Capítulo 10: Mi altar
Fue la mano de Edward en mi cabello y el sonido relajante de su voz lo único capaz de traerme de vuelta del doloroso trance y detener mi desconsolado llanto.
"Shh" lo escuché susurrar en mi oído. "Hemos terminado, Bella. Cálmate".
De alguna manera recobré la cordura. Recordé entonces que yo no era Noel, y que el hombre de mi vida no acababa de dejarme para correr a una muerte segura en su afán de protegerme.
Alcé los ojos y me encontré con la mirada falsa de topacio de Edward. Girando a mi alrededor, pude ver que Peter y el equipo técnico estaban petrificados, como temerosos de que el movimiento rompiera de alguna manera el equilibrio cósmico.
"Asumo por tus lágrimas que esta experiencia fue tan intensa para ti como para mi" me dijo Edward con una sonrisa.
Asentí y me esforcé por responderle el gesto.
"¿Hemos cumplido con tus expectativas?" le preguntó Edward a Peter por sobre mi cabello, sin dejar de abrazarme con ternura.
Vi a Peter menear su cabeza con brusquedad, como buscando que ese movimiento le aclarara las ideas.
"¿Qué? Oh, si" parecía confundido, pero se recobró fácilmente. "Lo siento. Han estado fantásticos. Muy por encima de mis expectativas".
Se bajó con presteza de su asiento de director y caminó hacia nosotros, rebuscando en su bolsillo hasta encontrar un pañuelo para darme.
"Estoy muy orgulloso de ustedes y sumamente feliz de haberlos elegido" apuntó inflando el pecho. "No hay forma de que el estudio no los acepte. ¡Tendrían que estar ciegos!".
Tanto Edward como yo sonreímos ante su entusiasmo. Me ayudó a levantarme con delicadeza, mientras me acariciaba los hombros en un gesto consolador.
"¿Estás bien?" preguntó por lo bajo.
Nadie excepto él podía comprender lo intenso que había sido ese momento para mi. Pero Edward también lo había sentido. Yo sabía que algo también se apoderaba de él cada vez que nos mirábamos a los ojos antes de comenzar una escena. Era como sentir que algo nos poseía y de repente ya no éramos nosotros mismos.
En ese momento una imagen impactó en mi cerebro con la fuerza de un terremoto: Edward y yo nos habíamos besado. Puede que el beso hubiera sido entre Noel y Azrael, pero eran nuestros cuerpos, nuestros labios y nuestras lenguas los que realmente se habían tocado.
Sentí un escalofrío correr por mi cuerpo al notar que todavía podía sentir el gusto de Edward en mi boca, penetrante e intoxicante como la peor de las drogas.
"Vamos a buscar algo para abrigarte. El aire se ha vuelto muy frío" declaró Edward tomándome de la mano y dirigiéndose hacia la escalera. Pero yo, lejos de seguirlo, me quedé petrificada en mi lugar observándolo.
Edward se dio vuelta para mirarme. "¿Qué ocurre?" me preguntó confundido al notar que lo observaba fijamente.
Sonreí con vergüenza mientras sentía que mis mejillas se encendían. "Ese vestuario te sienta muy bien" le respondí con un hilo de voz. Debería ser un pecado que el cuerpo de un hombre se viera de esa manera cubierto de cuero.
Edward sonrío complacido y volviéndose para apoyar sus labios en mi oído me susurró: "Tu, en cambio, te ves como un sacrificio virginal en el altar de un dios". Se separó para mirarme a los ojos con picardía.
"Ojala fuera mi altar" dijo antes de dar media vuelta y de arrastrarme con él hacia las escaleras.
