Capítulo 11
Finalmente había sucedido, como una broma cruel del destino, Candy se encontró cara a cara con el pasado, lo que nunca pensó que pasaría. Delante de ella estaba Richard para darle la vuelta a su mundo y a su futuro.
Los ojos de Richard se abrieron enormemente, horrorizado, notando con reserva que su familia se había quedado en silencio. Pero él tenía cosas más importantes de las cuales preocuparse. Como el hecho de que la novia de su hijo era idéntica a Cathy.
- Catherine - soltó mientras alcanzaba la mano que la rubia le tendía. Candy dejo de respirar, su mente corría y su corazón titubeó y pudo escuchar el rugido de su sangre bombeando por sus venas. Esa fue la única manera en que descubrió que todavía seguía viva. Porque seguramente, seguramente, eso no podía estar sucediendo. Candy no podía explicarlo, pero algo intangile había pasado entre Richard y ella cuando le había ofrecido la mano. No pudo evitar sonrojarse cuando se dio cuenta de que habían estado tocándose durante una mayor cantidad de tiempo del socialmente aceptable para un casual saludo.
- Candys – corrigió ella, orgullosa de la seguridad de su voz.
- Papá, ¿estás bien? – ambos se estremecieron. La rubia retiro la mano consciente de que estaban frente a otras tres personas, que los estaban mirando preocupados.
- Perdona – sonrió el hombre, su tonó enmascaraba el desconcierto que sentía - te pareces mucho a alguien que conocí en el pasado, Catherine D… - pero entonces Richard carraspeó como si de pronto recordará algo.
- Sí me parezco, entonces usted debió conocer a mi madre.
- ¿Estás bromeando? ¡Por Dios! La conocí en Yale.
- Sí, ella estudió un potsgrado en leyes.
- ¿En leyes? – interrumpió Terry – pensé que habías dicho que tu madre había estudiado medicina – la sonrisa de Candy titubeó ligeramente cuando recordó la escena del callejón.
- Bueno, papá estudió leyes y medicina – dijo Ethan secamente, sin ser consciente de la revelación que aquellas palabras tenían implícitas.
- Sí, también estudio medicina, en Oxford, se mudó a Londres tres años después del postgrado. - Richard titubeó, con una expresión preocupada. Jamás le había hablado a Eleanor sobre Cathy. Jamás le dijo que en su afán de encontrarla, se había cruzado con ella.
- Bueno, seguro que te dicen todo el tiempo lo mucho que se parecen.
- Desde que tengo memoria.
- ¿Eran muy cercanos? – preguntó Eleanor, avispada en el intercambio de miradas cómplices entre su esposo y la novia de su hijo.
- Sí… éramos muy amigos, ella salió con Devon… - continuó, al parecer sin estar consciente de que todavía estaba hablando, las palabras caían de sus labios apresuradamente.
- ¿El amigo al que asesinaron hace poco?
- El mismo. A tu madre debió dolerle la noticia.
- Ella falleció hace 5 años – la calidez en los ojos azules de Richard se desvaneció por las palabras dichas por Candy y sintió que algo se había roto en su interior y esperó, de verdad, que ese picor que sentía en sus ojos no fueran lágrimas.
- Lo lamento. Era una mujer extraordinaria.
- Viene de familia – interrumpió Terry y rompiendo así la tensión de aquella presentación que él había imaginado totalmente diferente.
- ¿Quieren comer algo? – preguntó Eleanor – La cena será en unas horas más.
- No, mamá, gracias. Estamos un poco cansados y preferiríamos ir a nuestra habitación.
- Claro, la de Candy está en el ala este – Terry hizo un amago de sonrisa y condujo a la rubia por el corredor.
El palacio Granchester era, a pesar de su gran tamaño, acogedor. Con sus muros altos, enormes candelabros, amplios ventanales y largos pasillos llenos de pinturas de ancestros.
Una mucama se encargó del equipaje de la rubia y en cuento abrió la puerta que Terry le señalaba, Candy miró a través de la ventana, aún había un amago de luz de sol y pudo contemplar los hermosos jardines.
Lamentó que no pudieran compartir la habitación. Pero entendía que bajo el castillo su condición de doncella, quedaba bajo el resguardo de sus anfitriones y ella no haría nada para importunarlos.
- ¿Quieres conocer mi habitación? – preguntó Terry sin poder evitar un rastro de diversión en su voz que llamó la atención de la rubia.
Candy optó por negarse. Quizá en otra ocasión.
- Tengo que prepararme para la cena – Terry la besó cálidamente en los labios. Y cuando por fin las puertas se cerraron y se quedó sola en la habitación, se recostó en la cama y cerró los ojos, intentando despejar su mente de todos los pensamientos que estaban relacionados con Richard.
/o.O/
Había vuelto a Nueva York, había citado a Cathy para una cena y descubrir hasta donde podía llegar lo que habíamos iniciado en Washington. La espera en la mesa del restaurante fue casi como estar en las puertas del infierno. La incertidumbre de que ella no se presentara era enorme. Pero cuando la vi en la entrada con un vestido de noche de color azul rey y su cabello negro peinado en un moño, me di cuenta de que la espera había valido la pena y de que ella quería intentarlo, tanto como yo.
La vi buscar con la mirada entre las mesas, hasta que su mirada se cruzó con la mía. Y me sonrió y mi pecho se infló de orgullo, el que da saber que una mujer como Catherine Delay había llegado solo para verme a mí.
Me puse de pie de inmediato y le ayudé a tomar asiento frente a mí, mientras llamaba al mesero. Besé su mejilla antes de volver a sentarme.
- ¡Qué bonito lugar, Richard! – halagó mi buen gusto.
- Gracias – Cathy le sonrió al mesero cuando puso el menú en sus manos – me alegra que aceptaras mi invitación.
- La estaba esperando… - y ese sonrojó me enamoró más de ella, si es que eso era posible.
- Las cosas en Washington se salieron un poco de control. Y ahora sabes que estoy totalmente loco por ti, pero quiero conocerte.
- Ya nos conocemos.
- Sí, lo sé. Como amigos conocimos todo uno del otro. Todo ese tiempo estuvimos uno delante del otro y ni siquiera nos notamos.
- Yo sí te noté, Richard.
- Pero no de la manera en que nos hubiera gustado.
- No te justifiques, querido – me dijo, un poco molesta – Te noté y me notaste, pero no use a Devon. Eso no lo voy a aceptar. Yo le quería.
- ¿Sientes por Devon lo que ahora sientes por mí?
- No, naturalmente que no, si lo hiciera no te hubiera elegido a ti.
Yendo en contra de mis modales, me levanté y la abracé. Ella me correspondió.
El mesero esperó a que nos sentáramos de nuevo y tomó nuestra orden. Tuvimos una velada tranquila. Charlamos de varias cosas.
- ¿Quieres caminar? – pregunté cuando el mesero retiró los platos.
- Mi hotel queda a unas calles de aquí – me desconcierto hizo que ella riera de buena gana - ¿te apetece seguir esta conversación en mi habitación?
Llamé al mesero y pague la cuenta. Cuando pasamos la recepción de su hotel, nos condujimos a la habitación con calma. Esa vez no hubo desesperación, la deseaba, Dios sabe cuánto la deseaba, pero quería tratarla como ella se merecía.
- Cathy, ¿te gustaría ser mi novia? – ella se apartó un poco de mí para mirarme a los ojos.
- Sí – posé mi frente sobre la suya y le besé la punta de la nariz. Ella busco mis labios de inmediato y yo correspondí con todo lo que sentía por ella. Que empezaba a crecer. La abracé y la besé, desaté el moño de su cabello y cayó graciosamente sobre su espalda, enmarcando su rostro. Llegamos a la cama lentamente mientras me deshacía del saco y los zapatos. Besé cada peca de su rostro, mientras acariciaba sus hombros y me deshacía de su vestido.
- Te quiero, Cathy – y lo repetí, lo repetí en cada pausa para tomare aire, cuando estuve desnudo frente a ella. Mientras ella acariciaba mi cuerpo y se desnudaba para mí – no es solo por el sexo – aclaré, mientras me acomodaba sobre ella. Tenía que saber que nunca fue solo la atracción – esa vez y en esta ocasión. Te hice el amor y mientras estemos juntos así será.
Entre en ella lentamente, besándola. Reconociendo su sabor impregnado en mi cuerpo. Acaricié sus senos y los bese. Ella recorrió mi espalda y me apretó fuerte a ella cuando se acercó al clímax y cuando todo termino, nos quedamos dormidos. Abrazados, yo aún dentro de ella. Y justo ahí, en esa cama de hotel. Con esa mujer a la que amaba, me sentí el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.
Eleanor acomoda su frente en mi espalda, sintiendo el movimiento de mi respiración. Sus manos bajan hacía mis costados, acariciando con las yemas de sus dedos sobre la ropa y, a pesar de que han pasado más de 20 años, aún me estremezco ante ese hábil contacto. Me giro y beso a mi esposa. Sin embargo, aunque dejo de pensar en Cathy, sé que ella sigue escondida allí, cerca de mi corazón, que latió ridículamente rápido al verme reflejado en esa mirada verde nuevamente, pero cuya dueña no era la misma a la que yo había amado.
/o.O/
Richard me había confesado lo que sentía aquella noche de mayo. Y a pesar de que sabía que sentirme de esa manera estaba mal, supe que eso era todo lo que necesitaba para seguir con mi vida. Había estado sola tanto tiempo. Tanto que con él a mi lado pude olvidar mi maldición. ¿Será acaso que con Terry es igual? ¿Qué llegado el momento, tendré la fortaleza de confiar en nuestro amor para decirle mi secreto o es solo un momento pasajero dentro de mi eterna existencia?
Me hundo en la bañera, disfrutando el calor relajando cada uno de mis músculos y me agrada pensar en Terry rodeándome con sus brazos.
Terry llama a la puerta de mi habitación. Al igual que yo, se ha bañado y cambiado.
- ¿Lista?
- Por supuesto.
Recorremos el pasillo y casi al llegar a las escaleras, Ethan nos intercepta.
- Terry, ¿podemos hablar? – Terry me mira acongojado, yo le sonrío.
- Te espero en el recibidor.
- Gracias, Candy – responde el gemelo.
Cuando piso el último escalón dudo, enfrentarme de nuevo a Richard a solas no me apetece.
Escucho el timbre del teléfono y la voz de Eleanor.
- ¿Puede contestar alguien? – le han concedido la noche libre a la mayoría de los criados, y los que se quedaron, están con ella, ayudándole con la cena. Sin más remedio, me dirijo al que considero el estudio y tomó el aparato.
- ¿Diga?
- ¿Residencia Granchester? – pregunta mi interlocutor y me doy un golpe en la frente.
- Sí, perdón.
- No se preocupe, solo llamó para confirmar la entrega de 100 rosas rojas.
- Ah, ¿puede esperar un segundo? – en ese momento, Richard se cruza conmigo – disculpe, llaman para confirmar un pedido de rosas – le tiendo el teléfono y lo dejo hablar, me retiro lentamente, no sin antes notar un título en la pared. Medicina de Harvard.
Fue en un orfanato, Richard me había acompañado a una de mis caridades. Y uno de los niños se había caído del columpio y abierto la cabeza. El médico estaba a casi una hora de camino y mientras las religiosas se organizaban para salir a buscarlo. Richard revisó la herida.
El pequeño hipeaba sentado sobre la mesa del comedor. Una de las monjas apretaba un trapo que ya estaba totalmente ensangrentado sobre la herida.
- Por favor, que alguien lo coja en brazos – pidió Richard en un tono desconocido para mí hasta ese momento. La hermana se apresuró a hacer lo que mi novio le pedía, sin dejar de observarlo con algo de desconfianza. Éste empezó a hacer calmadamente lo que nadie había hecho. Observó detenidamente la herida mientras apartaba el trapo de la cara - ¡Uf! – exclamó - ¿Tiene botiquín?
- Sí, aquí cerramos heridas pequeñas – explicó la religiosa, mientras le tendía el botiquín – pero esto, supera nuestras capacidades.
- ¿Qué vas a hacer, Ricky? – mi voz sonó educada, pero recelosa. Él me ignoró y recostó al pequeño en la mesa, no sin antes poner una toalla debajo de su cabeza.
Me mordí el labio y lo vi tomar aguja e hilo, aplicarle un antiséptico y pedirle que respirara, las monjas no tenían anestesia, pero sí una pomada con el mismo propósito.
- Esto va a dolerte – le advirtió – cerraré la herida. Tardaré un poco porque lo hare despacio para que no te quede ninguna cicatriz – el niño se mordió los labios con fuerza al sentir el primer pinchazo, cerró los ojos casi todo el tiempo, aguantando las lágrimas. Durante todo el proceso, yo tenía los puños cerrados y mis nudillos completamente blancos cuando Richard volvió a hablar - ¡Has sido muy valiente, pequeño! – le felicitó - ¿Tiene algo para el dolor? – la hermana asintió – le dolerá un poco las siguientes horas, debido a la inflamación, pero estará bien para mañana.
Salimos para dejar que las hermanas alistaran la mesa para la cena.
- ¿Tienes buena mano en la medicina? – yo pude haber curado la herida, pero no me gustaba llamar la atención, eran demasiadas explicaciones que a veces simplemente no podía dar.
- Gracias, estudié dos años de medicina, pero mi padre me obligó a dejarla. Un Granchester no puede ser médico. Soy el siguiente duque y no podría ejercer nunca. Creyó que las leyes serían más adecuadas con mi status de noble.
- ¿Y tú qué hubieras querido? – él se encogió de hombros.
- Se espera mucho de mí.
- La vida es muy corta, Ricky, mañana podrías volver la vista atrás y darte cuenta de que no aprovechaste las oportunidades que se te presentaron.
/o.O/
Veo a Candy detenerse para mirar el título que cuelga a lado del de leyes. Mi bata verde lima sigue guardada en el ropero de ese estudio, junto con todos los dibujos que me regalaron los niños. Nunca ejercí en un hospital, es cierto, pero pude atender pacientes furtivamente y más cuando la segunda guerra estalló. Una de las viejas casas de mi padre la monte como hospital provisional. Los niños se encargaron de hacerla totalmente colorida. Aún conservo algunos dibujos de ese entonces. En aquel tiempo, donde era impensable gozar de algo como un dulce, en mi escritorio siempre había un frasco a rebosar de dulces y bombones. Y en lo que fue la sala de espera, una mesa con pinturas y hojas de papel que colgaban después en una pared. Siempre creí que si estudiaba medicina, sería un cirujano. Pero el ir y venir de las cosas, el transcurrir de la vida y los eventos, me hicieron ir por otro sendero y me especialice en pediatría. Mi padre me negó cualquier apoyo mientras estudiaba los dos años de medicina, pero Cathy, oh, Dios, Cathy cubrió la matricula por esos años y además me regaló un piso cerca de la universidad. Ella decidió estudiar Literatura y ambos vivimos juntos después de su primer año en la carrera.
Cuando el conflicto bélico se terminó por segunda ocasión, aquella casona se convirtió en una clínica privada. Si bien, no todas las familias podían permitirse unas libras para llevar a su hijo a un particular y menos después de la segunda guerra, la clínica ofrecía servicios gratuitos. Aún sigue funcionando y de vez en cuando me aparezco por ahí para revisar números, casos complicados y aprobar presupuestos. Esa clínica es de las mejores cosas que he hecho en mi vida. Y todo fue gracias a ella, que me ayudo… aunque después me haya roto el corazón.
/o.O/
- ¿Todo bien? – le preguntó a Terry cuando se reúne conmigo en la terraza.
- Sí, Ethan solo quería hacer las paces. Se ha sentido solo y me ha reñido por irme así como así, pero estamos bien. Siempre hemos sido unidos.
- Me da gusto, se nota que se quieren mucho.
- Es mi hermano, mi cómplice, mi amigo. Siempre fuimos él y yo en este castillo.
- Debió ser lindo.
- ¿Tú no deseaste un hermano?
- Era complicado… mamá sufrió mucho cuando nací y… la matrona no hizo un buen trabajo, ¿sabes?
- Nunca me habías hablado de tu nacimiento, me sorprender que usaran una matrona.
- Sí, bueno, era lo que había – suspiro, no estoy mintiendo. Quizá ahora es más común un hospital y mejores cuidados, pero cien años atrás, la mayoría de las madres moría desangrada al dar a luz a un hijo.
La cena sería en la terraza, los ramos por los que habían llamado, reposaban en 4 floreros inundado el aire con su aroma. Richard estaba elegantemente ataviado con un traje gris Oxford y Eleanor, con toda su elegancia, vestía un vestido de coctel del mismo tono que el traje de su esposo. Se veían tan bien juntos. Ella lo amaba y estaba completamente segura de que él también lo hacía. La sonrisa en sus ojos me lo dejo claro, pero esa sonrisa desaparecía cuando su mirada se cruzaba con la mía.
- ¿Y cómo se conocieron? – nos pregunta Eleanor con un gesto de su mano.
- Ella es patrocinadora…
- Sí, sí, me sé ese cuento.
- Su hijo me empujó con una puerta – le digo, poniendo un sonrojo en el rostro de mi novio – me dijo: perdona por el empujón y nunca me tendió la mano para ayudarme.
- ¿En serio, Terry? – el tono de advertencia de su padre no nos pasa desapercibido. Ante todo Richard siempre ha estado orgulloso de la caballerosidad inglesa.
- Fue un accidente, quede deslumbrado por su belleza y me paralicé. No supe qué hacer o decir, me sentía pegado al pavimente hasta que ella me soltó una que otra fresca debido a mi comportamiento.
- ¡Igual que su madre! – exclama Richard.
- ¿Cómo se conocieron su madre y tú? – interroga Eleanor, tratando de mantener el mismo tono relajado.
- Ya les dije, en la universidad, ella era novia de Devon y él y yo éramos amigos, los tres nos hicimos una especie de círculo exclusivo. Y además, también nos reencontramos en Harvard cuando regrese para terminar medicina, ella estudiaba Literatura.
- Ah, literatura.
- Sí, tenía cierta habilidad con las palabras y con los idiomas. ¿Hablaba cuatro idiomas, verdad?
- Sí.
- Tú hablas 5 – me recuerda Terry. Y bajo la mirada, avergonzada.
- ¿Qué edad tenías cuando la conociste?
- Veamos, creo que 25. Ella tenía 20. Pero era muy sabia y sofisticada – la sonrisa que se le escapa a Richard nos pone en diferentes estados de ánimo. Me siento completamente expuesta, sabía que él no podría atar cabos, no con la información que tiene. Pero era la primera vez que escuchaba a alguien del pasado hablar de una de mis personalidades.
Eleanor se escabulló antes de que Richard pudiera decir algo más, prefirió ir a la cocina y pedir que sirvieran la cena. Richard dudo un segundo, pero luego la siguió.
/o.O/
- ¿Qué crees qué haces? – me reprendió zafándose de mi agarre – No puedo soportarlo, Richard. Deberías ver tu cara cuando hablas de la madre de Candy. La madre de la novia de tu hijo. Nuestro hijo.
- ¿Qué…?
- ¿Te vas a poner nostálgico esta noche?
- Escucha, es sólo que se parece tanto a su mamá, que me hizo recordar cosas que ni siquiera sabía que aún tenía guardadas en mi mente.
- Odio la sensación de sentirme tu segunda opción – me dijo totalmente consternada.
- Lo siento – me excuse antes de que pudiera continuar – en verdad que sí. Nunca fuiste la segunda opción, Eli, llevamos 23 años juntos. ¿Segunda opción? No. Nunca. Cariño, no exageres las cosas – Eleanor había sido actriz y estoy seguro que al ver mi mirada, supo que había una verdad más allá de lo que quería contar. Y ella comprendió que esa verdad no me acercaría más a ella, pero sí al pasado – Lo siento – repetí. Y se lo dije en serio – lo de Catherine fue algo fugaz. Sin importancia – pero esto no lo dije de verdad. Ella era un inmenso hueco que jamás había podido llenar. Y sin embargo, Eleanor era una certeza en mi vida. Cathy era la pieza que faltaba de un rompecabezas y mi esposa todas las demás. Porque el rompecabezas era mi amor y mi corazón. Porque durante 22 había sido así. Porque cuando la vi entrar a la iglesia vestida de novia supe que la quería a ella y solo a ella. Porque en 22 años pueden pasar muchas cosas, pero nunca podría dejar de amar a mi esposa como el primer día, no sin los fantasmas se quedaban donde debían estar. En el pasado.
- Te amo, Ricky.
- También te amo, Eli – limpie las lágrimas que se escurrían por sus mejillas con besos y ella me abrazo. Baje la mirada. No me gustaba pensar en Canthy, en su tristeza y la calidez de su cuerpo la última vez que me abrazó, diciéndome adiós para siempre porque lo nuestro no podía continuar. Porque ella había dejado de amarme. Mientras yo le pedía que se quedará el anillo porque lo había comprado para ella. Y aunque, borroso, puedo jurar que vi cómo se limpiaba una lágrima.
/o.O/
- Lamento todo esto, Candy – Terry me sonreía avergonzado. Su hermano se había alejado unos metros para darnos privacidad – has sido muy tolerante – yo sonreí, había aprendido a enmascarar mis emociones – prometo compensarte – lo miré por un segundo. Sabía que aquello no era normal y que debía detenerlo, pero mi mente dejaba de funcionar al verme en esos ojos – disculpa a mi papá. Eso ha sido más que vergonzoso.
- Es encantador.
- Tu mamá debió ser muy especial – se notaba la incomodidad en su voz al sacar el tema a relucir.
- Lo fue – lo era y lo sería por quién sabe cuánto tiempo más. Candy estaba cansada para luchar, para enojarse, para simplemente dejarse llevar, pero su corazón no dejaba de acelerarse cada vez que esos verdiazules ojos la observaban. Pero lo cierto era, que Tery pronto también tendría que quedarse atrás y nada de eso lo evitaría. Aunque ella albergara la esperanza de una vida juntos, él empezaría a envejecer y en pocos o muchos años, moriría. Definitivamente estaba ante una causa perdida. Durante un instante, la parte de Candy que era temerosa, pensó en mandarlo todo al demonio. Pensó en esa vida llena de soledad y vida eterna y cuán fácil sería huir y que él jamás la encontrara. Eso sería lo correcto. Pero no habría sonrisas, ni sonrojos, ni besos, ni encuentros que hacían hervir su sangre. Si Candy elegía lo correcto y no lo que estaba bien, sabía que perdería su última oportunidad para amar y ser amada.
Y Candy lo besó. Y se dejó llevar. Se aferró a ese beso como nunca antes. Y grabó cada detalle del cuerpo de Terry. Su aroma, su sabor, el calor que irradiaba desde el centro de su ser. Y sí, tal vez la situación era inadecuada y el tiempo y la vida equivocados, pero ella lo disfrutaría. Disfrutaría cada contacto porque sabía que algún día necesitaría ese recuerdo como un consuelo en sus noches estrelladas y perennes.
/o.O/
La cena trascurrió entre charlas y anécdotas. Candy se enteró que Eleanor estaba en Londres de gira cuando un pequeño niño casi había sido atropellado por un auto que pasó a gran velocidad. El niño se había salvado de morir, no así de golpearse la cabeza. Ella había pedido auxilio pero nadie se había detenido. El niño hablaba en francés y ella no podía entenderle nada. Richard quien pasaba por ahí rumbo a Oxford, siguiendo la última pista de su investigador privado para localizar a Cathy, la escucho y se detuvo. Subió a ambos en el auto y los llevo a una vieja casona. Ahí había atendido al pequeño y entre charlas pequeñas, Eleanor y él habían congeniado. La rubia paso las siguientes tres semanas visitando la casa y con el niño esparciendo el rumor de que ahí había un médico muy amable, las consultas poco a poco empezaron a mermar el tiempo que ellos podían estar juntos. Pero aun así, cuando llegó el tiempo de que la rubia volviera a casa, ella se quedó y lo ayudó a montar la clínica.
- Y la clínica Delay aún está en funcionamiento.
- ¿Delay? – se extrañó Candy.
- Sí, era el apellido de aquel niño que atendió, el primero – respondió Ethan sirviéndose más vino. Candy permaneció en silencio durante un momento que pareció volverse eterno. Al final, cuando pudo hallar las palabras necesarias, Richard los saco de esa extraña situación, su voz sonó firme y clara.
- Hagamos un brindis… - Candy sintió las lágrimas nublarle la vista, pero las contuvo. Descubrir que Richard había sufrido con esa separación forzada, tanto dolor, tanta desesperación. Durante ese año, después de separarse, él había usado de motor para seguir encontrarla para convencerla de estar juntos. En cambio, Candy se había refugiado en sus propias esperanzas e ideas. Ahora cobraba más valor todo lo que él le había dicho aquel día en que ella separó sus caminos sin mirar atrás.
/o.O/
Nuevamente en la habitación, recostada sobre la cama y con los ojos cerrados abro los labios, dejando salir de ellos una profunda exclamación de desasosiego.
El hombre del que estuve enamorada es el padre del hombre que amo. Terry, él pudo ser mi hijo.
Clare salió a mi encuentro.
- ¡Mamá! – gritó llena de júbilo, abrazándome con todas su fuerzas. Se apartó de mí para verme a la cara. Dos años habían pasado sin vernos. Richard había viajado a Londres con su familia, con la hostilidad entre su padre y él debido a la carrera de medicina, no creí oportuno acompañarle y decidí pasar Navidad con mi hija y su esposo – Te ves muy pálida. Preparé algo para ti – Clare se consideraba un genio en la cocina, pero, la verdad sea dicha, se sobrevaloraba demasiado. Aun así, agradecí el gesto.
- ¿Te ofrezco café? – preguntó mientras entrabamos a la casa.
- Sí, seguro. ¿Cómo te encuentras? – quise saber mientras me llevaba la taza a los labios y el olor a café me resulto nauseabundo, sin embargo, me obligue a tomarlo y me senté en el desayunador.
- Bien, estamos iniciando un nuevo programa en el orfanato. Los niños son unas ricuras, ya lo verás cuando vayamos pasado mañana. ¿Sabes? George y yo estamos pensando en adoptar a uno de ellos. - Lo primero que supe después de levantarme para abrazar a mi hija, fue que me encontraba tendida sobre el sofá de la sala de estar - ¿Cómo te sientes?
- Lo siento, Clare, creo que estaba más cansada de lo que pensé – mi hija me dio un té cuyo olor me provoco arcadas, lo bebí nuevamente a consideración de mi hija, pero el sabor del té fue demasiado asqueroso que tragarlo me requirió mucho esfuerzo, pero al segundo siguiente mi estómago gruño, urgiéndome a hacer algo para sacar aquella extraña sustancia. Me levanté evadiendo a mi hija para no empujarla en mi carrera al baño, apenas llegando al inodoro para regresar todo mi desayuno.
- ¿Mamá? – me llamó desde afuera.
- Estoy bien, quizá solo un poco enferma del estómago. Nada de qué preocuparse.
- ¿Cuándo fue tu último sangrado? – me rostro pasmado no se debió a la pregunta, sino a ella, que me estaba preguntando eso. Mi hija. A mí. ¿En qué momento deje de hacer preguntas para convertirme en quién debía dar las respuestas?
- No estoy embarazada – atiné a decir.
- Te ves cansada. ¿Es la primera vez que te pasa? ¿Has tenido mareos, náuseas?
- No estoy embarazada – repetí, no para convencerla a ella, sino a mí misma – me he cuidado. Tú mejor que nadie sabe lo que un hijo mío sufriría.
- Tuve y tengo una vida bastante feliz, muchas gracias – me reprendió – como sea, tengo una rana lista para hacer la prueba, mañana sabremos el resultado y podrás asistir con un especialista en cuanto regreses a la ciudad.
- No creo que sea necesario.
- Lo es y lo sabes – y esa fue la última palabra. Clare aún tenía esperanzas de quedar embarazada y ya que vivían lejos de la ciudad en un pueblo donde solo había médicos generales, se había hecho de algunas ranas que probaba cada que tenía un pequeño retraso para salir de dudas. Me dio un frasco para hacer lo que tenía que hacer mientras ella iba en busca de una jeringa y la dichosa rana.
Cuando le tendí el frasco, aún en el baño, ella saco la jeringa y lleno lo que considero prudente para después inyectar al pequeño anfibio. Debíamos esperar al menos 24 horas.
Esa noche no pude dormir. Me temblaban las manos de los nervios. ¿Y si estaba embrazada? ¿Cómo pude permitirme un error como aquel? No, no consideraba a mi probable bebé un error, más bien el hecho de lo que le esperaba en la vida. Con una madre que lo sería solo hasta que pudiera lucir mayor, como con Clare, me convertiría en hermana mayor, menor, hija y nieta. No, no podía arrastrar a alguien más a ese cruel destino.
Recorrí el pasillo y baje las escaleras con impaciencia. El recorrido me pareció dolorosamente largo. Casi me dieron ganas de echar a correr, pero cuando por fin estuve enfrente de la puerta del baño, cerré los ojos y me estremecí.
Y el resultado fue que la rana había desovado.
Estaba embarazada.
Debía ser el momento de seguir temiendo y preguntándome cuándo, cómo, por qué, qué y mil preguntas más sobre el futuro de mi bebé. Mordiéndome los labios, las uñas, llorando de angustia. Pero en ese momento lo único que pude sentir fue una felicidad que no había experimentado en mucho tiempo. Le sonreí a mi hija y ella me devolvió el gesto.
¿Qué importaban las complicaciones, las consecuencias, la incertidumbre? Me ocuparía de eso después. En ese momento, lo más importante era que había un ser creciendo dentro de mí. Un hijo de Richard. De ambos.
Y aquel sentimiento desapareció, semanas después. Cuando en vez de confesarle a Richard mi nueva condición, terminé con él mientras me decía lo mucho que me amaba y lo feliz que era a mi lado, sobra decir que en ese momento odie ser yo.
Continuará…
Espacio para charlar
Hola, chicas, uff por fin pude subir este capítulo. Y no, la verdad es que no me tardé 3 meses en él, sino que me impuse un orden en la actualización de mis fic empezando por Tiempo de esperanza, continuando con el final de Un océano de distancia, La melodía que guía tu corazón, Un día a la vez y Más allá del tiempo. Y soy un tanto obsesiva que una vez que he abierto el archivo de la historia que tengo que actualizar, no me distraigo con otra. Lo hice el año pasado mientras publicada 3 historias cada semana, pero me estaba volviendo loca y ya me costaba mucho concentrarme y que la historia fluyera. Por ello me obligue a pensar en una sola historia hasta terminar el capítulo. Lamento las demoras que esto provocara, pero bueno, falta un capítulo para terminar con este sencillo fic y ya vamos de gane.
En la escena donde Terry se disculpa por el comportamiento de Richars es un POV de Candy y de pronto cambia a tercera persona, eso no fue un error.
¿Qué les pareció? Me centré un poco en la relación de Richard y Cathy y no quise hondar en la de Eleanor, al final si llevan 22 años juntos es porque se aman realmente.
Cathy descubrió que esta embrazada, ¿cómo pierde al bebé, qué le dice a Richard cuando se separan? ¿Qué pasará cuando él se dé cuenta de que Cathy y Candy son la misma persona? Quería poner aquí el adiós entre ella y Richard, pero como la escena de amor, lo haré mezclando las historias de pasado y presente.
Mucha preguntas para un solo capítulo, pero el siguiente de verdad será el último así salgan 8000 palabras.
Lo del sapo de embarazo, no me lo inventé, de verdad usaban ese método para descubrirlo. Recuerden que en ese entonces la historia se desarrolla en la navidad de 1937. ¿No se alegran de vivir en el siglo XXI?
Algunos diálogos de la presentación de Candy con los padres de Terry y entre Richard y Eleanor son adaptados de la película El secreto de Adaline.
Gracias por seguir leyendo en FF…
Skarllet Northman, Reeven, Yoliki, Becky7024, Eli, CONEJA, Blanca G, Rosa, Miriam7, Alondra, Guest.
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Nos vemos en el siguiente capítulo.
28 – ene – 2018
¡Feliz cumpleaños, Terry!
Ceshire…
