XI

El padre de Clarke estaba consiguiendo unos resultados excelentes con la campaña que había desarrollado de la mano de Finn y todo su partido, y cuando supo que su puesto como siguiente alcalde estaba casi asegurado decidió dar una gran fiesta de celebración en la suite de un prestigioso hotel de la ciudad. Fiesta a la que, por supuesto, Clarke estaba obligada a asistir y en la que tenía que ejercer de anfitriona junto con su familia.

Así que ahí estaba, vestida con un elegante vestido azul rodeada de gente a la que no conocía pero que tenía que fingir conocer con una sonrisa postiza mientras lo único que deseaba era que todo terminara cuanto antes. Aprovechando un momento en el que nadie parecía prestarle atención, cogió una copa de champán y cruzó la suite en busca de la puerta corredera que daba acceso a la terraza, donde esperaba que no hubiese nadie.

Se sintió aliviada cuando el aire le golpeó en la cara y comprobó que nadie parecía haber tenido su misma idea, se acercó hasta la barandilla y bebió un trago de su copa observando la ciudad bajo sus pies en la oscuridad de la noche. Luego rebuscó en su bolso hasta que encontró su móvil, estaba aburrida y se sentía fuera de lugar, y cuando le ocurría aquello su cabeza siempre pensaba automáticamente en Lexa.

Todavía no era tarde así que marcó su número con la esperanza de poder hablar un rato con ella, pero en lugar de su voz lo que oyó fue el contestador diciéndole que el teléfono estaba apagado.

-Mierda -protestó guardando el móvil otra vez en el bolso y se apoyó en la barandilla con un suspiro.

-¿Todo bien, joven? -preguntó una voz masculina cerca de ella y se sobresaltó al ver a un hombre sentado en una silla fumando un puro pequeño.

-Sí. Perdón, pensaba que no había nadie aquí.

-Esa es la misma razón por la que yo he venido -se levantó de su silla y se acercó hasta quedar a su lado-. Este es el único lugar en el que puedo fumar tranquilo, odio el ruido que hay ahí dentro. ¿De qué huyes tú?

-¿Huir? -preguntó confusa.

El hombre la miró un instante con media sonrisa. Rondaría entre los cincuenta y los sesenta años, con el pelo moreno a punto de teñirse de gris por las canas, bien afeitado, con unas gafas pequeñas y un traje oscuro como la mayoría de los hombres que estaban allí esa noche, pero había algo distinto en él, algo en su forma de mirar que hacía que Clarke se sintiera relajada.

-No te culpo, este tipo de reuniones pueden llegar a ser… agotadoras. Todas esas conversaciones aburridas, el champán, las ropas caras… Yo hace años que las evito.

-A mí tampoco me apasionan.

-¿Entonces por qué estás aquí?

-Por mi padre -suspiró apartando la vista.

-Ah, la vieja historia del compromiso familiar, ¿me equivoco? -Clarke no contestó y el hombre aspiró por última vez de su puro antes de tirarlo-. Disculpa si soy demasiado directo pero después de tantos años he aprendido que es la mejor forma de hacerme entender: quizás tú no me conozcas pero yo sí sé quién eres y lo que tu padre está haciendo contigo.

Clarke le miró perpleja. Quiso protestar, sentirse ofendida por el tono que había utilizado sin conocerla de nada, pero no fue capaz.

-¿Qué crees que es lo más importante en esta vida, Clarke? -continuó- ¿Eso que cuando llegas a tus últimos días te hace sentir que todo ha merecido la pena?

-No lo sé… ¿la felicidad? -respondió Clarke sin saber a qué venía aquello.

-La libertad -corrigió-, saber que has sido dueño de tus propios actos y has sido libre de elegir, aunque después te hayas equivocado. Nadie tiene derecho a quitarte eso, ni siquiera tu familia -se metió las manos en los bolsillos de su traje y la observó con aire paternal-. No sé si quieres a ese chico con el que te están juntando, quizás sí, a veces llegamos a creernos nuestras propias mentiras, pero si no es algo que tú has decidido no tiene ningún valor. Si tu corazón te pide que salgas a esta terraza porque tu lugar no está ahí dentro debes hacerle caso, y tus padres tendrán que aceptarlo.

Clarke se quedó sin habla y no pudo reaccionar cuando aquel hombre le sonrió una última vez antes de entrar de nuevo en la suite, dejándola a solas con sus pensamientos, como si lo que acababa de decir no fuese una especie de bomba que había dejado caer sobre ella y que estaba a punto de estallar. Era la primera vez en su vida que veía a aquel hombre que sin apenas conocerla había sido capaz de mirar dentro de su cabeza y avanzar a través de ella hasta llegar al nervio exacto que había movido su vida hasta ese momento, y las dudas sobre si estaba haciendo lo correcto o no y si todo aquello merecía la pena volvieron a aparecer con fuerza en su interior.

Esperó unos minutos más hasta que creyó que era el momento de regresar al interior y cuando lo hizo vio a su madre hacerle un gesto para que se acercara a ella, parecía estar esperando a que Jake terminara de charlar animadamente con un hombre estirado al que Clarke tampoco había visto nunca, pero que parecía transmitir poder con su sola presencia.

Clarke bebió un trago más de su copa de champán y recibió una mirada de desaprobación de su madre.

-¿Quieres parecer una alcohólica? Deja eso ya.

-Solo he bebido un trago -se quejó.

-Es tu cuarta copa, no me tomes por tonta.

Clarke suspiró dejando la copa en la bandeja de un camarero que pasaba por allí en ese momento, y quiso cruzarse de brazos, pero recordó que no debía hacerlo y resopló frustrada; no era una "imagen apropiada" para esa situación.

-Dios, ¿puedo irme ya? -suplicó.

-Todavía no -contestó Abby mirando a su marido, que se acercaba a ellos con su acompañante.

-Thelonious, te presento a mi familia -dijo Jake con una sonrisa orgullosa cuando estuvo a su altura-. Mi mujer, Abby Griffin, y mi preciosa hija, Clarke.

-Thelonious Jaha -extendió la mano hacia ella con gesto tranquilo-. Tenía muchas ganas de conocerte, Clarke, he oído hablar mucho de ti.

Clarke parpadeó un par de veces pero no se puede decir que estuviera sorprendida. Si había oído hablar de ella seguramente había sido a raíz de aquel maldito beso que Finn le dio en frente de la televisión local y que había causado tanto alboroto. Mucha gente se quejó y lo vio como lo que era, una simple estrategia para ganar más votos, pero la gran mayoría picó el cebo y ahora la atención sobre Jake Griffin y Jacob Collins se había disparado.

-Siento no poder decir lo mismo -habló sin pensar y solo se dio cuenta de lo que había dicho cuando el hombre soltó una carcajada y su padre la fulminó con la mirada.

-Disculpa a mi hija, a veces es demasiado sincera -murmuró con una risa nerviosa-. Thelonious, por qué no te adelantas a nuestros amigos y ahora mismo te alcanzo para comentar ese proyecto nuevo del que te he hablado -señaló a otros tres hombres que charlaban cerca de ellos.

-Claro, un placer -le dedicó una sonrisa a las dos antes de marcharse.

Cuando estuvo lo suficientemente lejos para no oírle, Jake miró a Clarke enfurecido.

-Ese era el gobernador de Carolina del Sur, muestra un poco de respeto.

-Lo siento, papá, no sabía quién era -se justificó.

-Te he enseñado modales para algo.

-Eso es lo único que te importa, los modales -gruñó entre dientes.

-¿Qué has dicho? -dijo acercándose a ella de forma autoritaria.

Clarke quiso repetírselo, quiso gritarle a la cara, pero como siempre le ocurría en momentos como ese una sensación de impotencia invadió su cuerpo y le impidió hacerlo.

-Que no volverá a pasar, lo siento -contestó resignada bajando la vista al suelo mientras las palabras de aquel hombre al que había visto en la terraza de pronto comenzaron a resonar en su cabeza.

Jake la estudió unos segundos sin cambiar su gesto y Clarke creyó que se daría por satisfecho, que lo dejaría ahí, pero no fue así.

-Te pido algo tan simple como ser amable con los invitados en un momento importante como este y ni siquiera eres capaz de hacer eso sin dejarme en evidencia -el corazón de Clarke se encogió de rabia al oír a su padre diciendo aquello, no era justo-. Al menos intenta comportarte el resto de la noche, ¿crees que podrás hacerlo?

Clarke alzó la vista pero en lugar de mirarle a él buscó los ojos de su madre, que se mostraba seria mientras apretaba los labios, como si se estuviese conteniendo. Rezó para que por una vez hablara, que por una vez desde hacía años se atreviera a decir algo en su defensa frente a su padre, que claramente estaba pagando con ella los nervios que le provocaba aquel evento y que tanto se esforzaba en ocultar, pero Abby no dijo nada.

-Contéstame cuando te pregunto -reclamó Jake y esta vez algo distinto se apoderó de ella, una rabia interior que salió a la superficie cuando le miró de nuevo.

-¿Sabes qué, papá? No, no pienso hacerlo, no pienso revolotear a tu alrededor para que me luzcas como a una muñeca cada vez que te interese y que después me trates de esta forma cuando no digo o hago lo que tú quieres. Se acabó.

Su padre la observó perplejo y tardó unos segundos en reaccionar ante la inesperada seguridad que mostraba su hija enfrentándose a él de aquella forma.

-¿Cómo dices?

-He dicho que se acabó -Clarke apretó los puños sintiendo que por primera vez estaba en igualdad de condiciones al discutir con él y quizás podría ganar en esa ocasión. Le daba igual que la gente a su alrededor pudiese oírla, no iba a preocuparse más por eso-. No tienes derecho a controlar mi vida en tu beneficio, no importa lo mucho que me hayas dado, eso no me convierte en tu juguete. Si tanto te debo por ser tu hija entonces quítamelo todo: el dinero, los estudios, la ropa… puedes quedártelo si es eso lo único que te importa además de tu trabajo, pero mi lugar no es este y tienes que aceptarlo -sentenció antes de darse la vuelta con la intención de salir de allí lo antes posible sintiendo una desconocida sensación de alivio en el cuerpo.

No sabía quién era ese hombre que se había tomado la libertad de desengranar el aspecto más delicado de su vida, pero se lo agradecía infinitamente porque aquello le había dado el valor que le faltaba para hacer lo que hasta ese momento más había temido.

Cuando pasó cerca de la mesa del catering encontró por casualidad a Finn, que comía un canapé mientras hablaba con la camarera y sujetaba una copa de champán en la otra mano. Carraspeó para llamar su atención cuando estuvo a su lado y él se sorprendió al verla.

-Clarke, esto… ¿dónde estabas?

La mirada de Clarke viajó desde la camarera, que la observaba con curiosidad, pasando por la cara de incomodidad de Finn, hasta que cayó en la copa de su mano.

-Pensaba que habías dejado el alcohol -dijo ignorando su pregunta.

-¿Qué? -siguió su mirada-. Oh, lo dices por esto, es solo una copa de champán, no tienes de qué preocuparte.

Clarke no fue tan inocente como para creerle pero tampoco tan tonta como para pretender que le dijera la verdad en ese momento. Hacía semanas que sabía que había vuelto a beber.

Sus padres le habían (literalmente) comprado un apartamento con la intención de que Finn se instalase con ella, pero ninguno de los dos lo vio como una buena idea y ahora solo lo utilizaba Clarke. Le servía para relajarse, pensar, pintar… pero de vez en cuando Finn se dejaba ver por allí oliendo a alcohol y tabaco cuando no estaba en condiciones de volver a su casa y encontrarse con su padre después de haber ido a una "reunión con sus colegas", como él decía, y se desplomaba en su sofá.

La buena noticia era que ya ni se molestaba en que Clarke le prestase atención, después de todos esos meses parecía haberse acabado aburriendo de ella y su nuevo entretenimiento era gastar todo el dinero que tenía en fiestas y otras chicas. Era una situación absurda, pero al menos habían dejado de discutir y habían llegado a una especie de acuerdo para no molestarse el uno al otro.

-Estupendo, me voy -le informó.

-¿Ahora?

-Sí, he discutido con mi padre.

-¿Cómo qué has… ¿Aquí? -dijo sorprendido- ¿Estás loca? Te va a matar.

-Me da igual, estoy harta de todo esto, de que me utilice y de tener que estar contigo -Finn la miró algo dolido y Clarke se cruzó de brazos-. Sabes perfectamente a lo que me refiero, no te hagas el sorprendido.

-Lo nuestro podría haber funcionado si no te hubieses… -comenzó a decir pero Clarke se echó a reír antes de que terminara la frase.

-Sigue diciéndote eso tantas veces como quieras pero yo ya no tengo por qué escucharlo más. Adiós, Finn, suerte con tu estúpida carrera.

Siguió su camino hacia la salida cada vez más segura de que aquella era la última vez que iba a tener que rodearse de esa gente, que cuando abandonase aquella suite podría por fin comenzar a vivir su propia vida y ser quien realmente quería ser, al lado de quien ella decidiera. Por fin estaba diciendo adiós a todo lo que la había impedido ser feliz y no había vuelta atrás, una vez que saliera por esa puerta ya no sería Clarke Griffin, solo Clarke.

Antes de poder hacerlo tuvo que esperar a que el botones encargado de los abrigos le diera el suyo y su madre aprovechó ese momento para acercarse a ella.

-No pienso quedarme más tiempo -le advirtió.

-Lo sé, vengo a despedirme. Tu padre no te perdonará después de esto, lo sabes ¿no?

-Ese es su problema, no el mío. He aguantado lo suficiente como para saber que no soy una mala hija aunque se empeñe en hacerme creer lo contrario.

-Clarke, sé que tu padre a veces puede ser muy estricto pero eso no significa que no te quiera.

-Pues tiene una bonita forma de demostrarlo.

-Está sometido a mucha presión y a veces el estrés le sobrepasa, eso es todo.

-Yo también estoy estresada y no trato a la gente que quiero de esa manera -protestó.

-No es la misma situación, Clarke, no seas descarada.

Clarke soltó una risa irónica, esa era exactamente la respuesta que esperaba de ella, siempre se ponía de parte de su padre en todo.

-¿Por qué siempre le defiendes? -preguntó y cogió su abrigo cuando el botones apareció con él-. ¿Sabes qué? No respondas, nunca voy a poder entenderte, mamá -dijo antes de salir.

/ / /

Lexa llegó ese día a su apartamento nuevo bastante más tarde de lo que lo hacía normalmente. Al salir de clase por la tarde algunos de sus compañeros habían insistido en ir a tomar algo, y la cosa se había ido alargando hasta que se les había hecho de noche. Le caía bien la gente de su clase, todo el mundo estaba ilusionado con lo que hacía y eso se traducía en un muy buen ambiente que le permitía sentirse relajada. De hecho, las cosas le estaban yendo tan bien que estaba empezando a preocuparse.

Llevaba varias semanas en Nueva York y ya se empezaba a acostumbrar a vivir allí, a los grandes edificios, las calles abarrotadas de gente, la variedad cultural… nada de aquello la intimidaba porque ya lo había vivido de pequeña antes de mudarse a Portland y en parte lo echaba un poco de menos.

Se lo pasaba bien descubriendo poco a poco la ciudad, disfrutaba de tener que pasar por delante del Central Park cada mañana, estaba conociendo a gente interesante, su compañera de piso había resultado ser divertida… todo parecía empezar a encajar en su vida, pero aún así a veces sentía que todavía le faltaba algo importante para ser feliz de verdad.

Había hablado con Clarke cada día desde que se marchó, tal y como prometió. Todas las noches quedaban para hablar por videollamada en el ordenador y contarse su día, y si no podían hacerlo se llamaban al menos durante unos minutos. Aquel era el momento que más esperaba del día y no se lo perdía por nada del mundo, aunque a veces tuviera que esperar hasta la madrugada para hablar con ella porque sus horarios no coincidían o tuviera cualquier cosa que hacer, no había nada más importante que aquello.

Por eso no podía pensar en otra cosa cuando llegó a casa y vio la hora que era, y se encaminó hacia su habitación sin darse cuenta de que alguien salía del baño en ese instante, chocando con ella. Fue a disculparse creyendo que se trataba de Jenny, su compañera, pero se sorprendió cuando no reconoció a la chica morena que tenía delante.

-Supongo que tú eres Lexa -dijo fríamente mirándola de arriba abajo.

-Y tú eres…

-Ontari, la novia de Jenny.

-Ah, encantada -le tendió la mano pero la chica la ignoró y se dirigió hacia el salón para sentarse en el sofá.

En ese instante Jenny apareció por allí con dos platos de pasta precocinada en las manos y le dedicó una amplia sonrisa cuando la vio.

-¿Qué hay, Lex? -la saludó caminando deprisa para dejar los platos en la mesa del salón, quejándose de que quemaban.

Se había tomado confianzas de llamarla así desde el segundo día pero a Lexa no le molestaba.

La personalidad de Jenny iba clavada con su estilo, era extrovertida, divertida y muy ruidosa. Le había contado a Lexa que había nacido en Argentina pero que de pequeña se mudó a Estados Unidos, que se había marchado de casa de sus padres con diecinueve años porque les dijo que era bisexual y no la aceptaron, y que trabajaba en un Starbucks para pagarse los gastos mientras dibujaba cómics e intentaba venderlos a alguna editorial.

Sorprendentemente, habían conectado bastante bien y después de dos semanas Lexa ya se sentía como en casa cuando llegaba a su apartamento. Jenny le había tirado los trastos desde el minuto uno, apenas se había molestado en ser discreta, pero Lexa se lo tomaba con humor y aunque le parecía atractiva nunca se le ocurrió seguirle el juego.

Lo que no le había dicho era que tenía novia y quizás por eso la había saludado de esa forma al verla.

-Voy a la habitación, no hagáis mucho ruido -sabía que con su compañera eso era difícil pero tenía que intentarlo.

-¿A llamar a tu chica? -dijo inocentemente pero Lexa la fulminó con la mirada-. Oh, claro, tu amiga, esa de la que no dejas de hablar -se rió-. Vale, que vaya bien -se sentó al lado de Ontari y empezó a comer mirando a la televisión.

Lexa sacudió la cabeza y entró a su habitación, dejó sus cosas en el suelo y llevó el portátil hasta la cama. Puso su móvil a cargar y al encenderlo comprobó que Clarke le había mandado un mensaje casi una hora antes indicándole que ya estaba en casa y que además tenía una llamada perdida suya, así que no esperó más tiempo para llamarla.

Cuando unos segundos después la cara de la rubia apareció en la pantalla de su ordenador suspiró aliviada.

-Hola -sonrió.

-Por fin, creía que no ibas a dar señales de vida en todo el día -Clarke también sonrió y Lexa notó un brillo diferente en sus ojos.

-Perdona, no tenía batería en el móvil. ¿Qué tal tu día? Te veo contenta.

-Intenso, pero primero cuéntame tú el tuyo.

-Pues esta mañana me ha pasado algo muy extraño.

-¿En el buen sentido?

-No lo sé -confesó-, estaba yendo a clase por la mañana y sin darme cuenta me salté la parada de metro en la que me tenía que bajar y lo hice dos más tarde.

-¿Ibas pensando en mí? -bromeó Clarke haciendo que se echase a reír.

-Calla y escucha. Pensé que no pasaría nada porque solo tenía que andar durante unos minutos más hasta llegar al conservatorio, pero al girar una esquina me topé de frente con un edificio y el nombre que ponía en el cartel me llamó la atención -de pronto se puso más seria y Clarke lo notó.

-¿Qué nombre?

Lexa no contestó al instante y Clarke se acercó a la pantalla preocupada.

-Lexa, ¿cuál era el nombre del cartel?

-Woods & Partners Architects -confesó.

-Es… tu apellido, ¿significa algo?

-¿Te llegué a contar alguna vez a qué se dedicaba mi padre en Atlanta?

Clarke tardó unos segundos en responder.

-No.

-Era arquitecto. Cuando se separó de mi madre estaba montando su propio estudio y ese era el nombre que iba a ponerle.

Lexa se pasó la mano por la frente nerviosa y Clarke frunció el ceño intentando comprender lo que le decía.

-Y crees que ese edificio…

-Es el estudio de mi padre, lo ha montado aquí -terminó su frase.

-¿Estás segura? A lo mejor es otro Woods o es un nombre que se parece al que recuerdas.

-Es él, Clarke, no me preguntes por qué, pero estoy segura -se estremeció al recordar la impresión que le había dado ver aquel cartel, se había quedado parada delante de él durante un buen rato sin poder creérselo y por culpa de eso casi había llegado tarde a clase.

Había algo en su interior que le decía que su padre era el dueño de aquel edificio y el hecho de que el destino hubiese jugado con ella colocándolo a diez minutos del lugar en el que estudiaba todas las mañanas le puso los pelos de punta. Ya le extrañaba haber acabado en la misma ciudad que él sin saberlo hasta el mismo día en que se mudaba, pero esto era demasiado.

-Nunca me has contado lo que ocurrió -la voz de Clarke hizo que volviese a la realidad y negó con la cabeza.

-Porque no merece la pena. Ahora cuéntame lo que te ha pasado, quiero saber qué es eso que te ha dejado tan… radiante.

Clarke sonrió en la pantalla y se aclaró la garganta.

-¿Estás preparada?

-Venga, suéltalo.

-Muy bien, ¿recuerdas la fiesta a la que tenía que ir esta noche?

-¿La de tu padre? -Clarke asintió y Lexa se tensó de inmediato preparándose para lo peor-. ¿Ha ocurrido algo? No habrán vuelto a…

-He discutido con él.

-Vaya, lo siento.

-No lo entiendes -Clarke se echó a reír-, he discutido con él delante de todo el mundo y no me he callado. Le he dicho todo lo que pensaba, que no tenía derecho a tratarme así, a controlarme, a decidir por mí, a utilizarme… Dios, Lex, me he sentido tan bien, tan libre… Ojalá hubieses estado allí para verlo.

Lexa la miró sorprendida, había esperado tanto el momento en que Clarke le dijese algo así que cuando por fin ocurrió no estaba preparada para ello. Se sentía orgullosa, feliz, y al mismo tiempo arrepentida por no haber podido estar a su lado en un momento tan importante.

-Eso es genial, Clarke. Joder, es estupendo -dijo casi emocionada y luego frunció el ceño-. ¿Y cómo es que no estás muerta?

-Porque me fui antes de darle tiempo a que me matara -se rió.

-¿Y tu madre?, ¿Y Finn?

-Les he dejado claro que se olviden de mí y creo que lo van a respetar.

-Vaya, estoy impresionada -bromeó-. Me alegro mucho por ti, por fin vas a poder ser feliz.

-Sería mucho más feliz si te tuviera a mi lado.

Lexa suspiró y sonrió, siempre tenía que decir algo que la dejara sin palabras.

-Bueno, ahora que eres libre podrás venir a verme cuando quieras. ¿Has pensado ya lo que vas a hacer?

-Supongo que mi padre me desheredará y congelará todas mis cuentas en cuanto pueda para darme una lección y humillarme otra vez, por lo que tendré que buscarme un trabajo, encontrar un piso más asequible que este… pero ya lo pensaré mañana, no quiero agobiarme.

Lexa sonrió y miró la hora que marcaba el ordenador, dándose cuenta de lo tarde que se había hecho.

-¿Hablamos mañana?

-¿Ya me dejas? -protestó Clarke.

-Mañana tengo que ir a clase y me gustaría dormir antes, ¿sabes?

-Es verdad, se me olvidaba que eres Lexa "yo no falto ningún día a clase porque soy responsable" Woods.

-Y tú eres idiota -se rió-. Buenas noches, Clarke.

-Buenas noches, Lex, te quiero.

-Y yo a ti.

/ / /

Clarke se dio una larga ducha de agua caliente para terminar de eliminar toda la adrenalina y el cúmulo de nuevas sensaciones que se habían amontonado en su cuerpo tras la discusión con su padre. Todavía tenía la sensación de que todo había sido una especie de sueño y que pronto se despertaría estando de nuevo en la suite, rodeada de gente que representaba todo lo que odiaba, y nada habría cambiado.

Pero cuando se tumbó en la cama y se relajó por completo las imágenes que le vinieron a la cabeza eran demasiado reales para ser de un sueño. Realmente había sido capaz de plantar cara a su padre, la figura que más impotencia le había hecho sentir en toda su vida cada vez que hablaba con ella, y lo había hecho además en su propio terreno de juego, sintiéndose imparable.

De pronto se acordó del hombre con el que había hablado en la terraza y se arrepintió de no haberle preguntado quién era, así al menos podría ponerle nombre cada vez que se acordase de él y de lo que le dijo, porque no quería olvidarse nunca de lo mucho que aquel desconocido la había ayudado esa noche.

También comenzó a pensar en Lexa, como hacía cada noche antes de dormirse, y en lo muchísimo que la echaba de menos. Le habría encantado que estuviese con ella en ese momento porque por fin había hecho lo que era necesario, la barrera que las impedía estar juntas había desaparecido y… entonces abrió los ojos de golpe y se incorporó desorientada.

¿Qué estoy haciendo?, pensó mirando a su alrededor.

Se levantó y fue rápidamente al armario para sacar una bolsa de deporte que dejó encima de la cama. Cogió un par de camisetas, dos pantalones, ropa interior, un jersey y lo metió todo en la bolsa. Luego se vistió deprisa con unos vaqueros y una sudadera, se puso unas deportivas y se recogió el pelo frente al espejo. Buscó su bolso por la habitación, y cuando comprobó que la cartera y sus llaves estaban dentro lo cogió todo y salió de su casa para ir al aeropuerto.

Allí compró un billete para Nueva York en el próximo vuelo sin preocuparse del precio y en un par de horas ya se encontraba en la nueva ciudad, donde cogió un taxi para ir a casa de Lexa. Conocía la dirección porque ella la había ayudado a encontrar aquel sitio cuando estaba buscando piso y todavía lo tenía guardado en la memoria del móvil.

Veinte minutos después el taxista se detuvo frente a un edificio rojo, que parecía marrón por la oscuridad de la noche, y al darse cuenta de que no sabía el número de piso ni la letra cogió su móvil y marcó el número de Lexa rezando para que se lo cogiera. Lo hizo después de un buen rato, con la voz cansada.

-¿Clarke?

-Lexa -se mordió el labio observando el edificio-, no sé si mirando por la ventana podrás verme pero… estoy en frente de tu casa.


Puede que este sea el peor momento para decir esto pero es muy probable que la semana que viene no pueda publicar porque prácticamente no voy a pasar por casa y no voy a tener tiempo de subir nada, así que vais a tener que esperar un poco más de lo normal para leer el siguiente capítulo, lo siento mucho :(

Gracias por leer y comentar!

PD: ya lo digo, POR FIN JODER