Yu-Gi-Oh! Es propiedad exclusiva de Kazuki Takahashi hasta el fin de los tiempos.
Poca cosa mía hay en este lío.
¡Precaución!
Jōnouchi y Yura son seres humanos. Los hombres humanos se afeitan y las mujeres humanas pueden vomitar por otra razón que no sea un embarazo. Así de real es la vida.
Los enfrentamientos son inevitables, ya sean con la vida misma, con nuestros mayores miedos o, peor aún, con nuestro propio yo. Así de cruel es la vida.
Algunas personas cometen el error de hacer "cosas buenas que parecen malas". Otras, en cambio, hacen "cosas malas que parecen buenas". Así de irónica es la vida.
Es difícil desenamorarse de Seto Kaiba, pues es éste un cazador amaestrado: sabe en cuales episodios debe vigilar a su presa, en cuales está vulnerable y el momento preciso en que debe cazarla. Así de calculador es Seto Kaiba.
Capítulo 10: Mentiras Verdaderas
"El castigo del embustero es no ser creído, aun cuando diga la verdad."
—Aristóteles
El trozo de espejo en el sorpresivo baño limpio mostró una barbilla depilada. De todos modos, el reflejo pañoso no le obsequió la confianza suficiente como para no rozar, por enésima vez, el filo de la afeitadora sobre todo el mentón incluyendo zonas aledañas.
Yacía cepillando sus dientes frente al pedazo de espejo cuando se retrató en la barbilla el nacimiento de unos pelos áureos. Descomponiendo lo poco en orden, halló la afeitadora con las hojas aún selladas por el plástico. Se impresionó del nulo uso; en breve murió el asombro luego de capitularla en manos de su Viejo, quien siempre las compraba mas nunca utilizaba para otra cuestión que no fuese mantener la barba en forma de candado.
El artefacto emitió un chasquido tras caer en el lavamanos, seguido al agua anidada en sus palmas, sirviendo de catapulta al estamparla contra su rostro. Cerró el grifo abierto desde que comenzó a rasurarse, con las gotas frescas empapando los poros tomó el jabón cercano a la válvula. Se aplicó la pasta en toda la barbilla, sustituyendo la costosa crema de afeitar que prevenía la irritación.
Sin una capa de jabón antes y después del afeitado, bajo la quijada le crecían unas bolitas llenas de pus que a Yura y, en ocasiones a Kyoka, les fascinaba reventar llegando al extremo de maniatarlo. No les daría el gusto, pensó mientras hacía el intento de exfoliarse con las lavazas del jabón mezclado a las gotas.
La espuma cubrió su barbilla, reflejada en el pedazo de espejo como una espesa barba blanca.
Recordó a Santa Claus.
El agua chorreada del grifo, otra vez abierto, cayó contra su faz, humedeciendo el fragmento de espejo. Salió del baño habiendo dejado todo en su estado inicial a excepción de la afeitadora que en su mente convino desechar más tarde.
De la cama tomó la toalla, secándose rostro, cuello, manos y los cortos flequillos rubios engomados a su frente. La devolvió a las sábanas revueltas junto a la camiseta negra que se apresuró en prendar e hizo acompañar al pantalón grisáceo. Se ajustó las sandalias yertas al pie de la cama, con ellas puestas desaposentó.
Fiel a la tradición matutina, rodó cauteloso el pomo correspondiente al dormitorio de su Viejo.
Se le cortó la saliva y el alma huyó de su cuerpo vía el jadeo estragado.
La cama estaba vacía.
Pánico.
El corazón le estrangulaba en el momento preciso de la puerta crujir, al voltear espasmódico miró llegar a su Viejo sosteniendo dos envolturas y jugueteando con un mondadientes en la boca.
— ¿Qué?— Tosco, como siempre, preguntó. Acabando de inmiscuirse colocó las bolsas encima del comedor.
Quiso abrazarlo, se cohibió por el contario.
Retomaron sus facciones la blancura bruñida para sonreírle.
—Nada. Buenos días, Viejo.
— ¿Se te perdió algo en mi habitación?
Justo allí terminó de cerrar la puerta. Aspaventó la curva en sus labios.
— ¡N-No! Solo quería estar seguro…
Su Viejo cesó de juguetear con el mondadientes, la mirada que le dedicó fue palpar un cristal empañado en vez de ojos achocolatados. Fragilidad, como mismo precisaba el cristal.
—No sucederá otra vez, Katsuya.
Ver a su Padre con semejante expresión, ausente la tozudez innata, era ver a un desconocido acuchillar el tórax. La culpa no afligía un solo hombro.
—Todo no fue tu culpa.
—Cállate.
Así lo hizo, no queriendo ahondar el dedo en esa llaga.
En ambas llagas, debía recordarse. Las heridas tampoco pudrían un solo pecho.
— ¿Qué trajiste ahí?— Señaló las bolsas.
—El desayuno.
—Oh. —No significó un obstáculo fingir el apetito que mirar la cama vacía le quitó. Guiñar el asombro de no haberse ido todo el dinero en licores, aparentó un hambre voraz—. ¡Entonces a comer se ha dicho!
Brincó hacia una de las sillas, la misma que daba de cara con su Viejo. Él guardó silencio mientras desenvolvía los alimentos y, por primera vez en años, tuvo el augurio de poder disfrutar un desayuno en armonía.
—Ah, por cierto, tomaré prestada tu caja de herramientas.
— ¿Un trabajo casual?
—Sí, arreglar una lavadora.
—De acuerdo, pero me debes la mitad del dinero que ganes.
— ¡Oye, eso no es justicia!
—Entonces no compondrás ninguna lavadora.
—Está bien, está bien. Lo que digas, lo que digas.
Gracias a Kami, en ningún momento puso aquella oración bajo fianza.
—.—
Mai alzó una ceja, se mordisqueó el labio pintado de rosa y embarró los suyos en un beso corto.
—Me parece una excelente idea, guapo— pronunció, rozando sus narices en tanto las manos acariciaban los cabellos en su nuca. Él apretó la cintura contra su vientre bajo—. Aunque eso no me quita sentir un poquito de celos. Se supone que los fines de semana son solo nuestros.
Embobado por la ternura expuesta en el puchero, le besó la frente.
—Solo será este sábado. —Plantó un segundo beso en la mejilla empolvada de rubor—. Yura es un tanto… chillona, pero es buena gente. Si de pronto le entran unos humores raros no le hagas mucho caso, ¿de acuerdo?— Bromeó, los alientos entremezclándose debido a la risa compartida.
—Todavía me siento indignada por el rechazo del señor del almacén. —Jugó con sus hebras enrollándolas a su dedo índice. Aguardaban palabras de consuelo en la punta de la lengua cuando ella prosiguió—. Pero, ¿sabes? Te tengo un trabajo seguro, uno donde lloverá el dinero como desde octubre no sucede.
—No tienes por qué…— le silenció, besándolo.
—Sí tengo por qué, guapo. Eres mi bombón preferido. —Una vez interrumpido el beso, las palabras soplaron en sus labios ya rosados por el labial.
—Te lo agradezco mucho, Mai. —Tal vez la rubia no poseyera una memoria puntual que le refrescara con exactitud su fecha de cumpleaños, pero su cariño y disposición para ayudarle vaticinaban mucho más valor que el que Yura sumaba a dos números sosos en el calendario.
Se abrazaron. Él la cintura, ella por los hombros.
Fue una locura buscar un olor a vainilla en aquel cuero cabelludo.
No lo inhaló.
Cuán estúpido se sintió por tal pensamiento.
—.—
—Yura, insisto, piénsalo mejor. No traces un paso hasta no tener el Polo Norte en tu cabeza. —La citada permaneció concentrada en amontonar toda la ropa sucia en el piso, a un lado de la lavadora. Pese a no instalarle los ojos, sabía, sin asomos de duda, que su oración había sido percibida. Interiorizada.
—Calma, Kyo, calma. —Sacó de la caja malparada una blusa holgada, del mismo marrón encendido que el de su abrigo—. Mi cabeza se enfrió lo suficiente ayer, parecía más la Antártida que Osaka. —La siguiente prenda raída fue un pantalón negro muy emparentado al suyo, por ello acuñó el término coincidencias negras al intuir su propio atuendo en el tupido de ropa mal oliente. No obstante, dicha aseveración perdió urgencia tan pronto reprodujo su mente la amonestación desviada por conveniencia.
—No lo creo. ¿Pensaste ya por cuáles motivos Katsuya elegirá creer tus argumentos en lugar de los de Mai? Porque ella de seguro se justificará a peto y espada. Además, un hombre enamorado es el seudónimo de un ciego pidiendo limosna. Mi escritor favorito jamás yerra.
Yura dejó el último ropaje pendular en su mano.
—Katsuya no está enamorado, está ciego de sexo.
—Por tanto sigue padeciendo ceguera, Yu. Debes idear otro método…
— ¡No hay mejor método!— Estrelló la pobre franela desmangada, que ninguna culpa tenía, contra la montaña de prendas escacharradas. La tela del purpúreo camisón que a ella le tapaba las pantorrillas, se ondeó ante la brisa del embate—. Para quedar como la zorra que es, debe estar en sus narices. Si Katsuya no ve con ojos propios cómo se pone pálida, cómo le tiemblan las pupilas, cómo el sudor resbala frío y cómo se le retuerce la lengua, seguirá siendo un perro faldero. Su perro faldero. —Le devolvió una mirada fiera, razón por la cual dio un respingo—. ¡Prefiero que me arrojen la tierra del cementerio antes de permitírselo!
Dos años sin ver aquella flama. No lo divulgó a lengua suelta. La morriña veloz amargó sus papilas.
Callando le otorgó la razón.
—Somos amigos. Él es mi amigo, ahí están los dichosos motivos. — Dándole la espalda invirtió la concepción del semblante.
¿Qué sentimiento no se arriesgó a dejar vulnerable a la vista? Nadando entre las memorias de su amistad averiguaba el acertijo cuando un zarpazo en el oído amenazó dejarle sorda.
— ¡Buenos días, chicas!— Canturreó el Rey de Roma, parado en el marco de la puerta que olvidó trancar.
—Kyo, debemos hacer algo con esa maña tuya…—musitó Yura virándose a la par, las dos torcieron la sonrisa con el rubio delante. Empero, solo ella preguntó el objetivo por el cual sostenía en la mano derecha una caja de herramientas.
—Repararé la lavadora. —Le miró asediar la máquina en la sala gracias al empuje sobrehumano de ambas.
— ¿Dónde está mi boina?— Cuestionó la albina cruzada de brazos, observando al rubio situar la caja en el suelo.
Katsuya se acuclilló tras la lavadora para encubrir el miedo súbito que ella divisó a leguas. No intuía nada.
— ¿La boina? —Consultó, intercalando la mirada entre uno y otro, no obstante a ser el aire lo único en prestarle asunto.
— ¿Y dónde mi chaqueta?— La voz del blondo testificó cuanto temor había, por su parte, la mano insegura tentando las herramientas delató la búsqueda de un atajo sutil.
— ¡Yu, no entiendo de qué pepino hablan! ¡Esa parte no me la contaste!
Otra demanda en el aire, Yura le ignoró para introducirse en la recámara, desde donde salió apurada con la chaqueta verde emperchada.
—Aquí.
Katsuya despuntó los ojos por encima del electrodoméstico con el mismo pavor de un niño escondido tras la falda de su madre. Después se agachó, como el soldado que atalaya un ataque del escuadrón enemigo.
— ¡Olvidé tu boina!— Clamó al fin y solucionó la ecuación. Con todo gusto explotó de la risa puesto que, en su rango de visión, estaba el rubio cubriéndose la cabeza en pareja a los ojos engurruñados; luciendo tal cual el soldado entonces protegiéndose de los bombardeos del adversario—. ¡Losientolosientolosientolosiento!
Yura, sin embargo, rezongó; lamiéndose la cara con la mano cuyo amparo no mantenía sujeta la percha. En cuanto la palma descendió del mentón, caminó con dirección al dormitorio sin chistar.
—Tienes tiempo hasta nuestra cita con Mai para devolvérmela o esta chaqueta tendrá un nuevo dueño.
Katsuya despabiló.
— ¡Te aseguro que la tendrás de aquí a eso!— La ojiazul de espaldas izó el dedo pulgar a modo de acierto al tiempo que ella paraba de reír apachurrándose el vientre—… ¡Oye, aguarda un minuto! —Expectante al requerimiento, se secó la gota en el párpado inferior alzando escueta sus lentes. Yura añadió suspenso frenando al pie del aposento—. ¿No vas a llamarme "Sinvergüenza", "Pendejo despistado" o a golpearme con la percha?— Fue allí el momento de un Jōnouchi turbado rascarse la melena rubia con el dedo índice.
No se urdió por el gesto, conocía palmo a palmo los modismos de Yura para reivindicarse con quienes se sentía endeudada.
Culpable.
No tomar represalias contra Katsuya por aquel descuido, era su manera de suplicarle un perdón anticipado. Un perdón silente detrás del cual ocultaba el miedo de perderlo, de perder su amistad. Porque para su mejor amiga, Katsuya Jōnouchi era una Kyoka Hanashi de género masculino, eso confesó frente al rubio y ella una noche estrellada en sus recuerdos, aunque no aceptaba por encomio ser asemejada con el blondo.
"—Por esas pequeñas muestras, Yu, tú eres mi mejor amiga—."
—Puedo complacerte si gustas.
— ¡N-No! ¡Así está bien de sobra!
—.—
El tornillo se incrustó a la medida de los giros con el destornillador de estrías. Los cables yacían desenliados e injertados el uno al otro con la energía fuente, y el enchufe no chispeó al probarlo en el conector.
Procurando haber entornillado un remache de difícil aflojamiento, reforzó la última enroscada.
— ¿Entonces, qué tenía descompuesto?— Inquirió la dueña tomando asiento en el piso, justo a su lado. Se obligó a volver mera saliva toda la risa que le causó mirar la boina blanca. Vaya que eran su fascinación—. ¿Los cables o el enchufe?
—Las dos cosas.
Yura exhaló un suspiro que a sus oídos llegó tonificado con cierta vergüenza.
— ¿La limpias cuando terminas de lavar?— Indagó, atento a la respuesta guardó el destornillador en la caja.
—Sí.
—Ahí está el lío. —Ella le imitó poniéndose de pie, la ceja derecha se arqueó.
—Los tornillos estaban demasiado flojos, por eso, al estar mal cerrada la caja protectora del cableado, se filtró parte del agua entre los cables. Es un milagro que el enchufe también estuviera jodido la primera vez que lo conectaste porque si hubieras continuado intentándolo con esos cables mojados…
— ¿Ahora sí puedo usarla sin miedo a morir electrocutada?— Separó la paja yendo directo al grano.
—Sí, aunque, solo por si las moscas, no la conectes si yo estoy. Lo haré por ti. —Le picó un ojo señalándose con el dedo pulgar apuntado al pecho.
Ella le sonrió segundos antes de flechar la mirada en su barbilla.
—Te afeitaste mal.
Se escandalizó aprisa. Si Yura descubrió su matutina sección de afeitado, era una profecía que cazara bajo su mentón las bolitas llenas de pus.
En vilo la observó entrar al cuarto, mientras el temor bajaba por su sien a modo de sudor frío al destellar su memoria las mil y una formas de maniatarlo.
— ¡Te-Te equivocas!— Persiguió su rastro, quedando frisado en el marco avizoró a Kyoka dormitar— ¡Me apliqué demasiado bien el jabón! ¡No tengo esas malditas bolas de pus!
—Si despiertas a Kyo, tu Papá se hará rico con el dinero de las condolencias en tu velorio— susurró en pos de su reaparición al pie del baño que cerró desplazando la cortina negra. Él se tapó la boca con ambas manos, pero la acción no impidió al rabillo de su ojo identificar la rasuradora en mano ajena.
—Está sin usar, las hojas todavía tienen el plástico. —Aupó el artefacto, enfrente su expresión confusa retiró la protección—. Anda, quítate las manos de la boca o no podré afeitarte bien esos tres pelos. —Obedeció con las cejas alzadas y los hombros laxos.
¿Él era demasiado extremista o era Yura quien estaba siendo demasiado complaciente?
Si bien las agresiones hacia su persona no podían pronosticarse cuando la rabia prendía fuego a la razón, aquella bondad taciturna debería tener algún cabo atado; y el recuento de la placidez expuesta luego de secar su rostro ruborizado por el golpe del zapato, solo volvió la posibilidad una certidumbre.
Yura se disculpaba con acciones…
—Bien, así está me…
—Yura— sostuvo las manos entre las suyas al momento de aquéllas descender, cayendo la rasuradora al suelo debido a lo imprevisto de su arrebato. Un tenue halo de presteza reverberó sus pupilas a la vez que las manos ceñían muy cerca del pecho—, no debes sentirte culpable para conmigo por esos gangueros de mierda. —Otro motivo no entesó mejor su puntería. Ella esquivó los ojos al suelo, pretendiendo quizás que él no percibiera la humedad acusando la culpa.
O una mirada delataba sus intenciones.
—Mírame. —Ordenó su voz áspera.
Los ojos azules boyaban entre lágrimas reprimidas.
—Yo cuidaré tu vida hasta con mi sombra.
Quiso abrazarla, no se cohibió.
Tirando de sus manos enlazadas la taraceó en su pecho, el nido donde acunó los sollozos agazapados que anheló sosegar abrazándole cual si pudiera convertirla en su segunda piel. Una mano envolvió la cintura mientras su gemela repartía caricias gratuitas a los cabellos blancos.
El olor a vainilla le trasmitió una paz aterciopelada que a pestañas engarzadas bosquejó la sonrisa de no sentirse estúpido buscando la fragancia en otro cuero cabelludo.
—Perdóname, Katsuya. En verdad perdóname.
—.—
En ocasiones tal vez innumerables había maltratado su garganta con el nudo de la culpa. No filtró en sus principios la ocurrencia de una nueva por honor a sus escrúpulos.
Una presunción en exceso ambiciosa para prevalecer inmutable.
Katsuya era tan cristalino que el simple pensamiento de mentirle significaba cometer un pecado abominable, y en esa precisión del tiempo, los recovecos de su interior se tambalearon con los seísmos de saberse no solo pecadora, sino también egoísta. Egoísta por anteponer sus ambiciones a la felicidad de él, por escaldarse con la vehemencia de arrancarle una venda sin antes preguntarle si deseaba continuar siendo ciego.
—No… Perdóname tú a mí. Todo es mi culpa.
— ¡NO!— Arrugó la camiseta, secándose las lágrimas en aquel pecho. En una oleada turbia recapacitó escupirle todo, gritarle todo, vaciarle todo lo que atestiguó en el Izakaya. Mas la picardía cínica de Mai, el memo presagio de su triunfo, devolvió sus palabras a la boca del estómago con una acidez burbujeante—. Aquí los únicos culpables son esos pedazos de mierda, no dejemos que nos agarren por el pelo fino.
— ¡Oye!— Deshizo la unión empuñando sus hombros—. "Pedazo de mierda" es mi grosería favorita, ¡no seas copiona!— Bromeó como cada que procuraba cortar un tema por lo sano. La risa flácida lo reveló sin ceder espacio a meditaciones.
Le censuró las palabras colocando el dedo índice sobre sus labios.
—Sí, sí, te la robé. Vayámonos a la sala o despertaremos a Kyo.
Le siguió manso, e incluso le tendió una mano reagrupando las prendas de acuerdo al color.
—Es raro ver a Kyoka durmiendo a estas horas.
—Los viernes son los días de docencia más ajetreados, además, ella se trasnocha platicando con sus padres en vídeo-llamadas.
— ¡Cierto! Olvidé que vive con la tía.
Nunca le asaltó tan temprano la necesidad de reciclar sus harapos, el tic nervioso en su ceja voceó toda la indignación que le infundió constatar los tumultos vacuos.
— ¡Bien! Ahora llevaré esta cosa hasta el cacho que tienes por patio trasero.
Para su fortuna, Katsuya no se incluía entre la clase de personas cuyo sentido de la pulcritud era una letanía constante. O mejor aún, no adiestró su sentido burlesco. Lo agradeció tanto por su humor como por la conservación de todo cuanto pudiera estar al alcance de su mano.
—.—
Quizás faltándole muchos años por conocer del mundo, estaba segura de que ningún ente real o abstracto sería más traidor que los nervios.
Helaban el sudor, electrizaban las manos, enredaban los pensamientos, le robaban la coherencia a las palabras y volvían la elocuencia una oración de tartamudo. Todo con el único propósito de ridiculizar a quien los traía consigo.
No eran tales artificios, sin embargo, los dardos que en esa ocasión lanzaban en su contra. Sacaron a colación una invitada especial.
La ansiedad.
Eran los atracos de esa vil circense quienes violentaban la circulación de la sangre en las venas de sus sienes ascendiendo al límite de temer una explosión sanguínea.
— ¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡No te vestirás con la misma ropa de ayer!
Su mejor amiga echó pimienta. Entonces la ansiedad se coció con lo poco que quedaba de su paciencia.
—No soy la novia, cualquier trozo de tela remendado será un vestido de gala.
— ¡Querrás decir un punto decisivo en tu contra!— Subrayó, por la forma en que rechinaron sus dientes parecían los de un tiburón a media caza.
Cercó el closet, desenterrando allí unas ropas cuya existencia jamás concibió.
—Te ataviarás con este precioso y engomado pantalón azul claro que hará una pareja perfecta con esta finísima blusa blanca estilo Reloj de Arena— describió el conjunto fingiendo el acento de una modista internacional.
— ¿En qué bendita parte del closet guardaste esa ropa?
—En un rincón donde no correría el riesgo de que tú la aventaras al camión de la basura.
—No soy tan drástica— bufó—. Puedo tolerar el pantalón, no así las mangas cortas de la blusa.
—Para eso está el abrigo gris sin capucha con el único botón de abrochar entrecruzado a la altura del cuello— sonrió jactanciosa, a sabiendas de que ella aceptaría por ser el gris su color favorito.
Diez años antes no lo hubiera dicho, pero diez años después nadie refutaría la certeza de que Kyoka le conocía mejor que cualquier otro pariente íntimo.
Dejando su decisión implícita cogió las prendas sobre la cama. Kyo no despojó la sonrisa de sus labios ni siquiera al hacer del lecho un asiento donde siguió la lectura del periódico, en tanto ella cubría la lencería negra con las ropas seleccionadas.
— ¡Yu, debes leer esto!
Antes de musitar palabra, su mejor amiga desplegó el periódico de par en par.
Fue arrojar tierra a sus ojos e incrustarle una daga.
Su Padre relucía garboso en la fotografía de marco doble con Pegasus J. Crawford, ambos bajo el titular, a su derecha había enmarcado otro retrato de un miembro de la Dieta Nacional siendo a su vez eclipsado por Seto Kaiba, quien imponía toda su hegemonía en las facciones austeras.
—Según el reportaje, "en la Ciudad Domino se llevará a efecto una celebración a propósito de conmemorar la inclusión jurídica del tratado comercial con las empresas constituidas en la mentada ciudad, puesto que era ésta la única faltante para completar la cartera. Personalidades como Seto Kaiba, Pegasus J. Crawford, Bunmei Ibuki, que dicho sea de paso es actual Presidente de la Cámara Baja, y el destacado arqueólogo Reiji Sutori serán las luces en cuyo esplendor se glorificará la ceremonia. El Presidente Ibuki agregó además, haciendo alarde su consabido espíritu jovial, que la verdadera alma del evento es compartir afectos entre colegas asiduos como atrasado festejo de año nuevo".
Le vibró la piel de felicidad, una razón vasta para ladear el rostro e impedir a Kyoka la premonición de sus lágrimas.
—Si estuvieras allá, el Señor Sutori te persuadiría…
—Llámalo por su nombre— instó, abrochando el botón entrecruzado al mismo tiempo. Su reflejo sobresalía patético a su ojo crítico pese a lo impecable del atuendo—. Exhibes la impresión de ser más hija de él que yo.
Dolía, cómo no si así era la verdad.
Dolía por más que se disfrazara.
— ¡Jamás vuelvas a repetir semejante necedad!
Allí, bajo el párpado inferior, las pilló. Lágrimas fugándose.
Postró ante Kyoka las suyas en un abrazo asfixiante que sus aullidos sigilosos convirtieron en frazada tibia.
—Sería yo la más dichosa— sorbió la nariz apoyado el mentón en el hombro contrario—… Así por nuestras venas correría incluso la misma sangre.
Se desgañitaron a sollozo limpio. Sin manos que les separaran, sin bocas que les silenciaran, sin que otros oídos les percibieran.
Ambas poseían la convicción insondable de que no lloraban por la fotografía, por el pasado escambroso en Domino o el futuro incierto en Osaka.
Lloraban para drenar el dolor.
Porque nuevas amarguras no podrían incubarse sin antes hacer espacio vomitando las viejas. Desaguándolas.
Fugaz cayó un mareo con el avinagrado sabor de no visionarse como la mayor compinche de Katsuya. En una visión nebulosa él le miraba desdeñoso, se mofaba hasta arrugarse el vientre llamándole "Marimacho" y con Mai tomado de la mano dirigió hacia ella el más horroroso de todos los desplantes.
Entonces no supo discernir si lloraba por él o por ella misma.
—Párate o ensuciarás el pantalón— puntualizó su mejor amiga entre hipidos mucosos.
La incógnita le aterró tanto que su espíritu agradeció escuchar la orden, esa que acató tomando asiento a su lado en la orilla de la cama. Las dos escurrían las gotas en sus mejillas cuando surgió en ella la comezón de la duda, ya que llorar por Katsuya no lo consideró raíz.
Era el presagio abrumador de haberse destajado una herida. Una herida cuyo perpetrador había sido el amor, palideció por ello.
—Perdóname, Yu, si no hubiese leído esa nota…
—Lo recuerdo con o sin periódico. A él, a todo.
—Yura, tú— y dedujo en la inmediatez cual sería la inquisición pero prefirió no interrumpir dedicándose a observar el periódico abandonado en el suelo—… ¿Todavía crees en el amor?
Aquella jodida pregunta.
—Por supuesto— fue sincera e hizo un esfuerzo inhumano por sonar lo mayor displicente posible—. Decir que no existe es decir que durante toda mi existencia he vivido con el corazón vacío, que tú, Katsuya, mi familia no significa nada para mí y que hoy en día no veo a personas felices cruzando la calle. Mi Padre me inculcó que el amor tiene diferentes manifestaciones, decretarlo falso es decretar a su vez que muchas otras cosas son falsas. Pero…
— ¿Pero?
—Aún no deja de ser para mí ese monstruo escondido en el armario, ese que, aunque no soy una niña, aunque es solo un mito de infancia, temo enfrentar. Temo abrir el armario.
—Entiendo…
El silencio se aposentó en los minutos consentidos por Kyoka.
—Voy a peinarte o también serás un desastre al respecto.
Ella sonrió.
—Viejos hábitos nunca mueren.
—.—
Los tenis amarillos no tuvo antes la oportunidad de vérselos calzados, el pantalón azul con el cinturón crema encajado entre las trabillas le sentaba demasiado bien, la camiseta debajo e igual amarilla lucía impoluta y la camisa blanca de tonos azulosos añadía el toque perfecto sin abotonar.
Precioso. Katsuya se avistaba precioso y ella robaría el honor de ser primeriza en decírselo, para tal cometido trinó el silbido coqueto.
— ¡Woa, Katsuya! Brillas como todo un galán de telenovela.
—No te burles de mí… —Un sonrojo delató la vergüenza, un delicado trazo escarlata que combinado al miel de los ojos era una bella exposición de ternura—. Lo único hermoso aquí eres tú.
Una granada de rubor con rumbo directo a sus mejillas.
Quizás debería considerar la opción de izar el banderín blanco. No existían a su disposición estrategias fehacientes para ganarle a Katsuya, la Diosa de la Suerte parecía derramar bendiciones eternas sobre su cabeza, llenándola de artificios certeros para dejarle a ella inerme en cada enfrentamiento; aun si fuere tan furtivo como el momento o él lo hiciera de manera tan espontánea como en la ocasión.
¿O lo ejecutó a plena consciencia? Tal vez sí. El rubio bien podría querer devolver hacia ella la vergüenza que obligó aflorar con el sonrojo. Por consiguiente, no era que, en efecto, para aquellos ojos amielados ella fuera hermosa, sino que era más bien una retribución de vergüenza.
Tanto se ahogó en sus cavilaciones que no respondió ni mucho menos advirtió la boina copada sobre su pelo.
—Ahora sí eres Yura.
Y por eso el ganador fue Katsuya.
De. Nuevo.
—Te imaginé con Mai en la plaza. —No resurgió una mejor alternativa que dimitir, tomar iniciativa en el camino con él al lado.
—Esperábamos por ti allá cuando se me olvidó tu boina, otra vez… En verdad lo siento.
"—No, Katsuya. Yo soy quien lo siente—."
—Poco importa— admiró el charol en sus zapatos—. Lo que sí te pido jamás olvidar es— paró, tanteando las palabras. Eran amargas— todo el esfuerzo que haré hoy. Todo será por ti, solo por ti.
Katsuya tocó su hombro. Más que un simple tacto, en su piel se trató de una caricia tenue.
—Y no sabes cuánto lo agradezco. —Le sonrió como solo él poseía la capacidad, con esa pureza de niño que le hizo estremecerse por a sí misma verse como un adulto descorazonado.
La consciencia le sugirió, esta vez con voz de trueno, decir la verdad ahí. En ese tiempo, en ese espacio, en ese segundo.
Reía encaramada en su propio esplendor mientras el actor le servía más Sake en la copa cristalina, coqueteándole sin recato en cada sesgo de oportunidad, una que el tildado Magnum pareció interpretar al besarle indiscreto un hombro en cueros. Ella no replicó u gesticuló descontento.
Mordió su labio ahogándose de rabia.
No lo permitiría, así lo gritó a su conciencia enmudecida por un no rotundo.
A Katsuya no le dejaría servido en bandeja de oro.
No a su amigo.
No a su Katsuya.
—Yo cuidaré tu vida hasta con mi sombra—.
"—Y yo cuidaré tu dignidad de esa maldita Dama Harpía—."
— ¿Yura?
—Hoy la nieve no parece querer asomarse. Tenemos mucha suerte— dobló hacia un sendero extraviado la posible sucesión de preguntas e hizo torcer su mirada, endulzada por el guiño de ojo.
Tocaron puntos menudos con respecto a temas triviales, tal como fue lo degustado en el desayuno, la diarrea que él una vez padeció por comer chucherías en las tres comidas durante dos días consecutivos, la intoxicación con ramen trasnochado que a ella le había hecho vomitar cinco veces en un mismo día, y los dos se rieron hasta el hartazgo por imaginar al ventero cagándose de miedo como él mismo coincidió al confundir su silueta con la de un zombie-fantasma.
Le hubiera encantado tener en posesión una varita mágica para detener el tiempo allí, para no encontrarse con Mai.
Corrigió al instante que tales instrumentos existían solo en las fantasías de la niña que ella tenía vedado ser, que resolvían predicamentos en una realidad que no era la suya, y que Mai se ojeaba hermosa bajo el amparo de la sombrilla rosa opaco; sentada en una de las sillitas blancas con las piernas cruzadas. Le abrumó consentir a regañadientes que el vestido color bermellón cuyo diseño atisbaba la impresión de ser francés u italiano, le hacía brillar como damisela de telenovela.
La pareja perfecta para él.
— ¡Al fin! —Tensó el aire cual si fuera la cuerda elástica de un arco—. No quiero escucharme paranoica pero ambos empezaban a preocuparme. —El semblante aturdido, plagado de un maquillaje cuya sencillez le espantó, supuso un aliado resolutivo en el timo de exteriorizar el mentado sentimiento que el cruce grácil de las piernas, carentes del traicionero tic nervioso a su vez expositor de la efectiva preocupación, al vuelo tildó de falso.
—Lamento haberte desesperado. —Se disculpó Katsuya, ocupando la silla a la derecha de la rubia—. Sucedió que guardé la boina de Yura en un lugar tan escondido que ni siquiera yo lograba ubicarlo.
— ¡Ay tontito, qué haremos con los tornillos zafados en tu cabecita! — Mai respondió a la sonrisa apenada de su amigo con un ósculo en la nariz, y desde ya en su estómago se cocinaba a fuego lento toda la bilis que babeaba por escupir en insultos ácidos—. ¿No crees, Yura?— E irradió la rubia tal empatía que las pestañas se abrazaron, dándole mayor esplendor a los párpados rociados de polvo carmín.
—Yo perdí la esperanza desde hace mucho. —Se unió a la vagabundería para eliminar cualesquier indicio que fuera susceptible a deducciones simples. Adquirió el asiento justo al frente de la pareja—. En esa cabeza no hay neurona sana.
— ¡Oe, Oe!— Katsuya infundió su malestar pero ella distinguió en sus ojos un titilar de felicidad— ¡¿Vinimos aquí a pasar una linda tarde o a joderme la existencia?!
Mai desperdigó en el aire unas carcajadas explosivas que hirieron a sus oídos como el chirrido de unos rasguños en el pizarrón. Aseguró en su fuero interno que, de haber palomas cerca de aquella plaza poco circundada por los vestigios de nieve en derredor, éstas, sin temor al yerro, habrían emigrado al primer norte.
Ella sonrió con un espasmo en la comisura.
—No te enojes con nosotras por un chiste piadoso, guapo. —Le haló un cachete—. Sabes de sobra que las dos somos capaces de arriesgar la vida por ti. ¿No es así, Yura?— El reto impreso con la tinta amatista en los ojos de la rubia le bastó para saber que el juego había dado formal inicio.
Ella, por supuesto, dispuso su primer movimiento al pervertir sus labios con una curva petulante.
—Todas las veces que así sea necesario. —El filo de su seguridad acarreó la aparición de un intempestivo sonrojo que terminó regado aun en el último poro abierto de Katsuya.
La sonrisa de Mai perseveró en la jactancia, y con ello finalizó el primer turno del juego.
Un juego…
—Obtener la victoria contra el adversario en un juego cualquiera, Yura, consta de respetar tres reglas fundamentales. La regla número uno es: si un jugador está en desventaja, el otro tal vez alardee y muestre sus debilidades—.
La piel se engranujó al ritmo de la voz que recorrió sus tímpanos con la nitidez viva en los aposentos de su memoria, todo el aire acabó estancado en la garganta y su carne por un momento sintió más lívida que la de un muerto.
—Disculpe, Señorita…
Otra voz le sacudió, y al enarcar la mirada temblorosa, los ojos brunos del joven con el bolígrafo sobre la agenda, le despertaron de su letargo, empujándola de bruces al tiempo real.
— ¿Eh?
—Su pedido, ¿qué le gustaría ordenar?— Solo allí estimó el menú encima de la mesa redondeada. Lo leyó de reojo, ordenando al cabo de una corta meditación el capuchino menos costoso de todos los agrupados en la misma categoría. Ella era la única conocedora del cálculo exacto de yenes que el rubio acaparaba en el bolsillo, uno a uno los entregó a la palma de su mano tan pronto los harapos estuvieron olorosos a detergente.
El joven se apresuró en anotar la demanda y hacerla saber entre el personal de la cocina.
—Yura, ¿te sientes bien? Antes de dictar la orden te veías algo…
—Estoy bien, Katsuya, estoy bien.
No lo estaba. Su flujo sanguíneo se irregularizó, de tal modo que no sentía sangre, sino más bien ansiedad, circulando por sus venas a una velocidad demasiado vertiginosa para conservar la calma u impedir un mareo.
Entre vibraciones impróvidas consideró la solución de huir bajo la excusa de ameritar el cumplimiento de una necesidad que solo en el baño se satisfacía, pero se resistió a la idea de descuidar su terreno frente al enemigo.
—Número dos: nunca perder la calma—.
"—Atem, por favor… Por favor…—"
"… Atem no existe…"
"— ¡Lo sé, carajo, lo sé!—"
—Por cierto, Yura, te han quedado hermosos esos rizos en la punta de las hebras— elogió Mai, tirando sus conflictos internos por la borda más amplia con una nueva jugada e uniendo la mano de Katsuya a la suya, ambas reposando en la mesa. La muestra reanudó su determinación.
—Gracias, aplica lo mismo a tu vestido de mi parte. —Era un hecho consumado que se ensalzaban con los labios para después trillarse con una mirada. Sin embargo, la rubia merecía el crédito excepcional de poseer una destreza pareja a la suya en el arte de cuidar las apariencias ante el furor del enemigo, lo que le condujo a interpretar el objetivo en común que ambas perseguían vueltas dos fieras embravecidas: Katsuya.
El pensamiento la enardeció. Pese a que el objetivo era compartido, las razones no, pero a sus dieciocho años la experiencia le impartió la lección de que el gozo de la victoria era directamente proporcional a la talla del oponente.
—Oh, gracias. El diseño es francés.
Katsuya se mantuvo al margen de la interacción entre ambas, al principio alegando que las cosas de mujeres eran más complicadas que las matemáticas y que las dos cuestiones tenían la habilidad de suscitarle un punzante dolor de cabeza. La intuición, por el contrario, le dictaminó que su verdadero propósito descansaba en el ideal de que las dos se conocieran forma y fondo, se entendieran y, sobre todo, se "llevaran bien".
En una hilera de tiempo llegó el capuchino, sucedido por el pedido de la pareja. No bien el joven terminó de acomodar el plato cuando la rubia le había puesto a su amigo una servilleta en el cuello, simulando un babero, antes de introducirle cada bocado con la tesitura de una madre a su crío.
Katsuya recibía con alborozo cada bocado, un alborozo que redujo su presencia a una burbuja donde solo existía espacio para él y Mai.
Ser ignorada entonces no le pareció una incisión.
La tercera regla, la verdadera estocada, le brindó un consuelo que al instante arrebató exquisitez al capuchino.
—Número tres: guarda tu carta triunfal para el final—.
Sería una tarde larga…
Mas no eterna.
—.—
—Está comprobado, Jefe.
—Interesante.
— ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Secuestrar a la Marimacho? Me daría gusto violarla frente a sus narices.
—No, no, no, esa fierecilla perdió el encanto a partir del momento en que le soplaron nuestros planes a Jōnouchi— acarició la cicatriz cuya extensión recorrió desde la punta de la oreja derecha donde nacía, pasando por el puente de la nariz, hasta la punta de la oreja izquierda donde fenecía. Su rostro partido en dos—. Aunque he de admitir que el condenado tiene buen ojo para las mujeres, la Marimacho es una hembra brava mientras la rubia, con ese cuerpo de maniquí, es una bendición de los dioses. Todavía no es uno de los nuestros cuando ya muestra tener las agallas de uno.
—Pienso que es más suerte que agallas, Jefe.
—Te equivocas, Karasu. Tu nariz rota fue solo una probadita.
— ¡Pruébeme y verá! Yo… Yo… ¡Permítame demostrarle por qué soy mil veces mejor que él!
Las carcajadas rebotaron entre las paredes, cuarteadas por el desuso, multiplicándose como la resonancia lejana de mil voces cínicas.
Karasu se mordió el labio inferior.
—Ni en cien años podrías llegar a siquiera rozarle un talón. —El subordinado abrió la boca queriendo objetar, el relampagueo de la navaja dio abasto para silenciarlo—. Pero si aún te hierven las tripas en el caldo de la venganza, supongo que no tendrás inconveniente alguno en ejecutar a nuestro próximo señuelo.
—.—
No le cabía dentro más asombro del alcanzado por su resistencia.
Soportó las miradas azucaradas, los besos discretos, los retozos propios del noviazgo y el colmo de ser invisible a cada rato. No le apesadumbró recibir el trato.
Lo que abrasó sus entrañas, echó candela a su fuero interno e incendió las ganas de azotarse hasta el alma, fue palparse a sí misma en el espejo del tiempo.
Retroceder tres años de su vida.
—Entonces, Yura, ¿trabajas limpiando trastes en un Izakaya?— La rubia posó una mano en su pecho con las cejas fruncidas, resoplando una compasión ficticia que anheló rechazar a puñetazo limpio rozando la brutalidad de exprimirle sangre.
Katsuya expuso la impresión de interpretar la indirecta o quizá no hubiera retirado su brazo por sobre los hombros contrarios e igual mutado su expresión amena por otra surcando la indignación.
Por toda respuesta empujó el pecho hacia delante como muestra íntegra de su inmunidad al veneno, administrado en porciones a las facciones conmovidas.
Mai por fin arrojó el cerillo prendido al bidón de gasolina.
"—Es ahora o nunca—."
—Así es…—Katsuya gruñó, la rubia figuró sobrecogimiento mientras ella sacaba la carta triunfal escondida entre sus ropas—. Pero no es cualquier Izakaya— extrajo la fotografía de su conservación en el sobre, temblando de satisfacción por dentro con una pizca de miedo, tensó frente a Katsuya el hilillo del cual pendía su amistad cuando la foto deslizó por la superficie de la mesa—. Es en el Izakaya donde se tomó esta fotografía.
La boca le hormigueaba por las crecientes ganas de reír pero no con el bramido ancestral de un triunfador invicto.
Era la risa de uno que no ponía resistencia a las cosquillas del miedo.
Escudriñando ceder al primer ataque, su cuerpo ventiló la sensación claustrofóbica tras ser espectadora en primera fila de todas y cada una de las huellas que dejarían a la rubia con las manos en la masa: la palidez inmediata, las pupilas trémulas, el sudor dando un beso frío y la lengua tan retorcida que parecía querer acopiar saliva para enderezarla.
Cambió la perspectiva mirando, entonces, a Katsuya; cinco veces más grande, cinco veces más fuerte, y con el sentimiento de que era ella una hormiga cuya vida estaba a merced de un pisotón suyo.
Su reacción cruzó tres etapas. En la inicial acercó sus ojos al retrato, en la segunda desplegó los párpados de par en par tal cual Kyo lo había hecho con el periódico, y en la tercera pareció encogerse en un caparazón invisible. Los flequillos rubios ensombrecieron con semejante recelo la mirada que aparentó ser relegada por una cinta negra sobre los ojos.
Nada más la tercera le horrorizó.
—¡ESA MIERDA ES PHOTOSHOP!— Mai detonó su desesperación. Clavándole las pupilas minimizadas por el asombro unido al desasosiego, contempló luego a Katsuya; le agitó un hombro, persiguiendo su atención con ojos de niña aterrorizada—. Es photoshop, guapo… Tienes que creerme… Yo nunca…
Estalló en risas, dejándose abalear al fin por las cosquillas del miedo.
—Qué casualidad…—Intercedió tras absorber una vasta porción de aire—. Gracias a esa misma excusa barata pude obtener la fotografía.
— ¡CÁLLATE! —La rubia se asió del hombro de Katsuya con ambas manos e incrustó en ella toda su rabia— ¡Pagar tres yenes a un nerd cualquiera debió dejarte sin la mitad de tu miserable sueldo!— Se volvió a su amigo—. Ella lo planeó todo, bombón. Ella nos quiere ver separados. Desde un principio siempre fue así…
Katsuya permaneció impávido, una estatua de carne y hueso.
Su silencio le martirizó, se parecía demasiado al de una bomba a la espera de tener cuatro ceros en el detonador.
Silencio.
El mismo maldito silencio que ella odiaba como ese mismo maldito teatro que la rubia montaba con descaro nauseabundo.
La bilis alcanzó en sus entrañas el punto de cocción exacto para servirse al gusto.
Escupirse.
—En este mundo, zorra del demonio, existen cinco personas que me conocen como las líneas dispares en las palmas de sus manos— intuyó que pese a la devoción con que la blonda buscaba revivir a Katsuya e ignorar sus palabras, le oía. Él también—. Una de ellas la tienes justo delante, y sabe que soy capaz de rebasar cualquier extremo para demostrar que la razón es mía sin trampas de por medio. —Deseando que sus ojos tuvieran facultad para asesinarla, removió del sobre su plan alternativo.
Ai sonreía gozoso mientras Magnum a su lado guiñaba una curva seductora en los labios.
—¿Es también Photoshop mi compañero de trabajo? ¿Es también Photoshop ese bolso de noche retratado a un lado de la botella de Sake? ¡¿Es también una mierda de Photoshop que sea el mismo bolso que tú llevas en el regazo?!
— ¡LO HICE POR TI! ¡LO SEDUJE POR TI!— Confesó a gritos sin redirigirle la mirada, descargando todas sus lágrimas en el hombro de Katsuya quien prosiguió más muerto que vivo—. Quería… Quería ayudarte a saldar las deudas de tu Padre… — Tropezó con su propia voz—. Quería algo mejor para ti… ¡No me acosté con él! Solo… Yo solo…
—Tú solo eres una zorra hecha jirones que no merece a Katsuya.
Mai volvió el rostro hacia ella con la exhalación de un toro bravo.
— ¡¿Y TÚ SÍ, VULGAR MARIMACHO?!
—Por supuesto que no. —Se afanó en reducir el peso que le adormeció la lengua—. Lo merezco menos que tú.
A sí misma se apuñaló, y el cuchillo fue aquella verdad que dolía por más que se disfrazara.
—Por eso tengo miedo de perderlo, de perder su amistad. Porque la vida me enseñó que tarde o temprano arrebata todo aquello que no mereces, a menos que oses demostrarle lo capaz que puedes llegar a ser de merecerlo.
Por ese pensamiento vivía.
—Muy en el fondo, tú también lo sabes, Mai.
— ¡TÚ QUÉ VAS A SABER DE MÍ, DE KATSUYA, DE NOSOTROS! ¡NO TIENES DERECHO A...
— ¡¿Y TÚ QUÉ MIERDA SABES DE KATSUYA?!
La rabia se adueñó de sus venas, tornó la sangre un espumarajo y le hizo erguirse importándole un comino la silla tumbada en el suelo.
Mai enmudeció. Estólida en las narices del renovado espíritu posesionando su cuerpo.
— ¡¿Sabes que mide un metro con setenta y ocho centímetros?! ¡¿Sabes que el tenis es su calzado predilecto?! ¡¿Sabes que nunca tiende la cama en las mañanas?! ¡¿Sabes que siempre lava de último sus calcetines?!— Aspiró todo el aire disponible, tomando un receso exiguo antes de retroceder a parlotear—. ¡¿Sabes que siempre se levanta tarde porque se trasnocha esperando a su Viejo todas las noches en que llega borracho?! ¡¿Sabes que su comida favorita es el arroz con curry, que detesta la comida desabrida y que nunca ha podido dar forma ovalada a un Onigiri porque siempre acaban interrumpiéndole?! ¡¿Sabes que el verde es su color favorito, que es un experto reparando y armando cualquier cosa que le llega a las manos, que su cumpleaños es el veinticinco de enero y que le tiene un miedo descomunal a los fantasmas?!
Silencio.
Más silencio.
El maldito silencio.
Se apoyó en la mesa, tambaleándola con el estridente de dos manoplazos.
— ¡HABLA, ZORRA! ¡Dime que otra mierda conoces a excepción de las posiciones que le gustan en la cama y el tamaño de su pene!
Mai agudizó el llanto, soltando el hombro de Katsuya todavía ido se tapó los oídos. Después nada.
Silencio.
Más silencio.
El maldito silencio.
— ¡Y tú, Katsuya!— Procuró que su voz no le traicionara—. El pilar de tolerancia entre Mai y yo se ha roto sin posibilidad alguna de ser reconstruido. —Nada, todo músculo intacto—. Aunque me desgarre el galillo diciéndote las razones para mandarla derecho al demonio, la decisión es tuya, pero desde ahora te lo advierto…—Prescindió del sustento auspiciado por la mesa; en ningún momento dejó de mirarle. Ni siquiera cuando sintió la saliva vuelta piedra en el tránsito a su garganta.
—O es ella o soy yo.
Katsuya no solo se puso de pie…
Puso en alto su respiración.
Mudo como en el transcurso de la discusión, tomó las fotografías.
Las rompió sin delicadeza.
Ella no vio el material rasgándose, arrugándose, volviéndose un rollo que no serviría para nada más que ser arrojado a la basura.
Vio su amistad haciéndose añicos por las mismas manos que la habían construido, y por eso Katsuya oprimió su corazón con la mano imaginaria que formó su silencio.
"—No… Este no es el final… —"
El rubio jugó a lanzar e inmediato atrapar el rollo formado con los trozos de las fotografías rotas. En la atrapada definitiva, lo posó en el regazo de la Mai que le observaba con los ojos de quien tenía enfrente a un difunto resucitado.
"—Confío en ti, Katsuya… ¡Somos amigos, carajo!—"
Caminó hacia ella. Cada paso que él daba fue para ella un metro que su cuerpo disminuía. Lento, sus ojos aún encubiertos.
Cuando sostuvo su mano en medio a los ojos amielados, sintió hasta en la médula el latigazo de fuego que se desprendió de sus dedos entrelazados.
—Te elijo a ti, Yura.
Creyó morir.
Creyó revivir.
Creyó en su propio reflejo que, atrapado en el iris áureo, clamó a gritos su victoria.
Katsuya le había elegido.
El aire se convirtió en el minuto de suspenso que ella tardó en reaccionar. En responder con la sonrisa boba de un ser humano retrasado, suprimiendo las ganas de volarle arriba para abrazarlo hasta escucharle graznar. No hizo realidad el anhelo debido a una insuficiencia de deseo, sino debido al inmenso tamaño que gozaba su miedo de que él se retractara o de que fuera una broma.
El esbelto alzamiento de comisura, sin embargo, le dijo todo lo contrario.
Feliz, imbuida en una corriente de orgullo y con los latidos del corazón en su pecho siendo como los saltos de una rana enjaulada, se ancló a su brazo con la mano antes entrelazada.
Él le recibió sin desprender aquellos gestos amenos de su rostro. Pronto le renovó el miedo al meterse la mano libre en el bolsillo previo a mirar otra vez a Mai. Con sus brazos anclados al codo, emplazó los billetes hasta donde cubría el parámetro de visión de la rubia, sentada en estado catatónico.
—Gracias al miserable sueldo de Yura ahora tienes el estómago lleno.
Era Mai quien entonces parecía muerta en vida.
Mientras ella, girando sobre sus talones con Katsuya enlazado a su brazo, sentía que podría explotar la capacidad de almacenaje del globo terráqueo.
—.—
Juntos habían terciado las calles asoladas por el antojo de la nieve comenzando a desplomarse; rodeados de un mutismo aunque para ella asfixiante, escogió guarecer sus palabras para exponerlas cuándo así consintiera relajarse la expresión amortiguada de Katsuya. Se hallaban personados enfrente al cerrojo al momento certero en que, habiendo desatrancado la puerta e indicado con timidez que pasara, él prevaleció inmutable.
—Por eso lo repetiste tantas veces…
Tembló, y no fue a causa del frío.
— ¿Qué quieres decir…?
—Mai tuvo razón, lo planeaste todo para abrirme los ojos… —Sí, esos ojos amielados que al percibirse decepcionados estaban hiriéndole con una de las armas más desgraciadas de todo el universo: la culpa—. Pensaste que no creería en ti a menos que viera las pruebas con mis propios ojos, temías que las cosas no terminaran bien y por eso repetiste tantas veces que todo lo hacías por mí pero… —Más allá de tornarse cabizbajo, le sorprendió escuchar la sensatez con que le destripó.
Temiendo que el hilillo del cual pendía su amistad hubiera empezado a tensarse nueva vez, reparó adelantar sus motivos.
—Si cruzaba los brazos ella…
—No confiaste en que te creería. No confiaste en nuestra amistad.
— ¡No quería perderla que es diferente!— Le gritó a la cara, después encogiéndose tal cual él lo había hecho en la plaza. Los maderos de su ser entero siendo devorados por la carcoma de la culpa.
—Perdóname… —La voz se oyó pañosa, obstruyendo el paso a lágrimas en turno—. Tú me has quitado la venda de los ojos y yo… Yo solo no quiero arrepentirme.
— ¿De haberme escogido?— Mordió un labio antes. Incapaz, no, sin querer mirarlo.
—No…—Tomó la pausa más larga que nadie para ella había realizado en la historia—. De no haberle dado a Mai el beneficio de la duda…
—Yo también espero lo mismo.
—.—
Alguna media hora deberían llevar en solemne mudez. Los dos sentados en el sillón verde oscuro, los dos descalzos, los dos quizá interrogando al silencio para sacarle una palabra que decir al otro.
Él no hablaba por vergüenza, por el añusgo en el pecho, por la culpa que la sola presencia de Yura le recalcaba, por un vértigo ingrato cuya similitud comparó con la primera vez que se montó en la célebre Montaña Rusa; la única diferencia radicaba en que al momento de pisar tierra estuvo orgulloso de su hazaña y en la situación actual, en cambio, no podía estar más decepcionado de sí mismo.
Mai no era culpable de nada, Yura tampoco, las circunstancias mucho menos.
Toda la culpa era suya.
Él fue quien se dejó convertir en un juguete sexual, él fue quien se dejó embobar por la ilusión de que el corazón de Mai era tan suyo como las noches en que lo era su cuerpo, él fue quien procuró a ciegas intentar amarla.
Peor aún, él no fue sino que era el idiota que a pesar de todo anheló regalarle el beneficio de la duda.
Si al menos hubiera sido capaz de propinar a su razón un golpe funesto, igual a esos con que había roto de golpe muchas narices, tal vez consideraría no ser la basura que su interior exclamaba.
Era un chiste cruel, pero se sentía como un condón: usado y después botado al primer basurero. O más irónico aún, que su dignidad era el basurero.
— ¿Recuerdas mis palabras cuando me ayudaste a fregar los trastes, Katsuya?
Yura invadió el único rincón donde solía sincerarse consigo mismo.
—Descuida… cuando retires esa venda de tus ojos llamada Sexo, yo estaré siempre aquí para ti. Me darás la razón y yo te ofreceré mi hombro así como tú me ofreciste tu espalda, ¿recuerdas?—
Sonrió en un vano intento de atajar sus lágrimas.
—Cómo olvidarlas…
Con la palma encima de su hombro le invitó a girar la mirada hacia ella.
Yura soltó su hombro, extendió los brazos como un ave las alas antes de emprender el vuelo y sus ojos azules centellaron tal cariño que más agua salada resbaló por sus mejillas.
Llamándole con los dedos al compás de los labios le ofreció todo cuanto necesitaba en ese preciso segundo, su compañía.
—Ven aquí, rubio tonto.
Se lanzó a sus brazos con el ímpetu de su necesidad, una cuya inmensidad tiró la espalda de Yura en un reposabrazos del sillón. Cayendo su cabeza en el hombro prometido, los flequillos rubios acariciaron el cuello ajeno mientras Yura se removía procurando acondicionar la espalda al reposabrazos y las caderas al agarre fiero de sus manos.
Su amiga reposó una mejilla sobre su pelo al tiempo que le frotaba la espalda con una mano, encargando a la otra serpentear caricias entre las hebras de la mollera.
Nació de nuevo siendo un niño acunado en los tibios brazos de su Madre.
— ¿Sabes cuál es la cosa que más odio de ti, Yura?— Libró en su interior una guerra para reconquistar su voz, sorber los mocos dando a sus palabras una nitidez estropajosa.
—No, no lo sé…—Asemejó la respuesta de Yura con el murmullo del viento cuando azotaba los árboles en una de las incalculables madrugadas decembrinas donde esperaba a su Viejo con el corazón atascado en el esófago y los ojos insomnes.
—Que me conozcas mejor que yo.
Ella rio.
La mano prodigiosa que obsequiaba caricias en la mollera terminó borrando la estela de sus lágrimas en la mejilla.
—Esa cosa soloocurre cuando la amistad es casi un vínculo de sangre.
— ¿Yo también te conozco así? ¿Tanto como tú a mí?— Le urgía una certeza. La posibilidad de una negación rotunda le instó a profundizar el abrazo como consuelo ante la idea de tragar más vergüenza hacia sí mismo en dado caso.
Quería corresponderle.
—Hagamos una prueba rápida, ¿cuánto mido?
—Un metro con sesenta y tres centímetros.
— ¿Cuál es mi calzado preferido?
—Los zapatos bajos.
— ¿Qué hago todas las mañanas al despertar?
—Hacerlo de mal humor.
— ¿Cuál es mi color favorito?
—El gris.
— ¿Mi comida favorita?
—El flan.
— ¿La que más aborrezco?
—Sōmen con salsa de Katsuobushi.
— ¿Cuándo cumplo años?
—Los días veintidós de marzo.
— ¿A qué le tengo fobia?
—A las abejas, aunque todavía me parece un miedo absurdo…
— ¡Dices eso porque no te ha picado una!
Al comentario le siguió una secuencia de carcajadas que sacudió del polvo a la Ciudad Domino.
Yugi, Anzu, Honda.
Con la fugacidad de una estrella cruzó por su mente un detalle que no supo si atribuir a una búsqueda de consuelo o a lo colosal de su deseo por volver a ver a sus amigos.
Yura era una mezcla de sus tres mejores amigos: podría llegar a ser tan obstinada como Anzu, sermonearle tanto como Honda y de Yugi solo tenía la inicial del nombre.
Tal vez por eso cada minuto con ella era regresar a su hogar.
Tal vez por eso a pesar de estar a kilómetros de Yugi, Anzu y Honda no se sentía solo.
Tal vez por eso le abrazaba como si fuera el aire que necesitaba retener.
Y tal vez por eso sentía aquel hombro mucho más cómodo que su almohada.
—.—
Katsuya se rindió al sueño careciendo de un veredicto que le otorgara la razón al plantear que su miedo a los fantasmas era por abundantes creces más justificado que el suyo a las abejas. Ninguno de los dos ganó el debate, contrario a él, sin embargo, ella no se dejó cubrir los ojos, aprovechando la ocasión para recuperar la movilidad sin despertarle. Lo consiguió bajo la premisa de que su amigo no despertaría salvo que alguien le dijera a la oreja su propio nombre, la característica por la cual su sueño se diferenciaba del montón.
No solo llevó de su alcoba una frazada con que protegerle del frío insalubre, de igual manera, el celular en mano.
Tomando asiento en el suelo, a un lado del sillón, le miró dormir. Embelesada. Queriendo perderse en algún punto del apaciguado rostro de Katsuya para no perder la cordura que suponía la acción taladrando sus adentros.
El maldito silencio le recordó entonces que cinco palabras eran suficientes para desorbitar el universo, su universo, y que esas cinco palabras eran toda la cordura que en ella recaía la obligación de custodiar.
—… Yo solo no quiero arrepentirme—.
"—Te prometo, con mi vida, que no te arrepentirás—."
Mustia pulsó las teclas numéricas.
El número prohibido.
El móvil en el oído antecedió al suspiro.
Los tres timbrazos a la melodía sutil.
— ¿Bueno?
— ¿Papá?
—.—
Anécdota: Si googlean a Bumei Ibuki descubrirán que no es invención mía, que es en realidad el Presidente de la Cámara Baja de Japón, que dicha Cámara Baja junto a la Cámara Alta conforman la Dieta Nacional de Japón y que dicho organismo es el órgano máximo de poder del estado de Japón de acuerdo con la Constitución Nipona. Mucho Japón y mucha la influencia sigilosa de Seto Kaiba.
"Las Tres Reglas de Atem" no son invención mía, él mismo las enumera a Mokuba en el capítulo 24, tomo 3 del Manga. Páginas 16 y 20
