Capítulo 10

Lo sintió.

Las tinieblas danzaban delante suyo, actuando un satírico vodevil, invitándolo a sumirse en la oscuridad. Pero apenas si tenía ganas de ignorarlas. Sólo podía pensar en todo el daño que le había causado a T.K. Había sido el primero en sentir la amenaza de la oscuridad latente, arrastrando a Gatomon consigo. Había dejado que T.K. viera el miedo en sus ojos y se atreviera a desafiar al Señor de las Tinieblas. Había dejado que se enfrentara a las más horribles pesadillas solo, aún cuando él le había prometido que siempre estaría a su lado para acompañarlo y protegerlo. Y no había sido capaz de detenerlo. No había sido capaz de mantener encendida la Esperanza. Ahora… sólo quedaba que la más devastadora destrucción asolara el Digimundo y el Mundo Real.

Hacía mucho tiempo que estaba en esa posición, encadenado, herido, con frío, hambre y sed. Obligado a ver las perversas torturas a las que T.K. era sometido. Su alma estaba gritando por la maldad percibida.

Una mano fría y delicada se posó en su mejilla magullada. Hizo un esfuerzo por alzar la cabeza y mirar a la angelical figura que estaba delante de él.

- Angewomon. – susurró. Lucía tan pálida y descolorida como el día en que Piedmon había regresado. Su larga cabellera seguía opaca y amarillenta, sin brillo ni divina belleza. Y las sombras se enroscaban en sus piernas, en sus brazos, y en su cintura.

- Shh. – lo silenció, acariciando su rostro. - ¿Lo has sentido, Angemon? – su voz continuaba oyéndose gélida, a pesar de las lágrimas que empezaron a brotar de sus ojos y caían por su rostro. Sorprendido, descubrió que indeseadas lágrimas caían de sus ojos también, sin que él las hubiera convocado.

- Sí… - emitió un sonido ronco, producto de su garganta desgarrada. Intentó acariciarla, y dolido, las viles cadenas que sonaron le recordaron que tenía las manos sujetas. – No llores, Angewomon… -

- No soy yo la que está llorando. – dijo ella, limpiándole las lágrimas dulcemente con los pulgares. – Así como sé que no eres tú el que llora. Es la Luz que yace en mi interior la que está llorando.

¿Así que era la Esperanza que llevaba en su interior la que lloraba? Nunca le había pasado eso. ¿Tan mal estaban?

Angewomon se acercó más, y las sombras que la rodeaban lo asfixiaron, haciendo que el poco aire que llegaba a sus pulmones se volviera aún más esquivo.

- ¿Entiendes lo que va a pasar ahora, verdad? – le tomó el rostro en las manos. – Él vendrá y reclamará a T.K. que actúes por voluntad propia. Si no lo haces, es más que seguro que matará a T.K., y seguirá con Kari. Pero él no quiere llegar a esos extremos. No quiere deshacerse de T.K.

- Lo lamento, Angewomon. – susurró sobre sus labios. – Si no me hubieses seguido, él no te habría atrapado, y no te hubiera hecho… esto. – bajó la barbilla, buscando la extinguida calidez de las manos del ángel contaminado.

- Tampoco te hubiera dejado ir solo. – contestó ella, con un tono indiferente que no congeniaba con su llanto. – Ya no hay nada que podamos hacer… -

- No – la interrumpió, mirándola fijamente. – No dejes que tu Luz muera, Angewomon. Si crees… si crees conmigo, habrá algo que podremos hacer. Por favor, no mueras… quédate a mi lado, Angewomon. Por favor. – suplicó. Debía despertarla, y alejar las sombras de su corazón. Si ella despertaba, si su Luz renacía… podrían rescatar a T.K. y Kari. Porque él solo no podía. Necesitaba de ella. – Te necesito. -

Ella titubeó. Acortó la distancia, entreabrió los labios, labios pálidos que temblaban, él también separó los labios, estiró su cuello todo lo que pudo para acercarse… Las sombras se agitaron de inmediato, tensando los brazos, piernas y torso del ángel. Angemon apretó los dientes.

- Perdón, Angemon. – jadeó Angewomon, batallando con sus propias cadenas. Vió cómo laceraban la piel pálida cuando forcejeaba por liberarse. - ¡Él… se acerca… él sabe…! – las sombras rodearon su cuello, quitándole el aire. Cayó de rodillas.

- ¡NO, ANGEWOMON! – bramó, sacudiendo las cadenas. Frías y fuertes palmadas resonaron por las paredes de piedra. El ángel encadenado levantó la cabeza, observando al recién llegado. - ¡DÉJALA EN PAZ! -

- Realmente eres obstinado, ¿eh? – el payaso miró de soslayo a Angewomon, que peleaba por volver a respirar. – Neh, dejémosla divertirse un rato mientras conversamos… - los oscuros ojos desbordaban la sádica dicha que le provocaba causar tanto mal. Las lágrimas no dejaban de manar de los ojos de Angemon.

Las tinieblas se dispersaron, dejando a una Angewomon inconciente tirada en el frío piso.

- Así me prestarás más atención, ¿no? – Piedmon le dedicó una enferma ojeada al digimon ángel. – Me ha servido bien, te sorprendería saber las cosas que ha hecho por mi… -

- ¿Qué es lo que quieres? – lo cortó Angemon. Piedmon sonrió. Realizó un gesto teatral, señalando toda la habitación.

- Estamos en el acto uno, Angemon. Tú sabes de qué. Los actores principales se están acicalando en este momento; tras el telón están revolcándose para liberar tensiones… - acentuó su sonrisa maligna. Angemon sintió arcadas del asco que aquella sonrisa le producía.

- Corrompiste a T.K. y Kari, has contaminado a Angewomon… - le acusó, temblando. Piedmon le ignoró.

- En los camarines, por los pasillos, tras bambalinas, los tramoyas, todos rumorean que el protagonista de la obra no quiere aparecer en escena… ¿Sabes cuán grave es eso, Angemon? – avanzó un par de pasos hacia él, ahuyentando las sombras que jugaban con sus pies. – El prestigio del director se irá a la ruina, no podemos permitir que eso pase; ya han esparcido por ahí que el director disfruta de extraños gustos… - le secó una de sus sagradas lágrimas con el dedo índice, frotándolo con el pulgar. Volvió a acercarse a murmurar en su oído. – Dicen por ahí que el director se acuesta con la novia del actor principal. – se burló.

- Basta, ¿qué pretendes con esto? – la cercana proximidad de Piedmon lo ponía enfermo, intoxicando su escaso espacio limpio.

- Dicen que el director de la obra abusa de los actores principiantes. – murmuró otra vez. Angemon estaba histérico. – Dicen que es todo un voyeur

- ¡BASTA! – bramó, enfurecido. - ¿Qué quieres, Piedmon? – le soltó, temblando por la crueldad de los comentarios, que afectaban escandalosamente su dignidad ya a maltraer.

- Lo único que te pido, es que cooperes con el director en todo lo que te diga… - el aire estaba densamente poblado de tinieblas, Angewomon lucía gris por todas las sombras que se cernían sobre ella. - ¿Lo has entendido, Angemon? Harás… - los dedos subieron desde su cinturón, escalando por su torso adolorido, enterrándose deliberadamente en las heridas más profundas y abiertas. – Todo… lo que el director… pida… - Jugueteó con su labio. - ¿O quieres que descargue su furia con los actores principiantes? Que ya han estado revolcándose… - rió. - ¿Lo harás, Angemon? -

Estaba encerrado. Angewomon estaba ahogándose por la toxicidad de las tinieblas, que trataban de violar toda su luz; T.K. y Kari estaban contaminados, y ya habían desatado la oscuridad, anunciando su llegada a lo más fondo del abismo al ser conducidos por sus deseos oscuros; y él estaba siendo vilmente humillado por el payaso, que se reía de su nobleza, pudriendo su pureza, pisoteándola en la sima. Y si no lo hacía, si seguía rehusándose… sería T.K. quien pagaría la desobediencia. Una vez más.

- Yo… - la mandíbula le tembló. Angewomon espiró muy débilmente. – Lo haré.

La sonrisa de Piedmon no podía ser más nauseabunda.

- Muy bien. – tronó los dedos, y las cadenas lo liberaron. Cayó como peso muerto, ni las alas adormecidas pudieron reaccionar a tiempo. – Recibirás las instrucciones a su debido tiempo. – el payaso se agachó para coger a Angewomon. – Ella vendrá conmigo, sabe cómo me gusta beber. – pero pareció cambiar de parecer, y le aferró el cabello. – Siempre es un gusto negociar con usted. – se reverenció ante Angemon. – Nos vemos. – y salió arrastrando a Angewomon del cabello.

Angemon suspiró pesadamente.

- Ah, por cierto. Yo soy el director de la obra. - aclaró antes de desaparecer.

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Se movió a un lado, dejando el brazo colgando por el borde de la cama. Un súbito frío le hizo cosquillas en la espalda desnuda, haciendo que cogiera las mantas y se tapara hasta arriba. Se volvió hacia el otro lado, buscando entrar en calor. Finalmente despertó. Se rascó la cabeza, se frotó el rostro, bostezó, tratando de recordar en qué momento se había quedado dormido.

Dio un salto ágil, aterrizando limpiamente en el suelo. Le llamó la atención ver a su digimon observando por la ventana.

- ¿Qué sucede, Koromon? – quiso saber, frotándose los brazos para entrar en calor. El digimon con forma de pelota rosada estaba amodorrado, con un aire alicaído que lo hacía inclinarse hacia delante, con las orejas caídas.

- Están… perdiendo… - murmuró Koromon acongojado. Tai se acercó a ver por la ventana, descubriendo la densa neblina que le impedía ver la calle. Aquello sólo podía significar una sola cosa.

- ¡MIERDA! – revolvió por toda la habitación buscando el teléfono celular. Intentó marcar el número de Matt, pero extraños símbolos que él no podía controlar aparecieron en la pantalla. Se abalanzó sobre el computador, pero sucedió lo mismo. - ¡MALDICIÓN! ¡ESTÁ CORTANDO LAS COMUNICACIONES! – Koromon saltó hacia la cama de abajo. Tai se vistió rápidamente con lo primero que encontró, maldiciéndose por haberse quedado dormido. – Tendremos que buscar a los otros… - tomó a Koromon en brazos y salió corriendo por la puerta.

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Iba apretado contra la puerta del subterráneo. Había coincidido con la salida del trabajo de una gran cantidad de oficinistas, los cuales le enterraban los maletines en las costillas y los riñones. Hacía todo lo posible para que no le afectara ninguno de esos inconvenientes a Tsunomon, quien estaba algo decaído.

- Matt. – murmuró.

- Dime. – respondió en un susurro en extremo bajo, para que no lo oyeran los otros pasajeros.

- Tenemos que… - las otras palabras no las alcanzó a oír. El traqueteo constante del subterráneo empezó a marearlo, y el calor lo estaba ahogando. Tsunomon lo sintió cuando los brazos del rubio flaquearon y estuvieron a punto de soltarlo. – Matt, ¿qué pasa?

Apoyó la frente en la puerta, sujetando fuertemente al digimon bebe entre sus brazos. Un estremecimiento lo recorrió por completo, debilitando la fuerza de sus extremidades, y su sentido del equilibrio.

- No… - balbuceó contra la puerta. – Tengo que ser fuerte… -

- ¡Matt! ¡Dime qué te pasa! – chilló Tsunomon, asustado. El rubio le cubrió la boca bruscamente, instándolo a que guardara silencio. Una mujer miró para todos lados, creyendo que había oído a un niño gritar, o el ringtone de un teléfono celular. Matt tomó aire profundamente varias veces, tratando de calmarse. Pero el calor no lo ayudó demasiado.

- Guarda silencio… Tsunomon… - se palpó los bolsillos en busca de su celular, mientras Tsunomon frotaba el rostro contra su pecho en una muestra de cariño y cuidado. Cuando lo encontró y miró la pantalla, se crispó de la sorpresa. - ¿Pero qué…?

La hora y la fecha cambiaba en cuestión de segundos, y extraños símbolos aparecían en pantalla si marcaba cualquier número. Aquello despertó su alarma con mayor urgencia que su súbita enfermedad.

- ¿Qué significa eso, Matt? – susurró Tsunomon. - ¿Puede ser que…?

Y eso lo temió aún más. Si las comunicaciones se veían afectadas de ese modo, quería decir que alguien las estaba interfiriendo, como la última vez. Y en esta ocasión, no tenía duda de quién podría ser. Pero eso implicaba también que… el último paso había sido dado.

- Debemos encontrar a los otros, Matt. – farfulló el pequeño digimon. El rubio asintió con pereza, cuando el subterráneo frenó con violencia, y él se vio obligado a caer encima de la mujer que estaba a su lado.

- Perdone, yo no… - habló, sin estar realmente conciente de lo que decía. La mujer acogió todas sus disculpas con dulzura, y cuando lo miró de frente, le preguntó si acaso se sentía mal. – La verdad, es que… - y se desplomó, incapaz de sostenerse en pie. Los pasajeros que iban a su lado le hicieron espacio, y los que estaban más atrás estiraron los cuellos para ver qué estaba pasando. Tsunomon no pudo sino saltar alrededor de Matt, llamándolo para que despertara.

- Muy bien… - dijo, con los ojos fijos en Matt, pues toda la gente a su alrededor lo miraba como si fuera una aberración de la naturaleza. – Tendré que digievolucionar…

Tsunomon digivols a… ¿Gabumon?

- ¡No! – gritó espantado al descubrir que seguía siendo Tsunomon. - ¡Aún no tengo la energía necesaria para digievolucionar! ¡Matt! -

El digivice que había saltado al suelo comenzó a emitir una débil luz blanca.

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Jadeaba.

Lo que no debía estar bien, ya que apenas había corrido cinco cuadras, y un deportista con su entrenamiento tenía una resistencia mucho más elevada como para cansarse tan rápido. La densa neblina le estorbaba para poder ver a los autos cuando quería cruzar la calle, las luces de los semáforos no eran más que un destello de color rojo o verde, y en más de una ocasión había estado a punto de chocar con alguna persona que caminaba muy cerca de él.

Un intenso dolor general lo hizo detenerse.

- ¿Tai? – preguntó Koromon. - ¿Qué te duele, Tai? –

- Todo… - y cerró los ojos reprimiendo el dolor. Las manos que sostenían a Koromon temblaban. – Tenemos… - dio dos pasos toscos, avanzando. – Que ir… con Izzy… - se tropezó, y tuvo que agarrarse de una reja.

- Tai… - murmuró Koromon, preocupado.

- Tal vez… los ataques de Angemon… y Angewomon… sí nos estén afectando… después de todo… - resbaló hasta el suelo. Se sujetó el estómago con ambas manos.

Koromon empezó a ver para todos lados.

- Con esta neblina no alcanzo a ver nada… ¿Qué tan lejos estamos de la casa de Izzy? ¿Tai? ¡TAI! – el moreno estaba vomitando, afirmándose con una mano de la acera. - ¿Estás bien, Tai? – el chico se incorporó. Se limpió los labios con dedos temblorosos, y cuando se disponía a hablar, volvió a vomitar. - ¡TAI!

Ninguno de los dos se dio cuenta que el digivice enganchado en su cinturón había comenzado a brillar con una luz blanca.

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- Tengo hambre… tengo sed… estoy cansada, ya no quiero caminar más… y esta niebla me está dando frío… - recitaba la chica del cabello lila.

- No ayudas mucho al ánimo del grupo con esa actitud, Yolei. – le reprochó Hawkmon.

- Si quieres yo te presto mi chaqueta. – se ofreció Cody. La chica negó con la cabeza.

- Tengo más hambre que frío… - suspiró. - ¿Cuánto falta para que lleguemos a la estación de metro más próxima?

- No debería estar muy lejos de aquí. – respondió Cody, entornando los ojos para tratar de ver algo entre la neblina. Armadillomon también se puso a imitar a su compañero.

Ken iba más apartado que los otros. Llevaba a Wormon en los brazos, pensando. Aquella neblina no era normal, y le recordaba un hecho del pasado…

- ¿Sucede algo, Ken? – le preguntó Wormon. – Has estado muy callado todo este tiempo.

- Nada, lo que… - suspiró. Tenía que escoger las palabras adecuadas para no asustar al digimon. – Esta neblina… tan densa, y fría, que apenas deja ver, ¿no lo sientes, Wormon? – bajó la voz, para que ni Cody ni Yolei pudieran oírlo.

- ¿Te refieres a si tiene una conexión con… eso? – Ken asintió, agradecido de que Wormmon pudiera comprenderlo. – Me alegra que lo preguntes, pensé que sólo yo lo estaba sintiendo… - Ken le acarició suavemente la cabeza. – Pero no es como la de aquella vez, Ken. Es una sensación oscura diferente; aunque oscura al fin y al cabo. – el chico superdotado frunció el ceño.

- Es muy probable que esta niebla sea provocada por esas fuerzas oscuras. – dedujo Ken.

- ¡Mira, encontré dinero en mi bolsillo! – saltó Yolei muy feliz, sosteniendo unas monedas. - ¡Ahora podré comprarme algo para comer! -

- Eso es lo que he intentado decirte todo este rato, Yolei… - se lamentó Hawkmon, negando con el ala en la frente.

- ¿Qué haremos, Ken? – quiso saber su digimon.

- Aún no ha pasado nada extraordinario, creo que deberíamos llamar a Izzy para consultarle… ellos deben saber más al respecto de esto que nosotros. – se puso a buscar el D-Terminal, o su teléfono celular, que era más rápido.

- Hay una tienda por aquí cerca.- le dijo Cody a Yolei.

- Iré a comprar, ¿vamos Hawkmon? – y se levantó de la banca de parque sobre la que había estado sentada.

- Creo que no podré dejar que hagan eso. -

- ¿Ken? – las monedas de Yolei cayeron al suelo. Los seis se agruparon.

- Esa voz… - susurró Yolei, con los ojos grandes que reflejaban su impresión. – Pero no puede ser, Silphymon… -

Una risa, más aguda que macabra, sonó por toda la plaza. Pero a causa de la niebla no podían ver de dónde venía.

- ¿Quién eres? – gritó Cody. - ¡Muéstrate!

Otra carcajada. A Yolei se le doblaron las rodillas. Miró a Hawkmon, quien lucía tan desencajado como ella.

- ¡Cody! – gritó Armadillomon, dando un paso al frente. Cody asintió.

Armadillomon digivols a… ¡Ankylomon!

Al aparecer el digimon de etapa campeón, la criatura volvió a reír, y las tinieblas danzaron delante suyo, para dar paso a la figura del digimon.

- ¿En serio creen… que con esas patéticas digievoluciones podrán derrotarme? – y una oscura dama aterrizó suavemente en el suelo. En ese momento Ken comprendió por qué Yolei y Hawkmon estaban tan afectados.

- … LadyDevimon. - murmuró.

Alta, delgada, con una larga garra en el brazo izquierdo, rodeada por cadenas, muy parecida a Angewomon, pero con el cabello blanco y oscuras vestiduras.

- Tanto tiempo sin vernos, niños elegidos. – saludó, acompañada de una carcajada.

- ¿Qué estás haciendo aquí? – preguntó Yolei, en un estado parecido al shock.

- Ahora que mi Amo ha vuelto… todos sus fieles servidores hemos renacido con él. – realizó un amago de reverencia muy parecido a los de Piedmon. – Y me ha enviado personalmente a dirigir su ejército de las tinieblas.

- Estás muy equivocada si crees que te dejaremos hacer eso. – rebatió Cody, sin querer pensar en las implicaciones de lo que la digimon le estaba diciendo.

- ¡Vamos a pelear contra ella, Hawkmon! – llamó Wormmon. Éste asintió, decidido.

Wormmon digivols a… ¡Stingmon!

Hawkmon digivols a… ¡Aquilamon!

Se colocaron al frente junto a Armadillomon.

- Idiotas… ¡Onda de la Oscuridad! – miles de murciélagos volaron en dirección a los digimons.

- ¡Ataque de Aquijón! – Stingmon logró destruir algunos murciélagos, pero eran demasiados. Ankylomon y Aquilamon tenían los mismos problemas. Era evidente que el poder de LadyDevimon había aumentado desde la última vez.

- Jamás podremos derrotarla durante esta etapa, necesitamos que hagan la digievolución DNA. – murmuró Yolei, apesumbrada. Cody también se entristeció, por la obvia razón en que sus digimons no podían digievolucionar a la etapa requerida. Ken se volvió, pensando:

¿Dónde estás, Davis?

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- ¡Davis! ¡Espérame! – gritó V-mon, frenando con un pie para no caer hacia la calle, y doblar por la acera. El nuevo líder de los niños elegidos corría a toda velocidad entre la niebla, con el D-3 en la mano.

- Estamos cerca… - se dijo a sí mismo. La luz que salía de su digivice se lo indicaba. Cruzó la calle imprudentemente, sin darse cuenta que un auto estaba pasando y lo estuvo a punto de arrollar. Él y V-mon se afirmaron del semáforo del otro lado de la calle, recuperando el aire.

- ¿Puedes decirme qué es lo que estamos buscando, Davis? – le espetó el digimon, jadeando.

- La luz del digivice se puso a brillar de repente, señalando un punto rojo. ¿Lo ves? – se lo mostró a V-mon. En efecto, una luz roja parpadeaba muy notoriamente.

- ¿Y eso qué quiere decir? – Davis se encogió de hombros. Tomó aire, y siguió corriendo. - ¡Espera, Davis! ¿Tiene esto que ver con la niebla?

- No tengo idea, pero estoy convencido que la niebla es causada por lo que está pasando en el Digimundo. – dobló la cabeza para decirle mientras V-mon alcanzaba su paso.

- Entonces… es mejor que vayamos a casa de Izzy, para ponernos de acuerdo con todos los demás. – propuso V-mon.

- Por supuesto, después que vea lo que el D-3 quiere mostrarme. – resignado, V-mon sólo se dispuso a hacer lo que su compañero creía correcto, porque a un cabeza hueca como Davis nadie sería capaz de hacerlo cambiar de parecer.

Corrieron por dos calles, sin encontrar nada más que un par de personas algo desorientadas por la niebla. Davis se detuvo, mirando para todos lados.

- No encontraremos nada… - se quejó V-mon al llegar a su lado, pero Davis le tapó la boca con la mano.

- Shh, guarda silencio, ¿no lo escuchas? – V-mon paró la oreja, atento. Cuando iba a reclamar qué era lo que tenía que escuchar, lo oyó. La voz de Koromon.

- ¡Tai! ¡TAI! Despierta por favor, Tai, ¡Tai! -

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- Jamás podremos encontrarlos con esta niebla, Sora. No si no me dejas digievolucionar. – le dijo Biyomon, aleteando por encima de ella. La pelirroja apretó los labios y siguió caminando.

- Tengo que encontrar a Matt y Tai, Biyomon. – le espetó Sora, tratando de no descargar su ansiedad con ella.

- ¡Pero, Sora…! Acabamos de salir de la casa de Matt, y no estaban, y en la de Tai no contestó nadie. Podrían estar en cualquier lado. – intentó detenerla su digimon. Pero Sora hizo oídos sordos y continuó. Porque tenía que encontrarlos, a sus dos mejores amigos. Sabía que ambos estaban trastornados por lo que pasaba con Kari y T.K., y que los dos, solos, podían hacer cualquier tontería. No era que Sora no confiara en el buen juicio de su novio, pero dada las circunstancias, tanto Matt como Tai no estaban en pleno uso de sus cabales.

- Ellos… necesitan que cuide de ellos… - balbuceó. El ave rosa detuvo el vuelo, y se plantó delante de ella.

- Todos sabemos que Matt y Tai son lo suficientemente fuertes. Lo que a ti te pasa es otra cosa, Sora. – la aludida tragó saliva. – Y resulta que yo sí creo que tú puedas enfrentarte a todo lo que pasará.

- ¿…Biyomon? -

- No tienes que depender de su fuerza, Sora. Tú puedes. Yo sé que tú puedes. – el digimon le tomó las manos entre sus alas. – Y ellos también podrán soportarlo. – Sora le mantuvo la mirada fijamente, hasta que sintió sus ojos pesados.

- Gracias, Biyomon. – la abrazó. – Siempre sé que puedo confiar en ti.

- Me gusta sentir tus abrazos, Sora. – ambas rieron. Sora levantó la cabeza, mirando a su alrededor.

- ¿Dónde estamos? – preguntó. – Ah, mira Biyomon, creo que estamos cerca de una estación de metro. – y se dirigieron a ella. Estaban llegando a las escaleras que conducían al subterráneo, cuando un montón de gente empezó a salir, soltando improperios contra el defectuoso sistema de transporte. – Disculpe, señor, ¿qué ha pasado? – se dirigió Sora a un hombre que iba subiendo.

- Es el subterráneo, jovencita. Se paró en mitad del túnel, y el problema es tan grande, que han suspendido el servicio. No han podido restablecer la conexión eléctrica. – explicó el señor.

- Eso es… terrible. – murmuró Sora. El hombre asintió.

- Así es. Pero lo es más todavía para la gente que está dentro. Dijeron por el altoparlante que hubo un joven que se desmayó. – el hombre se arregló el abrigo. - ¡Pero qué niebla tan densa! -

- ¿Un joven que se desmayó? – repitió Biyomon. En ese instante el digivice de Sora comenzó a brillar, indicando bajo la tierra. Las dos intercambiaron una mirada, y bajaron por las escaleras hacia el subterráneo.