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Capitulo 9
—Me ha dicho un pajarito que últimamente visitas mucho a Rhona —le dijo Logan a Albert un par de días más tarde, echándole un brazo por los hombros.
—Voy a tener que cortar unos cuantos picos entonces —refunfuñó él. Alzó un hombro y se quitó de encima el brazo de su compañero de armas.
—¿No es cierto?
—No es de tu incumbencia.
Logan soltó una risotada. Ambos se dirigían hacia el patio.
Albert había decidido que necesitaba un descanso de su trabajo con Robert, y pasar un rato con sus hombres serviría para alejar a aquel muchacho de su pensamiento.
—Últimamente estás de lo más extraño, Albert. ¿Se puede saber qué te ocurre?
—Necesito una buena pelea.
—Ya veo. Tanta ociosidad te tiene igual de nervioso que a mí, ¿no?
Albert no contestó.
—Hace tiempo que no les hacemos una visita a los MacMunro.
—El laird nos desollaría vivos si iniciáramos otra guerra sin motivo —reconoció Albert.
—Oh, pero seguro que hay alguno, si buscamos un poco. —Logan sonrió de medio lado, dejando al descubierto un par de agujeros en su dentadura—. Estoy convencido de que nos faltarán un par de reses allá abajo.
El clan poseía unas cuantas cabezas de ganado que cuidaban algunas familias en el valle, donde las temperaturas no eran tan extremas y donde podían encontrar algo de pasto durante los duros inviernos.
—Seguro que sí, pero no vamos a ir a comprobarlo —aseguró Albert—. Al menos hoy no.
—Tú siempre estropeas los momentos de diversión. —Logan escupió en el suelo, sin acritud. Albert siempre se había caracterizado por ser un hombre muy cabal, demasiado para el gusto de su amigo. La mayor parte del tiempo eso lo convertía en un miembro respetado, temido y valorado en el clan, pero había veces... había veces en que era un condenado aguafiestas.
Llegaron a la explanada frente al castillo. Hacía algo menos frío que los días anteriores, y Albert esperaba que Robert también practicara sus ejercicios en compañía del pequeño Anthony. Él necesitaba sentirse rodeado por hombres de verdad, hombres tan rudos como él mismo. Ese día iba a romper unos cuantos huesos.
Candy estaba harta de hacer siempre lo mismo, durante días. Esa mañana, Albert se había marchado con su guerrero de confianza y la había dejado a cargo del pequeño. Aunque, visto lo visto, no sabía quién cuidaba de quién. El pequeño Anthony tenía una asombrosa facilidad para moverse con la espada en la mano, e incluso se había atrevido a proporcionarle algún consejo, como si ella fuese una principiante. No se atrevió a decirle que conocía los rudimentos de la lucha con la espada aunque no los dominara, y que su principal problema radicaba en aquellas armas escocesas tan largas y tan pesadas.
—Cuando ataques, está bien que te adelantes. Pero, cuando eres tú quien recibe el golpe, es mejor que eches la pierna derecha hacia atrás, para mantener el iquilibrio.
—El equilibrio —le corrigió ella.
—Porque si pierdes el iquilibrio te caes al suelo —continuó él, sin hacer caso a su corrección. La había escuchado, sin duda, porque había fruncido ligeramente el ceño, como si le molestara que alguien le indicara que se había equivocado—. Y si caes al suelo, estás muerto.
—Entiendo —dijo ella. Sabía que aquellas indicaciones provenían de su padre. De hecho, a ella ya se las había dado en alguna ocasión, solo que, a veces, lo olvidaba. Anthony estaba ocupando el lugar de Albert, y parecía muy orgulloso de ello.
—¿Has matado a alguien alguna vez? —preguntó entonces el niño.
Se había detenido y clavado la punta de su espada de madera sobre la tierra blanda, donde la escarcha se había derretido y formado una grumosa mezcla de barro.
—No, ¿y tú? —respondió ella, con una sonrisa.
—Todavía no —contestó—. Pero espero hacerlo pronto.
—¿Hablas en serio? —Que un niño de esa edad soltara una afirmación como aquella le parecía horrible.
—Pues claro. ¿Para qué nos entrenamos entonces?
—¿Para defendernos si nos atacan? —contestó ella, con cierta ironía.
—Buff.
—¿Buff?
—Tú no puedes entenderlo. No eres escocés.
—Te recuerdo que mi padre sí lo era.
—Pero tú no has nacido aquí, ni has vivido aquí.
—¿Y eso qué cambia?
—Solo los clanes débiles se limitan únicamente a defenderse.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Mi padre.
—Vaya con tu padre. Menudo ejemplo.
El niño alzó la espada a tal velocidad que ella no tuvo tiempo ni de cambiar de posición. De repente, la punta estaba pegada a su garganta. Candy se quedó muy quieta. Aunque el arma era de madera, podía llegar a hacerle daño. Desde allí observó al pequeño, con las piernas separadas y una mirada cargada de desdén, que tenía fija en ella.
—Mi padre es un gran guerrero —aseguró el niño—. Por eso te está entrenando, aunque tú no valgas para nada.
—¿Cómo te atreves? —Candy dio un paso atrás y alzó su propia espada, que desvió de un golpe la de su joven antagonista. En un segundo las tornas se habían cambiado.
Anthony parecía sorprendido y en sus ojos pudo ver algo más. Un atisbo de ¿admiración?, ¿respeto?
—En mi tierra también luchamos —aseguró ella—. No somos ni inútiles ni cobardes.
—Los highlanders somos los Elegidos de Dios —afirmó con rotundidad.
—¿Cómo? —Candy tuvo que parpadear varias veces y bajó su arma.
—Somos los que más cerca vivimos de Él —contestó, con un convencimiento tal que Candy no pudo más que asentir.
—La mitad de mi sangre es escocesa, Anthony. Y ahora estoy aquí.
—Entonces tú también debes ser uno de los Elegidos —dijo el pequeño, que la miró de arriba abajo—. Aunque todavía no sé para qué.
Anthony se dio la vuelta y comenzó a alejarse. Candy lo observó mientras se dirigía a un morral que había dejado junto al muro y extraía un pedazo de queso, una hogaza de pan y un cuchillo que podría rebanarle el cuello a un buey de un solo tajo. ¿De verdad aquel niño tenía solamente seis años?
Con los músculos doloridos pero el ánimo fuerte, Albert regresó a su hogar en cuanto comenzó a caer la tarde. Le gustaba recorrer aquella parte del poblado, ver las primeras luces encenderse tras las contraventanas, llenar sus pulmones con el aire frío y ligeramente dulzón de los árboles, sentir bajo sus pies aquella tierra firme y compacta, una tierra que había sido regada con la sangre de miles de escoceses. A veces, casi creía sentirla palpitar a través de las suelas de sus botas, un tam-tam de tambores de guerra que atronaba sus oídos.
Estaba convencido de que Anthony también lo sentiría de ese modo en el futuro. Confiaba en que el hijo de Keilan Andrew también lo lograra algún día. A fin de cuentas, por sus venas corría la sangre del clan.
Al llegar a la altura de su propia casa, comprobó que no había ninguna luz encendida. Alzó la vista hacia el cielo. La oscuridad pronto sería completa, al menos todo lo completa que permitían aquellas latitudes. Ni siquiera se detuvo. Continuó caminando en dirección al pequeño campo de entrenamiento. No tardó en distinguir la figura de Rob, que acarreaba piedras como si le fuera la vida en ello. Pero no había ni rastro de Anthony. No fue hasta que estuvo casi a su altura que vio un bulto en el suelo, cubierto por un tartán. Era su hijo. Se había quedado dormido.
—Ya es muy tarde —dijo.
Rob se sobresaltó y casi dejó caer la piedra que sostenía en ese momento. Lo miró con los ojos muy abiertos y habría jurado que incluso se ruborizó. «Qué chico tan extraño», se dijo Albert. A veces parecía tan sensible como una damisela.
Sacudió entonces a su hijo, que se despertó de mala gana. Lo cogió en brazos y lo acurrucó junto a su pecho. A veces olvidaba que aún era muy pequeño. Le llegó el olor a brezo de su pelo, y esa calidez que acumulan los niños cuando duermen y que traspasó su tartán y su camisa de hilo. Le habría gustado permanecer así durante un buen rato, sintiendo junto a su pecho el palpitar del corazón de su hijo, pero Anthony se espabiló y le pidió que lo bajara.
Comenzó a parlotear mientras Rob se limpiaba las manos, se cubría con el tartán y recogía el morral del suelo. No podía apartar la vista del chico, de sus largas piernas y sus manos, que esta vez había tenido la precaución de cubrir con unos lienzos. Anthony se impacientó cuando comprobó que no le escuchaba, y se obligó a prestarle atención. Le contaba no sé qué de Dios y los escoceses, pero él volvió a perder el hilo en cuanto vio cómo la ceja de Rob se alzaba. Anthony tiró de su tartán y él asintió, sin saber muy bien a qué. Los ojos de Rob se encontraron entonces con los suyos. Un latigazo recorrió su cuerpo entero.
—Vamos a casa —dijo al fin. Solo le salió media voz—. No deberíais estar aquí tan tarde.
—Lo siento, es culpa mía —aseguró el joven.
—¿Llevas toda la tarde con el muro? —le preguntó.
—Eh... sí, bueno. —El chico parecía de nuevo avergonzado—. Esta mañana practicamos con la espada y esta tarde pensé que estaría bien intentar fortalecer un poco los músculos.
Albert no dijo nada. Echó un vistazo a esos brazos, que se adivinaban bien escuálidos a través de las mangas de la camisa. Pensó con resignación que ni llevando de un lado a otro todas las piedras de Escocia lograría sacar músculo de aquello. Pero no lo dijo. Valoraba la actitud del joven y no iba a ser él quien echara por tierra su intención de convertirse en un guerrero.
—Mira, papá —dijo entonces Anthony—. Ahí están Logan y Wallis.
El aludido caminaba con despreocupación junto a su esposa, a la que había echado un brazo sobre los hombros. Lucía un buen cardenal junto al ojo derecho, obra de Albert. Pero había sido culpa suya. Había estado pinchándole todo el día, hasta que ambos decidieron iniciar una buena pelea, una de esas que te calientan la sangre y el corazón. Junto al matrimonio caminaba su hija Christen, a la que Candy ya había visto jugar con Anthony en el salón.
Anthony echó a correr en dirección a su amiga y ambos comenzaron a perseguirse alrededor de los mayores, que se habían detenido en el camino.
—¿Qué tal tu ojo, Logan? —preguntó Albert muy ufano.
—Supongo que igual de bien que tus costillas —repuso el otro, que tocó con la punta de los dedos el moretón.
—¿Os habéis peleado? —preguntó Candy, atónita—. ¿Por qué?
—Es uno de sus deportes favoritos —aseguró Wallis—. No necesitan ninguna razón.
—Pero eso... eso es... es... —No conseguía encontrar las palabras adecuadas.
—¿Divertido? —preguntó Albert.
—¿Entretenido? —inquirió Logan, al mismo tiempo.
—¿Entretenido? ¿Divertido? ¿Es que estos escoceses están locos?
Si me quedo aquí mucho tiempo voy a acabar igual que ellos.
Candy enmudeció. Todos la miraban de forma extraña. Había pensado en voz alta, y lo había hecho en castellano, por fortuna.
—¿En tu tierra cómo os divertís vosotros? —preguntó Albert.
Descubrió que necesitaba saber la respuesta. Tal vez eso le diera alguna pista sobre otras aptitudes del joven.
—Pues... —Candy no sabía qué contestar. ¿Qué se suponía que hacían los hombres cuando no había mujeres delante? ¿Beber? ¿Jugar? ¿Pelear?
—Ahhhh. —El grito de Christen la sacó del apuro.
Wallis se volvió de inmediato, más rápida incluso que su marido.
—¿Qué pasa, pequeña?
—Es Anthony —contestó la niña, retorciéndose sobre sí misma—.Me ha metido un puñado de barro por la camisa.
Anthony observaba la escena con una sonrisa de oreja a oreja, feliz de haber logrado su proeza.
—Será mejor que nos retiremos ya —anunció Albert.
Los demás se mostraron de acuerdo y todos siguieron su camino.
—¿Por qué has hecho eso, Anthony? —preguntó Candy—. Hace mucho frío.
—¿Y qué? —preguntó el niño, con los ojos como platos—. Solo jugábamos.
—¡Pero eso no se hace!
—¿Por qué no? —El niño miró a su padre, que se encogió ligeramente de hombros. Al parecer, tampoco él sabía qué contestar.
—Pues porque... porque... —Desde luego, esa no era su noche.
Todas las palabras parecían habérsele muerto dentro de la cabeza.
—Este verano le metí un saltamontes por la camisa —anunció el pequeño, muy orgulloso—. Creo que nunca me había reído tanto.
—¿En serio?
—¿Tú no le gastabas bromas a tu hermana? —preguntó el pequeño, vivamente interesado.
—¡Claro que no! —Bufó ella. Y al instante comprendió que había cometido un error. En ese momento no era Candy, era su hermano Robert. Y Robert había cometido travesuras como esa, y algunas mucho peores—. Bueno, alguna vez sí —rectificó de inmediato.
—¿Qué le hiciste? —preguntó Anthony, con cierto brillo de admiración en los ojos.
Albert caminaba un paso por delante de ellos, pero muy despacio, como si no quisiera perderse ni una sola de sus palabras.
—Bueno... —Candy carraspeó—. Una vez le metí una culebra en la cama.
—¿Qué? —Anthony se detuvo, atónito. Hasta Albert volvió la cabeza y le lanzó una mirada cargada de significado.
—Oh, ¡las culebras no son venenosas! —aclaró de inmediato—.Claro que ella no lo sabía.
Recordaba con nitidez aquel episodio. Se había metido en la cama sin sospechar que bajo las sábanas la aguardaba tamaña sorpresa. Cuando sintió algo ligeramente viscoso y frío moverse por sus piernas, comenzó a patalear y a gritar y salió de un salto de la cama. Aún recordaba aquel tacto sobre su piel. En la puerta de su habitación, sus hermanos Robert y Thomas se reían a mandíbula batiente, mientras ella era incapaz de dejar de chillar. Su padre acudió todo lo rápido que pudo dada su limitada movilidad, y la madre hizo otro tanto. El padre se llevó a la culebra y a los chicos, y su madre la mantuvo abrazada hasta que se calmó. No era un recuerdo especialmente agradable, pero hasta esas travesuras echaba de menos.
—¿Y qué más? —preguntó el niño.
—¿Qué? —Solo en ese momento se dio cuenta de que se había detenido en medio del camino, mientras rememoraba aquella historia. Albert la observaba con atención, como si intuyera que, durante unos instantes, ella había viajado a otro tiempo y otro lugar.
—Ya te lo contará otro día, Anthony —terció él. Colocó su mano sobre el hombro del chico y lo obligó a continuar caminando.
—Vaya, una culebra... —iba murmurando el chiquillo.
—Anthony... ¡ni se te ocurra! —bramó su padre—. No podrías sentarte durante una semana.
El niño hundió los hombros y comenzó a arrastrar los pies. Albert le lanzó a Rob una mirada de advertencia. En el futuro, sería mejor no alimentar aún más las fantasías de su hijo. Candy se dio por advertida.
CONTINUARA
Jajajajaja, lo siento, se que voy volando con las actualizaciones de esta nueva historia, pero es que tengo la otra frenada porque quiero saber que pasa con la calentura que este chico le provoca a mi guerrero , y tambien si ella demuestra ser digno niet de el Lair Andrew.
Con respecto a la historia de humor que prometi, les confiezo que no encontre nada para el rubio, solo para el rebelde, y me paso lo mismo que con esta, no cambie absolutamente nada su apariencia fisica., pero no me he rendido, sigo en la busqueda .
Aqui vemos a una chica muy religiosa, bueno viendo la epoca en que se desarrolla la historia , eran muy creyentes y la gente le temia mucho a el castigo divino por hacer fechorias.
Quiero saber si George sigue vivo, la verdad no puedo parar, me tiene muy entreenida tanto asi que hasta el sueño se me esfumo.
Un abrazito a todas
Aby
