Capítulo XI. Belleza subjetiva.

-Te hablaré un poco de ellos, es importante que sepas algunas características para evitar tener problemas con ellos.

-Verás… me distraes un poco así como estás ahora. –Gimoteó ella, tratando de controlarse un poco.

-Sigyn, esto es serio. –Dijo, alzando ambas cejas oscuras como si estuviese explicando a un niño.

La princesa tensó los labios, aun recostada en la cama y completamente desnuda; y era que Loki aún se encontraba encima de ella, acomodado de forma sugestiva entre sus piernas blancas y esbeltas, dándole un espectáculo (maravilloso) que la distraía completamente de sus palabras. Parecía que lo hacía adrede, quizá practicada la manera en la que la miraba entre el cabello negro que caía sobre sus intensos ojos verdes.

-Loki. –Susurró ella casi como si fuese una súplica.

-Escucha, los elfos de luz son personas sabias y cordiales aun con los extranjeros, que les causa mucha curiosidad. Es importante comportarse de la misma manera con ellos.

-L-lo entiendo…

-Poseen mucho conocimiento, tanto de ellos mismos como de otros reinos, es por eso que sabían tanto de nosotros. –Entrecerró la mirada, y ella se denotó ansiosa. –Tienen libros de hechizos, de alquimia tan pura como antigua… necesito estudiarlo, Sigyn, es todo aquello que no puedo alcanzar de la biblioteca de mi padre. Me hará más poderoso.

-¿Sugieres… que nos quedemos aquí un tiempo?

Se movió en ella, provocando que a la joven se le escapara un gemido que delató su sensación en ese momento. Apenas pudo ver aquella sonrisa de complacencia que su esposo tenía al verla tan sumisa.

-Claro… ¿Por qué no? –Su aliento templado se notaba cada vez más agitado. –La espada… no va a irse… es mi oportunidad…

No hubo más palabras después de eso, solo su cuerpo templado recordándole a quién le pertenecía.

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La sociedad élfica era estricta pero liberal, una libertad que ella aun no comprendía; las mujeres andaban caminando por el pueblo en sus zapatillas rasas vistiendo con ropas que escasamente cubrían sus esbeltos y altos cuerpos, a diferencia de los hombres, que vestían prendas resistentes y abrigadoras sobre los torneados músculos de pieles claras y cabellos desteñidos. Loki tuvo que utilizar uno de sus hechizos para que aquél vestido que le habían confeccionado los elfos no se mirara tan transparente y así poder caminar con la propiedad de un príncipe.

-¿Has aprendido de ellos estos días? –Cuestionó dulcemente Sigyn.

Era una hermosa plaza, pequeña, en cuyo centro había una fuente blanca por donde caía el agua transparente y limpia, dejando unos cuantos destellos de luz naturales; el suelo era de mármol en recuadros perfectamente simétricos, y las casas circundantes eran como pequeños castillos de colores pasteles con techos altísimos. Todo era casi perfecto y armónico, incluso los mismos elfos que andaban caminando por la misma plaza, jóvenes y viejos.

-Te habrás dado cuenta que son muy pulcros. –Contestó Loki, llevándola del brazo como el príncipe que era. –Están muy ligados a la naturaleza, son muy estrictos con el orden. No anhelan posesión ni poder, por eso no se atan ni tienen propiedades marcadas, mucho menos relaciones afectuosas permanentes.

-No comprendo.

-No reconocerían, por ejemplo, el matrimonio que nosotros tenemos. Ellos buscan la diversidad en su reproducción, su sociedad se maneja como algo único, una comunidad recíproca.

La joven le miró unos momentos, confusa. Él, por el contrario, se quedó mirando el agua que caía de aquella fuente, como si aquello tuviese una respuesta a sus propias cavilaciones.

-Por eso debes tener cuidado. –Continuó, volviendo la mirada hacia ella, esta vez notándose con un dejo de preocupación en el rostro. –Lo más probable es que sientan interés por ti, y le den poca importancia a que estés casada conmigo.

-Loki. –Se estremeció notoriamente al escuchar aquello. No podía imaginarse siquiera esa situación.

-No te preocupes, no van a obligarte a algo que no deseas, pero intentarán convencerte. Limítate a ser cordial y hablar con propiedad, estoy seguro de que podrás sobrellevarlo.

-¿Temes que te deje?

-No, eso es lo último que creería de ti.

-¿Tú te…?

-Joven Loki. –Le llamó una voz masculina desde detrás de ellos. –Me alegro haberlo encontrado. ¿Disfrutan su estadía?

Allí estaban tras ellos Andar, el elfo de cabellera cobriza, alto como un gran árbol de roble, de finas manos y hombros anchos entre los ropajes azulados; con él se encontraba Ara, en un traslúcido vestido color ambar, llevando su platinado cabello lacio adornado con flores blancas. Sigyn se sintió de pronto un tanto cohibida ante los tres, puesto que Loki tenía la estatura suficiente para poder mirarles con propiedad al rostro, y ella apenas le llevaba al hombro a su esposo, optando por permanecer sumisa a su lado.

-Es un lugar muy grato de estar, es un gusto y honor el que nos permitan quedarnos. –Contestó Loki, inclinando la cabeza con amabilidad.

Ara había soltado una risilla tímida de chiquilla ante su acción, algo que a Sigyn le causó una especie de incomodidad.

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Incomodidad que se acrecentó a lo largo del día.

Había una enorme biblioteca principal en el pueblo, una que abarcaba tres plantas del mismo edificio, la cual estaba plagada de información variada que había sido recolectada por ellos mismos y sus ancestros a través de los años; Loki inmediatamente se sumergió en ese mundo de letras y papel, ansioso de saber hasta que sus ojos se cansaran de leer, siempre atendido por la hermosa Ara. Sigyn, por su parte, tan solo se dedicaba a hojear libros diversos cuyos títulos le llamaban la atención… al menos hasta que se topó con uno llamado "La Alquimia de Fuego". Lo tomó en ese momento, con la emoción de una niña.

Se perdió entre aquellas hojas, envuelta en el aroma a libros antiguos y el mudo sonido del papel dando vueltas por los dedos ajenos, anotando con tinta azul sobre papel blanco aquello que le resultara relevante; en aquellos escritos estaban plasmadas las claves para controlar aquél poder interior al que tanto temía. "El fuego es destrucción, pero también renovación". ¿Cómo podía ser aquello?

-Quizá es mi propio temor. –Susurró para ella. –Sin embargo, cuando peleé contra Angrboda y me volví como mi padre…

Levantó la azulada mirada de cielo en ese momento, apenas consciente del tiempo que se había perdido leyendo; en la segunda planta, que estaba justo frente a ella al ser un ala más corta, se encontraba Loki de pie, recargado suavemente en el barandal de madera tallada que delimitaba el final del suelo, cargando un libro escrito en runas. Estaba charlando en susurros sutiles con Ara de forma cordial. Jamás lo había visto sonreír de esa manera tal como lo hacía con esa chica elfa, ni siquiera con ella misma a pesar de considerarla (y considerarse ella misma) la persona más cercana a él. En ella aquella incomodidad se había convertido en algo homicida… que comenzó a subir unos cuantos grados la temperatura del salón donde se encontraban.

-Qué extraño. –Inquirió de pronto la platinada Ara, mientras se acomodaba el largo cabello sobre el hombro, dando un sutil resoplido. –Se siente un poco más cálido el lugar, joven Loki. Es la primera vez que me pasa, debe disculpar mi inminente sofoco. –Dijo, mientras movía un poco aquél vestido traslúcido en un ademán que parecía seductor.

-Estoy convencido de que no ha sido a causa mía, ya que en mi caso sentiría frío. –Contestó, cordial y elegante. –Sin embargo creo saber de dónde proviene esa onda de calor que le sofoca. Le propongo que mantenga las prendas en su lugar mientras voy a tratar de resolver la situación.

Ara rió con cierta timidez. Loki inclinó la cabeza suavemente a manera de despedida y se apartó de ella en silencio, comenzando a buscar con la mirada a su esposa; no demoró demasiado en encontrar la cascada de rubios y ondulados cabellos en la planta baja del edificio, sentada en una mesa dual de impecable madera un poco más alta de lo normal, lo cual hacia ver a Sigyn como una niña pequeña sobre la larga y estilizada silla. Conforme se acercaba a ella, el calor se hacía más y más intenso, haciendo que sus sospechas iniciales se confirmaran de inmediato.

-Sigyn, ¿qué haces? –Cuestionó suavemente al llegar tras ella.

La chica se sobresaltó un poco, como si la hubiese atrapado en el acto. Sin embargo, el calor no bajó un solo grado.

-Estoy leyendo, puedes notarlo. –Contestó con voz extrañamente firme, distante.

Loki se sintió un tanto contrariado con aquella respuesta, pues era la primera vez que ella le contestaba de esa manera tan… áspera.

-Bueno, eso noto. –Se aclaró la garganta, de pronto incómodo. Estaba acostumbrado a lidiar con ese tipo de carácter, pero no de ella. –Es solo que estás elevando tu temperatura corporal y se siente en toda la…

La princesa cerró el libro con fuerza, sobresaltándolo como si de pronto sintiera una amenaza; la azulada mirada estaba en él ahora, intensa y muy seria, un gesto que le causó una especie de miedo irracional.

-Discúlpame entonces. –Contestó ella con una firmeza poco propia de ella, pero en una especie de reflejo de Sinmore. –Leía acerca de la alquimia de fuego para saber la manera en la que puedo controlar mi calor. Pero si tanta es la molestia que causo, entonces saldré fuera y asunto arreglado. –Dijo, mientras se levantaba de su asiento solamente tomando las hojas escritas a mano.

-Sigyn, espera. –Le tomó del brazo, sintiendo su calor mortal hasta el sofoco, pero éste no le hacía mayor daño. –No quiero que estés sola afuera.

-Pero, ¿de qué estás hablando? Si he estado sola todo este tiempo mientras estuviste con Ara, y me ha ido bien hasta ahora. Creo que soy capaz de cuidarme sola.

Se soltó de su mano con facilidad y comenzó a caminar hacia la salida del edificio, los usuales deslices delicados convertidos en sonoros pasos como cuando usaba su armadura de obsidiana (llegó a pensar que la llevaba puesta debajo del vestido para no incendiar el suelo con su piel como lava); la observó marcharse completamente perplejo (y levemente asustado), sintiendo un amargo sabor en la boca como si de pronto ella lo hubiese atrapado haciendo algo indebido. Se sobresaltó visiblemente cuando Ara apareció a su lado poco después, notando que también el recinto mismo había vuelto a su usual temperatura fresca.

-¿Está ella bien? –Cuestionó sutilmente la platinada elfa.

-Estaba molesta, o eso es lo que creo. –Contestó sin mucha propiedad, puesto que aún se encontraba muy confuso. –Es la primera vez que veo en ella ese tipo de reacciones.

-Descuide, joven Loki. –Sintió las finas manos blancas que tomaron su brazo con sutileza, atrayendo de inmediato la atención del hechicero. –La señorita Sigyn no corre peligro alguno en este lugar. Si se encuentra molesta, lo mejor es dejar que ella se relaje sola y pueda calmar sus pensamientos.

Se apartó con cordialidad de la joven, bastante consciente de sus intenciones desde el momento en que llegaron, apartando sus manos con toda la delicadeza que le fue posible. La notó tiritar, algo que le indicó que estaba perdiéndose un poco asimismo por la incertidumbre de lo que estaba sucediendo.

-Me temo que me preocupo más por el bienestar de su pueblo. Sigyn aún no es capaz de controlar de manera adecuada su poder, y puede hacer daño a su alrededor sin que ella lo desee… no quiero que eso ocurra, porque será sumamente difícil detenerla.

-Vaya. –Murmuró Ara, mirando fijamente sus ojos con suma facilidad al tener la misma estatura que él. –Debe amarle demasiado como para preocuparse por ella de esa manera.

No supo qué contestar a aquello, y su gesto de confusión fue mucho más evidente en su rostro, por lo que decidió inclinar la cabeza suavemente y retirarse del recinto con aire pensativo, ambas manos enlazadas en su espalda baja sobre su larga chaqueta color verde oscuro y oro. "Te amo". Estaba demasiado exaltado con lo que acababa de escuchar… ¿querer evitar un accidente es sinónimo de amor? El concepto y la emoción en si le eran extraños, ajenos, sobre todo viniendo de seres tan sabios como ellos. "Para preocuparse por ella de esa manera".

Se detuvo unos momentos en la salida del edificio, sin estorbar el paso de los altísimos elfos, llevando la mirada de jade al cielo sin fijarse en nada más; estaba preocupado por Sigyn, sin duda. Temía que volviera a hacerse daño, que se encendiera tan intensamente como en Jötunheim para después romper en ese llanto amargo de culpabilidad que me incomodaba mirar. Temía, sobre todas las cosas, que llegase alguien más y se la arrebatara de sus manos.

"No eres más que alguien colateral a mis planes". ¿En qué momento ella se había vuelto tan relevante en su vida? Ella, Sigyn, no la espada Laevateinn que en ese momento le parecía algo muy lejano. ¿El tener temor y el anhelar de pronto su cercanía era… amor? Llegó a la plaza central, notando la elegante fuente de aguas cristalinas, el sonido constante de ésta cayendo en una leve curva, el reflejo dorado de quien se escondía tras ésta cascada sentada en la blanca orilla, la cabeza baja y la vista azulada centrada en los papeles escritos que llevaba entre sus pequeñas manos de niña. "Quizá soy única en especie. Duelen tus palabras, duele estar cerca de ti… pero quiero permanecer a tu lado." ¿Había pasado el umbral del deber y cruzado hacia un territorio completamente desconocido para él?

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Fingía leer aquellas anotaciones, garabatos mal trazados de pronto por las prisas, pero tenía los ojos empañados de lágrimas que se negaba a dejar caer; aquella mujer, aquella elfa de alta estatura, era sumamente hermosa y le pareció completamente natural que Loki se fijara en ella de esa manera: su largo y lacio cabello plateado, brillante, pulcramente acomodado, sus hermosos ojos claros, su espléndido cuerpo de mujer bajo el liviano y estrecho vestido de gasa que no dejaba demasiado a la imaginación con cada curva perfectamente marcada en la tela. ¿Y ella? Ella no era más que una niña que jugaba a ser mujer en la cama, y lo peor de todo es que Loki la trataba como una; tenía el cuerpo de una niña aun, esbelta, sin mayor curvatura en su cuerpo que la de sus hombros cayendo bajo el pesado terciopelo.

Se echó a llorar sin más, soltando las hojas escritas sobre su regazo, llevándose ambas manos sobre el rostro para cubrirlo y tratar de que sus sollozos no se escucharan más lejos que de ella misma; era una tristeza amarga, tuvo celos de aquella mujer perfecta que estaba con Loki, que le hacía sonreír de una manera que ni siquiera había visto antes, mucho menos con ella (puesto que sus sonrisas de complacencia eran un tesoro en su corazón). Odiaba remembrar aquello, le llenaba de coraje, tristeza…

-¿Sigyn? ¿Qué es lo que te sucede?

Sintió aquella mano templada en su hombro desnudo, sobresaltándola al grado de dar un pequeño grito; levantó el rostro de manera precipitada, notando a Loki mirándola con confuso temor… pronto comprendió que era la primera vez que la había visto genuinamente molesta, que había descubierto aquél terrible humor que había heredado de su padre, y el hecho de que en ese momento estuviese llorando como una chiquilla extraviada.

-Pero eso soy, una niña extraviada. –Susurró entre sollozos, respondiendo al extraño pensamiento.

-No te sigo. –Admitió el hechicero, con su usual suspicacia doblegada ante la visión.

-Soy una tonta. No necesitas escuchar mis reproches.

-Quizá lo eres un poco. –Le dijo, tomando asiento a su lado y atreviéndose a rodearla con el brazo izquierdo de manera firme, pendiente quizá de que pronto comenzara a quemar, imitando cierto gesto que su madre hacía. Recibió una mirada confusa por parte de ella. –Cuando era pequeño, mi madre me abrazaba de esta manera para consolarme cuando rompía en llanto por algún motivo. Has dicho que eres una niña, por eso supuse que funcionaría.

-Loki…

-Déjame escuchar tu reproche, y quizá pase algo bueno. No… no me gusta verte llorar, Sigyn.

Lo miró durante unos segundos envuelta en un completo silencio. De pronto, tras escuchar las palabras del joven, sintió que todos sus celos eran injustificados… y absurdos.

-¿Y bien?

-¿Te gusto?

-¿Qué? –Aquella pregunta lo dejó completamente contrariado.

Ella había bajado la azulada mirada al suelo.

-Es solo que… no siento que yo sea… una mujer atractiva para ti. –Soltó con bastante dificultad, sintiéndose muy avergonzada. –Estoy consciente de que aún tengo el cuerpo de una niña, y no siento que pueda ser…

Escuchó su risa. Levantó entonces los ojos del suelo, bastante sorprendida de aquél gesto, encontrándolo con que se había cubierto los labios con la mano derecha para así evitar que su risa sonara demasiado estridente y llamara la atención; a pesar de lo poco común de la situación, no pudo evitar sentirse un poco molesta.

-¿Qué es tan gracioso? –Cuestionó con un tono dolido.

-Sigyn. –Bajó la mano con la que había cubierto la risa, para tomar la de ella de forma cuidadosa y así alzarla para depositar un beso en el dorso de ésta. –Debes disculpar mi comportamiento, no quería hacerte enojar o entristecerte aún más. Te contaré un secreto.

La rubia se había quedado estremecida con aquél curioso gesto.

-La primera vez que visité Muspelheim… me había infiltrado como guardia, ¿recuerdas? Estaba muriendo de calor y desesperación ese día. Sin embargo, fue la primera vez que te vi. –Dejó una muy sutil caricia en el dorso de su mano con el dedo pulgar. –Cuando te miré allí... –Remembró aquel momento, y el semblante que llevaba en su rostro cambió completamente, a algo que ella nunca antes había visto y no supo definir. –Olvidé todo. El calor, mi cansancio, mi fastidio… jamás antes me había parecido alguien tan bello como tú, Sigyn. Mi mundo se detuvo en ese instante. Tú te comparas con otras mujeres que pasan simplemente por el frente asumiendo sin saber cuáles son mis gustos o preferencias, y, desde mi punto de vista, eres perfecta. Al menos para mí lo eres. No deberías preocuparte más de lo que tu esposo tiene que decirte.

Admitió mentalmente que lo que sentía por ella estaba muy lejos de ser un simple cariño o afecto; sin prevérselo, la rubia se había abrazado a él, efusiva, feliz, en un calor que, lejos de lastimarle, le pareció muy grato. Quería a Sigyn tan solo por ser ella, porque era la única que había confiado en él tan ciegamente, que lo había seguido a pesar de los suplicios… y que, al menos en ese instante, Laevateinn no tenía nada que ver en ello.

-Sigyn, dime algo.

-¿Qué pasa? –Susurró ella, con la cabeza recargada en su hombro, encogida bellamente entre sus brazos.

-Cuando estábamos en la biblioteca, estabas molesta, ¿no es así?

-Estaba celosa. Ara estaba demasiado cerca de ti, y tú te mirabas…

-¿Sabes? Conscientemente no iba a enredarme con alguien más que no fueses tú, o perdería a Laevateinn. ¿De verdad me crees tan inconsciente?

-Bueno. –Ella enrojeció de vergüenza. –Ponte en mi lugar, Loki. ¿Qué hubieses hecho si fuese Andar quien estuviese tras de mí, haciéndome reír y buscando mi compañía de esa manera?

-Lo congelaría. –Contestó sin pensarlo.

-Entonces puedes comprender lo que yo sentí en ese momento. Es diferente, porque yo te amo, ¿sabes? Y yo si tengo miedo de perderte… cuando tengas a Laevateinn entre tus manos…

-No podría dejarte a estas alturas, ya te lo he dicho y creo que no tengo necesidad de repetírtelo. Serás mi reina, solo tú.

-Yo… no quiero ser solo tu reina. También… también quiero ser aquella mujer a la que ames.

-¿Qué te hace pensar que no es así?

Ella guardó un silencio que denotaba su sorpresa por el comentario, comenzando de pronto a temblar de mero nerviosismo. No quiso siquiera que su mente se atreviera a navegar entre el significado de esas palabras, ya que era Loki mismo el que las estaba diciendo, no un príncipe de ensueño.

-Bueno… no me lo has dicho. –Dijo en un susurro.

-No seas tan cerrada a las palabras, que muchas veces uno expresa lo que siente de maneras diferentes, ¿Es que acaso no puedes verlo, en cada acción que hago? ¿No he sido claro, acaso? Cuando uno demuestra en acciones no se necesitan mayores palabras para expresarlo, pero si no ha sido suficiente para ti…

Había pegado los finos labios templados sobre el oído de ella, murmurando unas cuantas palabras solamente para ella, un susurro como la brisa primaveral después del crudo invierno. Los labios rosados de aquella princesa se curvearon de forma inmediata de forma descendente, temblorosos, y las mejillas se humedecieron con las lágrimas que abandonaron sus ojos, ya que no hubo otra manera para ella de poder expresar la felicidad que sentía en ese momento.

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Yuy.