solamente, pero todo esto había desaparecido y no era nada ante el amor que lo embargaba tan completamente su corazón. No le importaba nada de lo que fuese, para Hyoga era solamente el hombre amado. Se sentía delirantemente feliz, se apoyaba contra su corazón y el contacto de su brazo le producía un placer indescriptible. Estaba absolutamente satisfecho; por el momento su vida se reducía a lo que tenía tan cerca y tuvo el deseo infantil que continuasen cabalgando así por toda la eternidad.