Capítulo X: Choque de titanes
-Te he visto venir.
Neuro se volvió y sonrió con un malicioso gesto de sorpresa. Alguien había ido a su encuentro al bosque.
-No imaginé que encontraría a alguien de tu nivel en un lugar como este -dijo.
Reborn bajó de la rama del árbol sobre la que había aparecido y se colocó frente al demonio. Había una considerable diferencia de altura entre los dos.
-De modo que el humano enloquecido de anoche fue obra tuya, ¿me equivoco?
-Es mi subordinado, yo no peleo a no ser que sea estrictamente necesario.
-Admito que es una sorpresa toparme con alguien capaz de ver con tanta claridad mis movimientos y de salir en mi búsqueda. Pareces una cría de humano normal y corriente -un destello demoníaco apareció en sus ojos-. Pero veo que las apariencias engañan. ¿Qué eres, humano?
-Soy un asesino -dijo el niño, sacándose la pistola de la chaqueta-. Tú también vas a por la Gecolis Casiopea ¿verdad?
El demonio rió con sorna.
-En efecto, pero no esperes que me alíe con vosotros -Neuro se quitó uno de los guantes, revelando una temible garra-. Creo que no me equivoco al pensar que ninguno de los dos aceptaría ser el subordinado del otro.
-No tendría por qué ser ese tipo de alianza, pero si insistes, podemos resolver esto como hombres civilizados.
El bebé le quitó el seguro a la pistola y sacó un segundo revolver idéntico al anterior.
-¿Qué me dices... demonio?
Neuro sonrió y se quitó el otro guante.
-Con ese juguetito tuyo no me harás mucho daño ¿sabes?
-Me alegra que lo menciones, porque me encantan los retos.
Todos los pájaros de los alrededores salieron volando como alma que lleva el diablo.
-¿Qué significa eso de que la planta ha contraatacado?
El Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia arrojó al suelo todo lo que tenia en su mesa y agarró por las solapas de la chaqueta al hombre que tenía delante, su ayudante.
-¡Exijo una explicación más convincente!
-¡N-nos ha devuelto el ataque, señor!
-¡Eso no es para nada convincente!
Soltó al pobre portador de malas noticias y se dirigió al interfono que estaba tirado en el suelo.
-¡Quiero un informe sobre lo que ha ocurrido en esa isla sobre mi mesa y lo quiero para ayer!
Para acabar, le dió una patada al interfono y soltó una sarta considerable de maldiciones nada recomendables.
-¡No me creo que esa planta haya hecho eso!
-P-pero lo ha hecho, s-señor... Ha absorbido el napalm... y el fuego... ¡y lo ha devuelto! Hemos tenido más bajas de las que usted estimó.
-¿Cuantas estimé?
-Ce... cero... señor.
-Bien -el Presidente del Comité de Erradicación de Amenazas en Potencia hizo crujir sus nudillos con gesto sombrío-. Habrá que enseñarle a nuestro invitado como nos las gastamos por aquí.
-¿En qué está pensando... señor?
El hombre sonrió.
-En rozar la ilegalidad. Recuerde que tenemos un contacto del que podemos echar mano en una situación de peligro extremo.
-¡N-no estará pensando en llamarlo a él! -el tipo se escandalizó y a punto estuvo de caerse al suelo-. ¡Es de la mafia, no podemos pedirle ayuda!
-Podemos... y lo haremos -volvió a coger el dañado interfono y pulsó el botón-. Súbanme un café bien cargado y a alguien que limpie mi despacho, está hecho una porquería. Ah, y díganle al señor Skull que mi ayudante irá a reunirse con él para un asunto de negocios.
La isla había quedado llena de cenizas y restos carbonizados de todo aquello que no era la Gecolis Casiopea. Se habían salvado algunas partes, claro está. La planta no podía permitir que toda la vida a su alrededor fuera incendiada y se había dedicado a proteger con sus propias raíces algunas superficies verdes para tener... algo de lo que abastecerse hasta que llegara el momento de continuar con su ciclo vital.
Bajo tierra, escondido en lo más oscuro del punto de impacto, alguien soltó una risita endemoniada que sonó como un tronco al ser serrado. Y de pronto, sin previo aviso, la flora volvió a crecer casi en su totalidad. Pero había una diferencia: la nueva estaba mucho más viva.
-¡Décimo, estamos listos! -anunció Gokudera señalando un barco amarrado al rudimentario muelle del puerto-. Y me he tomado una pastilla para la alergia que me ha dado el matasanos del pueblo y ahora estoy ligeramente mej... ¡atchús!
-¿Cómo has conseguido que esa gente te alquile un barco? -preguntó Tsuna, que cada vez estaba más nervioso por el destino que le esperaba.
-Tengo muchas dotes de convicción.
-No seas mentiroso, gamberro -intervino Haru con el ceño fruncido-. ¡Te lo ha prestado un tipo que asegura que no aguantaría ni un paseo de cinco minutos sin hacer aguas! Te han timado.
-¡Décimo, no se crea ni una palabra de lo que dice esta arpía blasfema!
La chica se acercó peligrosamente a Tsuna con una clara intención de captar toda su atención.
-Oye Tsuna, desde que empezó este viaje no hemos tenido ninguna oportunidad de estar a solas tú y yo -dijo, al tiempo que Tsuna retrocedía intentando no parecer demasiado intimiadado-. ¿Qué te parece si nos perdemos por ahí cuando lleguemos a esa isla?
-Haru... a esa isla no vamos precisamente de excursión...
-¡Está loca, Décimo, se lo he dicho!
La escena hubiera sido culminada con una pelea de gatas entre Gokduera y Haru si Ryôhei no se hubiera metido en medio de improvisto.
-¡Nada de peleas entre compañeros! -dijo, levantando un puño cubierto por un guante de boxeo-. ¡Reservad esa energía para la planta!
-¡Es este capullo, que se cree que es el brazo derecho de Tsuna cuando no tiene aptitudes ni para ser su meñique!
-¡Te voy a...!
Justo en ese momento apareció Yamamoto con los demás, trayendo lo que parecía ser un saco lleno de provisiones.
-Me las ha dado el dueño de la posada. Por lo visto le encanta el béisbol y en cuanto se enteró de que yo jugaba me pidió que le enseñara a batear con efecto. ¡No sabéis lo fácil que ha sido!
-Es un tipo muy simpático -sonrió Kyôko, que cargaba con una bolsa llena de bebidas.
-¡Y a mí me ha dado una bolsa de caramelos! -grito Lambo, intentando que I-Pin no tocara su bolsa.
-¡Pues a mí me ha dejado pendiente un corral de cabras, así que a callar! -dijo Gokudera tajantemente.
-Por cierto -dijo Haru-. ¿Vendrá con nosotros esa tal Katsuragi? Cuantos más seamos mejor.
-En principio sí -respondió Kyôko-. Pero dijo que se reatrasaría un poco, no sé que estará haciendo.
De inmediato, vieron aparecer a la detective rubia cargada con un montón de paquetes llenos de comida... y la boca también llena de comida.
-¡Ya ebtgoy aguí! -dijo, y después tragó lo que estaba comiendo-. Me las he ingeniado para conseguir más comida, por si falta.
-¡Fantástico! -dijo una sonriente Kyôko.
Yamamoto intentó coger alguno de los bultos que llevaba la chica, pero ella estaba demasiado agarrada a ellos y no parecía dispuesta a soltarlos.
-En fin, al menos tendremos una buena merendola -rió.
Tsuna contempló a todos sus amigos riendo y hablando sobre lo que harían una vez llegaran a la isla. Debería haberse sentido alegre... pero estaba más bien preocupado. ¿Seguro que sabían que iban directos a la boca del lobo?
