Al fin, Dios mío!

Hola, otra vez 3

Creo que al fin me siento recuperada y pude volver a escribir. Si les soy sincera modifiqué un poco el final de cómo iba a ser, pero deben saber ya que éste es el penúltimo capítulo de la historia. A todas las personas que han esperado por esta actualización no puedo agradecerles lo suficiente. Espero en serio haber escrito algo que les guste.

Honestamente pensaba hasta hace poco dejar esto ya, no volver a escribir y alejarme ya. Seguía escribiendo, pero no había nada que me gustara lo suficiente, por eso también no seguí con la historia. Sin embargo, no me gusta dejar las cosas inconclusas y ustedes no se merecen eso. De verdad gracias por esperar, se los compensaré.

Disfrútenlo 3

Tamborileó con los dedos sobre el arma que reposaba a su lado en el sofá, frente a él su jefe aún limpiaba con un pañuelo algo de la sangre que salía de su boca.

Se mantenía tranquilo, igual que siempre, pero Mori distinguía en la mirada de ese joven coraje, algo de burla, y demasiada decisión. Observándole un momento más en silencio terminó de retirar el líquido carmín que ya había manchado sus prendas antes de inclinarse en el sofá, un tanto adolorido, y hablar.

—Sabía que esto pasaría. No esperaba morir en manos de nadie más, Dazai. Desde que te vi supe que serías el mejor heredero que pude desear.

—No planeo heredar nada, no necesito esta mierda.

—Sé que no lo quieres, pero es lo único que te queda. ¿O piensas que ese muchacho perdonará todo lo que hiciste? Él no entiende lo que estás destinado a lograr, nunca lo hará.

Una risa llena de sorna curvó los labios del castaño, mientras continuaba clavando su mirada en el hombre frente a él.

—Ese no será problema tuyo ya. Esta es mi renuncia.

Tomó el arma y la cargó, levantándose entonces del sofá, solo para ignorar al pelinegro y dirigirse hacia la salida.

—Sería mejor que acabaras conmigo. Si no lo haces iré a buscarte a ti y a ese inútil niño que dices amar. Sabes que no puedes escapar de mí.

Dazai detuvo su camino, quitando el seguro del arma y girándose ligeramente para mirar a su ahora ex jefe.

—¿Y tú Mori? ¿Tú puedes escapar de mí?

No había expresión alguna en su rostro, sólo un pequeño brillo de locura en su mirada, ese que el pelinegro sólo había visto cuando asesinaba. Un tenue momento de frialdad completa, dónde solo importaba cuánta sangre podía derramar y qué tanto repudio causaría la escena que dejaría a sus espaldas.

El mayor sabía que no tenía oportunidad alguna. Era ágil, pero no estaba al nivel de ese castaño, no en vano era el mejor de la organización.

Dazai deseaba más que nada jalar el gatillo, terminar con esa persona que amenazaba la vida de Atsushi y largarse de ahí sin más. Sin embargo, tal vez ya había sido suficiente. Bajó el arma y sonrío en dirección al otro, mirándole a los ojos.

—Si tú mueres y yo me voy esto de termina. Nadie podría hacerse cargo de este negocio sin ti o sin mí, por lo que te dejaré vivir. Me da igual lo que hagas con este maldito país o las personas, me largo. —Reanudó su camino hacia la salida, consciente de que ese hombre no intentaría nada a sus espaldas, sin embargo, se giró una última vez—. Si algún día piensas matarme, será mejor que vengas tú, a menos que quieras que acabe con todos tus inútiles asesinos.

Esperaba alguna palabra más por parte de Mori, sin embargo, éste se encontraba en tal estado que apenas podía hacer nada. Quería acabar con Dazai, verle desperdiciar todo el talento que poseía por un huérfano era un desperdicio total, no podía con ello. Pero era inútil detenerle, y tal vez también buscarle después. Por más que le encontrara, si estaba junto a ese chico seguro era capaz de asesinar a todo un país con tal de protegerlo. El castaño nunca supo fijar su coraje contra una sola cosa, por eso no le importaba acabar con la vida de quien se le cruzara en el camino, pero ahora que tenía un objetivo para sus sentimientos, ¿podría acabar con todo con tal de mantenerle a su lado?

Por su parte el menor salió de la casa, tirando el arma en el camino. Miró su reloj después, todavía le quedaba tiempo. Atsushi debió haber llegado desde temprano a la ciudad, tal vez listo para encontrarle, tal vez no, y debía respetar esa decisión. No quería dejarlo ir, ni imaginar a dónde se marcharía, pero no quedaba de otra más que aceptarlo.

Tal vez Mori no sabía aún que el menor residía en esa ciudad temporalmente mientras trabajaba en el crucero, así que incluso cuando fueran a buscarle al sitio donde todo inicio no le encontraría.

Volvió a toda prisa a su departamento, sintiéndose nostálgico.

Miró a su alrededor, en cuanto estuvo entre las paredes. Ese lugar realmente nunca le había gustado, era un recuerdo de su soledad, de todas esas noches de insomnio por añorar al chico que estaba a punto de perder una vez más, y se preguntó si su próximo hogar sería así también, pintando en los muros recuerdos y acumulando de nuevo botellas de licor vacías.

Comenzó a empacar entre todos sus sentimientos, no queriendo llevar demasiadas cosas. Consideraba qué haría después. Tendría que encontrar un empleo normal y comenzar a guardar algo del dinero que tenía, que en realidad era suficiente para llevar una buena vida, pero ya no deseaba seguir de la misma forma. Tal vez alejarse de los lujos y comenzar a ser una persona común y corriente le sentaría bien, y de paso le ayudaría a no pensar a diario en los ojos dorados de su amado. Y después llegó a su mente qué haría cuando envejeciera, ¿alguna vez podría volver a amar a alguien? Si Atsushi se iba y encontraba a alguien que le diera todo lo que él no, ¿podría superarlo y seguir?

Sintió sus ojos escocer y su pecho doler, intentando serenarse y alejar esos pensamientos.

Por último, se sentó en el suelo de su habitación frente a la cama, mirando el océano desde el gran ventanal. El clima era bueno y las olas parecían calmas, como si no quisieran perturbar su dolor.

Todavía le quedaba una oportunidad de estar con el menor, pero no se hacía demasiadas ilusiones. Sabía que con todo lo que tenía que contarle era probable que no le perdonara. Ojalá pudiera omitir sus malos momentos, lo que el peligris tuvo que pasar antes de que lo alejaran de él, pero no podía. Por una vez en su vida tenía que ser honesto, debía decirle todo incluso si eso abría la puerta al menor para que se fuera. Y era así, que los dioses le ayudaran entonces para volver a encontrar un camino lejos de Atsushi. Probablemente esta vez no habría nadie que le fuera a sacar del mar rojo que formaba la sangre al brotar de sus muñecas.

Observó el reloj una vez más, todavía era temprano por la mañana. Estaría ahí al menos medio día, antes de irse y no volver.

Finalmente se levantó, tomó las maletas y se despidió con una mirada de ese sitio. Solo llevaba consigo algunas prendas y demás cosas. Lo más importante se quedaba en su mente y corazón. Solo el tiempo diría si podría llevarlo consigo o dejarlo ser en sus recuerdos.

En cuanto salió del edificio, dejando una pequeña nota en la recepción informando que no volvería, caminó algunas calles. No había libertad en su sentir, incluso cuando sabía que no debía volver a matar a nadie si no quería hacerlo. Todo lo que saboreaba era la incertidumbre y la tristeza, esperando por hacer su entrada triunfal. Mientras dejaba algunas calles pensaba en su destino, en Atsushi y en qué hubiera sucedido si no se encontraran en las circunstancias en las que estaban. ¿Podrían haber sido felices? ¿Llegar a casarse y vivir juntos en una modesta casita? Seguro vivir de esa forma era mucho más gratificante que contar con millones y estar acompañado solo por la amarga soledad.

Cuando llegó a su destino miró a su alrededor. Ese sitio le había gustado desde que lo conoció, le recordaba demasiado al lugar donde había conocido al peligris. Era un buen sitio para seguir castigándose por no tenerle.

Por más que quisiera que Atsushi estuviera esperándole ahí, ansioso por verle, eso no sucedería. Entonces decidió entrar a la cafetería y sentarse en una mesa junto al gran cristal que daba una buena vista de las calles. El lugar parecía un poco solitario y las calles no estaban tan transitadas, así que si el menor iba a verle probablemente podría verle enseguida. En su espera bebió una taza de café cargado y sin azúcar, sin apenas despegar los ojos del otro lado de la acera y los alrededores. Los minutos se convirtieron en horas, el café se terminó y no había señales de su compañero.

Buscaba ansioso entre los rostros de las personas, pero no encontraba los orbes dorados que tanto necesitaba. Y la espera se alargó aun más, el tiempo seguía transcurriendo y la hora de partir se acercaba cada vez más.

Algunas lágrimas nublaron su vista mientras se daba cuenta de que probablemente no tendría la oportunidad de explicarse a ese chico. No le importaba perder el avión, pero de qué serviría esperar si a fin de cuentas Atsushi no aparecería. Podría quedarse días y noches en ese sitio y esa persona nunca llegaría. Contuvo las lágrimas entonces y llamó a la camarera, pidiéndole una hoja de papel, un bolígrafo y un vaso con agua. Cuando tuvo todo eso frente a él tamborileo con los dedos un momento antes de tomar la pluma y comenzar a rasgar el papel con ella. Escribió todo lo que pudo, todo lo que no le sería permitido decir ya. Usó ambos lados de la página y apenas tocó el agua. De vez en cuando seguía mirando hacia afuera, pero las calles seguían estando vacías y su tiempo se agotaba.

Las manecillas del reloj de pared de la cafetería llegaron al número doce, marcando el final de su espera. Pago las bebidas, tomó las maletas, el pasaje de avión y salió de ahí. Cruzó la calle y se acercó a una jardinera, deteniéndose un momento antes de tomar un taxi y encaminarse a su nueva vida sin Atsushi.

El chico de cabellos plateados daba vueltas en su habitación un momento, para sentarse después, regresando a recorrer el recinto luego de un rato. Miraba el reloj siempre, también hacia el exterior y después hacia las maletas que el castaño había hecho para él. Ese tipo que había acabado con Dios sabía cuantas vidas, el que le había mentido e ilusionado. El mismo que juraba amarle con el corazón. Y de nuevo volvía a lo mismo, ¿estaba esquivando una bala o perdiendo de la manera más estúpida al amor de su vida? ¿Y qué si no podía perdonarle? ¿Si después de un tiempo se sabía inútil de besar esos labios y tocar esas manos? ¿Habría tiempo para huir?

Estrujaba sus uñas y el miedo le estaba matando, pero Dazai ya se había ido una vez y aún así regresó a él. Había tanto que debía saber y todavía no sabía si tenía la fuerza para hacerlo.

El reloj dio una campanada, marcando el mediodía.

Mordió su labio inferior y miró las manecillas quedarse estáticas.

Tomó entonces el abrigo y las llaves para salir corriendo. Bajó las escaleras del edificio a toda prisa y salió disparado hacia la calle, tomando el primer taxi que vio aproximarse. Pidió al chofer que se apresurara a su destino, ansioso al tiempo que las calles pasaban rápido a su lado. No tardó demasiado en llegar al edificio de correos, con la cafetería enfrente de éste.

Bajó del auto y miró a su alrededor. Caminó un poco, buscó entre los pocos rostros que caminaban sobre las aceras, pero nada. Dazai ya no estaba.

Había demorado demasiado en tomar una decisión, juzgando al mayor sin pensar que tal vez detrás de todo lo que hizo había una razón muy fuerte. Ese hombre podría haber fingido muchas cosas, pero el amor no miente y siempre que le miraba parecía que contemplara a su existencia misma. ¿Era tan malo como parecía entonces?

Sintió el pecho doler mientras volvía al edifico de correos. Pensaba ya en que no volvería a verle cuando notó algo extraño en una de las jardineras del lugar.

Ahí, entre las espinas de las rosas, anudado perfectamente y de un pulcro azul petróleo estaba uno de los pañuelos de Dazai. Atsushi miró a su alrededor, estaba prácticamente solo en ese lugar. Se acercó con duda, tomando un hondo respiro antes de tomar la suave tela, que parecía contener algo.

Desenvolvió una hoja cuidadosamente doblada, llena de una caligrafía que ya conocía.

No podía afrontar todo lo que debía estando en un lugar como ese, así que con todo y su arrepentimiento volvió a casa, listo para leer algo que podría arreglarle el corazón, o destrozarlo aun más.

Honestamente, ni siquiera soy bueno escribiendo, pero si alguna vez lees esto debes saber que te mereces una explicación, y quiero dártela incluso si no la escuchas de mis labios.

Hace tres años en una ciudad al norte de donde te encuentras ahora conocí a un chico de cabellos grises y ojos dorados algunos años menor que yo. Él chocó conmigo mientras examinaba la lista de entregas que debía hacer, era tan desprevenido. Tal vez no has sentido algo así, pero te aseguro que en ese instante supe que no quería alejarme de él. Dejé mis planes de ir a embriagarme a casa para pasear con él. Como no podía arrancarle del trabajo, así como así decidí acompañarle a hacer entregas, robándome algunos preciosos minutos de su tiempo, que me harían convencerme después de que él no era como las tantas otras personas que había conocido antes. Pero un asesino no puede vivir un cuento de hadas, Atsushi. No puedo ir por la vida pretendiendo que mi camino no está lleno de sangre, y no podía acercarme a ti siendo el demonio que soy. Entonces inventé una nueva vida, una en la que era otro hombre normal que esperaba tener la suerte de que te fijaras en él.

Originalmente yo tenía un departamento cerca de la mansión donde la mafia trabajaba, pero compré otro en el centro, uno que solo habitaba cuando podía verte, y donde tú no pudieras darte cuenta de lo despreciable que yo era en realidad. Sabía que no sería fácil volver a verte, así que me las arreglé para que hicieras entregas a mi nueva dirección, adueñándome otra vez de algunos de tus ratos libres.

Soy terrible, Atsushi. Sabía que no debía acercarme a ti, que te haría mucho daño si me atrevía a seguir alimentando lo que me hacías sentir. Pero hasta los monstruos como yo se enamoran, y no sabes lo maravilloso que eres y el bien que le hiciste a mi vida. Me gustaría poder pensar que yo también le hice un bien a la tuya, aunque sé que no es así, de eso te has dado cuenta ya.

Transcurrieron algunos meses y tú correspondiste a mis sentimientos. Pasamos muchos momentos buenos, si quieres saberlo. Algunas veces dormimos juntos y siempre teníamos citas improvisadas y un tanto curiosas. Me enseñaste más de lo que nadie pudo en años en solo unos cuantos meses, y por eso te estaré agradecido siempre. Tal vez lo dudes ahora, y no te culparé por ello, pero nunca me faltó amor para darte. No hubo un solo día desde que te conocí en que no pensara en qué hacías a cada minuto, en el que no quisiera ser tu último pensamiento antes de dormir, y el primero al despertar.

En ese entonces yo tenía un amigo del trabajo. Nunca nadie supo de ti por mi boca, pero sí me atreví a indagar sobre si alguien de mi mundo se atrevería a amar a una persona inocente. La respuesta fue un rotundo no, y comprendí que me estaba equivocando. Pero qué tonto fui, cuánto dejé que mis sueños me dominaran que pensé que podía ocultarte de todo. Al final la oscuridad nos ganó.

Tú solías compartir tus sueños y miedos conmigo, siempre fuiste honesto y sin embargo nunca pude pagarte de la misma forma. Tuve miedo, la misma clase de miedo que siento ahora mientras escribo esto, esperando porque aparezcas, aunque sé que no lo harás. ¿Por qué habrías de salir de casa solo para escuchar a alguien decirte que todo lo que creíste hasta ayer ha sido una mentira bien montada? Yo tampoco lo haría. Y en un intento por cumplir ese sueño tuyo todo terminó. Desearía no tener que decirte esto, que tu memoria permaneciera limpia como está ahora, pero si no termino esto de una vez no lo haré jamás, y quiero que puedas ser libre, que me sueltes de una vez por todas si es que mis acciones no han terminado de matar ya todo el amor que sientes por mí.

Nunca quise dejarte ir, y si iba a hacerlo no esperaba que fuera de la forma en que ocurrió.

Mori te encontró antes que yo una noche en que te propondría irnos de viaje y no volver. Planeaba contarte todo, yo estaba loco por ti y quería renunciar a la mafia con tal de estar a tu lado. Pero olvidé algo importante, uno no está en ese mundo gracias al amor, mucho menos puede salir por el mismo motivo.

La última vez que te vi estabas hecho un ovillo en la cama de una habitación llena de hombres dispuestos a dispararte las veces necesarias, o a hacerte cosas incluso peores. Tuve dos opciones en ese entonces, matarte o irnos después de que profanaran tu cuerpo. ¿Cómo podría volver a mirarte si permitía que te hicieran daño solo para salvarme de seguir viviendo de esa forma? Pensé en asesinarlos a todos, claro que pude haberlo hecho, pero tú estabas ahí indefenso, inconsciente ya y si te sucedía algo no hubiera podido perdonármelo jamás. Entonces decidí hacer un trato con mi jefe, dejarte ir a cambio de renunciar a ti y heredar la organización.

No te dejé porque así lo quisiera, lo hice para librarte de la situación en la que yo mismo te puse. Podré morir y jamás me disculparé lo suficiente por hacerte pasar por ese infierno.

Después de eso no pude saber qué sucedió contigo. Te enviaron a otra ciudad y al parecer borraron tu memoria. Confíe en que Mori no te haría nada y así fue, porque él sabía que no le convenía enfrentarse a mí. Oda, mi amigo, me ayudó a darte lo único que podía para que vivieras bien y lejos de mí. El dinero que encontraste cuando te enviaron a otra ciudad te lo di yo, creo que fue la única forma de disculparme que pude encontrar. Tres años pasé rogando porque, estuvieras donde estuvieras, te encontraras bien. Y también pedía que no me recordaras, que no supieras nunca que había alguien que te amaba con el alma y que era lo peor que te pudo suceder. No pensé volver a encontrarte jamás, y tienes que saber que, aunque no lo hubiera hecho, jamás habría podido olvidarte. Estás tan presente en mí como la vida misma, e incluso ahora que sé que no podré tenerte sigo amándote de la misma forma. Esos sentimientos nunca menguaron, y nunca lo harán.

Intenté recuperarte en cuanto te encontré en ese barco, no sin antes tener un gran debate conmigo mismo. Sé que no me recordabas, pero parecía que tu amor tampoco se había esfumado. Creo que ya sabemos de sobra que no estamos hechos para estar juntos, por mucho que eso me duela. Sé que tú sufres también y me odio por eso.

Al fin pierdo tu camino aquí. Esperé mucho tiempo para poder volver a verte, y así vuelva una y otra vez al mismo lugar sé que no podré encontrarte más. Pasaré años sin poder borrar tu imagen, no sé cuánto viviré, pero no será suficiente para olvidarte. Te prometo que cada día pediré por ti en mis oraciones, si es que hay aún algún dios que quiera escuchar las plegarias de este imbécil. He hecho muchas cosas mal durante mi vida, pero puedo asegurar que tú fuiste mi único gran acierto.

A ti, en el futuro distante, si algún día quieres volver siempre te esperaré. Estaré en una isla muy al sur de aquí. No importa si pasan años, o si encuentras a alguien que te merezca lo suficiente, cada que mire al mar esperaré porque aparezcas.

Te amo, Atsushi.