DEE POV
Al día siguiente de llegar a casa, mandé a Atenea a casa de Remus con una nota muy tonta. Le decía que había llegado a mi casa, que esperaba pasar unas navidades relajadas, y que me escribiera cada vez que se aburriera, que yo encantada de escribirme con él.
Después de eso, me pasé los dos primeros días de vacaciones en el Callejón Diagon, ultimando compras de Navidad con mi madre. Le compré a Dree una camiseta muy chula que ponía "Soy Dragonologuista" encima de una foto de un Colacuerno Húngaro en movimiento. Después, seguí con los regalos para el resto de mi familia. Por último, me acerqué a Honeyduckes y compré un surtido de ranas de chocolate para Dree, y me detuve ante el estante de los chocolates. ¿Debería comprarle algo a Remus?
Desde hacía un tiempo nos habíamos hecho muy amigos, y la verdad, me apetecía comprarle algo; pero ¿y si él no me regalaba nada? No quería que se sintiera mal por no haberme hecho él a mi ningún regalo… y tampoco quería regalarle ninguna tontería… Al final me arriesgué: compre 4 tabletas de chocolate de diferentes sabores (uno de ellos relleno de fresa), otro surtido de ranas de chocolate y una bolsita de varitas de regaliz. Cuando acabamos las compras, volvimos a casa para preparar la cena de Navidad.
La noche de Navidad cenamos toda la familia en casa de mis padres. Mi madre, con mi ayuda, preparó todas nuestras recetas favoritas (pavo, patatas asadas, tarta de calabaza…) y comimos hasta no poder más. Después papá sacó la "botella escondida" de hidromiel, una que compraba especialmente para esa noche, y brindamos todos juntos; después de una ronda de villancicos y de jugar con los pequeños, mis hermanos y sus familias se fueron a sus respectivas casas.
La mañana de Navidad siempre había sido muy especial; yo había establecido una especie de "ritual" desde que empecé a hablar y caminar sola. Me levantaba siempre la primera, indecentemente temprano. Como dormía en el mismo cuarto que mi hermana, la despertaba emocionada, y claro, ella pasaba de mí, se daba la vuelta en la cama y seguía durmiendo. Después, iba a por Josh, que sí me hacía caso, y se levantaba a duras penas, me cogía de la mano y me acompañaba a rastras y bostezando al cuarto de papá y mamá.
También trataba de despertarlos a ellos, pero siempre me daban largas. Así que Josh y yo nos poníamos a preparar el desayuno mientras el resto de nuestra dormilona familia decidía levantarse o no. Los regalos, que papá colocaba pulcramente bajo el árbol de Navidad, eran intocables hasta que no estuviéramos todos levantados y conscientes (había veces que mi hermana se levantaba y se volvía a dormir en el sofá).
Ese día me levanté temprano, como de costumbre: me puse mi bata calentita y me dispuse a despertar a la familia; pero solo tenía dos personas para despertar, así que fui al ataque, entré en la habitación de mis padres y me lancé sobre la cama.
-¡Buenos días, dormilones!- como de costumbre, estaba muy emocionada.
-Auu, ¡que bruta!- se quejó mi padre.
-¡Arriba, que se os van a pegar las sábanas! ¡Los regalos nos esperan en el salón!
-Veenga, ya vamos. Pero, ¡quítate de encima!-me dijo mi madre.
Les hice caso, me bajé de la cama y tiré de las mantas para obligarles a levantarse. Una vez los tuve en el salón, despiertos, con las batas puestas, encendí la chimenea (¡era genial ser mayor de edad y poder hacer hechizos en casa!) y empezamos a abrir los regalos. Siempre empezaba papá, eso formaba parte del "ritual". Después, iba mamá, y luego Josh e Indira. Como era la pequeña, siempre abría los regalos la última; pero no por nada, sino porque disfrutaba viendo como los demás abrían sus regalos, y no me importaba esperar. A demás, así a la hora de abrirlos me hacía más ilusión.
Así que cuando mamá acabó de desenvolver sus regalos, empecé yo. El primero eran unos guantes de lana, con bufanda y gorro a juego, hechos por mi madre. Mi padre me regaló 'Enfermedades y dolencias mágicas frecuentes' y 'Mil hierbas mágicas y hongos', que me serían muy útiles cuando empezara mis estudios de medimagia.
Mis hermanos me compraron una túnica de gala preciosa, azul marino con bordados rosa, para que me lo pusiera en la fiesta de graduación del colegio. A demás, me regalaron unos pendientes y una pulsera, a juego con el vestido. Estaba que no cabía en mí de la emoción. Luego, abrí el de Dree. Era un marco enorme con 7 fotos en movimiento en las que salíamos ambas, a lo largo de los 7 años de colegio. Aunque faltaba por rellenar el último hueco. Ahí en lugar de una foto había una nota que decía "Lo he reservado para la foto de graduación. ¡A sí que más te vale estudiar mucho y graduarte conmigo!". Me tuve que echar a reír.
Al final, cuando ya había desenvuelto los regalos que me mandaban todos mis familiares, me encontré con una cajita alargada, muy bien envuelta y con un lacito. Al principio pensé que se trataba de un reloj o una pulsera, pero al abrirlo, me encontré con una preciosa pluma roja de fénix; justo encima había una cadena de plata de la que colgaba un pequeño unicornio blanco.
Me quedé boquiabierta: era la pluma que había visto en la Casa de las Plumas aquel día en Hogsmeade con… Remus. Me quedé de piedra; y luego me puse a sonreír como una boba. ¿Cómo se había podido acordar? Si Dree estuviera aquí diría "Bah, es solo una pluma, ¿a qué tanto lío?"; pero no era solo la pluma, era el hecho de que Remus hubiera pensado en mi. Y el colgante… era precioso. Muy sencillo, pero elegante. Todo esto pasó por mi cabeza en una fracción de segundo, porque al momento mi madre me estaba preguntando:
-¿De quién es ese, cielo?- como estaba medio distraída, recogiendo papeles del suelo, no me miraba la cara, y por tanto no había visto mi cara de pava.
-De una compañera de cuarto del colegio- me inventé sobre la marcha.
-Ahh que detalle – ella seguía a lo suyo, agitando la varita, ordenándolo todo. –Termina tu de recoger esto, que voy a preparar el desayuno Y se fue para la cocina.
Me di cuenta de que había un pergamino doblado dentro de la caja, debajo de la pluma. Decía:
"Querida Dee:
Espero que te haya gustado la pluma. Como vi que te gustó mucho, pensé que era una buena idea regalártela, porque supuse que te haría ilusión. Ojalá haya sido así.
El colgante lo compré en una tienda muggle, pero lo he hechizado para que cambie de color según se lo pidas; solo tienes que decir en voz alta el color.
Bueno, espero que pases unas buenas vacaciones. Escríbeme a menudo, porque aunque tengo bastantes cosas que hacer, en mi pueblo no hay magos y la verdad que es un poco aburrido recibir solo noticias de James y Sirius una vez a la semana (no son muy dados a escribir como verás jejeje)
Te deseo muy feliz Navidad
Remus J. Lupin"
Ese día releí la carta como 20 veces. Estaba en las nubes, solo de pensar que Remus se había acordado de mí. Como es lógico, lo primero que hice fue escribirle una carta a Dree contándoselo todo, y preguntándole por sus regalos (y si le había gustado el mío). Y lo segundo, escribirle otra a Remus, dándole las gracias por los regalos.
El resto del día de Navidad lo pasamos en familia; y el resto de las vacaciones, en casa. Lo que suelo hacer en vacaciones es leer, oír la radio, cartearme con Dree (y este año, con Remus, que eme devolvió a Atenea con una carta en la que me preguntaba si quería matarle a azúcar, en tono de broma obviamente, y me daba las gracias por el chocolate; decía que se los acabaría en dos días, porque le chifla el relleno de fresa), hacer los deberes, jugar con Atenea y jugar al quidditch con mi padre, mi hermana y mi hermano (he de decir que soy muy mala sobre la escoba)
Las vacaciones pasaron, entre libros, cartas, deberes y más cartas; y llegó el día de volver a Hogwarts.
DREE POV
El día 24 me desperté de un sobresalto: ¡El regalo de Dee! Me había olvidado completamente y mañana era Navidad. Como siempre hacía las cosas en el último momento. No sabía que regalarle así que opté por algo un poco personal, y le compré un marco donde puse fotos nuestras, no era gran cosa, ciertamente, pero pensé que le podría gustar.
El día de Navidad llegó, por la noche mis padres estaban agobiados con los aperitivos y la comida. Como todos los años, y ya era una tradición, íbamos a casa de mis tíos y se repartían el trabajo de hacer la cena entre mis padres y ellos.
Llegamos tarde, como siempre, nos sentamos todos en una mesa grande, llena de comida, donde los mayores hablaban de sus cosas aburridas, normalmente unos hablaban de Quidditch y otros de cotilleos varios. A mí no me interesaba ninguno de los dos temas pero escuchaba para entretenerme. Nos quedamos hasta las tantas y luego nos fuimos.
A la mañana siguiente, me desperté antes que nadie, por muy mayor que me hiciese siempre tenía la ilusión de los regalos de Navidad. Desperté a mi hermana, pero esta pasó de mí, antes siempre habríamos los regalos juntas, pero ahora ella se dormía y hasta muy entrada la mañana no se despertaba, así que cogí a Robin, y me fui a abrir los regalos. Bajo el árbol había muchos pequeños regalos, y fui en busca de los míos.
Primero abrí el de mis tíos, era un pijama calentito, siempre me regalaban lo mismo pero resultaba muy útil pues para esas fechas siempre me hacía falta uno. Luego los de mis primos, un montón de chucherías de todas las clases. Y luego el de mis padres, que resultó ser un libro de dragones y un collar de cuero con un colmillo de un dragón, grité en voz baja para no despertar a nadie, me puse el collar directamente y me fui a abrir el último regalo, el de Dee, siempre me hacía ilusión abrir el suyo pues me inquietaba saber que me podría haber regalado. Era una camiseta donde ponía 'Soy Dragonologuista' encima de una foto de un Colacuerno Húngaro en movimiento. "Que crack" pensé al verla.
Una vez todos despiertos con sus regalos abiertos, les pedí a mis padres si podíamos salir para pasar el día fuera y así estrenar mi camiseta. Y eso hicimos, no volvimos hasta la noche. Los siguientes días me los pasé entre la casa y la calle, leyendo libros, jugando con Robin, haciendo el tonto en la nieve, patinando en el hielo…Uno de los días que creía que iba a ser igual que los demás apareció una lechuza con una carta, una carta dirigida a mí, extrañada porque no sabía de quien podía ser, la cogí y la abrí, al ver quien la había escrito me entró un cosquilleo por todo el cuerpo.
-¿Qué es? ¿Qué es? –Dijo mi hermana
-Una carta – Le respondí sin ganas.
-¿Y de quién es?
- De nadie, déjame en paz – Y me fui corriendo para leerla en un lugar tranquilo. Ya situada, abrí la carta de nuevo y comencé a leerla.
"Hola Adrienne, ¿Sorprendida? Espero que sí, sino no tiene gracia.
¿Cómo estás pasando las vacaciones? Bien, supongo. Esto es un poco aburrido, la verdad, de vez en cuando pasa algo interesante pero no es suficiente. ¿Recuerdas ese día patinando? Ese día sí que estuvo bien. Escríbeme cuando te apetezca ¿Vale?
Nos vemos en Hogwarts.
S. Snape"
A cada línea que leía de la carta se me iba haciendo más grande la sonrisa. La carta no era muy larga y realmente no decía nada, pero el hecho de que él fuese quien la escribía la hacía la carta más importante del mundo. Inmediatamente quise contestarle. Con la pluma en la mano empecé a escribir, pero todo me parecía mal. Después de muchos intentos lo hice, le contaba lo que había hecho en este tiempo, lo agradecida que estaba de recibir la carta y le pregunté por sus cosas.
Después de ese día nos escribimos un par de veces más. También, como de costumbre recibía cartas de Dee, una de ellas fue el día de Navidad, en la que estaba súper emocionada de que Remus le hubiese regalado una pluma. En el fondo la envidiaba un poco, había recibido un regalo de Remus, si yo recibiese un regalo de Snape, el grito que hubiese pegado lo habría escuchado hasta ella pero que le vamos a hacer, me conformaba con que se acordase de mí con las cartas.
Los días pasaron sin ningún contratiempo, a veces Robin se iba y no volvía en días pero ya estaba acostumbrada a sus huidas. Y entre muñecos de nieve llegó el día de vuelta.
Mis padres me soltaron en la estación, se despidieron de mí con un abrazo y atravesé el muro sola, esperando encontrarme a Dee en algún momento.
