Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de LyricalKris, solo nos adjudicamos la traducción.


My Biggest Mistake, My Greatest Salvation

By: LyricalKris

Traducción: Sarai GN

Beta: Yanina Barboza

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Capítulo 11: Cita caliente

—Quiero algo grande —dijo Felix, reclinándose en su silla, con los pies apoyados sobre el escritorio de Edward—. Algo imponente. Quiero que la gente de Chicago sepa que es el edificio Cullen al sólo verlo.

Edward entrelazó sus dedos, mirando a su primo, reflexionando que probablemente debería inquietarse sobre cómo un hombre con el apellido Scarpinato podría asumir el apellido Cullen como suyo. Molestaba al abuelo Cullen sin fin.

Frunciendo el ceño ante el pensamiento de su abuelo, Edward trató de empujar esos pensamientos incómodos a un lado. Desde su gran pelea muchas semanas atrás, Edward I había estado ignorando la existencia de Edward. Llamadas y correos electrónicos no fueron respondidos. Aparte de poner a Edward innatamente nervioso, el silencio de su abuelo no podía significar nada bueno, y no era tan estúpido como para pensar que había escuchado lo último de él, se sentía muy culpable. Lógicamente, él entendía que el hombre estaba equivocado. Se había equivocado al mantener a Edward lejos de sus padres, así como se había equivocado al ser tan cruel sobre Bella. Aun así, el abuelo Cullen era el padre de Edward en muchos sentidos, y un hijo nunca quiere estar lejos de la gracia de su padre.

—¡Edward! —Felix chasqueó los dedos delante de su cara.

Aclarándose la garganta, Edward trató de concentrarse.

—Sé que estás pensando en la altura, pero ¿has considerado la opción de un pabellón en lugar de un rascacielos?

Felix levantó una ceja.

—¿Un pabellón?

—Sí. La tierra que tienes es lo suficientemente grande. En lugar de un edificio enorme, ¿por qué no una colección de edificios alrededor de un cierto tipo de área verde, o incluso una serie de fuentes? Algo que agregar al paisaje y que la gente puede disfrutar al ser parte del lugar, en vez de simplemente mirar hacia arriba, arriba, arriba —sugirió Edward, girando su cuaderno de dibujo para mostrarle algunos bocetos en los que había estado trabajando.

—Hmmm —tarareó Felix, tomando el cuaderno y hojeando algunos de los bocetos, con el ceño fruncido en profunda reflexión.

El teléfono en el escritorio de Edward sonó y su asistente, Demetri, habló:

¿Sr. Cullen? Su esposa está en la línea 2.

—¿Es urgente? —preguntó, sintiéndose al borde del pánico. Trató de calmar su reacción innata, castigándose mentalmente por leer demasiados libros sobre el embarazo. Sabía demasiado sobre las cosas que podrían suceder, posibilidades aleatorias y minúsculas.

No, no es urgente, señor —respondió Demetri.

—Dile entonces que le devolveré la llamada en quince minutos más o menos.

Sí, señor.

Cuando Edward levantó la vista de nuevo, atrapó a Felix mirándolo con desconcierto.

—Ah, tu mujer fantasma —se rio entre dientes—. Pensaría que no existe, pero mi madre y el tío Edward han tenido muchas conversaciones acaloradas sobre esa chica.

Los hombros de Edward se pusieron rígidos, y tragó saliva.

—No sé lo que el abuelo ha estado diciéndote…

Felix levantó las manos, su profunda risa poniendo a Edward aún más irritado.

—Oh, Edward. Siempre es obvio de dónde obtienes tu inclinación para el dramatismo. Sí, tu abuelo y mi madre son muy... obstinados. Como para darse un ataque al corazón por la forma en que se encienden. —Él negó con la cabeza—. Pero ni mi madre ni el tío Edward estarán presentes la próxima semana para el picnic de la compañía.

—Es cierto —murmuró Edward, tamborileando los dedos distraídamente en su escritorio—. El negocio en Italia.

Felix asintió.

—Entonces, ¿traerás a tu esposa fantasma?

Edward levantó una ceja, sus labios en una delgada línea.

—Vamos. Tenemos una apuesta sobre por qué no la has mostrado todavía. ¿Rubia, morena? Tal vez incluso pelirroja. —Soltó una carcajada desagradable—. Ni siquiera tienes una foto de ella en tu oficina. ¿Qué vamos a pensar sobre eso? ¿Es tan horrible?

—Bella no es horrible —respondió Edward con vehemencia—. Mi esposa es hermosa.

—¡Entonces llévala! Déjanos echarle un vistazo.

—¡Ella no es un acto de atracción de feria!

—¡Edward! —resonó Felix, riendo—. Mi Dios, estás a la defensiva. La tendencia al dramatismo está en la sangre Cullen. —Negó con la cabeza—. No quise faltarle el respeto. ¿Por qué estás actuando así? No es normal para un hombre no querer ser visto con su esposa.

—Lo siento —dijo Edward contrito, pellizcando el puente de su nariz—. Sólo soy cauteloso. El abuelo dijo algunas cosas muy crueles sobre ella, y no voy a dejar que eso suceda de nuevo. Está embarazada, por Dios santo. Simplemente no quiero que tenga alguna razón para molestarse.

—Bueno, como ya he dicho, no escucho las ridiculeces de mi madre y mi tío —señaló Felix—. Y el resto de tus compañeros de trabajo no tendrían ningún problema, que yo sepa. —Él movió las cejas sugestivamente—. ¿A menos que hayas roto un par de corazones en el redil cuando te casaste con una completa desconocida? ¿Hmm?

Edward puso los ojos en blanco.

Felix le sonrió genuinamente a Edward.

—Nunca has experimentado esa comida campestre como un hombre de familia. Es bastante agradable. Habrá una cabina de fotos este año, como el año pasado. Incluso un tipo serio como yo me pongo un poco tonto con todos los accesorios que tienen allí. Puedes tomarte una buena foto con tu linda esposa. Y en los años venideros, a tu pequeño le van a gustar todas las cosas para niños que Heidi organiza.

Los labios de Edward tiraron hacia arriba. Tuvo que admitir que su primo estaba poniéndole imágenes en la cabeza que no eran desagradables. Recordó el año pasado, estando con los directores y sus cónyuges. Felix había ido a servirle un plato a su esposa y la besó en la mejilla mientras dejaba el plato delante de ella. Unos extraños, irracionales celos se habían agitado en él ese día. Un hombre odioso como Felix, sólo un año más o menos más joven que su padre, había convencido no a una, sino a cuatro mujeres diferentes a enamorarse de él. Mientras tanto, Edward, quien sabía que, si bien tenía sus defectos, por todo lo demás debía ser un buen partido, no había tenido una novia adecuada en sus treinta y dos años.

Aunque, ciertamente, Edward nunca le había envidiado a Felix las esposas que había atrapado.

Sacudió la cabeza y miró a su primo a los ojos de nuevo.

—Si a Bella le parece bien, vamos a estar ahí —prometió—. Ahora, sobre el edificio…

...

—Esto es tonto —dijo Bella con un gemido, mirando su reflejo en el espejo.

Estaba nerviosa. Por qué estaba nerviosa, no tenía ni idea, pero su estómago se retorcía en nudos que, por una vez, no tenían nada que ver con Frijolito.

Suspiró, dejando su cepillo abajo y apoyándose en el mostrador, inhalando y exhalando por la boca.

Alice y Esme la habían dejado pensativa. De todo lo que Edward dijo, nunca fue de los que tuvieran muchas citas. Aun así, debe haber ocupado su tiempo de alguna manera antes de que ella llegara. Ahora, él venía directamente a casa del trabajo, o salía temprano para recogerla de Home Depot. Todavía no le gustaba cómo ella consumía gran parte de su tiempo, teniendo que dejarla y luego recogerla, pero él fue firme en que ella no pensara en tomar el autobús, al menos hasta que estuvieran seguros que Alec y James se mantendrían alejados.

Pero en las seis semanas que habían vivido juntos, Edward había vuelto a casa con ella todas las noches y parecía contento de quedarse en casa los fines de semana, excepto cuando visitaban a su familia. A ella le gustaba la tranquilidad, pero seguro que él habría tenido algo para divertirse antes de que ella llegara.

Y aunque Bella se había concentrado en tener su vida en orden, no estaba aquí para hacer turismo después de todo, se le había ocurrido que quería explorar Chicago un poco.

Durante el último par de días Bella había ideado un plan. Ayer, había estado un poco extasiada. Hoy, sólo se sentía estúpida. Su plan, entre pagar por la cosa y para el nuevo vestido que llevaba, se había consumido todo un cheque de pago.

Valdría la pena, sin embargo, si podía invitar a Edward por una vez. Si iba a usurpar todo su tiempo, lo menos que podía hacer era hacerlo divertido de vez en cuando.

Así que se había tomado la tarde libre del trabajo hoy, consiguiendo el viaje de regreso a casa con Alice, quien tenía un trabajo flexible para el verano. Con la ayuda de la otra mujer, había encontrado un vestido que era bonito sin ser lujoso, lo suficientemente adecuado para donde iban.

Era una tarde agradable, Bella caviló. Alice tenía una presencia tan cálida, y apreciaba cómo cuidaba de Edward como si fuera su hermano mayor en lugar del hermano de su novio. Alice estaba extasiada con la idea de Bella, y acalló algunos de los temores que tenía de que Edward lo odiaría.

Habiéndose ido Alice, Bella volvió a dudar de sí misma, pero cuando oyó la voz de Edward llamándola, sabía que se le había acabado el tiempo.

Tomando una respiración profunda, Bella rápidamente terminó tirando de su pelo hacia atrás a los lados con dos bonitas horquillas, Alice había insistido en que cada atuendo agradable requería por lo menos un pequeño accesorio. Agarrando su bolso, se dirigió a las escaleras.

Edward estaba en el vestíbulo, dejando su maletín y la bolsa del portátil en el perchero de la entrada. Miró hacia arriba mientras bajaba las escaleras y la sorpresa se registró en su rostro antes de sonreírle.

—Bella —dijo, con la voz más entrecortada de lo usual—, estás preciosa.

Ella agachó la cabeza, tímida pero complacida. Era obvio que no podía apartar los ojos de ella, y se deleitó un largo momento con ese pensamiento.

Finalmente, los ojos de Edward viajaron de nuevo hasta los de ella y sonrió con picardía.

—¿Cita caliente?

Oyó la curiosidad en su voz, por lo que le devolvió la sonrisa con fingida inocencia.

—En realidad, sí.

Era cómica la forma en que su sonrisa vaciló mientras sus ojos se abrieron. Se recuperó rápidamente, su mano yendo a su nuca en un movimiento que reconoció como agitación nerviosa.

—¿En serio? ¿Conozco a esta persona? —Era obvio que tenía que esforzarse para mantener la voz firme.

—Eso espero —murmuró, sintiéndose un poco petulante por ponerlo nervioso—. ¿Son cómodos tus zapatos?

Él parpadeó.

—¿Qué?

—Tus zapatos —repitió—. ¿Puedes permanecer de pie en ellos durante unas horas?

—Eh, sí. Es posible —balbuceó.

Ella le sonrió, sintiéndose tímida mientras le extendía su mano. Él la tomó, todavía luciendo confundido.

—Bien —dijo ella, haciendo caso omiso de la emoción y el agradable cosquilleo que hormigueaba en su piel donde él la tocaba—, porque tú eres mi cita caliente.

Una vez más, sus ojos se abrieron, pero sólo por un momento antes que su sonrisa se ampliara de una manera que hizo trastabillar a su corazón.

—Ya veo —dijo, apretándole la mano.

—Eso está bien, ¿no? —preguntó ella, un poco ansiosa—. Quiero decir, ¿no tienes ningún plan?

Él se rio entre dientes.

—No, no tengo ningún plan. ¿Era por esto que no necesitabas el viaje de regreso a casa? —verificó.

Bella se sonrojó.

—Tenía que recoger algunas cosas —dijo, mirando hacia abajo a su vestido—. A donde vamos, no es muy lujoso, pero es un tanto lujoso como para ir en vaqueros —explicó.

—Ahora estoy curioso —murmuró, su voz baja mientras daba un paso hacia ella.

Bella se mordió el labio, la sensación de mareo en una especie de oleada.

—¡Que mal! —acertó a decir, aunque se sentía fuera de sí misma mientras lo miraba fijamente a los ojos—. Ya lo verás.

Él le apretó la mano de nuevo antes de dar un paso hacia el perchero de la sala, tomando su ligero suéter y colgándolo sobre su brazo.

—Bueno, vamos entonces.

...

El edificio de ladrillo rojo no era pretencioso, pareciendo cada vez más modesto mientras se acercaban, por lo que Edward estaba confundido.

Cook Au Vin —leyó en voz alta, divertido por el juego de palabras—. Se ve como una panadería, pero su nombre indica que es un restaurante francés.

—Es ambos, técnicamente —dijo ella con cuidado.

—Pero dijiste que estaríamos parados durante horas —reflexionó.

—Sí. Es un restaurante francés, pero nosotros somos los cocineros.

Se detuvo en seco, mirándola, sin saber muy bien qué pensar.

—¿Qué?

—Es algo que siempre he querido hacer —explicó en un apuro.

Edward se distrajo momentáneamente en cómo sus mejillas sonrojadas le daban ganas de rozar sus dedos a lo largo de su piel. Parpadeó, prestando atención de nuevo.

—La cocina no es lo que yo llamaría una pasión, pero siempre he pensado que sería, no sé... bueno, supongo, hacer una comida súper lujosa. ¿Sabes? Los platos que son difíciles de pronunciar. —El rubor rosa en sus mejillas volviéndose escarlata.

—¿Quieres decir que se trata de una clase de cocina? —preguntó él, arqueando una ceja mientras abría la puerta para ella.

—Sí —confirmó—, una comida muy elegante. —Su expresión era ansiosa mientras lo miraba—. Esto es tonto, ¿no es así? —preguntó en voz baja, mordiéndose el labio.

Presionando el pulgar en su labio inferior con suavidad, lo soltó del agarre de sus dientes.

—No es tonto —dijo en voz baja—. Aunque puede no gustarles si quemamos el lugar, sin embargo.

—Puede seguir instrucciones, ¿oui, monsieur?

Edward levantó la mirada para encontrar a un empleado que se les había unido y les observaba expectante.

Oui, puedo seguir instrucciones —confirmó.

El hombre asintió con la cabeza.

—¿Están aquí para la clase de Menú Champagne?

Bella se acercó entonces y le entregó un trozo de papel.

—Sí.

—¿Y tienen vino, para que lo ponga en hielo para ustedes?

Para sorpresa de Edward, Bella metió la mano en su bolso. No se había dado cuenta de que llevaba una pequeña bolsa de tela junto con su bolso. Sacó primero una botella de vino, y luego otra. Eran rojos, notó, coincidiendo con los pocos que tenía en su propio gabinete en casa.

Edward se inclinó hacia ella, sus labios cerca de su oreja para que pudiera susurrar.

—¿Para quién son esos?

Ella se estremeció visiblemente, pero estaba sonriendo cuando volvió la cabeza.

—Para ti. —Abrió su bolso un poco para mostrarle que había traído una botella de agua para ella.

—¿Crees que necesito dos botellas de vino? —preguntó, muy divertido.

—No —dijo ella, arrugando la nariz un poco—. Investigué. Tenemos que mantener las apariencias. Aparentemente, nos vemos tontos si llegamos con sólo una botella de vino, pero como alcohólicos si tuviéramos cuatro.

Esto le hizo reír. Él no estaba seguro de que nadie lo dejara acercarse a una cocina, pero amaba el esfuerzo que obviamente ella había puesto en su noche.

El empleado del restaurante les llevó a un cuarto trasero donde se celebraba la clase. Algunas de las otras parejas ya estaban reunidas, bebiendo su vino y refrigerios en una espectacular comilona de pan y queso.

—Pensé que esto podría ser divertido —dijo Bella mientras estaban sentados en los taburetes que el hombre indicó—. Es de lujo, así que pensé que podría ser aceptable para tus, eh, delicadas papilas gustativas. —Movió sus cejas juguetonamente—. Y hacen estas clases todo el tiempo, así que estoy segura que la cocina es a prueba de Cullen.

Él soltó un bufido.

—Ya veremos eso —murmuró, recogiendo el menú que enumeraba lo que estarían haciendo—. Sopa de trufa negra, camarones salteados con langosta y champán velouté, linguini con trufa fresca afeitada y pastel de champán y chocolate fundido —leyó en voz alta. Él contuvo el aliento—. Bella, esto es todo muy elegante.

Ella debió haber gastado una pequeña fortuna en esa pequeña excursión.

—¿Es eso algo malo? —preguntó, insegura.

Bella trabajaba tan duro para el poco dinero que ganaba, que hizo su corazón girar al pensar en lo mucho que había gastado. Si hubiera hecho esto como un gran gesto para compensar todo lo que él había hecho por ella...

—Sólo quería compartir esto contigo —explicó en voz baja.

Calor se extendió por su pecho, y su sonrisa fue más genuina. Llegó entre ellos, tomando su mano y entrelazando sus dedos.

—Sólo no esperaba esto —murmuró—. Es una buena sorpresa.

Su sonrisa era complacida cuando le devolvió la mirada.

La clase era más divertida de lo que Edward esperaba. El pan y queso servido antes de cocinar por sí solo permitió una buena noche. Observó, desconcertado y encantado a las expresiones de Bella mientras probaba diferentes quesos.

—Me voy a llenar sólo con esto —murmuró Bella, envolviendo un poco de salami de la bandeja de embutidos en una rebanada delgada de queso blanco.

Cuando todos en la clase habían llegado a conocerse bastante bien y tenían su ración de queso, pan y carne, se pusieron manos a la obra. Bella se rio y tomó una foto con su teléfono celular cuando él se puso la gorra y el delantal. No podía sentirse ofendido cuando ella sonreía así, sus ojos iluminados. Además, se veía adorable en ese atuendo, y se lo dijo, tomándole una foto con su propio celular. Ella amenazó con enviarle la foto a sus hermanos, y él sólo se rio.

El chef era americano, por lo que tomó gran placer en imitar un acento francés altivo para la diversión de su clase. Era encantador y divertido, manteniendo a todos involucrados y la atmósfera alegre mientras todos trabajaron juntos. Él bromeó cuando Edward derramó la mayor parte del vinagre a un lado en el mostrador en vez de en el tazón.

Le entregó a Bella una cuchara de madera.

—Madame Cullen, cuando vea que su marido no está siguiendo las instrucciones, golpéelo en los nudillos. Él aprenderá —dijo el hombre sabiamente mientras el resto de la clase se echó a reír.

Frunciendo los labios, Bella agitó la cuchara amenazadoramente a Edward, burlándose de él.

Cuando Edward vio a Bella mirando el vino de todos los demás mientras bebía su agua, le sirvió un vaso. Ella pareció sorprendida, hasta que se inclinó, susurrando en su oído.

—Un vaso de vino de vez en cuando está bien. Lo prometo.

—¿Cómo lo sabes?

—He estado leyendo esos libros también —admitió, sonriendo tímidamente.

Sus cejas se alzaron.

—¿Lo has hecho? ¿Por qué?

Ladeó la cabeza, un poco sorprendido por la pregunta.

—¿Por qué no habría de hacerlo? —preguntó con curiosidad.

No tenía respuesta para eso, y su atención pronto fue llamada de nuevo al chef.

Con todo, la clase duró casi cinco horas, corriendo mucho tiempo extra, no que a los asistentes les importara. Edward no podía hablar por los demás, pero él parecía haber caído en una burbuja de la que se resistía a marcharse.

Las últimas semanas, Bella había comenzado lentamente a salir de la cáscara en la que había estado desde el día en que se conocieron. Cuanto más tiempo pasaban juntos, viendo la televisión o cenando, había empezado a vislumbrar a la persona que podía ser cuando sus defensas estaban bajas, cuando se olvidaba de ser una mujer cuya vida entera había sido destrozada y se convertía sólo en ella, simplemente Bella.

Esa noche, ella estaba en su elemento. Estaba siendo bromista y divertida susurrándole aparte a él. Disfrutó la expresión de profunda atención que se apoderaba de su rostro cuando el chef estaba explicando una técnica culinaria avanzada. Le encantaba la forma en que sus pestañas revoloteaban cuando probaba un poco de salsa para comprobar que estaba sazonada correctamente, y amaba que las sonrisas que compartía con él eran más anchas que las sonrisas corteses que le daba a todos los demás.

Cuando Bella se excusó para ir al baño, una mujer que se había presentado a sí misma antes como Chelsea, se inclinó sobre su silla vacía, capturando la atención de Edward.

—La forma en que ama a su esposa es hermosa —cuchicheó efusiva en un profundo acento italiano—. Es raro ver a un hombre tan atento. No es de extrañar que ella le adore así.

Sus palabras le hicieron pensar, no porque las encontrara espantosamente mal, sino porque como ella las dijo, se dio cuenta que no estaba sorprendido.

—Gracias —murmuró sinceramente.

Todavía estaba pensando en esas palabras cuando finalmente salieron, cerca de la medianoche, llenos de rica, deliciosa comida y elevados en el humor de la velada. A pesar de que había bebido muy poco, ella afirmó que podría estar borracho, y Edward le dio las llaves, dejando que ella condujera su coche mientras trataba de organizar los pensamientos en su cabeza.

Pero Edward descubrió que no quería pensar. Estaba volando en alguna emoción que hizo acelerar su pulso y calentar su cuerpo de pies a cabeza. Los diminutos pelos en su piel parecían sentir un hormigueo con la carga en el aire alrededor de ellos. Cuando estaban juntos en el auto, el espacio en su cabeza se sentía un poco surrealista, como si el mundo mismo se hubiese suspendido sólo para ellos, a pesar de que podía ver el tráfico afuera de la ventana.

Se moría de ganas de tocarla, se dio cuenta de eso cuando trató de nombrar esa inquietud que parecía estar sólo bajo su piel. Quería tomarla de la mano sobre la palanca de cambios. Tomó todo su autocontrol para no inclinarse a través de la consola para besarla en la mejilla cuando se detuvieron en un semáforo en rojo.

Estas cosas se sentían extrañamente naturales. Como segunda naturaleza.

Fue extremadamente difícil luchar contra la naturaleza.

Estuvieron mayormente en silencio en el camino a casa. El silencio no era incómodo, pero había algo pesado sobre él, el peso invisible de algo a punto de ocurrir.

Ese silencio siguió a su paso dentro de la casa y mientras subieron las escaleras, todavía al lado del otro, sus dedos rozándose. Él había sostenido su mano esa misma tarde, pero de alguna manera, si lo intentaba, se sentiría diferente ahora, significaría algo más, algo que no había pensado todavía.

Fuera de sus puertas, se quedaron en el medio del pasillo. Era tarde, pensó, y debía dejarla retirarse a su habitación, pero simplemente no estaba listo para terminar esta noche.

Y, le tomó un momento para darse cuenta, ella no parecía estar en ninguna prisa tampoco.

La luz en el pasillo era baja, pero suficiente para que pudiera ver el leve rubor de su piel mientras ella lo miraba. Edward no podía comprender cómo podía verse a la vez tan inocente, tan pura, sus rasgos todavía suaves y dolorosamente jóvenes, y a la vez tan total y completamente como una mujer, la curva de su cadera y la ligera ondulación de su vientre causando que sus dedos se contrajeran con el anhelo de pasear sus manos a lo largo de las finas líneas de su cuerpo.

—Bella —murmuró humilde, rompiendo el silencio entre ellos mientras daba un paso tentativo hacia adelante.

—¿Hmm? —tarareó, el sonido ligeramente superior a la forma en que hablaba. Sus ojos fijos en los de él.

Levantó una mano con dedos vacilantes, flotando en el aire por unos instantes antes de que los llevara hacia la piel de pétalo suave en su mejilla. Respiró con dificultad, el sonido tartamudeando en su garganta.

—¿Te he besado antes? ¿En Las Vegas? —preguntó, repentinamente curioso e irracionalmente celoso de sí mismo—. A veces, creo que recuerdo besarte. ¿Lo hice esa noche?

Había estado demasiado avergonzado para preguntar antes, disgustado por el hecho de que no podía recordar una ocasión tan trascendental, una tontería quizás. Pero de alguna manera, no podía no saber más.

Bella parpadeó y bajó los ojos, pero sólo por un momento.

—Sí —susurró ella, su voz ligeramente suave—. Me besaste. Más de una vez.

Ahuecando su mejilla, se esforzó en recordar. Había pensado en ello antes, se había preguntado lo que se sentiría besarla. Ahora se preguntaba si esas fantasías ociosas no eran fantasía en absoluto, sino su memoria.

—Háblame de la primera vez —pidió, dando un paso más cerca de ella otra vez—. Por favor.

Sorprendentemente, ella se rio, el sonido casi una risita. Debajo de su mano, podía sentir la sangre caliente en la mejilla.

—Estabas siguiendo instrucciones.

—¿Instrucciones? —repitió, frunciendo el ceño.

—"Ahora puede besar a la novia" —citó, un lado de sus labios arqueándose hacia arriba, aunque él pensó que la sonrisa era un poco triste.

Sus labios tiraron hacia abajo, la insatisfacción impregnada en las emociones embriagadoras que hacían que sus pensamientos se sintieran densos.

—¿En serio? —gimió disgustado—. Eso es...

No había palabras para lo equivocado que estaba.

Sacudiendo la cabeza, dio un paso adelante, una vez más, su cuerpo absorbiendo el último poco de espacio entre ellos. La mano que no tenía ahuecada en su mejilla se desvió hacia la parte baja de su espalda, y la atrajo hacia él con suavidad. Los ojos de ella estaban muy abiertos, pero su cabeza inclinada hacia arriba.

Era extraño, porque, por un lado, había una emoción que nunca había conocido antes. Aun así, había algo tan completamente natural con este momento.

En una ocasión había oído una canción que decía que todas las almas, en el principio de los tiempos, estaban unidas, dos en un par, antes que fueran rasgadas a pedazos y se dispersaran por todas partes del mundo. Parecía tan plausible en ese momento. ¿Qué otra cosa podría explicar cómo sabía exactamente dónde poner su mano para que se ajustara a la parte baja de su espalda? ¿Qué otra cosa podría explicar la forma en que sus cuerpos se alineaban? Seguramente ella había sido una parte de él una vez, y ahora que la había encontrado de nuevo, vio que había estado perdiéndose algo esencial.

Tal vez eso es lo que era la soledad: el tranquilo dolor sin nombre de un alma en busca de su mitad perdida.

La emoción, la adrenalina que sentía simplemente tocando su mejilla, no se parecía a nada de lo que jamás había experimentado. Era nuevo, y sin embargo...

Lo que él sentía por ella parecía tan antiguo como el tiempo mismo. La puesta de sol en el oeste. El cielo azul. Edward estaba destinado a tocar a Bella, abrazarla así.

Inclinó la cabeza hacia abajo, atrapando sus labios entre los suyos, el movimiento perfectamente ejecutado como si hubiera sido coreografiado. Ella gimió contra su boca, sus labios se movían con los de él, sus brazos alrededor de su cuello mientras él envolvía sus dos brazos alrededor de ella. Podía sentir cada línea de su cuerpo contra el suyo.

Fue como tomar su primer aliento, a pesar de que no respiraba en absoluto, demasiado absorto en besarla sin que nadie le dijera cómo, y por la única razón de que era lo que estaba hecho para hacer.