Ni los Juegos del Hambre/Hunger Games, ni An Offer from a Gentleman son de mi propiedad.. simplemente disfruto con esta historia.
Glimmer Coin jura que vio a Peeta Mellark de vuelta en Londres. Esta cronista se inclina a creer en la veracidad de ese informe; la señorita Coin es capaz de ver a un soltero a cincuenta pasos.
Lamentablemente para la señorita Coin, parece que no consigue cazar a ninguno.
Revista de Sociedad de Lady Capitol,
12 de mayo de 1817.
Peeta sólo había dado dos pasos en dirección a la sala de estar cuando apareció Clove corriendo por el pasillo. Como todos los Mellark, tenía abundantes cabellos castaños y una ancha sonrisa. Pero a diferencia de él, sus ojos eran de un luminoso y vivo color verde, el tono exacto de los ojos de su hermano Finnick.
-¡Peeta! -exclamó ella, corriendo a abrazarlo con cierta exuberancia-. ¿Dónde has estado? Mamá ha estado gruñendo toda la semana, preguntándose dónde te habías metido.
-Curioso, cuando hablé con ella, no hace dos minutos, sus gruñidos eran por ti, preguntándose cuándo pensarías en casarte por fin.
Clove arrugó la nariz.
-Cuando conozca a alguien con quien valga la pena casarse, entonces. Ojalá llegara gente nueva a la ciudad. Tengo la impresión de que veo a las mismas cien personas más o menos una y otra vez.
-Pues sí que ves a las mismas cien personas más o menos una y otra vez.
-Exactamente lo que quiero decir. Ya no quedan secretos en Londres. Ya lo sé todo de todos.
-¿Ah, sí? -preguntó Peeta, con no poca medida de sarcasmo.
-Búrlate todo lo que quieras -dijo ella, apuntando un dedo hacia él de una manera que, estaba seguro, su madre consideraría impropio de una dama-, pero no exagero.
-¿Ni siquiera un poco? -sonrió él.
Ella lo miró enfurruñada.
-¿Dónde estuviste la semana pasada?
Él entró en la sala de estar y se dejó caer en un sofá. Tal vez tendría que haber esperado a que ella se sentara primero, pero sólo era su hermana, después de todo, y jamás sentía la necesidad de andarse con ceremonias cuando estaban solos.
-Fui a la fiesta de Cavender -contestó él, poniendo los pies sobre una mesilla-. Fue abominable.
-Mamá te matará si te pilla con los pies en la mesa -le advirtió Clove sentándose en un sillón que hacía esquina con el sofá-. ¿Por que fue tan horrorosa la fiesta?
-La compañía. -Se miró los pies y decidió dejarlos donde estaban-. No había visto jamás un grupo de gamberros más aburrido.
-Mientras no tengas pelos en la lengua.
Él arqueó una ceja ante el sarcasmo.
-Por lo tanto se te prohíbe que te cases con cualquiera de los asistentes.
-Orden que, creo, no tendré ninguna dificultad para acatar.
Golpeó las manos en los brazos del sillón y Peeta no pudo dejar de sonreír; Clove siempre había sido un atado de energía nerviosa.
-Pero eso no explica dónde estuviste toda la semana -continuó ella, mirándolo con los ojos entornados.
-¿Te han dicho que eres muy fisgona?
-Ah, todo el tiempo. ¿Dónde estuviste?
-E insistente también.
-Es la única manera de ser. ¿Dónde estuviste?
-¿Te he contado que estoy pensando en invertir en una fábrica de bozales para humanos?
Ella le arrojó el cojín a la cabeza.
-¿Dónde estuviste?
-Da la casualidad -repuso él, lanzándole suavemente el cojín-, que la respuesta no es de lo más interesante. Estuve en Mi Cabaña, recuperándome de un antipático resfriado.
-Creí que ya te habías recuperado.
Benedict había logrado disfrutar de tres escasos minutos de soledad cuando oyó pasos en el corredor, rítmicos pasos en dirección a la sala de estar. Cuando levantó la vista, estaba su madre en la puerta.
Se puso de pie al instante. Se pueden descuidar ciertos buenos modales con una hermana, pero jamás con la propia madre.
-Te vi los pies sobre la mesa -dijo Effie antes de que él lograra abrir la boca.
-Sólo quería abrillantar la superficie con mis botas.
Ella arqueó las cejas y fue a sentarse en el sillón que acababa de desocupar Clove.
-De acuerdo, Peeta -dijo, en un tono extraordinariamente serio-. ¿Quién es?
-¿La señorita Everdeen, quieres decir?
Effie hizo un formal gesto de asentimiento.
-No tengo idea, aparte de que trabajaba para los Cavender y su hijo la maltrataba.
Effie palideció.
-¿Quieres decir que él...? Dios mío. ¿La...?
-Creo que no -contestó Peeta-, pero no por falta de empeño por parte de él.
-La pobrecilla. Qué suerte para ella que estuvieras tú ahí para salvarla.
Peeta descubrió que no quería revivir esa noche en el patio de entrada de los Cavender. Aunque la aventura acabó muy favorablemente, no conseguía dejar de pensar en toda la gama de «¿y si?». ¿Y si no hubiera llegado a tiempo? ¿Y si Cavender y sus amigos hubieran estado menos borrachos y hubieran sido más obstinados? Podrían haber violado a Katniss. Habrían violado a Katniss.
Y ahora que conocía a Katniss, y le había tomado afecto, la sola idea le producía escalofríos.
-Bueno -dijo Effie-, no es lo que dice ser. De eso estoy segura.
-¿Por qué dices eso? -preguntó él, enderezando la espalda.
-Es demasiado bien educada para ser una criada. Puede que los empleadores de su madre le hayan permitido asistir a algunas clases con sus hijas, pero ¿a todas? Peeta, ¡la muchacha habla francés!
-¿Sí?
-Bueno, de que lo hable, no puedo estar segura -reconoció Effie-, pero la sorprendí mirando un libro escrito en francés que estaba en el escritorio de Francesca.
-Mirar no es lo mismo que leer, madre.
Ella lo miró impaciente.
-Te lo digo, vi cómo movía los ojos. Estaba leyendo.
-Si tú lo dices, debes tener razón.
-¿Eso es un sarcasmo? -preguntó ella, con los ojos entrecerrados.
-Normalmente diría que sí -respondió él sonriendo-, pero en este caso lo he dicho en serio.
-Tal vez es la hija repudiada de una familia aristocrática -musitó Effie.
-¿Repudiada?
-Por quedar embarazada -explicó ella.
Peeta no estaba acostumbrado a que su madre hablara con tanta franqueza.
-Eh, no -dijo, pensando en la firmeza con que Katniss se negó a ser su querida-. No lo creo.
Pero entonces pensó ¿por qué no? Tal vez se negaba a traer al mundo un hijo ilegítimo porque ya había tenido un hijo ilegítimo y no quería repetir el error. De pronto sintió un sabor amargo en la boca. Si Katniss había tenido un hijo, quería decir que había tenido un amante.
-O tal vez es la hija ilegítima de un noble -continuó Effie, entusiasmada con la tarea de descubrir la identidad de Katniss.
Eso era considerablemente más creíble, pensó él. Y también más aceptable.
-Se podría pensar que él tendría que haber dispuesto para ella fondos suficientes para que no tuviera que trabajar como criada.
-Muchísimos hombres se desentienden totalmente de sus hijos bastardos -dijo Effie, arrugando la nariz, disgustada-. Es nada menos que escandaloso.
-¿Más escandaloso que engendrar hijos bastardos?
La expresión de Effie se tornó muy malhumorada.
-Además -continuó Peeta, reclinándose y poniéndose pierna arriba-, si es la hija ilegítima de un noble y él se ocupó de ella tanto como para darle una buena educación cuando era niña, ¿por qué ahora está sin un céntimo?
-Mmm, ése es buen argumento. -Effie se golpeteó la mejilla con el índice, frunció los labios y continuó golpeteándose-. Pero no temas -dijo finalmente-, descubriré su identidad en menos de un mes.
-Te recomiendo que le pidas ayuda a Clove -dijo Peeta, irónico.
-Buena idea -asintió Effie, pensativa-. Esa niña sería capaz de sonsacarle los secretos a Napoleón.
A la mañana siguiente Katniss ya conocía a cinco de los hermanos de Peeta. Clove, Cressida y Primrose vivían en la casa con su madre; Gale había ido con su hijo menor a desayunar, y Johanna, que era la duquesa de Hasting, había acudido a la llamada de lady Mellark para ayudarla a planificar el baile de fin de temporada. Los únicos Mellark que le faltaba por conocer eran Rory, que estaba en Eton, y Finnick, el cual, según palabras de Gale, estaba sólo Dios sabía dónde.
Aunque, si había de ser más exacta, a Finnick ya lo conocía; lo conoció en el baile de máscaras. La aliviaba bastante que estuviera fuera de la ciudad. Dudaba de que la reconociera, después de todo Peeta no la había reconocido. Pero encontraba estresante e inquietante la idea de encontrarse nuevamente con él.
Como si eso importara, pensó, pesarosa. Todo le resultaba muy estresante e inquietante ese último tiempo.
No se llevó la menor sorpresa cuando Peeta se presentó en casa de su madre esa mañana a tomar el desayuno. Ella podría haberlo eludido totalmente si él no hubiera estado ganduleando en el corredor cuando ella iba de camino a la cocina, donde pensaba hacer su comida de la mañana con los demás criados.
-¿Y cómo fue tu primera noche en Bruton Street número seis? -le preguntó, con esa sonrisa perezosa y masculina.
-Espléndida -respondió ella, dando un paso a un lado para hacer un amplio círculo al pasar por su lado.
Pero al dar ella el paso a la izquierda él dio un paso a la derecha y le bloqueó el camino.
-Me alegra que lo estés pasando bien.
Ella dio un paso a la derecha.
-Estaba -dijo intencionadamente.
Él era demasiado cortés para dar un paso a la izquierda, pero se las arregló para girarse y apoyarse en una mesa de tal forma que nuevamente le impidió pasar.
-¿Te han enseñado la casa? -le preguntó.
-El ama de llaves.
-¿Y el parque?
-No hay parque.
Él sonrió, sus ojos azules cálidos y seductores.
-Hay un jardín.
-Más o menos del tamaño de un billete de libra -replicó ella.
-Sin embargo...
-Sin embargo debo tomar el desayuno -lo interrumpió ella.
Él se hizo a un lado gallardamente.
-Hasta la próxima vez -susurró.
Y Katniss tuvo la angustiosa sensación de que la próxima vez llegaría muy pronto.
Peeta la encontró en el jardín, ese trozo verde del que ella se burlara acertadamente comparando su tamaño con un billete de libra. Las hermanas Mellark habían ido a visitar a las hermanas Cresta, y lady Mellark estaba durmiendo una siesta. Katniss ya había planchado todos los vestidos y los tenía listos para el evento social de esa noche, había elegido cintas para el pelo que hicieran juego con cada vestido, y limpiados zapatos suficientes para toda la semana.
Terminado su trabajo, decidió tomarse un corto descanso e ir a leer en el jardín. Lady Mellark le había dicho que podía coger los libros que quisiera de su pequeña biblioteca, de modo que eligió una novela de reciente publicación y se instaló a leerla en un sillón de hierro forjado en el pequeño patio. Sólo llevaba leído un Capítulo cuando oyó pasos provenientes de la casa. Consiguió no levantar la vista hasta cuando la cubrió una sombra. Previsiblemente, era Peeta.
-¿Vives aquí? -le preguntó, sarcástica.
-No -repuso él, sentándose en el sillón del lado-, aunque mi madre vive diciéndome aquí que me sienta en casa.
A ella no se le ocurrió ninguna réplica ingeniosa de modo que se limitó a emitir un «mmm» y volvió a meter la nariz en el libro.
Él apoyó los pies en la mesilla que había delante.
-¿Y qué estás leyendo hoy?
-Esa pregunta -contestó ella cerrando el libro pero dejando el dedo para marcar la página- da a entender que «estoy» leyendo, lo cual te aseguro que no puedo hacer mientras estás sentado aquí.
-Así de irresistible es mi presencia, ¿eh?
-Así de perturbadora.
-Eso es mejor que aburrida -observó él.
-Me gusta mi vida aburrida.
-Si te gusta tu vida aburrida, significa que no entiendes la naturaleza de la emoción.
Su tono de superioridad la indignó. Aferró el libro con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
-Ya he tenido suficiente emoción en mi vida -replicó entre dientes-. Te lo aseguro.
-Me encantaría participar más en esta conversación -dijo él con voz arrastrada-, pero tú no has considerado conveniente contarme ningún detalle de tu vida.
-No ha sido por descuido.
Él chasqueó la lengua, desaprobador.
-Qué hostilidad.
Ella lo miró con los ojos agrandados.
-Me raptaste.
-Te coaccioné.
-¿Quieres que te golpee?
-No me importaría -contestó él, mansamente-. Además, ahora que estás aquí, ¿de verdad fue tan terrible que te haya intimidado para que vinieras? Te gusta mi familia, ¿verdad?
-Sí, pero...
-Y te tratan bien, ¿verdad?
-Sí, pero...
-¿Entonces cuál es el problema? -le preguntó él en tono más arrogante.
Katniss casi perdió los estribos. Estuvo a punto de levantarse de un salto, cogerlo por los hombros y sacudirlo, sacudirlo y sacudirlo, pero en el último instante comprendió que eso era exactamente lo que quería él. Por lo tanto, se limitó a sorber por la nariz y decir:
-Si no eres capaz de reconocer tú el problema, no tengo manera de explicártelo.
Él se echó a reír, el maldito.
-Buen Dios, ésa ha sido una hábil evasiva.
Ella abrió el libro.
-Estoy leyendo.
-Tratando al menos.
Ella pasó la página, aunque no había leído los dos últimos párrafos. La verdad era que sólo quería aparentar indiferencia a él, además, siempre podía retroceder y leerlos cuando él se hubiera marchado.
-Tienes el libro del revés -observó él.
Ella ahogó una exclamación y miró el libro.
-¡Está bien!
-Pero tuviste que mirarlo para comprobarlo, ¿no? -dijo él sonriendo guasón.
-Voy a entrar -anunció ella, levantándose.
Él se levantó al instante.
-¿Y vas a dejar este espléndido aire de primavera?
-Y a ti -replicó ella, aunque no le pasó inadvertido su gesto de respeto y cortesía. Los caballeros no solían levantarse por simples criadas.
-Ten piedad -susurró él-. Lo estaba pasando tan bien.
Ella pensó cuánto daño le haría si le arrojaba el libro. Tal vez no lo suficiente para compensar su pérdida de dignidad. La asombraba la facilidad con que él la enfurecía. Lo amaba desesperadamente, ya hacía tiempo que había dejado de mentirse respecto a eso, y sin embargo él era capaz de hacerle temblar de rabia todo el cuerpo con sólo una insignificante pulla.
-Adiós, señor Mellark.
-Hasta luego -respondió él haciéndole un gesto de despedida.
Katniss se detuvo, nada segura de que le gustara esa indiferente despedida.
-Creí que te marchabas -dijo él, con expresión levemente divertida.
-Y me voy -insistió ella.
Él ladeó la cabeza pero no dijo nada. No tenía para qué. La expresión vagamente burlona de sus ojos hablaba con bastante elocuencia.
Ella se dio media vuelta y echó a andar hacia la puerta que llevaba al interior, pero cuando estaba a mitad de camino, lo oyó decir:
-Tu vestido nuevo es muy bonito.
Se detuvo y suspiró. Bien podía haber pasado de falsa pupila de un conde a una simple doncella, pero los buenos modales eran buenos modales, y de ninguna manera podía hacer caso omiso de un cumplido. Girándose dijo:
-Gracias. Me lo regaló tu madre. Creo que era de Cressida.
Él se apoyó en la reja en una postura engañosamente perezosa.
-Es una costumbre, ¿verdad?, regalar vestidos a la doncella.
Ella asintió.
-Cuando ya están bien usados, lógicamente. Nadie regalaría un vestido nuevo.
-Comprendo.
Ella lo observó desconfiada, pensando por qué demonios le importaba el estado de su vestido.
-¿No querías entrar?
-¿Qué te traes entre manos?
-¿Por qué crees que me traigo algo entre manos?
Ella frunció los labios y dijo:
-No serías tú si no estuvieras tramando algo.
-Creo que ése ha sido un cumplido -dijo él, sonriendo.
-No necesariamente; no era ésa la intención.
-De todos modos, lo tomo como cumplido -dijo él mansamente.
Ella no encontró una buena respuesta, así que no dijo nada. Tampoco avanzó hacia la puerta; no sabía por qué, puesto que había expresado muy claramente su deseo de estar sola. Pero sus palabras y sus sentimientos no siempre coincidían. En su corazón, suspiraba por ese hombre, soñaba con una vida que no podía ser.
-Estás muy seria -dijo él dulcemente.
Katniss lo oyó, pero ya no pudo apartar la mente de sus pensamientos.
Peeta se le acercó. Alargó la mano para tocarle la barbilla, pero se contuvo y la retiró. En ese momento había en ella un algo que la hacía intocable, inalcanzable.
-No soporto verte tan triste -le dijo.
Sus palabras lo sorprendieron. No había sido su intención decirle nada; simplemente se le escaparon de los labios.
Entonces ella lo miró.
-No estoy triste.
Él hizo un movimiento de negación con la cabeza, casi imperceptible.
-Hay una pena profunda en tus ojos. Rara vez desaparece.
Ella se tocó la cara, como si pudiera tocar esa pena, como si fuera sólida, como si se la pudiera quitar con una fricción.
Peeta le cogió la mano y la llevó a sus labios.
-Ojalá quisieras hacerme partícipe de tus secretos.
-No tengo ningún...
-No me mientas -dijo él, en tono más duro que el que hubiera querido-. Tienes más secretos que todas las mujeres que... -se interrumpió bruscamente, porque por su mente pasó como un relámpago la imagen de la mujer del baile de máscaras-. Más que casi todas las mujeres que conozco -concluyó.
A medida que los días se fundían en una semana, Katniss fue descubriendo que trabajar para las Mellark podía mantener ocupadísima a una muchacha. Su trabajo de doncella consistía en atender a las tres hijas solteras, por lo que sus días estaban repletos, entre peinarlas, arreglar ropa, planchar vestidos, lustrar zapatos, etcétera. No había salido de casa ni una sola vez, a no ser que contara los momentos que pasaba en el jardín de atrás.
Pero si la vida en casa de Alma Coin había sido triste, monótona y humillante, en la casa de las Mellark abundaban las risas y las sonrisas. Las niñas reñían y se tomaban el pelo entre ellas, pero nunca con la crueldad con que ella había visto a Glimmer tratar a Delly. Y citando el té era informal, en la sala de estar de arriba, y sólo estaban presentes lady Mellark y sus hijas, a ella siempre la invitaban a participar. Normalmente ella llevaba su cesta de costuras, para remendar, zurcir o pegar botones mientras las otras charlaban, pero era maravilloso poder estar sentada allí, bebiendo té con leche fresca, en una fina taza, y panecillos calientes. Y pasados unos días, se sentía tan a gusto que comenzó intervenir en la conversación. La hora del té se había convertido en su favorita.
Una tarde , Clove preguntó:
-¿Dónde creen que podría estar Peeta?
-¡Ay!
Cuatro caras Mellark se giraron hacia Katniss.
-¿Te sientes mal? -le preguntó lady Mellark, con la taza detenida a medio camino entre el platillo y su boca.
-Me pinché el dedo -contestó Katniss, haciendo una mueca.
Los labios de lady Mellark se curvaron en una misteriosa sonrisita.
-Madre te ha dicho -dijo Primrose, de catorce años- por lo menos mil veces...
-¿Mil veces? -preguntó Cressida con las cejas arqueadas.
-Cien veces -corrigió Primrose, mirando furiosa a su hermana- que no tienes que traer tus remiendos al té.
Katniss tuvo que reprimir una sonrisa.
-Me sentiría una holgazana si no los trajera -dijo.
-Bueno, yo no voy a traer mi bordado -declaró Primrose, aunque nadie le había pedido que lo trajera.
-¿Te sientes una holgazana? -le preguntó Cressida.
-Ni lo más mínimo -replicó Primrose.
-Has hecho sentirse holgazana a Primrose –dijo Cressida a Katniss.
-¡No me siento holgazana! -protestó Primrose.
-Llevas bastante tiempo trabajando en el mismo bordado, Primrose -dijo lady Mellark, después de acabar de tragar un sorbo de té-. Desde febrero, si no me falla la memoria.
-Nunca le falla la memoria -explicó Cressida a Katniss.
Primrose dirigió una mirada furibunda a Cressida, que sonrió a su taza de té.
Katniss tosió para ocultar su sonrisa. Cressida, que a sus veinte años era sólo un año menor que Clove, tenía un sentido del humor pícaro y provocador. Algún día Primrose estaría a su altura, pero aún no había llegado ese momento.
-Nadie ha contestado mi pregunta -terció Clove, dejando la taza en el plato con un fuerte clac-. ¿Dónde está Peeta? No lo veo desde hace siglos.
-Hace una semana -enmendó lady Mellark.
-¡Ay!
-¿No te has puesto el dedal? -preguntó Primrose a Katniss.
-Normalmente no soy tan torpe -masculló Katniss.
-¿Dijiste algo,Katniss?
Negando con la cabeza, Katniss enterró la aguja para dar la siguiente puntada en el dobladillo que estaba repasando y erró totalmente el blanco.
Clove la miró de reojo, bastante extrañada.
Lady Mellark se aclaró la garganta.
-Bueno, creo que... -se interrumpió y ladeó la cabeza-. Oye, ¿hay alguien en el corredor?
Ahogando un gemido, Katniss miró hacia la puerta, esperando ver entrar al mayordomo. siempre la miraba desaprobador antes de decir cualquier recado o noticia que llevara. No aprobaba que la doncella tomara el té con las señoras de la casa, y si bien nunca expresaba su opinión sobre el asunto delante de las Mellark, rara vez se tomaba la molestia de impedir que se le reflejara la opinión en la cara.
Pero no fue el mayordomo el que apareció en la puerta, sino Peeta.
-¡Peeta! -exclamó Clove levantándose al instante-. Justamente estábamos hablando de ti.
-¿Ah, sí? -dijo él, mirando a Katniss.
-Yo no -masculló ella.
-¿Dijiste algo, Katniss? -preguntó Primrose.
-¡Ay!
-Tendré que quitarte esa costura -dijo lady Mellark sonriendo divertida-. Habrás perdido una pinta de sangre cuando haya acabado el día.
Katniss dejó a un lado la costura disponiéndose a levantarse.
-Iré a buscar un dedal.
Está abajo -explicó ella-, en mi habitación.
-Pero si tu habitación está arriba -observó Primrose.
Katniss la habría matado.
-Eso fue lo que dije -dijo ella entre dientes.
-No dijiste eso -rebatió Primrose, muy segura.
-Sí, dijo eso -afirmó lady Mellark-. Yo la oí.
Katniss giró la cabeza para mirar a lady Mellark y al instante comprendió que ésta había mentido.
-Tengo que ir a buscar ese dedal -dijo, más o menos por enésima vez.
Corrió hacia la puerta, atragantándose con la saliva al acercarse a Peeta.
-No querría que te hicieras daño -dijo él, haciéndose a un lado para dejarla pasar por la puerta. Pero cuando ella pasó, se le acercó un poco y susurró-: Cobarde.
-¿Te has extraviado?
Levantó la vista y vio a Peeta en lo alto de la escalera, apoyado despreocupadamente en la pared. Miró el suelo y cayó en la cuenta de que seguía a mitad de la escalera.
-Voy a salir.
-¿A comprar un dedal?
-Sí -respondió ella, retadora.
-¿No necesitas dinero?
Podía mentirle y decirle que llevaba dinero en el bolsillo o decirle la verdad y dejar al descubierto la patética tonta que era. O igual podía bajar corriendo la escalera y salir de la casa. Ésa era la salida cobarde, pero...
-Tengo que irme -masculló, y bajó tan rápido que se olvidó de que debía salir por la puerta de servicio.
Atravesó corriendo el vestíbulo, abrió la pesada puerta y bajó a tropezones la escalinata de entrada. Al tocar sus pies la acera, giró en dirección norte, no por ningún motivo en particular, sino simplemente porque tenía que ir a alguna parte. Y entonces oyó una voz. Una voz chillona, horrible, espantosa.
Dios santo, era la voz de Alma Coin.
No había sido la intención de Peeta ir a tomar el té con su madre y sus hermanas, aunque al llegar lo había pensado mejor. Pero en el momento en que Katniss salió corriendo de la sala de estar de arriba, perdió todo el interés en el té y los panecillos.
Pero Primrose había arrojado un panecillo. Peeta se hizo a un lado un segundo antes de que el panecillo le rebotara en un lado de la cabeza. Lo primero que hizo fue mirar la pared, donde el panecillo había dejado una ligera mancha, y luego miró al suelo, donde había aterrizado, notablemente, en una sola pieza.
-Creo que ésa es la señal para que me marche -dijo afablemente, dirigiendo una fresca sonrisa a su hermana menor.
El panecillo volante le daba el pretexto perfecto para salir de la sala a ver si lograba seguirle el rastro a Katniss hasta donde fuera que creía que iba.
-Pero si acabas de llegar -dijo su madre.
Al instante él la observó con desconfianza. Ése no había sido ni remotamente el tono quejumbroso que empleaba habitualmente para decir «Pero si acabas de llegar». La verdad, no parecía molesta en lo más mínimo porque él pensaba marcharse.
Lo cual significaba que se traía algo entre manos.
-Podría quedarme -dijo, sólo para probarla.
-Oh, no -repuso ella, llevándose la taza a los labios, aunque él estaba seguro de que estaba vacía-. No permitas que te retengamos si estás ocupado.
Peeta trató de acomodar los rasgos en una expresión impasible, o por lo menos una que ocultara su sorpresa. La última vez que informó a su madre de que estaba «ocupado», ella reaccionó con un «¿Demasiado ocupado para tu madre?».
Su primer impulso fue afirmar «Me quedo» e instalarse en una silla, pero tuvo la sangre fría necesaria para comprender que quedarse ahí sólo para frustrar a su madre era bastante ridículo, cuando lo que de veras deseaba hacer era marcharse.
-Me voy, entonces -dijo finalmente, retrocediendo hacia la puerta.
-Vete -dijo ella, haciéndole un gesto de despedida-. Que te diviertas.
Bajó de prisa la escalera, atravesó el vestíbulo con largas y tranquilas zancadas, y salió. Dudaba de que Katniss estuviera cerca de la casa, pero si había ido a comprar, sólo podía haber tomado una dirección. Giró a la derecha, con la intención de dirigirse a la pequeña hilera de tiendas, pero sólo había dado tres pasos cuando la vio. Ella estaba pegada a la pared de ladrillos exterior, con el aspecto de recordar apenas la forma de respirar. Corrió hacia ella.
-¿Katniss? ¿Qué ha ocurrido? ¿Te sientes mal?
Ella se sobresaltó al verlo, después negó con la cabeza.
Él no la creyó, naturalmente, pero no le vio ningún sentido a decirle eso.
-Estás temblando -le dijo, mirándole las manos-. Dime qué ocurrió. ¿Alguien te molestó?
-No -dijo ella con voz temblorosa nada característica-. Sólo... esto... eh... -Miró hacia el lado y vio la escalinata-. Me tropecé al bajar y me asusté. -Sonrió débilmente-. Seguro que sabes lo que quiero decir, esa sensación de que te han dado un vuelco las entrañas.
Peeta asintió porque sabía qué quería decir, pero no porque la creyera.
Ven conmigo.
Ella lo miró y había algo en esas profundidades verdes que a él le oprimió el corazón.
-¿Adónde? -preguntó ella en un susurro.
-A cualquier parte, para no estar aquí.
-Eh...
-Vivo cinco casas más allá.
-¿Sí? -preguntó ella con los ojos agrandados-. Nadie me lo había dicho.
-¿Cómo encuentras trabajar para mi familia?
-Son muy simpáticas.
-¿Simpáticas? -repitió él, sin poder evitar que se le reflejara la incredulidad en la cara-. Enloquecedoras, quizás, incluso agotadoras, pero ¿simpáticas?
-Yo las encuentro simpáticas -dijo Katniss firmemente.
Peeta sonrió porque quería muchísimo a su madre y sus hermanas, y le encantaba que Katniss estuviera empezando a quererlas.
-Deberías agradecer a tus estrellas de la suerte por tenerlas -dijo ella, con la voz más enérgica de lo que le había salido en toda la tarde-. Yo daría cualquier cosa por... -no acabó la frase.
-¿Darías cualquier cosa por qué? -le preguntó él, sorprendido de lo mucho que le interesaba oír la respuesta.
-Por tener una familia como la tuya -repuso ella, mirando tristemente por la ventana.
-No tienes a nadie -dijo él, no como pregunta, sino como afirmación.
-Nunca he tenido a nadie.
-¿Ni siquiera a tu...? -Recordó que en un descuido ella le había dicho que su madre había muerto al nacer ella-. A veces no es fácil ser un Mellark -dijo, en tono intencionadamente alegre y afable.
Ella giró lentamente la cabeza y lo miró.
-No puedo imaginarme nada más agradable.
-Y no hay nada más agradable, pero eso no quiere decir que siempre sea fácil.
-¿Qué quieres decir?
Y entonces Peeta se vio impulsado a expresar sentimientos que jamás había contado a ningún alma viviente, ni siquiera a su familia.
-Para la mayor parte del mundo -explicó-, sólo soy un Mellark. No soy Peeta, ni Peet y ni siquiera un caballero de posibles y algo de inteligencia. Soy simplemente -sonrió pesaroso- un Mellark. Concretamente, el Número Dos.
A ella le temblaron los labios y por fin sonrió.
-Eres mucho más que eso.
-Y así me gusta pensarlo, pero la mayor parte del mundo no lo ve así.
-La mayor parte del mundo es tonto y no te conoce.
Él se echó a reír. No había nada más atractivo que Katniss frunciendo el entrecejo.
-No encontrarás oposición en mí respecto a eso.
Pero entonces, justo cuando creía que había acabado ese tema, ella lo sorprendió diciendo:
-No te pareces en nada al resto de tu familia.
-¿Cómo? -preguntó él, sin mirarla a los ojos. No quería que ella viera lo importante que era para él su respuesta.
-Bueno, tu hermano Gale... -arrugó la cara, pensando-. El hecho de ser el mayor le ha alterado toda su vida. Evidentemente siente una responsabilidad hacia la familia que tú no.
-Vamos a ver, espera un mo...
-No me interrumpas -dijo ella, colocándole una mano tranquilizadora en el pecho-. No he dicho que no quieras a tu familia ni que no darías tu vida por cualquiera de ellos. Pero en el caso de tu hermano es diferente. Se siente responsable, y de verdad creo que se consideraría un fracaso si cualquiera de sus hermanos fuera desgraciado.
-¿Cuántas veces has visto a Gale?
-Una sola vez. -Tensó las comisuras de la boca como si quisiera reprimir una sonrisa-. Pero esa vez fue suficiente. En cuanto a tu hermano menor Finnick... bueno, no lo he visto, pero he oído hablar mucho...
-¿A quién?
-A todo el mundo. Por no decir que siempre lo mencionan en la hoja Capitol, la que, he de confesar, he leído durante años.
-Entonces sabías de mí antes de conocerme.
Ella asintió.
-Pero no te conocía. Eres mucho más de lo que imagina lady Capitol.
-Dime -dijo él, colocando la mano sobre la de ella-. ¿Qué ves?
Katniss lo miró a los ojos, examinó esas profundidades color celeste y vio algo que jamás habría soñado que existía. Una diminuta chispa de vulnerabilidad, de necesidad.
Él necesitaba saber qué pensaba ella de él, que él era importante para ella. Ese hombre, tan seguro de sí mismo, necesitaba su aprobación.
Tal vez la necesitaba a ella.
-Eres... -comenzó, tomándose su tiempo, porque sabía que cada palabra pesaba más en ese intenso momento-. No eres del todo el hombre que presentas ante el resto del mundo. Te gusta que te consideren gallardo, elegante, irónico, perspicaz, y lo eres, pero bajo todo eso eres mucho más. Te importan las personas -continuó, consciente de que la voz le salía rasposa de emoción-. Te importa tu familia, e incluso te importo yo, aunque Dios sabe que no siempre me lo merezco.
-Siempre -interrumpió él, llevándose su mano a los labios y besándole la palma, con un fervor que a ella le cortó el aliento- Siempre.
-Y.. y... -le costaba continuar, estando esos ojos fijos en los de ella con una emoción tan transparente.
-¿Y qué? -la instó él en un susurro.
-Gran parte de lo que eres te viene de tu familia -dijo ella, casi a borbotones-. Eso es muy verdad. No se puede crecer con tanto amor y lealtad y no ser una persona mejor debido a eso. Pero en el fondo de ti, en tu corazón, en tu alma, está el hombre para ser el cual naciste. Tú, no el hijo de alguien, no el hermano de alguien. Tú.
Peeta la observó atentamente. Abrió la boca para hablar, pero descubrió que no tenía palabras. No había palabras para un momento como ese.
-En el fondo -continuó ella-, tienes el alma de un artista.
-Noo -dijo él, negando con la cabeza.
-Sí. He visto tus dibujos. Eres brillante. Yo no sabía cuánto hasta que conocí a tu familia. Los has captado a todos a la perfección, desde la expresión guasona de Cressida cuando sonríe hasta la travesura en la forma como Primrose pone los hombros.
-Nunca le he enseñado a nadie mis dibujos -reconoció él. Ella levantó bruscamente la cabeza.
-Noo. ¿En serio?
-A nadie.
-Pero es que son excelentes. Tú eres excelente. Estoy segura de que a tu madre le encantaría verlos.
-No sé por qué -dijo él, sintiéndose tímido-, pero nunca he deseado enseñárselos a nadie.
-Pero a mí me los enseñaste -dijo ella dulcemente.
-No sé, me pareció... bien.
Y entonces el corazón se saltó un latido, porque de pronto «todo» estaba bien.
La amaba. No sabía cómo ocurrió eso, sólo sabía que era cierto.
No era sólo que ella conviniera a sus necesidades de hombre. Había habido montones de mujeres convenientes en ese sentido. Katniss era distinta. Lo hacía reír. Lo hacía desear hacerla reír. Y cuando estaba con ella..., bueno, cuando estaba con ella la deseaba desesperadamente, pero durante esos momentos en que su cuerpo lograba mantenerse controlado...
Se sentía contento, satisfecho.
Era extraño, eso de encontrar una mujer que pudiera hacerlo feliz con su sola presencia. Ni siquiera necesitaba verla, ni oír su voz, ni oler su aroma. Simplemente necesitaba saber que estaba ahí.
Si eso no era amor, no sabía qué era.
La contempló, tratando de prolongar el momento, de retener esos instantes de perfección total. Vio que algo se ablandaba en sus ojos, y el color pareció fundirse, convertirse de una brillante esmeralda en un musgo blando y armonioso. Se le entreabrieron y ablandaron los labios y comprendió que tenía que besarla, y no porque lo deseara, sino porque tenía que besarla.
