Capítulo 10

Tardamos lo que parecen mil horas en llegar a casa de Madge. Es fácil verla en el horizonte, se alza sobre el resto de la ciudad en ruinas como si fuera la torre un castillo. Lukas lleva a Ruth en brazos y yo vuelvo a cargar con la mochila de suministros, Buttercup cree que puede ir por su cuenta, pero no nos abandona. Se adelanta, huele los restos que hay esparcidos por el suelo como si le resultasen familiares y caza las ratas que se encuentra por el camino. No sé le ve famélico, más bien parece estupendamente alimentado, aunque me niego a pensar qué es lo que lo ha estado comiendo aparte de roedores.

Ruth ha dejado de poder caminar cuando no llevábamos ni cien metros avanzados. Le he echado un vistazo a su tobillo y creo que está roto a tenor de lo amoratado e inflamado que se encuentra. Lukas y yo somos conscientes de que es una carga y una boca más que alimentar, pero es carne de cañón si la dejamos sola en este estado (bueno, si hubiera cañones). Nosotros la hemos sacado de su escondite y ahora somos responsables de ella.

Veo a lo lejos dos pequeñas figuras en la puerta de la casa de Madge. Me pongo en guardia echando mano de la ballesta; no sé lo que ha pasado en nuestra ausencia, si son amigos o enemigos, aunque pronto me doy cuenta de que se trata de Rory y Emma. Los dos salen corriendo a nuestro encuentro. Emma se me echa al cuello.

—Ay, cuidado Emma. —Tengo que quitármela de encima, aprecio su efusividad pero tengo la zona demasiado sensible.

La tributo de mi distrito mira la zona enrojecida y pide disculpas.

—¿Qué te ha pasado? No tienes buen aspecto —dice al separarse.

Ella tampoco tiene muy buen aspecto que se diga, aunque seguro que yo gano por goleada. Emma está sucia de tierra y parece triste.

—Habéis tardado tanto que pensábamos que habíais muerto.

Me abstengo de comentar que hemos estado a punto de hacerlo, de morir, yo en concreto.

—La niebla contaminó el agua del depósito —digo en cambio.

—Lo sabemos. Mi hermano estaba insoportable y al final salieron él y Connor a buscaros —apunta Rory, mirando a Ruth fijamente— ¿Y ella?

—Se llama Ruth y es del Distrito 10 —aclara Lukas.

—Puedo hablar por mí misma —dice la chica, que vuelve al suelo e intenta sostenerse ella sola.

Veo como intercambia saludos con Rory y con Emma, supongo que no quiere parecer débil a ojos del resto, pero aguanta dos segundos sin volver a apoyarse en Lukas, que se ha convertido en su salvador favorito.

—¿Pero Gale se encuentra bien? —inquiero yo con premura. Sabía que no iba a quedarse quietecito en casa, tal y como le había indicado Tom. Ya ha sido un milagro no tenerlo pegado a mi toda la noche, y doy gracias.

Rory cambia el gesto y una máscara de tristeza le come la cara.

—Él sí que está bien, más o menos. Tom descubrió que lo que había en la botellita que rescató de la Cornucopia con líquido naranja era un antibiótico y ha remitido la fiebre, pero…

—¿Savannah? —Pregunta Lukas.

Rory y Emma niegan con la cabeza a un mismo tiempo. De pronto Emma tiene los ojos anegados en lágrimas mientras a mí se me detiene el corazón un momento. Doy media vuelta para que no me vean la cara y presiono los ojos con ambas manos. Necesito un segundo para asimilarlo. Tengo ganas de gritar, me muerdo con fuerza la manga de la chaqueta mientras escucho a Rory explicar lo sucedido.

Savannah dejó de respirar en algún momento de la noche. Tom trató reanimarla varias veces, le puso en antibiótico, pero fue en vano. Murió hace varias horas. Ninguno sabía qué hacer; sus hermanos están devastados y se negaban a abandonar el cuerpo, especialmente Connor, por lo que Gale decidió llevarlo con él en mi busca para despejarlo un poco. Tampoco han escuchado ningún aerodeslizador que viniera a llevarse a la niña. Al final, entre todos decidieron enterrarla en el suelo del jardín. Han cavado dos hoyos, uno para el cuerpo sin vida idéntico al de Magde y otro para el de la pequeña. Al menos de esa manera no tienen que verlos y tampoco era cuestión de hacer de la parte de arriba de la casa un depósito de cadáveres.

Al terminar su explicación, Rory tira de mi manga, pero soy incapaz de moverme, estoy helada, soy una estatua. Savannah, los chicos del depósito, la bestia del dos, Violet, puede que Madge, quién sabe cuántos más habrán muerto en una sola noche. Estamos cayendo como moscas, como siempre.

—Vamos Katniss, estás temblando. Entra dentro, todavía se conserva el calor del fuego.

—Quiero estar un rato a solas —susurro, intentando mantener a raya la voz—. Yo haré la siguiente guardia.

Rory no se niega. Me conoce y le hace comprender a Emma lo que necesito, pues no estaba muy dispuesta a dejarme aquí sola. Entre los dos ayudan a Ruth a caminar hasta la casa, Lukas va con ellos. Los escucho adentrarse en la vivienda, advierto cómo Emma pregunta por Violet y escucho a Rory dar un grito de espanto cuando ve a Buttercup merodear entre sus piernas. No quiero dar explicaciones, dejo que unas lágrimas gordas y húmedas me rueden por las mejillas en cuanto siento que se han ido.

Me quedo en el porche, ballesta en mano y llena de rabia, mirando en el horizonte el punto exacto en el que alza el sol, hasta que noto su presencia detrás de mí, su mano en mi hombro.

Es Gale. Sabía que vendría.

Dejo caer la ballesta, doy media vuelta y lo abrazo con todas las fuerzas que me quedan.

—Tranquila Catnip —dice contra mi pelo—. Me vas a ahogar.

Gale me separa y nos miramos un rato el uno al otro antes de que ninguno de los dos hable. Parece menos pálido a la luz del día, todavía lleva el cabestrillo, aunque la verdad, no tiene muy buen aspecto. Acerca la mano y coge un mechón que se ha soltado de mi trenza entre los dedos.

—¿Os ha llovido sangre? —pregunta.

Entonces le describo todo lo acontecido durante las últimas horas. La visita al depósito, las muertes por envenenamiento con el agua, la expedición a la Aldea y el cambiazo que di a las botellas de los profesionales. Por último le explico el ataque de la bestia del dos y que Lukas me salvó la vida clavándole un cuchillo en el cuello.

Gale va frunciendo el ceño a medida que le sigo contando, y aún no he llegado a lo más interesante.

—No suenan cañones ni recogen a los tributos muertos —le comento.

—Lo sé.

—Y hemos perdido a Violet.

Se pasa una mano por el pelo, por los ojos, como si no pudiera soportar más malas noticias. Lo entiendo, yo también estoy al límite. He visto morir a demasiada gente en unas pocas horas.

—¿Está muerta?

—No lo sé. Estaba a mi lado y al segundo había desaparecido. No había tiempo para esperarla, tuvimos que salir pitando. ¿Has… has visto al gato?

Gale asiente con la cabeza, parece confundido y cansado, con enormes surcos oscuros bajo las cuencas de los ojos, restos de arena en las uñas y en el pelo. No obstante, no dice nada, lo que de alguna manera me hace perder los nervios y empezar a chillar:

—¿Qué significa esto Gale? ¿Qué significa que Buttercup esté aquí? ¿Qué significa todo lo que está pasando en esta arena?

Gale me sujeta los brazos, que había elevado al cielo, los deja pegados a mi cuerpo y me obliga a mirarlo.

—Tranquilízate Katniss, ponerte histérica no va a ayudar. ¿Estás segura de que es tu gato?

—Por como me mira, sí, es igualito, aunque con Lukas se porta como si no hubiera matado un bicho en su vida.

—Podría ser un muto, o cualquier otro gato que se le parezca.

—Dudo que existan otros gatos tan feos.

El aludido se materializa junto a nosotros, como si me hubiera oído hablar mal de él y se frota contra la pierna de Gale. Lleva un parajillo muerto en la boca, un gorrión. Gale se agacha y acaricia el gato entre las orejas, le quita el bicho muerto de entre los dientes.

—Podría estar contaminado, amigo —le dice, y continua acariciándolo.

Buttercup se olvida de su presa y ronronea de gusto. Por alguna razón eso me hace explotar.

Alzo las manos de nuevo, cabreada por el hecho de Gale le haga más caso al gato que a mi persona. ¿Es que no se da cuenta de lo que puede significar? ¿Cómo se digna a estar tan amigable con esta alimaña?

—¡Quieres dejar en paz al gato! —Le espeto–. O es que no quieres ver lo que esto supone. Es el gato de Prim. Mi hermana nunca se separaría de él, jamás lo dejaría adrede; si el gato está aquí, ella puede estar en peligro. Tu familia puede estar en peligro, mi familia, nuestros amigos ¡Todos! Es posible que Madge realmente esté muerta.

Gale ni siquiera se molesta en mitigar mi arrebato, pues una voz ahogada resuena desde la parte de atrás de un muro de piedras caídas. Recojo la ballesta y vuelo en esa dirección nada más oírlo, Gale hace lo mismo. Vemos a lo lejos un figura acercarse dando tumbos, parece que apenas pueda sostenerse derecha, da varios traspiés y acaba cayendo de bruces sobre el suelo de cenizas. Gale y yo corremos a su encuentro. Parada frente a ella, sé de inmediato que se trata de Violet y que todavía respira, por los movimientos de la caja torácica. La ropa que lleva está desgarrada y cubierta de manchas de sangre y su media melena rubia se ha convertido en un matojo de pelo cortado a cuchillo.

Hay una flecha clavada en su hombro izquierdo.

¿Qué le han hecho?

Con sumo cuidado, Gale extrae la flecha y me la da. Por suerte ha dejado una herida superficial, que no sangra a chorro, como me temía, aunque la sangre está fresca. Desgarra otro pedazo de su mono, ya bastante perjudicado y lo envuelve alrededor del hombro de la chica, luego me pide ayuda para darle media vuelta. Gale se coloca la cabeza de Violet sobre el regazo, su cara es un borrón ensangrentado apenas diferenciable.

—Deberíamos avisar a Tom y a su padre —sugiero poniéndome derecha.

—Yo puedo llevarla —replica Gale

No sé si moverla en este estado puede ser buena idea, pero mientras Gale la carga en brazos como si pesara menos que una pluma escucho algo a mi espalda. Hay alguien más. Doy media vuelta como un tiro y apunto con la ballesta. Giro sobre mi misma en busca del peligro pero no encuentro nada.

De repente escucho un silbido y al instante una punta de flecha atraviesa la cazadora de mi padre. Estaba demasiado lejos y apenas se ha clavado en la parte de arriba de la manga, donde no hay piel ni carne. El corazón me retumba en los oídos, en la cabeza, como si fuera un tambor. Podría haberme matado. Unos centímetros más cerca del corazón y estaría muerta. Rescato la flecha y salgo corriendo en busca de la persona que ha intentado matarme, consciente de que es la misma que quería rematar a Violet y de que tiene un arco (mi futuro arco, a ser posible), pero Gale me grita que necesita que le cubra las espaldas para poder llevar a Violet a un lugar seguro.

Doy media vuelta para ver a mi compañero de caza, indefenso, con Violet colgando inerte de sus brazos y tengo que reprenderme por mi soberana estupidez.

A esto nos dedicamos Gale y yo, a cubrirnos las espaldas el uno al otro y ahora he estado a punto de dejarlo tirado. ¿Qué es lo que me pasa? Camino hacia atrás, cerca de ellos, alerta ante cualquier sonido, pero no ocurre nada. Llegamos a salvo hasta la puerta de la casa y una vez allí, no me queda más remedio que entrar cuando Connor, plantado en la puerta, me demanda quedarse haciendo la siguiente guardia.

—¿Es la chica del uno? — me pregunta.

—Sí.

—¿Está muerta?

Niego con la cabeza.

—Por favor, no soporto estar dentro —me pide.

Su forma de decirlo me desarma. Hace pocas horas que no lo veo pero parece otra persona. Ayer era un chico atractivo y con vitalidad y hoy es un cadáver andante. Dejo que se quede fuera, comprendo que prefiera no compartir su dolor con nadie en estos momentos, aunque no puedo evitar preguntarle por su gemela.

—Está en el Jardín, con Savannah –contesta con la voz rota.

A estos dos les va a costar recuperarse de esto y salir adelante después de lo que ha pasado. Esto es lo que hace el Capitolio, lo que hacen los Juegos: matan niños, destrozan vidas, dejan a sus familiares inservibles. Savannah no debería de estar muerta. Ninguno de nosotros debería estar aquí dentro.

Atravieso la puerta detrás de Gale, que lleva todo el odio del mundo concentrado en los ojos. Solo respirar el aire de dentro resulta cargante y siento un peso desolador en el pecho.

—Necesitamos ayuda —grita mi amigo a los otros tributos

Todos se apresuran a hacer un círculo en torno al bulto ensangrentado que carga Gale. Lawrence en seguida se percata de que se trata de su hija y la recoge de los brazos de mi amigo para dejarla con suavidad sobre el sofá. Yo me aparto, me retiro a una esquina para ver lo menos posible. Pienso en salir al jardín, en despedirme de la niña que ayer me llamaba Sinsajo y me miraba con adoración, aunque tampoco me siento capaz de enfrentarme al dolor de su hermana, por lo que me quedo y lo veo todo, lo oigo todo.

—Madre mía, Violet, ¿qué te han hecho? —murmura Lawrence, limpiando con su propia ropa la sangre de la cara de Violet.

Tom toca el pulso de su cuello.

—Sus constantes parecen normales. Deja que la limpie.

El boticario oficial del distrito rompe una sábana y la moja con el agua que hemos llevado, la acerca a la cara y al cuello de la Tributo del 1 y lo va limpiando con suavidad. Conforme la sangre y la ceniza desaparecen, deja al descubierto dos largos cortes simétricos sobre la cara de Violet, desde la sien hasta la comisura de la boca.

Violet abre los ojos al contacto con el agua.

—No intentes hablar –le dice Tom—. Vamos a intentar coserlo.

—¿Va a quedarle cicatriz? —pregunta Emma.

Menuda pregunta, pienso. Claro que le dejara cicatriz, como si eso fuera importante cuando te envían a casa en un ataúd de madera.

—Quiero que me quede cicatriz —masculla Violet, lo que hace que las heridas se abran y empiecen a salir litros de sangre que le embadurnan la cara y le tapan la boca—. Ni se te ocurra borrarla.

Tengo que contener las arcadas que empiezan a subirme por la garganta, lo que le han hecho es una verdadera carnicería. ¿Por qué no la habrán matado y punto? Tom le pide que se calle, que es lo mejor, le dice que no podrá hablar en algún tiempo. Ni mascar chicle, pienso para mí misma, a sabiendas de que es un pensamiento cruel, pero es que, o pienso en otra cosa o vomito aquí mismo.

Leonor le acerca a su padre una cajita hecha de latón. Pasa por mi lado y me mira de reojo antes de entregársela.

—Debe de ser la caja de costura de la señora Undersee, la hemos encontrado por la casa.

Su tono de voz ha cambiado. Parece distinta a la chica que conocí en el tren y en el Capitolio, la que me despertó mi primer día en la arena con amenazas. Supongo que los Juegos tienen esa capacidad, para bien o para mal, acaban por cambiarnos a todos.

—También hemos encontrado viales de Morflina —añade Leonor sin dejar de mirarme.

Asiento tragando saliva. Cada vez hay más evidencias. No puedo seguir negándomelo. Miro a las personas que tengo a mi alrededor y es como si solo aquellos que pertenecen a casa me devolvieran la mirada, con aceptación, con comprensión, con miedo. Los ojos de Gale me dan la pista definitiva.

No solo lo parece: estamos en el Distrito 12.

La simple idea me hace ponerme a temblar y que se me atasque algo afilado en el pecho. ¿Cómo voy a seguir adelante sin pensar en qué es lo que habrá pasado, qué es lo que les habrán hecho a los habitantes del distrito hasta dejarlo vacío para nosotros?, ¿cuál es la razón para merecer esta condena?

La respuesta es sencilla: yo. Yo soy esa razón. Ojalá me hubiera quitado de en medio a tiempo.

Mientras Tom intenta arreglar el desastre que tiene Violet en la cara, Gale y Lukas me piden que vaya hasta la cocina con ellos. Quieren que hablemos sobre lo que hemos visto durante nuestra pequeña expedición por el distrito. Seguramente mi amigo me haya echado un vistazo y haya querido sacarme antes de que monte un espectáculo. Gale y yo nos sentamos en un par de sillas, mientras Lukas lo hace en el suelo, con las piernas cruzadas. Nos miramos unos a otros durante un rato.

Como nadie se arranca a hablar, decido romper el silencio poniéndome en lo peor:

—Madge está realmente muerta.

Lo digo mirando a Gale a los ojos, a la espera de que lo confirme, que lo diga en voz alta: estamos en el 12 y Madge está muerta.

—Probablemente —cavila él—. Todavía no estamos seguros, pero es lo que parece.

Su frialdad me aturde. Se nota que no quiere hablar del tema, pero en algún momento habrá que afrontarlo. Decido seguir con otra cosa, a ver si así sale del ensimismamiento.

—Lukas piensa que los aerodeslizadores que han pasado hace un rato no eran del Capitolio —continuo informando a mi amigo

Gale lanza una mirada de extrañeza a Lukas, que sentado en el suelo, acaricia la barriga del gato. Buttercup, tumbado patas arriba parece a punto de quedarse dormido.

—¿Qué? –Pregunta Lukas— Esto me relaja.

—¿Qué viste de raro en esas naves? —inquiere Gale.

—Ya se lo dije a Katniss, no eran del Capitolio, eran distintas, más alargadas, las alas de distinta forma y no llevaban su escudo.

—¿Y de dónde crees que venían? —quiere saber Gale.

Lukas se lo piensa un rato, como si quisiera esquivar la cuestión, al final alza la cabeza y le mira a los ojos, haciendo una pausa, como si quisiera darle un golpe de efecto a sus palabras.

—Del Distrito 13

—El Distrito 13 ya no existe —apunta Gale.

—Cuentos chinos —dice Lukas

Gale y yo nos miramos con cara de circunstancias. Gale me hace un gesto indicando que a Lukas se le ha ido la pinza y yo asiento. La cuestión es que Gale no sabe algo que yo sí sé y tal vez sea el momento de contárselo. O tal vez, si ahora mismo nos están grabando un montón de cámaras, no sea el mejor momento. Ya no sé qué pensar, no sé si hay cámaras pues tampoco las he visto por ningún sitio, tampoco los Vigilantes han hecho trucos de magia, salvo lanzarnos las bombas y el gas. No he visto mutos que pueda asegurar que eran mutos, solo Buttercup y Madge tenían puntos para serlo y cada vez menos.

En ese momento aparece Leonor indicándonos que vamos a reunirnos todos en el salón para hablar del agua, los suministros y la estrategia a seguir. Me gustaría haber pedido más explicaciones a Lukas sobre esa historia del Distrito 13, averiguar lo que sabe. Tengo que admitir que confío en Lukas, es más listo de lo que parece, más fuerte de lo que parece. Nos levantamos para dirigirnos al salón. Violet está consciente. Tiene dos líneas cosidas irregularmente en las mejillas, un gran vendaje en el hombro y parece como ida, más ida que antes.

No puedo evitar quedarme mirándola y tentativamente pregunto:

— ¿Cómo te encuentras?

Violet vuelve la mirada hacía mi pero no contesta, simplemente se recuesta en el sofá y cierra los ojos, como si fuera a quedarse dormida.

—Le hemos puesto Morflina —dice Lawrence—. La encontramos en una caja fuerte detrás de ese cuadro.

El padre de Violet me señala el cuadro en cuestión, grande y rectangular, con un presidente Snow de cuerpo entero, varios años más joven de lo que es ahora o al menos muy maquillado. Está claro que el artista se pasó con el colorete.

—¿Dónde está Colleen? —quiere saber Lukas

—En el jardín. No quiere moverse de allí —dice Connor.

—Intentaré hablar con ella. Lo mejor será que estemos todos presentes.

Deduzco que hemos dejado la puerta sin vigilancia y eso no me gusta, podrían atacarnos por sorpresa. Me levanto de la alfombra en la que me había sentado y voy hacía la entrada, pero Gale me intercepta y va a decir algo cuando de pronto se escucha un chasquido detrás de nosotros, un sonido completamente familiar, pues lo he escuchado mil veces en mi propia casa, cada vez que se iluminaba el proyector que teníamos en la salita para ver las emisiones obligatorias del Capitolio.

La gente deja de hablar, todos miramos expectantes el objeto holográfico que tenemos en frente, contemplamos como las motitas de luz van tomando forma hasta crear un escudo del Capitolio en tres dimensiones. Un segundo más tarde suena el himno y surgen las letras que anuncian un especial informativo.

—¿Ha sucedido más veces? —le pregunto a Gale, que tira de mi hacía delante para ver más de cerca.

—No que yo sepa.

Empiezan a aparecer imágenes que me resultan reconocibles: se trata de las ruinas de Distrito 13 todavía humeantes. Sé que estas imágenes tienen mil años, lo comprobé tras mi encuentro con las chicas del ocho en bosque.

La imagen cambia a la mansión del presidente, a su despacho. Su figura invade la pantalla al completo, su cara rechoncha, sus mofletes maquillados y sus labios demasiado rojos y demasiado gruesos. Al instante y sin quererlo, evoco su olor a rosas y a sangre y vuelven las náuseas.

Queridos ciudadanos, tras varios días de desconexión volvemos a tener acceso a las ondas. Os quiero trasmitir mi tranquilidad frente a lo ocurrido, sin duda este corte de electricidad no ha sido más que un acto vandálico sin mayor relevancia. Los responsables se encuentran retenidos y a la espera de recibir su castigo público. Las imágenes que habéis visto del Distrito 13 acallan todos los rumores acerca de su renacimiento. El 13 no va a atacarnos porque sigue igual de muerto que siempre. Respecto a los Juegos, su retrasmisión se reanudara en breve, ahora que se han reestablecidos todos los servicios, siguen siendo de visión obligada para todo el mundo. Pido calma y que se mantenga el orden a todos los ciudadanos del Capitolio, estamos trabajando…

Snow se queda con la palabra en la boca, la retrasmisión se corta y empiezan a verse otro tipo de imágenes.

—Ese es el Distrito 9 —exclama Lukas, con una dedo apuntando la pantalla.

Ha vuelto solo. Parece que Colleen no ha querido moverse de al lado de la tumba de su hermana.

Las imágenes muestran trabajadores volcando sacos de grano, hay mujeres y niños entre ellos, blandiendo armas rudimentarias. Han hecho una pira con la cosecha y se disponen a quemarla. No veo agentes de paz y eso me extraña. Cambian de nuevo la imagen. Enseguida reconozco el Edificio de Justicia del Distrito 7. En ella aparecen un grupo de agentes, acorralados contra las puertas por hombres armados con hachas y también armas de fuego. Una escena más amplia muestra cadáveres esparcidos por el suelo, cadáveres de agentes, pero también de hombres y mujeres del propio distrito. Luego la imagen se esparce en el aire del salón y desaparece por completo.

Todo el mundo en la habitación permanece en silencio, asimilando lo que ha visto. Yo por mi parte, estoy temblando. Está claro que se han reanudado las revueltas que pude ver ponerse en marcha durante mi gira de la Victoria, ¿pero quién emite estas imágenes? Sin duda, no es la televisión del Capitolio, ellos no echarían piedras sobre su propio tejado. Echo un vistazo a Gale, tiene los ojos abiertos y brillantes de emoción. Me agarra una mano, entrelazando mis dedos y apretándolos.

—Está sucediendo Katniss. Esta vez está sucediendo en serio.

No le devuelvo el apretón. No estoy precisamente contenta con esto y no puedo creer que le parezca bonito el hecho de que esté muriendo gente.

—No es el primer apagón que se produce en el Capitolio —dice Lawrence, sentado junto a su hija—. Tuve acceso a cierta información cuando estaba allí. Han estado pasando cosas durante los últimos meses.

—¿Qué cosas? —inquiere Gale muy interesado.

—Lo que el presidente ha llamado actos vandálicos sin importancia —dice Lawrence—, ha sido en realidad salvajismo en toda regla. Han desmantelado centros de control de emisiones y laboratorios de investigación genética. Una mañana todas las calles amanecieron pintadas de rojo, como si fueran ríos de sangre. Pero lo más gordo fue un intento fallido de secuestrar al presidente.

Me quedo de piedra. Todo eso ha sucedido en el Capitolio antes del comienzo de los Juegos. Sabía el ambiente reaccionario que se estaba formando en los distritos, pero no tenía ni idea de que estuviera pasando lo mismo en la capital. ¿Y secuestrar al presidente? ¿Quién? ¿Cómo? El presidente es Dios para ellos, lo adoran y temen a partes iguales.

—Imagino que todo eso lo sabes por tu hermano —dice Lukas dirigiéndose a Lawrence. Luego se lleva la mano a la boca, consciente de haber hablado demasiado pronto.

El padre de Violet no se lo toma a mal, sin embargo.

—Sí. Pude verlo, me envió una nota a través de alguien. Nos encontramos en los túneles del subsuelo, en un lugar sin cámaras. Mi hermano es un avox, pero allí había más gente con la que poder comunicarme. Sus colegas me dijeron una cosa más.

No hay un ruido en la sala, a la espera de las palabras de Lawrence. Esta vez sí que agarro la mano de Gale con fuerza, por alguna razón, no creo que las noticias sean buenas. Lawrence nos mira directamente a nosotros, a Gale y a mí y dice:

—Esta arena fue un recurso de última hora, pues la anterior quedó destrozada. La bombardearon desde el cielo. No tienen idea de quién pudo haberlo hecho, lo están investigando. Pero quien quiera que fuese, tiene aviones, dispone de armas.

— ¿Cuándo sucedió eso? —pregunta Tom

—Pocos días antes del comienzo de los Juegos, dos o tres. Tal vez fue esa la razón por la que decidieron meternos a todos aquí dentro.

—¿Dónde estamos, Lawrence? —Me escucho preguntar. Necesito que me confirme lo que ya sé de una vez por todas.

—No puedo asegurarlo. Si no lo sabéis vosotros…