11
El Viaje
-¡Deja de correr y dime qué fue lo que escuchaste!
Joao se sorprendió mucho al ver a aquel niño pequeño, esbelto, enfurruñado, volviéndose como de piedra a pesar de los tirones del mayor para forzarlo a avanzar. La carrera desaforada frenó sobre el camino del Mar, por el lado de las posadas donde los marineros comunes iban a refugiarse, noche tras noche, olvidando la antigua prohibición de que abandonaran sus naves.
El muchacho portugués hizo gestos de desesperación con las manos, pero no hubo manera de que su acompañante continuara. Desesperado, bufó.
-Si quieres saberlo, ya te digo… Escuché a los sevillanos hablar… dijeron algo de un tesoro, ouro, diamantes, cosas muy hermosas y que ellos iban a aprestarse a tomarlas. Entonces lo supe…
-¿Has dicho oro… has dicho diamantes? –los ojos de Antonio se abrieron tanto que sus párpados casi desaparecieron. De repente todas las ilusiones, historias y sueños que lo habían acompañado por vivir en uno de los puertos más acaudalados del imperio se materializaron. -¿Algo así como… un tesoro?
Para su desconcierto, Joao agitó la mano, quitándole importancia.
-Qué más da, esos hombres son peligrosos, Antonio… eso es lo que supe… ¡Son piratas, Antonio!
-Imposible. –el niño negó con la cabeza efusivamente. –Si fueran piratas jamás habrían entrado al puerto. Todos los puertos conocen los barcos piratas y así saben como repelerlos.
-Pero es que el barco en que han llegado no es suyo. Lo han atracado, eso les escuché decir.
-¿Y porqué me llamaste, para empezar? ¿Porqué no los acusaste con algún oficial?
Entonces, el mayor inclinó la cabeza, y un rubor desconcertante apareció en sus mejillas. Antonio, impaciente, le hizo señas para que continuara hablando, pero pudo ver cruzar los ojos de Joao una sombra de inquietud… y de vergüenza.
-¿Sabes porqué padre es un navegante? –preguntó por fin. El español negó con la cabeza, visiblemente contrariado. –Porque padre deseaba buscar un tesoro. Eso me lo dijo. Quiere ser un segnor del mar.
-¿Señor del mar? ¿Qué…?
-Es una leyenda… una historia muito antigua, que comenzó según mi padre cuando se firmó ó Tratado de Tordesillas, por el que España obtuvo el Nuevo Mundo y Portugal sólo las sobras de oriente. –al decir esto, Joao no pudo ocultar su rencor natural, y Antonio prefirió no interrumpirlo. –Padre me dijo que hace tiempo, cuando eso pasó, os conquistadores se dividieron el mar con cuatro cartas, sendo la de Portugal la carta de diamantes. Mais resultó que su dueño murió en la costa de África, donde había amasado una gran fortuna, y se la arrebataron unos piratas luego de forzarlo a explicarles porqué la llevaba consigo como si fora… nao sé… algo sagrado. –el español asintió simplemente, embelesado. –Desde entonces las cuatro cartas pasaron de mano en mano, y cada dueño le da un distinto valor y significado, pero como sea, si la tienes te reconocen como Señor del Mar y entonces tienes poder sobre los otros navegantes, sean marineros do trabajo o piratas.
-Entonces… tu padre… -susurró Antonio. Joao asintió y el muchacho, sonriente, empezó a dar palmas. -¡Qué emocionante! Tu padre, un Señor del Mar…
-Pero no sirve de nada, porque un Señor do Mar debe ser importante e reconocido… y mi padre no lo es. –explicó llanamente. –Es por eso que he decidido buscar el mapa del tesoro que han mencionado los sevillanos y entregárselo para que por fin se haga de su propia fortuna y no tenga que seguir sufriendo, navegando en temporales e recibiendo mala paga.
Sin medir ni pesar el riesgo, como dos niños jugando a la aventura, Antonio y Joao dirigieron sus pasos hasta la playa, donde los barcos abandonados de aquéllos que no habían podido zarpar se dejaban agitar por las fantasmagóricas aguas. Al estar delante del barco sevillano, dudaron.
-¿Y ahora?
-Agora… tenemos que entrar. –susurró Joao. Había perdido todo rastro de ligereza en la voz y sus ojos se entrecerraron bien fijos en la nave.
Por regla general, el camarote del capitán se localizaba junto al aparejo, sobre la popa, y mar adentro. Las aguas estaban turbadas y apenas acercarse, las primeras olas parecieron empujar de vuelta a los dos niños y hubo de pasar un largo rato antes de que, por fin, envalentonados por la adrenalina, se arrojaran al agua. Los dos forcejearon contra las olas y con la falta de suelo firme para apoyarse; Joao se aventajaba gracias a su estatura y a la fuerza física que obtuviese por años en el mar, y Antonio, tiritando y estirando el cuello para que el mar no lo cubriera por completo, se aferraba al casco palpando las separaciones de madera para sujetarse.
Cuando por fin alcanzaron la popa, el mar le llegaba por las axilas a Joao y Antonio farfullaba y escupía chorritos de agua, manoteando asustado.
-¡Joao… por favor…!
-Tranquilo, ahí está el aparejo. –señaló la larga y estrecha fila de vitral que adornaba la popa, pero Antonio no le prestaba atención.
-¡Joao… me ahogo de pie! ¿Cómo vamos a entrar, de todos modos?
El portugués se redujo a mirarlo en extraño silencio; no lo había pensado. Esperaba que la mar los obligara a nadar hacia arriba, tal vez, y entonces podrían sujetarse del aparejo o de la borda misma, pero el agua no estaba tan embravecida aún. Deberían esperar a que comenzara la tormenta y entonces… todo estaría perdido para ambos.
Pero la fortuna vino en su auxilio. Un gruñido, seguido de una carcajada, y una silueta los forzó a ocultarse bajo el aparejo, Antonio en precario equilibrio, Joao con el corazón en la garganta. La silueta volvió a reír y entonces, vieron otra más alargada justo del otro lado tensarse y destensarse. Entonces la vieron; la soga del ancla.
Esperaron a que los ruidos del posible vigía se alejaran para dar vuelta y acercarse al ancla; Joao se colgó a la cuerda y empezó a trepar, boca arriba, con la agilidad de su experiencia. Antonio en cambio tropezó varias veces antes de por fin estar bien sujeto, y entonces sólo logró avanzar lentamente. La exasperación de su compañero le explotó en la cara al alcanzar la cubierta.
-¿Eres una tortuga? ¡Vamos ya!
Amparados por las sombras (el barco no tenía ni una sola tea), los dos se deslizaron hasta la cámara principal. No hubo necesidad de forzar la entrada, no tenía cerrojo ni manija, sólo un pedazo de madera a guisa de tope que retiraron con facilidad.
-Con perdón tuyo, mais los españoles no saben mucho de llaves. –musitó Joao mientras se colaban. Adentro estaba aún más negro que la pez, y Antonio tuvo miedo de tropezar con lo que fuera, por lo que quedó con la espalda pegada a la puerta mientras Joao, práctico, buscaba a tientas.
-¿Cómo sabes dónde buscar? –preguntó el muchachito español, echando rápidas miradas hacia afuera por la rendija. Le asustaba que el vigía regresara o aún peor.
-Padre guarda sus cartas en una cava… os sevillanos seguro también o…
-O en un cajón con llave. –se lamentó Antonio. La búsqueda se alargó, y sólo podía oír en la penumbra las cosas que Joao apartaba con las manos; incluso el joven portugués comenzó a impacientarse y a hablar muy rápido en su lengua, mascullando improperios mal mezclados con otro idioma que Antonio sospechó sería el mismo con el que le habló a los esclavos el día de su arribo.
Fue entonces que pasó lo peor. Un silencio repentino, luego un quejido ahogado y un crujido estrepitoso, y Antonio oyó un silbido agudo en la cubierta. Los habían escuchado y lo que era peor, iban hacia ellos.
-¡Joao! –gimió.
-¡Sí, sí, espera! –oyó un revuelo, como si llovieran papeles, y entonces el portugués lanzó un grito de triunfo. -¡Lo he encontrado! ¡Ya está, Antonio!
Un fulgor amarillo en el exterior los alertó; Joao se topó con el rostro pálido de Antonio, y éste con su amigo que agitaba un grueso pergamino sin sellar.
-¿Ahora qué hacemos? –urgió el menor, al ver que la luz aumentaba. A su vez, un vocerío terrible los acompañaba.
-¿Dónde estarán las ratas? ¡Buscad abajo!
-¡Capitán, vuestra cámara!
-Al mar. –ordenó Joao, cogiendo el pesado cajón como si fuera una pluma y estrellándolo contra el aparejo. Los frágiles cristales, que desde fuera resistían tan bien el embate del mar, cedieron al golpe del portugués y fueron a dar al agua, cada vez más revuelta, junto con el cajón mismo. Sin pensarlo dos veces, los dos niños saltaron, a tiempo para no ver cómo la puerta de la cámara se abría de par en par y un grupo de piratas se veían burlados.
Los dos niños consiguieron, con dificultad a causa de la marea, ocultarse al amparo de la popa de un leño, y desde ahí observaron el destello de las teas que los buscaban en las aguas lóbregas. Los relámpagos sonaron más cerca y, muy pronto, comenzaron las primeras gotas de lluvia. Solo hasta ese momento las teas se alejaron y los dos, temblando de frío y de miedo, pudieron rodear el leño y salir a tierra firme, perdiéndose a toda prisa de regreso por la calle de la Mar.
-¡No quiero volver a hacer esto nunca! –exclamó Antonio, escupiendo y tiritando. Joao en cambio estaba pletórico de felicidad.
-¡Por fin mi padre podrá tener su tesoro! ¡Será un auténtico Señor do Mar!
-¿Y por lo menos me darán una indemnización por esto? –gruñó el español, exprimiéndose la camisa sobre los adoquines.
-Puedes venir con nosotros y tomar lo que más te guste del tesoro. –le contestó Joao. –Mais si aceptas quiero que entiendas que no será un viaje agradable. En el mar, hay muitas cosas que no son buenas, como las tormentas, el hambre y los piratas.
-Acabamos de derrotar a unos, ¿qué podría ser peor? –Antonio seguía hablando con rabia pero ahora su carita sonreía.
-Eso lo dices porque eres un nihno, mais cuando lo veas entenderás. –replicó el portugués enigmáticamente.
La excitación por la nueva aventura hizo que, apenas amanecer, Antonio tomara su decisión aún envuelto en su tibia cobija.
-Madre, Joao me ha dicho que podría acompañarlo a un viaje.
La mujer se redujo a mirar a su hijo con contrariedad. Habían pasado juntos toda su vida, ella siempre buscando amparar al pequeño de cualquier daño que otros buscaran provocarle, por su propia causa o por la malicia natural del vulgo, y ahora cuando comenzaba a creer que su vida estaba hecha…
Dejó caer los puños en las rodillas y agachó la cabeza, impávida, con Antonio buscando desesperadamente en su rostro la respuesta que anhelaba oír.
-Antonio, hijo mío… -dijo entonces, cuando el españolito comenzaba a rendirse. -¿Cuántos años tienes ya?
-Diez años, madre.
-¿Y qué es lo que los niños de diez años deben hacer?
Antonio abrió y cerró la boca varias veces, sin entender. La mujer volvió sus ojos al pequeño, sonriendo nostálgica. No lo había notado, pero su hijo había crecido mucho en poco tiempo, sus pies ya no colgaban de la silla como antes y a pesar de que en su rostro aún brillaba la inocencia más cándida y alegre, ya estaba próximo a convertirse en un hombre.
Un hombre…
-Un viaje… -susurró la mujer, por fin. –Un viaje no te hará daño.
Antonio, sonriente, se levantó de un salto y la rodeó con los brazos, tan emocionado que casi no se fijó en el cuenco de leche derramado que vertía su contenido sobre la mesa.
-¡Gracias, madre! ¡Muchas gracias! ¡Volveré! –prometió, soltándose y corriendo en dirección a la puerta. -¡Volveré, y cuando lo haga os traeré regalos de lo más lindos! ¡Ya verás, madre!
Sin pensar, se arrojó por la calle de la Mar hacia el puerto. No se detuvo sino hasta que su cuerpo, rendido de cansancio, lo forzó a detenerse a la altura de una fuente; ahí bebió usando su mano como cuenco y volvió, con paso más lento, a su destino.
Tal y como imaginó, los barcos que durante los días anteriores habían estado anclados se movían, de vuelta al mar, en busca de su sustento allende la costa. El galeón portugués continuaba en su sitio pero incluso el barco sevillano había echado a andar; Antonio se imaginó a aquéllos piratas rendidos, molestos por la pérdida de su mapa, no teniendo más remedio que ir a refugiarse a otro sitio, acaso algún ciudadano hubiera ido ya a dar cuenta de su posesión.
Joao, de pie junto a la proa, pensaba lo mismo.
-Eu sabía que harían eso, os piratas no iban a quedarse a ser arrestados, y si reclamaban el robo sólo se pondrían en evidencia. –explicó llanamente, encogiéndose de hombros.
-¿Y tu padre, qué ha dicho?
-Desea zarpar mañana mismo. –de pronto, el rostro de Joao pareció ensombrecerse. –Não entiendo, creí que nos iríamos hoy.
-¿Y pensabas dejarme aquí? –inquirió el español, cruzándose de brazos.
-No es por eso… Padre ha esperado toda una vida por esto y ahora… -distraídamente, el portugués miró hacia el mar, silencioso, oteando el horizonte. Antonio hizo lo mismo pero sin entender el motivo de aquélla preocupación dibujada en su cara.
-Pero lo que importa es que lo harán. –le cortó el niño, aún emocionado. –Ustedes irán allá, al Nuevo Mundo… ¡se cubrirán de tesoros!
-Eu sé… Mais sigo preocupado. –admitió. –En fin, padre sabe más que yo de eso, tendré que fiarme de él.
Pero su confianza pareció mermar a lo largo del día, porque cuando Antonio le hizo jurar que lo esperaría al alba, para marcharse juntos, Joao gruñó en voz baja. La duda acompañó al más pequeño hasta la madrugada cuando no pudo más, hizo su hatillo con sus pocas pertenencias y se marchó, echándole una última mirada a su madre que aún dormía.
-Cuando vuelva –susurró –tendrás un collar de oro puro, madre. Yo mismo te lo traeré.
El camino hasta la playa le pareció más largo que nunca, y su mente no dejaba de volver al calor íntimo de la casa materna donde su progenitora seguramente dormiría unos minutos más antes de, aún aturdida por el sueño, dispusiera todo para el desayuno (el primer desayuno que tomaría sola, pensó Antonio con el estómago encogido) antes de salir a vender. Trató de disipar sus dudas con las mejores intenciones, soñando despierto con las bolsas cargadas de oro con que volvería a Barcelona, y los muchos vestidos bonitos que se compraría su madre y, tal vez, hasta un pequeño palacio con su servidumbre para que ella, jamás, tuviera que levantarse temprano a enfrentar el frío matutino.
El barco portugués estaba siendo cargado, y en la proa colgaba en actitud cedente Joao, que al ver al pequeño español le lanzó una soga. Ésta aterrizó en la arena, cerca de los pies de Antonio.
-Nosso barco, nossa reglas. –explicó llanamente. Antonio se acomodó bien la soga trenzada que usaba para colgarse el hatillo y luego, sin mucha prisa y con el corazón angustiado, cogió el extremo del áspero género; Joao tiró de la soga ayudándolo a subir, y cuando Antonio apoyó un pie sobre la proa, se dejó caer cuan largo era en el bauprés.
Arriba, sólo estaban los dos muchachos y un puñado de portugueses que hablaban en agitados susurros. Los ojos del español dieron con el rostro de Joao, interrogándolo en silencio. Éste replicó tranquilamente, encogiendo los hombros:
-Es normal. Su capitán acaba de decirles que irán al Novo Mundo y no tienen idea de porqué.
-Se les quitará el miedo cuando vean lo que hay allá. –aseguró Antonio, inflando el pecho muy orgulloso de sí mismo. Joao giró los ojos y, por primera vez desde que se hicieran con el mapa, sonrió.
Los últimos en subir al barco fueron los altos vigías africanos con quienes al parecer sólo Joao podía comunicarse; el capitán, un hombre fornido y de rostro tan rugoso como un pergamino pero, visiblemente joven aún, caminó por toda la cubierta dando indicaciones en portugués, a las que Joao desde la proa atendía con los ojos encendidos hasta que varios vítores terminaron por minar la incertidumbre de la tripulación y todos a una se pusieron en movimiento.
-¡Vamos, Antonio! –le apremió de repente el portugués, tirando a su compañero de la larga camisa hasta que cruzaron, como un rayo, el castillo de la nave y aterrizaron sobre la cubierta. Los marineros desplegaban sus velas, subían la pesada ancla y maniobraban para sacar por fin su embarcación del estrecho pedazo de playa en que estuvieron varados tanto tiempo. Antonio se apostó del lado estribor, mirando ya a los hombres, ya al mar y de vuelta a las tierras de Cataluña, soñando, temiendo, deseando como sólo los seres aún inocentes pueden hacerlo. No había más rastro de los sevillanos, no tenían nada delante más que el horizonte oceánico y una promesa de paraíso a tan sólo algunas semanas de viaje. En ese momento no había nada que lo desanimara, ni el ardiente sol, ni las olas salvajes ni el temor, cada vez más lejano, a los piratas.
Joao, pese a ser hijo del capitán, pasaba más tiempo llevando y trayendo cosas de la bodega que con él; los africanos acostumbraban ayudarlo con los fardos más pesados por la tarde y, por la noche, se apostaba uno a cada extremo del barco, como furibundos centinelas que, a las primeras luces del día, se retiraban a los camarotes a descansar unas merecidas horas.
El camarote fue tal vez lo primero que desconcertó realmente a Antonio. Había pasado toda su vida en tugurios y casitas más bien menguadas, pero convivir con tal cantidad de hombres a la vez, teniendo por espacio un jergón mugriento que Joao se ofreció a compartirle no era su idea de comodidad; además, el ambiente durante el día estaba viciado por el tufo de la brea y el licor que se almacenaba en la bodega, colindante al espacio que ocupaban en la panza del galeón, y por la noche sólo se escuchaba el crujido de las maderas, los suspiros de los durmientes y el incesante clamor del mar; esto último fue tal vez lo que más ayudó a que el pequeño español no perdiera rápido la cabeza, pues el susurro del agua que agitaba el casco bastaba para hacerle conciliar el sueño, llevándolo lejos de ahí y de vuelta a Barcelona, a los amorosos brazos de su madre, o a una tierra exótica donde los árboles daban frutos de oro tan pesados que hacían quebrar sus ramas.
Apenas a una semana de aventura, la excitación del menor descendió con tal fuerza que, de no ser por Joao, la habría pasado echado en el jergón mirando el techo totalmente apático. Su amigo lo convenció con buenas razones de que los viajes eran fastidiosos, sí, pero que siempre tenían su recompensa, por lo que comenzó a llevarlo con él a la bodega para subir, tres veces al día, con los costales de comida y los odres de agua fresca. Antonio entonces le preguntó para qué guardaban dos toneles de vino si jamás se consumían.
-Está prohibido beber durante un viaje. –explicó Joao mientras le pasaba otro odre lleno de agua. –Si os marineros bebieran, podría haber peleas y, quién sabe, hasta un motín.
-He oído sobre eso. –saltó entonces el español, dejando sobre un banco su costal de papas. –Es cuando todos los marineros se ponen de acuerdo, asaltan al capitán y lo matan, ¿no es así?
Joao asintió sin mucho interés, colgándose los odres del cuello por medio de unas tiras de hilaza. Las historias que Antonio conocía en tierra no le sorprendían, y el pequeño pronto sabría el porqué.
Estando ya a casi dos semanas de viaje y con la proa de la nave apuntando hacia las primeras islas del Nuevo Mundo, una noche en que ni siquiera la más leve brisa agitaba las velas el capitán se dio por vencido y le ordenó a sus tripulantes a echar el ancla esperando al amanecer para continuar su camino. Los marineros interpretaron la orden a su modo y, luego de que los africanos encendieran las antorchas de seguridad, se reunieron en la cubierta para charlar, cada uno hablando de sus impresiones en tierra, más vastas que las de mar porque en Barcelona cada cual dirigió sus pies a donde quiso. Antonio, acurrucado en el hombro de Joao, cabeceaba entre más minutos transcurrían hasta que un hombre soltó una carcajada estridente y comenzó a hacer gestos de lo más estrambóticos con la mano.
-Está procurando voçe? –preguntó Joao, zarandeando un poco a su amigo. –Vamos, Antonio, están hablando de algo que te interesa. ¡Eh, Francisco! ¡Por favor, repita a história em espanhol!
El tal Francisco, un hombre nervudo y alto con una poblada barba castaña, rió por lo bajo y asintió:
-Como desee, pouco capitão. –repuso. –Eu los vi, a distancia… Era um barco, uno muito grande, con sus velas teñidas do sangre como la que más… -Antonio estaba atento por fin, sentado muy recto. –E cuando mi tripulación se acercó al barco vio que la cubierta estaba toda roja… ¡roja de sangre! –exclamó, agitando los brazos de manera tan repentina que varios, incluido el pequeño español, retrocedieron. –Nos acercamos más y lo vimos… mulheres, hommes, nihnos… todos muertos. Todos llenos de sangre. –añadió en un susurro teatral, mirando a su público con interés. –Habían sido piratas, lo sabíamos todos… Tomamos las espadas e não bajamos la guardia. Entonces vimos que no muy lejos estaba otro barco, varado… ¡debía ser el barco pirata! Mais eso significaba peligro, y el capitán nos dijo, "Debemos volver", mais eu e otros de la tripulación se negaron, porque sabíamos… sabíamos que era muy raro… ¿porqué os piratas no tomaron lo que llevara el barco y zarparon? ¿Porqué seguían ahí?
Antonio asintió en silencio, embelesado con el relato. Al fin y al cabo, los sevillanos habían resultado relativamente fáciles de evadir, pero no podía pensar lo mismo de unos piratas que no vieron a mal asesinar a toda una tripulación.
-Entonces inspeccionamos en todos lados. –continuó el tal Francisco. –Eu entré a la cubierta do capitão… ¿Mais qué creen que me encontré? –preguntó de nuevo mirando a la concurrencia. Varios se redujeron a negar, curiosos, y Antonio se atrevió tímidamente a preguntar, sin notar la mirada de advertencia de su amigo:
-¿Un… tesoro abandonado?
-¡Não! Algo muito melhor… -contestó el hombre. -¡El capitão de los piratas! ¡Ahí! Estaba dormido… ¡dormido sobre el cadáver del otro capitão! E con él estaban todos sus bandidos… ¡habían encontrado un barco que transportaba vino, e todos tomaron hasta caer rendidos! –entonces ahí regresaron las carcajadas y Antonio entendió que los gestos hechos con anterioridad eran una parodia a las cómicas posturas en que habían encontrado a los piratas. El español se unió a las risas.
-¿Y qué hicieron entonces? –preguntó cuando se calmaron un poco.
-¡Ah! Los matamos. –contestó tranquilamente el portugués. –No había ningún sitio al cual llevarlos e, supongo, a la justicia no le habría importado que murieran así como así. Además les hicimos un favor. –añadió con una repentina solemnidad que desconcertó a Antonio.
-No entiendo…
Joao se aprestó a explicarle.
-Los hombres que viven del mar deben morir en el mar… o ser enterrados cerca del mar… Es una tradición antiquísima…
-Y más si se es un pirata. –agregó Francisco, dando por terminada su historia. Antonio alzó la cabeza, soñador, hacia el cielo. Había tantas cosas que desconocía sobre el mar que, sólo ahora que dependía de él totalmente, comenzaban a mostrarse claras ante sus ojos; de repente le entró algo de nostalgia al pensar en esa cubierta ensangrentada, y se preguntó si en tierra firme, lejos de tales peligros, estaría su madre dormida al fin, soñando tal vez con el único hijo que tenía y al que la aventura le había arrebatado con tanta crueldad.
El niño se puso de pie, estirando brazos y piernas antes de caminar hasta el castillo, adormilado. Los días le habían parecido casi eternos, y no había señales de civilización en millas y millas a la redonda; se preguntaba si de verdad aquél mapa llevaba a algún lugar, o si no estarían navegando en círculos, perdidos para siempre en la inmensidad a veces negra, a veces turquesa, del océano que se revolcaba a sus pies y cuya blanca espuma lamía el casco de su nuevo hogar flotante.
De repente, oyó un campanazo seco, extraño, que no había oído antes. Giró la cabeza y descubrió que todos, de repente, estaban moviéndose de un lado a otros visiblemente perturbados, y mientras todo eso pasaba la campana seguía haciendo su tristón eco, poniéndolo nervioso.
-¡¿Qué haces?! ¡Ven acá!
Joao lo sujetó de un brazo y tiró de él lejos del castillo.
-¿Qué está… qué está pasando? –preguntó Antonio mientras veía entrar y salir a los marineros, portando machetes y armas de fuego salidas de quién sabe dónde. Sin embargo, la respuesta ya la sabía de antemano.
-Hay un barco a la distancia… sin señal de ningún tipo. –explicó su amigo, conduciéndolo hasta la escotilla de los camarotes y vadeando un mar humano que no los dejaba avanzar. Cuando ya estaban ahí, esquivaron jergones y hamacas hasta una puerta contigua en la que Antonio no había reparado, la empujaron y descubrió por fin qué guardaban; era la bodega de las armas, y ahí en su momento debieron apilarse juntos todos los mosquetes, cuchillos, hachas y espadas que ahora portaban los portugueses dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias para defenderse.
Joao, sin pensarlo dos veces, descolgó un machete de tamaño medio, y luego le echó un vistazo rápido al español antes de extraer la última pistola.
-¿Sabes usar una de éstas? –preguntó. Antonio palideció hasta la raíz del cabello, mirando ya a la pistola, ya a Joao, con la contrariedad marcada en su rostro. –Tendrás que aprender a usarla si quieres vivir.
Sin decirle más, le depositó el arma en las manos y salió corriendo a la cubierta. Antonio, congelado en la bodega, sintió sus manos temblar bajo el peso de la pistola, incapaz de siquiera mirarla porque, si lo hacía, un vértigo brutal se apoderaría de él y seguramente lo haría caer al suelo. Una cosa era jugar en casa, fingir que se saltaba sobre los enemigos y se les descargaba un disparo en la cabeza, pero otra era tener un arma de verdad y saber que, un solo tiro, podría matar a un enemigo o a un amigo.
La campana dejó de sonar. Antonio volvió en sí y, temblando, salió despacio de la bodega. Afuera, sus compañeros de viaje miraban a babor y así él mismo lo hizo; delante de ellos se deslizaba un barco pequeño, solitario, en el que no alumbraba ni una sola tea; la expectación era insoportable, y cada hombre abordo parecía haberse vuelto todo nervios, todo piel.
El capitán, de pie delante de todos, tenía los ojos entornados; Joao estaba a su lado, y solo así Antonio se atrevió a avanzar entre la callada multitud, plantándose junto a ellos aunque, al parecer, su amigo ni siquiera lo notó. Vieron apenas el monstruoso casco del barco, lleno de escoriaciones, pasar por su lado y un escalofrío general recorrió a la tripulación; muchos llegaron a pensar que lo que veían era un barco fantasma, y eso sólo lo hacía aún peor.
Y, entonces, oyeron un tronar sordo… y uno de los mástiles del barco portugués se astilló haciendo volar trozos de madera en varias direcciones. El barco les había disparado.
-¡RÁPIDO! –urgió el capitán, y los marineros echaron a correr de un lado a otro; hubo un segundo disparo y una bala de tamaño descomunal pasó rozando la cabeza de los dos Da Silva antes de darle de lleno a un hombre que pasaba hacia estribor. Ni siquiera alcanzó a dar un último grito cuando se desplomó en la cubierta manchándola con su sangre. Antonio desvió rápidamente la mirada, horrorizado.
-¡Antonio, corre! –bramó Joao, y los dos menores se deslizaron entre los demás buscando ponerse a resguardo de los cañones. Pronto, sus propias baterías estallaban furiosas sin un orden exacto; ya a la sombra de las escaleras que llevaban al camarote del capitán, Antonio se atrevió a asomarse.
Una luz se encendió en el barco enemigo, luego otra, y otra, hasta que varias antorchas iluminaron su cubierta. De pie delante de ellos, riendo, estaba un hombre que a Antonio no se le dificultó reconocer: era el capitán sevillano… pero ése no era su barco, ése era mucho más grande y, evidentemente, mejor preparado para el combate que el otro. Pero, ¿porqué estaba en un barco ajeno? ¿Lo había acaso hurtado? La historia de la cubierta ensangrentada volvió a la memoria del español, que se redujo a encogerse aún más buscando pasar desapercibido, pero en su corazón sabía que eso no le ayudaría en nada. Estaba condenado.
La lucha se volvió más encarnizada, y los primeros piratas comenzaron a abordar el galeón; los portugueses se abalanzaron sobre ellos y hubo un choque de espadas e intercambio de disparos que aumentaron la confusión abordo. Antonio sólo se reducía a mantener el cuerpo pegado a la puerta del camarote, cada vez con más insistencia, hasta que ésta cedió y, dando un grito ahogado, el niño se fue de espaldas. Se incorporó a toda prisa y corrió a esconderse detrás de la alargada mesa, donde vio de refilón el mismo mapa que llevaba Joao, el mapa del tesoro por el que se había embarcado en la peligrosa empresa.
De pronto, tuvo un presentimiento. Los piratas estaban ahí, buscando seguramente su mapa… y si no daban con él… Rápidamente lo tomó y lo ocultó dentro de su camisa, ajustándola con ayuda de la pretina de su pantalón, y luego de eso escapó buscando no dejar huellas de su presencia.
Al salir, sin embargo, se encontró con un cuadro terrible. La cubierta estaba tapizada de cadáveres, entre ellos uno de los vigías africanos al que, al parecer, hubo que apuñalar y disparar varias veces antes de darlo por muerto; delante, sólo un puñado de portugueses seguía combatiendo, y entre ellos estaba el capitán. Antonio buscó instintivamente con la mirada a su amigo… y lo encontró; estaba trepado sobre uno de los "clavos" del mástil de triquete, y sostenía lo que parecía ser una red mugrienta. Joao entonces descolgó la tea que estaba a la altura de sus rodillas y la arrojó sobre la red, haciendo que se encendiera mucho más rápido de lo normal, por lo que el menor supuso que la había cubierto de brea. Joao arrojó la red y ésta cayó limpiamente sobre un par de piratas que buscaban abrir la escotilla, y los dos hombres rodaron chillando de dolor mientras las llamas los consumían.
-¡Alto al fuego! –bramó una voz estridente y horrorosa. Los piratas, ahora más numerosos que sus rivales, rodearon al capitán y a sus hombres; Joao descendió rápidamente, pero uno de los sevillanos lo detuvo apuntándole al pecho con su espada. Antonio, paralizado, sólo era capaz de mirar. Había incluso olvidado la pistola en el camarote y estaba totalmente indefenso.
El capitán pirata se pasó entre sus prisioneros, sonriendo malicioso, observando de cerca sus desolados rostros. Entonces se plantó frente a Joao, lo midió, le acarició los cabellos y, luego de soltar una carcajada, descargó un puñetazo en su rostro haciéndolo rodar por la cubierta. El capitán portugués bramó, y Antonio lanzó un "¡No!" horrorizado.
-Hace unas semanas… -comenzó a decir el pirata, caminando alrededor de Joao. –un muchacho entró a mi barco e hizo un alboroto tremendo… un muchacho que casualmente se parecía mucho a éste buen mozo. –agregó, dándole un puntapié en los riñones al portugués.
-¡Deje a mi hijo! –exclamó el capitán. -¡Ha estado conmigo… todo el tiempo que estuvimos en un puerto… en Barcelona… es imposible…!
-Pero nosotros estábamos en ese mismo puerto. –aclaró el pirata. –Y no hay muchos barceloneses que pudieran confundirse con vuestro… ¿lo ha llamado hijo? Qué interesante giro ha tomado esto. –agregó, inclinándose y sujetando a Joao por el cuello de la camisa antes de ponerlo delante de sí y extraer de su cinturón un puñal. Todos los portugueses ahogaron un quejido. –Id… ¡Id, ratas malditas, y buscad el mapa! –ordenó, y un par de piratas se dirigieron al camarote del capitán; se escucharon golpes, patadas, los sordos batacazos de cajones y muebles al caer y luego de eso los dos hombres regresaron, rendidos, negando con la cabeza.
-No hay nada, capitán. –dijo uno, abatido. La cólera del pirata aumentó y colocó el puñal sobre el cuello de Joao.
-¡¿Dónde está el mapa?! –exclamó, mirando al padre del muchacho. -¡Decidlo, por todos los demonios, o juro que le cortaré la garganta al desgraciado!
El capitán portugués estaba visiblemente contrariado.
-Debe… debería estar ahí… sobre la mesa…
-¡¿Han revisado la mesa?! –gritó el sevillano, y sus hombres asintieron. -¡Mientes! ¡Mientes, perro! ¡Decídmelo o, os lo juro…!
El cuchillo acariciaba la delicada piel del cuello de Joao, que no podía hacer nada sino mirar, desolado, a su padre. Antonio tragó saliva, sintiendo el terror subirle como un veneno ardiente por su garganta; entonces, sin más, sin saber ni porqué lo hacía, dio un paso al frente, en dirección al pirata y a su amigo, con los ojos atemorizados pero el rostro estoico. Todos lo miraron desconcertados.
-Yo… -dijo. –yo sé dónde está el mapa.
El capitán pirata miró con interés al niño, entrecerrando los ojos. Luego sonrió ufano y apartó un poco el puñal de Joao.
-Vuestro acento no es portugués… ¿quién sois, muchachito?
-Eso no le importa. –contestó con más valentía de la que sentía. –Yo sé qué le pasó al mapa… porque yo lo vi… Era un mapa del Nuevo Mundo, ¿verdad?
-Así es… ¿Y dónde está?
Antonio infló el pecho, procurando mantenerse tranquilo. Era hora… Joao lo miraba con horror, y el resto de la tripulación, con titubeo.
-He sido yo… -dijo, por fin, lentamente. –Yo lo tomé… y lo arrojé al mar. –agregó, señalando al borde de estribor temeroso de que notaran el temblor en su mano.
-Es mentira… -susurró el pirata. -¡Estás mintiendo! ¡Yo sé que el mapa está aquí!
-Es verdad, capitán. –dijo otro sevillano. –Le he visto… le he visto salir corriendo del camarote mucho antes de que entráramos nosotros…
-¡NO! ¡¿Porqué lo habéis hecho, maldito…?! –el pirata soltó a Joao y se abalanzó sobre Antonio, cerrando las manos alrededor de su cuello con tanta fuerza que el pequeño se vio agitando los pies en el aire, indefenso, boqueando desesperadamente. Joao se lanzó sobre el capitán pero fue bloqueado por hombres que habían ido a inspeccionar. Momentos después, Antonio cayó de bruces en el piso, tosiendo. -¡¿Porqué, demonio, porqué habéis lanzado el mapa al mar… porqué ese mapa?!
-Porque… -Antonio trató de respirar lo más profundamente posible. –Porque fui yo… quien lo robó… en Barcelona.
-¡Não! –gritó Joao.
-¡No! –agregó rápidamente el español, reclamando de nuevo la atención de los piratas. –Lo siento mucho… He sido yo… Lo robé y se lo ve… vendí al capitán haciéndole creer que… que lo había recuperado entre unas ba… baratijas… Quería conseguir ese oro pe… pero no podía solo…
-¿Es eso cierto? –preguntó el pirata, volviéndose al capitán. -¡¿Es eso cierto?!
Todos los ojos se posaron en el aludido. Éste miró a Joao, luego al pequeño Antonio y, por fin, asintió; su hijo lo miró con los ojos desorbitados, pero con un segundo vistazo el hombre lo mandó callar. Joao entonces dirigió sus ojos a su amigo, preguntándole en silencio con el alma mortificada, "¿Porqué?"
-Bueno… bueno… -dijo por fin el pirata, recobrando la compostura. –Veo que tenemos más de una rata en este barco… ¿Qué debería hacer con una rata como tú, chaval? ¿Meteros en un saco y arrojaros al mar para que os ahogaras, como hacemos con todas las ratas?
-Capitán… -interrumpió otro de los sevillanos. -¿Porqué no lo llevamos con nosotros?
-¿Y para qué?
-¡Para las galeras!
-Está demasiado enclenque, no aguantará ni un viaje.
-Pero capitán, podría seros útil. En las galeras ocupan quien lleve la comida, ¿no? Y en todos los barcos necesitamos un grumete, ¿no es así? Y nos saldría en casi nada, y si acaso enfermara o saliera herido…
El pirata se pasó una mano por el tosco rostro, meditando. Luego de un vistazo rápido a los portugueses dijo:
-Llevad al chaval entonces… y elegiré a otros tres de la tripulación para llevárnoslos. Y también id a buscar los víveres, necesitaremos mucha comida si pretendemos alcanzar el Caribe.
Las órdenes fueron obedecidas y Antonio conducido a empellones junto con otros tres portugueses al barco pirata. El hedor en éste era aún más insoportable que en el galeón, y entendió muy pronto que su aventura jamás llegaría a cumplirse; y, mientras se alejaban, vio de refilón el rostro de Joao, desconsolado, dejando morir ahí su último rastro de niñez.
…
Yep, me tardé bastante en seguir con el fic pero… ¡He regresado! Con más de chibi Toño y Joao… Y piratas o_o ahora sí las cosas se pondrán feas de verdad.
Ahora, los comentarios:
Natsumipantoja: Tenía pensado comenzar la historia del revés (con Antonio chiquito y todo) pero al final preferí poner el "nudo" al mero comienzo :3 Sí, "Escarlata" es un RusMex que ha nacido y muerto tantas veces que aún no sé qué hacer con él n.n
Flannya: Jojojo XD ahorita no me siento con muchos ánimos de USMex… y el del café murió hace ya bastante tiempo ;-; lo siento mucho. Papá España en su versión niño es simplemente adorable (sólo lo he visto en los fanarts con su mega camiseta *o*) Jaja, lamento el cambio brusco n_n pero ya falta menos para volver a la línea histórica normal. ¡Saludos!
Antonio quedó solito en el barco pirata, ahora, ¿quién podrá ayudarlo?... Ok not XD sólo dos capítulos más y podremos volver en sintonía con la línea de historia original n.n Ahora, ¿qué cosas macabras le esperan al españolito con los piratas? ¿Cómo se librará de ellos? ¿El mapa le servirá de algo? Averígüenlo en el siguiente capítulo, por ahora… ¡adiosito!
