Capítulo 10: Genio del dolor
Había veces en las que no podía más. Me derrumbaba en el suelo, con los brazos en alto, pues las gruesas cadenas no eran lo suficientemente largas como para permitirme bajar los brazos. Mi mente y mi cuerpo estaban al límite, aun sabiendo que esto no había hecho más que empezar.
Por las noches oía los gritos de dolor y desesperación de Peeta. Gritaba hasta que su garganta se quedaba sin voz, hasta que su cuerpo no aguantaba más y se rendía al sueño. Temblaba como un cachorro abandonado, en medio de una tempestad.
Y cada día, me obligaban a ver las torturas de mis compañeros Vencedores.
Me despertaban tirándome un cubo de agua helada; cogían mis muñecas y las encerraban en las frías y duras cadenas de la picota. Estaba tan cansado, que en sus manos no era más que un simple muñeco de trapo, me dejaba hacer todo lo que quisieran. El frío calmaba mi fuego interior, atenuaba las llamas. Pero también acentuaba la desesperación que sentía cuando la sensación cambiaba, y lo único que quería era un poco de calor. Y luego, el dolor. Como si me clavasen millones de agujas en el pecho, como si Brutus me golpease con toda la fuerza de sus puños. A veces veía a la gente que había matado, y me ponía nervioso. Movía de forma inconexa, rápida y nerviosa las muñecas. Las tenía tan heridas y maltratadas, que ya no sentía dolor. Sabía que me había hecho daño cuando los pequeños riachuelos de sangre bajaban por mis brazos, se mezclaban con mi sudor y mis lágrimas.
A veces, me obligaban a ver cómo torturaban a Peeta. Lo traían escoltado, parecía una sombra de sí mismo… nada quedaba de aquel chico rebosante de vida, de palabras bonitas y discursos enternecedores, de ojos azules brillantes como el cielo al amanecer. Ahora sólo era un chico derrotado y perdido, pálido y atormentado, con los ojos vacíos y sin la eterna sonrisa en su rostro. Estaba asustado.
Lo sentaban en una silla de metal, frente a mí. Encerraban sus muñecas y sus tobillos bajo grilletes fijos, y un señor que yo conocía demasiado bien, se colocaba a su lado. Snow le decía algo… ¿Le preguntaba? ¿Le extorsionaba? ¿Le exigía? Jamás llegué a comprender las palabras de Snow, sólo llegaban a mis oídos los gritos del rubio, cómo su garganta se destrozaba, cerraba los ojos y apretaba los dientes. Eso no duraba más allá de varios segundos, pero cada vez que sentía dolor, Peeta se dejaba caer, y respiraba profundamente, susurrando un nombre, Katniss.
Derrotado, Snow me visitaba. Me hacía las ya conocidas preguntas, y yo me rehusaba a contestarle. Cada vez me dolía más, como si tuviese todos los huesos rotos, y no pudieran hacerme más daño.
Otras veces, el daño era mayor. Cuatro agentes de la paz, escoltaban a una persona que conocía, para mi desgracia, demasiado bien. Y la dejaban allí, en una picota, delante de mí. Frente a frente.
Nada quedaba de su cuerpo musculoso, de su chulería, del halo de seguridad que siempre la rodeaba. Ahora no era más que una simple chiquilla, hecha jirones, como la fina camisa y el ajado pantalón que llevaba. Cortes y quemaduras, su mirada perdida. Una sombra de sí misma, como todos.
Snow estaba a su lado, acariciando su corto y enmarañado cabello, como si de un animal enjaulado se tratase. Y me miró, sonriéndome cómo el cabrón que era, dejando claro quién era el dueño aquí.
Con un esfuerzo sobrehumano, Johanna alzó la vista. Jamás la había visto así, ni tan siquiera las noches en que las pesadillas no la dejaban dormir. Estaba tan… derrotada, tan hecha pedazos, que no pude evitar gritar. De rabia, de desesperación. Quería romper mis cadenas, y las suyas, y huir de aquí. Qué locura, hacerme daño en el momento en que sé que algún día lograré romper estas ataduras y volveré a ser libre. Y ella también.
Snow se situó entre las celdas de ambos, mirándonos alternativamente. Pero sobretodo a mí. ¿Para qué? ¿Para ver cómo reaccionaba? ¿Para verme sufrir, y disfrutar con mi dolor? Él sólo quería información, ¿por qué éramos tan tozudos? Con lo fácil que era…
Un hombre desconocido, desde fuera de la celda, se hizo con una larga manguera y roció, con toda la potencia que le permitían, el cuerpo de Johanna, hasta dejarla sin un ápice de piel seca, goteando. Y luego otro, ataviado con gruesa ropa aislante, pegaba a su cuerpo dos grandes trozos de metal. Un instante después, el sonido de una corriente eléctrica retumbó por la habitación. Y al momento, Johanna también gritó, aunque intentó resistirse. Así, una y otra vez, hasta que su cuerpo no podía más. A veces, mis gritos se unían a los suyos. Mis ojos lloraban, mis brazos se llenaban de sangre. Mi conciencia se retorcía, y se moría por darle las respuestas que tanto quería Snow.
Yo sólo quería que la dejasen libre. Yo no quería verla sufrir. Yo la quería demasiado.
-Buenos días, señor Wright –la voz de Snow, tan alejada de mí-. ¿Va a decirme ahora lo que quiero saber, o prefiere seguir disfrutando del espectáculo?
Gruñí como si fuese una bestia que sabe que van a marcar a fuego. Agité la cabeza, despacio, luchando para que las palabras que buscaban salir se quedasen dentro de la garganta. Pero al final, las palabras brotaron, pero no en la forma deseada. Un grito sólo equiparable a los de Johanna, o a aquellos que uno emite cuando le desgarran la carne. Sonreí, de forma macabra, y miré a Snow.
-Jamás… escúcheme bien… jamás, recibirá respuestas de mí –mascullé, entre hondas respiraciones.
-¿Sabe que lo dejaron abandonado en la Arena? ¿A usted, al señor Mellark… a la señorita Mason? ¿Sabe, acaso, lo que usted representa para la… revolución, como la llaman ustedes? –preguntó con desdén.
No respondí, y tras un largo silencio, sólo roto por los dolorosos y arduos gritos de Johanna al fondo, Snow se respondió a sí mismo:
-No significan nada, señor Wright. Son simples piezas; gente sin valor, que luchan por una causa perdida. ¡Nadie puede escapar del poder del Capitolio! Millones de personas, viviendo sus vidas, inconscientes… ¿No es eso lo que quería, señor Wright? Usted, que tan calculado lo tiene todo, ¿no querría vivir en un mundo sin preocupaciones, sin nada que le alterase? ¡Eso es lo que ha hecho esta guerra, desestabilizarle! ¿Y qué ha conseguido? Nada. Sólo dolor, y sufrimiento. Para usted, y para todos aquellos que le importan.
Snow me había cogido la cara, me había obligado a mirarle fijamente a los ojos, a esos ojos de lagartija y a aspirar el olor a sangre y rosa rediseñada. Me había apretado tanto, que ahora sangraba. Me había obligado a ver cómo torturaban a mi compañera de Distrito… o lo que quedase de ella. Ahora no era más que un cuerpo inerte, débil y cansado, marcado a fuego. Me partía el corazón y doblegaba mis fuerzas.
-Tú no sabes nada –mascullé, y con las pocas fuerzas que me quedaban, le escupí. Snow se limpió con un blanco y pequeño pañuelo.
-Nunca aprenderás, ¿verdad, insensato?
Se fue, y me dejó solo. Una soledad que no duró mucho tiempo, pues instantes después, los mismos hombres desconocidos, y ahora enmascarados que torturaron a Johanna se cebaron conmigo. Me lanzaban agua; a veces helada, a veces hirviendo, y una corriente eléctrica me recorría desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Apretaba los dientes, luchaba por no gritar… pero siempre me rendía. Sentía los músculos entumecidos, los pulmones como si no existieran, la sangre corriendo velozmente por mis venas, el corazón latiéndome ferozmente en el pecho. No podía más.
Y cuando creía que todo iba a continuar, que volvería a empezar, todo acabó. El desconocido que se encargaba de empaparme desistió; el de los electrodos se marchó.
Simplemente, Snow ya había visto suficiente. Quería que su presa siguiese viva para un asalto más.
Hacía mucho tiempo que había perdido la noción de los días. Cada vez estaba más perdido, me sentía más salvaje. Antes sólo me volvía violento cuando sentía la ida y venida del hielo y el fuego, pero nada más. Últimamente… era así con todo el mundo.
Me había convertido en una bestia, lo sabía. Era una bestia humana que revoloteaba por su celda, propinándose golpes, chocándose con las paredes, hiriéndose a sí mismo. Nadie se atrevía a acercarse, Snow hacía mucho que no se dirigía a mí.
Necesitaban varios agentes para controlarme. Ya había herido a más de uno. Me atrapaban, y me colocaban en la picota. Así era en un principio. Al final, me obligaron a llevar las cadenas siempre, y en el momento preciso, tiraban de mí, desde fuera, y me sujetaban. Asombroso.
Ya no me preguntaban, pero sí me obligaban a mirar. A Peeta y a Johanna, sobretodo. Al chico del pan porque, sin él, Katniss no colaboraría. Peeta era una pieza totalmente imprescindible para que la revolución siguiese viva. Y a Johanna… porque era mi debilidad. De alguna manera o de otra, ella me hacía débil. Snow sabía que no soportaba que le hicieran daño. Quizá, si usaran a otras personas, sufriría, pero logaría salir adelante. Pero si ella estaba implicada, no. Me partía el alma verla así, tan desvalida y derrotada. Sentía casi el mismo dolor que lo que respectaba a Elizabeth, o a Elena. Sólo que ellas dos me importaban más, un nivel más.
Quería gritar, quería acabar con todo esto de una maldita vez. Y al parecer, ellos también. Utilizaron una última baza, la última esquina de la figura que constituía mis prioridades. La más importante de todas: mi madre.
Me cortaron el suministro de la droga durante una semana, y yo me sentía tranquilo. Sin ataques, sin alucinaciones, sin dolor. Querían que estuviese fresco, en la totalidad de mis facultades. Consciente de lo que iban a hacer; que perdurase en el palacio de la memoria para siempre. Sin aditivos. Sólo la cruel y dolorosa realidad.
Dos agentes de la paz escoltaban a mi madre, cada uno la cogía de un brazo, y la sentaron en la silla de metal. Sus manos y sus tobillos aprisionados contra el frío hierro, su rostro, tan demacrado y desmejorado, me hacía trizas el corazón.
Esta vez no hicieron nada. Simplemente, un chico vestido de negro, con una máscara blanca que le cubría la gran mayoría del rostro, emergió entre las sombras. Tenía el pelo oscuro, casi tan largo como yo. Y los ojos marrones, idénticos a los míos. Snow le dio un revólver.
Mi madre le miró. Al instante, al ver su mirada de miedo, el terror instalado en sus ojos, lo comprendí. ¡Maldito seas, Snow! Ardo en deseos de verte muerto, que te conviertas en un Prometeo real. Que alguien te regale unas tripas que vuelvan a crecer cuando el buitre te las destroce. Y yo voy a estar ahí día tras día, disfrutando de tu sufrimiento, como tú has hecho conmigo.
-No, Davo. Tú no –fue lo poco que pudo decir mi madre, antes de que una bala le atravesara la sien, formando un boquete en su frente, naciendo de él un río de sangre.
-¡NOOO! –grité, con todo el dolor de mi corazón, y las lágrimas corriendo por mis mejillas-. ¡A ella no, mi madre no! ¡Maldito cabrón! ¡A ella no…! A ella… A ella…
No recuerdo mucho más. Simplemente, alguien que me atrapó entre sus brazos, y me inyectó el ya tan conocido líquido blanco.
Todo se volvió negro.
