HOLA A TODOS!
AQUÍ LES TRAIGO UN NUEVO CAPITULO :) COMO SIEMPRE MUCHAS GRACIAS POR LOS FAVS, FOLLOWS Y LOS HERMOSOS REVIEWS. ME HACEN MUY FELIZ, HACEN QUE ME DEN MÁS GANAS DE ESCRIBIR.
DISCLAIMER: LOS JUEGOS DEL HAMBRE PERTENECE A LA MAGNIFICA SUZANNE COLLINS.
Capitulo 11:
Peeta está con la espalda contra la pared ahora, ha logrado zafarse de mi abrazo y se ha alejado rápido de mí; encerrándose en su pequeña burbuja en el rincón. La acción me ha dejado confundida.
—No real. No real. No real. —repite como una mantra; sus ojos llenándose de lágrimas. —Katniss no está aquí. No está aquí. No real.
Sus manos vuelan de nuevo hacia su cabeza dispuestas a arrancarse el cabello de nuevo, mientras oigo sus sollozos retumbar por la silenciosa casa.
—Estoy aquí, Peeta. —insisto. No vuelvo a acercarme, así que me quedo arrodillada en el mismo lugar que él estaba antes. —Mírame.
—¡No real! —grita él, ahora tapándose los oídos. —Katniss me odia. No está aquí.
—Yo no te odio…—digo, tratando de sonar calmada pese a que siento la sal de mis propias lágrimas en la boca. ¿Por qué cree que le odio?
—Katniss me ha abandonado porque me odia. ¡Por eso no está aquí!
¿Le he abandonado? Oh Dios…por supuesto que lo he hecho. Luego de todas las tardes en que Peeta se ha presentado para hacerme compañía y sacarme de mi estado vegetal le he dejado aquí solo sin más. Le he abandonado incluso contra la promesa que me había hecho a mi misma de no volver a fallarle; se supone que intentaría recuperar al antiguo Peeta y aquí estoy otra vez, dándome cuenta del error que he cometido. Nada de lo que hago resulta bien.
En este momento me encantaría ser un avox; tener la lengua cortada ser incapaz de hablar, tener eso en mi favor para no poder dar explicaciones. Aunque, de todos modos, parezco serlo. Mis labios no son capaces de articular una palabra, ninguna frase para pedir perdón; porque creo que en realidad sé que esto va más haya de un simple perdón.
—Peeta, estoy aquí. —digo, casi suplicante por encontrar una reacción en su rostro pero sólo veo pánico. Me observa con sus ojos de pupilas dilatadas, pero a la vez no me ve; me gustaría saber que está sucediendo dentro de su mente. ¿Me está viendo como el muto que el Capitolio le metió en la cabeza o es algo diferente?
—¡Cállate! —me grita una vez más, con un tono entre desesperación y tortura. —¡Katniss no está aquí!
Hallo la manera de arrastrarme hasta él, pese a que sé que en una situación así debería darle espacio; pero no puedo permitir que continúe en ese estado. Peeta intenta alejarse de mí, pegándose lo que más puede a la pared como si deseara atravesarla con su propio cuerpo, pero termina dándose cuenta de que no tiene escapatoria y se limita a sujetarse las piernas contra el pecho. El gesto me recuerda a la posición que tomaría un niño pequeño, e inevitablemente también me recuerda a mí cuando me escondía en mi armario y Peeta iba en mi rescate para sacarme de ahí.
Peeta clava sus atormentados ojos en mí, el precioso azul ha sido reemplazado por un negro casi total. Su respiración es tan agitada que cualquiera diría que le falta el aire, pero aún así no me ha atacado; incluso sabiendo que este es un muy buen momento para intentar matarme. Abre la boca un poco, creo para gritarme otra cosa, pero no tiene tiempo antes de que presione mis labios contra los suyos. El cuerpo de Peeta comienza a temblar por completo, tal como lo hizo en el Capitolio; la demencia y la similitud de la situación me hace imaginar que estamos de nuevo en la guerra, como si al abrir los ojos fuéramos a tener la misma conversación sobre como no puedo matarlo. Sin embargo, eso no sucede y mi boca no abandona la suya como debería haber pasado; en su lugar Peeta parece retomar la calma y siento como su mano viaja hasta la parte trasera de mi nuca para atraerme más hacia él, mientras sus labios comienzan a acariciar los míos suavemente. Mi boca se deja guiar por la suya al cabo de algunos segundos de duda, rendida por la sensación de volver a besarlo. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo besé, sin contar el beso en el Capitolio para calmarlo y el que Haymitch interrumpió en mi casa.
Estamos completamente solos, nos estamos besando y lo peor de todo es que en realidad me agrada. No siento el mismo tipo de hambre que sentí en la playa o en la cueva, pero lo que sé es que siento una especie de calor dentro de mi pecho, algo que me provoca ganas de sonreír. Peeta es el primero en romper el beso, se aleja despacio antes de abrir los ojos para mirarme de nuevo; sus pupilas han vuelto a la normalidad y sus ojos vuelven a tener ese tan azul tan bonito como el de un cielo despejado.
—¿Qué haces aquí?— pregunta.
—Estaba preocupada por ti. —digo, pese a que luego de alejarme una semana completa eso suene bastante cínico.
Peeta se queda unos segundos en silencio antes de preguntar.
—Acabas de besarme. ¿Real o no?
—Real. —contesto. Él me mira como si debiera darle una explicación por eso. —Estabas en medio de un episodio, no se me ocurrió que más hacer.
—No vas a terminar de jugar conmigo nunca, ¿cierto? —esto no lo está diciendo dentro de un episodio. Este es sólo Peeta hablándome de verdad. —Si me odias sólo dímelo y lo entenderé, no es necesario que sigas jugando con todo esto.
—No te odio…
—¿Ah no? —pregunta, su rostro llenándose de dolor. —Lo lamento, entonces debo estarme volviendo loco. Creo que me he imaginado pasar toda la semana solo aquí, esperando que tú vinieras.
—Peeta…—intento decirle.
—Nunca me ha importado ser dejado de lado, puedo vivir con ello. Ya he pasado por eso, pero tenía la mísera esperanza de que tú vendrías porque me dijiste que éramos amigos. Sé que me pasé de la raya al besarte ese día, pero fue un impulso. Y luego cuando Haymitch dijo eso de los trágicos amantes del Distrito 12 sentí como si todo volviera a ser igual que antes, que aún estábamos fingiendo todo, que tú no querías estar obligada a estar a mi lado y me encerré aquí. Luego me dije a mí mismo que seguramente tú te acercarías y me dirías que no estabas enfadada pero como no viniste supuse que en realidad me odiabas. Me he pasado la mayor parte de los días atrapado en episodios donde lo único que sé es que me has abandonado. Y ahora vienes y me besas con la excusa de que sólo querías sacarme del episodio. Eso es cruel, Katniss; es como si sólo fueras a besarme si ves que me estoy volviendo loco, prefiero quedarme en el episodio a que me estés besando para obligarme a reaccionar.
Eso se parece a lo que Gale me dijo una vez, que sólo lo besaba porque sufría. Sin embargo, sé que no es lo mismo con Peeta. Nunca lo besaría por sentir lástima, si es eso lo que está sintiendo.
—Lo lamento…—digo, pese a que las palabras suenan huecas. ¿Qué otra cosa podría decir?
—No tienes que disculparte. —contesta, encogiéndose de hombros. —Tal vez es mi culpa…tal vez no hice lo correcto, y no debí volver.
Intento imaginarme un mundo donde Peeta no hubiera regresado al Distrito 12 y la idea me parece aterrorizante. Si él no hubiera vuelto probablemente estaría igual o peor aún de lo que estaba justo antes de que él regresara. Incluso suena un poco duro mientras mi mente lo piensa, pero es verdad. No estaría viva ahora mismo. Posiblemente mi desequilibrado estado mental me hubiera llevado a una muerte inminente. Después de todo, no me quedaba nada más en este lugar.
—Hiciste lo correcto. —consigo soltar. —No es tu culpa, es la mía. Soy demasiado egoísta, yo estaba en casa pensando que tú te habías alejado de mí, ni siquiera se me cruzó por la mente acercarme yo a ti.
—No debí haberte besado para empezar. Tomé ventaja de la situación, quería…—intenta explicar, haciendo un gesto vago con la mano como si intentara buscar las palabras correctas. —No lo sé, supongo que quería probar y tratar de recordar.
—¿Recordar qué?—pregunto.
—El como se sentía besarte antes de la tortura.
Por alguna razón me sonrojo al oír eso.
—¿Funcionó?
—No lo sé, tampoco tengo algún recuerdo como para compararlo.
Me gustaría preguntarle sobre el beso que acaba de ocurrir pero soy demasiado vergonzosa para preguntar por algo así.
—Peeta nosotros somos…
—Amigos, lo sé. —dice él. —No volverá a ocurrir, lo juro.
Amigos, claro. Asiento levemente, tratando de evitar fijar mi mirada en su boca; es como si aún sintiera el cosquilleo de sentir sus labios acariciando los míos. Pero no puedo permitirme pensar así, él mismo lo ha dicho. Somos amigos y eso no volverá a suceder. Debo alejar esos pensamientos de mi mente,
—¿Podemos hacer de cuentas que lo que ha pasado esta última semana no ha sucedido y volver a ser como antes?
—Me parece bien.
No pongo resistencia cuando encuentro sus brazos rodeándome y atrayéndome hacia él. Respondo a su abrazo de manera natural, dejándolo obtener su momento de paz luego de haber estado toda la semana esperando por mí.
Luego de ayudar a Peeta a ponerse de pie lo dirijo a la cocina y lo obligo a comer el estofado que Sae la Grasienta me ha dado para él. Mi preocupación por sacarlo del episodio no me permitió ver lo demacrado que se ve en realidad, como las bolsas que tiene bajo los ojos.
Luego de que se haya acabado la comida nos sentamos en su sala de estar y nos quedamos así por lo que parece una eternidad, Peeta enciende el fuego de la chimenea e intenta crear un poco de conversación como siempre, pero el silencio prevalece la mayor parte del tiempo. Y me siento cómoda así, atrapados nuevamente en nuestro reconfortante silencio que nos hace sentir acompañados. Por primera vez en toda una semana vuelvo a sentir que no estoy sola.
Ni siquiera me doy cuenta cuando se hace de noche, hasta que mi vista se dirige a las ventanas sólo para comprobar que afuera está oscuro.
—Se está haciendo tarde, debería irme a casa. Es hora de dormir. —le digo a Peeta, poniéndome en pie.
—Sí…yo haré lo mismo.
—¿Hasta mañana?
—Claro.
Dirijo mis pisadas hacia la salida de la casa, contando los pasos que separan mi cuerpo de la puerta de entrada, Ya son sólo 10, 9, 8, 7, 6…
—¿Katniss?— me llama Peeta otra vez, me volteo sólo a unos pasos de la puerta; él sigue sentado ahí, mordiéndose el labio como si estuviera considerando lo que va a preguntar. —¿Te quedarías a dormir aquí?
No estoy segura de qué se supone que debo responder. Parte de mí quiere aceptar de inmediato, y la otra, la parte razonable, me dice que los amigos no duermen juntos. Pero, ¿qué se yo de amigos? El único que alguna vez tuve está ahora en el Distrito 2 alejado posiblemente para siempre de mí. Además, Peeta y yo dormimos juntos una infinidad de veces como amigos, supongo que su propuesta no es del todo descabellada.
—¿Dormir aquí?—pregunto, pese a que escuché perfectamente.
—Sí. No quiero incomodarte, pero dormiría mejor esta noche si te quedaras.
Yo también dormiría mejor.
No tengo el corazón para negarme a lo que Peeta me está pidiendo, menos luego de saber lo que ha pasado esta última semana por mi culpa: así que acepto.
Subimos a su habitación en silencio, y me ofrece una de sus camisetas y pantalones para dormir. Me meto en el baño de manera rápida y me desvisto para colocarme el pijama; me observo a mi misma en el espejo un segundo, contemplando a la delgada chica que me mira de vuelta. No estoy segura, pero creo que no he logrado subir mucho de peso. La camiseta y el pantalón me quedan gigantes, pero me las arreglo para que el pantalón no se me caiga. Cuando vuelvo a la habitación encuentro a Peeta ya cambiado y metido en la cama, ha apartado las mantas de mi lado y me observa de manera cautelosa, como si estuviera esperando que saliera corriendo de la casa. Dejo mi ropa doblada y ordenada sobre una silla solitaria junto a la ventana abierta y me meto a la cama antes de que pueda cambiar de opinión.
Al principio no sé que posición adoptar, me debato entre la posibilidad de simplemente usar mi lado de la cama o darle la espalda a Peeta; pero finalmente mis instintos actúan de manera natural. Mi cuerpo se acerca al de Peeta y me permito usar su pecho de almohada, escuchando el rítmico sonido de sus latidos. Cierro los ojos, y me concentro en eso; en la secuencia de los latidos de su corazón y en los míos, que sorprendentemente laten en sincronía. Los brazos de Peeta me rodean y me mantienen cautiva en esa posición, y me siento tan relajada que sé que esta noche podré dormir sin interrupciones.
—Buenas noches, Katniss.
—Buenas noches, Peeta.
Afuera se escucha un suave cántico, algo que me hace sonreír a través de mi aletargamiento; son pájaros cantando. Pero no cualquier pájaros, son Sinsajos. ¿Quién ha dejado la ventana abierta de mi habitación? Intento acomodarme un poco en la cama, solo para descubrir que hay alguien debajo de mí. Es entonces cuando registro los brazos rodeándome, una mano posada en mi espalda dibujando pequeños círculos. Abro los ojos de golpe para comprobar que estoy recostada sobre el pecho de Peeta, levanto un poco la cabeza para que mi mirada se encuentre con sus ojos azules, que esta mañana parecen ser aún más brillantes que de costumbre.
—No has tenido pesadillas. —me dice.
—¿Tú? —pregunto.
Él niega con la cabeza antes de sonreírme, una sonrisa tan dulce que de pronto me encuentro a mí misma sonriendo con él.
—¿Tienes hambre?
No quiero levantarme, estoy cómoda aquí. En momentos como estos es cuando odio el lado protector de Peeta.
—¿Cuál es el punto de preguntarme? Me darás de comer de todas maneras.
Peeta se ríe, y se revuelve un poco para intentar salir de la cama. Me quito de su pecho a regañadientes, conteniendo las ganas de decirle que se quede aquí un poco más. Le observo sentarse en la orilla de la cama, donde se coloca la pierna artificial antes de levantarse. Peeta atrapa mi mirada fijada en el lugar donde se conecta la prótesis y su pierna amputada.
—Tú me cortaste la pierna. ¿Real o no?
—No real, los médicos en el Capitolio la amputaron porque no encontraban manera de salvarla.
—Lo sabía.
—¿En serio?
—Bueno, al menos tenía la leve certeza de que no me harías daño, y el recuerdo se veía brillante.
Después de decir eso desaparece de la habitación dejándome sola.
Me cuesta un poco más de lo pensado salir de la cama, principalmente porque me hallo a mí misma enterrando la cabeza en las almohadas para absorver el aroma de Peeta de ellas. Me dirijo al baño para tratar de desenmarañarme el cabello un poco, al menos peinarmelo con los dedos para estar un poco más presentable. Me lavo la cara con un poco de agua fría y eso me quita la mirada perezosa que mi otro yo estaba reflejando en el espejo. Luego aún con su ropa bajo las escaleras para encontrarme con Peeta en la cocina.
—Esta mañana no me he levantado a hornear por tu culpa. —me dice, con tono juguetón.
—¿Qué culpa tengo yo de que te la estés dando de perezoso?
—Intenté levantarme un par de veces, pero cada vez que lo intentaba te ponías rígida y no podía salir de la cama.
Me sonrojo, pese a que no sé porqué.
—Eso te pasa por pedirme que duerma aquí.
—Valió la pena. —sonríe.
Me siento a la mesa mientras observo como va de un lado para otro, me ofrezco a ayudar pero se niega por lo que me quedo ahí sin hacer nada.
Peeta me pone un plato de huevos y panceta justo en frente de mí, un poco más grande de lo que debería ser. Lo miro para preguntarle porque mi plato tiene más comida que el de él, pero me calla antes de decir algo.
—No me mires así, tienes que comer.
Y lo hago, me como hasta el último trozo de carne mientras Peeta me vigila. Me siento como una niña pequeña de pronto.
—¿Has ido al bosque? —pregunta, mientras retira los platos y los lleva al fregadero para lavarlos.
—No.
—Es una lástima, quería pedirte si podías traer algo para la cena. No me acostumbro a la carne de la carnicería, es mejor la tuya.
El escuchar que alguien me pide carne despierta mis ganas de correr hacia el bosque. Ha pasado tanto tiempo que ahora el ansía de sumergirme entre los árboles y tomar mi arco hace que me piquen las manos de anticipación.
—Lo haré. —le digo, de pronto sonriendo como idiota. —Te traeré algo.
—Excelente, —contesta Peeta, parece contento. — luego podríamos cenar juntos, ¿te parece?
—Claro.
Decido irme a casa luego de un rato, dispuesta a prepararme para salir al bosque. Me doy una ducha, y me lavo el cabello hasta dejarlo lo más empapado que puedo. Me visto con ropas limpias tan rápido que parece que fuera a costarme la vida, me calzo las botas me trenzo el cabello aún húmedo con mayor facilidad que el día anterior y me coloco la chaqueta vieja de mi padre. Mis piernas parecen moverse de manera autónoma, siguiendo el camino que ellas ya conocen tan bien. Para cuando llego a la pradera evito bordeando el lugar donde habían hecho el hoyo que funcionó como fosa común para todas las personas que murieron por mi culpa. El lugar está claramente marcado por la falta de hierba. Sigo mi camino hasta el lugar donde siempre entro, espero un momento como de costumbre, pese a que la alambrada no está electrificada; costumbres son costumbres. Una vez del otro lado voy directa al tronco hueco donde dejé mi arco y el carcaj la última vez. Vuelvo a tocarlos con cuidado, como si mis manos necesitaran adaptarse de nuevo a sus formas; me echo el carcaj al hombro y sujeto el arco con determinación, sintiéndome segura con él en la mano. Paso la siguiente hora disparando a árboles cercanos y otros más lejanos sólo para acostumbrarme a disparar de nuevo. Mis tiros son torpes y fallo la mayoría de ellos, por lo que me frustro y decido empezar a buscar alguna presa.
Paso todo el día en el bosque, pero no logro nada. Veo uno que otro conejo y alguna ardilla pero mis tiros no son capaces de herir a ninguno; escapan de mí burlándose por mi incapacidad para tirar derecho. Ya es de tarde cuando me doy cuenta de que no tengo nada y debo volver a casa, pronto se hará oscuro y yo me convertiré en la presa perfecta para las criaturas del bosque que dan paseos de noche.
No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que siento las mejillas mojadas, y las lagrimas se me meten en la boca.
Hago mi camino de vuelta, volviendo a dejar mis cosas en el tronco; aunque dudo que vuelva a verlas. Creo que está claro que ahora ya ni siquiera sirvo para hacer la única cosa que sentía como mía.
Regreso al pueblo con cabeza gacha, ignorando las miradas de las personas que me ven y se preguntan porqué estoy llorando. Debo recordarme a mi misma que ellos saben que lloro porque estoy loca.
Llego a la entrada de la casa de Peeta en un abrir y cerrar de ojos, golpeo lo más fuerte que puedo con mi tembloroso cuerpo. Él no demora en abrir la puerta.
—Ya llegaste. —dice sonriendo, pero su sonrisa desaparece al verme llorando. —Katniss, ¿qué sucede?
No contesto, en su lugar me acerco a él y entierro mi cabeza en el hueco de su cuello atrayéndolo hacia mí mientras sollozo. Peeta me abraza de vuelta, susurrando cosas tranquilizadoras en mi oído. Se aparta de mí solo un poco para quitarme las lágrimas de los ojos con sus manos.
—¿Qué pasó? —pregunta preocupado. —¿Te hiciste daño?
Niego con la cabeza, tratando de encontrar aire para hablar.
—Soy un desastre…—consigo decir entre sollozos. —No he podido…
—Katniss respira, ¿no has podido qué?
—Cazar…—suelto sollozando de nuevo, —No puedo cazar, he estado todo el día tratando y no puedo. No puedo disparar derecho.
—¿Por eso estás llorando? —pregunta. —Katniss eso es normal, has pasado semanas alejada de los bosques. Es normal que estés fuera de práctica, ya verás que a medida que vayas más seguido lograrás ponerte en forma de nuevo.
—No he traído nada para la cena. —digo, ocupando mis propias manos para apartar las últimas lágrimas antes de calmarme un poco. Él tiene razón, estoy fuera de práctica. Eso es todo.
—Eso es lo de menos. —contesta él, luego me toma de la mano y me lleva hasta la cocina. —¿Quieres ayudarme a hornear?
—¿Yo? —pregunto.
—Tú.
Me encojo de hombros como respuesta y observo a Peeta sacar un libro pequeño de un cajón; es un libro viejo y maltratado, lo hojeo un poco y me doy cuenta de que son recetas, con varios tipos de pan, pasteles y más cosas para hornear.
—Elige algo.
Estoy a punto de elegir los panecillos de queso cuando me detengo en una página en especial. Un pan que conozco muy bien.
—Este. —digo señalando el pan con pasas y nueces. —Me gustaría probarlo cuando no está quemado.
—Estupenda elección.
ESPERO QUE HAYAN DISFRUTADO EL CAPITULO.
NOS LEEMOS PRONTO.
FINNICK EN CALZONES PARA LOS QUE DEJEN REVIEW XD
